Tema del año 2022: Los nuevos rostros del sufrimiento. Metapsicología y clínica contemporánea

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Sobre el horizonte de la perspectiva inaugurada, tanto clínica como teóricamente por Freud, a finales del siglo XIX y que abarcó las cuatro primeras décadas del siglo XX, podemos decir que el funcionamiento psíquico se constituye entre las exigencias de la pulsión y las del mundo exterior.
En vinculación con esta perspectiva, la noción de conflicto intrasubjetivo e intersubjetivo es medular tanto para la praxis como para las teorías psicoanalíticas.
Una de las primeras versiones que Freud propuso como objetivo de la cura psicoanalítica fue “transformar la miseria histérica en un infortunio corriente”. Definición probablemente muy influida por los primeros casos de mujeres histéricas que le tocó en suerte atender.
Si el modo predominante de estructurar el conflicto en las neurosis y muy en particular en la histeria, es la represión -sobre cuyas variantes Freud fue precisando su mecanismo en los trabajos metapsicológicos- las que tienen un estatuto cambiante son las condiciones histórico-sociales del ejercicio de la misma.
Con el tiempo su consulta fue alojando otras vertientes del sufrimiento psíquico lo que también posibilitó importantes avances en el desarrollo de la teoría, como los pacientes traumatizados por su participación en la primera guerra mundial y las reelaboraciones que esto impulsó en la teoría y en los modos de la práctica.
Cabe destacar, también, que las distintas escuelas psicoanalíticas posfreudianas, que interpretan de variable manera el legado del fundador de nuestra disciplina, están influidas en parte por la tradición sociocultural de los países en los cuales emergieron y a su vez por desarrollos de otras disciplinas del campo de las llamadas ciencias humanas y sociales que han adquirido prevalencia en occidente.
Nos encontramos en una coyuntura histórica muy especial en la que convergen transformaciones que atraviesan al conjunto de la sociedad y que al menos en algunas de sus vertientes tienen escala planetaria:
El decisivo cambio del lugar de la mujer en todas las áreas de la vida social y cultural y concomitantemente el del varón, y los efectos, entre otros, en las relaciones de amor y en los modos de constitución de las parejas.
Los cambios en los apuntalamientos identificatorios por las modificaciones en las relaciones de género y la puesta en cuestión teórica-ideológica y en acto de la, hasta hace no tanto tiempo, dualidad presuntamente constitutiva.
El extraordinario crecimiento de los intercambios sociales e intersubjetivos de todo tipo bajo el modo de la virtualidad, sobre la base de los desarrollos tecnológicos que le dan soporte, y que involucra una digitalización creciente de la vida contemporánea y la presencia de este fenómeno en todos los niveles, incluyendo la infancia.
El celular como algo que no puede faltar, a riesgo de dejar de existir socialmente, es un buen indicador de este proceso. Fenómeno que se ha visto potenciado exponencialmente por las restricciones de contacto de cuerpo presente que impuso la pandemia, también de alcance planetario y que ha confinado de manera casi total la práctica psicoanalítica a los dispositivos digitales que posibilitan su ejercicio y una parte nada desdeñable de las relaciones intersubjetivas en general.
A la luz de estas transformaciones parece pertinente repensar, por un lado, el ejercicio de nuestra práctica, revisando críticamente la experiencia de su quehacer en las condiciones anteriormente señaladas. Teniendo en cuenta que la necesidad “tiene cara de hereje”, y por tanto hay riesgo de caer fácilmente en una lógica justificatoria de los modos “obligados” de nuestro hacer, también podemos decir que la “herejía” puede ser el camino que lleve a revisar retroactiva, crítica y fecundamente modos de trabajo hace largo tiempo instituidos.
Cuáles de nuestras herramientas conceptuales tenemos que poner en caución para atender a las nuevas formas en que el sufrimiento se nos presenta? Aquellos conceptos que consideramos universales y cuya permanencia trasciende ciertos modelos sociales e históricos y que podemos ubicar del lado de la constitución del psiquismo, deberán ser revisados teniendo presente que en su carácter de cimientos y shibbolet de nuestras teorizaciones y nuestra práctica no pueden dejar de tener existencia en las teorías que se pretendan psicoanalíticas aún cuando cada escuela los defina y articule de modos diversos. Y por otra parte, aquellas nociones que se refieran a los modos de producción de subjetividad, que deberemos poner en estado de falsación para que nuestro pensamiento y nuestra praxis no sufra de una obsolescencia que nos obstaculice y aún impida la escucha de los nuevos modos en que las personas que nos consultan, padecen.
Si la transferencia es un fenómeno que está siempre de algún modo presente en las relaciones intersubjetivas y sociales, la misma tiene un papel crucial en la clínica psicoanalítica, y comporta una de las dimensiones principales en las que se juega la eficacia de nuestra actividad. Cabe entonces preguntarse qué ocurrió al respecto dado el contexto virtual en el cual tenía que encontrar lugar.
También importa dimensionar los efectos, de lo suscintamente reseñado anteriormente, en la dimensión diagnóstica de nuestro trabajo clínico. Si bien sabemos que en el curso del trabajo analítico pueden emerger otras corrientes de la vida psíquica subvirtiendo lo que se presentaba como estructuración dominante, se puede suponer que las condiciones específicas de la vida contemporánea han facilitado ciertos modos de sufrimiento, desplazando a otros, tiempo atrás prevalentes.

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