Protocolos y subjetividad – Oscar Sotolano

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Protocolos y subjetividad.

Siempre me ha parecido que cuando se tiene a cargo la primera actividad del
año se deben guardas ciertos recaudos. El primero y principal, evitar dentro de
lo posible el cerrar ideas que tienen todo un año por delante para ir
desplegándose, tomar nuevos formatos o, incluso, ir exhibiendo su
inconsistencia al calor de las exposiciones. En ese sentido, presentar más
tarde ofrece más posibilidades de dialogar con lo que ya se ha ido diciendo. El
segundo, no pretender abarcar en una reunión el conjunto de cuestiones que
un proyecto de trabajo anual formula. En este caso, aquellas que se leen en el
texto de convocatoria.
Se los recuerdo: La pandemia del Covid19 nos viene haciendo pensar.
Hemos nombrado a este virus como un analizador y recodificador del
mundo que, además de visibilizar las profundas diferencias
socioeconómicas entre sus habitantes y la depredación del ecosistema
planetario, ha causado una visible transformación colectiva e individual
en el modo en el que desarrollamos la permanencia de nuestros vínculos.
La virtualidad, ya antes presente en los lazos sociales, se ha constituido,
para quienes podemos sostenerlo, en el carril principal de una
multiplicidad de actividades a través de las cuales nos vinculamos
afectiva, laboral y educacionalmente. Nuestros consultorios han migrado
a los dispositivos de comunicación a través de las pantallas o la voz en el
teléfono (y, agrego, el uso de textos vía wapp o mesenger que algunos
colegas son capaces de usar con fluidez -aclaro que no es mi caso, pero varios
compañeros han relatado experiencias muy ricas con esos recursos-)
Es pertinente la consideración de la vigencia y de la revisión crítica de
nuestras herramientas de trabajo clínico. El cuerpo propio ha sido
también resignificado en su dimensión de fragilidad, y el cuerpo del otro,
el que no habita la burbuja de cada quien, se ha delimitado en su vertiente
de peligro y amenaza potencial. Los vínculos, de este modo, han sido
atravesados por el dolor, el distanciamiento forzoso, las fronteras

fortificadas y la ausencia de los convencionales soportes del duelo por la
muerte de seres queridos.
Así cuerpo político, cuerpo social, cuerpo psíquico y cuerpo biológico
merecen ser abordados nuevamente desde las propuestas conceptuales
psicoanalíticas. Se están delineando transformaciones en la subjetividad.
¿Qué consecuencias adquieren sobre los valores que organizan los lazos
sociales? ¿Cuál es la forma de la ética y la moral en nuestra época?
Invitamos en este nuevo ciclo a recorrer las presencias del cuerpo, el
dolor y la subjetividad bajo una nueva reflexión teórico-clínica.

Descarto que para todos es evidente la cantidad de cuestiones que se abren en
esas breves líneas. No habiendo una categoría psicoanalítica específica a
investigar en el transcurso del año (como durante mucho tiempo hicimos) la
propuesta temática se abre hacia senderos que se bifurcan en variadas
direcciones. Más allá de que en el último párrafo de la convocatoria se
puntualiza un campo acotado (el del cuerpo, el dolor y la subjetividad), el
contexto de problemas en que se lo incluye con precisión, hace que las
vertientes desde las cuales se puedan abarcar estas cuestiones sean
amplísimas. Sólo pensar la articulación cuerpo ética merece, por lo menos,
varias reuniones; tal vez, el año todo… sino más.
En ese sentido, decidí aproximarme a algunas de estas cuestiones desde un
punto de vista, tal vez, tangencial; pero que, aun así, merece un lugar
preponderante. Al menos a mí me genera muchas inquietudes. Me refiero al de
los protocolos. Esos protocolos que todo el año pasado mentamos de continuo,
y que este año seguramente seguiremos convocando en nuestra ayuda en
cada situación más o menos dilemática. Creo que junto con las palabras
pandemia, cuarentena, covid y vacuna, protocolo fue de las más usadas
durante este año que hoy festejamos (es una forma de decir) con bidimensional
entusiasmo. Que haya sido así, no me parece casual, e iré esbozando algunos
puntos de articulación con lo que nos hemos propuesto ir discutiendo.

Antes de entrar en materia, una reflexión sobre un punto específico de la
convocatoria. Se afirma: Es pertinente la consideración de la vigencia y de
la revisión crítica de nuestras herramientas de trabajo clínico. Todos y
todas, hemos escuchado, leído, dicho esto muchas veces: la pandemia exige
que reconsideremos nuestras herramientas teórico- clínicas. Sin embargo,
dicha afirmación encierra un problema que no solemos advertir: ¿acaso la
revisión crítica de nuestras herramientas teórico-clínicas no está siempre en el
corazón de nuestro quehacer, con o sin pandemia? ¿no es nuestra labor
terapéutica, en tanto es simultáneamente un campo de investigación, un lugar
donde las condiciones teóricas y prácticas de la investigación son y deben ser
problematizadas siempre, abiertos a lo que no sabemos o no entendemos? ¿no
ha sido éste el motor de nuestra reflexión en los casi treinta años que llevamos
desde nuestro inicio como Colegio de Estudios avanzados en psicoanálisis,
primero, y como Colegio de Psicoanalistas después? Creo que coincidiríamos
en decir que sí. Pero es habitual que en condiciones de relativa tranquilidad
algunos problemas permanezcan invisibles, naturalizados, aunque activos. Es
comparable con la irrupción de una dificultad, por ejemplo, respiratoria: si uno
transita por su vida sin mayores esfuerzos físicos puede creer que sus
pulmones están de maravillas, pero un día debe subir una montaña o, sin ir tan
lejos, simplemente caminar por caminos ondulados, para que se dé cuenta que
esos pulmones claman aire, y que el estado atlético se muestra extraordinario
para jugar al ajedrez o al dominó, no para ligas apenas más exigentes. Los
pulmones, el corazón, las arterias de nuestra práctica son nuestras
herramientas teórico-clínicas, y como tales están siempre siendo exigidas,
aunque con rangos diversos de intensidad. La problematización es nuestro
aire. Así, cuando nos apoltronamos en una práctica que consideramos normal y
así instituida, nos ocultamos sin darnos cuenta las tensiones, las oscuridades,
las paradojas que soporta siempre, no sólo ante eventos extraordinarios. Esto
se hizo evidente con la irrupción de la covid y, en particular, con la modificación
forzosa de nuestra forma presencial de trabajo. La complejidad y a partir de ello
la imperiosa necesidad de entender nuestra práctica con recursos más
novedosos se hizo ineludible, aunque sea evidente que (al igual que con la
irrupción de la política en los consultorios en todos aquellos momentos donde
la lucha de clases más o menos larvada se hace explícita en el mundo entero)

siempre ha sido así: eso desde el mismo día en que Freud atendió a Emma en
las cumbres suizas, a Mahler caminando por las calles de Lieden en Holanda, o
Winnicott y Melanie Klein interpretaron entre bombardeos. ¿Acaso no hemos
atendido en parques, cafés, sentados en puntos opuestos de camillas de
hospital, siempre buscando mantener activo el fundamento de nuestro trabajo:
la asociación libre y la atención flotante; eso desde el mismo momento en que
empezamos a trabajar? Sin embargo, nos sorprendemos y nos parece que este
cambio es una modificación radical, absoluta. No lo veo así, siendo un cambio
no lo entiendo como un cambio radical. Es obvio que la exigencia de trabajar a
distancia impone modificaciones; que esas modificaciones sean específicas,
también; pero no parece tan evidente que las modificaciones alteren el corazón
de nuestra práctica. No voy a adentrarme en estas cuestiones porque un grupo
amplio de compañeros del colegio hemos estado todo el año pasado
trabajando acerca de nuestras experiencias y un pequeño grupo está
trabajando ahora en el escrito final de aquel nutrido grupo. Habrá dos
reuniones próximas para que podamos conversar en detalle la experiencia del
conjunto. Pero aunque no me detenga, lo menciono porque las viejas
novedades son como aquellos chistes que sólo nos hacen reír porque los
hemos olvidado. En un sentido son por completo nuevos, en otro, no lo son.
¿Acaso, la cuestión de los protocolos es nueva? Todos los que hemos
intervenido en situaciones que imponen interfaces de trabajo con instancias
jurídicas en violencia o abuso, de niños o niñas, y/o mujeres, nos hemos
encontrado con los requerimientos, las presiones que surgen desde juzgados o
equipos de trabajo para que se diseñen protocolos precisos a efectos de hacer
más acotable una experiencia que tantas veces corre el riesgo de devenir
retraumatizante al momento mismo de tratarla. Así que hablar de protocolo no
es una novedad. Sin embargo, hoy su presencia devino absoluta en el discurso
social.
Entonces, ¿qué es un protocolo? ¿Qué diferencias y parecidos hay entre esas
reglas que remiten a un lenguaje gestual que regulan los lazos cortesanos que
casi todos hemos visto en nuestras noches o tardes de Crown, las pautas de
distancias y los modos de acercamiento que el sistema sanitario propone para
controlar relativamente la diseminación de la covid y ese panfleto antisemita

que supuestamente escribió la policía secreta zarista en 1905, conocido como
Protocolos de los sabios de sion?
Se dan cuenta que el espectro de problemas que la palabra abarca exige un
trabajo de investigación que no estoy en condiciones de hacer, ni siquiera de
exponer con algún detalle lo poco que hasta ahora sé. Aun así, me tomaré el
atrevimiento de formular algunas ideas que merecen ser ahondadas con
estudios específicos en el campo antropológico y social.
Primero, algunas definiciones:
Se entiende por protocolo a
a. «Escrituras matrices y otros documentos que un notario autoriza y
custodia».
b. «Acta o cuaderno de actas relativas a un acuerdo, conferencia o
congreso diplomático».
c. «Regla ceremonial diplomática o palatina establecida por decreto o por
costumbre»,
d. Aquella disciplina que, con realismo, técnica y arte, determina las
estructuras o formas bajo las cuales se desarrolla una actividad humana
pluripersonal e importante; con objeto de su eficaz realización y, en último
lugar, de mejorar la convivencia” J. A. de Urbina (2001).
e. “El protocolo se basa en un conjunto de normas, costumbres y tradiciones
mediante las cuales se organiza cualquier acto, evento público, privado u
oficial…”.
f. conjunto de normas y disposiciones legales vigentes que junto con los
usos, costumbres y tradiciones de los pueblos, rige la celebración de los actos
oficiales (entre ellos los políticos). También, la celebración de actos de carácter
privado que toman como referencia todas estas disposiciones, usos,
tradiciones y costumbres. 1

1 JORGE J. FERNÁNDEZ VÁZQUEZ AJEE, XLV (2012) 737-754/ISSN 1133-3677 744

g. una minuta de procedimientos.
Y agrego, por último, otra que me resulta muy interesante. Una que se le
atribuye al muy cuestionado y multiacusado ex presidente de la Generalitat de
Cataluña, Jordi Pujol: el protocolo es la plástica del poder.
Podrán objetarme ¿cuál es la plástica y el poder presente en el hecho casi
vulgar de definir que para salir de c.a.b.a. hay que obtener un permiso, que es
necesario hisoparse al regresar, que en cualquier caso de contacto con otro
que no sea de mi burbuja (paradigma narcisista pensado no sólo para cuidarse
uno sino para también proteger al otro) debo usar un adminículo llamado
tapaboca o barbijo, o una enceguecedora máscara de acetato? Reconozcamos
al menos que si es una plástica del poder, es una que transita por las más
antiguas tradiciones teatrales griegas: la de la máscara y su referencia a la
persona y sus múltiples y sucesivos velos. “¿Qué máscara oculta la máscara
que usamos para proteger nuestra máscara?”, se preguntaba un paciente
ligado a las letras, aunque no del modo que aquí lo formulo, pensando en los
encuentros enmascarados con sus amigos, que la época exige. Sin advertirlo,
simplemente jugando con las palabras nos hallamos transitando por los
caminos de la subjetividad. Esa que se encierra en la densidad de la palabra
latina persona heredera de la tradición griega de la palabra prósophon (antes –
pro- de la cara -sophone-, es decir, máscara), que remite en tradición romana a
la palabra per-sonare, “para sonar”, máscara con una bocina que permite que
la voz del actor se escuche; es decir, enfatizamos en tradición psicoanalítica, la
palabra se escuche.
Desde el punto de vista explícito del poder y sus jerarquías, el protocolo define:
a. La presidencia de un acto –
b. La precedencia en el mismo –
c. Los símbolos –
d. Las intervenciones –

e. Los comportamientos en actos sociales
Lo que define es, entonces, el formato de un ritual. No en vano, en el antiguo
Egipto, al jefe de protocolo que garantizaba los modos de relación que
regulaban los contactos en presencia del faraón se lo titulaba “ritualista jefe”.
De igual modo, en la china imperial que se expandió durante dos mil años,
existió desde su constitución, 200 años antes de nuestra era, un “Tribunal de
Ritos”, integrado por mandarines y letrados, cuya misión era organizar las
ceremonias públicas, cortesanas o religiosas, Ritual donde la dimensión
simbólica de los gestos y actos definen relaciones de poder en el lazo social.
Tanto en el plano de palacios u otros recintos específicos donde el poder se
aloja, como en la cotidianeidad mundana de los habitantes de las urbes. Todos
nos regulamos adoptando cierta ritualidad y así construimos lazos sociales,
siguiendo rituales de mayor o menor complejidad. Algunos historiadores ubican
el protocolo como unido a la constitución de la sociedad humana. Y así colocan
la dimensión protocolar entre las formas de regulación más antiguas; desde el
código de Hammurabi, escrito en columnas de piedra, en la Mesopotamia, hace
3800 años, 1700 antes de nuestra era, pasando luego por griegos, romanos,
cortes medievales de infinidad de culturas hasta llegar a sus formas modernas
donde se formularon protocolos de todo tipo, para tomar en nuestra
contemporaneidad la forma instrumental que hoy tiene cuando, por ejemplo,
empresas especializadas diseñan el formato de los Congresos o Jornadas a las
que asistimos. Quiero mencionar aquí el manual que un venezolano, Manuel
Antonio Carreño, alumno de Andrés Bello, maestro de Simón Bolivar, publicó
en Caracas en el año 1853, titulado Manual de urbanidad y buenas maneras,
que (dicen los que saben) es la obra más famosa de este género y que dio
lugar en nuestro país a una de las obras de teatro más originales que haya
visto: Ars Higiénica dirigida por Ciro Zorzoli. A partir de este libro se sentaron
las reglas para mejorar la convivencia en la cultura hispanoamericana. Uno de
sus efectos impensados: una joya teatral foucaultiana que no cita jamás a
Foucault.
Agreguemos que todos estos rituales, al definir formas de poder instituyen
modos de la verdad. Que el jefe de la tribu gala de Asterix, Abraracurcix, sea
llevado encima de un escudo como indicación de su poder supremo (mito que

la maravillosa historieta retoma) instituye la verdad de ese poder. No era
discutible. Así eran las cosas. Por eso los protocolos instituidos bajo la forma
ritualista de circulaciones complejas de simbologías y topologías variadas no
son modificables, porque pretenden dar cuenta de la verdad dura,
inmodificable, una que no se puede cuestionar. Si la reina Isabel vive
esclavizada a las ceremonias que la corona impone es porque localiza allí la
verdad de su poder. Poder que la esclaviza a su formato y la hace ser en el
ceremonial. Hoy, cuando las monarquías se mantienen como decadentes
residuos de tiempos idos, el ceremonial es quizás lo único y tal vez lo último
que les queda de singular antes de disolverse en las nuevas formas de
ritualización del poder que el capitalismo actual va construyendo. La pompa
perdura como un cuento de hadas para amplias masas que consumen revistas
Hola, mientras el hijo de Diana pide pista en la frívola y desmañada circulación
del capital en islas exóticas o en las capitales espléndidas donde los negocios
se concretan en grandes yates o en canchas de golf. Dos tipos de capitalismo
que la filmografía inglesa sabe mostrar en el contraste entre el capitalista
norteamericano y el terrateniente inglés. La miniserie inglesa Downtown Abbey
fue quizás una sutil pintura de ese fenómeno, aunque circulara lejos del mayor
poder de las cortes. Es que el ritual, ese que el protocolo deja escrito, existe
en todo lazo social, sea explicito o implícito. El asunto, a mi parecer, en el que
merece que prestemos atención es que si poder y verdad se constituían en la
simbología coreográfica del protocolo cortesano o imperial soportados por las
formas de apropiación y distribución de la riqueza, desde la irrupción de las
ciencias la verdad se ancla en la simbología particular del protocolo científico,
instrumento que, por otro lado, siempre tiene en su diseño un acápite
insustituible que le da consistencia “metodológica”: es decir, quién va a
financiarla. Si esto no se incluye, se estará cometiendo una grave falta
metodológica, nos enseñan. La dimensión económica nunca desaparece.
Saber pautado por normas y financiado preferentemente por capitales
básicamente interesados en su reproducción, que imagina regular de un modo
infalible nuestra relación con los conflictos del vivir, y que intenta plasmarse en
la sociedad algorítmicamente controlada actual (que recién está en sus
siniestros albores).

El protocolo de la reina, anclado en esa teatralidad descascarada, comparte
con el que propone la OMS o hacen propios los gobiernos, una preocupación
por la verdad última: la del poder de la corona, en un caso, o la del poder de
salvar nuestra vida cuando se aplica donde dejan aplicarlo, en otro. En los dos
casos se dice: “las cosas son así, estos son los pasos a seguir”. Estos son
inapelables. Una respaldada en autoridad de algún Dios o de varios, otra por la
autoridad del saber científico. Puede parecerles chocante que compare la
aparente arbitrariedad del ritual de una reina ante sus súbditos, con la
razonabilidad con que se trata de armar un instrumento pautado que busque
salvar vidas como es el caso de la covid o evitar retraumatismos como es el de
los protocolos frente a posibles abusos. Y les parece chocante porque, en
efecto, lo es. Son situaciones muy diferentes, sin embargo, ambas instituyen
verdad y hacen que los ciudadanos que hacemos lazo en el seno de su
formulación y sus propuestas sintamos que eso es lo que hay que hacer o nos
queda por hacer. Que esa es La verdad, y hay que respetarla al pie de su
letra. Incluso, aunque dudemos un poco. Y como se presenta como La verdad
(en el modo inapelable en que se formula) tranquiliza y orienta porque, por un
lado, disminuye la incertidumbre, y por otro, nos ahorra el esfuerzo psíquico de
lidiar con un dilema, de vernos forzados a pensar, tarea de la que el principio
de placer más elemental huye porque siempre conlleva una dosis de
sufrimiento. Tema que ha sido trabajado de un modo interesante por C. Dejours
al reflexionar sobre el sufrimiento presente en cualquier trabajo, incluso el
creativo.
Se entiende que no estoy hablando de la verdad en su dimensión relativizada
de verdades, sino en su dimensión brutal, absoluta, casi autoritaria, como
condición del pensar, como exigencia epistemológica y ética. Si no hubiera
ninguna verdad ética y epistemológicamente cierta, el pensar carecería de
sentido. El protocolo nos ahorra ese esfuerzo, depositamos dicho esfuerzo en
su letra y corremos el riesgo de devenir cumplidores de reglas que no se
someten al esfuerzo psíquico de la interpretación. Puede hacernos rutinarios
defensores de su cascara jurídica. Hace pocos días una colega y compañera
muy, muy próxima, me contaba cómo un juzgado decidió entregar en adopción
a un niño que hacía tres años vivía con una familia de acogida. La decisión no

se basó en ningún obstáculo que pudiera existir en el seno de la familia, sino
en que el protocolo dice que esas familias no pueden adoptar, no importa que
los tres años transcurridos (por motivos burocráticos, no por mala fe de la
familia) hayan instituido un vínculo amoroso intenso al que el niño no quiere
renunciar y cuya pérdida probablemente traerá graves consecuencias
psíquicas para todos. La verdad última del protocolo jurídico es más importante
que la afectividad del niño y la familia. Y aunque haya buenas razones que
tienen que ver con el tráfico de niños que justifican que la ley haya sido escrita
así, en ese punto, la buena ley deja de serlo en la situación singular.
Es que la fijeza de la verdad del protocolo choca contra las tensiones y
conflictos que la subjetividad en su constitución impone y ningún protocolo es
capaz de contener.
Hemos pasado el año lidiando con esas tensiones. ¿Salgo o no salgo? ¿Veo a
mis hijos cuando se dice que no puedo hacerlo, o me privo y los privo a ellos de
esa alternativa porque el protocolo lo dice invocando la salud pública? ¿desde
qué perspectiva pensamos los psicoanalistas ese tipo de dilema?
Cuando encaramos la cuestión desde una ética política protocolizada corremos
el riesgo de ser los soportes de un superyó cruel que impide sostener los
espacios deseantes con toda la tensión y contradicciones que los atraviesan.
Porque los protocolos desde la época del código de Hammurabi instituyen
formas de la ética en el seno del lazo social. Pero si el protocolo se rigidiza
como norma jurídica no interpretable deviene un instrumento bifaz: si bien,
organiza los lazos de la comunidad, al mismo tiempo la condena a una rigidez
que contradice nuestra dimensión de sujetos deseantes. Deseo siempre
contradictorio porque alberga dos caras estructurales y coexistentes de la
constitución psíquica: Una egoísta, ligada a nuestra individualidad y a nuestra
dimensión narcisista, y otra social ligada a nuestra relación constitutiva,
compleja con el otro, como lo trabajé el año pasado al referirme a la cuestión
paradojal de la libertad. Nuestro yo existiendo a partir del otro (en un sentido
amplio) y de la dimensión de deuda amorosa al otro, choca a veces con el otro
del que somos herederos en tanto nos apropiamos muy singularmente de esa
herencia. Cuando el protocolo nos dice que no debemos por razones de salud
pública entrar en contacto físico con muchos otros significativos `y amorosos,

nos priva también de una dimensión difícil de soportar y que puede llegar (en
muchos casos) hasta llegar a ser patologizante, ¿Cuántas veces nos hemos
encontrado en el último año lidiando con los sufrimientos de pacientes
atrapados en ese tipo de dilemas? Si nosotros pretendiésemos en tanto
psicoanalistas responder invocando solamente el protocolo sanitario que a
todos nos involucra podemos devenir simples agentes de una ética que, por
sentirla nuestra, por entender que es imprescindible que se cumpla desde una
perspectiva político-sanitaria, oscurece las zonas conflictivas que se alojan en
esos padecimientos singulares. Y esto deviene particularmente evidente en el
punto que involucra al cuerpo en su dimensión imaginaria, simbólica, en
particular, erógena. El paciente que padece su escasa o nula vida sexual,
vicariada a veces por prácticas virtuales, puede sentir que el protocolo ataca su
yo, en esa dimensión donde el cuerpo pulsa. Dimensión donde el protocolo a la
letra puede llegar a anular potencialidades creativas. Creación que suele
circular por desfiladeros transgresivos.
Es que los protocolos, siendo organizantes e imprescindibles; y su formato más
autoritario, en ciertas ocasiones, esencial; al mismo tiempo, suelen disminuir
las posibilidades de pensar. Pueden promover que nos aferremos a lo que
instituyen en la forma literal de reglas o normas, y perdamos de vista los
múltiples conflictos que atraviesan cualquier experiencia de la vida, en
particular la experiencia psíquica. Es decir, aquella donde en última instancia
nuestra vida se realiza, se hace real, con todo lo irrepresentable que ello
implica.
Cuando nos aferramos literalmente al protocolo aduciendo su función de ley,
nos aferramos a una verdad que se constituye como férrea y única, y dejamos
de lado la dimensión interpretativa que cualquier verdad (incluida la verdad
jurídica) aloja para tratar de cercar la experiencia. Los protocolos pueden ser
instrumentalmente útiles, pero aferrarse a ellos como La verdad, impide
deconstruir sus vertientes singulares. Motivo por el cual, cuando el protocolo
falla, la mente le reclama ofuscado al protocolo o a quienes lo diseñaron.
Nuestros sueños omnipotentes desconocen la falta en el otro (digo, usando un
modo lacaniano, aquello a lo que Freud se aproximó, al plantear que el
intolerable sufrimiento ante la castración es el que remite al de la madre)

Pulsados por esa demanda omnipotente reclamamos un protocolo mejor. Ese
sí seguro. Ese sí, no castrado. Lo cual oculta que ninguna experiencia de la
vida es cercable por completo por ningún protocolo. Que no hay protocolos
perfectos para dimensiones tan complejas.
Por ello es que los psicoanalistas no nos llevamos bien con los protocolos
cuando queremos seguir manteniendo nuestra posición deconstructiva. Por eso
los DSM les sirven a las prepagas pero muy raramente a los practicantes del
psicoanálisis, y casi nunca a los pacientes.
Arrastrados por esa dinámica, a veces, nuestros saberes psicoanalíticos
también devienen protocolizados en teorías (con especial énfasis, en teorías de
la técnica) que en lugar de abrir a nuevas preguntas nos retrotraen a
respuestas consagradas como estatuas de mármol. Por ello, poner en cuestión
su lugar en la constitución de los lazos sociales, exige que salgamos del lugar
de verdad cuasi fetichista que algunas prácticas y algunas formas rígidas de
entender la teoría nos imponen. Si los protocolos son la plástica del poder
podrían ser pensados, tal vez, en los términos interpretativos que planteó
Humberto Eco al reflexionar sobre la plástica en particular, y el arte en general,
es decir, como Obra abierta. Relacionarnos interpretativamente con el
protocolo puede ser una fuente de enriquecimiento cuando nos encontramos
expuestos a su implacable letra.

Oscar Sotolano
18 de marzo de 2021

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