OPINIÓN: «Vacunas, ética y antipolítica» por Oscar Sotolano

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El prestigioso periodista de investigación se vacunó en el Ministerio de salud. Eso está mal. No debió usufructuar de ese privilegio cuando tanta gente espera. Aprovechó de un lazo amistoso sin tener en cuenta al otro, lo cual es reprochable. El periodista con bien ganado prestigio, cuenta en radio que se vacunó. Eso también está mal. No periodísticamente, pues dijo la verdad, sino en lo que más indigna a muchos, es decir, que políticamente estuvo mal: el prestigio del gobierno que él apoya queda más vulnerable de lo que ya lo está en el medio de la guerra de mentiras y calumnias que soporta, además de sus propias contradicciones.

Las dos cosas están mal, por cuestiones distintas. ¡hay alguna peor que otra? ¿Hay modo de ranquear lo que está mal? Tal vez, es muy probable, a la misma hora en que esto ocurre, algún laboratorio haya estado imaginando formas de usar su poder económico para que ese ministro caiga, tal vez desde hace tiempo viene buscando la forma de lograrlo, si no es así (no tenemos forma de probarlo), seguro lo festeja.  Eso también está mal, coincidiremos. Tal vez peor porque el poder económico hace legal su corrupción y esa corrupción no afecta sólo a algunas personas que fueron saltados en la cola, sino a la sociedad de conjunto en aspectos económicos y de salud pública de mucha mayor envergadura. Porque equipos de abogados, contadores y especialistas asesoran a las grandes empresas trenzadas con políticos, jueces y periodistas para que sus actos sean legales o lo parezcan. Entonces, estando las tres cosas mal, ¿tienen el mismo rango de importancia, aunque a algunas estén atravesadas por el salvoconducto legal y otras no?

Muchos profesionales de la salud nos vacunamos en River. ¿estaba bien que nos vacunaran cuando el personal de trinchera no está vacunado en su totalidad (lejos de ello, el Borda por ex, no ha recibido una sola vacuna; en el “Hospital de niños” muchísimos no han sido vacunados todavía – no sólo médicos o enfermeras, ni hablar de ambulancieros, camilleros, personal de limpieza y todos aquellos que hacen que la salud no sea sólo el acto de un profesional médico) Claro que está mal, la diferencia con la vacunación del periodista es que la de él no es  legal (parece no existir un protocolo explícito que la autorice), aunque – en esto hay datos contradictorios- sólo se haya trasladado desde un lugar autorizado – el Posadas- a otro en el limbo legal – el Ministerio-) para recibir la vacuna a la que su edad lo autorizaba y la fase de vacunación también (mayores de 70 en la provincia de Bs. As., siempre que el periodista resida en provincia, lo que ignoramos); en cambio, la de los profesionales de la salud, sí es legal, aunque nuestra salud apenas peligre y la incidencia física de nuestra actividad sea casi nula desde que atendemos por videollamadas o teléfonos. Fuimos convocados legalmente para realizar un acto que está mal. Nuestro privilegio es legal. Que no seamos responsables de esa decisión política tomada por el gobierno de la ciudad no hace que nuestro acto esté bien desde el punto de vista de su consecuencia. La lógica perversa del Black Friday de las vacunas que diseñó el gobierno de CABA, nos hace parte de su forma de existir. De nada hubiera servido negarse a recibirla al saberlo, porque nuestras dosis no hubieran ido a parar a ninguno que le correspondiese. La acción del periodista no tiene ese amparo legal. Pero, ni unos ni otros deberíamos haber sido vacunados desde una política de salud que pudiera ser considerado perfecta en su estrictez administrativa y ejemplificadora. Sin embargo, tal vez, mucho más derecho a la vacuna tiene un hombre de 79 años de actividad pública trascendente que profesionales (muchas veces jóvenes y lejos de cualquier riesgo mayor) que atendemos a distancia. Seguramente muchos dirán que lo que está mal, está mal y punto. Que hay que terminar con la vieja política. Esa es la conclusión a que ha llevado un modo simple, universal y abstracto de entender tanto la moral como la ética-, al igual que la llamada vieja política. Todo con adjetivos sorprendentes: “horrible”, “grave falta ética en la salud pública”, o sustantivos impropios; si corrupción es colarse en una cola, ¿qué le queda al abandono de millones de vacunas del exministro Rubinstein, entonces? La palabra corrupción da para todo. Ya no es más una palabra que enriquece el sentido sino un arma que se arroja a la cabeza y la dignidad de las personas como si fuera un ladrillo arrojado desde una tribuna futbolera. EEUU ha dedicado su corruptora vida imperial a acusar de corrupto a todos los que no son sus amigos.

El ministro de salud (muchos opinan que el mejor que ha tenido la democracia argentina en las últimas décadas – el sólo hecho de que haya impulsado la ley de genéricos le da derecho a ser considerado tal -, el ministro de salud que tuvo a su cargo (y con mucho éxito, en las condiciones que le tocó hacerlo) la lucha contra esta catástrofe que es la covid en el mundo, llama a través de su secretaría – él dice que hubo allí un malentendido, merece investigarse la cuestión- al periodista amigo para que vaya al ministerio. Está mal, sí. Deben seguirse los pasos correspondientes, sería lo mejor. Ciertas ventajas de la amistad no deben aprovecharse. No puede avalarse el acto. Se trata de acto sancionable, sin duda. Un acto que debe evitarse. Pero también un acto por cierto por completo menor que merece ser puesto en escala (no afecta en lo más mínimo el proceso de vacunación de conjunto, excepto en lo que a imagen respecta, y ¡vivimos corridos por los chantajistas de la imagen¡ Presos de su lógica, y de su tiranía mediática.

El asunto es que en el limbo del ministerio se vacunan varias personas. La cosa se pone más compleja. Entre ellos algunos empresarios y dos senadores que iban a viajar a México a cumplir con las “privilegiadas obligaciones” de un funcionario público. El periodista que contó su experiencia en radio, con ingenuidad, matiz presenil o perfidia conspirativa según los puntos de vista, hace que todo se haga público. Muchos debían saberlo antes: trabajadores, personal de UPCN, profesionales de la salud, otros periodistas, funcionarios, pero todo toma existencia a partir de su relato. ¿Está mal que lo cuente? Desde una ética periodística que valore dar la información cierta, no. Falla de ética periodística es la de Infobae que dijo que el periodista “denunció” cuando sólo relató, usar palabras que distorsionan los hechos está en el corazón de la mala praxis periodística. En cambio, el periodista expuso la verdad de la noticia incluso en contra de sí mismo. Si es un acto políticamente premeditado o conspirativo habría que explicar por qué causa tan importante el periodista decidió inmolarse en esa acción. No resulta fácil encontrar argumentos que avalen esa hipótesis tan repetida, en unos por el odio de la decepción a la figura idealizada, en otros por viejos entuertos. 

Los funcionarios que iban a viajar a México quedan involucrados, los dos tienen derecho y motivos para ser vacunados. Dos funcionarios que pueden tener, en esa reunión, una perspectiva más Latinoamericana que nuestro canciller (él sí prolijamente vacunado). La palabra del periodista tiene muchas consecuencias políticas. En una sobreactuación peligrosa se los baja del avión. Las consecuencias políticas son inevitables porque el periodismo interviene hasta los tuétanos en la política, sobre todo cuando los intereses de las empresas periodísticas intervienen segundo a segundo en la construcción de verdades políticas (esto el periodista lo sabe) La mayor consecuencia, además de haberle servido en bandeja carroña a los buitres, es que el amigo del periodista, el ministro considerado el mejor de la democracia desde 1983, el que se opuso a las exigencias de una empresa como Pfeizer que entre otras cosas ofrece una mala vacuna (mala porque las complicaciones de temperatura que su traslado exige son parte de su calidad – para un país tan extenso y con escasos recursos como el nuestro-, aunque su eficacia intrínseca sea similar a las otras) es echado de su cargo. La sentencia tarda horas, su falla ética merece castigo, el que la hace la paga, la sociedad lo condena, propios y ajenos lo hacen en una competencia inquisitorial de proporciones olímpicas. El gran escenario de las almas bellas desmiente cómo la vida está entretejida por pequeñas miserias y debilidades morales, todos gritan por la pureza que nadie tiene (ni podrá nunca tener en los planos que la idealización de la ética reclama, sobre todo desde aquellos más hipócritas. El que esté libre de cargo que arroje la primera piedra, dicen que dijo, el hijo del Otro celestial). El presidente sanciona desde la ética inquisitorial vigente o interpretando, bien, que esa ética la reclama la ciudadanía. El problema es que esa ética, en su estrictez principista, es encubridora de los verdaderos delitos. Al crear una uniformidad tiránica, hace que nos detengamos en minucias mientras lo trascendente para el futuro del país se desvanece. Ética idealizada, abstracta y por lo general, cortada por una doble vara mezquina y binaria. Todo queda dominado por las bravatas redentoras que la inquisitorial Carrió lleva al delirio, las complejidades teóricas de Anna Arendt se degradan a la crueldad de Torquemada. Pureza, pureza, más pureza se dice. Superyó sádico en acto. La población harta de padecer privilegios reacciona frente a un hecho que deviene sonoro pero que oculta la corrupción central, no olvidemos que la matriz ética corrupta del capital tiene instalado el lobby, como actividad legal, en la misma Casa Blanca. La pregunta del comienzo vuelve: ¿hay un ranquin de lo mal hecho? ¿Es todo lo mismo? El presidente reacciona a tono con esa cruzada. Sin embargo, si lleva esta lógica al extremo en cualquier momento va tener que renunciar producto de una sandez. En definitiva, ha elegido sacrificar a Gines y no a la ministra que menos ha hecho en cuanto al tema más grave de la ética de este país: el sistema judicial y sus chanchullos surrealistas: ¡un fiscal acusado con enorme cantidad de datos de acceso público que lo involucran en una operación miserable de conspiración puede tener a su cargo la causa que lo involucra! Una justicia que dice que ahora se esmerará en buscar la gravedad del delito del ministro, pero archiva en cajones causas horribles y llenas de pruebas documentadas que involucran a Cambiemos. Eso está tan mal como haber hecho saltar en la cola a funcionarios o ciudadanos amigos, hay que dar el ejemplo, se dice desde la concepción abstracta y universal de la ética. La política debe ser ética, pero no puede confundirse con ella. Sobre todo, cuando qué es la ética resulta un problema de tan difícil resolución.

Quien esto escribe no puede juzgar la decisión política del presidente. No está en sus zapatos ni conoce las internas que lo jalonan. Pero, careciendo de esos datos, hubiera esperado que el presidente no se hubiera sumado a la ética abstracta (cosa difícil porque suele proclamarla) y hubiera defendido al funcionario que dirigió en el medio de enormes dificultades la política sanitaria frente al coronavirus. Hubiera esperado que hubiera exigido una investigación en serio, sin sobreactuar para tranquilizar a un enemigo que nunca se tranquiliza. Que le hubiera pedido en privado una disculpa pública, alguna sanción administrativa que expresara su responsabilidad política. Pero no parece prudente desprenderse de un ministro si se lo considera el mejor de la democracia por tamaña insignificancia (salvo que hubiera otras razones que no se conocen). Sobre todo, porque con esa vara idealizada se va a quedar sin funcionarios o tendrá algunos, impolutos, pero probablemente inútiles (cuyo único trabajo es ser impoluto). Por supuesto, esto es sólo la opinión de un ciudadano común. Mucho más importante sería saber si detrás de todo esto puede haber una mano farmacéutica moviendo los hilos a través de burócratas medios, menos visibles, tal vez en las mismas oficinas del ministerio. No tengo porqué dudar que faltas condenables como privilegiar a un amigo se deben haber producido en más de un lugar. El asunto es la escala. La pérdida de escala no debería sumarse a la capacidad de la derecha en crear escándalos, de interrumpir un concierto al grito de “ ¡el señor de la butaca de adelante se tiró un pedo, que barbaridad!, cuando todos somos transportados por el terciopelo de las cuerdas. La convivencia exige cierta negación instrumental. Preferimos seguir escuchando el concierto. El problema es que la sociedad está harta de tanta mierda. Tanto que no advierte que el que más grita, suele ser aquel que más flatulencias expele.

La nueva ministra viene también con una trayectoria de fuste. Al momento de empezar a investigar no encuentra el vacunatorio, sí algunos vacunados que no debieron serlo, sobre todo en el Posadas. Por el momento, números que oscilan entre los 20 y los 70. ¿Podemos estar deteniéndonos en un número tan bajo con tanta enjundia? Demandemos que el gobierno lo corrija y a otra cosa. No podemos darle las dimensiones desmedidas que la derecha (no parece muy preciso llamarla así) quiere que tenga. Se debe discutir política. Que los políticos deben ser especialmente estrictos con estas cosas, sin duda. Pero tenemos que partir que problemas tan menores existirán siempre. Incluso en los países mejor ranqueados se parte de la idea de que la corrupción cero es imposible. Si esto ocurriese en CABA como sospechamos que ocurre, mi opinión sería la misma. No hay que discutir nimiedades. Que lo haga la derecha, no sorprende. De todo y siempre hace un escándalo y cuando no existe lo inventa. Lo preocupante es cómo, toda la  sociedad se hace eco del grito inquisitorial sin más reflexión que la pasión dolorosa que genera la caída del ideal. Los ideales tiránicos impiden detenerse en la enorme complejidad del vivir. Eso es una forma central de la antipolìtica. Ni el ministro, ni el periodista merecen ser quemados en la hoguera, más allá del error, la falta, la pavada, o como quieran llamarlo, que han cometido y más allá de las simpatías o antipatías que por otras razones podamos sentir hacia ellos. Darle ribetes de “horrible” falla ética, ataque a “la ética de la salud pública” como se escribe y dice no es más que devenir retrasmisores del discurso inquisitorial que quiere confundir los problemas de la política con la ética subjetiva individual. Sus méritos son mucho más relevantes que sus posibles errores. Pedirle pureza ética universal a la gestión de gobierno va impedir que advirtamos sus falencias menos notorias, pero mucho más relevantes para el proyecto al que aspiramos. Es probable que nueva información obligará a que corrijamos algunos detalles de lo aquí escrito, pero el problema de la ética abstracta y su relación con la antipolítica como política, seguirá siendo el principal problema ante situaciones como éstas.

                                            Oscar Sotolano

                                          23 de febrero de 2021

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