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Miércoles 22 de mayo, 19.30 - Presentación del libro de Carlos Guzzetti: PSICOANÁLISIS EN MOVIMIENTO. Fragmentos e iluminaciones

Publicada el 17/05/2019





En la Alianza Francesa de Palermo, Billinghurst 1926 - CABA


Hojear el libro

Presentadores:
Yago Franco
Oscar Sotolano
Luis Vicente Miguelez
Coordina: Florencia Guzzetti

Luego de un breve número musical se ofrecerá un brindis.
Entrada libre



Yago Franco

Leo pocos libros de psicoanálisis. En general me aburren. Suelo abandonarlos en las primeras páginas. La reiteración, la mala escritura -el mal/decir- los abundantes sobrentendidos, la saturación que produce la certeza, los guiños para las respectivas parroquias terminan ganándome por abandono. Sigo -en cambio- disfrutando de los textos de Freud, esa obra abierta, y de los libros bien escritos, habitados por el bien-decir. El disfrute de un texto es para mí la premisa más importante -lo que no significa que sea fácil su lectura, o que carezca de rigurosidad- .

El libro que tengo el placer de presentar hoy -el libro de Carlos Guzzetti- cumple sobradamente con esta premisa. Cada lectura es un encuentro, una nueva escritura en ese puente que Carlos describe que se produce entre paciente y analista y que yo extiendo al encuentro del lector con el texto: se produce una lengua-puente entre ambos. Entonces, cada libro es muchos libros, tantos como lectores tiene. Pero en particular este texto, además, está compuesto de varios libros que a continuación enumeraré. Antes de lo cual digo que en el encuentro con este texto pude experimentar entusiasmo, sorpresa, me sentí interrogado en mi pensamiento y práctica,  convirtiéndose -como los buenos textos- en exigencia de trabajo.

Fragmentos e iluminaciones: el texto ilumina fragmentos (en el sentido benjaminiano) fragmentos iluminados, en los cuales siempre queda algo en la penumbra, a veces en la más profunda de las obscuridades.... hasta que un nuevo resplandor vuelve a dejar ver lo que anida en ese espacio que era esquivo a la mirada... para dejar algo nuevo en la penumbra y así... Fragmentos que habitan en las galerías de un laberinto. Para recorrer el cual Carlos avanza en amistosa compañía de un tridente ofensivo notorio: Walter Benjamin, Roger Callois, y su ciencias diagonales y Levy Strauss y los bricolajes, abastecidos por un armador de lujo: Sigmund Freud. El libro mismo es un laberinto -pleno de bricolajes producidos en cada encrucijada-, un laberinto conformado por galerías/diagonales- que se conectan, se cruzan, en un recorrido de la escritura que vuelve sobre temas e interrogantes que siempre se muestran de un modo distinto, como un ostinato que sostiene al texto mismo. 
Así, este es un libro en el cual Carlos generosamente comparte su experiencia clínica con nosotros. Entonces este libro que, como dije es varios libros, es un libro sobre clínica psicoanalítica, en el que desfilan personajes como Ofelia, Eduardo, Susana... Que muestra una clínica en movimiento: sus aperturas, sus aporías, sus interrogantes, sus posibles repuestas. Una clínica en la cual Carlos señala -tomando como referencia al sinólogo Jullien, quien revisa, recurriendo al pensamiento chino el mito occidental de la acción-que la suya es una clínica “prodiga en procesos … de cambios a veces imperceptibles pero en definitiva eficaces en lograr mejorar la posición subjetiva frente al mundo: amar y trabajar” (p. 136). Un clínica para la cual la edipización se ha mostrado insuficiente. Lo mismo que la presencia abusiva en ella de la falta y de la función castratoria del analista, que ha sido pródiga en todo tipo de crueldades. Siendo estas últimas dos presencias en la clínica una muestra de las resistencias del psicoanálisis.

Carlos remarca la importancia del trabajo analítico sobre la realidad efectivamente vivida -para lo cual agrega al mencionado tridente ofensivo a otro delantero: Sandor Ferenczi. Desconocer esa realidad es reduplicar el trauma.

Es también un libro sobre la inseparabilidad del sujeto y el otro, del sujeto y de la sociedad, siempre integrados a su psiquismo. Un sujeto que -señala Carlos- no solo está escindido, sino que es una multiplicidad.

También es un libro sobre las instituciones psicoanalíticas: sus caminos sin salida y la posibilidad de que la diáspora actual permita un mayor grado de libertad. Aunque Carlos Guzzetti no deja de señalar la resistencias al psicoanálisis y del psicoanálisis mismo que pueden llevarlo a un camino sin salida.

Este libro es también una reflexión sobre la época, mencionando una y otra vez el espíritu concentracionario de la misma. Y es un libro sobre la amistad. La amistad es un antídoto contra lo concentracionario y lo segregatorio de nuestras sociedades. Al igual que el psicoanálisis, que va a contra corriente de dichas tendencias, instituyendo un nuevo lazo social. Ofreciendo un lugar para el sujeto, a contra tiempo del tiempo vertiginoso, a contramano de las corrientes imperantes. La amistad y el lazo psicoanalítico encuentran su lugar como dispositivos de resistencia. La escritura es otro modo de ir contra la tendencia concentracionaria. Así Carlos cita como "Salidas de la escena concentracionaria" a la amistad, la escritura -acompañado por Primo Levi y Jorge Semprún-, y el psicoanálisis. Y nos advierte que "El campo no siempre está del otro lado. El universo concentracionario es la marca de nuestro tiempo y, por lo tanto, nuestra práctica clínica, téorica e institucional no está al abrigo de sus efectos".

Ahora bien, también alerta sobre uno de los efectos de nuestro oficio: El traumatismo de escuchar el padecimiento psíquico, lo cual hace que los agrupamientos de psicoanalistas sean necesarios. Aparece así la institución como lugar elaborativo, de anudamiento de la pulsión.

Lo concentracionario, lo segregatorio, lo traumático, el modo de ser de nuestra cultura, tanto como las catástrofes individuales, llevan al tema del montaje tóxicocentro de gravedad de su libro, otro libro dentro del libro. El montaje tóxico implica el pasaje de la angustia al dolor en nuestra cultura y en la clínica. Haciendo que el análisis devenga en un lugar de amparo, siendo muchas veces más que un trabajo analítico -por lo tanto de descomposición- un dispositivo de dar forma, de alojamiento al dolor para que -en el mejor de los casos- de paso a la angustia. El dolor, dirá Carlos, es un agujero en el psiquismo por el montaje tóxico, una defensa desesperada para desprenderse del mismo. La toxicidad de la cultura actual, montada sobre la cantidad, sobre el exceso, hace que esta reflexión clínica sea también un diagnóstico sobre nuestra realidad.

Como decía, Carlos sostiene que ante este panorama se erige la amistad. También el psicoanálisis y su relación con el paciente/extranjero, y el acto de hospitalidad del analista/anfitrión, quien al mismo tiempo se expresa en una lengua extranjera. "Lazo social original y paradojal -el psicoanálisis-, se propone como una promesa de disolución" sostenida por el amor diferido y prohibido, lugar de alojamiento del extranjero. Dice Carlos: “La apuesta psicoanalítica se asienta en la convicción cierta de que el nuevo lazo social que Freud ha inventado, donde encuentran su lugar la hospitalidad y la cortesía, puede ofrecer alojamiento al sujeto contemporáneo, aliviarlo de los sufrimientos de la época y brindarle un  porvenir, una vida que valga la pena ser vivida” (p. 82).

Muchas veces me pregunto -y le pregunto a Carlos- si el psicoanálisis no se trata de un otro modo de la amistad, en la cual hay un solo sujeto y otro que lo aloja, pero que con el tiempo implica un nosotros, un peculiar nosotros, en ese puente entre dos lenguas que genera una suerte de lengua original y compartida. Tiene en común con la amistad el saber callar, en este caso y sobre todo de parte del analista, pero también del paciente que -salvo en las psicosis- no habla a cielo abierto y como dijera Piera Aulganier, tiene derecho al silencio -no resistencial sino de sostén de su subjetividad-, restándole algo al otro para advenir sujeto. 

Carlos cita de Borges : “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio...” Por eso, este es un libro en movimiento, que produce en el lector -y seguramente en el mismo autor- un empuje a pensar, porque pensar es entrar en el laberinto.

Sobre el final de su texto señala lo siguiente, que transcribo: “En el 
psicoanálisis estamos acostumbrados a una falta absoluta de cortesía lexical, hablamos o escribimos con palabras incomprensibles para los demás, usamos construcciones absolutamente atravesadas, en general como resultado de malas traducciones, de malas desgrabaciones… nunca estamos seguros de lo que decimos cuando decimos lo que decimos y los dialectos solo se comprenden al interior de la tribu (…) La cuestión de la cortesía entra en sintonía con la de hospitalidad. Es preciso ser corteses con los extranjeros que nos visitan, con el otro, con la alteridad del otro. El encuentro solo es posible y productivo si se cuenta con los recursos para saber recibirlo y ser recibido” (197)

Hemos dialogado -sin saberlo- sobre este libro desde antes de que fuera libro, primero en nuestros almuerzos en el bodegón de la calle Boulogne sur Mer, cerca del consultorio de Carlos, y luego en los periódicos almuerzos en Pierino -exquisitos pulpetines mediante-, cerca del mío. Hemos jugado (sin saberlo) con algunas de las ideas que expone en este texto, en diálogos entrelazados por reflexiones sobre nuestra progenie, el paso del tiempo, la ausencia de nuestros seres queridos, nuestras preocupaciones, el porvenir y la incertidumbre y nuestras desesperanzas e ilusiones, este nuestro país y su dolor y sus eventos increíbles y tragicómicos. Recomendándonos libros, películas, obras de teatro… Todo esto hamacado en un vaivén fraterno.

Finalmente: Carlos muestra ese gasto que se realiza por el extranjero/otro al hospedarlo  y recibirlo con la cortesía del buen decir. Nosotros somos esos otros, esos extranjeros a quienes este texto nos hace lugar. Este libro produce una deuda con él, ya que no deja de ser un acto de donación, un gasto que él realiza, sobre todo por el gran compromiso con el que ha sido escrito. Un gasto que no espera retribución. Y que me provoca el deseo de agradecerle por haberlo escrito y compartirlo, y también -y sobre todo- por su amistad.


Luis Vicente Miguelez

Bueno entonces,  qué me queda decir después de estas presentaciones tan bien realizadas. Callar y darle la bienvenida al libro de un amigo. Ahora bien, saber callar no es quedarse mudo.  Seré breve entonces, para poder ganar amigos.

Efectivamente saber callar, como dice Carlos, es una condición de la amistad y del buen analista. Por supuesto aclara, no es quedarse  en silencio, indolente ante el sufrimiento del otro. Saber callar es todo un arte. Carlos lo ejercita en su libro. Sabe callar, deja en suspenso ciertas preguntas para dejar que uno, lector, amigo o paciente, pueda seguir pensando lo hasta ahora impensado. Abrir nuevos caminos, establecer puentes que ayuden a salir de las encerronas que presenta la vida.

Así presenta él su libro y se presenta a sí mismo. Como constructor de puentes. Pontifex es la palabra latina que designa a este oficio. Palabra de la que nos advierte Carlos, deriva pontífice, pontificar. Vaya paradoja

Los analistas nunca estamos suficientemente a salvo de no caer en pontificar sobre el buen vivir. Estamos ubicados en esa paradoja, la de ser constructores de puentes que abran nuevos pasos donde no los había o de convertirnos en pontificadores de lo correcto.

El libro que hoy presentamos se cuida mucho de caer en esa vertiente pontificadora. De qué manera lo logra?

Carlos se lo plantea desde el comienzo. Nos comenta en el Prefacio que su libro es tributario de otro autor inclasificable. Ya había nombrado a Benjamin y sus iluminaciones, ahora nos acerca a Roger Caillois, quien dedicó buena parte de su obra, nos dice, a lo que llamó ciencias diagonales, las que son capaces de poner en relación objetos tan diferentes como la pintura abstracta y el diseño de las alas de mariposas. Acercar campos de saber diferentes que iluminen de manera oblicua el tema que viene a tratar.

Diagonal y transversalmente va construyendo una escritura sobre la experiencia del análisis donde los conceptos se renuevan a la luz de nuevas indagaciones.

Así vamos recorriendo los diversos capítulos donde se entrecruzan referencias a textos literarios, ensayos filosóficos y psicoanalíticos de autores de diverso cuño que hacen de su lectura algo muy llevadero que  alienta las ganas de seguir investigando  por otros territorios desconocidos.  Busca el diálogo permanente con otras maneras de pensar.

Pero como es el libro de un analista, todo está sujeto a lo que la clínica le fue enseñando a lo largo de todos estos años. Es así que cada capítulo está atravesado por algún fragmento clínico.

Comenzando por Ofelia la paciente del lápiz japonés, con la que abre su escritura. Esa remisión de entrada nomás al chiste y su relación con el inconsciente entiendo que es una manera de decirnos que un buen analista no deberá encallar en el patetismo de un destino trágico sino que deberá abrir sus orejas a lo que el inconsciente del paciente pueda recuperar de vida y relanzar el deseo.

Su preocupación a lo largo del libro es la de  cómo intervenir en lo que él llama el campo concentracionario, paradigma biopolítico de nuestros tiempos y sus efectos subjetivos de segregación. Reconozco en esa preocupación un interés fundacional de su práctica clínica. Del apasionante recorrido que va haciendo quiero tomar una frase.

Con muchos pacientes, “escribimos algo que jamás había sido inscripto en ningún lugar y es preciso construir una superficie para escribirlo”.

Es a mi parecer una excelente definición del trabajo clínico de nuestro tiempo. Muchas veces nos encontramos con que no se trata del retorno de lo reprimido sino del que se haga lugar a aquello traumatico que no tuvo oportunidad de ser escrito de ninguna manera porque no había aún sujeto para escribirlo. El trabajo analítico como nos va mostrando Carlos a lo largo de su texto, a través de múltiples y variadas experiencias, es el de crear esa superficie donde poder inscribir el exceso, la desmesura, la ménis, palabra homérica que tan bien nos acerca él para la comprensión de lo tanático.

La experiencia traumática, dice Carlos, tiene dos destinos posibles: acontecimiento o catástrofe. Será un acontecimiento si el sujeto logra significarla como experiencia nueva, como apertura a dimensiones desconocidas de su vida emocional. En cambio, agrega más adelante, son cada vez más frecuentes las consultas de quienes no se han salvado sino que en algún momento de la vida se hundieron en la castástrofe.

Vayamos ahora al sillón incómodo. Como nombra Carlos el trabajo analítico.

Uno trata de procurarse con el tiempo el mejor sillón anatómico para nuestro oficio sedentario y resulta que nunca termina de acomodarse bien. Siempre o le duele la espalda  o se le contractura el cuello, o lo que sea pero de confort niente.

Acá Carlos nos confronta y nos conforta con su lectura de los escritos de un psicoanalista especial, innovador, lúcido y capaz de denunciar la hipocresía analítica que pretende resguardarse en el confort del dispositivo, del contrato o de la neutralidad. Me refiero a los textos de Sandor Ferenczi. Autor del que compartimos desde hace infinidad de años el gusto por su lectura.

Carlos nos confiesa que lo primero que leyó de Ferenczi fue un artículo titulado “Los gases intestinales, privilegio de los adultos”, y nos dice es un brevísimo testimonio del uso del pedo por parte del paciente como protesta contra el médico”. Es que Ferenczi piensa que el psicoanálisis puede ser muy peligroso sino da al paciente la capacidad de poder expresar y a su vez reconocer los errores del analista. Este deberá a su vez poder ser sincero con lo que siente y piensa y no refugiarse en una mal entendida abstinencia.

Recomiendo fervorosamente la lectura de este capítulo, estos diálogos de Carlos con Sandor Ferenczi no tienen desperdicio. Todo el libro, entiendo está marcado por esas lecturas.

Dice Carlos, Tal vez la enseñanza más fecunda que me dejó Ferenczi es la valoración del recorrido de un análisis como experiencia emocional, es decir agrega, como nueva oportunidad para recorrer las situaciones dolorosas de la vida de la mano de alguien que además de soportar las imagos transferidas, permita experimentar una calidad afectiva diferente.

Este es el punto que rige la concepción ética del análisis tal como lo entiende Carlos y que yo comparto.

Cada capítulo va entretejiendo los puntos centrales que hacen a nuestra práctica. Los va cocinando a fuego lento, acercando referencias diagonales y fragmentos clínicos para sostener posiciones clínicas que no pretenden ser ni únicas ni finales. Siempre da lugar a una vuelta más.

No quiero dejar de mencionar tres aspectos que me parecieron no solo de gran interés sino altamente significativos de lo que este libro transmite.

El primero es el trabajo  minucioso que realiza alrededor de conceptos centrales de nuestra práctica. Creencia. Amor y Fe.

La revaloración que hace Carlos de una creencia no religiosa inherente a la condición humana y cuyo destino principal es la de constituir confianza, requisito imprescindible para el establecimiento de vínculos sociales creativos.

Capacidad de hacer con el otro, de encontrar la manera de que un deseo propio se enhebre con el de algún otro en una tarea compartida. Como dijo alguna vez Lacan en la mejor definición de un buen fin de análisis que encontré.

El segundo punto que se presenta al debate en el escrito y que considero es lo bastante difícil y problemático de abordar como para generar interesantes discusiones es el de la de considerar a la amistad en relación a las vicisitudes de la transferencia analítica. Esta, como bien señala Carlos, se alimenta de Eros y de Philia. Término con el cual los griegos designaban lo que nosotros llamamos amistad. Lógicamente la traducción literal es imposible tal como nos aclara el autor. La organización de su universo simbólico es bien diferente a la nuestra.

El trabajo meticuloso que emprende Carlos sobre el término, lo lleva pensar en las consecuencias en el campo transferencial del desdoblamiento entre analista y amigo. Desdoblamiento, entiende, que lejos de establecer un par opositivo, mantiene la tensión entre ambos términos sin encontrar ninguna resolución dialéctica. Una relación paradojal, concluye, que motoriza el trabajo analítico.

Este es a mi entender un aspecto medular de su libro. El poder pensar en medio de esa paradoja la posición del analista y los efectos de una cura.

El otro punto central en el libro es la referencia a la identidad y a la hospitalidad, como cuestiones esenciales en el trabajo analítico.

De la mano del paciente que formulaba varias veces en cada sesión  “ustedes los analistas” aborda en su libro ese tema central. Carlos se preguntaba cada vez que el paciente lo decía, pero quiénes somos nosotros?

“Pregunta que me hacía, refiere, por las imagos transferidas, por cierto, pero también pregunta por mi identidad de analista, por la singularidad de mi estilo”. Y concluye que todo “nosotros” es siempre problemático. No obstante abre perspectivas de no quedar encerrados en un solipsismo naufragante siempre y cuando no lo cerremos a una identidad de clausura. Si el “nosotros” que nos reclama  es capaz de hospedar al extranjero.

Esa es una pregunta capital, a mi propio entender, del libro. Como ser capaces de albergar en cada oportunidad de un tratamiento al extranjero que hay en mi semejante y al que hay también en mí. Maradona ya lo dijo. Lo tenés adentro.

Carlos nos advierte que en todo análisis la experiencia de hospitalidad produce una transformación de los implicados en ella y para eso debemos tener la suficiente elasticidad como para poder integrarla a ese nosotros que nos pretende como analistas.

Finalmente soy de la creencia que cada analista posee una singularidad, un rasgo, que define más que otros su clínica. Algunos poder estar en la emergencia,  otros una paciencia infinita o cierta locura creativa. Para mí en Carlos, y de eso testimonia su libro, ese rasgo es de la hospitalidad y la de saber hacer con ella una valiosa tarea clínica.