Lo que droga es la palabra droga – Hermes Millán Redin

LO QUE DROGA ES LA PALABRA DROGA

Hermes Millán Redin

Si tuviera que definir la droga lo haría en los términos de “una metáfora
acorralada”. O en su defecto, con el número 48 de la tabla de los sueños:
“El muerto que habla”, por aquello que lo destinado a obstruir algo que no
debe ser dicho, termina hablando desde un más allá. Y si tuviera que
definir la relación entre el adicto y la droga apelaría a las palabras que
Giuseppe Tornatore pone en boca del viudo atormentado por los estragos
de una paternidad defraudada, cuando frente a la tumba de la mujer
muerta afirma: “Stanno tutti bene”. Por último, si en este tema está en
juego un nuevo fantasma que recorre el mundo, este fantasma no sería la
droga sino los anudamientos de representaciones sociales y
transferencias, de viejos mitos y nuevos ordenamientos, asentados sobre
una sustancia relativamente aleatoria.
Cuando decimos que un sujeto establece una relación adictiva con una
sustancia, estamos hablando por lo menos de tres cosas:
1- Los aspectos neurobiológicos y su peso relativo, dependiendo de la
sustancia y del sujeto. Este es, paradójicamente, el componente más
metafísico de la triada en cuestión.
2- Las representaciones sociales que existen sobre la sustancia, la
promesa que la sustancia hace desde ese relato social, la promesa
colectivizada de ser quien que puede reparar aquello que está dañado.
Aquí es necesario señalar ese recorrido que suele hacer la droga, que va
desde la promesa de salvación al fatalismo de una condena, sabiendo que
en ese recorrido se desdibujan los términos en genuina perseverancia.

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¿Qué hace que la droga migre de significado de esta manera? Que entre
un extremo y otro se despliega una doble idealización.
Quiero señalar que el contexto en el cual se inscribe la significación
idealizada de la droga es el discurso de las políticas prohibicionistas al que
llamaremos también discurso hegemónico. Y cuando hablamos de
hegemonía lo hacemos en el sentido de Ernesto Laclau como un tipo de
relación política, como articulación de un bloque heterogéneo de
demandas, como una serie de discursos articulados en torno a los cuales
circulan en torno a él las políticas públicas, la construcción de las
subjetividades y el diseño de los dispositivos clínicos.
El discurso prohibicionista dice de la droga lo mismo que dice el adicto
sobre ella. Hablan de un objeto personalizado que para el adicto es sujeto
de salvación -en un comienzo por lo menos- y para la política
prohibicionista es sujeto de perdición. El concepto del “flagelo” aplicado a
la droga se convierte en paradigmático de una forma de pensamiento
compartido entre los adictos y los gestores políticos, el dispositivo policial
y los profesionales de la salud, en el marco común del discurso
hegemónico prohibicionista. La idea de que la droga persigue tiene
sustento en un registro animista y tribal. El discurso prohibicionista es la
principal contribución a la resignificación social y cultural de la droga como
objeto idealizado que va a resolver al sujeto lo que el sujeto no puede
resolver buscando recursos internos sobre los cuales poder sostener una
relación diferente con el objeto droga.
La adicción y la droga son dos cosas diferentes. En este caso uso la
palabra droga en un sentido contemporáneo, como droga que droga. La
adicción es un fenómeno independiente de la droga como sustancia y tiene
que ver más con la droga como soporte de una representación social y una

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transferencia. La adicción es un fenómeno históricamente nuevo. Y en
cierta forma podría decirse que la droga que droga es un objeto nacido de
un discurso sobre una sustancia históricamente determinada.
En otras culturas la droga no droga, ni es tóxica; la droga es medicinal y
divina, y la figura del tótem es suficiente para custodiarla, y organizar el
orden social entorno a la sustancia, y la figura del chaman es suficiente
para administrar ese orden. Habrá que encontrar algunas claves en la
transformaciones de las sociedades tribales en sociedades civiles, en el
advenimiento de la sociedad industrial y la instalación -incuestionable- de
la metáfora del mercado.
Daniel Vidart es un antropólogo uruguayo que trabajaba el tema de las
drogas y las culturas y que fue asesor de las Naciones Unidas en el
estudio de culturas del desierto y educación ambiental, autor del
libro“Marihuana, la flor del cáñamo” entre otros. Vidart, estudiando la
antropología del tabaco, contaba que los indios guaraníes de lo que hoy es
Paraguay y regiones cercanas, consumían tabaco en ceremonias rituales
con fines religiosos o medicinales; y que la experiencia de alteridad de
conciencia estaba ligada al propósito religioso-medicinal; quemaban en
una fogata el tabaco cubriendo el espacio con unos cueros, lo aspiraban,
entraban en transe, y esto les promovía experiencias trascendentes de
efecto curativo. No existía el consumo abusivo y, ni siquiera, el consumo
recreativo. Entonces Daniel Vidart dice algo muy interesante: los
españoles con la conquista se apropiaron del tabaco, de su producción y
comercialización, lo resignificaron y apareció el fenómeno del consumo
recreativo, primero, y adictivo después; apareció el tabaquismo. “Los
latinoamericanos exportamos el tabaco e importamos el tabaquismo”
afirma Vidart; de aquí se concluye que tabaquismo no es resultado lógico

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de la existencia del tabaco; es el resultando de una resignificación del
tabaco operada desde las realezas europeas y que derivó en la
introducción a nuestro continente de la práctica social del fumar como un
acto lúdico, como ceremonia cortesana, como ortopedia de la seducción y
el poder. De las cortes de la realeza al fetiche de Hollywood se completa
un recorrido.
En la historia del tabaco y el tabaquismo podemos encontrar entonces una
experiencia histórica-cultural de resignificación de una sustancia que luego
vuelve resignificada a su territorio original como objeto nuevo, como otra
cosa.
Habíamos primero de los aspectos neurobiológicos de la adicción, luego
de las representaciones sociales y culturales, entendidas con Sergei
Moscovici como pequeñas teorías sobre la realidas, falsas en su
generalización insostenible.
3- Pero habrá que entender, además, el sentido que – en la historia
particular de cada sujeto- adquiere ls sustancia y el consumo de la misma.
O sea, se hace necesario pensar el vinculo que queda sujeto establece
con la droga, entendiendo que ese vínculo está dotado de un sentido
simbólico e inconsciente. La palabra vínculo proviene del latín “vincülum”
que significa “atadura”, y la condición de ese atar no se revela a la mirada
ingenua. Cuando hablamos de vínculo podemos pensarlo en el sentido de
Bion en relación a la función del objeto más que al objeto mismo. O en el
de Enrique Pichon-Riviere, en tanto estructura compleja que incluye un
sujeto. O en la definición de René Kaës cuando piensa el vínculo como “la
realidad psíquica inconsciente específica construida por el encuentro de
dos o más sujetos”.

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Pensar que un sujeto se convirtió en adicto sólo porque tuvo una
experiencia que lo conectó con la sustancia, una condición social
favorable, y que hubo una circunstancia de reforzamiento eficaz,
constituyen la metafísica de la clínica tradicional de las adicciones. Hay un
sentido simbólico a ser indagado. Porque cuando decimos que lo que
droga es la palabra droga queremos decir que lo que droga no es la
sustancia sino el vínculo que un sujeto establece con la sustancia, o dicho
de otra manera, la peculiar manera que el sujeto tiene de nombrar al
objeto. Millones de sujetos se vinculan de otra manera con la sustancia y
esta no tiene, por si sola, el poder para transformar en adicto al ese
consumidor. Es la mirada, la palabra del adicto lo que convierte a la
sustancia en droga. Podría decirse en ese sentido que en el vínculo del
sujeto con la sustancia, emerge eso transformado en droga. l
Por otra parte -ganados por el pensamiento hegemónico del paradigma
prohibicionista- nos cuesta dar cuenta de la falacia que implica comprender
la droga únicamente desde su condición bioquímica, excluyendo la
condición determinada en el contexto de su ilegalidad. Cuando llega un
alcohólico a la consulta no llega porque está atrapado por la sustancia.
Vemos diariamente en la clínica como los pacientes alcohólicos apelan a
sus mejores racionalizaciones para encontrar una categoría diferencial en
la cual colocar su modalidad de consumo para quitarse del juicio familiar o
laboral que los colocó en la categoría de “alcohólico” poniendo en juego
así “la denominación” que los terminan llevando a la consulta, pues no van
por el consumo sino por la categoría denominativa en donde el consumo
pudo ser colocado. Toda la batalla se libra en el término. Nuestra cultura
coloca el tema de la legalidad-ilegalidad de las drogas en un asunto que se
agota en la naturaleza de las mismas, queriendo convencernos de que la

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ilegales lo son porque es mayor su peligrosidad, invisibilizando así las
circunstancias históricas, políticas y económicas que determinan el
estatuto de esa legalidad/ilegalidad. Muchas veces los jóvenes
descubiertos en el uso experimental de la marihuana se sienten en la
obligación de cumplir con la expectativa social y familiar de actuar como un
“marihuano”. El conjunto de actitudes y conductas que representan la
cultura de la marihuana son tanto provenientes de las representaciones
sociales de los grupos de consumo como de las representaciones sociales
asumidas desde el discurso hegemónico de la penalización.
Un paciente adicto de veintidós años decía con claridad: “Creo que cuando
mis padres comenzaron a decir que soy un drogadicto, fue la primera vez
que los escuchaba hablar con tanta seguridad sobre mi. Hasta ese
momento siempre decían que no sabían que sería de mi, que no me
gustaba nada, que nunca hacía nada con pasión”. Yo pensaba entonces:
cuánto trabajo, cuánto esfuerzo le costó a ese chico encontrar una
“vocación” que calmara la angustia de los padres frente a la incertidumbre
de este hijo que no encontraba que “ser”, que camino elegir para “ser
alguien” en el mundo. En una oportunidad el corrector del libro que llevará
el título de esa presentación cometió un error y dejó caer un punto en un
lugar insólito. Entonces quedó dicho: “Lo que droga es. La palabra droga”.
Podríamos hablar largamente sobre el concepto de que “la palabra droga”,
pero quiero centrar la atención en la primer parte del sentido que queda
constituido a partir del “error” de un punto desprevenido: Lo que droga es.
Y podríamos completo este acertijo diciendo: lo que droga es constituyente
de una identidad. O dicho de otra manera: la droga cuando droga le aporta
un sentido al ser de un sujeto, le da un nombre a una persona que hasta
ese momento quizá careciera de nombre, por lo menos del nombre que se

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constituye como referencia de identidad cuando está soportado desde la
mirada del otro que lo nombra.

Pensar en la clínica de las adicciones obliga a pensar en la transferencia,
en la droga y en el analista. Y también en el concepto de trabajo
elaborativo. Este concepto alude al proceso en el cual el paciente integra
una interpretación y supera las resistencias que esta le provoca. Laplanche
señala también que este trabajo supera la resistencia o la aceptación
puramente intelectual habilitando una convicción que proviene de la
experiencia de la pulsión reprimida que alimenta la resistencia. En ese
punto podríamos evaluar el papel de la transferencia y su análisis en el
proceso de la cura.
Hay dos destinos posible: repetir o elaborar. Y la droga opera como el
sustento de la repetición, el medio y el fin de la repetición. La droga, el
vínculo con la droga, aparece como un relato, más que como un síntoma.
Un relato que ocupa el lugar de la imposibilidad de elaborar aquello en que
el sujeto queda condenado a la repetición.
Los sentidos del objeto droga, el lugar que ocupa en el vínculo con el
sujeto, la representación inconsciente del objeto droga, quedará en su
dilucidación expuesta al análisis del vínculo con el analista, al análisis, por
lo tanto, de lo transferencial. Una cosa es, el análisis de la transferencia
como una vía de comprensión de la relación del toxicómano con la droga y
otra es el lugar de la intervención como interpretación de la transferencia.
Hablar de análisis de la transferencia en una clínica sin diván, en una
clínica que en algunos momentos es clínica sin consultorio y otras veces
es clínica sin paciente, es sin duda un desafío teórico y práctico para el
psicoanálisis y los psicoanalistas. A veces podríamos pensar que lo

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primariamente eficaz de la clínica del toxicómano consiste en que el sujeto
llegue y se siente, y afronte un dispositivo donde solo es admisible la
palabra. El dispositivo le obliga a recurrir a una intermediación entre el
pensamiento y el acto que lo sitúa fuera de su universo cotidiano ligado a
la persistencia del acto. En el universo de lo a-dicto, de lo no dicho, se
abre una brecha donde es necesario decir. Claro que hay otra clínica de
las adicciones donde los terapeutas se sitúan en el modo de producción de
los adictos y responden al acto con acto y colocan el vinculo entre ellos en
una renovada forma de no-decir. Las alianzas con la familia “victimizada”
operan en ese sentido.
Bruno Bullicio insiste en que la clínica de las adicciones tiene la
particularidad de que el especialista en toxicomanía y drogas es aquel que
sabe abrir un espacio donde no se tenga que hablar necesariamente de la
droga, asumiendo que siempre que se habla de la droga, se habla de otra
cosa. Los no especialistas quedan anclados en la droga, compelidos a
nombrarla, regocijándose en el nombre de la sustancia como si en ello
estuviera en juego alguna transgresión. Exhiben el goce de saber las
nomenclaturas de la marginalidad y ofrecen un escenario para la repetición
de una narrativa del encubrimiento, obstruyendo con la palabra droga la
emergencia de lo que debe ser dicho.
La clínica de las adicciones evoca, de alguna manera, la clínica de lo
borderline. He visto en la consulta de los adictos sujetos agobiados por el
temor a la muerte, la locura y el incesto. Sujetos defraudados desde el
lugar de objetos de la adicción de una madre, de una mirada desviada, de
un nombre que no se completará hasta la ilusión de ser nombrados en
función de la droga. La clínica de las adicciones interroga de esta manera
a la posición del analista y a la función de la transferencia. El analista suele

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quedar colocado en un lugar donde desde la transferencia del paciente
está llamado a resucitar una ilusión, en una abstinencia permanentemente
retada.
Claro que la clínica, sea cual sea, contiene elementos psicoeducativos,
inclusive elementos directivos, por lo menos en tanto proponer un foco,
perfilar con las interpretaciones una zona de trabajo, asumiendo así todo lo
violento que de alguna manera toda interpretación supone.
Yago Franco evoca a Bleger cuando éste afirma que en todo sujeto hay
una parte simbiótica e indiscrimidada, que las instituciones son
depositarias de esta simbiosis y que el encuadre psicoanalítico cumple con
las condiciones para ser considerado una institución. De allí podemos
deducir que el encuadre cumple un papel, en tanto un modo de grupo
social, en tanto una forma de la institucionalidad, en la configuración de lo
no configurado y en la construcción de la autonomía del yo.
Si lo borderline alude a la fragilidad de las fronteras entre los estratos del
psiquismo el análisis, el encuadre y la transferencia deberán dar cuenta de
una reestructuración en donde emerja el Yo y el Otro como sujetos
diferenciados.
El analista en el tratamiento de las toxicomanías debe ofrecerse el
paciente como una oportunidad de sostener un borde, un límite. Ante una
historia marcada por la relación con un objeto que defrauda, está el
dispositivo analítico como una oportunidad de re-ilusionarse. Y esto no
será nunca porque el analista ceda a la tentación de dar consuelo, sino
porque ante la demanda del paciente sostendrá un encuadre que está
pensado y diseñado como lo mejor para que la emergencia de un Otro sea
posible. Cuando decíamos que todo proceso contiene un componente re-
educativo, pensaba en la paradoja que lo educativo, en este caso, es la

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renuncia a educar. O dicho de otro modo, la renuncia a seducir. El
desplazamiento de la droga del centro del encuentro analítico, el
corrimiento de la droga para que emerja lo otro, es el sentido de este
concepto. Como decíamos, una clínica de la toxicomanía que no hable de
la droga implica, a la vez, no permitir que la droga seduzca al analista
como ha seducido al paciente.
Aquí hace eco una pregunta que interpela: Dónde debe colocarse el
analista para, desde el lugar de la transferencia del adicto, hacer algo que
re-ilusione? Una primera respuesta es obvia: todo menos amarlo. Una
segunda respuesta se desprende como lógica: debe analizar.
Una tercer respuesta es tentativa: debe mirar, sostener con una mirada
que no seduzca. Quizá por eso es necesario pensar si es posible una
clínica del adicto con diván. No solo por la función de la mirada, en
términos estrictamente físicos, sino a la vez por la necesidad de
preguntarnos si el adicto puede ser arrojado al mar de otra indiferenciación
donde el cuerpo recostado se desdibuje y se funda con ese cómodo
vientre que lo alberga.
Por otra parte el analista deberá estar atento al cruce de la demanda del
adicto que las otras demandas que sobre-determinan la consulta,
pensadnos esta cuestión desde el joven Braustein. Todo paciente consulta
a nombre propio y a nombre de otro. Pero en las consultas de los adictos,
ese otro no suelo estar en la sombra sino que emerge a la superficie,
protagoniza la demanda e instala- con la complicidad de la clínica de las
adicciones tradicional- una paradoja donde uno pone la demanda y el otro
pone el cuerpo. Y el adicto dará cuenta del curso de su análisis en la
palabra del otro, en la adecuación a las necesidades y el deseo de ese
otro. La doble demanda, superpuesta y encontrada se debate entre el

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dejar de consumir y el dejar de ser adicto. Asumo que las familias y las
instituciones demandan una clínica que extinga el consumo y preserve la
adicción. La clínica tradicional de las adicciones, pensada como “la clínica
de la droga” y las políticas prohibicionistas están diseñadas para sostener
la adicción mientras el toxicómano abandona el consumo.
Dice Bruno Bullicio que el adicto no tiene problemas con la droga sino que
tiene problemas cuando no tiene droga. En ese sentido sería posible
afirmar que el problema de las políticas prohibicionistas y de la clínica
tradicional no es las adicciones sino la droga. En ese sentido el concepto
de co-adicción aparece como un fraude. Si bien el término co-adicto
supone un adicto a la adicción del otro y no incluye ningún criterio de
orden, existe en esta aparente neutralidad, una implicancia cultural
devastadora; la creencia de que existen unos pobres padres que quedaron
enganchados a la adicción su hijo y en ese proceso se convirtieron en
adictos a éste. Y en esa lógica el prefijo “co” encierra una noción de
sucesión silenciada, no dicha, a-dicta. La supuesta acepción de “co” como
“uno del otro”, obstruye una acepción implícita de “uno del otro”, que
traducido quiere decir “uno después del otro”.
Bulacio relata la llegada a la consulta de unos padres quejándose de un
hijo adicto con el cual ya no sabían qué hacer. El analista para romper la
trama tramada dice: “lo que pasa es un hijo adicto suele ser hijo de una
madre adicta”.Entonces la madre, entre sorprendida e indignada contesta:
“Cómo me va a decir eso? ¿Yo una adicta? ¿Yo que no tomo ni
Aspirinas?”
Entonces Bruno Bullicio le contesta: “No. Me refiero a la adicción al hijo”.
Esta historia nos permite ver el lado oscuro del concepto de co-adicto.
Estoy convencido de que la idea de la co-adicción es parte constitutiva del

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discurso prohibicionista. Y que en ella se emparentan, tal como sucede en
el discurso sobre la droga, la lógica del adicto y la lógica del discurso
hegemónico, que en tanto hegemónico incluye una visión de la clínica que
supone que para hablar de la adicción hay que hablar predominantemente
de la droga. La línea argumental sería esta: la droga-flagelo se apodera de
la voluntad del sujeto, lo atraviesa y se apodera de la voluntad de los
padres. De esta manera se constituye en uno más de los discursos de
idealización de la droga.
Las preguntas obligatorias serían: Estamos frente a unos padres que se
han convertido en víctimas de la adicción del hijo? La adicción del hijo
inaugura un vínculo perverso donde el grupo familiar es atravesado
inocentemente por la droga? La expresión de “co-adicción” refiere a una
horizontalidad temporal donde las partes están situadas en igualdad de
condiciones? El concepto de co-adicción permite pensar en un hijo que ha
constituido una modalidad de relación con los objetos fundado sobre la
modalidad que esa madre tiene de relación de él como objeto-hijo y no
como hijo?Considero que una de las cosas que el analista no debe hacer
es caer en esta situación de alianza con los padres victimizados que sufren
porque el hijo con su adicción los ha puesto en jaque. Hace unos días
llegó a consultarme una pareja de padres que tienen un hijo internado; en
esa primera sesión se quejaron del hijo que los amenazó con un cuchillo y
que no podían con él, que el chico era paranoico y que un día los iba a
matar. En la segunda sesión repiten más o menos el repertorio de quejas.
Hasta que la madre dice: “Yo cargo toda la culpa porque no quiero verlo
más a mi hijo, ni quiero que salga de la clínica. No lo voy a visitar nunca
más. Mi marido es un débil porque lo va a ver pero yo no quiero preguntar,
ni quiero saber cómo le va con la abstinencia, ni con el tratamiento

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psiquiátrico, ni con nada. Yo soy la mala, pero mi marido, dígale que le
cuente, lo llevaba a comprar droga porque no soportaba verlo mal”.
En este ejemplo el financiamiento de la droga es muy evidente y ni siquiera
necesita de un señalamiento o interpretación. Pero en otros casos los
toxicómanos roban la sandwichera y la tostadora y los padres salen a
comprar otra sandwichera y otra tostadora, para que nunca falte algo para
ser robado. En otro caso una madre en un centro de rehabilitación nos
cuenta que le daba a su hijo un billete de 50 pesos para el taxi y la torta,
cuando el hijo le juraba que esa vez si iba a salir a buscar trabajo. Y la
señora añade que al dárselo le decía bajito: “pero no le digas nada a
papá”. Esta complicidad delata la voluntad de mantener la adicción
controlada en los límites necesarios para que no se vaya de la casa.
Romper la adicción a la droga (cuando esta amenaza con romper todo)
para mantener la adicción a la madre.
Siempre nos hacemos esta pregunta: ¿Porqué esta familia se queja de la
adicción del hijo y la financia?
Quiero poner en debate la constatación clínica de que muchas veces las
familias no llevan a los hijos a la consulta para que se “curen” de la
adicción sino que los llevan para que dejen de consumir drogas, que es
otra cosa; porque saben que sí se “curan” de la adicción se rompe
radicalmente el tipo de vínculo que tienen con ellos y el goce que ese
vínculo implica. Estos padres a los que me refiero desde la experiencia
clínica, cuidan la adicción de sus hijos con un esmero casi amoroso; pero
quieren que dejen de consumir drogas porque la droga los coloca en un
límite peligroso: el robo, la amenaza, la violencia. la locura, el incesto, la
muerte. Y muchas veces el especialista en adicciones y la clínica de las
adicciones, contribuyen a esto: refuerzan en la adicción de sujeto

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librándolo de la droga. Y en esa paradoja, dejan al sujeto listo para volver a
consumir. Toda clínica de las adicciones que se inserte en esa demanda
está condenada a volver a desilusionar al sujeto.

Quiero narrar brevemente una pequeña viñeta clínica.

Se trata de un chico, en Montevideo, de 15 años que llega a la consulta
con antecedentes de consumo desde los 8 años; comenzó a consumir
marihuana a los 8 años en un club donde iba a jugar al básquet; la cancha
estaba dividida en dos: de un lado jugaban los menores y del otro lado los
mayores; y entre enceste y bote del balón, unos y otros se encontraban en
el baño; los mayores fumaban mariguana e invitaban a los menores que
después de uno o dos “noes” terminaban diciendo que si. A los diez años
lo convidaron con cocaína y de allí en adelante sobrevinieron varias
detenciones policiales con las consecuentes internaciones.
La madre llega con el chico a la consulta y dice no saber qué hacer con el
hijo, mientras despliega sus mohines seductores esperando que el
analista, tarde o temprano, beba de esa fuente prometida. Este despliegue
seductor no es más que un adelanto del relato que le sigue: madre cuenta
que para que el hijo no se escape de anoche lo obliga a dormir en el cuarto
con ella. en un colchón en el piso ,habiendo otros cuartos en la casa. El
chico tiene una hermana un año menor que ocupa otro de los cuartos de la
casa. Cuando el joven vende el colchón para comprar drogas, termina
durmiendo en la misma cama de la madre. La madre me dice en una
sesión: “R. ya está grande. Cómo crecen los chicos! Me doy cuenta porque
a veces cuando se acuesta en mi cama y hace frío, dormimos en cucharita
y me doy cuenta cuando se le pone dura contra mi pierna”.

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Cuando R. lleva ocho meses de abstinencia cumple 16 años. El pide
festejarlo en una cabaña junto a un río, cerca de la ciudad. La madre
acepta y en vez de comprar la leña y la carne para el asado decide darle el
dinero para que él lo haga. “A mi madre le gusta jugar con fuego”, comenta
el chico. En otra oportunidad cuando llega el fin de año, me pregunta si
pueden brindar con sidra y si está mal que le regale un “churrito” para bajar
la ansiedad y como una forma de premiarlo porque ya no está
consumiendo cocaína.
La madre de R. se pasea desnuda por la casa, sale del baño y pasa
desnuda por delante del hijo.
R. cuenta que cuando pasa la madre la pellizca en la nalga y le dice “ya
estás vieja para ser tan putita”. La madre confirma la historia riéndose y
festejando tener un hijo tan ocurrente. La madre habla de que siente como
se le para al hijo de noche y el hijo le dice que ya esta vieja para ser tan
putita; además R. vive atormentado por la culpa porque entra al cuarto de
la hermana cuando no están los padres, se baja los pantalones y el calzón,
y le dice: “Mira. mirá, para que conozcas y después no te andes
acostando con nadie con el cuento de que no sabías como era”. Después
siente mucho miedo de que la hermana le cuente a la madre y tiene una
recurrente pesadilla donde alguien entra a la casa y viola a su madre y su
hermana.
Se despliegan aquí la seducción perversa de la madre y el pánico al
incesto de R. Una vez la madre tiene un lapsus sugerente: “Ay doctor, no
sabe lo contenta que estoy con usted; si fuera por mí ya me lo llevaría a la
cama… perdón! a la casa quise decir… para tenerlo siempre cerca y
consultarlo sobre todas las dudas que tengo”.

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Esta madre había destruido en débil enclave de un padre alcohólico y
violento que había ofrecido con su torpeza e ingenuidad para ser carne de
cañón. Ahora la madre de R. estaba dispuesta a destruir la relación del hijo
con el analista, como si supiera que en ese vínculo transferencial se una
posibilidad amenazante.
Dice Claude Olievenstein: “Sin embargo, es allí donde se sitúa el engaño
del toxicómano, porque en el límite su transgresión elude o acepta el
incesto (ya que saboteándose evita los frutos del incesto, la procreación en
su madre de su propio hijo), pero no puede transferir en su cuerpo las dos
únicas prohibiciones actuales: el rechazo a nacer y el rechazo a morir”.
En una sesión R. recuerda que una vez espiando a la madre cuando se
cambiaba, a los 6 o 7 años, había descubierto que las mujeres no tienen
pene. Es una constatación de lo ya constatado ya que había visto varia
veces a su hermana menor desnuda cuando la bañaban entre él y la
madre . He aquí la doble historia de la madre que se muestra desnuda
madre espiada. R. dice recordar que le preguntó a la madre porqué tiene
“una rayita”; la madre le explica sobre la diferencia entre los sexos y lo
invita a que toque su “rayita”, pero él no quiere tocar. Del niño que espía
pasa a ser el niño que se resiste a ser abusado.
R. cuenta que cada vez que consume cocaína siente una voz que le dice:
“Ya estás metiendo la nariz en lo que no te importa, en lo que no debes”.
Una y otra vez aparece la historia de meter la nariz en la “raya” que
testimonia el descubriendo de lo que falta o puede faltar.
Aquí se nos revela la naturaleza del vínculo con la cocaína, de la
representación inconsciente de la cocaína para R. Y a la vez, la repetición
del deseo de tocar y no tocar la “rayita” de la madre, la permanente
oscilación entre la tentación y la culpa.

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El sentido de la adicción debe ser buscado en la representación
inconsciente de la droga y de la compulsión a intoxicarse; en el acto mismo
solo hay un acto, valga la redundancia; un acto que no llega a constituir ni
siquiera un síntoma.
Si regresamos al título de esta conferencia (Lo que droga es la palabra
droga) podríamos concluir que la palabra “droga”, en la articulación que
involucra una representación inconsciente, es la que convierte la sustancia
en droga que droga.
Por eso el valor de aquel escribiente que soltando los puntos sobre el texto
como si estos puntos flotaran buscando un sentido no dicho, dejó dicho el
error que arroja sentido: “Lo que droga es. La palabra droga”.

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