Hermes Millán Redín – La terapéutica del discurso

LA TERAPÉUTICA DEL DISCURSO

Psicoanálisis y comunidad

“Normalmente, no hay una forma en que la estructura social misma pueda afectar directamente al texto y al habla, ya que los grupos y las instituciones, en tanto tales,  no escriben, ni  hablan o comprenden un discurso, sino por la mediación de agentes comunicantes como miembros de grupos o de categorías sociales”

Teun A. Van Dijk

La terapéutica del discurso surge del entrecruzamiento de varias disciplinas, de sus teorías y sus prácticas. Intentaré primeramente presentar alguno de los conceptos de los cuales se nutre, para después dar cuenta de su experiencia.

el discurso

Si de analizar los discursos se trata, y si asumimos con Dominique    Maingueneau) que la peculiaridad de esta disciplina radica en el objetivo de articular su enunciación con un determinado lugar social, bien podríamos suponer que dicho lugar social radica, se apoya o se amplifica desde el contexto de una práctica comunitaria.

Podríamos suponer, en ese sentido, cierta práctica comunitaria como un campo discursivo, o dicho de otra manera, como un recorte del amplísimo universo discursivo, como un recorte que, al decir de la propia Maingueneau, sea el espacio inestable del juego entre diversas fuerzas que se entrelazan en una sucesión de infinitas configuraciones.

La comunidad como agrupamiento humano y social, puede constituirse al mismo tiempo en comunidad discursiva, en el sentido de grupo social que produce y domina determinado tipo de discurso.

En relación a las condiciones de producción de un discurso no solo interesa designar el entorno material e institucional del discurso sino también las representaciones imaginarias que se hacen los interactuantes sobre su respectiva identidad así como sobre el referente del discurso.

Una comunidad en este sentido es un lugar para un discurso, atendiendo especialmente este lugar no solo en relación a las caracterizaciones sociológicas de este espacio social sino, fundamentalmente, a las formaciones imaginarias que implican siempre la imagen que los propios participantes del discurso se hacen de su lugar y del lugar del otro.

la comunidad

Definamos una comunidad como un grupo o conjunto de personas (o agentes) que comparten elementos en común. Tales  elementos resultan ser: un idioma, costumbres, valores, tareas, visión de mundo, edad, ubicación geográfica (un barrio, una colonia), un estatus social, roles, etc. Por lo general una comunidad se crea una identidad común, en base a diferenciarse de otros grupos o comunidades (generalmente signos o acciones), que es compartido y elaborado entre sus integrantes y socializado. Si quisiéramos destacar uno de los propósitos de una comunidad  diríamos que es unirse alrededor de un objetivo en común como puede ser el bien común. Algunos autores señalan que basta una identidad en común para conformar una comunidad sin la necesidad de un objetivo específico.

Las diferentes definiciones sobre comunidad parecen coincidir en la selección de algunas características que definen el concepto.

A .Sánchez Vidal propone una serie de elementos a tener en cuenta:

  1. una localización geográfica de base
  2. estabilidad temporal
  3. instalaciones, servicios y recursos materiales que forman los núcleos y ejes de condensación comunitaria y relacional de los individuos
  4. estructura y sistemas sociales (sistemas de socialización, control de la desviación y apoyo social, poder, distribución de los servicios). La disfunción de estos sistemas origina los problemas a solventar en las intervenciones comunitarias
  5. componente psicológico resultante (sentido psicológico de la comunidad) expresado en dos dimensiones:

– vertical: la identificación o sentido de pertenencia a la comunidad

– horizontal: el conjunto de inter relaciones y lazos entre los miembros comunitarios

la intervención en lo social

Cuando T.R.Batten analiza el concepto de desarrollo social asociado a la intervención comunitaria sitúa dos condiciones para la organización de ese desarrollo:

  1. estimular a la gente a decidir con exactitud que es lo que quiere y ayudarla a lograrlo
  2. presentar a la gente nuevas clases de satisfacciones y medios de realizarlas, habilitando a los involucrados para hacer elecciones más sobrias entre satisfacciones alternativas.

Parece obvio que este modelo de abordaje y caracterización del problema, si bien puede tener un alto índice de repercusión práctica en la organización de las tareas, carece de una reflexión sobre las condiciones históricas y sociales que contextualizar la intervención, su dimensión como instrumento político y las reconstrucciones del sujeto que están involucradas.

Una parte de la intervención social se ha fundamentado sobre este silencio; pero otra ha convertido la reflexión como una dimensión imprescindible de la propia práctica.

Diversos autores coinciden en que la intervención social comunitaria debe caracterizarse por:

  • elevar el nivel de conocimiento de la comunidad
  • promocionar el nivel de participación
  • implementar y desarrollar intervenciones que den respuesta a las necesidades y prioridades identificadas por la comunidad y/o los investigadores
  • permitir a los miembros de la comunidad el mantenimiento y desarrollo de los programas o servicios
  • apoyar técnicamente y sistematizar la información para que sirva de referencia a las comunidades

el desarrollo de la comunidad: su metodología y su práctica

La intervención en la comunidad no siempre tiene como objetivo desplegar dispositivos orientados a la resolución de problemas; y aunque así fuera, la intervención será valorada no únicamente en relación a la pertinencia de los dispositivos desplegados en lo que tiene que ver con la problemática abordada sino también por la capacidad de la intervención en función al desarrollo de los recursos materiales y humanos de la comunidad en cuestión.

Dice en ese sentido Ezequiel Ander-Egg: “El desarrollo de la comunidad, como ya lo indicamos, no tiene como objetivo fundamental resolver determinados problemas, sino conseguir la participación de la comunidad para que esta sea capaz de afrontarlos y, dentro de sus posibilidades, resolverlos. De ahí que el primer problema que se plantea en la ejecución del programa es el de poner en movimiento a la gente. La acción, de ordinario, no es espontánea, sobre todo en las comunidades rurales. El estimulo exterior se hace necesario para lograr la indispensable participación ciudadana. Promover el protagonismo de la gente hace a la esencia del trabajo comunitario. No hay desarrollo de la comunidad sin una co-responsabilidad gobierno-pueblo, o bien ONG promotora-pueblo. Las acciones comunitarias se realizan partiendo del supuesto de que ni el individuo ni la familia pueden atender a todas las necesidades sociales ni el Estado puede hacerlo todo. Para tales efectos, debe realizarse la promoción de acciones colectivas”.

El propio Ezequiel Ander-Egg insiste en que en los programas de desarrollo de la comunidad deben plantearse los siguientes problemas operativos:

En primer lugar la definición diagnóstica y la especificación estricta de la programación antes de comenzar las actividades.

En segundo lugar la necesidad de crear un clima de interés en la comunidad a partir de la sensibilización y la motivación adecuada.

En tercer lugar la delimitación eficiente de la estrategia general del trabajo y los recursos tácticos implicados.

En cuarto lugar la definición de los instrumentos técnicos  que sean útiles para la operativa de la acción.

En quinto lugar, la elección de pautas de actuación para una acción comunitaria que Ander-Egg  denomina como eficaz y humanista.

Aquí se introduce el concepto de derechos de tercera generación que clasifican en:

  1. El derecho a la autodeterminación de los pueblos
  2. El derecho al desarrollo
  3. El derecho al medio ambiente sano
  4. El derecho a la paz

la participación ciudadana

Luis Aranguren Gonzalo habla de la participación desde la confusión público-privado, donde se cree que lo público pertenece al Estado o se lo concibe como lo de todos en el entendido de que no es de nadie. Señala también la paradoja de un nuevo hacer publico todo aquello que despierta curiosidad como si esto significara necesariamente su naturaleza de interés público. 

Los discursos sobre las drogas se sitúan, parecería, en ese débil e inestable margen donde lo publico y lo privado se superponen, se chocan, se complementan y se excluyen.

Y si de paradojas se trata, podríamos señalar que si bien lo relativo al acto y la voluntad de consumo en sentido estricto pertenece al ámbito de lo privado, la construcción de un discurso alternativo es necesariamente una tarea colectiva y en ese sentido abierta y pública. Habrá que, entonces, transitar esa paradoja donde se apela al derecho a la privacidad (como derecho individual) del consumo y la apelación a la tarea pública de construcción de un discurso alternativo o contrahegemónico..

las prácticas sociales y las producciones discursivas

Es en este punto que se introduce la cuestión fundamental que nos interesa en relación a los objetivos de esta presentación. Me refiero a la relación entre las prácticas sociales  y las producciones discursivas.

Siguiendo el pensamiento de Foucault, el análisis del espacio de articulación entre estos dos conceptos podría radicar en el orden del discurso.

El orden del discurso está dotado de eficacia: instaura divisiones y dominaciones, es el instrumento de la violencia simbólica y, por su fuerza, hace ser a lo que se designa.

Es posible concebir el discurso como una acción social y en esa dirección  entenderlo como parte de las practicas sociales de una comunidad, dicho sea esto en el sentido del poner en primer plano a las condiciones institucionales de la legitimación del enunciado.

Maingueneau se refiere a la práctica discursiva “cuando se trata de aprehender una formación discursiva de manera inseparable de las comunidades discursivas que la producen, de su modo de surgimiento y de difusión: en este caso, en el mismo movimiento la formación discursiva se piensa como contenido, como modo de organización de los hombres y como red especifica de circulación de los enunciados”.

comunidad marginal y discurso marginal

Si trabajamos la intervención social en la particularidad de la intervención comunitaria, y especialmente  con comunidades afectadas por cierto grado de marginalidad, deberíamos reflexionar en relación al vínculo  entre la marginalidad de comunidad en cuestión, su discurso y el concepto de discurso marginal.

Se ha generalizado la idea de que los discursos que se ocupan de las problemáticas de las minorías, tales como los grupos étnicos o los homosexuales, pueden concebirse como productos culturales que operan en los márgenes de la cultura dominante y en ese sentido ser admitidos como discursos marginales.

El magíster en Estudios Latinoamericanos Dino Plaza Atenas se opone a este concepto en los siguientes términos: “Creo que no es posible hablar de un discurso llamado marginal. Lo que existe es un sujeto que sociológicamente carga con un estatus de marginalidad, por cuanto sufre el rechazo y la segregación de los circuitos de producción y de poder. Sin embargo cuando la problemática de esos sujetos es convertida en discurso, la realidad varía”.

Dino Plaza  enfatiza el hecho de que todo discurso que se produce a partir de las problemáticas de los grupos marginales, al ser enunciado a partir del  lenguaje, se inserta en el contexto cultural caracterizado por los marcos impuestos por lo oficial.

Y agrega: “Con todo esto lo que resultará será un discursos que se incorpore al espacio dominado, pero llevando consigo toda una carga de resistencia y traslocación a los órdenes impuestos por la misma cultura dominante”.

Esta paradoja o contradicción se tensa entre el contenido de aquello sobre lo que se habla (lo marginal, lo distinto, lo prohibido) y las formalidades que el sistema impone en el hacerse discurso. Y por otra parte, ocurre un proceso de legitimación del sujeto marginal, en términos sociológicos, a partir del espacio académico, en las fisuras del mismo sistema que sostuviera el rechazo y la marginación. Pero Dino Plaza enfatiza en que ese discurso no puede ser catalogado en ningún caso como discurso marginal.

Pero la cuestión sobre la que interesaría reflexionar en este tópico, tiene que ver sobre si el discurso de los propios marginados puede ser concebido como discurso marginal.

comunicación social y análisis del discurso

El asumir el análisis de los discursos como una tarea integrada al amplio universo de las ciencias de la comunicación social implica asumir un paradigma que explica y justifica tal inclusión: el análisis de discurso atiende los mecanismos de producción de sentido en lo que Tanius Karma  denomina como tres objetos privilegiados de la investigación en comunicación: medios, interacción y procesos culturales.

Dice Karma que en este objetivo se entrelazan múltiples tareas: “El estudio de los discursos sociales y sus reglas (sintácticas y pragmáticas); el estudio de las condiciones de producción / circulación / recepción; el estudio de las posibilidades de emergencias que presentan los discursos, de sus procedimientos de exclusión, control, clasificación; el estudio de las relaciones entre discurso y las coyunturas que los conforman; los procesos de interdiscursividad en los discursos; el estudio de las materialidades discursivas y sus procedimientos; los mecanismos (narrativos, argumentativos) de producción del sentido en tres objetos privilegiados de la investigación en comunicación (medios, interacción y procesos culturales)”

La relación entre comunicación y discurso, para éste autor, abre una doble vía que va de la lingüística a la pragmática, del análisis conversacional al estudio de los discursos sociales en sus contextos interactivos, etc.

Si atendemos los tres objetos de estudio de las ciencias de la comunicación citados más arriba (medios, interacción y procesos culturales) podríamos afirmar que la línea de investigación que relaciona la comunicación y los discursos está recorrida transversalmente por métodos, orientaciones y teorías que exigen ser considerados y profundizados, pero que tienen como objetivo general es estudio de esos mecanismos de producción social del sentido mediante los procesos discursivos.

Haidar insiste en la necesidad de delinear un marco interdisciplinario para hacer posible esta tarea. 

Todos sabemos que el término discurso se sitúa más allá de las fronteras disciplinarias y ésta característica se explica por el hecho de que el discurso es una realidad que aparece en toda práctica social y este hecho determina la imposibilidad de restringir el área de la investigación.

En este sentido afirma Dominique Maingueneau: “Es discurso está captado en un interdiscurso. El discurso solo cobra sentido en el interior de un universo de otros discurso a través del cual debe abrirse un camino. Para interpretar el más mínimo enunciado, es preciso ponerlo en relación con toda clase de otros que uno comenta, parodia cita…Cada género de discurso tiene su manera de tramitar la multiplicidad de las relaciones interdiscursivas…”.

OTRAS CATEGORÍAS UTILIZADAS

DISCURSO HEGEMONICO

Antonio Gramsci, en sus reflexiones en Cuadernos desde la cárcel,  enfatiza como la supremacía de una clase social sobre otra se realiza en la serie complementaria de la dominación y la hegemonía. Por un lado mediante la acción de los aparatos coercitivos de la sociedad política y por otro lado como acción ejercida desde los grupos sociales aliados o neutrales a través de los aparatos hegemónicos de la sociedad civil. 

Carlos Altamirano insiste en la relación entre la nueva significación del concepto de hegemonía y las ciencias sociales, la cultura y la comunicación. Dice en ese sentido: “La sociedad civil en Gramsci supone una trama institucional formada por la familia, la escuela, los medios de comunicación o las iglesias, mecanismos que socializan a la población en los valores dominantes y que por tanto contribuyen a la elaboración de consenso de forma perdurable que la que emana de la violencia monopolizada por la sociedad política”. Altamirano insiste en los desarrollos teóricos de Gramsci realizados por Pierre Bourdieu al estudiar las formas de lo que llama “dominación simbólica”; este concepto refiere los procesos de internalización o interiorización de los individuos de lo social a través de un sistema de costumbres no concientes al punto que las estructuras subjetivas coincidan con las objetivas. Este conjunto de esquemas o disposiciones socialmente adquiridas “ordena el conjunto de prácticas de personas y grupos garantizando su coherencia con los valores predominantes y arraigando la hegemonía en las vidas cotidianas”. Cuando observamos que las tesis prohibicionistas sobre el consumo de drogas se presentan como discurso hegemónico, comprobamos que no lo hacen solo como discurso o decir formulado intelectualmente, sino como un sistema arraigado en la cotidianeidad que determina prácticas sociales  y comunicacionales que imponen su dimensión paradojal. Con esto queremos significar que la hegemonía del discurso dominante sobre las drogas no se refleja pasiva y pacíficamente en las prácticas comunitarias, sino en medio de una lucha dinámica entre los consensos prohibicionistas y las prácticas.                                                                                                                                 sociales discordantes lo repiten, lo apropian y son apropiados por el mismo.

DISCURSO CONTRAHEGEMONICO O DISCURSO ALTERNATIVO

 Si asumimos junto a Ernesto Laclau que la discordancia (y la consiguiente necesidad de acuerdo) es el principio articulador de la sociedad civil,  es posible encontrar junto al discurso hegemónico sobre las drogas, los elementos o las condiciones para la construcción o desarrollo de un discurso alternativo que podríamos designar como discurso contrahegemónico.

Ya habíamos dicho, al definir la categoría de la hegemonía, que ésta no es una realidad construida de una vez y para siempre sino que es un proceso permanente y nunca acabado que se desenvuelve en medio de las contradicciones y las luchas sociales.

Esta potencialidad de desarrollo de una contrahegemonía se apoya en algunas peculiaridades del desarrollo capitalista tales como:

  • la generación de un plus de producción cultural que el propio capitalismo es incapaz de organizar y canalizar en su beneficio y que en esa medida genera actitudes y comportamientos que se sitúan en una lógica opuesta al sistema, antagónica y potencialmente contrahegemónica:
  • la emergencia de una nueva pluralidad de sujetos que reivindican individual u organizadamente su derecho a la expresión de las diferencias;
  • la concepción del Estado enfatizada por Gramsci como síntesis de la sociedad civil y la sociedad política muestra una tendencia al desborde y al predominio de la sociedad civil como nuevo y privilegiado marco de confrontación.

Pensadores como Laclau y Mouffe ponen énfasis en que estos nuevos universos de confrontación generan espacios discursivos que en algunos casos son muy puntuales y marginales pero en su acumulación, repetición y consistencia pueden llegar a articularse en un verdadero discurso contrahegemónico.

Esto nos lleva a pensar que el discurso contrahegemónico no es tal solo por el hecho de oponerse conceptualmente al discurso hegemónico, ni lo es solo por resistirlo. Así como el propio  Martín-Barbero afirma que el valor de lo popular no reside en su autenticidad o en su belleza sino en su representatividad socio-cultural, podríamos suponer que el discurso contrahegemónico sobre las drogas devendrá en discurso válido en la medida que exprese el modo de vivir y pensar de sectores de la sociedad civil, que en su forma de vida y pensamiento asimilan y transforman lo que viene de la memoria histórica y de la cultura hegemónica. La pregunta radica en si puede un dispositivo de intervención comunitaria, construido multidisciplinariamente bajo la mirada del psicoanálisis, contribuir en ese sentido.

PRÁCTICAS SOCIALES

Patrick Charaudeau y Dominique Maingueneau subrayan la necesidad de asimilar la práctica del lenguaje y las producciones verbales como prácticas sociales. “El lenguaje forma parte del conjunto de las prácticas sociales, sean prácticas de producción, de transformación o de reproducción. Así pues, hablar de práctica es insistir sobre la dimensión praxeológica de esta actividad”.

Estos autores insisten en el hecho de que el lenguaje, el habla o el discurso no es solamente el reflejo de las estructuras sociales sino que es un componente de éstas. Un discurso no es por lo tanto una actividad representacional sino que es al mismo tiempo un acto de influencia sobre la configuración de la realidad.

Como parte de las prácticas sociales, la práctica discursiva es definida por Foucault como “un conjunto de reglas anónimas, históricas, siempre determinadas en el tiempo y en el espacio, que definieron en una época dada y para un área social, económica, geográfica o lingüística dada, las condiciones de ejercicio de la función enunciativa”.

Tomando las reflexiones Martín-Barbero, Orozco afirma: “ El fortalecimiento de las prácticas sociales- autónomas y democráticas- y especialmente de la comunicación, producto y componente de ellas, es uno de los mayores desafíos que actualmente enfrentamos y la condición sine que non, para ir haciendo realidad una utopía sustentada en una libertad comprometida con la justicia y la equidad, en una solidaridad crítica”.

En este sentido los discursos sobre las drogas deben ser entendidos no solo como un reflejo de las estructuras sociales en los cuales se desarrollan, sino como una práctica social que repercute sobre la cotidianeidad y contribuye a su configuración. En este mismo sentido el desarrollo de un discurso alternativo o contrahegemónico debe ser advertido como una práctica social que apunta a una nueva configuración de la realidad.

El sentido de esa nueva configuración apuntará en el dirección  de un desarrollo de la autonomía y la democracia y un fortalecimiento de los escenarios de diálogo que, al decir de Orozco, revitalicen los procesos comunicativos.

LA INTERVENCIÓN COMUNITARIA COMO DISPOSITIVO COMUNICACIONAL

El concepto de dispositivo admite una definición en un sentido amplio y en un sentido estricto.

En el sentido más general podríamos definirlo con Phillip Kottak, que retomando el concepto de disposición inventiva de Foucault, pone énfasis en el dispositivo en cuanto “un producto de la creatividad, que se logra a través del diseño. El diseño es una herramienta que permite separar y agrupar mentalmente las cosas. Es decir, permite la separación de un todo en parte y la posterior unión de los elementos para generar nuevas realidades”:

Esta acepción nos remite la dispositivo como construcción mecánica, como conjunto de piezas que conforman un mecanismo, como construcción humana estructurada en torno al eje rector de un objetivo a alcanzar.

En un sentido estricto podemos afirmar, con Jean-Pierre Poitou, que “los dispositivos actuales de comunicación hacen evidente un carácter esencial de la actividad mental que es el manifestarse gracias a los mediadores. Los procesos objetivos se enmarcan pues necesariamente en dispositivos. Por ello, la noción de dispositivo ocupa un lugar fundamental en la antropología de los conocimientos. La noción de objeto intelectual constituye una de las primeras formulaciones de dispositivo”.

Es en este sentido que los dispositivos pueden asimilarse a un texto, a una producción. Y es así que es posible considerar los dispositivos desde una perspectiva de la construcción de sentido.

Recordemos para Foucault el dispositivo es la red que implica los discursos, las instituciones, las disposiciones, las leyes, los enunciados, los reglamentos, las proposiciones científicas y morales, etc. Pero también agrega su contenido de control social en la medida de que responde a una urgencia y el hecho de que el dispositivo permite analizar “las relaciones entre lo técnico y lo simbólico, entre el sujeto y el objeto, poniendo de relieve tanto los usos como las posturas ideológicas ambiguas acerca del dispositivo”.

La intervención comunitaria que hemos denominado como “terapéutica del discurso” puede se entendida como un dispositivo comunicacional, en el doble sentido que éste término admite.

Por un lado como una herramienta que orienta una práctica, como una construcción que permite separar y discriminar los elementos puestos en juego, como un diseño, como construcción humana estructurada en torno al eje rector de un objetivo a alcanzar.

Por otro lado en el sentido de conjunto heterogéneo agrupado en torno a un discurso alternativo o discurso contra-hegemónico sobre las drogas que habilita un juego entre elementos discusivos y no discursivos que ponen en juego la cuestión del poder. Este dispositivo comunicacional puede ser pensado como una formación surgida en un momento histórico y como respuesta a una urgencia; la urgencia está signada por la imposibilidad del discurso hegemónico sobre las drogas de dar solución a políticas preventivas y asistenciales éticas y eficaces.

EL PSICOANÁLSIS DE GRUPO, EL PSICODRAMA Y EL PSICOANÁLSIS FOCAL

Para concebir el lugar desde donde el psicoanálisis se incorpora a esta modalidad de intervención comunitaria, se hace necesario pensar en la existencia de una “psiquis” comunitaria. Partiendo de los conceptos de René Kåes sobre el aparato psíquico grupal sería posible concebir un espacio psíquico de articulación entre lo individual, lo grupal y lo comunitario que de cuenta de los procesos de internalización de las representaciones sociales, pensadas, siguiendo a Sergei Moscovici, como pequeñas teorías sobre la realidad que ocupan el lugar de la angustia ante aquello sobre lo cual no hay nada contundente que pueda ser dicho.

Por otra parte recoger toda la experiencia del psicoanálisis grupal en el particular dinamismo de los roles, las identificaciones y las transferencias puestas en juego.

Agreguemos la experiencia del Psicodrama Psicoanalítico, ya sea en los recursos técnicos del doble o el espejo ,como, particularmente en la versión de Eduardo Pavlosky, puesta en común de la escena traumática.

Por otra parte recogemos del Psicoanálisis Focal de Héctor Fiorini el concepto de un foco diseñado de manera no espontánea que despliegue una superficie desde la cual mirar en profundidad las variables psíquicas puestas en juego. Así mismo su planteo de la “asociación dirigida” y de la asociación libre que aleja del foco como una forma particular de resistencia. A la vez algunas cuestiones técnicas como el resumen y la recapitulación como modalidad específica de cierre de las sesiones.

Me parece particularmente pertinente el planteo de Fiorini sobre el conflicto nuclear subyacente exacerbado. Cabria poder pensar a la comunidad como un entramado de subjetividades organizado desde un conflicto nuclear en común relacionado con las condiciones individuales, políticas y sociales de la existencia colectiva, al cual se entrelazan como agentes de exacerbación las condiciones individuales y las emergencias del grupo.

LA TERAPEÚTICA DEL DISCURSO

Un dispositivo de intervención comunitaria.

Cuando una comunidad hace llegar una demanda a las personas o instituciones con las cuales tiene un vínculo sostenido u ocasional, son varias las opciones que se presentan. Si la demanda se refiere a necesidades de tipo material, se abre un espacio para las propuestas donativas o acciones sociales; si se refiere a problemáticas que por su propia definición involucran la intervención de técnicos o especialistas en el área en cuestión, las instituciones invocadas tienden a realizar una acción comunitaria generalmente consistente en el aporte de los profesionales necesarios para encarar un abordaje de emergencia.

En estos dos casos el protagonismo de la comunidad se ve relegado al de sujeto receptor, usuario o usufructuario de la ayuda, y el lugar que ocupa la institución interviniente reserva para si el monopolio del poder de decisión ya sea en el diseño, la ejecución o la evaluación de la intervención.

Pero si la institución que recibe la demanda enmarca su operativa en una filosofía donde la idea central sea movilizar los recursos de la propia comunidad para abrir un espacio de participación activa y eficaz, estamos hablando de una intervención comunitaria.

Las demandas sostenidas en un discurso comunitario que expresa la incapacidad de la comunidad para dar respuesta al tráfico y consumo de drogas, suelen encontrar respuesta en los programas preventivos tradicionales, habitualmente orientados en el paradigma hiperracionalista que valora la información como la intervención de mayor eficacia.

Dichas respuestas asumen que la problemática tiene la dimensión y las características expresadas en el discurso de la demanda, y actúan como si entre la realidad y lo que se dice de ella no pudiera existir brecha alguna; es más, actúan como si en esa brecha no pudiera ejercerse ninguna acción que orientara la intervención hacia un espacio de mayor eficacia.

La respuesta automática y acrítica a la demanda de la comunidad tal como ésta se plantea se apoya en la ilusión de que dicha demanda solo expresa la problemática referida a la cuestión del trafico y el consumo de drogas, ignorando de este modo que toda demanda comunitaria expresa otros problemas y otros intereses donde la cuestión presentada como central puede servir, en algunos casos, como un puente instrumental por donde transitan otras cuestiones.

Cuando Bruno Bulacio (1988) dice que siempre que se habla de la droga se habla de otra cosa (refiriéndose en su caso a las demandas presentadas en el espacio de la clínica de las adicciones) está diciendo a la vez que todo discurso en este tema tiene más de una opción de lectura, y que el hecho de atenerse a una lectura limitada o ingenua, no hace otra cosa que condenar al fracaso las alternativas de intervención.

Si el discurso de demanda de ayuda emitido por la comunidad puede ser leído a la vez como un intento de asimilarse a la lógica de los discursos dominantes, relativizar ilusoriamente la exclusión y crear un espacio donde la pobreza u otras condiciones negativas de la vida social aparezcan como un emergente de segundo orden, toda ingenuidad refrenda la exclusión y abocándose a lo textual de la demanda pierde el camino para poder hablar sobre lo que el acto de la a-dicción calla u oculta.

Esa brecha entre lo que se dice de la realidad y la realidad, esta marcada por los modos de producción del discurso, y en ese sentido por las prácticas sociales involucradas.

Foucault afirma que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos. Y dice de éstos  que tienen por función conjurar poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar la pesada y temible materialidad.

El discurso de la comunidad, aún en el caso de una comunidad marginal, reproduce el discurso dominante, el reconocido, el supuestamente probado en su eficacia y en su lógica. Y más aún en la temática del consumo de drogas donde están en juego los paradigmas esenciales de la contemporaneidad. Por lo tanto cuando recibimos una demanda no solo deberíamos atenernos al contenido de la misma sino a las condiciones en las cuales el grupo “construyó” esa demanda y la constituyó en discurso.

La comunidad, convocada a la tarea de hacerse cargo de la demanda para protagonizar las condiciones de la intervención, deberá, entonces, hacerse cargo de su discurso y estar dispuesta a reconocer y aceptar que el discurso que tiene sobre el problema es parte del problema y no una simple forma o instrumento de comunicación del mismo.

Si concibiéramos la intervención únicamente como la aplicación de dispositivos preventivos o asistenciales, estaríamos perdiendo la oportunidad- y haciéndosela perder a la comunidad misma- de trabajar sobre los mitos que sostienen una percepción de la realidad expresada en el discurso de la demanda.

La terapéutica del discurso es una tarea comunicacional, un trabajo de análisis del discurso, realizada con la comunidad y en marco de una intervención comunitaria desde una lectura psicoanalítica. El nombre de terapéutica radica en la intención de poner en palabras lo no dicho, de develar los mecanismos de producción de lo dicho, de convertir en otro discurso lo que el acto de la a-dicción niega o esconde.

Los aspectos formales de esta tarea dependen de las condiciones de la intervención y de la organización y planificación de la misma. Más que un dispositivo diseñado a priori se trata de un encuadre para el conjunto del proceso, de un dispositivo en acción, de una orientación general del trabajo comunitario.

Toda terapia, toda psicoterapia, implica en cierta forma la construcción de un nuevo discurso, ya sea sobre la “enfermedad” y las condiciones de su construcción, como sobre el sujeto mismo. En este sentido la terapéutica del discurso implica la construcción comunitaria de un nuevo discurso, una reformulación de la demanda, un ordenamiento de las prioridades que el problema impone y una relectura de los recursos de los cuales la comunidad dispone. Solo a condición  de este trabajo el protagonismo de la comunidad podrá desplegarse en toda su dimensión. En caso contrario estamos frente a un protagonismo ilusorio, un actuar en función de una demanda constituida en un discurso que de alguna manera es discurso ajeno. Solo así cobra sentido la afirmación de T,R.Batten) cuando sitúa como objetivo prioritario de una intervención comunitaria la necesidad de estimular a la gente a decidir con exactitud que es lo que quiere y ayudarla a lograrlo. Se trata de una orientación que tiene una dimensión operativa y que por lo tanto pone en juego el valor de la eficacia de la intervención y un aspecto filosófico o doctrinal vinculado a lo que Ander-Egg denomina una acción comunitaria de sentido humanista.

UN ATAJO HACIA LAS INDIAS

Una intervención comunitaria para la instauración de un dispositivo comunicacional a partir del modelo de la terapéutica del discurso

Hablar del Barrio Nueva Esperanza es invocar un sistema de espejismos que nombra la realidad no para mostrarla sino para eludirla. Lo de «Barrio» en la medida que oculta la calidad de «asentamiento», de agrupamiento irregular de casas sobre la base material de terrenos ocupados ilegalmente; lo de «Nueva Esperanza» en la medida que elude el hecho de que la motivación nucleadora de los pobladores es complementaria y paradojalmente, la desesperación.

Nos cuentan algunos de los fundadores del asentamiento como debieron abandonar «su primera esperanza» empujados por el aumento del valor relativo de los arrendamientos y por la muerte de un niño que con su fantasma marcó el territorio de la catástrofe y obligó el camino hacia una nueva tierra prometida.

Hablar de «Nueva Esperanza» ya nos condiciona la dirección del discurso, si tenemos en cuenta que la denominación es más lo que no-dice que lo que dice. Parafraseando a Bruno Bulacio podríamos afirmar: siempre que se habla de Nueva Esperanza estamos hablando de otra cosa.

La llegada del grupo de técnicos de X al asentamiento podría más bien calificarse de desembarco en el sentido de que, como casi siempre sucede en la búsqueda de verificación de las tesis científicas en el ámbito de lo psicológico y lo social, el bien atento termina descubriendo un nuevo continente siempre que cree navegar seguro por el camino más corto a Las Indias. Es así que lo encontrado, frecuentemente resulta ser otro tipo de especias.

El choque de culturas, los descubridores descubiertos y la reformulación de las identidades implicadas, forma parte de «lo que no debe decirse” en los informes científicos.

Si se trata de ubicar geográficamente el Asentamiento Nueva Esperanza, diremos que está enclavado en la tardíamente denominada Ciudad de la Costa, que abarca la cadena de balnearios del Departamento de Canelones desde el límite con Montevideo hacia el Este (o más bien entre la Ciudad de la Costa y la zona de cementerios privados concebidos como parques de alta calidad habitacional). Pero la mayoría de la gente sigue llamando esta zona con la vieja denominación de «Costa de Oro», y por lo tanto se extraña cuando descubre que entre el oro de la arena y el sol existen realidades que brillan menos que los afiches turísticos y que confirman la tesis popular de que «no es oro todo lo que reluce».

También esta paradoja se inscribe en el orden de lo no dicho, en la medida que Nueva Esperanza constituye una «aberración» en el diseño racional que decide donde debe estar cada cosa. El entender la propia existencia de Nueva Esperanza como quiebre de una racionalidad, nos ayudará a entender las contradicciones o paradojas que atraviesan los discursos que nos ocupan.

La inserción de X en la zona tiene sentido en función de un proyecto que abarca la formación de Promotoras de Salud, la Educación para el Trabajo (dirigida hacia la formación de unidades laborales de autogestión) y una investigación clínica y social sobre las peculiaridades del discurso sobre las «drogas» en las poblaciones marginales.

En el marco de los acuerdos que una mirada ingenua podría esperar encontrarse, en las poblaciones asentadas sobre territorios ilegalmente conquistados, aparece una discrepancia instalada en la fisura de un discurso que parece convertir a todos en iguales.

No nos olvidemos que se trata de pobladores que ocupan tierras, diseñan su propia caminería, se «cuelgan» del alumbrado público y quedan fuera de la ecuación cívica que afirma la existencia de un individuo en tanto contribuyente. Se trata, en definitiva, de los «diferentes» que en algunos aspectos de sus discursos reivindican la diferencia y la organizan política y socialmente.

Sin embargo nuestro primer contacto con Nueva Esperanza nos enfrenta a un reclamo de ayuda ante el aparentemente creciente y desmedido problema de la droga, con la reiteración de los conocidos planteos: «es un problema tremendo», «ya no podemos sacarle el ojo de encima a nuestros hijos», «yo al mío no lo descuido ni cuando sale a la puerta», «de noche andan todos drogados y a los balazos», etc.

Interrogados sobre los hechos motivadores de la alarma (desde diversos espacios) más que encontrar una lista de sucesos, o la transmisión de una experiencia personal e inmediata, se nos devuelven relatos que se vinculaban a lo mítico o a fantasmas colectivos e imprecisos.

Básicamente nos encontramos con tres relatos repetidos y que podríamos denominar de ésta manera: la historia de «El Ocupante de la Tierra Santa», el mito de «La Descendencia Maldita», y el cuento de «La Guarida de los Ladrones».

El Ocupante de la Tierra Santa era un ilegal dentro de los ilegales, un transgresor de segunda categoría, un asentado en un territorio donde la propiedad es privada y privativa, donde los títulos de acreditación se juegan en el orden de lo divino. Habiendo construido su precaria casa en el terreno adjudicado por la colectividad a la Capilla de Nueva Esperanza, era  signado de «drogadicto», cuando cualquiera hubiera podido apostar mejor a un diagnóstico de retraso intelectual. Con su existencia se sellaba la ecuación que asume la droga como expresión de lo demoníaco.

Este personaje es internado en grave estado luego de un accidente de tránsito al cruzar la ruta, con lo que se confirma la tesis del debido castigo. Es interesante señalar que los vecinos, a pesar de haber transcurrido varios meses del hecho, ignoran si el muchacho está vivo o muerto, aunque se cuenta el desmantelamiento de la casilla y el requisamiento de guantes de goma, ligas y jeringas en un televisivo allanamiento civil.

El mito de «La Descendencia Maldita» cuenta de forma siempre vaga e imprecisa, la historia de una muchacha «drogadicta» que engendra y pare un hijo sin brazos y sin piernas.

Por supuesto que las posteriores versiones correctivas que hablan de un fallo genético con nombre propio, y que aseguran que nadie vio el fenómeno ni nadie sabe a quién pertenece la autoría de la historia, no alcanzaron para disimular la marca aleccionadora del espanto. De esta manera se refuerza de manera contundente la amenaza sin límites de que «el que las hace las paga»; con el agravante de que el precio atraviesa el límite de lo personal extendiendo hasta la descendencia el costo de la maldición.

La muchacha sin nombre vive nuevamente en Nueva Esperanza sin que nadie pregunte sobre la suerte corrida por el hijo prematuro.

 El cuento de «La Guarida de los Ladrones» refiere a una casa de distribución y consumo de drogas, “aguantadero” de diversa índole y centro de prostitución. Reiteradas versiones anunciaban el siempre postergado día del allanamiento policial, al punto de haber tenido que suspender una jornada organizada por X para un relevamiento de opinión pública sobre el consumo de sustancias adictivas debido a que los encuestadores de la comunidad temían verse confundidos con «delatores» exponiéndose, así, a posibles ajustes de cuenta. Hasta ahora el anunciado allanamiento no ha llegado y la Guarida de los Ladrones – «lugar donde entran hombres y salen mujeres»-  crece con toda la dimensión irrefutable del mito

La primera aproximación a una hipótesis de trabajo que nos sugiere esta situación se refiere a la idea de que los pobladores de Nueva Esperanza, lejos de representar el tema de la droga como una posible transgresión (real o discursiva) al sistema de opiniones dominantes, se suman a este desde la condena o el temor, con el significativo agregado de un acomodamiento de la realidad que les permita ser incluidos en el mapa de los iguales.

El discurso de la homogeneidad, el que no le admite a la realidad las diferencias, el del pensamiento global y el consenso a priori, el del dogma del término medio, ha librado aquí un round definitorio.

Los asentados ilegales (los marginados del sistema y aún indocumentados) parecen necesitar un respiro de legalidad, aunque ese respiro requiera levantar un sistema de mitos que, en tanto mitos, no queden expuestos a la desmentida de la experiencia.

Son los mismos que a la hora de posicionarse políticamente reproducen toda la gama de matices de la sociedad; aunque mayoritariamente, se alineen en posturas que por lo menos se definen como alternativas a la tradición y la costumbre.

Cabría preguntarse, entonces, porque el respiro de legalidad se hace en los aires del discurso universal sobre las drogas (en tanto peligro o flagelo) y no en el ámbito del discurso político, por ejemplo (en el que, decíamos, se mantiene la heterogeneidad e incluso la disidencia).

Más aún: podría pensarse que en las condiciones de vida a veces agobiantes de los pobladores de Nueva Esperanza, la droga podría aparecer como una oportunidad de alteridad a un sistema de racionalidad que no se sostiene en tanto pretende articularse sobre la lógica de la pobreza y la marginación.

Aunque esta seducción por la construcción de una realidad alternativa no se manifestara en el terreno del consumo, podría expresarse como solidaridad con el que «trasgrede» en nombre de todos (como puede detectarse elementos de simpatía con los que roban aún en aquellos que no participan de los beneficios).

Aquí cabe señalar que una parte de la población encuentra otras vías de acceso a estados alternos de conciencia: el alto consumo de alcohol en un medio social fuertemente permisivo a esta práctica, y la existencia de múltiples agrupamientos religiosos Católicos, Testigos de Jehová y Umbandas. Quizá también debería incluirse la alucinatoria ecuación entre la pobreza y la multiparidad y las repetidas situaciones domésticas donde toda la realidad parece estallar en el paroxismo de la violencia. Sin dejar de tener en cuenta, por supuesto, las tardes que algunos muchachos pasan tirados en el pasto, abandonados al abrazo embriagador del sol, meciendo sus sueños con música tropical emitida desde equipos de música con parlantes de alta potencia.

Parecería, entonces que la posible necesidad de transgresión o de solidaridad con la transgresión del otro a los valores fundamentales de la sociedad que los excluye, está mediatizada por la fuerte necesidad de integración y reconocimiento por esa misma sociedad. No en vano Freud señalaba cómo solo los fuertes lazos identificatorios del esclavo Cayo con su amo justificaban la permanencia de un régimen tan injusto.

Y que una curiosa intuición lógicamente no racionalizada les permite disentir en el plano de lo político-ideológico, como sabiendo que allí se permiten las variantes; o, más aún, que allí no hay alternativa de alteridad posible si nos atenemos al emparentamiento de los discursos, aparentemente opuestos, en el seno de la familia del paradigma racionalista de corte aristotélico.

Es esa misma intuición la que les parece indicar que en la época de la mundialización y la refundación del dogma de la verdad única, es en el discurso antidrogas donde se debe decir presente a la hora en que se pasa lista para la aceptación en la fiesta de los iguales.

Desde esta hipótesis resulta comprensible ese primer defasaje entre una demanda que alude a un problema con dimensiones epidemiológicas (pandèmicas, debería decirse) y una realidad donde la presunta tragedia no puede siempre presentarse en pedidos de ayuda concretos sino solo sostenerse en la alarma enunciada en forma de mito.

Cuando los técnicos discutimos con las Promotoras de Salud de la comunidad las prioridades asistenciales, las mujeres parecen decir: «no solo tenemos las problemáticas diferenciales de la pobreza como la sub- alimentación, la falta de acceso a la salud y la educación, la sarna, la amenaza del dengue, etc. sino que también padecemos del drama universal de la droga»; lo que, en definitiva, significa decir: «hay un ojo que aunque enemigo no nos mira en tanto pobres sino en tanto humanos.» Afirmación que implica que la condición de humano solo puede ganarse en el sentido de una integración al sistema de ideas dominantes con la consecuente abolición de las diferencias. Afirmación que  involucra un curioso enunciado lógico: si soy enemigo de tu enemigo debes reconocerme como tu hermano.  No nos olvidemos que en los pobladores de Nueva Esperanza no funciona la ecuación que reconoce la existencia de lo humano en tanto ciudadano, como resultado de que una parte importante de la población está indocumentada, ni en  tanto contribuyente si tenemos en cuenta de que la calidad de ocupantes los exime dolorosamente de ese paradojal costo-beneficio.

Si retomamos nuestra afirmación inicial de que hablar de Nueva Esperanza es invocar un sistema de espejismos, deberíamos convenir que el mecanismo descrito es a la vez un esfuerzo por la refundación de lo humano, una batalla fallida por el costado legítimo que toda reivindicación de igualdad implica.

El contestar con mitos que encubren la realidad a nuestra inquisitoria investigativa es también una corrida del lugar de objetos de experimentación; es paradojal y complementariamente una forma de mostrarnos otra realidad, un nuevo continente a ser descubierto en el trayecto de nuestro atajo hacia Las Indias. Es, de alguna manera, un ejercicio dialéctico, una propuesta  de investigación, en la medida que el enunciado de los mitos contempla a la vez la tesis y la antítesis de las cuestiones referidas.

Por otra parte, así como podemos develar los mecanismos de estructuración de los discursos sobre las drogas en esta u otras poblaciones marginales, podemos suponer –y esto deberá quedar sujeto a un desarrollo futuro de la presente investigación- que los discursos singulares que sostienen la práctica de consumo adictivo de un sujeto en particular y los discursos de la subcultura del grupo de pertenencia del adicto en cuestión, están vinculados –por contraposición o por asimilación- a la lógica perversa de los discursos antidrogas. Nos referimos al acento puesto en el objeto droga en relación al sujeto consumidor, a la personificación del objeto droga, a la idealización del mismo, etc.

Por otra parte – y he aquí la hipótesis complementaria- el análisis de los discursos en los agrupamientos que el trabajo en cada comunidad permita, tiene un sesgo inevitablemente terapéutico y se convierte en el complemento imprescindible de todo abordaje individualizado. Develar de que se habla cuando se habla de la droga nos permite- en definitiva- comenzar a poner en palabras aquello que el acto de la adicción y el discurso antidroga relegan al espacio de lo imposible de decir.

En la medida que el equipo de técnicos de X pudo trabajar con la comunidad, a partir de un grupo de mujeres, en su mayoría jefas de familia, adiestradas como promotoras de salud, el nuevo discurso construido colectivamente pudo reformular algunos juicios y ciertas prácticas sociales asociadas a la percepción catastrófica  del consumo de drogas y devenir en actitudes  de mejor contenido preventivo.

O dicho de otra manera, la sustitución parcial del discurso oficial sobre las drogas- con su naturaleza esencialmente ficcional- por un discurso más adecuado a la realidad de la comunidad, potencia indefectiblemente la capacidad de respuesta de la población a los problemas vinculados al consumo de drogas. Devenidos en sujetos activos del problema (ni flagelo, ni epidemia)  es posible criticar y corregir la dimensión inhumana del  mito.

Desde nuestra paradójica situación de  conquistadores-conquistados (o de investigadores-investigados) parecería que- como siempre- nos quedan dos posibilidades: seguir llamándole “Las Indias” al nuevo territorio descubierto o asumir la realidad del nuevo continente aunque esto frustre definitivamente nuestra vocación por los atajos.

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