La libertad, un malentendido irrenunciable

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                                                          Oscar Sotolano  

                                                 oscarsotolano@yahoo.com

 “Como un pájaro libre, de libre vuelo, como pájaro libre, así te quiero. Nueve meses te tuve creciendo dentro y aún sigues creciendo y descubriendo. Descubriendo aprendiendo a ser un hombre, no hay nada de la vida que no te asombre”. Muy probablemente reconozcan estos primeros versos de la  canción que popularizó Mercedes Sosa en los 80. No es música que escuche a menudo, sin embargo, me acompañó desde que empecé a escribir-pensar esta presentación. Entre las muchas canciones que amo que hablan de la libertad, ninguna de las cuales había revisitado en esos días, no sé por qué, ésta se impuso y se encaprichó en seguirme a todos lados (no importa lo restringidos que sean estos lados en razón de la cuarentena) acompañando la escritura. Mi libertad de elegir qué música escuchar fue, así, parcialmente restringida por esta presencia agradable e insidiosamente compulsiva; y, de este modo, apenas empezar, la tensión entre libertad (entendida como ausencia de toda restricción) y coacción interna-externa, impuso sus términos ni bien me enfrenté a la página en blanco.

No hay duda de que la libertad tiene una dimensión romántica poderosa que va de canciones, a poemas, novelas, o cuadros como el que Carlos me sugirió para el flyer: el famoso óleo de Delacroix, La libertad guiando al pueblo. En esa obra, lo romántico se mezcla con lo épico en un contexto en el que (quiero resaltarlo) no se puede desconocer a la muerte. La libertad (con sus pechos al viento), alza la bandera tricolor entre cadáveres, mirando apenas hacia atrás, tal vez hacia el pasado, convoca a seguirla con su cuerpo un poco volcado hacia adelante, quizás hacia el futuro. Sin duda, la libertad se complejiza; no sólo vuela como un pájaro sino que se planta firme en una tierra ensangrentada y pulsional sobre el cuerpo desafiante de una mujer. La monumentalidad del cuadro se destaca también en lo monumental de los misterios que encierra. Diré que esa épica radical acompañó mis utopías ya adolescentes: pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad, decíamos entonces. Creo que Carlos lo recordó en alguna presentación, y si no, no importa, ambos citábamos a Marx. 

Siendo un tema presente y naturalizado en mí desde tan temprano, sin embargo, me trae dificultades desde hace muchos años. Hace 27 que escribí un texto llamado “Libertad y sublimación” que luego incluí en Bitácora de un psicoanalista.  El inicio consciente de estas reflexiones comienza, creo, allí; no en vano, en el diálogo entre libertad, creación y represión. Hace unos años el tema volvió de modo más tangencial cuando me ocupé de la creación y el trabajo, en alguna de las presentaciones en el Colegio. Y al releer esos textos compruebo que la libertad me ha resultado siempre un problema; no sólo una “elección” presente en mi modo de transitar la vida o un bello ideal esperable para el mundo todo, sino, también, un problema conceptual. Problema que hoy se acentúa cuando junto a la bella canción, al bello cuadro, al bello ideal que se impone en las pinceladas, tengo que poner, en el mismo espacio, bien a la vista, en el mismo orden de jerarquía, con franco disgusto, la mueca irascible de quienes se agrupan invocándola en el medio de la pandemia. “El gobierno no puede coartar mi libertad” gritan unos y vociferan otros; y a muchos de nosotros esos gritos nos irritan y nos indignan, pero al mismo tiempo nos interpelan. En ese sentido, los invito a evitar  la descalificación a priori, tanto de los gritos como de aquellos que los vocean, pues por el sólo hecho de proferirlos nos obligan a considerarlos en el mismo plano que las interpretaciones de la libertad que hacemos propias. Ellos gritan libertad como nosotros podemos hacerlo en otras ocasiones. 

Desde allí, es que entiendo que esas afirmaciones ajenas nos deben interpelar (al menos, las muchas que no provienen de fuentes canallas; las de un Pichetto o un Fernando Iglesias, un Leuco, un Lanata, una Bullrich, merecerían otras consideraciones). Y lo que deben  interpelar, me parece, es nuestro idílico trato con ese significante organizador del pensamiento occidental, fundamentalmente desde el siglo xvi.  Y digo esto porque (al igual que entiendo debemos hacer con nuestros pacientes, y encuentro allí uno de los  aspectos más valiosos de la tradición freudiana) cuando nos encontramos con un pensamiento con el que no acordamos no deberíamos abordarlo en primer lugar como una idea a corregir por errada (por mucho que así nos parezca); por caso, una idea que haya que discutir con nuestros pacientes (salvo muy singulares razones clínicas que así lo ameriten), sino como una idea que en alguna verdad ancla su fuerza y su vigencia para esa persona o para cierta sociedad. La verosimilitud de cualquier argumento, incluso cualquier mentira, se sostiene siempre en planos relativos de verdad. Motivo que hace menos polar la reflexión sobre la mentira. Verdad que (por ese motivo) en el caso de esas manifestaciones públicas sería insuficiente reducir a la simple influencia deletérea de los medios, los odiadores profesionales y los activos agentes del capital financiero mundial que operan en nuestro país y en el mundo, todo el tiempo, en todas sus formas (acerca de los cuales saben que escribo y he escrito mucho, y cuya influencia, también saben, no desconozco).

Es que (y es lo que me interesa resaltar en un espacio como éste) escucho sentir (sí, escucho sentir, no escucharon mal) ese modo de pensar en muchos que hablan sobre la cuestión sin ir a ninguna marcha. Y  aunque muchas veces hallo restos de esas influencias deletéreas en sus palabras, sin embargo, también escucho que lo dicen desde un lugar muy genuino. Algunos de mis pacientes lo formulan apelando a algunas de esas expresiones irritantes que hemos escuchado en las marchas anticuarentena, pero, sobre todo, anhelando, al igual que la mayoría que no compartimos ese punto de vista, estar pronto en la calle con sus amigos tomándose una birra, pudiendo abrazar a algún ser querido o gozando de una sexualidad que ningún sexting colma. Se sienten encerrados y  piden ser libres. Nosotros, en ocasiones también, aunque sintamos este encierro como un cuidado. Lo evidente es que ante la angustia que la situación impone, reaccionan de acuerdo a sus características personales (que incluyen los campos ideológicos que los dominan). La referencia al espacio carcelario con el cual, desde el principio, se asoció la cuarentena de un modo bastante generalizado, lo escuché repetirse mucho antes de que los medios la hicieran políticamente suya. Sin hacer disquisiciones demasiado generales sobre la llamada nueva normalidad, diría que la normalidad que escucho que se extraña y que se teme perder para siempre o, al menos por mucho tiempo (aunque la posibilidad de la vacuna ha dado cierto aire), es la de la cotidianeidad de los contactos cuerpo a cuerpo, tal como los practicábamos. Los grandes sueños de un mundo distinto no suele aparecer en las preocupaciones de mis pacientes; tal vez sí, en momentos de angustia, cuando la incertidumbre arrecia, pero en formatos distópicos o apocalípticos más pesadillescos. Pero lo que extrañan (lo que extrañamos todos) es mucho más mundano. En mi experiencia tampoco los escucho deseando salir a consumir como planteó un compañero en su presentación, sino saliendo a recuperar antiguos y estructurantes lazos con los otros, como opinó otro. 

Y es que ese reclamo de una libertad tan natural, tan esencial, al punto de haber sido ubicada desde las más antiguas tradiciones filosóficas en las raíces del hombre como un atributo irreductible de nuestra “esencia” humana, me impone una pregunta que invierte la doxa tradicional: ¿es cierto que la libertad sea un bien natural originario que los humanos debemos proteger de cualquier intento de alteración o de coacción, o es la libertad un bien cultural y subjetivo complejo que en todo caso se conquista construyéndolo? Y de ser así, ¿de qué libertad se trata? ¿Somos humanos originariamente libres a quienes se nos quiere coartar esa libertad esencial, o en verdad somos originariamente súbditos (uso un término de Lacan) que hallamos en los pliegues imprevisibles de la vida la potencia conflictiva de advenir libres? Las considero preguntas centrales para abordar el malentendido al que aludo en el título.

Sé que la pregunta puede derivar en áridos caminos filosóficos (en mi caso, marcados por una ignorancia sobre la materia que los hace endebles) Trataré de no perderme en esos ricos y tortuosos laberintos, aunque los he transitado, a los tumbos y siempre extraviado. Sin embargo, una mención muy  general y básica no puedo evitar. 

Resulta raro que hablemos de libertad como si fuera algo tan natural  cuando ya en el mismo instante de nacer lo hacemos coaccionados (por lo menos) por el espacio y el tiempo. Si somos libres lo somos en un espacio de tiempo finito que tiene a la muerte como límite radical y en un espacio restrictivo en el que habitan otros, limitándonos (muchas veces, no siempre) con su sola presencia. Como decía un querido compañero de la secundaria hablando de Sartre “si somos libres de elegir, lo somos en una vida que no elegimos”. Hasta el pájaro libre que desde siempre ha volado en nuestra imaginación como repetido sueño humano, ese bello cuerpo alado que puede liberarse de las férreas cadenas con que la llamada ley de gravedad nos ata a la tierra, hasta ese ser libre para volar se comprueba, sin embargo, limitado para nadar, ´por ejemplo, ni bien buscamos ampliar su libertad de movimientos. Nuestra representación animal de la libertad (pueden ser pájaros surcando los cielos o caballos salvajes corriendo por pampas infinitas) queda determinada, coaccionada, ni bien precisamos nuestra observación o les damos la palabra a biólogos y etólogos. Cuando las ciencias formulan leyes que rigen el mundo de las cosas y los hombres, la libertad, en tanto categoría radical, deviene una idea difícil de asir. Por eso el libre albedrío (término que durante siglos se impuso en el campo del pensamiento) chocó siempre contra las perspectivas de la determinación. Al menos en lo que los filósofos llamaron mundo de lo necesario en Spinoza, o mundo de los fenómenos en Kant.

Claro que se puede alegar que la determinación es del mundo de los fenómenos, del mundo donde rige lo necesario, mientras que la libertad humana en tanto un problema de la ética, escapa a las lógicas de la determinación. Sin embargo, ni bien me ubico allí me viene a la memoria una frase extraordinaria en su capacidad de síntesis, que justamente por ello repito a menudo: “Prohibido prohibir, la libertad comienza con una prohibición”. Sentencia que encierra toda la dimensión paradojal en la que Cristina Dayeh insistió jueves atrás. Los jóvenes del mayo francés de 1968 la dejaron indeleblemente escrita en las paredes de Paris, enfatizando que hasta en la ética de la libertad rige la ley, tal vez retomando debates instalados en la tradición francesa. “Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el siervo, es la libertad la que oprime, y la ley la que libera «, decía el padre benedictino francés Henri Lacordaire, hacia mediados del siglo xix, aunque no refiriéndose a la ley del derecho positivo sino a la ley divina formulada en los Evangelios. Pero sea que uno se defina teísta o lo haga agnóstico, la libertad siempre es marcada desde alguna ley, aunque retroactivamente la sintamos una propiedad natural constitutiva del hombre de naturaleza de Rousseau. Hombre de naturaleza que por momentos Freud abrazó en sus reflexiones acerca del malestar en la cultura. 

Pero aún suscribiendo, al menos en momentos de su obra, la teoría del hombre natural, Freud, por el contrario, nos ubicó (en el corazón mismo de su reflexión) como originariamente sometidos. Él decía a tres servidumbres: la pulsional, la superyoica (en definitiva también pulsional) y la de la realidad. O sea, lejos estuvo de pensarnos como sujetos libres (oxímoron, si lo hay: sujeto-libre). A medida que las ciencias se entrometían en la microscopía de los cuerpos vivos e inertes buscando hallar sus leyes (el orden de la necesidad), la mente seguía inexpugnable, reivindicando el libre albedrío, la voluntad, la conciencia, la autoconciencia, como modo superior de la materia en su expansión evolutiva o como expresión de la potencia infinita de Dios. Fue Freud quien hizo de ella una ficción (imprescindible) habitada de un inconsciente esclavizante y esclavizado. La determinación vino a enclavarse en el corazón de su teoría del psiquismo, y la libertad no entró en sus reflexiones. Lacan, por su parte, puso a la libertad en el campo de la locura y el delirio. Perspectiva que resuena en la forma en que muchos anticuarentena en los que C5N se detiene, la proclaman.

Más aún: cuando el término libertad entró en la teoría y en la experiencia analítica, lo hizo de un modo muy singular: una libertad restrictiva. La regla fundamental, el centro de nuestra práctica, la regla que no sólo es fundamental por importante sino que es fundamental porque está en los fundamentos de la experiencia, nos dice un imperativo: hable de todo lo que se le vaya ocurriendo, no censure ninguna de sus ideas, ocurrencias o sensaciones, todas pueden ser importantes; en realidad (diríamos hoy) todas lo son por el sólo hecho de decirse, aunque sabemos que no podrá decirlas todas. Su libertad no consiste en la libre expresión (la que incluye la libertad de callar y la selección de los tópicos a decir), no es una libertad democratista, no es la hipócrita libertad que se arrogan los empresarios de la prensa, es el imperativo de decir todo, aunque sea imposible. Cuestión a mi entender central para pensar cuánto de analítico hay y cuánto no, coexistiendo en un análisis (con o sin cuarentena, por vía virtual o no)

Entonces, ¿desde dónde pensar la libertad con una perspectiva psicoanalítica sin sostenerse exclusivamente en una reflexión filosófica inespecífica, cuando la teoría no parece habilitarlo? A mi entender, la experiencia cotidiana de escuchar vuelve a resultar primordial: escuchar a nuestros pacientes, escucharnos a nosotros y escuchar los ruidos (a veces voces más o menos ruidosas) del mundo cotidiano. Por eso vuelvo al lugar donde dejé a poetas y odiadores, todos contradictorios cultores de la libertad, por igual. Aunque sospechemos que se trata de libertades distintas. 

Empecemos transitando por tierra conocida. 

Los psicoanalistas comprobamos la presencia insistente de los restos vivos del desamparo que a todos los humanos nos habita de un modo estructural. Estructura abierta a destinos diversos. (Entre otras cosas porque las múltiples y acotadas determinaciones que pueden explicar los hechos o fenómenos son tantos y diversos que en sus posibles encuentros siempre queda un resto no determinado. La determinación sólo podría sostenerse en forma absoluta si hubiera sólo una única ley universal capaz de explicar el Todo cósmico). Desamparo, decíamos, entonces, que ancla en la conflictiva pero inevitable relación que todos tenemos con el otro (con mayúsculas y con minúsculas; ambos otros, siempre entrecruzados) Se ha teorizado hasta el hartazgo la función del otro en la constitución psíquica. Las servidumbres nos plasman. Lacan, aludí a ello antes, nos definió como súbditos, sin embargo, ¿hay algún lugar psíquico donde eso que llamamos libertad se nos recorte, siquiera alguna forma de ella, en la trama de nuestra servidumbre fundante? Su presencia en las voces de la humanidad y su historia son demasiado insistentes como para que la descartemos en nombre de su inconsistencia lógica. Por otro lado, no queremos desechar con tanta facilidad algo que (tantas veces en la vida) nos emociona y nos deviene causa.

Diré, entonces, que sí, que encuentro que la libertad tiene un lugar subjetivo específico para hacerse experiencia. ¿Cuál? Aquellos momentos en que nos apropiamos (es decir, hacer propio – o sea, un acto de poder-) de nuestras servidumbres al sentir eso que llamamos “sí mismo” de un modo singular. Es allí que se hace elocuente e ineludible. Si Spinoza definía la libertad diciendo que “Una cosa es libre cuando existe por la sola necesidad de su naturaleza y no está determinada a obrar sino por sí misma”, que actúa por causa sui, diríamos con esos latinazgos al que las tradiciones filosóficas nos acostumbran, qué momento hay mayor que el de sentirse causa de sí mismo, con la vivencia ilusoria de que nada ni nadie haya intervenido en las decisiones que tomamos, sino en ese momento (insisto, ilusorio pero imprescindible) de apropiarnos de nosotros mismos, las más de las veces en acciones banales. Ese momento donde nos creemos, nos sentimos, aunque sea por breves instantes, con poder absoluto (remarco la palabra poder) en una dimensión individual que se nos aparece como indiscutible. Esos momentos en los que nos sentimos “Uno”, por divididos que estemos.  Esos momentos donde sentimos que ninguna coacción nos alcanza, que somos por completo dueños de nosotros, que nos apropiamos de nuestra vida o, al menos, de nuestras acciones más triviales. En cierta medida, un momento de ejercicio pleno de poder en el medio de la inermidad que nos habita. Diría, entonces, que la libertad es aquello que sentimos cuando nos apropiamos de nosotros mismos de tal modo que no creemos que nada de lo hacemos u ocurre tenga otra causa que nosotros mismos; donde nos creemos eligiendo sin más.

Y allí emerge una tensión, un diálogo inevitablemente conflictivo entre el nosotros en el que somos en el otro y con otros, y el instante en que nos sentimos (nos recortamos como) individuos dueños de capacidad de elección y de acción. Ese momento en que la identidad móvil e incierta que nos habita se cierra en un “esto lo pienso yo”, “esto lo elegí yo”, “esto lo estoy haciendo yo”, donde la llamada identidad se estabiliza vitalmente en una ilusión de mismidad sin otros, preñada de poder; esa tensión, digo, nos define y, a través de ella, la libertad se realiza; deviene sentimiento y acción; al tiempo que se legitima teóricamente. En el torbellino de esa tensión, el individuo y el otro se nos muestran ambos consustanciales a nuestra estructuración mental. Decir que el individuo no existe porque estamos divididos y somos habitados por distintos otros (porque individuo significa no diviso, por ejemplo, se dice), resulta puesto en duda por el modo en que nos referimos a nosotros mismos, no importa lo ilusoria y engañosa que esa individuación sea. Aunque engañosa, resulta  imprescindible para vivir, es irrenunciable. Lo individual y lo social son caras de un proceso de contornos fluidos. Y en el momento aparentemente individual de sentirnos dueños de nosotros mismos, sobre todo en nuestras acciones, la libertad adquiere su cara absoluta. Allí, la libertad  es.  Por ello cuando los anticuarentena salen a reclamar libertad, no importan tanto los motivos por los que la reclamen, el asunto es que la ejercen, la realizan, la sienten en su acto; lo cual provoca que la discusión sea prácticamente imposible con ellos. Desconocerlos con apelaciones éticas sólo aumenta su irritación, porque afectamos su ser en acto, ilusoriamente pero también realmente libre aunque muchos parezcan zombies; sensación de libertad que por un instante los saca de la angustia de diversa proveniencia que pueda acompañarlos.

Lo rescato porque sea que enfaticemos la dimensión que corresponde a la sensación individual de libertad, sea que destaquemos esa presencia estructural del otro con el que nos constituimos libres, cualquiera de ellos o ambos pueden ser resaltados con mayor o menor incidencia de acuerdo a los modos ideológicos, políticos, sociales en que en cada época se conciba la libertad. Los modos en que se la conciba pondrán en juego formas de la libertad distintas que habitan como posibilidad en nuestro psiquismo. Libertad que (me interesa remarcarlo) desde el punto de vista de la vivencia psíquica no se corresponde necesariamente con la dimensión jurídico política que pueda adoptar su definición, tal como (podemos hipotetizar) podía ocurrir con aquellos romanos libres que se hacían esclavos para ganar poder en la Roma antigua, y ser verdaderamente ellos (es decir, dueños de algún poder sobre sí), aún siendo esclavos. Paradójicamente, se hacían libres esclavizándose.

Para el capitalismo la libertad fue fundante. Los siervos debían ser liberados, arrancados de la tierra donde vivían bajo la férula de los señores y del poder absoluto del soberano, pero para ser arrojados “libres” al mercado de trabajo incipiente. Así, ser trabajador libre resultó tanto una promesa como una trampa. El señor no fue más su amo pero ni casa ni tierra les quedó para vivir. Millones murieron entre hambrunas durante ese proceso en Inglaterra. Se los ilusionaba con la libertad de trabajar en las condiciones que quisieran pero a diario se le imponían (como hoy se le imponen) las que el mercado capitalista incipiente, eligiese. Poca elección tiene hoy un joven de no conchabarse en alguna forma uberizada de explotación si de ello depende su supervivencia (como en el siglo xix de entrar al socavón). Mientras se fetichiza la palabra libertad  exaltándola como recurso para tallarse el propio destino a fuerza de iniciativa personal, en verdad, se lo habilita libre sólo de morirse de hambre.  Selfmade man, ayer; autoemprendedor hoy, es el ideal individual que sostiene la libertad liberal burguesa, y que oculta la esclavitud de la supervivencia. Eso es lo que el Liberalismo ha hecho con la palabra libertad. Y es ese prestigio de la palabra el que usa mientras nos involucra en la construcción de  una sociedad de esclavos. La Boetié, un escritor francés escribió en 1548 La libertad y la servidumbre voluntaria, un breve aunque enorme libelo fogoso contra el soberano en el que se preguntaba “Apenas puede creerse la facilidad con que el vasallo olvida el don de la libertad, su apatía a recobrarla y la naturalidad con que se sujeta a la esclavitud; se diría que no ha perdido su libertad sino ganado su esclavitud”

No los voy a cansar deteniéndome en este tema porque además de abrir otra llave que puede ampliar la posible confusión de lo dicho hasta ahora, es una cuestión de la que me ocupo en particular en un artículo escrito para el último número de la revista Topía. Sin embargo, cito a La Boetié porque es uno de los que inaugura la reflexión política contra el poder omnímodo del soberano, ya en el 1500, partiendo de la libertad como don natural, y porque incluye la pregunta del comienzo, que con su ayuda podríamos reformular de otra manera: ¿En nuestra esencia hallamos una amada libertad o una esclavitud amante? 

Para aliviar la cosa con un anécdota clínico que no deja de ser cómico en su patetismo, recuerdo a dónde nos llevó el análisis de una conducta por completo vulgar de un paciente. Solía ir a shoppings siempre en horas pico, en momentos de máxima concentración de gente; le gustaba ese clima vivo, lleno de personas, decía; esto para desconsuelo de su familia que anhelaba ir en horarios más tranquilos. Cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos en el fluir de sus palabras con que la elección tenía otra meta: eludir la angustia que le provocaba ser dueño de su responsabilidad de decidir, en este caso, dónde estacionar. Si el shopping estaba lleno (cosa que ocurría en los horarios que él prefería ir), siempre quedaba un único hueco donde meter el coche -en ese único lugar libre estacionaba sin hesitar-; en cambio, si estaba vacío podía pasarse mucho tiempo dando vueltas (una y otra vez) por las explanadas vacías que recorría de un piso al otro sin poder detenerlo en ningún lado, mientras se explicaba que quería  elegir el “mejor” lugar. En verdad, evitaba lo vacío en un espacio lleno de autos, para exasperación de todos los que lo acompañaban, menos de él que no manejaba exasperado sino angustiado casi hasta las lágrimas. En el instante que estacionaba en condiciones tan restringidas, se sentía libre y dueño de un poder repentino. Debo decir que fue un hallazgo que pudiera haber un dilema como ése, jamás se me hubiera ocurrido pensar un problema semejante. La libertad de elegir, de hacerse cargo de un deseo propio era delegada en las condiciones fácticas que imponía la abigarrada concentración de coches estacionados.

Entonces, pensar la libertad como bien originario, o pensarla como construcción histórica individual y social produce destinos teóricos, subjetivos y políticos distintos. Entender la libertad como hecho natural a defender se sostiene en la dimensión individual de su existencia, lo que en el mundo del derecho albergan principalmente los llamados derechos civiles. En cambio, entenderla como construcción social, enfatiza la dimensión colectiva de su realización; lo que en el campo de la teoría  del derecho abarcan los derechos sociales. No en vano, la sociedad estadounidense, quinta esencia del capitalismo liberal, puede defender con relativo fervor los derechos civiles (siempre que no se sea negro, chicano o pobre) mientras que se desconocen los derechos sociales (la tragedia sanitaria cotidiana que vive hoy con el covid y antes con la salud pública en general, resultan elocuentes al respecto). La libertad entendida como don individual mantiene una relación a veces tensa, a veces directamente antagónica, con la libertad en su dimensión social que compromete al otro. Pero ambas son dimensiones subjetivas que creo no debemos ignorar ni antagonizar desde éticas bruñidas de superioridad moral. Los derechos civiles y sociales conviven. Los lemas de la revolución francesa: Libertad, igualdad, fraternidad, no existen sino articulados, pero tienen independencia relativa. 

Y aquí vale insistir, y con esto termino, en la cuestión acerca de cómo estoy proponiendo pensar la construcción subjetiva de eso que llamamos libertad, y cómo cercarla desde allí. 

Siguiendo el camino que les propongo, tal vez sí podemos pensar que la libertad es esencialmente humana, pero no sólo como ética que podrá tomar distintas formas, sino porque es en ella donde nos recortamos en nuestra singularidad engañosa. Somos herederos del otro, nos constituimos en él, nos hacemos en la alteridad. Nuestra experiencia de súbditos va tallando nuestra individuación. Sin embargo, esa individuación sujeta al otro, la vivimos de modo plenamente individual, como libertad absoluta, es decir como ilusorios dueños de nuestra causa; un carácter de lo individual que no podemos desconocer; se siente en el cuerpo. Siendo así, me parece importante resaltar que al momento de devenir individuos con algún poder (sintiéndonos libres por ello) hemos contraído también una deuda con el otro. Si la hacemos propia, aunque esa deuda suele permanecer reprimida, nuestra libertad será vivida como un don que convoca al otro como modo de existir y nos pone en un campo de responsabilidad hacia ese don. No diremos yo soy yo y hago lo que quiero, sino yo soy yo pero mi libertad es heredera y legataria de aquellos con los que convivo e incluso de aquellos con los que no. Será una libertad que mantiene una relación tensa consigo misma. Tensa con la vivencia individualista-individualizante de “yo soy yo” con la que inevitablemente, también, todos vivimos. Por ese motivo nuestras libertades individuales singulares chocan entre sí, y el derecho y la moral pretenden regular esos choques inevitables. 

Cuando, prima la dimensión correspondiente al momento puramente individual de adquisición de poder en la individuación, el otro a quien debemos es ignorado o se restringe, a lo sumo, a otro muy próximo o familiar. Aquellos que provienen de familias de prosapia oligárquica, por ejemplo, pueden decir “Esto es mío porque lo ganaron mis abuelos, a ningún otro debo nada”. De modo similar, la libertad adolescente contra los padres que sostiene la exogamia se produce en plena refutación de cualquier herencia (salvo las económicas que suelen ser muy reacias a ser desconocidas): “Yo soy libre, hago lo que quiero, tomo mis propias decisiones”, gritan mientras cierran la puerta de calle o de su cuarto. Ambas afirmaciones las marca la violencia, individual o de clase, en donde su libertad se realiza. Allí está la violencia, en esas aglomeraciones televisivas llamadas marchas, y concebidas para su formato en la pantalla.

Volviendo al espacio donde ubiqué las diferentes expresiones de la libertad, cuando la libertad es tomada sosteniéndose en ese plano de individualismo que ignora al otro, escucharemos. “Yo salgo cuando quiero, me importa un comino la sociedad. Que cada uno se las arregle como pueda”. Claro que como, sin embargo, el vínculo amoroso difícilmente se pierda por completo, la condición para salir a hacer lo que nos plazca sin riesgo para otros, exigirá negar o renegar, según los casos, que el peligro exista. Se dirá: “Soy libre, hago lo que quiero”, pero lo hago porque “No es más peligroso que un accidente de tránsito”, “El virus es parte de una mentira creada por Bill Gates y Soros”, o más enfáticos, “El virus no existe”. No habiendo riesgo puedo salir libremente, con racionalizaciones no siempre tan locas; acaso, ¿no es por completo verosímil que un virus se pueda fabricar en laboratorio o que grandes intereses pudiesen pergeñar inventos semejantes?, ¿no han sucedido hechos así antes?; claro que en este caso habrá que considerar aquello en que todos los científicos más reconocidos y confiables  coinciden: no es un virus de laboratorio.  Insisto, sobre la verosimilitud se construye la mentira que, en este caso, desmiente el riesgo y hasta el sufrimiento que la libertad entendida como experiencia sin don ocasiona. Lo remarco porque el movimiento libertario ancla entre muchos jóvenes en ese territorio de falacias que se ha apoderado del pensamiento cotidiano.

Por un lado, libertad sin don, o sea, a nadie se le debe nuestro acto. Individualismo frenético, al cual la lógica del capital, regida por su tendencia a reproducirse sin fin, es por completo proclive. Por otro lado, otra cara de la libertad, aquella que reconoce la deuda; aunque reprimida (o tal vez, porque reprimida, no me queda claro) la mantiene activa en sus consideraciones hacia el otro. Por ello, se sostiene siempre en un duelo por lo perdido; lo perdido en y del otro  que también nos conforma en nuestra estricta e inevitable individualidad.

Pero hechas estas diferencias, me parece importante insistir en que la tensión es estructural y vive en todos nosotros (tanto como para que sea fácil reconocerla en las microinfracciones con que la mayoría transitamos la cuarentena, sin ser enemigos del gobierno ni seguidores de la infinidad de páginas anticuarentena o antivacunas que hoy en youtube construyen opinión – es decir, básicamente, definiéndonos como personas a las que el otro nos duele)

Tal vez por la vigencia de este vector, el del duelo por lo perdido, es que hice hincapié al comienzo en la tierra ensangrentada, tal vez un implícito homenaje hacia aquellos que pudieron caer en la lucha por conseguirla, que destaqué al comienzo en el cuadro de Delacroix. Por eso también, quizá, y con esto termino, la canción que obsesivamente me ha perseguido en esos días, tiene otra dimensión en su belleza. 

He leído los primeros versos al comenzar, la letra sigue así: Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero. Cada minuto tuyo, lo vivo y muero; Cuando no estás mi hijo, cómo te espero// Pues el miedo, un gusano, me roe y come/Apenas abro un diario busco tu nombre//…Muero todos los días, pero te digo;// No hay que andar tras la vida como un mendigo// El mundo está en ti mismo, debes cambiarlo// Cada vez el camino es menos largo.

Ese miedo, ese dolor, esa muerte, esa referencia al hijo desaparecido, esa presencia de los que estuvieron y están aunque no estén, al que el duelo remite; pero también esa utópica esperanza de un camino propio cada vez más corto, es la que hizo que dijese en el título, si la libertad guarda un malentendido, también encierra una dimensión irrenunciable (un deseo en su plenitud); porque nos hace ser (siendo libres somos), por un instante poderosos, en memoria secreta de los otros en los que nos hemos ido tallando. Así, la responsabilidad que supone hacerse cargo de duelos y esperanzas, anida en nuestra mente como condición de posibilidad para vivir una libertad que no devenga la quintaesencia del egoísmo más bizarro; tal vez, mirando apenas hacia atrás pero con el cuerpo hacia adelante como la pulsante Olimpia de Delacroix. 

                                                                    27 de agosto de 2020

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