Juan Carlos Perone – Metapsicología y clínica contemporánea

PRESENTACION JUEVES 17 DE MARZO

En el documento que tiene por título “Los nuevos rostros del sufrimiento.

Metapsicología y clínica contemporánea”, luego de situar la perspectiva teórico-clínica inaugurada por Freud a finales del siglo XIX, las transformaciones que el mismo

fue introduciendo a lo largo de su dilatada vida de trabajo clínico e investigación, bajo la influencia de su quehacer, de las producciones de los nuevos psicoanalistas que fueron surgiendo a partir de su enseñanza y de las variaciones histórico-sociales que impactaron de diversas maneras su vida familiar y profesional, intentamos señalar muy suscintamente algunos aspectos de la coyuntura histórica en la que nos encontramos que tienen escala planetaria y que suponemos condicionan en variable medida el ejercicio de nuestra práctica clínica y los modos de ejercitarla y pensarla.

Puntuamos a tal fin el decisivo cambio del lugar de la mujer en todas las áreas de la vida social y cultural.

Los cambios en los apuntalamientos identificatorios por las modificaciones en lasrelaciones de género y en la dualidad presuntamente constitutiva.

El extraordinario crecimiento de los intercambios sociales e intersubjetivos de todo tipo bajo el modo de la virtualidad en concomitancia con la digitalización creciente de la vida contemporánea. Fenómeno potenciado exponencialmente por la pandemia que a su vez confinó casi totalmente la práctica psicoanalítica a los dispositivos digitales.

A la luz de estas transformaciones parece conveniente revisar críticamente la experiencia de nuestro quehacer bajo dichas condiciones. Por un lado dado que “la necesidad tiene cara de hereje” se podría caer fácilmente en el riesgo de una lógica justificatoria de los modos “obligados” de nuestro hacer.

Sin embargo, la “herejía” puede ser el camino que lleve a revisar retroactiva, crítica y

fecundamente modos de trabajo hace largo rato instituidos.

Vale preguntarse por cómo se moduló la transferencia en el contexto virtual en el que tenía que encontrar lugar para que el proceso psicoanalítico se desenvuelva. Y también por la dimensión diagnóstica, interrogándonos si las señaladas condiciones específicas de la vida contemporánea han facilitado ciertos modos de sufrimiento desplazando a otros tiempos atrás prevalentes.

Varias de estas cuestiones fueron retomadas y profundizadas en el trabajo que elaboró y al que dio lectura Alfredo.

Intento desarrollar un poco más lo que está de alguna manera condensado en “la necesidad tiene cara de hereje”

Hace largo rato que los practicantes del psicoanálisis o de psicoterapias orientadas psicoanalíticamente en nuestro medio, psicólogos y médicos, con predominio desde algunos años después de la creación de la carrera de Psicología en nuestro país de los psicólogos, dado que fue creciendo año a año exponencialmente el número de estudiantes y la dominancia en la misma de las materias de cuño psicoanalítico, como resonancia en la universidad del prestigio creciente que el psicoanálisis venía teniendo desde los primeros años de la década del 40 del siglo XX en amplias capas de las clase medias urbanas. Esta influencia en nuestro medio se trasladó en buena medida a otros países latinoamericanos. Cabe agregar que desde hace ya unos cuantos años la Ciudad de Buenos Aires y alrededores está en el grupo de las dos o tres ciudades importantes del mundo occidental que tienen el mayor número de psicólogos por millón de habitantes.

Venimos adaptándonos paulatinamente a las circunstancias sociales e institucionales que enmarcan el ejercicio de nuestra actividad profesional. Todos saben que es necesario formarse, participando de grupos de estudio, supervisando con colegas de más experiencia, analizarse, etc. Es el modo de integrarse a una compleja red de trabajo profesional en la que poder afirmarse, obtener visibilidad, ir construyendo un modo de trabajo que uno sienta como propio, en suma construir una identidad en torno al arte de psicoanalizar que vaya recogiendo lo sedimentado en esta compleja y nada fácil trayectoria. Nuestro campo ha estado sometido –como todas las otras áreas de la vida social en nuestro país- a las periódicas crisis económicas, políticas y sociales, que hacen tambalear lo trabajosamente conseguido. Estamos en medio de una de ellas y a mi manera de ver todavía no se alcanza a ver claramente cómo vamos a salir.

Las transformaciones de la vida socioeconómica en nuestro medio generó formatos institucionales –las obras sociales de los gremios, las empresas de medicina pre-paga que dieron cabida a las prácticas psicoterapéuticas. Importantes instituciones Psicoanalíticas establecieron convenios con Universidades para generar la posibilidad de obtención de títulos al estilo de lo que ocurre en otros lugares y también en algunos casos generaron instancias de atención al público con honorarios moderados.

Hay que señalar que se extendió, después de la exitosa y pionera experiencia del

Policlínico Aráoz Alfaro, conocido como “El Lanús” la existencia de servicios de salud mental en los hospitales generales.

Con toda su gravosa novedad la pandemia del Corona Virus nos introdujo de lleno en el formato virtual de trabajo, era el modo de responder a la demanda y sostener nuestra actividad profesional. Digo de lleno porque las redes sociales, el celular y otros espacios de este tenor ya tenían hace un buen rato vigencia. También muchos de nosotros habíamos transitado la experiencia de atender algún o algunos pacientes que por razones de trabajo o de otra índole, tuvieron que viajar temporariamente y quisieron mantener en funcionamiento el espacio de análisis. Agrego como menos frecuente el recibir derivaciones de personas residentes en países extranjeros, hablantes de nuestra lengua, con quienes se pudo poner en marcha un proceso de cuño psicoanalítico.

Estamos pensando al interior mismo de esta especial circunstancia pandémica y es posible que una reflexión más fina requiera de una cierta distancia temporal para tener una perspectiva más completa. Hay un grupo de trabajo muy activo en nuestra institución que está abocado a reflexionar sobre los efectos en la clínica en tal contexto.

Con todo me aventuro a decir que hemos sobrellevado bastante bien el trabajo en

transferencia y mantenido la práctica clínica psicoanalítica bien presente en una coyuntura que amenazaba con ser más complicada de lo que resultó.

De ser así, retroactivamente despotencia el carácter más o menos superyoico que en años no tan lejanos adquirían el número de sesiones, ciertas modalidades de supervisión visualizadas como las únicas posibles, etc. Creo que cada vez más nos dejamos guiar por lo que ocurre en esa singular relación intersubjetiva que construimos con cada uno de nuestros pacientes en el seno de la cual se activa –pensamiento mediante- el reservorio de herramientas teóricas que poseemos y de las que echamos mano en función de lo que el analizando despliega en transferencia.

En relación con la llamada supervisión coexisten en la actualidad las modalidades de larga data y lo que podríamos llamar pequeños grupos de intercambio clínico autogestivo entre colegas que se reúnen con regularidad y en los que según mi experiencia se puede hablar con soltura de los pacientes y así enriquecer y/o flexibilizarla postura en que estábamos instalados. Después de todo el punto de vista no es más que la vista desde un punto y el paisaje muestra otros aspectos, adquiere otra riqueza, otra profundidad, si nos ayudan a mirarlo desde otros puntos posibles en los que no alcanzábamos a situarnos.

Es seguramente cierto que en estas modificaciones que se vienen produciendo desde hace años en zonas de nuestro quehacer entra también en juego la variable económica.

Así como decía hace tiempo, si mal no recuerdo, J. Laplanche, refiriéndose a la sexualidad: “no es todo pero está en todo”, aludiendo a la misma en el sentido amplio, psicoanalítico del término, podríamos también decir que la economía no es todo pero está presente de algún modo en todo. En relación con esto último recuerdo como parte de mi experiencia y de otros colegas de mi generación que hace ya muchos años uno supervisaba con alguien de reconocida sapiencia y prestigio (sin duda en la mayoría de los casos bien ganados) cada tanto, o cada tanto uno podía. Algunos años después se agregó la variante de un pequeño grupo de analistas que tomaba de referencia a otro de mayor experiencia para pensar la clínica de cada uno. Bueno, desde hace un tiempo no muy largo empezaron a tener vigencia también los grupos autogestivos de los que más arriba hablaba. Ahora bien, se podría pensar que el empeoramiento de las condiciones económicas ya de larga data, en los países periféricos como el nuestro, obligan a encontrar soluciones “más baratas” pero inexorablemente de menos calidad.

Pues bien, sí menos oneroso, no necesariamente de menos calidad. Al encontrar soluciones a nuestro alcance fuimos descubriendo que la “herejía” nos permite tener una visión panorámica que nos llevó a valorar lo inventado que no hubiéramos descubierto si quedábamos culpablemente sujetos a la “ortodoxia”, sin permitirnos explorar modos alternativos de revisar y sostener nuestra práctica clínica.

Alfredo menciona en su presentación sobre las características predominantes del análisis contemporáneo el progresivo reconocimiento por parte de diversos autores de la implicación subjetiva y necesaria del analista en esa específica relación intersubjetiva que todo trabajo de cuño psicoanalítico supone. Esto tiene dos vertientes al menos, que son dos caras de la misma moneda: la incidencia del Inconsciente del analista en el campo de trabajo y las repercusiones de este campo en la subjetividad del analista, incluido la dimensión inconsciente de la misma.

A mi manera de ver esto abre a una serie de cuestiones complejas que atañen a los modos de conducción de la cura y a aspectos éticos que están ínsitos en la práctica clínica.

Opto por poner en consideración una cuestión que tiene como referencia de fondo el título del conocido trabajo de Freud de 1937 “Análisis terminable e interminable”.

En un cierto sentido en tanto la vida sigue y nos enfrenta a diversos azares y situaciones novedosas se puede decir que el análisis en última instancia sería interminable, pero que por eso mismo cada análisis emprendido en algún momento debe terminar. Lo cual no impide que en otro momento se pueda retomar, y más de una vez, con el mismo analista u otro.

Ahora bien, lo que creo que es interminable es el análisis que los que oficiamos de analistas hacemos de nosotros mismos, a sabiendas o no, a través de lo que nos obliga a vivenciar y pensar la relación con los analizandos mientras ejercemos nuestro oficio. No sólo por los efectos que el despliegue en transferencia de su decir y  hacer tiene en nuestra subjetividad, fenómeno a elucidar para darle forma a nuestras intervenciones, sino también por descubrir aspectos de nosotros mismos que se hacen más nítidos cuando se espejan en los avatares de la vida de nuestros pacientes que recolectamos en sus relatos y acciones.

El único análisis efectivamente interminable es el autoanálisis que hace consigo mismo el que mantiene el oficio de analista a lo largo de su vida.

Otro aspecto que Alfredo señala que se presenta con mucha asiduidad en la clínica de nuestro tiempo es la inclusión por parte de los pacientes de situaciones de su temprana infancia que a oídos del analista aparecen como del orden de lo traumático pero que son transmitidas despotenciadas de la intensidad afectiva que merecerían tener, pero que guardan significativas conexiones con las dificultades que el paciente encuentra en su vida de relación actual. Comparto en líneas generales el modo en que él ejemplifica cual debe ser la labor del analista en el seno de la transferencia para valorizar ese pasado restituyendo el papel que juega en las vicisitudes de la vida presente de su paciente. Aporta al respecto una muy rica experiencia de su propia clínica.

Puede ser de interés que por mi parte trate de tematizar experiencias traumáticas que atraviesan con diversos efectos varias generaciones de un linaje familiar y por otro lado experiencias traumáticas padecidas por una sociedad en cierto momento histórico, cuyos vestigios aparecen muchas generaciones después bajo modos muy peculiares.

Entre 1940 y 1945, plena 2da guerra mundial, más de 200.000 niños fueron raptados de los territorios ocupados por el ejército alemán: Polonia, Ucrania y los países bálticos.

Este programa de germanización lo puso en marcha Himmler en persona para compensar las pérdidas humanas debidas a las bajas propias en el conflicto bélico. Los niños de más edad eran enviados a centros especializados y educados como nazis, los muy pequeños a lugares conocidos como Leberborn (fuentes de vida) y luego entregados a familias alemanas.

En los años posteriores a la guerra, varias organizaciones de desplazados, incluida alguna de las Naciones Unidas, devolvió unos 40.000 niños raptados a sus familias biológicas.

La novelista de origen canadiense pero residente desde joven en París, Nancy Huston, autora de 9 novelas y varios ensayos, sobre la base de ese acontecimiento tremendo, construye una ficción ( cuyo título es su edición en español es Marcas de Nacimiento) donde los que ofician de narradores son siempre niños o niñas de cada una de las cuatro generaciones de una familia. La bisabuela de nombre Erra ó Kristina, fue una niña que siendo muy pequeña fue sustraída de sus padres biológicos en ucrania, y entregada a una familia alemana que tenía ya una hija 5 o 6 años mayor que ella y un varón adolescente reclutado muy joven en una Alemania que se encaminaba ya a su derrota en la guerra y que murió en uno de los frentes de lucha. Aparentemente en compensación un joven polaco de unos 12 años sustraído también de su familia de origen es dado en adopción a la misma familia alemana.

Lo interesante, a mi manera de ver es que cada capítulo de la narración le da voz a un integrante de cada generación que es un niño o niña de 6 años y con una modalidad retroactiva. Es decir desde el presente que -para la historia que se reconstruye es el año 2004- cuando entra en escena el primer narrador, un niño de 6 años llamado Sol, bisnieto de aquella niña raptada y entregada a una familia alemana.

Luego su propio padre, Randall, nieto de Erra, cuando tenía 6 años en 1982. Toma ese papel en el capítulo siguiente la madre de Randall, Sadie, que a sus 6 años, en 1962 vive con su madre Erra. En el último capítulo es la propia Erra (o Kristina, como la nombraba la familia apropiadora) la que en 1944/45, a sus 6 años, oficia de narradora.

El otro elemento que a mi juicio tiene un notable valor metafórico es que estos personajes históricos, que ofician de narradores en la novela, comparten un rasgo corporal común. Cada uno tiene un mismo tipo de lunar Hereditario pero no iguales entre sí en forma y tamaño y situado en cada portador en un distinto lugar del cuerpo.

La bisabuela, Erra, también llamada Kristina en el codo de su brazo izquierdo. La abuela, Sadie, hija de Erra, en una nalga. Randall, nieto de Erra e hijo de Sadie, en el hombro izquierdo. Y Sol, hijo de Randall, nieto de Sadie y biznieto de Erra, en la Sien.

Digo valor metafórico porque esas saliencias que desentonan con la superficie corporal que las rodea, por su textura y color, simbolizan en la ficción narrativa marcas subjetivas en el entramado psíquico, que aluden a un mismo acontecimiento pretérito y traumático, y a su pasaje trans-generacional, pero que se inscribe de modo singular y diferencial en cada generación. Acontecimiento, a su vez, que requiere ser enmarcado entre los crímenes del nazismo en ese período histórico.

Esta historia novelizada creo que tiene resonancias respecto a nuestra propia historia, mucho más cercana en tiempo y espacio. Me refiero a nuestros desaparecidos y a la tarea incansable de búsqueda y justicia por parte de las madres y abuelas.

LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

Permítanme este breve excursus histórico para intentar darle encarnadura a la cuestión de la transmisión transgeneracional de un hecho traumático de enorme alcance social en la geografía y en el período de su ocurrencia que encuentra maneras de reaparecer a través de signos metonímicos manifiestos, en el relato de habitantes del lugar, pero desligados del acontecimiento al que sin embargo remiten.

Cuenta Eduardo Galeano en ese libro extraordinario que lleva por título “Las venas abiertas de América Latina” y cuya primera edición es del año 1971, que a mediados del siglo XIX Paraguay era el País más avanzado socioeconómicamente de América

Latina, Un desarrollo autónomo y sostenido, que había arrancado unos cuantos años antes, logró que fuera para esa época el único país de América Latina que no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones. En 1845 el agente norteamericano Hopkins informaba a su gobierno que “no había niño que no sepa leer y escribir. Era también, dice Galeano, “el único País que no vivía con la mirada clavada al otro lado del mar”.

Desde 1850 había una industria siderúrgica en la localidad de Ibycuí con su respectivo horno de fundición.

El 98 % del territorio paraguayo era de propiedad pública, el estado cedía a los campesinos la explotación de las parcelas a cambio de poblarlas y cultivarlas en forma permanente y sin el derecho de venderlas. “El aliento vivo de las tradiciones jesuitas facilitaba, sin duda este proceso creador”.

El inconveniente según cuenta el autor era que el país estaba objetivamente bloqueado entre Argentina y Brasil, que podían cerrarle las bocas de los ríos, como lo hicieron o fijando impuestos arbitrarios al tránsito de sus mercaderías. En abril de 1865, el Standard, diario inglés de Buenos Aires, celebraba la declaración de guerra de la Argentina contra Paraguay. El tratado con Brasil y Uruguay se firmó el 11 de mayo de 1865, Los futuros vencedores se repartían anticipadamente los despojos del vencido.

Mitre, el presidente argentino anunció que tomaría la ciudad de Asunción en tres meses.

La guerra duró 5 años.

Francisco Solano López, dice Galeano encarnó heroicamente la voluntad nacional de sobrevivir. El pueblo paraguayo que no sufría una guerra desde hacía medio siglo, se inmoló a su lado.

En 1870 López, a la cabeza de un ejército de espectros, ancianos y niños que se ponían barbas postizas para impresionar desde lejos, se internó en la selva. Finalmente, el presidente paraguayo fue asesinado a bala y a lanza en la espesura del cerro Corá. Paraguay tenía, al comienzo de la guerra apenas menos población que la Argentina, solo 250.000 paraguayos, menos de la sexta parte, sobrevivían en 1870, en su mayoría mujeres.

Mitre había anunciado el despojo cuando escribió: “los prisioneros y demás artículos de guerra nos los dividiremos en la forma convenida.

Dice Galeano, casi 100 años después: “llegué a la movediza frontera del nordeste de

Paraguay con billetes que tenían estampado el rostro del vencido mariscal F. S. López, pero allí encontré que solo tienen valor los que lucen la efigie del victorioso emperador

Pedro II del Brasil.

Los hornos de la fundición de Ybycuí, donde se forjaron los cañones que defendieron la patria invadida, se erguían en un paraje que ahora se llama Minas Cué -que en Guaraní significa “Fue mina”-.

Allí, entre pantanos y mosquitos, junto a los restos de un muro derruido, yace todavía la base de la chimenea que los invasores volaron hace un siglo, con dinamita, y pueden verse los pedazos de hierro podrido de las instalaciones deshechas. Viven, en la zona, unos pocos campesinos en harapos, que ni siquiera saben cuál fue la guerra que destruyó todo eso. Sin embargo, ellos dicen que en ciertas noches se escuchan, allí, voces de máquinas y truenos de martillos, estampidos de cañones y alaridos de soldados.

¿No saben o se trata de algo sabido pero no pensado?, por tanto de lo que no se puede hablar, incluir en la interlocución entre ellos y con otros que se interesan por la historia que subyace a esas ruinas, que ofician de monumentos mudos de lo que pasó y en cierto modo no deja de pasar. ¿O de algo del orden de lo desmentido?, que escapa así de la trama simbólica, qué de existir, mantendría vivo el recuerdo de lo ocurrido, transmisible entonces entre las generaciones bajo el modo del contar. Habida cuenta qué si sólo sobrevivió menos de un sexto de la población a semejante guerra, debe haber poquísimas familias que no hayan sumado muertos y mutilados a esa tragedia traumatizante que encuentra un modo de retorno repetido y escandido por el intervalo entre “ciertas noches”.

¿Cuáles noches? Tal vez aquellas en que un clima intempestivo se hace oír a través del viento, la lluvia al caer, los truenos y otros ruidos, dando soporte proyectivo a ese retorno desde afuera a través del cual el pasado no deja de habitar el presente.

Juan Carlos Perone. Bs As, 17 de marzo de 2022

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