Juan Carlos Perone «Morir su propia muerte»

PRESENTACIÓN EN EL PLENARIO DEL COLEGIO DE PSICOANALISTAS
El 9 de septiembre de 2021 Juan Carlos Perone
[Recibí de un colega y amigo que reside en otro país un texto en inglés de
Jacqueline Rose titulado “Morir la Propia Muerte” y que tiene como
epígrafe una cita de Rachel Bardach, tomada del libro “El emperador, los
sabios y la muerte”, escrito en 1938, que dice: “Quién sabrá por qué
nosotros, como los girasoles al revés, nos volvemos hacia el lado oscuro
en lugar de hacia la luz”.]
[Jacqueline Rose es una académica británica, de 72 años de edad,
profesora de humanidades. Es autora de numerosos ensayos y varios
libros sobre psicoanálisis, feminismo, literatura y política]
[En 2018, a través de la editorial Siruela, se publicó un libro suyo en
castellano cuyo título es “Madres, un ensayo sobre la crueldad y el amor”,
donde analiza las complejidades y contradicciones de la maternidad en la
cultura occidental.]
[Rachel Bardach, la del epígrafe citado por Jacqueline Rose, se analizó
con Theodor Reik, primero en Berlín y luego, seguramente escapando
ambos del nazismo, en La Haya, Holanda, y fue Reik quien prologó su
libro “El Emperador, los sabios y la muerte”, y se lo hizo llegar a Freud de
regalo. Este texto impresionó mucho a Freud, que lo recibió con una carta
de la autora. Le contestó que “Por la prioridad que le otorga a la muerte
se llega a la conclusión que es muy joven”. Y la invitó a visitarlo. Ella le
contestó que lo escribió a los 60 años pero que era cierto que lo venía
pensando palabra por palabra desde los 20 y finalmente lo visitó en 1938
en Londres].
[Como la traducción de Google no es muy ajustada en muchas partes, a
lo que consideré el sentido del texto, hice algunos arreglos para
conservarlo y al hacerlo utilicé en algunos párrafos palabras que me
parecieron más acordes a los modos de nuestra lengua. Agregué,
también, una que otra observación o información sobre lo dicho por la
autora cuando me pareció que venía al caso.]
[Dejaré de lado una última parte con información adicional que haría muy
larga la lectura. A cambio de eso proyectaremos un tramo de unos pocos
minutos de un film, que seleccioné porque creo guarda relación con lo
vertido en el texto. Comienza con un remedo, protagonizado por dos
jóvenes alumnos de actuación, de la famosa escena de la película Titanic
en que Di Caprio se desaferra del bote que llevaba a su amada para no
sobrecargarlo y se deja hundir en las aguas heladas del atlántico norte.
Siguen las posteriores palabras de su maestro que asistía a la escena,
protagonizado por ese notable actor que es Michel Douglas.]
[De manera tal que, en lo esencial, no voy a hacer más que darle voz aquí
a lo desplegado por la autora, motivada en su escritura, por la pandemia
del covid-19 en su país y en todo el planeta y que a su vez propone una

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reelaboración o reinterpretación muy interesante, a mi juicio, de algunos
de los trabajos considerados de cuño biologista y filogenético de Freud e
incluye ciertos aspectos biográficos de éste, especialmente en el
contexto de la primera guerra mundial (1914-1918) y en el entorno de
1920, época de dicha producción]
[Cuando cita textualmente a Freud lo indicaré mencionando las comillas y
cuando señalo algo yo se van a dar cuenta]
[Leo, entonces, el texto de Jacqueline Rose:]
¿Qué queda de la vida interior cuando el mundo se vuelve más cruel, o
parece volverse más cruel que nunca? Cuando se tambalea por los
golpes infligidos – pandemia, guerra, hambre, devastación climática o
todos estos juntos – ¿qué le sucede al tejido de la mente? ¿Su única
opción es defensiva: cerrar las escotillas subir el puente levadizo o
simplemente sobrevivir? ¿Y eso deja espacio para el duelo, no solo por
aquellos que se han perdido, sino por los pedazos rotos y los fragmentos
confusos que nos hacen quiénes somos?
Apenas seis meses después del estallido de la Primera Guerra Mundial, el
día de Navidad de 1914, Freud le escribió a Ernest Jones para lamentarse
de que el movimiento psicoanalítico “ahora está pereciendo en la lucha
de las naciones” (los dos hombres estaban en bandos opuestos en la
guerra). «No me engaño a mí mismo», escribió. «La primavera de nuestra
ciencia se ha interrumpido abruptamente … todo lo que podemos hacer es
mantener el fuego parpadeando en unos pocos hogares, hasta que un
viento más favorable haga posible encenderlo de nuevo a pleno fuego».
Como en el que vivimos hoy, [continúa Jacqueline, y se pregunta] ¿hay
lugar para algo parecido al complejo cálculo de la vida y la muerte que es
el dominio único del psicoanálisis?
A medida que nuestras pantallas muestran el número de muertos, es
difícil no dejarse vencer por la magnitud de una tragedia que ha dejado a
personas que amamos muriendo en aislamiento, funerales reducidos más
allá de la decencia, los rituales de conmemoración familiar que hacen que
la muerte sea manejable, o casi manejable, proscriptos. Por no hablar del
interminable conteo que reduce al ser humano a abstracciones,
robándonos una segunda vez cada pérdida individual.
Aún más difícil, quizás, en esos momentos, es la idea de permitirnos
admitir nuestra ambivalencia emocional hacia los muertos tanto como
hacia los vivos. En nuestra existencia no pandémica, si un mundo así se
puede imaginar de nuevo, este será nuestro precio psíquico diario. La
verdad, dicen, es la primera víctima de la guerra; pero la verdad psíquica
no es de lo que se habla cuando se dice eso.
La guerra y la pandemia desnudan la mente. Comparten una habilidad
bruta para sofocar nuestro repertorio psíquico. Solo por un segundo, y
aunque solo sea en la mente del público, hacen que el dolor parezca puro.

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Alentamos a los soldados para que vayan a la batalla y lloramos cuando
caen; Nos quedamos desgarrados e indefensos mientras una pandemia
arrasa los hogares, en los que albergamos nuestra ilusión de seguridad.
“Pobre hija mía, has visto la muerte irrumpir en la familia por primera vez,
o has oído hablar de ella», escribió Freud a su hija mayor, Mathilde,
cuando Heinrich Graf, su tío, cuñado de Freud, murió repentinamente en
1908, y tal vez se estremeció ante la idea de que para ninguno de
nosotros se puede hacer la vida más segura. No ofreció un falso
consuelo. No vivimos en un mundo seguro. Pero sí insistió en que, para
las personas mayores como él, la conciencia del final inevitable da a la
vida su valor especial: Freud estaba a punto de cumplir 52 años, uno de
los varios momentos de su vida en los que estaba convencido de la
proximidad de su muerte.
[Vivió 82 años, treinta más.]
El 25 de enero de 1920, la hija favorita de Freud, Sophie (la llamaba su
‘hija dominical’), murió durante su tercer embarazo por complicaciones
derivadas de la gripe española, que había acabado con millones de
personas en toda Europa desde el primer caso registrado el 4 de febrero
de 1918, a finales de la primera guerra mundial. Su hija fue una de sus
últimas bajas, cayendo como un soldado muerto después de que se
declaró la paz, tanto más doloroso porque la ola final que la mató no fue
de ninguna manera la más mortal de las tres. Más allá del hecho de su
coincidencia histórica, la peste y la guerra fueron dos desastres
acumulados. El destino de uno estaba relacionado con el destino del otro.
Erich Ludendorff, el comandante de las fuerzas alemanas, declaró que la
gripe española le había robado la victoria. Las cosas habían empezado a
ir cuesta abajo para las potencias centrales en abril de 1918, cuando la
enfermedad hizo su primera aparición en las trincheras: hasta marzo de
ese año habían creído que podían ganar la guerra.
La gripe española ha resultado ser un acechador silencioso de la historia,
apenas incluido en las listas de las aflicciones modernas del mundo, a
pesar de que su número de muertos se acercó al número combinado de
las dos guerras mundiales. Laura Spinney, cuyo libro sobre la gripe
española, se publicó antes de la llegada de Covid-19, sugiere que lo que
puede describirse con justicia como la peor «masacre» del siglo XX ha
sido borrada de la historia.
[Se estima que produjo más de 50.000.000 de muertes, mientras que las
dos guerras mundiales del siglo XX algo más de 60.000.000]
El propio Freud apenas la menciona, aunque se cobró la vida de 15.000
vieneses. Para el otoño de 1918, las escuelas y los teatros de la ciudad se
cerraban intermitentemente para reducir el riesgo de infección. En 1919,
el año antes de la muerte de Sophie, tres de los otros hijos de Freud,
Anna, Ernst y Mathilde, se enfermaron. En mayo de ese año su esposa,

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Martha, después de años de desnutrición durante la guerra, contrajo un
caso de ‘grippe-pneumonie’, con oleadas recurrentes de fiebre alta, de la
que le llevó dos meses recuperarse.
Las condiciones no mejoraron al final de la guerra. Para entonces Freud,
lejos de su anterior y exultante apoyo a las potencias centrales, dio la
bienvenida al desmantelamiento del Imperio Habsburgo: “No lloro una
sola lágrima por esta Austria o esta Alemania» (“toda mi libido está
entregada a Austria-Hungría”, se había pronunciado en 1914 en respuesta
a la declaración de guerra). «Todos estamos fallando lentamente, en salud
y volumen” escribió en 1919 a Jones. Su familia subsistía con una «dieta
de hambre» («Hungerkost»). Un año después, Freud y su esposa no
pudieron llegar a su hija enferma porque no había trenes – “ni siquiera un
tren para niños”, escribió el 27 de enero de 1920 al pastor suizo Oskar
Pfister, refiriéndose a los trenes de la Internacional Asociación Infantil
que sacaba a los niños de una Austria hambrienta.
Durante los años anteriores, la mayor ansiedad de Freud había sido por
sus hijos Martin y Ernst, que se habían alistado con entusiasmo cuando
comenzó la guerra (un tercer hijo, Oliver, rechazado para el servicio
activo, se desempeñó como ingeniero militar). Los peligros que
afrontaban en el frente turbaban sus sueños. Una pesadilla en 1915 tuvo
como contenido manifiesto «muy claramente la muerte de mis hijos,
Martin en primer lugar» (él lo llamó un «sueño profético»).
[Agrego yo que la calificación de profético con que lo nombra indica que
capta la ambivalencia respecto a sus hijos varones]
Todos sus hijos sobrevivirían a la profecía nocturna de su padre, pero
tenía razón al temblar por ellos. Martin, prisionero de guerra en el frente
italiano, finalmente regresó a casa en abril de 1919, pero fue uno de los
afortunados. Más de un millón de soldados austrohúngaros murieron en
batalla o por enfermedad. En ningún momento Freud tuvo la menor
insinuación, ¿por qué la tendría? – que era el destino de su hija a merced
de la gripe española lo que más debería temer.
El psicoanálisis comienza con una mente en fuga, una mente que no
puede medir su propio dolor. Empieza con el reconocimiento de que el
mundo – o lo que Freud a veces llama «civilización» – impone exigencias a
los sujetos humanos que son demasiado para soportar. Releyendo ahora
las famosas biografías – Jones, Peter Gay, Max Schur – me sorprendió lo
expuesto y vulnerable que estaba Freud a los males, mayores y menores
de la época, y los contrastes en sus estados de ánimo entre la ceguera y
la intuición, la ecuanimidad y la consternación. Freud fue elocuente sobre
lo que personalmente encontraba más insufrible: la deuda era su mayor
temor (al final de la guerra había perdido el 95 por ciento de sus ahorros
en efectivo); a los afligidos por la pobreza, respondió con una mezcla de
compasión y pavor; odiaba el racionamiento; no había ningún extremo
que no hiciera para asegurarse los preciosos puros que lo estaban

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matando. A pesar del privilegio de esta familia vienesa, eludieron la
miseria y fracasaron en el bienestar y la salud.
Como hemos visto recientemente con demasiada claridad, el desastre
descubre las fallas materiales y raciales de una sociedad, pero también
expone implacablemente la verdad de que ningún sujeto humano se
salva; en palabras de Freud, «la perplejidad y la impotencia de la raza
humana».
Leer a Freud en este contexto es presenciar a alguien capaz de las
fluctuaciones más drásticas, cubriendo toda la gama de cambios de
humor a los que todos los que conozco, afectados por la pandemia de
hoy, han sucumbido en un momento u otro. «Estamos sufriendo sin
restricciones, sin epidemias, y estamos de buen humor», le escribió a
Jones al comienzo de la guerra, antes de que su fe, fuera de lugar, en la
causa de las potencias centrales comenzara a decaer.
Cuando la comida escaseaba y la falta de calefacción le congelaba los
dedos, imposibilitando cualquier cosa que no fuera escribir cartas le
escribió al psicoanalista húngaro Sandòr Ferenczi, uno de sus
interlocutores más importantes, en febrero de 1917, “Curiosamente
tenemos la inquebrantable prueba de cuán poca justificación se necesita
en realidad para el bienestar interior”. En agosto de 1918 le escribió a Karl
Abraham para decirle que podía aventurarse una vez más a «unirse al
placer del mundo y al dolor del mundo».
[Una investigación, realizada en nuestro medio por A. Caparrós, le
permitió estimar que Freud escribió aproximadamente 20.000 cartas a lo
largo de su vida.]
Pero también se hundiría en la oscuridad mental. Le escribió a Ferenczi
en 1916: «Uno tiene que utilizar todos los medios posibles para apartarse
de la espantosa tensión en el mundo exterior». En noviembre de 1914,
cuando el horror total de la guerra comenzaba a emerger, le escribió a
Lou Andreas-Salomé: «Mis contemporáneos y yo nunca volveremos a ver
un mundo feliz. Es demasiado espantoso”. La humanidad fue un
experimento condenado al fracaso y no merecía sobrevivir. “Tenemos
que abdicar », continuó, “Y el Gran Desconocido al acecho detrás del
Destino, repetirá un día ese experimento con otra raza” En un gesto
extraordinario de abnegación radical, que no es el tipo de gesto por el que
es más conocido: Freud estaba dispuesto a sacrificar la humanidad,
como podríamos decir en estos días, para salvar el planeta. Más tarde, en
la década de 1930, con la próxima guerra en el horizonte, volvió a
especular que la raza humana se acercaba a su fin, ahora que la
«perfección de los instrumentos de destrucción» permitía que dos
enemigos se exterminaran entre sí. Nuestro gran defecto, sugirió, era el
abismo que «períodos anteriores de arrogancia humana habían abierto
demasiado entre la humanidad y los animales». La desesperación de
Freud era global y de múltiples especies en su alcance (un hecho que

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parece no haber recibido prácticamente ningún comentario, dada la farsa
común de que sus preocupaciones se limitaban a la pequeña y
privilegiada élite de Viena). Pero fue la tragedia más cercana a casa, la
muerte de Sophie, lo que marcó el ingreso de su desesperación en una
nueva fase, aunque no sería hasta la muerte por tuberculosis de su nieto
Heinele, el segundo hijo de Sophie, tres años después, a la edad de
cuatro años. que declararía que todo su gozo en el mundo se había ido
para siempre. “Yo mismo no sabía que podría amar tanto a un ser
humano, ni mucho menos a un niño », escribió a sus amigos húngaros
Katà y Lajos Lévy. Años más tarde escribiría a su amigo Ludwig
Binswanger, después de la muerte del hijo de este: “Seguiremos
inconsolables y nunca encontraremos un sustituto, es la única forma de
perpetuar el amor al que no queremos renunciar”, idea que estaba lejos
de su escrito más conocido sobre el duelo como una tarea por completar.
Entonces, nos podríamos preguntar, en este centenario de la muerte de
Sophie ¿qué le hizo a su padre, Sigmund Freud, la pérdida de la hija? ¿Y
cómo podría esta historia ayudarnos a enfrentar el horror de nuestro
propio tiempo, cuando muertes inimaginables – Freud describió la guerra
como «inconcebible» – son de nuevo legión?
En 1924, Fritz Wittels, el primer biógrafo de Freud, sugirió que había un
vínculo entre la muerte de Sophie y Más allá del principio del placer, texto
publicado en 1920, en el que Freud introdujo la idea de la pulsión de
muerte. La refutación de Freud fue rápida. La sugerencia era inverosímil,
dijo. Escribió el primer borrador en 1919, cuando Sophie todavía estaba
viva. Encontramos, sin embargo, que Freud se había adelantado a Wittels;
en julio de 1920, cuatro años antes de que apareciera la biografía de éste,
le había escrito a Max Eitingon: «Podrás certificar que estaba a medio
terminar cuando Sophie estaba viva y floreciendo». Esto ya es llamativo:
hojas «a medio terminar». mucho espacio para adiciones después de su
muerte. ¿Por qué, podríamos preguntarnos, el hecho de que se completó
antes de que ella muriera se presentaría como algo que, en un futuro no
especificado, necesitaría ser certificado?
Hoy, gracias a los incansables esfuerzos de la estudiosa de Freud Ilse
Grubrich-Simitis, quien sacó a la luz los primeros manuscritos de sus
escritos, sabemos que estaba siendo evasivo. Un capítulo completamente
nuevo, el Capítulo Seis, se agregó a un borrador posterior, ocupando casi
un tercio del texto finalmente publicado. El nuevo capítulo contenía la
primera aparición impresa del término «pulsión de muerte». Su única
aparición anterior fue en dos cartas a Eitingon de febrero de 1920, pocas
semanas después de la muerte de Sophie.
Creo que sería justo decir que Freud le debe a su hija la génesis de este
concepto sin precedentes.
En su respuesta a Wittels, Freud reconoce solo una adición al texto: una
«discusión sobre la mortalidad o inmortalidad de los protozoos».

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Seguramente está aquí mostrando lo que llamó la «lógica del caldero del
inconsciente”, en la que un acusado ofrece una serie de argumentos,
cada uno invalidando el siguiente: ya había terminado el texto; no hay
nada significativo en las adiciones que hizo; el único material nuevo se
refería a la inmortalidad y / o mortalidad de la vida biológica (como si tal
tema no pudiera tener relación con la muerte de un niño). En su carta a
Pfister después de su muerte, describió a Sophie como «arrebatada, como
si nunca hubiera sido». “La brutalidad manifiesta de nuestro tiempo»,
continuó, “pesa mucho sobre nosotros.»
¿Cómo uno se aferra a cualquier indicio de futuro más allá de la muerte,
ya sea en la forma del plasma germinal inmortal o del alma eterna, cuando
la gente está muriendo como moscas a tu alrededor?
Más allá del principio del placer es una de las obras más importantes de
la segunda mitad de la vida de Freud. Es la culminación de su
pensamiento sobre la topografía de la mente e introduce el nuevo
dualismo de las pulsiones. Ha despertado un entusiasmo apasionado y
una hostilidad virulenta en igual medida. Max Schur hace todo lo posible
para desacreditarlo, lo que puede parecer extraño dado que su libro está
dedicado a comprender el lugar de la muerte en la vida y obra de Freud.
Pero se podría decir que la idea de un principio demoníaco inconsciente
sabotea de una vez por todas la visión del hombre que controla su mente,
y para Schur, como para muchos otros, era por tanto un anatema.
Schur fue el médico de Freud en sus últimos años. Cuando el dolor del
cáncer de Freud dejó su vida sin valor ni significado, Schur, sobre la base
de un acuerdo verbal entre ellos, le administró la dosis fatal de morfina.
Indiscutiblemente fue el deseo de Freud, y Schur es elocuente sobre la
dignidad con la que abordó el final de su vida después de 16 años de
sufrimiento. Pero a riesgo de un análisis salvaje, mi lectura es que Schur
solo podía vivir con lo que había hecho mientras pudiera confiar en la
capacidad del hombre para subordinar su voluntad a su razón y, al
contrario, en realidad, a todo el espíritu del psicoanálisis. siempre para
hacer lo mejor para él.
¿A quién pertenece la muerte? Si esto se ha convertido en una pregunta
durante la pandemia actual es porque la falta de provisión estatal, la falta
de suministros médicos, la escasez de equipos y el aislamiento del
contacto humano han hecho que muchos sientan por primera vez que la
muerte es algo de lo que una persona, la que está muriendo y las
personas más cercanas a ella, puede ser robada. Freud y su esposa no
pudieron llegar a su hija enferma porque no había transporte: no pudieron
estar con ella cuando murió. Esto puede ayudarnos a comprender estas
notables líneas de Más allá del principio del placer, de lo que ahora
sabemos que es su nuevo Capítulo Seis:
“Si vamos a morir nosotros mismos, y primero perder en la muerte a
aquellos que son más queridos para nosotros, es más fácil someterse a

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una implacable ley de la naturaleza, a la sublime ἀνάγκη [Necesidad], que
a una casualidad de la que quizás se podría haber escapado”.
En el capítulo anterior, Freud había estado elaborando sobre la
compulsión a la repetición que había identificado por primera vez en los
soldados que regresaban de la batalla y se encontraban reviviendo sus
peores experiencias en sueños nocturnos y despiertos. Rastreando
lentamente esta tendencia desde el frente hasta el consultorio (pacientes
ligados a la repetición de sus síntomas), Freud concluye que tal
compulsión es una propiedad de toda materia viva. El impulso de toda
vida orgánica es restaurar un estado anterior de cosas. Lo que sigue es
una degradación considerable en el papel de los impulsos de
autoconservación, dominio que fuera clave para su anterior topografía de
la mente, ya que ahora se considera que todos funcionan al servicio de la
necesidad del organismo de seguir el camino hacia la meta, su propia
muerte:
«El organismo desea morir sólo a su manera». «El objetivo de toda vida es
la muerte», dice Freud en, quizás, una de sus afirmaciones más
contradictorias.
En esta trayectoria teórica -según el propio Freud una de las más
especulativas- se mueve entre la elegía y el tratado, entre el dolor y la
ciencia: «Nos fortalecen en nuestra creencia», dice, «los escritos de
nuestros poetas». Pero lo que se destacó aquí para mí esta vez fue una
dimensión que pareció entrar en su pensamiento con la muerte de
Sophie. Mejor la muerte como compañera silenciosa que una muerte que
cae de los cielos. Es preferible una implacable ley de la naturaleza a una
muerte que podría no haber tenido lugar.
Sabemos que toda la escritura de Freud sale de su mundo interior, pero
no puedo pensar en otro momento en el que ponga sus cartas
psicológicas sobre la mesa con tanta transparencia. Nada peor que la
idea de la muerte como parte de una serie de accidentes. A través de la
despiadada aleatoriedad de sus muertes, las víctimas de la pandemia y la
guerra se ven privadas de la esencia de la vida. Esto es lo que Freud está
tratando de devolver a su hija, devolviéndole la herencia que le
corresponde. En pocas palabras: sin la creencia de que la vida debería
seguir su camino hacia su propio final, su repentina muerte, cinco días
después de enfermarse, debió haber sido demasiado para él:
“más fácil someterse a una implacable ley de la naturaleza que a una
casualidad de la que tal vez podría haber escapado”. “Puede ser”, agrega,
citando a Schiller, “que esta creencia en la necesidad interna de morir sea
solo otra de esas ilusiones que hemos creado “um die Schwere das
Daseins zu ertragen” [“para llevar el peso de la existencia”].
En un momento como el actual, a pesar de todas las evidentes diferencias
de clase y raza sobre cómo, dónde y a quién golpea la pandemia, esta

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perspectiva tiene que incluir a casi todos. Freud ofrece una filosofía del
duelo. Nos ayuda a comprender por qué lo que está sucediendo entre
nosotros ahora puede parecer tanto una catástrofe interna como externa.
La muerte en una pandemia no es forma de morir.
El despliegue de Freud, en su intercambio con Wittels, de sus propias
reflexiones sobre la inmortalidad del plasma germinal debería hacernos
pensar. Como si la inmortalidad no fuera algo en lo que probablemente te
encuentres pensando después de la muerte de un niño. Esto quizás
explique en parte la razón por la que, en una carta a Ferenczi escrita dos
semanas después de su muerte, a pesar de lo afligido que estaba,
describió su pérdida como una “herida narcisista», que descubrió en las
profundidades de los deberes diarios a través de los cuales se hallaba
encontrando el camino de regreso a su vida. «Un duro golpe para el
narcisismo», le había escrito a Pfister dos días después de su muerte.
Una mirada más cercana al capítulo seis de Más allá del principio del
placer, que ve a Freud tras el rastro de la muerte biológica, tal vez pueda
guiarnos aquí. Su pregunta es si la biología confirmará su convicción de
que la muerte es una propiedad inherente de toda vida orgánica, o si hay
algo inmortal en la sustancia viva. Según el biólogo evolutivo August
Weisman, la muerte pertenecería únicamente a los organismos
multicelulares cuyo soma muere en el momento de la reproducción,
cuando el germoplasma entra en una nueva forma de vida. Los
organismos unicelulares, por otro lado, no parecen morir, sino que se
reproducen eternamente. O podría argumentar, como lo hizo Max
Hartmann en Muerte y Reproducción (1906), que la muerte no se puede
reducir a la apariencia de un cadáver, sino que describe el momento en
que una célula llega al final de su desarrollo individual cuando muta y se
entrega a la siguiente etapa de la vida.
Lo que importa aquí no es si la biología realmente puede respaldar el
concepto problemático de Freud de un impulso humano hacia la muerte.
Como suele ocurrir en su trabajo, la cuestión es en qué le permiten seguir
pensando estas preocupaciones. «En este sentido», escribe Freud con
más que una pizca de satisfacción, «los protozoos también son mortales”;
en su caso, la muerte siempre coincide con la reproducción, pero hasta
cierto punto queda oscurecida por ella, ya que toda la sustancia del
animal parental puede transmitirse directamente a la descendencia joven.
Lo único que salva al organismo de morir es su paso entero, a su
descendencia – Transponiendo esto a la vida humana, si la muerte de un
hijo biológico se convierte en una herida narcisista es porque solo a
través de la existencia de los hijos el padre hiende una puñalada en la
eternidad. Lo que Freud está diciendo aquí es tan escalofriante como
simple. Lo único que mantiene vivo a un padre es su hijo.
La pulsión de muerte de Freud parece, por tanto, perderse en las
minucias orgánica. Pero al mismo tiempo llega al mundo político externo:

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contrariamente a lo que se sugiere a menudo, los dos reinos del
pensamiento de Freud funcionan en conjunto. Recuerden que la guerra
fue el telón de fondo esencial del concepto de compulsión a la repetición,
ya que los soldados que regresaban revivían los peligros infligidos por el
mundo exterior. La preocupación de Freud por la vida orgánica y los
peligros del mundo, los procesos biológicos más íntimos y las
dificultades externas, se atan cada vez más en su pensamiento, al igual
que la cuestión de qué heredamos sin saberlo (nuestra predisposición) y
qué llueve del mundo sobre nosotros (los accidentes de la vida).
Comienzan a juntarse en la misma página.
No tengo ninguna duda de que es Covid-19 el que me ha alertado
recientemente sobre estas extrañas alianzas, sobre todo mientras lucho,
como tantos, por traer a algún esclarecimiento psíquico el dolor de mi
vida interior y la tragedia que se desarrolla fuera de mi puerta. Cómo
vincular estos dominios se convierte en la preocupación de la segunda
fase de la vida laboral de Freud. Esto es lo que la guerra le hace a la
teoría. Según su propio relato, un soldado traumatizado se debate entre
dos exigencias: la lealtad a su ego, que le dice que evite el peligro a toda
costa, y la lealtad a su nación, que requiere que esté preparado para
morir.
¿Son la guerra y la pandemia las peores cosas que le pueden pasar a la
humanidad? Esta pregunta, tiene resonancia para la tarea que Freud se
ha propuesto: tratar de rastrear el impacto del mundo en sus sujetos, y de
épocas pasadas en el tiempo presente. Hemos visto que la preocupación
por la inmortalidad, la duración y la transmisión recorre el capítulo seis de
Más allá del principio del placer, mientras Freud intentaba afrontar la
muerte de su hija, el hecho de que un eslabón de la cadena del ser se
había roto sin remedio. Pero en otra obra escrita en plena guerra, Freud
sigue un camino diferente, el de la prehistoria. Esta vez no se trata de la
vida del germoplasma, sino de una época lejana en la que la existencia
podría describirse con justicia como el infierno en la tierra: la guerra y la
pandemia se encogen a su lado. Me refiero al duodécimo artículo
metapsicológico de Freud, que este no deseaba que viera la luz del día y
al que, de nuevo, ninguno de nosotros habría podido acceder sin la
devoción académica de Grubrich-Simitis, quien lo publicó en 1985 bajo el
título ‘Una fantasía filogenética’.
[Agrego que Horacio Etchegoyen, en mayo de 2003, en una presentación
en APDEBA destacó elogiosamente el libro de Ilse Grubrich-Simitis que
se titula “Volver a los textos de Freud: dando voz a documentos mudos”
Ed. Biblioteca Nueva, Madrid]
[Retomo a Jacqueline]: Fue uno de los siete artículos metapsicológicos
que Freud descartó o destruyó. Recuperándolo en contra de sus deseos,
Grubrich-Simitis estaba interpretando a Max Brod para su Kafka. Ella lo
llama un “documento de fracaso », es verdaderamente salvaje, pero

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también le otorga el más profundo respeto, argumentando que es el texto
en el que las teorías de Freud sobre la pulsión y el trauma, tan a menudo
vistas como incompatibles, revelan su más profunda afiliación.
La “Fantasía Filogenética «, o “Descripción general de las neurosis de
transferencia», hace que las especulaciones de Más allá del principio del
placer parezcan ciencia dura. Al principio, narra Freud, “una Edad de
Hielo convirtió al hombre en un animal ansioso cuando “el mundo
exterior hasta entonces predominantemente amistoso” … se transformó
en una masa de peligros amenazantes. La comida no fue suficiente para
permitir un aumento de las hordas humanas y los poderes del individuo
no eran suficientes para mantener con vida a tantos seres indefensos».
Ante una emergencia “fuera de su control”, el hombre se impuso la
prohibición de la reproducción, ya que propagar la especie en un
momento de tanta carencia era arriesgar su propia existencia: sin hijos,
sin futuro, sin vislumbres de la vida eterna. La respuesta del hombre a
una restricción tan brutal de sus impulsos fue la histeria: los orígenes de
la histeria de conversión en los tiempos modernos en los que la libido es
un peligro y exige ser sometida. El hombre también se convirtió en un
tirano, otorgándose a sí mismo un dominio desenfrenado como
recompensa por su poder de salvaguardar la vida de muchos: “El
lenguaje era mágico para él, sus pensamientos le parecían omnipotentes,
entendía el mundo de acuerdo con su ego”. Me encanta esto, [dice
Jacqueline]. La tiranía es la compañera silenciosa de la catástrofe, como
se ha demostrado de manera tan flagrante en el comportamiento de los
gobernantes de varias naciones en todo el mundo en la actualidad, entre
ellos el que pronto será el ex presidente de Estados Unidos, Donald
Trump. Como si dijera: te salvaré, pero debes hacerme rey (claro está, no
es que tales gobernantes salven a nadie). Sin mencionar la idea que lo
acompaña de que el tirano fue el primer histérico: la idea del pánico
corporal como el subtexto tácito del poder masculino es tan inesperada –
y tan progresiva – como cualquiera de los pensamientos de Freud. Tengan
en cuenta lo político que está siendo en un texto que se descarta con
demasiada facilidad como pura fantasía, incluso por parte del propio
Freud. Sugiero que veamos este artículo como un experimento mental
que le permite dar pasos enormes y sin precedentes.
Entonces, lo que pasa de generación en generación, en lo más profundo
de la psique de la gente, es la ansiedad. Ansiedad como respuesta a un
mundo en peligro, pero también como reacción a la tiranía de los poderes
que vienen a afrontarlo. Esto es lo que los niños marcan en el comienzo
de las generaciones: “los niños traen consigo la ansiedad del comienzo
de la Edad del Hielo”. El niño está repitiendo la historia de la especie,
ofreciendo apoyo a Freud en su creencia en la transmisión filogenética: la
“preponderancia de la disposición filogenética sobre todos los demás
factores”. Un énfasis que, también insiste, no elimina la cuestión de la
adquisición: “Solo la traslada a una prehistoria aún más temprana.» Lo
que esta extraña meditación inédita nos permite inferir es que el concepto

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de filogénesis es su manera de reconocer el estado lamentable de la
humanidad: miseria, pobreza, aflicción y angustia, las catástrofes de la
historia, la carga del pasado. El psicoanálisis moderno habla de
«Trasmisión transgeneracional», el paso inconsciente del trauma histórico
de una generación a la siguiente. Traemos a nuestros antepasados ​​detrás
de nosotros, lo que significa que, si bien podemos morir por nuestra
propia muerte, también morimos en nombre de otros que estuvieron allí
antes que nosotros.
Una vez más, muy adelantado a su tiempo, Freud ha tomado esta realidad,
hoy reconocida clínicamente, y la ha inyectado en el torrente sanguíneo
de la humanidad. El organismo pasa toda su sustancia a la siguiente
generación. Dado un mundo de desastres, como lo expresó Grubrich-
Simitis en una conferencia de 1987 sobre el tema, en ese artículo de 1915,
Freud estaba escribiendo una guía para nuestro propio tiempo. ‘si
quisiéramos imaginar una nueva edad de hielo creada por el hombre y
pensar en términos psicoanalíticos sobre las consecuencias de un
invierno nuclear ‘. Invierno nuclear entonces, pandemia o catástrofe
climática ahora: el documento aún no tiene menos resonancia, ni es
menos alarmante.
No hemos terminado con la pulsión de muerte. En el relato de Freud, esa
pulsión no solo pertenece al lado de la quietud, el regreso lento y
constante del organismo vivo a un estado inanimado. Si la pulsión de
muerte es una de las teorías más controvertidas de Freud, no es solo por
la palidez mortal que arroja sobre la vida. También lo es, quizás incluso
más, porque convierte la violencia en propiedad interna de todos. Este
aspecto de la pulsión resultó ser una idea aún más escandalosa que la
anterior creencia de Freud de que el impulso por el placer era el principal
motivador de la vida humana. Sobre todo porque puso fin a la preciada
ilusión de que los males del mundo son responsabilidad de todos los
demás pero no de uno mismo. En 1929, Freud le escribió a Einstein:
“Toda nuestra atención se dirige al exterior, donde los peligros amenazan
y las satisfacciones atraen. Desde dentro, solo queremos que nos dejen
en paz. Entonces, si alguien trata de dirigir nuestra atención hacia
adentro, torciendo de hecho su cuello, entonces toda nuestra
organización se resiste, al igual que, por ejemplo, el esófago y la uretra se
resisten a cualquier intento de invertir su dirección normal de paso”.
Esta debe ser una de sus declaraciones más viscerales sobre el motivo
de la hostilidad de la respuesta al psicoanálisis. «No hay nada para lo que
las capacidades del hombre sean menos adecuadas que el psicoanálisis»
había escrito de manera más elegante a Binswanger en 1911.
Una vez más, esta idea, elaborada por primera vez en el capítulo seis de
Más allá del principio del placer, está profundamente imbricada con la
guerra. Podemos conjeturar que la tarea de Freud habría sido demasiado
fácil, su propio dolor fraudulento, si no hubiera considerado también la

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forma en que la guerra destroza la inocencia de la mente humana;
después de todo, para empezar, toda su libido había estado de un lado de
la guerra. Lo que vuelve loca a la gente en tiempos de guerra es su
capacidad, después de una vida de prohibición y moderación, para
asumir la violencia sobre sí mismos. No solo porque matar enfrenta al
hombre con una contradicción, como dice Freud, entre «las demandas de
la humanidad» y «las demandas de una guerra nacional». Sino también
porque lo enfrenta a la violencia que es una parte interna del ser humano.
Escribió Freud en su conferencia introductoria de 1916 sobre la censura
de los sueños, en el contexto de la Gran Guerra que todavía está
devastando Europa. “Piensa en la gran cantidad de brutalidad, crueldad y
mentiras que pueden extenderse por el mundo civilizado. ¿De verdad
crees que un puñado de hombres ambiciosos y mentirosos sin
conciencia podría haber logrado desatar todos estos espíritus malignos si
sus millones de seguidores no compartieran su culpa? »
Como en 1916, así en 2016 con la elección de Trump, y más allá, en la era
de Bolsonaro, Modi, Erdoğan, Orbán, Duterte et al.
«Ponemos un mayor énfasis en lo que hay de malo en los hombres»,
continuó, «sólo porque otras personas lo niegan y, por lo tanto, hacen
que la mente humana, no sea mejor, sino incomprensible».
Comencé sugiriendo que una cosa de la que nos está privando la
pandemia de hoy es la ambivalencia del dolor humano. Pero mientras
escribía, no me sorprendió que Freud emergiera en estas páginas como
un pensador del desastre. En un mundo entumecido bajo la presión de la
incompetencia, las mentiras y el falso triunfalismo, sus ideas pueden
ayudarnos a restaurar, primero la verdad pura y simple de lo que está
sucediendo, y luego, y solo sobre esa base, todas las sombras de nuestro
mundo interior que viven y mueren en el inconsciente. En una sección
relativamente desconocida de ‘Pensamientos para el tiempo sobre la
guerra y la muerte’, escrita en 1915, Freud describe los dolores de parto
de la vida ética que surgen cuando el hombre, aún no manchado por la
civilización, enfrentó una mezcla de emociones: desesperación, rabia,
odio, y placer – que experimentó frente a la muerte, especialmente hacia
aquellos a quienes más amaba. De esta mezcla surge el primer
mandamiento ético, «No matarás»: «Fue adquirido», escribe, «en relación
con los muertos que fueron amados, como reacción contra la satisfacción
que se esconde detrás del dolor por ellos; y se extendió gradualmente a
los extraños que no eran amados, y finalmente incluso a los enemigos. »
Pero, observa que, con la mirada puesta en la guerra que se desarrolla, tal
abrazo de todos, enemigos incluidos, se ha perdido para el llamado
“hombre civilizado” junto con la “vena de sensibilidad ética” que lo
acompañaba.
Cuando enseño a Freud, utilizo estas líneas para transmitir a los
estudiantes que, en momentos decisivos, era mucho menos etnocéntrico

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de lo que a menudo se supone. Pero lo que hace que estos pensamientos
sean tan relevantes hoy en día es el mensaje implícito, uno que es apenas
audible en un momento en que el exilio de la psique a las afueras de la
existencia es el secreto no compartido del momento. Solo si admites tu
ambivalencia, incluso hacia aquellos a quienes más amas, existe la
mínima posibilidad de que te acerques a todo el mundo, incluidos tus
supuestos enemigos: a China, por ejemplo, un país que ahora se le dice al
mundo occidental que odie ; a los hombres negros que son derribados en
las calles; a los ciudadanos de otro país que, en la carrera por una vacuna
Covid-19, pueden estar a la cabeza en el juego; a todos los que también
están sufriendo, ya sea por la guerra o por una pandemia, o, como todos,
por el hecho de ser humanos. Pero para que esto suceda, la racha actual
de líderes narcisistas, principalmente masculinos, primero tendrían que
reconocer sus fallas, algo de lo que parecen constitucionalmente
incapaces y que implicaría retirar sus odios casualmente dispersos y
cuidadosamente dirigidos. «Yo, por supuesto, pertenezco a una raza»,
escribió Freud a Romain Rolland en 1923, «que en la Edad Media fue
considerada responsable de todas las epidemias».
Aunque Freud señaló que el impulso a la empatía humana es difícil de
explicar, que la compasión puede ser un velo para el narcisismo, hay
momentos en sus escritos, nuevamente en Más allá del principio del
placer, en los que se pueden encontrar los contornos desnudos de tal
impulso: el escudo protector de la psique que se deja morir para salvar
las capas más profundas de la mente de un destino similar; o la
comunidad de células que sobreviven incluso si las células individuales
tienen que morir. Algo está funcionando a través del texto de Freud, un
«socius primitivo» en la lectura de Jacques Derrida, o una nueva forma de
vida común, nunca más necesaria que ahora, que se deshaga de las
trampas comunes del ego singular. Una vida en la que se comparte el
dolor de los tiempos, y en la que todo sujeto humano, sin distinción de
raza, clase, casta o sexo podría participar. Esto puede ser lo que significa
luchar por un mundo en el que todos sean libres de morir por su propia
muerte.

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