El cuerpo: Lo propio y lo intruso – Luis Vicente Miguelez

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Algún día un humano le disparará a un robot
del que salga sangre y lágrimas y que a su vez
le disparará a un humano del que saldrá humo
Philip Dick


¿Se ha preguntado alguna vez “quién”
es su cuerpo para usted?
Philippe Claudel


Pensar el cuerpo es pensar el mundo, es un tema político mayor,
advierte David Le Breton. Las sociedades que intentan prescindir
de los individuos fomentando su exclusión y muerte pueden
plantearse también prescindir del cuerpo.
Ya no se trata de ciencia ficción. Muchos anhelan una post
humanidad donde proponen deshacerse del cuerpo y vivir en la
cybercultura. Una comunidad internáutica donde poder
transferir el cerebro a un diskette y vivir en una máquina.
Distopías pensadas para un mundo donde el sueño de
inmortalidad sea algo posible. Retirando el cuerpo de la
circulación. “Somos la última generación que va a morirse”
alientan los más fanáticos.
Seamos arcaicos, quedémonos con el cuerpo. ¿Qué es un
cuerpo? ¿Qué relación existe entre ese cuerpo que poseemos y
nosotros. O mejor dicho, ¿poseemos un cuerpo o somos
cuerpo?
En un libro, cuya brevedad no quita la profundidad de su análisis,
el filósofo Jean Luc Nancy reflexiona sobre las consecuencias del
trasplante de corazón que le realizaron a los cincuenta años.
Se preguntaba si su propio corazón enfermo lo abandonaba
hasta donde podía decir que fuera suyo. “Se me iba volviendo
ajeno, una intrusión por defección”.

Su propio corazón un extranjero. Justamente extranjero, nos
dice, porque estaba adentro. “Un corazón que latía a medias es
sólo a medias mi corazón”, advierte así que una ajenidad se le
revela en el “corazón” de lo más familiar.
A ese corazón intruso había, era preciso, extrudirlo.
Comenta que un médico le dice un día, su corazón estaba
programado para durar hasta los cincuenta años. Entonces se
pregunta, ¿cuál es ese programa del que no puedo hacer
destino?
Luego del trasplante sobreviene otra cuestión. La posibilidad del
rechazo al órgano trasplantado.
Una doble ajenidad se le impone. La del corazón trasplantado
que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno y por otro
lado la del estado en que lo coloca la medicina para protegerlo
reduciendo su inmunidad para que soporte al extranjero.
El intruso está en mí, revela. Y sin embargo, registra, que él se
convierte en extranjero de sí mismo.
A partir de este declive provocado de su sistema inmunológico
otras ajenidades se hacen presentes, los viejos virus agazapados
desde siempre a la sombra de la inmunidad, ahora perdida, los
intrusos de siempre. Diversas enfermedades concurren,
estragando su salud.
“Mi corazón tiene veinte años menos que yo y el resto de mi
cuerpo tiene una docena, al menos, más que yo”. Corpus meum
e interior íntimo meo, utiliza esta frase agustiniana para expresar
que su cuerpo se encuentra fuera de lo más íntimo para sí.
Y finalmente advierte que el intruso no es otro que él mismo y
sentencia, acaso sea el hombre mismo. Intruso en el mundo
tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno.
Unheimlich, término que Freud convirtió en concepto
proveniente de esa peculiaridad de la lengua alemana, esa
inquietante familiaridad, eso que debía quedar oculto pero que
se ha manifestado. Esa extimidad de nuestro propio cuerpo y
que Nancy vivió en lo real.

En 1971, Oliver Sacks, el neurólogo que se propuso sacar a la
neurología de su concepción mecanicista y que nos regaló unos
textos clínicos de una profundidad y una lucidez maravillosa,
cuenta que caminando por una calle céntrica de NY, le pareció
identificar tres víctimas del síntoma de Tourette. Eso lo
desconcertó porque según se decía el síndrome de Tourette era
rarísimo. Tenía, según había leído una incidencia de uno en un
millón y sin embargo él había visto tres en una hora.
¿Podría ser que el síndrome de Tourette no fuese una rareza, se
preguntó, sino una cosa bastante corriente, mil veces más
corriente de lo que se decía?
Este síndrome, como lo describió por primera vez Gilles de la
Tourette en 1885, se caracteriza por un exceso de energía y una
gran profusión de ideas y movimientos extraños: tics, espasmos,
muecas, ruidos, maldiciones, imitaciones involuntarias. Habría
formas suaves y hasta bastantes benignas y otras de un carácter
terrible.
Relata el caso que fue pionero en su indagación sobre el
tourettismo. Apoda Ray a su paciente de 24 años, incapacitado
por múltiples tics de extrema violencia que se producían en
andanadas cada pocos segundos. Era víctima de ellos desde los 4
años.
Poseía una elevada inteligencia e ingenio. Desde que había
abandonado la universidad lo habían despedido de una docena
de trabajos debido a sus tics, su impaciencia, su belicosidad, su
descaro y sus exclamaciones involuntarias (mierda, joder, etc.).
Tenía, continúa relatando Sacks, una notable sensibilidad musical
y difícilmente hubiese sobrevivido, emocional y económicamente
si no hubiese sido un baterista de jazz de fin de semana de
auténtico virtuosismo. Famoso por sus improvisaciones súbitas e
incontroladas que surgían de un tic o de un golpeteo compulsivo
del tambor y que se convertían en el núcleo de hermosas
improvisaciones musicales. De modo que, decía el paciente, el
“súbito intruso”, así lo llamaba, se convertía en una ventaja
altamente apreciable.

Sólo se veía libre de sus intrusos, tics nerviosos súbitos, en el
relajamiento post-coito y en el sueño, o cuando nadaba, cantaba
o trabajaba rítmica y regularmente hallando una melodía
cinética.
Sacks empezó a tratarlo con haloperidol. El comienzo del
tratamiento resultó por demás auspicioso, con solo inyectarle un
octavo de miligramo el paciente quedó libre de tics durante dos
horas.
Viendo este resultado, decidió recetarle una dosis de un cuarto
de miligramo tres veces al día.
Dice Sacks que el paciente volvió a la semana siguiente con un
ojo morado y la nariz rota y le dijo “Se acabó su jodido
haloperidol”. Le relató que el medicamente pese a ser una dosis
baja, lo había desequilibrado por completo, alterando su
velocidad, su ritmo sus reflejos increíblemente rápidos. Muchos
de sus tics, en cambio de desaparecer se habían vuelto
extremadamente prolongados, casi cayendo en posturas
catatónicas.
Se hallaba comprensiblemente decepcionado por esta
experiencia y también por otro pensamiento. “Supongamos que
pudiese usted quitarme los tics, le dijo, ¿qué quedaría? Yo estoy
formado por tics… no hay nada más.
El paciente se describía a sí mismo como “Ray el ticqueur
ingenioso”, y no sabía bien si se trataba de un don a de una
maldición. Decía que no podía concebir la vida sin el tourettismo,
y que no estaba seguro de que le interesase sin él.
Entonces Sacks le propuso que se vieran una vez por semana
durante un período de tres meses. Durante este período, le dijo,
intentaremos imaginar la vida sin tourettismo.
No estaba en condiciones de abandonar el tourettismo y no
podría haber estado nunca en condiciones de hacerlo, reflexiona
Sacks, sin aquellos tres meses de preparación intensa, de
meditación y análisis profundo tremendamente duros y
concentrados.

Actualmente concluye Sacks, durante las horas de trabajo, Ray se
mantiene sobrio, firme, normal con haloperidol. Serio, firme y
normal es como el paciente describe su yo de haloperidol. Es
lento, parsimonioso en sus movimientos, sin impaciencia ni
impetuosidad pero sin aquellas inspiraciones ni improvisaciones
deslumbrantes. Ha perdido sus obscenidades, su descaro
grosero, pero también su chispa y ha llegado a creer que
progresivamente está perdiendo algo importante.
Cuando se hizo patente esta situación y después de analizarlo
conmigo, dice Sacks, Ray tomó una decisión trascendental,
tomaría haloperidol durante la semana laboral pero prescindiría
de él y se “dispararía” los fines de semana. Esto es lo que ha
hecho durante los últimos años, y ahora hay dos Ray uno con
haloperidol y otro sin él. Hay un ciudadano sobrio, cavilador,
pausado, de lunes a viernes y hay el “Ray, el ticqueur ingenioso”
frívolo, frenético, inspirado, los fines de semana.
He atravesado varios géneros de salud y sigo atravesándolos,
decía Nietzsche y podría decirlo también Ray, quien ha sabido
hacer finalmente algo con ese intruso.
Oliver Sacks concluye que su paciente ha hallado una nueva
salud logrando una flexibilidad de espíritu a pesar de padecer o
quizás por ello, el síndrome de Tourette.
Las imitaciones involuntarias del tourettismo recuerdan los
trabajos de Roger Caillois sobre el mimetismo, especialmente
aquél titulado Mimetismo y Psicastenia legendaria. La psicastenia
fue descripta por Pierre Janet como una suerte de
despersonalización por asimilación mimética del sujeto al
espacio. Un estar fuera del cuerpo donde se borraría la distinción
entre el interior y el exterior. El mimetismo humano que estudia
Caillois comparándolo con el mimetismo animal no sería una
mera simulación sino un acontecimiento inconsciente,
incontrolable y afectivo que involucra el comportamiento y el
cuerpo. No se trata tanto de un hecho defensivo sino un lujo
peligroso, una suerte de potlach corporal. El tourettismo vino a

mostrar con la lente de aumento de la patología esa suerte de
fusión entre el comportamiento, el cuerpo y el ambiente que
estalla por momentos y se vuelve incontrolable. Podemos
reconocer en eso su parentesco con estados de éxtasis, de
satisfacción orgásmica y de sentimiento místico para mencionar
algunos sin olvidar el arrobamiento en el juego mimético infantil.
Continuemos con los intrusos.
En mayo de 1917 Georg Groddeck le escribe una carta a Freud
que es el inicio de una relación amistosa entre ellos.
En esa carta Groddeck le pide a Freud que le diga si puede
considerarse parte integrante del movimiento psicoanalítico.
Duda en tanto su trabajo clínico no se refiere a pacientes
neuróticos sino a aquellos cuyas enfermedades “suelen
denominarse corporales”. Considera que sus concepciones
pueden ser rechazadas por los analistas como no pertenecientes
al campo del psicoanálisis. Se considera un intruso.
Groddeck tenía una clínica en Baden-Baden donde atendía a
pacientes aquejados por padecimientos orgánicos de diverso
tipo. Desde el primer momento en que comienza con los
tratamientos sospecha que estas afecciones responden
principalmente a causas psíquicas. Luego va a postular que la
división entre lo orgánico y lo psíquico, entre lo corporal y lo
anímico es una división artificial. A partir de lo cual desarrolla su
teoría del Ello que publica más tarde como “El libro del Ello”.
En la carta le manifiesta a Freud que el Ello coincide mayormente
con el inconsciente freudiano, pero que cree que posee una
mayor amplitud pues pretende que toda enfermedad está
determinada por la acción del mismo. Cierta resonancia
nietzscheana parece oírse en “el cuerpo y el alma constituyen
una cosa común que encierra un ello, una fuerza por la que
somos vividos mientras creemos que somos nosotros quienes
vivimos”.
“Hace mucho que no he recibido una carta que me haya
alegrado e interesado tanto, y que me haya movido a sustituir en

mi respuesta la común cordialidad debida a toda persona
extraña, por una sinceridad analítica.” Así comienza Freud su
carta y agrega seguidamente: “… observo que Ud. me pide con
urgencia que le confirme oficialmente que no es Ud.
psicoanalista, que no pertenece al grupo de los adeptos, sino que
más bien debe pasar por algo original, independiente.
Evidentemente le proporcionaría un grato placer si le apartara de
mí y le pusiera donde se encuentran Adler, Jung, y otros. Pero no
puedo hacerlo, tengo que reclamarle a Ud., tengo que afirmar
que es Ud. un espléndido psicoanalista que ha comprendido
plenamente el núcleo de la cuestión. Quien reconoce que la
transferencia y la resistencia constituyen los centros axiales del
tratamiento pertenecen irremisiblemente a la horda de los
salvajes. Que al inconsciente lo llame Ello no es objeto de la
menor discrepancia…”
Freud reconoce que la clínica de este extranjero, en todo el
sentido de la palabra, se apoyaba enteramente en la
transferencia y en hacer frente a las resistencias y no le queda
entonces la menor duda de que se trata de un psicoanalista, más
allá de las diferencias, que no son pocas, en torno a sus
concepciones teóricas. Por mi parte agregaría lo que Freud
debió también leer en esa carta: la importancia que le da a lo
pulsional en la configuración de las enfermedades que trataba.
Después de esta bienvenida a la manera de una interpretación,
donde también le dice que un creador no tiene por qué ser
original, más aún que el afán de originalidad puede volverse en
contra del proceso creador mismo, pasa en la misma carta a
discutir las ideas del propio Groddeck.
Este sostenía una crítica radical al dualismo cuerpo y alma. Su
perspectiva estaba firmemente asentada en este
cuestionamiento. Consideraba un prejuicio enorme el mantener
la dualidad de lo corporal y lo anímico pues el organismo está
infectado por los contenidos del espíritu y éste por lo corporal y
que esta infección era siempre de carácter sexual, haciendo del
sujeto uno indivisible. De manera bastante gráfica afirmaba:

“todo el organismo piensa, puede hacerlo en la forma de un
callo, una constipación o de un bigote”.
Freud se manifiesta contrario a disolver el dualismo cuerpo-alma
en lo que él considera una posición saturada de misticismo. Le
reprocha a Groddeck querer darle a sus experiencias clínicas, que
le aportan una importante base, un sesgo filosófico que en nada
contribuye al trabajo de investigación. Su postura al respecto
queda bien expresada: reconocimiento pleno de que el factor
psicológico tiene una importancia insospechadamente grande
respecto de la aparición de enfermedades orgánicas, pero que
esto de ningún modo afectaría la diferencia entre lo corporal y lo
anímico. Prefiere entonces hablar de interrelaciones y le confiesa
“es cierto que el inconsciente constituye la auténtica mediación
entre lo corporal y lo anímico, acaso el tanto tiempo buscado
missing link”.
Freud sostiene la concepción médica–que es la de
representación habitual sobre el tema-, de la separación entre lo
corporal y lo anímico, pero introduce entre estos dos términos al
inconsciente como factor de mediación. Esto último es lo que
transforma a la opinión tradicional, de la separación entre
cuerpo y alma en algo totalmente diferente.
Qué es lo que hace diferente a este abordaje?
Victor Tausk, un talentoso discípulo de Freud, se ocupó de la
forma que adopta en ciertas psicosis esquizofrénicas la
configuración del “aparato de influir”, no pudiendo quedar duda
alguna, a partir de sus observaciones, que en los modos de
patologías extremas se hace evidente que los órganos corporales
y especialmente el órgano genital se manifiestan como realidad
externa. Esto muestra al modo amplificado de la patología, lo
que constituye una característica común de lo corporal: cierto
grado de ajenidad.
Si la realidad puede convertirse en una compleja máquina de
órganos, también puede ser que el cuerpo se constituya en la

única realidad, llamamos a esto hipocondría. En ambos casos lo
que no vemos funcionar es la frontera. Ese espacio transicional
que separa y reúne, que permite hacer del cuerpo una posesión
que nos habilite vincularnos a la realidad y a los otros. Lo que
Freud en la carta a Groddeck denomina el missing-link entre lo
corporal (lo orgánico) y lo anímico.
Sabemos que lo que constituye un cuerpo diferenciado del
organismo es el montaje pulsional que entrama un cuerpo
erotizado. La pulsión en su comienzo es acéfala, sin sujeto que
encabece el movimiento. A la pulsión la debemos conjugar en
infinitivo, morder, chupar, tocar, etc. Es a partir del recorrido
pulsional que se produce la aparición del sujeto en el campo del
Otro, donde el cuerpo o sus partes se transforman en objetos
erotizados, morderse, tocarse, chuparse, pasan a ser las maneras
de la satisfacción autoerótica de donde partirá luego el modelo
de amor objetal. El cuerpo propio, en sus conformaciones
parciales-boca, mano, ano, piel, etc.- se convierte en cuerpo
erotizado que es vivido como fuente y objeto de placer. El
cuerpo, tal como decía Wittgenstein aforísticamente, está en el
mundo, comparte el mundo con una piedra, un cuadro, una
animal u otro cuerpo, mientras que el sujeto cognoscente no.
Lo corporal se conformaría como posesión gozosa a partir de una
escisión operativa que configura cuerpo y sujeto. No somos, ni
tenemos cuerpo, lo poseemos, lo gozamos, lo padecemos.
Cuerpo apropiado para el placer y cuerpo extraño del dolor. El
cuerpo como acontecimiento no es algo inherente a nuestra
naturaleza, se encuentra configurado por un entramado
deseante donde lo que cuenta principalmente es qué es ese
cuerpo para el Otro.
¿Quién es mi cuerpo para mí? No encuentra respuesta certera,
se nos insinúa en los sueños, en el amor, en el trabajo y en la
enfermedad. Su dimensión inconsciente tiende a permanecer
oculta a nuestro yo.
Reconocemos, a partir de la experiencia clínica, que las
afecciones psicosomáticas de las que se ocupaba tan

ingeniosamente Groddeck, no pueden leerse ni interpretarse
psicoanalíticamente tal como ocurre en los procesos conversivos
histéricos. Mientras que en los síntomas por conversión histérica
encontramos expresiones reprimidas de amor objetal que
revisten formas de autoerotismos, en los casos de las llamadas
afecciones psicosomáticas estamos en un terreno distinto, donde
no existe una verdadera relación objetal disimulada tras el
síntoma, es decir, son zonas donde fracasa la inscripción libidinal.
Estas zonas afectadas presentan en forma delimitada y local una
falla, por así decirlo, en la demarcación simbólica que instaura al
cuerpo como mapa de deseo, se trata de regiones desoladas y
mudas, faltantes de simbolización inconsciente, que rehúsan de
su tramado libidinal. Podríamos conjeturar que son arrebatadas
por la pulsión de muerte. Sin embargo esto no significa que no
puedan ser abordadas en un tratamiento psicoanalítico. El
analista deberá tener la paciencia y la pericia suficiente para no
tentarse en querer traducir simbólicamente, dar sentido
metafórico, a estas afecciones orgánicas. Esto representaría solo
una imaginaria gratificación para el analista y un paupérrimo
efecto sobre la cura. Se tratará por el contrario de ir creando
paulatinamente un puente entre la enfermedad orgánica y lo
anímico, ir ayudando al paciente a encontrar el camino donde
pueda expresar su padecer corporal mediante el conflicto
psíquico, esto es, recuperar la dimensión de palabra en
transferencia de aquello que calla pero se manifiesta. Poder
reestablecer así el famoso missing-link del que hablaba Freud
entre lo psíquico y lo orgánico, es decir, restaurar la dimensión
inconsciente del síntoma que lleva a un sujeto a interrogar lo que
le pasa y siente.
Nuestro cuerpo se conforma siguiendo la particular composición
de lo erótico humano, donde la ternura materna hace de una
mano “una manito”. Las primeras definiciones sobre sí mismo y
sobre su cuerpo son recibidas por el niño de boca de su madre y
de las personas cercanas a él. Ese excedente del otro, que no se

refiere al cuidado sino al amor, condiciona para siempre mi
corporeidad. Un cuerpo, fuente y objeto del placer, donde el
dolor se presenta como cuerpo extraño que busca ser
catectizado libidinalmente, hacerlo propio.
Se constituye así una zona intermedia entre lo propio y lo ajeno.
Ni demasiado propio como para asimilarlo naturalmente, ni
demasiado ajeno para no afincarse como fuente de goce y de
sufrimiento. Que el cuerpo sea más una apropiación y un
acontecimiento que algo dado, lo observamos en nuestra clínica.
Esta apropiación puede ser satisfactoria y brindarse en el amor y
el trabajo o puede sufrir la incautación para el goce
desmesurado de un otro y quedar entonces atrapada en un
padecimiento pertinaz. El caso de Ray muestra cómo logró
afirmarse en su cuerpo touréttico a partir de una transacción con
el otro, un acuerdo con la persona de su médico (diremos
nosotros un acuerdo transferencial) que posibilitó su apropiación
satisfactoria.
Gisela Pankof planteaba acertadamente que hay una
correspondencia entre zonas de afección en el cuerpo y zonas de
destrucción en la estructura de la simbólica familiar.
Un breve fragmento clínico que espero agregue más luz que
sombra a lo que vengo planteando
La madre no quería tener hijos con el hombre con quien vivía, a
causa – según su propio relato – de que éste padecía una afección
asmática grave. Decidió entonces adoptar a una niña a la que
inscribió con su apellido. La niña era atendida obsesivamente por
esta madre que era enfermera y que esperaba ser cuidada por
ella en su vejez. La pareja se separó luego de varios años y el
“padre” murió al poco tiempo, por complicaciones de su afección
asmática. La niña fue llevada a la consulta hospitalaria porque la
madre se enteró que le falsificaba la firma en notas escolares. En
las primeras entrevistas surgió inesperadamente que desde muy
chiquita padecía de bronquitis espasmódicas a repetición. Es
evidente la relación entre los síntomas de la niña y la fallida

filiación paterna. Es importante reconocer la diferencia
estructural que existe entre el bronquio espasmo y el acto de
falsificar la firma a pesar de que ambas cuestiones traigan lo
paterno a escena. La falsificación se encuentra en el registro del
pasaje al acto, produce un corte en la escena materna
introduciendo una apelación a la ley, se puede decir que tiene
presentación transferencial, se dirige a un Otro, y se juega en el
terreno del significante – apela a la diferencia del trazo, como
manera de pasar un mensaje -. En su afección orgánica se
muestra de otro modo lo rechazado por el discurso materno, o
sea el lugar paterno en la filiación. Se asienta sobre la repetición
de una enfermedad que procura una identidad fallada. Un
cuerpo que padece de una apropiación que no es la de ella sino
la de su madre, repite una patología que hace de la respiración,
ahogo.
Para concluir
Desde tiempos inmemoriales toda sociedad, de una forma u otra
modifica culturalmente el cuerpo de sus integrantes. “Toda
sociedad humana alberga ese deseo de convertir la presencia en
el mundo, y particularmente el cuerpo, en una obra que le sea
propia. Nunca el hombre existió en estado salvaje, siempre está
inmerso en la cultura, es decir en un universo de significados y
valores”, comenta David Le Breton
Es el cuerpo, más particularmente la piel, un lugar de la
memoria. En la piel se escriben momentos señalados de una
vida. Narraciones de hazañas, de flaquezas, de amores y de
odios. Voluntariamente, mediante tatuajes, adornos, pinturas,
indelebles o transitorias. Involuntariamente por las marcas que
deja la vida en la piel, una especie de cartografía donde se
inscribe el tiempo vivido, la relación con el mundo y el encuentro
con el Otro.
El cuerpo es entonces siempre enunciado y enunciación.
Enunciado porque transmite a los demás significados a través de

su simple apariencia. Enunciación porque es aquel que se dirige a
uno mismo con sus reclamos, sus requerimientos y sus
inscripciones jeroglíficas.
Hay una historia en Moby Dick de Herman Melville sobre el
arponero del Pequod que ilustra de modo impactante esta
cuestión, una suerte de geografía íntima de la piel.
“Este tatuaje- cuenta el narrador – había sido obra de un difunto
profeta y vidente de su isla, que, con esos jeroglíficos, había
escrito en el cuerpo de Queequeg una completa teoría de los
cielos y la tierra, y un tratado místico sobre el arte de alcanzar la
verdad. De modo que el cuerpo de Queequeg era un enigma por
resolver; una prodigiosa obra en un solo tomo; pero cuyos
misterios no podía leer él mismo, aunque su corazón latiera
contra ellos. Y esos misterios, por tanto estaban condenados a
disiparse con el pergamino vivo en que estaban inscritos, y
quedar así para siempre sin resolver. Y esta idea debió ser la que
sugirió al capitán Ahab aquella salvaje exclamación suya, una
mañana, al volverse de espaldas después de inspeccionar al
pobre Queequeg: “ Ah, diabólico suplicio de Tántalo”
¿Quién es tu cuerpo para ti?

Luis Vicente Miguelez

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