Destinos del semejante en época de pandemias – Alfredo Tagle

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Estamos comenzando un nuevo año y el mundo ya no es el mismo, nosotros tampoco, nos encontramos transitando una transformación, una transfiguración para decirlo con palabras de Yago. Franco Berardi consideró a la pandemia como un analizador o “recodificador universal” que denuncia el abismo hacia el que nos estamos dirigiendo a paso acelerado, con el dinero como código
para orientarnos en el mundo. La progresiva abstracción de la burbuja financiera, cada vez más alejada de la economía real, la de las concretasecesidades de las mujeres y los hombres que habitamos la tierra, la desaprensiva destrucción de la biosfera por el sistema de reproducción
capitalista, y la ya delirante acumulación en pocas manos de lo producido por la humanidad en su conjunto, completan el largamente anunciado apocalipsis que la pandemia impide ya disimular.
La esperanza de un posible cambio de rumbo a partir de la pandemia que manifestaron algunos pensadores, Slavoj Zizek entre ellos, no parece ser hacia donde están yendo las cosas. La acumulación de la riqueza en pocas manos se acentuó al ritmo del Covid, igual que su contracara, la extensión de la miseria, la destrucción de la biosfera sigue su curso imperturbable con los incendios
intencionales de bosques para expandir la frontera agrícola, o el negocio inmobiliarios, y la burbuja financiera lejos de haber recibido algún impacto, parece extender la especulación y su irrestricto afán de lucro al manejo internacional de las vacunas. O sea que, además de ser un recodificador que
nos permite ver, la pandemia ha sido también un catalizador que aceleró procesos que ya se venían manifestando desde hace tiempo. Los poderosos del mundo no quisieron escuchar las voces de alarma de biólogos, filósofos, antropólogos, economistas y políticos que intentaron advertir sobre la deriva que terminó por hacer eclosión en esta brutal aceleración. También desde el psicoanálisis se viene pensando en los posibles cambios en la subjetividad, consecuencia de las nuevas modalidades de intercambio, propias del desarrollo tecnológico, y las particulares “relaciones de producción” y consumo del capitalismo tardío.
La evitación de compromisos como requisito para lograr la tan ansiada libertad individual, emblema de la “modernidad líquida” descripta por Zygmunt Bauman, está logrando licuar y empobrecer, no podría ser de otra manera, las relaciones intersubjetivas, aumentando la inseguridad y la sensación de fragilidad de individuos cada vez más refractarios a los límites que impone la convivencia. El paradigma de la libertad individual conlleva la movilidad como valor. “La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales.”, dice Bauman. El movimiento constante en la
búsqueda de experiencias, la valoración de lo nuevo, buscado en viajes o en los encuentros ocasionales del Tinder, característica de la adolescencia durante la avanzada modernidad sólida, se ha extendido a todo el cuerpo social generando una profunda modificación en la vivencia de la temporalidad.
El compromiso con la pertenencia a tramas vinculares, sean éstas de pareja, de familia o de grupos más amplios, restringe libertades pero protege de la soledad y el desamparo. La pérdida de relaciones estables debilita al yo en su capacidad de ligadura. Con la tendencia al hiperindividualismo y la desregulación social, producto de la radicalización de la modernidad de la que habla Gilles Lipovetsky, no hay control colectivo sobre las costumbres, la familia, las creencias religiosas o la vida sexual. Lo cual tiene la valorada ventaja de dejar más libre de imposiciones al yo, pero también más expuesto a la incertidumbre. Navegamos por mares de incertidumbre, dice Bauman, acosados por ofertas y sin saber qué pasará mañana. Si agregamos a esto la
transitoriedad, la inestabilidad laboral, la estimulación constante y la mayor exigencia de procesamiento por la aceleración del tiempo, tenemos como resultado la angustia emergente de lo no ligado en las neurosis actuales, que desborda en ataques de pánico, se manifiesta en alteraciones somáticas, o subyace en los cuadros depresivos que hoy proliferan en las grandes metrópolis.
En esta época hipermoderna como la llama Lipovetsky, por no considerar que es posterior a la modernidad, en lo que coincide con Bauman, sino una continuidad en la que lejos de modificarse, sus características se han acentuado notablemente. El individualismo, un tema central de la modernidad, ha devenido en hiperindividualismo que, como decíamos, marca el fin del
compromiso mutuo. Con el formidable viento en popa de internet, con sus intercambios rápidos, breves y múltiples, tendientes a evitar la reflexión y el espesor subjetivo, se forman agrupamientos de supuestos iguales con algún rasgo en común, pero sin real interlocución ni conocimiento mutuo.
Verdaderos espejos para la autoafirmación y el regodeo con las propias certezas.
Esta segmentación fomentada por los administradores de la Web con el fin comercial de multiplicar las entradas al sitio, tiende a desestructurar el espacio público, generando burbujas aisladas, sin más intercambio entre ellas que la ignorancia, la descalificación, o incluso el odio. El que piensa diferente
es ignorante, irracional o malintencionado, casi descartable como sujeto.
Tendencia a la desubjetivación del otro que, además de las formas brutales que vienen de lejos, adquiere también formas sutiles y muy variables, propias de la modernidad líquidaucho se ha dicho en estos tiempos de la estigmatización, la exclusión y el odio ejercidos por algunos seres humanos hacia otros. Conductas de presencia constante en la historia de la humanidad que hoy toman cuerpo no solo en la explotación de mayorías, sino en su exclusión, en el rechazo hacia desposeídos
e inmigrante, en la intolerancia política y en las permanentes guerras y genocidios que infectan nuestro planeta.
Para las diferentes versiones de la moral a lo largo de la historia, o incluso para distintos colectivos en la actualidad, ha sido muy variable la suerte de algunos otros. Dejando de lado las patologías que tienden a la utilización aviesa del otro, o aquellas para las que es solo un objeto parcial para la
satisfacción pulsional, para el resto de los humanos, la consideración de quiénes merecen ser acogidos dentro de la categoría de semejante y quiénes rechazados y expulsados como intrusos, extranjeros, herejes o enemigos, para nombrar algunas de las categorías que mencionó Cristina el año pasado, es muy variable, existen enormes diferencias entre distintas coordenadas de
tiempo y espacio. En general estas versiones deshumanizantes suelen ser el ariete con que algunos grupos defienden los privilegios de los que gozan, y que dejarían de ser tales al verse obligados a aceptar a esos otros como semejantes.
Los vencidos, los esclavos, los negros, los indios, las mujeres, los judíos, los villeros, han sido y son algunos de los destinatarios de la descalificación subjetiva para las diferentes tramas de significación que las producen. Siempre objetos del desprecio o el odio para el yo, y pasibles del libre ejercicio de las pulsiones en los casos extremos, a los que siempre es posible llegar en determinadas circunstancias, sobrados ejemplos de ello han habido en el mundo y en nuestro país.
Como se puede apreciar, la ética en relación al semejante puede ser eventualmente un imperativo categórico con autonomía de la voluntad como diría Kant, pero la categoría de semejante es pasible de enormes variaciones producto de la presión que la cultura, la ideología y los intereses sectoriales
ejercen sobre la voluntad. Cabe agregar además que el sentimiento de responsabilidad hacia los considerados semejantes para un determinado colectivo, lejos de ser homogénea para todos sus miembros, se va diluyendo con el aumento de la distancia al yo. Cuanto más alejada sea la posibilidad de identificación con la víctima, menor será la resonancia emocional y el consecuente llamado a la acción de cuidado. Diferencia que no solo se manifiesta a nivel individual, sino que impregna también, y de manera notable, a las instituciones. Los cuatro poderes de la república están atravesados por dichas diferencias, a las que se agregan por supuesto, las que responden a la conveniencia irrestricta del poder real. De tal manera que la violación de derechos individuales o colectivos, merece muy diferentes tratamientos por parte de los medios, la justicia y el poder de policía, de acuerdo a la víctima de que se trate.
Sabemos desde Freud que todas las anteriores consideraciones a propósito del lugar que el otro adquiere para el yo, tienen su raíz en las vicisitudes del narcisismo. La constitución del yo, la transferencia de las delicias inmediatas del yo ideal a las más lejanas promesas del ideal del yo, así como la construcción de la realidad como algo ajeno y autónomo en relación al yo, serán los cimientos del edificio, que completado y adornado en interacción con la cultura de época y la subcultura de pertenencia, será la base de operaciones para la relación con los demás. Que terminarán ubicados en el casillero de prójimo, intruso o enemigo de acuerdo a la moral ante la que el yo deba responder. Últimamente, y dentro de ésta gran variación, para algunos grupos la consideración y responsabilidad hacia los animales, o hacia algunos animales, se asemeja bastante a la que suscita un semejante, quedando fuera de tal consideración otros seres humanos que no inspiran una similar identificación.
Los psicoanalistas en general coincidimos en constatar entre las personas que nos consultan un progresivo predominio de modalidades de relación en las que los baches en la consistencia del yo y en la construcción del semejante como otro relativamente autónomo y discriminado, tienden a tomar el centro de la escena transferencial. Es posible que dicha variación se deba en parte al
desarrollo de la teoría, que nos permite ver ahora cosas que antes no, pero considerando que el vínculo de crianza del que depende la estructuración narcisista no funciona aislado, sino que necesita ser sostenido y protegido por una trama consistente, es muy esperable que sufra las consecuencias de la desarticulación del tejido social, la licuación de las relaciones intersubjetivas y
la aceleración del tiempo en la posmodernidad. Segunda modernidad o modernidad líquida para Bauman. Si la ética del semejante es la expresión de un imperativo autónomo de la voluntad, ética formal, o si siempre es posible encontrar presiones de la razón práctica en su fundamento, ética material, corresponde a un antiguo debate en el seno de la filosofía. En el ámbito del psicoanálisis, desde su fundador en adelante, los intentos de respuesta a los orígenes de la ética y la moral han sido variados. En “Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis” de 1932, Freud define tres funciones del superyó: autoobservación, conciencia moral y función de ideal. De la tensión entre el yo y la conciencia moral se deriva el sentimiento de culpa como regulador del embate pulsional. La tensión entre el yo y el ideal del yo se manifestará en cambio a través del sentimiento de inferioridad, dice Freud. Se definen así dos modalidades no siempre diferenciables de exigir al yo la regulación de las pulsiones.
Encuentro sumamente esclarecedor al respecto, el enfoque de Hermann Nunberg, un contemporáneo de Freud, quien en su libro “Principios del psicoanálisis. Su aplicación a las neurosis” plantea que: “Mientras el yo obedece al superyó por miedo al castigo, se somete al ideal por amor.” El ideal del yo se formaría principalmente sobre la imagen de los objetos amados, y el superyó sobre la de los personajes temidos. Distinción bien fundada desde el punto de vista descriptivo, para Laplanche y Pontalís, pero difícil de mantener en forma rigurosa desde el punto de vista metapsicológico.
Opino que identificar la instauración superyoica de la ley, con la moral y la renuncia a la demanda pulsional por amor al otro, presente en la constitución del ideal, con la ética, sería una simplificación, pero que sin embargo no deja de contener una fértil verdad.
Ambos procesos pivotean sobre la identificación con la instancia parental, si bien es difícil establecer cuáles de las identificaciones intervendrían en la constitución del superyó, del yo ideal, del ideal del yo, o del yo, creo que eso depende en gran medida de la conformación emocional y la trama semiótica que predomine en la modalidad de transmisión de legalidades que ejerzan los padres, en general y en cada situación en particular.
Una posible transmisión de la moral ocurre al someter por temor, al castigo o la perdida de amor, a un yo aún débil, a la exigencia de controlar por sus propios medios las pulsiones, sean éstas sexuales o agresivas, dejándolo ante su única opción posible: la represión. Un mecanismo inconsciente,
automático y excesivo que debilita al yo y lo enajena de la potencia pulsional. Más tarde, como dice Freud en “Análisis de la fobia de un niño de cinco años” (1909) y vuelve a plantear en “La represión” (1915), al contar con la fortaleza de un yo consolidado, podrá apelar a un medio “más mesurado y
dirigido a una meta, con auxilio de las instancias anímicas superiores; en una palabra: sustituye la represión por el juicio adverso (Verurteilung)” (Freud 1909). Un “sustituto intelectual de la represión”, como también plantea en La negación (1925), procurando por su intermedio el manejo de las pulsiones, para entramar su energía con las exigencias de la cultura.
De tal manera que si en lugar de dejar al yo en constitución luchar en soledad entre los embates de la pulsión y la cultura, lo suplementamos desde el vamos, reforzando su adhesión al juicio adverso, se podrían evitar represiones.
Más allá del levantamiento de represiones, será función del trabajo en transferencia la construcción, ahora sí por intermedio del juicio adverso, de nuevas tramas de representación que hagan posible la integración de las pulsiones en proceso de desrepresión y reconocimiento, enriqueciendo así al
preconsciente y fortaleciendo al yo al permitirle una mayor armonía, aunque inestable y siempre conflictiva, con las exigencias del ideal.
Pero la disyuntiva entre la represión y el “manejo” de las pulsiones es un tema complejo, más en la línea del superyó y la conciencia moral, que requiere un tratamiento específico ajeno al presente texto. En el que en realidad me dispongo a reflexionar sobre la renuncia por amor mencionada por
Nunberg, a la que considero como la piedra angular de la ética del semejante.
La transmisión de legalidades es un aspecto central de la función parental, desde que asoma el más incipiente germen de preocupación por el semejante, su destino se juega en los intercambios del vínculo de crianza. Es en esos primeros tiempos del surgimiento del otro, cuando Winnicott plantea la presencia de dos representaciones diferentes de la madre, con las que el bebé procesa los intercambios.
Los primeros indicios de sí mismo los encuentra el bebé en la mirada que le da origen, la subjetividad propia nace y se construye en el adentro-afuera de otra subjetividad, la de un semejante, una profundidad que aloja, que significa.
Casi indiferenciada en el inicio, irá adquiriendo espesor y autonomía de otredad en el mismo devenir en el que se condensa el yo y se construye la realidad. Esa es para Winnicott la madre-medio-ambiente. Algunos otros autores como Daniel Stern, o Jessica Benjamin en la actualidad, también
consideran que la capacidad de reconocer a la madre como sujeto, comienza a desarrollarse como tal desde el nacimiento.
Por otro lado, el objeto de la voracidad, destruido en las fantasías predatorias del amor-odio primitivo, objeto parcial de la pulsión, es la madre-objeto para Winnicott. La frustración, otro inevitable protagonista del intercambio, será Management, es el término usado por Winnicott también causa de mociones agresivas que tomarán forma de acciones corporales o fantasías destructivas.
Dos diferentes modalidades de relación, dos aspectos de la crianza, dos corrientes de la experiencia que se mantienen separadas, dos bebés.
Ésta no integración primaria, le permite la despreocupada destrucción del objeto de la pulsión, sin que esto en nada afecte a los intercambios amorosos en que se sostiene su ser.
La paulatina integración del yo, correlativa a la del objeto, avanza en la posibilidad de reconocer como propias emociones diferentes y hasta opuestas, dando origen a la ambivalencia. El bebé se percata de que el objeto al que destruye excitado bajo el gobierno de las pulsiones del ello, es el mismo en el que se reconoce y sostiene su yo en los intervalos tranquilos.
Comienza la “fase de preocupación” por el otro, concern para Winnicott, traducida también como inquietud, ahora siente que la suerte de la madre le concierne. Una nueva necesidad del yo entra en juego en los intercambios, los enriquece y hace más complejos, preludio del cuidado hacia el
semejante, fundamento de una ética posible derivada del amor.
Pero la aparición de tal capacidad no basta, su destino dependerá de la empatía con que se la aloje ofreciéndole ligadura. La inquietud por el daño propiciado, culpa en suspenso, queda expectante hasta que alguna manifestación del bebé sea recibida con interés y gratitud por parte de la mamá. Sentirá entonces que tiene algo valioso para ofrecer. La agradecida receptividad hacia el gesto del bebé, aumenta en éste la confianza en la potencia reparadora de su creatividad. Confianza en la primacía del amor que disipa la culpa y le permite integrar la destructividad como un
ingrediente habitual del intercambio. Destrucción y creatividad, o agresión y reparación constituyen una unidad en la que cada término cobra sentido en función de su opuesto.
De no existir en cambio una figura estable, capaz de recibir y significar el gesto reparador, se da una forma particular de desamparo. Ya se deba a una carencia estructural de la madre, a su estado depresivo o de angustia, la falta de disponibilidad emocional materna incrementa la inquietud, y al hacerse insoportable, la agresión antes dirigida al objeto, tomada por el superyó, se vuelve contra el yo transformada en sentimiento inconsciente de culpa. Otra alternativa de defensa más extrema y
primitiva, es la escisión en vías separadas del amor y el odio, con la consiguiente proyección en objetos idealizados o persecutorios como una forma de neutralizar la destrucción. Al disolverse la integración, la ambivalencia desaparece, y con ella la incipiente preocupación por el otro.
El amor pierde parte de su valioso componente agresivo y el odio se hace más disruptivo.
Pero si bien la piedra angular de la construcción ética comienza en ese momento princeps de la integración del yo y del objeto, su desarrollo y consolidación ocurre en el seno de la relación intersubjetiva con los adultos a cargo durante toda la infancia. A partir de la progresiva
descomposición de la trama familiar y comunitaria de la que hablan los autores citados más arriba, con abundancia de mujeres solas a cargo de sus hijos, sin entorno continente y con fuertes exigencias culturales, se genera una sobrecarga que corroe la disponibilidad emocional necesaria para cultivar el intercambio subjetivo en la crianza. Ante la imposibilidad de responder a las
demandas del chico, suele ser un recurso habitual ponerlo frente a una pantalla, con lo que tempranamente comienza a operar la entrega pasiva a la seducción de la imagen, en detrimento del espesor subjetivo que propicia en el chico la experiencia irremplazable de jugar con un adulto. También el juego en soledad o con otros chicos es una capacidad que se adquiere a través de la internalización de la presencia de un adulto disponible. Esta doble consideración del otro, como objeto y como sujeto, continúa vigente y en tensión reciproca durante toda la vida, tampoco es siempre sencillo diferenciarlas. La preponderancia relativa de cada una de estas modalidades, es sumamente variable en toda relación al semejante. Si la escisión entre ellas es muy marcada debido a carencias tempranas, es probable que en momentos de mucha tensión, resurjan modalidades
paranoides de manejo de la ansiedad, en las que el otro pase a ser el objeto culpable del dolor y destino del odio.
Nunca atendí a un golpeador, pero sí a una mujer victima de maltratos. La brutal disociación entre el trato considerado, amoroso y hasta romántico que recibía de su marido a veces, y el maltrato moral y físico del que era objeto cuando lo desbordaba la ira por causas banales de variado origen, la mantenía presa de un estado de confusión desde el que le resultaba imposible separarse.
Decía siempre que era como vivir con dos hombres diferentes, con uno se sentía necesitada y hasta amada por él, con el otro, una porquería despreciable, torpe e inútil. Decidía dejarlo con cada episodio de maltrato, para comprobar luego que le era imposible prescindir del otro, desvalido y amoroso. Recién pudo hacerlo cuando logró convencerse de que no eran dos, sino uno y el
mismo. Proceso realizado sobre la resignificación de la imagen de una madre border que alternaba sin escala entre el amor y el odio. De la solicitud y el cariño, pasaba sin más a la intolerancia y la irritación. Recién en la pubertad pudo relacionar el repentino rechazo intermitente de su madre con los malos humores de su papá. Ya adulta, en el intento de aferrarse a la madre empática tendía a negar o minimizar los abusos de su pareja.
Con el avance del capitalismo parece expandirse solo la tendencia a tomar al otro como un objeto, ya que es cada vez más común considerar la subjetividad del consumidor, cliente o votante, al solo efecto de manipularlo en pos de la más descarnada satisfacción pulsional, con una alarmante pérdida de la consideración ética hacia el semejante a nivel planetario.
Como práctica intersubjetiva, el psicoanálisis convive con la ética, y con frecuencia dialoga con sus fundamentos. La doble condición del analista como sujeto que sostiene el campo transferencial y como objeto pantalla que llama a la pulsión, actualiza el vinculo originario en el que se gesta la
consideración hacia el semejante.
Justamente, los pacientes con deudas en su completamiento narcisista y los niños, es con quienes más se evidencia esta doble faz del analista. Alguno protestará interminablemente por lo inútil que le resulta venir a sesión, pero seguirá viniendo religiosamente. Otro manifestará lo indispensable y
fundamental de la terapia, pero faltará con llamativa frecuencia. También está el que falta dos sesiones seguidas para llamar luego a las dos de la madrugada desollado de angustia, calmándose al escuchar la voz. O el que intenta modificar o transgredir el encuadre como ejercicio permanente. Los más graves jugarán la ficha del suicidio como una espada de Damocles que no dejará descansar al terapeuta hasta que el bebé crezca lo suficiente. Todos ellos necesitan que el analista sobreviva, que soporte los embates como objeto, y que colabore con la comprensión como sujeto, sosteniendo el encuadre y sin abandonar la función analítica.
La mera apelación a otro en pos de escucha, admiración o cariño, no implica necesariamente que se lo considere en su condición de otredad. Como objeto de demanda puede ser depositario de un manojo de proyecciones que obturen el enigma y eviten el cuestionamiento de sí mismo que el otro significa siempre para el yo. Desde ya que ocurre lo mismo con frecuencia, del lado del que otorga. Muchos intentos de ayuda ocultan en su ropaje la daga de la cosificación del asistido. Beneficencia al estilo de las antiguas damas, políticos que reparten colchones en las villas antes de las elecciones, y diferente formas de publicidad o lucimiento personal.
Los chicos vienen a sesión a jugar, dentro de los límites de su dominio todo es posible, la omnipotencia, el sadismo, el maltrato, hasta el asesinato.
Sin ninguna ley moral que lo regule, el conflicto rodará mostrando sus aristas. Como con los adultos, será el encuadre, representante de la realidad, siempre social, el que proteja los cuerpos y las cosas,
favoreciendo la función simbólica al impedir la descarga plena.
La virtualidad transferencial se encuentra siempre amenazada por la caída en lo concreto, en mayor medida cuanto más grave sea el paciente.
En una de las instancias más difíciles del oficio, la afectación del analista no será entonces ficcional, sino real, y su desafío consistirá en la reinstalación de la metáfora.
Algunos pacientes llegan a análisis con la capacidad para la “inquietud”, otros, solo podrán cuidar interferidos por la culpa, lo que es muy diferente. Es siempre difícil saber si lo que ocurre en un análisis se originó en su seno o es siembra de vínculos tempranos. Lo indudable es que a veces se ven aparecer en su transcurso los primeros retoños de preocupación por el semejante. Y no a partir de una norma moral propuesta por el terapeuta, sino por un camino casi inverso, muy claro en
la clínica con chicos. Al ofrecer un espacio al margen de la realidad, en el que las pulsiones no rechazadas ni censuradas, puedan encontrar formas para figurarse, su virulencia se irá aplacando en el proceso de ligadura y significación, hasta que, en la mayoría de los casos llega un momento, con
frecuencia claramente identificable, en el que se hace presente la preocupación y el cuidado hacia el terapeuta. Mas relacionado con la gratitud que con el temor o la culpa.
Es en los momentos críticos, en los que impera el miedo y la incertidumbre, cuando más se pone a prueba la capacidad para sentirse implicado en la suerte del semejante, y en ello se juega el destino colectivo. Desde ya que se trata de escenarios complejos en los que las ideologías misturadas con intereses se disputan el sentido común, pero creo que un aspecto esencial del derrotero final, se juega en la intimidad de los vínculos primarios. Y no se trata de un asunto privado, sino que eminentemente público, que como tal, requiere del compromiso estatal a largo plazo, de políticas económicas, de salud, de empleo y educación, tendientes a proteger la matriz de la que en gran medida depende nuestro futuro como sociedad.

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