Crónica de un ejercicio de escritura. Otras migraciones

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por Cintia Dafond

Crónica de un ejercicio de escritura
Otras Migraciones
Cintia Dafond

cdafond@yahoo.com.ar

En este tiempo turbulento y extraño me pareció oportuno compartir la crónica de un ejercicio
de escritura en el que puse a trabajar algunas preguntas sobre la espiritualidad y la migración de la
mano de los escritores Henry D. Thoreau y Jack Kerouac y entrelazadas con vivencias personales.
Articularé así entre épocas distintas interrogantes semejantes referidos a la búsqueda del sentido
del vivir.

Introducción

El pasado noviembre estaba cerrando un ciclo de lecturas sobre dos autores representativos
de ideales de mi juventud y me interesé por las inclinaciones que los movían hacia rendir culto al
universo de la naturaleza, al universo cósmico y hacia la crítica al sistema social.
Tanto Henry Thoreau como Jack Kerouac buscaron la experiencia de copertenencia entre esos
universales y el ser. Fueron buscadores del sentido del vivir puesto en relación a valores
trascendentes e hicieron de sus búsquedas una forma de vida migrante.
Entonces me pregunté por la espiritualidad, por su valor. Si se la podía despojar de la
perspectiva religiosa y sus instituciones y si constituye una forma de migración.
El uso habitual del término nos muestra sus ambigüedades porque lo espiritual alude tanto a
lo anímico como a lo místico, tanto a lo sensible como a lo inteligible.
Si la abordamos desde el más común de los sentidos podemos decir que cuando tomamos
noticia de la inmensidad, cuando estamos en contacto con la naturaleza y nos alejamos de las
urbanizaciones nos ponemos espirituales y reflexivos. Nos preguntamos cosas y se producen
movimientos de libre asociación significante. Ensayamos repuestas, recordamos, imaginamos, nos
proyectamos.
Cuando nos quedamos solos, cuando nos alejamos de un centro que organiza la cotidianeidad,
cuando alguien muere, cuando alguien nace, nos ponemos espirituales y experimentamos lo
anímico.
Por otro lado a las inclinaciones espirituales se las define como vías. Formas de acceso a algo
del orden de lo vivencial. Entonces, me pregunté ¿Qué es esto del camino espiritual?
Diego Sztulwark en “La ofensiva sensible” me permitió avanzar en algunos de los sentidos que
me importaban y encontré una definición que me convenció para dar un paso más. Los ejercicios
espirituales se definen como formas de vida que problematizan la existencia. Prácticas de revisión
del saber, de interrogación sobre la muerte, el deseo, el miedo, lo incambiable y en las que el
reconocimiento de la vulnerabilidad humana y del malestar en la cultura conduce a verdaderos
ejercicios, para aprender-tolerar-transformar la experiencia de vivir. Conversaciones,
meditaciones, lecturas y formas de respiración se constituyen así en búsquedas transformadoras.
Mi lectura de Sztulwark me hizo pensar nuevamente, porque ya lo había pensado antes, que
un psicoanálisis podría ser un ejercicio espiritual.
Avancemos.
El autor distingue a las formas de vida de los modos de vida. En éstos últimos la búsqueda de
satisfacción se encamina por la vía del consumo y de la adaptación al universo cultural y aquello
que no funciona hay que adaptarlo a los patrones vigentes. Por abundancia o por carencia el
consumo organiza los modos de vida. Una vía aspiracional-anímica que la publicidad se encarga de
promover para el “hallazgo de satisfacción” con una proliferación incesante de objetos y modelos
listos para consumir y a los que hay que alcanzar.
A esta altura había encontrado algunos caminos para continuar la indagación. Me quedaba el
trabajo de Jean Allouch: “El Psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual?”. Allí el autor en diálogo con
M. Foucault afirma que el psicoanálisis es una forma del saber. Ni ciencia, ni religión y, hace
corresponder en su genealogía a los ejercicios espirituales de las escuelas filosóficas antiguas. Una
forma de acceder a la verdad para el sujeto inquieto de sí. Un modo de articular sujeto y verdad en
el despliegue espontáneo del flujo asociativo pasando por otro, el maestro, un mediador de uno
consigo mismo y que, a diferencia del método intelectual, no se plantea la búsqueda de
definiciones y de la ley que las ordena, sino la producción de una experiencia transformadora en
relación con el saber.
Esta lectura abonó mi idea previa de que un análisis es un ejercicio espiritual y, que podríamos
pensar a un proceso psicoanalítico como una forma de migración del sujeto hacia lo que antes no
había sido pensado.
En enero de este año (2020) pensé en escribir algo para el Colegio problematizando estas
lecturas por el sesgo de las migraciones del sujeto, las migraciones culturales de las inclinaciones
del espíritu o la espiritualidad como una forma de migración. Titulé “otras migraciones” a mi
proceso de lectura y empecé a escribir mis notas.

Primera nota: Henry David Thoreau

Se sabe que Henry David Thoreau murió de tuberculosis en 1862, tenía 45 años. En 1845, a los
28, se retiró de la vida que llevaba en Concord, un pueblo de Massachusetts, para vivir en una
sencilla cabaña en Walden, un bosque situado en las costas del lago Walden Pond a unos 30 Km de
Boston. Allí vivió dos años, dos meses y dos días. Lo movía la búsqueda de una experiencia del vivir
que prescindiera de los modos de vida que proponía la sociedad de su época en los albores de la
industrialización norteamericana. Rechazaba ese modelo de producción de subjetividad anclada
en los sistemas de producción y reproducción donde la vida se realiza en el consumo y el trabajo.
Pensaba que el hombre, cuando se aleja de los bosques, de las montañas, de los ríos y los mares
imagina la espiritualidad fuera del espacio y del tiempo en el que vive, como perteneciente a otro
orden a una tierra lejana. Por el contrario, para él lo espiritual estaba en la naturaleza, el espacio y
el tiempo. Escribirá que la tierra es una poesía viviente donde la naturaleza muestra su vigor
inagotable que se anuncia, entre otras cosas, en la sucesión de acontecimientos que nos muestran
las modificaciones de su flora, de su fauna a lo largo de las primaveras, los veranos, los otoños y
los inviernos.
Se sabe también que fue un opositor sistemático. Sus padres lo nombraron David Henry y él se
nombró a sí mismo Henry David. Se negó a recibir el costoso diploma de Harvard confeccionado
con cuero de oveja porque rechaza que para confeccionar un diploma haya que matar a un animal.
Se opuso a aplicar el castigo corporal en su tarea docente y a pagarle impuestos a un estado que
avalaba la esclavitud. Entre otras piezas literarias, escribió “La desobediencia civil” inspiradora de
movimientos pacifistas de oposición al sistema sociocultural en el que le tocaba vivir. Fue defensor
de la independencia, la libertad individual y la dignidad en la vida social y se interesó por el
problema de la esclavitud, la explotación, el exterminio de los indios y los derechos de las mujeres.
Practicaba la introspección y la imaginación y rendía culto a la verdad alojada en la perfección de
la naturaleza. Así escribió que allí está el rostro visible de lo divino. Ese era el nombre de Dios.
“Walden. La vida en los bosques” es su testimonio de la experiencia de la vida sencilla, que
esencialmente reclama alimento, refugio, abrigo y combustible y del arte de hacerla digna en
todos sus detalles.
En esa temporalidad sin otras escansiones que las que imponían la sucesión de los soles y de
las lunas y en su actitud contemplativa, cada amanecer y cada atardecer eran verdaderas citas con
lo inmortal. Ese era el arte de hacer la vida digna en los menores detalles
En este texto también elogia la vida en soledad y escribe que estar en compañía es fuente de
cansancio y disipación, que la proximidad es desgastante y que lleva a que unos y otros se
tropiecen perdiendo el respeto mutuo. Aun así su vida no era de rotundo aislamiento, él visitaba,
era visitado. En su cabaña había tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad y tres para la
sociedad.
Su migración contracultural, en el Siglo XIX, daba la espalda al imperativo capitalista de
producir, consumir y acumular. Escribió que eso lleva al cansancio perpetuo y al
agotamiento de los recursos del planeta. Escribe en “Caminar” otra de sus piezas literarias:
“Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y
habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda
atadura mundana”… “Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en
sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse y con las
piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o
caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo”.
Me pregunté si sus argumentos fueron los de un joven pueril y rebelde, que tuvo el lujo de
migrar con el amparo de su protector, el filósofo Waldo Emerson. Pero su migración a los bosques,
su negativa a las imposiciones del modelo cultural y político de la época y su preocupación por el
cuidado de los recursos naturales dejó un legado que tuvo continuidad en los movimientos
pacifistas que encarnó el hipismo, el Mahatma Gandhi y que aún continúa vivo en los movimientos
ecologistas e indigenistas. Según Edgardo Scott, traductor de Thoreau, escritor y psicoanalista, su
pensamiento acompaña a cualquiera que no se sienta demasiado a gusto en este mundo. Una
verdadera migración cultural de su legado.

Segunda Nota: Jack Kerouac

Leyendo a Jack Kerouac avancé un siglo. Década del 50 en los EEUU. Digamos de él que
recorrió su país trabajando en múltiples empleos y que, entregado tanto a la escritura como a los
excesos, la muerte lo alcanzó a la edad de 47 años. Una corta vida. Nació el 12 de marzo de
1922 y murió el 21 de octubre de 1969.
Fue definido como “forastero de su época” ya que no se integraba a las pautas literarias ni de
los modos de vida de su origen social y familiar. Junto a otros escritores como William Burroughs,
Allen Ginsberg y Laurence Ferlinghetti participó del movimiento literario y de estilo de vida
conocido como la “generación beat” que introdujo en la juventud californiana una suerte de
renacimiento espiritual, una forma de resistencia a los imperativos de la sociedad en la que
nacieron y se desarrollaron. Jóvenes contraculturales que rechazaban las demandas del sistema y
que, a su vez, eran rechazados por el orden social dominante. Su mentada “revolución de las
mochilas”, impulsada por ideales espirituales y de resistencia al capitalismo y su lógica de
producción y consumo estaban, a diferencia de la migración de Thoreau, embebidos en los
excesos de alcohol y drogas y en una vida sexual excéntrica a las tradiciones sociales. Las
exploraciones homosexuales y del “amor libre” hacían de ellos migrantes eróticos.
Martín Santos Lafón cuando prologa “Despierta. Una vida del Buda” de Kerouac, nombra a los
beatniks como “vagabundos existenciales” porque amaban la libertad y la búsqueda del sentido de
la vida. Una oleada cultural precursora del hipismo y de movimientos pacifistas contra la guerra de
Vietnam.
Digamos también que Kerouac y Gary Snyder (otro beatnik) introdujeron el budismo en
la juventud californiana que, aunque mixturado con otras prácticas espirituales locales,
pregonó la idea de cambiar primero uno mismo para poder cambiar el mundo. En Kerouac el
discurso no estaba separado de la vida práctica, en 1956 permaneció 63 días en absoluta
soledad en la cima del Pico Desolación, en el estado de Washington, como vigía de
incendios. Meditando, contemplando, leyendo y escribiendo.
Sus biógrafos cuentan que sus novelas son fragmentos de acontecimientos de su vida
aunque metamorfoseados en otros nombres. Así en 1958 se publica “Los vagabundos del
Dharma” una de las piezas literarias que se desprende de esa experiencia en la montaña.
Ray Smith, su protagonista, sosias de Kerouac y cuya edad no podemos precisar, es joven y
deambula. De Los Ángeles a Santa Bárbara, de San Francisco a North Caroline. Viaja en trenes de
carga, en camiones o en autos. Haciendo “dedo” o “colándose”. Conversando largo con cada
compañero de ruta y deteniéndose en un pueblo, en una playa, en cabañas de paso o de amigos
que lo alojan. Pasando de un lugar a otro y practicando meditación budista hace un verdadero
ejercicio espiritual de reflexión sobre sí mismo, la sociedad y el universo. Esa es la novela.
La trama es espacial y geográfica. Ray es un vagabundo de la vía espiritual. Contemplación,
meditación, conversación y encuentra en Japhy Ryder, otro vagabundo espiritual, al maestro que
lo inicia en su partida hacia la máxima experiencia de soledad que podamos imaginar en la cima de
una montaña durante 90 días. Donde se hace testigo, lo cito: “del giro completo de noventa soles
y la experiencia sublime de la cercanía con Dios”.
De allí, esta viñeta: “¿Quién es capaz de romper las ataduras del mundo y sentarse “conmigo”
entre las blancas nubes? Dentadas crestas siempre nevadas, bosques en sombríos
barrancos….hojas que empiezan a caer en agosto… Ser un poeta, un hombre de montaña, un
budista dedicado a meditar sobre la esencia de todas las cosas. Escuchar la voz de la espesura, el
éxtasis de las estrellas. Allí arriba, más allá del resplandor anaranjado de la hoguera, se veían
inmensos sistemas de incontables estrellas…Inconmensurable para el entendimiento humano,
todo frío, todo azul”.
Estos vagabundos existenciales veían en las familias de clase media, de la California de 1955,
una miserable civilización sin expresión. En sus casas con jardín y con televisores en todas las
habitaciones, todos pensando en las mismas cosas y mirando las mismas cosas….Entregados a
consumir todo lo que no necesitaban, presos de un sistema de trabajo y de producción. Consumo,
trabajo, producción. Una civilización que permanecía impávida ante lo verdadero. Y ¿qué era lo
verdadero? Que el camino va hacia la muerte, que el rostro cubre al esqueleto por el tiempo que
dura la vida, ese país extranjero, en el que se está de paso. Este horizonte de la finitud debería
conducir a la conciencia de pertenecer a esa otra escena: la eternidad.
Apunté finalmente que tanto Thoreau como Kerouac sufrieron tempranos encuentros con la
experiencia de la muerte. Cada uno sufrió la de su hermano. Siendo muy joven el primero y
apenas de 9 años el otro. Se dice de ambos que los atraía el Oriente, representación de lo
misterioso, de lo más originario de la tierra.
Hasta aquí habían llegado mis notas pero tenía que señalar también que Thoreau murió de
tuberculosis y Kerouac de una grave cirrosis desencadenada por su adicción al alcohol que
acompañó su compulsión a fumar y a escribir.

Tercera Nota: Los poderes superiores

Llegó febrero y nos fuimos de viaje. A las sierras. Me llevé mis libros. Nos alojamos en una
cabaña en un camino ni urbano, ni turístico, al cerro Champaquí. Mucho silencio. Los soles y las
lunas. El calor agobiante que nos impedía caminar y subir las cuestas. Las noches que traían el
alivio y su envolvente y oscuro silencio.
Una de esas noches atravesamos en auto el camino de regreso a nuestra cabaña en medio de
una tormenta feroz. El agua anulaba cualquier visibilidad del camino. Los relámpagos iluminaban
las sierras. Imponentes. Incólumes.
A partir de ese momento se llenaron los arroyos y las ranas croaban en las “hasta ayer”
silenciosas noches. Varias veces recordé a Thoreau y mirando al Champaquí pensé en la
inimaginable soledad de Kerouac en la cumbre del Pico Desolación. Cuando la naturaleza se
impone también provoca desamparo e incertidumbre. Recordé mi casa, la ciudad en la que vivo,
las comunicaciones al alcance de la mano, las calles asfaltadas, la gente, la polución y la
contaminación sonora. ¿Ellas eran, entonces, la paradójica protección a la que estaba
acostumbrada?
Regresamos a Buenos Aires, que de aires buenos no tiene nada, y a los pocos días, volví a
viajar hacia la playa. Un verdadero retiro al mar y al bosque. Siempre acompañada por mis libros,
mucho silencio y nada de medios de comunicación ni periódicos on line.
¿Del Covid-19? Sí, sabía…el mercado de Wuhan había sido el foco de aparición del extraño
virus. Eso sucedía lejos de casa.
El 8 de marzo regresé a Buenos Aires desde la paz de los bosques y me reuní en una mesa de
amigos. Entre ellos había una médica. La larga conversación me puso en sintonía con la “realidad”
del virus de Wuhan, el virus migrante. Ya instalado en Italia, que en España, que iba a llegar… Que
las medidas preventivas… Que el problema es que los sistemas sanitarios colapsan.
Y yo… empecé a regresar de mis países literarios…y de mis preguntas por la espiritualidad.
Al día siguiente recibí a cada uno de mis pacientes con el protocolo de prevención. Antes de
comenzar o en el primer borde de la sesión les propuse hablar unos segundos del virus y de las
medidas de protección que íbamos a implementar. Los proveo de elementos para sus manos antes
de entrar al consultorio y de los necesarios para higienizarse al salir después de atravesar
ascensores y porteros eléctricos. Luego de pasar por ese borde las sesiones entraban en los
carriles del trabajo analítico.
Observé que los jóvenes no le daban mucha importancia a la existencia del virus ni lo habían
tenido en cuenta. Algunos habían estado recientemente en fiestas multitudinarias aunque
ninguno llegado de otro país. Los padres de hijos escolarizados tenían un registro más sintonizado
con la situación. De hecho el siguiente lunes 16 se suspendieron las clases.
El virus avanzaba. En el planeta y en mi cabeza. Mis amigos italianos en cuarentena, un sobrino
recién llegado a Barcelona en cuarentena. Planificados viajes familiares empezaban a suspenderse.
Y así apareció el significante horroroso: “Pandemia”.
El jueves de la semana siguiente, 19 de marzo, el Presidente de la Nación decretó el
Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en nuestro país. Tan sólo un día antes había empezado
a trabajar de manera remota con los pacientes en análisis porque después de haberlos recibido
poco más de una semana con el protocolo preventivo, atravesado pasillos y ascensores para volver
a casa, la calle me producía una ansiedad que resolví enfrentar de otro modo. La mañana del
jueves 19 me comuniqué con la única paciente que iba a recibir esa tarde en el consultorio. Con
los demás ya habíamos acordado sesión telefónica. A ella la llamé esa mañana y me dijo que
estaba por hacerlo con el mismo propósito. Desde ese día el consultorio migró a mi casa.
Esa franja de los finales de marzo fue donde más claramente se impuso lo caótico, lo
impensado, lo raro, lo extraño en la familiaridad de mi ciudad y de mi barrio. Cada cosa que
ingresaba a la casa pasaba por un proceso de “sanitización”. Me encontré recordando el croar
incesante de las ranas y me dije: lo prefiero. ¡Lo que hubiera dado por estar en los alejados
caminos de las sierras o en los más cercanos bosques de las playas del Atlántico! El miedo me
asaltó, imaginé muertes y hambrunas, paisajes urbanos desolados. Me asaltaron imágenes
residuales de “El país de las últimas cosas” una novela de Paul Auster que ilustra lo que mi mente
alborotada pensaba. Recordé un cuento de Bradbury que leí en la más tierna juventud. Un hombre
que recorre una carretera desolada, atravesando pueblos desolados. Corre buscando localizar un
timbre telefónico que suena sin parar en el silencio del día con la expectativa de que alguien,
además de él mismo, hubiera sobrevivido al desastre.
Entonces busqué una breve nota de periódico que recorté el 13 de marzo y que guardé entre
mis libros por su resonancia con una perspectiva de la espiritualidad, con aquella investigación que
me había propuesto en enero. Su título: “El rezo”. La imagen mostraba a un hombre en cuclillas,
con la cabeza inclinada frente al mar, hundiendo un ramo de flores en la arena de una playa de
Japón. Allí, nueve años atrás, hubo un terremoto y un tsunami, una central nuclear resultó
afectada, miles de personas desaparecidas, algunas fallecieron otras quedaron inmersas en una
desolación sin nombre. El texto decía: “Quizá siempre se trate de esto. Atravesar el desastre,
recordarlo, seguir adelante… En breve la pleamar se llevará su ofrenda. Un hombre frente a la
respiración del océano, un ir y venir que repara, sostiene y acompaña los ciclos de los seres que
crecen a su vera. Y que a veces, impiadoso, se encabrita y muestra sus fauces”. El camino de la
espiritualidad parecía, en esta viñeta, invitar a la conciencia de una eternidad que nos excede
como individuos pero que nos aloja a todos desde el origen de los tiempos. También invitaba a un
culto a la memoria.
El breve texto me mostró, otra vez, la doble cara de la naturaleza. La que brinda el sosiego-
fusión con la maravilla y belleza de lo eterno y, la cara del desamparo más absoluto. Experiencias
buscadas tanto por Thoreau en los bosques sin tiempo escandido, como por Kerouac rompiendo
las ataduras mundanas e invitando a sentarse con él entre las blancas nubes en la cima de una
montaña.
Romain Rolland le propuso a Freud que la fuente genuina de la religiosidad era la experiencia
subjetiva de unidad con el cosmos. Sensación de eternidad o sentimiento oceánico que, en todo
caso, los sistemas religiosos captan orientándolos por determinados canales. Rolland diferencia así
la experiencia subjetiva que es fuente de la religiosidad de la religión como institución. Para Freud
ese sentimiento deriva del desamparo infantil y una intensa añoranza del padre. Implicando allí
una regresión defensiva.
Pero dejando en suspenso esta discusión, lo interesante es que también señala Freud que
ciencia-arte y religión son compatibles entre sí en cuanto a su valor vital. “Quién no tenga ciencia o
arte que tenga religión”. Escribió en “El Malestar en la cultura”: el plan de la creación, no contiene
la dicha, son necesarias las construcciones auxiliares pero no se ocupó de la espiritualidad que en
tanto búsqueda e investigación del sentido del vivir podría ser una forma de sublimación.
Por mi parte volví a enfocarme en la perspectiva más próxima del mundo. El teléfono ardía de
mensajes vinculados a la pandemia y a la cuarentena. No me alcanzaba el tiempo para leerlos a
todos y ocuparme de las tareas que pese al caos me reclamaban. Pero el que me llegó de un amigo
me hizo detener emocionada ante las líneas de Freud en la carta que le envía a Max el esposo de
su fallecida hija Sophie, víctima de la pandemia de gripe española que asoló a Europa desde 1918.
Me quedé releyendo varias veces: “ha sido un acto brutal y absurdo del destino, algo acerca de lo
cual no podemos protestar ni cavilar, sino sólo bajar la cabeza, como pobres desvalidos seres
humanos con los que juegan los poderes superiores”. Pensé en una serie significante. Lo real-Dios-
La naturaleza. Quise preguntarle a Freud: ¿qué son los poderes superiores?
Por suerte me fui aquietando. En buena medida por la vivencia de lo que continuaba
permaneciendo: el transcurrir de los días, la de los ritmos cotidianos, las presencias de mis
próximos, muchas conversaciones sobre lo incierto e introspecciones necesarias.
El viernes 17 de abril, a casi un mes de permanecer en la protección del aislamiento preventivo
y obligatorio, en el alivio que brinda la sensación de estar protegido, asisto a la teleconferencia de
Franco “Bifo” Berardi. Mientras lo escucho no dejo de pensar en el Thoreau del SXIX, en su rechazo
a la industrialización, en sus advertencias sobre las consecuencias para la vida del planeta y de sus
habitantes. Recuerdo una línea: la vida esencialmente reclama alimento, refugio, abrigo,
combustible y el arte de hacerla digna en los menores detalles.
Dijo Berardi que el virus COVID-19 pegó con mucha fuerza en las zonas más industrializadas. Es
decir donde hay mayor polución y aceleración de los ritmos físicos y psíquicos. Como si los
pulmones y los nervios de sus habitantes fueran más débiles. Que esta crisis global exige a la
humanidad reconfigurar la escala de valores, acciones y relaciones. Que es necesaria una vuelta a
la frugalidad. Atender a la sanidad, a la contaminación, al cuidado del planeta.
Entonces pensé que este extraño, el COVID-19, vino a interrogarnos. Vino a mostrar de un
modo masivo y global nuestra vulnerabilidad. Quizás a exigirnos un verdadero, colectivo e
individual ejercicio espiritual que revise nuestros modos de vida, que vuelva a interrogar el sentido
de vivir y de desear poniéndonos frente al horizonte de la finitud. Entonces, quizás estábamos
frente a una oportunidad.
Finalmente llegó el momento de concluir mi propia migración entre lecturas y vivencias y
retener algunos ejes para continuar la indagación.
La espiritualidad parte tanto del reconocimiento de la vulnerabilidad humana como del de la
existencia de lo indominable: los poderes superiores.
Conduce a prácticas de interrogación abierta en cuanto al sentido del vivir. Así, los ejercicios
espirituales son vías, vehículos, para tolerar-transformar-saber hacer, con la doble condición
recién señalada. Nuestra condición de copertenencia al orden del empuje pulsional y al orden del
vigor inagotable e indominable de la naturaleza.
Algunas de esas prácticas constituyen ritos de culto a la memoria entre los que podemos ubicar el
rezo y la ofrenda pero no necesariamente a la religión. El psicoanálisis concebido como práctica
puede ser un ejercicio espiritual.
Thoreau y Kerouac fueron migrantes. Se descentraron del modelo cultural en el que nacieron y
dejaron sus huellas en otros movimientos contraculturales. Ambos buscaron respuestas en la
inmersión en la naturaleza, como ejercicio espiritual. Para Thoreau la naturaleza es un “vigor
inagotable, una poesía viviente”. Para Kerouac “lo inconmensurable para el entendimiento
humano”. Rostro de lo divino para ambos.
Para Freud, los poderes superiores que juegan con los “pobres desvalidos seres humanos”.

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