Crónica de un ejercicio de escritura. Otras migraciones

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por Cintia Dafond

cdafond@yahoo.com.ar

En este tiempo turbulento y extraño me pareció oportuno compartir la crónica de un ejercicio de escritura en el que puse a trabajar algunas preguntas sobre la espiritualidad y la migración de la mano de los escritores Henry D. Thoreau y Jack Kerouac entrelazadas con vivencias personales. Articularé así entre épocas distintas interrogantes semejantes referidos a la búsqueda del sentido del vivir.

7 de mayo de 2020

Introducción

 El pasado noviembre, concluyendo un ciclo de lecturas sobre dos autores icónicos de ideales de mi juventud, me interesé por investigar sus inclinaciones hacia la inmersión activa en el universo de la naturaleza y el cosmos y hacia la crítica del sistema social.

 Henry Thoreau y Jack Kerouac buscaron la experiencia de co-pertenencia entre esos universales y el ser. Fueron buscadores del sentido del vivir en relación a valores trascendentes y devaluados en los modelos de vida propuestos por el sistema social. Ellos hicieron de sus búsquedas una forma de vida migrante.

Entonces entendí sus inclinaciones como espirituales y me propuse indagar este concepto. ¿Cómo definir la espiritualidad, su sentido, su valor? ¿Sería posible pensarla sin la religión y sus instituciones? ¿Constituye una forma de migración?

 El uso habitual del término nos muestra sus ambigüedades. Lo espiritual alude tanto a lo anímico como a lo místico, tanto a lo sensible como a lo inteligible. Si la abordamos desde el más común de los sentidos podemos decir que cuando tomamos noticia de la inmensidad, cuando estamos en contacto con la naturaleza y nos alejamos de las urbanizaciones nos ponemos espirituales y reflexivos. Observamos el transcurso de nuestras vidas. Nos preguntamos cosas y se producen movimientos de libre asociación significante. Ensayamos respuestas, recordamos, imaginamos, nos proyectamos.

Cuando nos quedamos solos, cuando nos distanciamos de un núcleo de sentido que organiza la cotidianeidad, cuando alguien muere, cuando alguien nace, ponemos en valor aspectos de la existencia opacados en los automatismos cotidianos.

 Sabía que a las inclinaciones espirituales, cuyo campo pretendía indagar, se las suele definir como vías. Caminos hacia experiencias y vivencias con potencial transformador.

 Diego Sztulwark en “La ofensiva sensible” me permitió avanzar en algunos de los sentidos que me importaban. Los ejercicios espirituales se vinculan allí a la filosofía como forma de vida. Prácticas de problematización de la existencia, de revisión del saber, de interrogación sobre la muerte, el deseo, el miedo, lo incambiable y en las que el reconocimiento de la vulnerabilidad humana y del malestar en la cultura conduce a verdaderos ejercicios, para aprender-tolerar-transformar la experiencia de vivir. Conversaciones, meditaciones, lecturas y formas de respiración se constituyen así en búsquedas que en sí mismas son transformadoras.

Mi lectura de Sztulwark me hizo pensar nuevamente, porque ya lo había pensado antes, que un psicoanálisis podría pensarse como ejercicio espiritual.

Avancemos.

El autor distingue a las formas de vida de los modos de vida. La subjetividad atrapada en los modos de vida se encamina por la vía del consumo y de la adaptación al universo cultural con sus imperativos de éxito. El desajuste del sujeto es un factor a resolver para que las cosas funcionen. No hay lugar para el síntoma. Por abundancia o por carencia el consumo organiza los modos de vida. Una vía aspiracional-anímica que la publicidad se encarga de promover para el “hallazgo de satisfacción” en una proliferación incesante de objetos y modelos listos para consumir y a los que hay que alcanzar.

A esta altura había encontrado algunos caminos para continuar la indagación sumando un trabajo de Jean Allouch: “El Psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual?”. Allí el autor en diálogo con M. Foucault afirma que el psicoanálisis es una forma del saber. Ni ciencia, ni religión y, hace corresponder en su genealogía, a los ejercicios espirituales de las escuelas filosóficas antiguas. Una forma de acceder a la verdad para el sujeto inquieto de sí. Un modo de articular sujeto y verdad en el despliegue espontáneo del flujo asociativo pasando por otro, el maestro, un mediador de uno consigo mismo y que, a diferencia del método intelectual, no se plantea la búsqueda de definiciones y de la ley que las ordena, sino la producción de una experiencia transformadora en relación con el saber.

 La lectura de Allouch abonó mi idea previa del psicoanálisis como ejercicio espiritual y entonces poder pensar al proceso psicoanalítico como una forma de migración del sujeto por la vía de la experiencia de un análisis hacia lo que antes no había sido pensado ni experimentado.

 En enero de este año (2020) pensé en problematizar estas lecturas por el sesgo de las migraciones del sujeto, las migraciones culturales de las inclinaciones del espíritu o la espiritualidad como una forma de migración. Titulé “otras migraciones” a este proceso de lectura y empecé a escribir mis notas.

Primera nota: Henry David Thoreau

Se sabe que Henry David Thoreau murió de tuberculosis en 1862, tenía 45 años. En 1845, a los 28, se retiró de la vida que llevaba en Concord, un pueblo de Massachusetts, para vivir en una sencilla cabaña en Walden, un bosque situado en las costas del lago Walden Pond a unos 30 Km de Boston. Allí vivió dos años, dos meses y dos días. Lo movía la búsqueda de una experiencia del vivir que prescindiera de los modos de vida que proponía la sociedad de su época en los albores de la industrialización norteamericana. Rechazaba ese modelo de producción de subjetividad anclada en los sistemas de producción y reproducción donde la vida se realiza en el consumo y el trabajo. Pensaba que el hombre, cuando se aleja de los bosques, de las montañas, de los ríos y los mares imagina la espiritualidad fuera del espacio y del tiempo en el que vive, como perteneciente a otro orden, a una tierra lejana. Por el contrario, para él lo espiritual estaba en la naturaleza y en la forma de apropiarse del espacio y del tiempo. Escribirá que la tierra es una poesía viviente donde la naturaleza muestra su vigor inagotable que se anuncia, entre otras cosas, en la sucesión de acontecimientos que nos muestran las modificaciones de su flora, de su fauna a lo largo de las primaveras, los veranos, los otoños y los inviernos.

Se sabe también que fue un opositor sistemático. Sus padres lo nombraron David Henry y él se nombró a sí mismo Henry David. Se negó a recibir el costoso diploma de Harvard confeccionado con cuero de oveja y en ese acto rechazó que la muerte de los animales tuviera fundamento para hacer objetos superfluos. Se opuso a aplicar el castigo corporal en su tarea docente y a pagarle impuestos a un estado que avalaba la esclavitud. Entre otras piezas literarias, escribió “La desobediencia civil” inspiradora de movimientos pacifistas de oposición al sistema sociocultural en el que le tocaba vivir. Fue defensor de la independencia, la libertad individual y la dignidad en la vida social y se interesó por el problema de la esclavitud, la explotación, el exterminio de los indios y los derechos de las mujeres. Practicaba la introspección y la imaginación y rendía culto a la verdad alojada en la perfección de la naturaleza. Así escribió que allí está el rostro visible de lo divino. Ese era el nombre de Dios. “Walden. La vida en los bosques” es su testimonio de la experiencia de la vida sencilla, que esencialmente reclama alimento, refugio, abrigo y combustible y del arte de hacerla digna en todos sus detalles.

En esa temporalidad sin otras escansiones que las que imponían la sucesión de los soles y de las lunas y en su actitud contemplativa, cada amanecer y cada atardecer eran verdaderas citas con lo inmortal. Ese era el arte de hacer la vida digna en los menores detalles

 En este texto también elogia la vida en soledad y escribe que estar en compañía es fuente de cansancio y disipación, que la proximidad es desgastante y que lleva a que unos y otros se tropiecen perdiendo el respeto mutuo. Aun así su vida no era de rotundo aislamiento, él visitaba, era visitado. En su cabaña había tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad y tres para la sociedad.

 Su migración contracultural, en el Siglo XIX, daba la espalda al imperativo capitalista de producir, consumir y acumular. Escribió que eso lleva al cansancio perpetuo y al agotamiento de los recursos del planeta. Escribe en “Caminar” otra de sus piezas literarias: “Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana”… “Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse y con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo”.

 Me pregunté si sus argumentos fueron los de un joven pueril y rebelde, que tuvo el lujo de migrar con el amparo de su protector, el filósofo Waldo Emerson. Pero su migración a los bosques, su negativa a las imposiciones del modelo cultural y político de la época y su preocupación por el cuidado de los recursos naturales dejó un legado que tuvo continuidad en los movimientos pacifistas que encarnó el hipismo, el Mahatma Gandhi y que aún continúa vivo en los movimientos ecologistas e indigenistas. Según Edgardo Scott, traductor de Thoreau, escritor y psicoanalista, su pensamiento acompaña a cualquiera que no se sienta demasiado a gusto en este mundo. Una verdadera migración cultural de su legado.

Segunda Nota: Jack Kerouac

Leyendo a Jack Kerouac avancé un siglo. Década del 50 en los EEUU. Digamos de él que recorrió su país trabajando en múltiples empleos y que, entregado tanto a la escritura como a los excesos, la muerte lo alcanzó a la edad de 47 años. Una corta vida. Nació el 12 de marzo de 1922 y murió el 21 de octubre de 1969.

 Fue definido como “forastero de su época” ya que no se integraba a las pautas literarias ni de los modos de vida de su origen social y familiar. Junto a otros escritores como William Burroughs, Allen Ginsberg y Laurence Ferlinghetti participó del movimiento literario y de estilo de vida conocido como la “generación beat” que introdujo en la juventud californiana una suerte de renacimiento espiritual, una forma de resistencia a los imperativos de la sociedad en la que nacieron y se desarrollaron. Jóvenes contraculturales que rechazaban las demandas del sistema y que, a su vez, eran rechazados por el orden social dominante. Su mentada “revolución de las mochilas”, impulsada por ideales espirituales y de resistencia al capitalismo y su lógica de producción y consumo estaban, a diferencia de la migración de Thoreau, embebidos en los excesos de alcohol y drogas y en una vida sexual excéntrica a las tradiciones sociales. Las exploraciones homosexuales y del “amor libre” hacían de ellos migrantes eróticos.

 Martín Santos Lafón cuando prologa “Despierta. Una vida del Buda” de Kerouac, nombra a los beatniks como “vagabundos existenciales” porque amaban la libertad y la búsqueda del sentido de la vida. Una oleada cultural precursora del hipismo y de movimientos pacifistas contra la guerra de Vietnam.

Digamos también que Kerouac y Gary Snyder (otro beatnik) introdujeron el budismo en la juventud californiana que, aunque mixturado con otras prácticas espirituales locales, pregonó la idea de cambiar primero uno mismo para poder cambiar el mundo. En Kerouac el discurso no estaba separado de la vida práctica, en 1956 permaneció 63 días en absoluta soledad en la cima del Pico Desolación, en el estado de Washington, como vigía de incendios. Meditando, contemplando, leyendo y escribiendo.

Sus biógrafos cuentan que sus novelas son fragmentos de acontecimientos de su vida aunque metamorfoseados en otros nombres. Así en 1958 se publica “Los vagabundos del Dharma” una de las piezas literarias que se desprende de esa experiencia en la montaña.

 Ray Smith, su protagonista, sosias de Kerouac y cuya edad no podemos precisar, es joven y deambula. De Los Ángeles a Santa Bárbara, de San Francisco a North Caroline. Viaja en trenes de carga, en camiones o en autos. Haciendo “dedo” o “colándose”. Conversando largo con cada compañero de ruta y deteniéndose en un pueblo, en una playa, en cabañas de paso o de amigos que lo alojan. Pasando de un lugar a otro y practicando meditación budista hace un verdadero ejercicio espiritual de reflexión sobre sí mismo, la sociedad y el universo. Esa es la novela.

 La trama es espacial y geográfica. Ray es un vagabundo de la vía espiritual. Contemplación, meditación, conversación y que encuentra en Japhy Ryder, otro vagabundo espiritual, al maestro que lo inicia en su partida hacia la máxima experiencia de soledad que podamos imaginar en la cima de una montaña durante 90 días. Donde se hace testigo, lo cito: “del giro completo de noventa soles y la experiencia sublime de la cercanía con Dios”.

De allí, esta viñeta: “¿Quién es capaz de romper las ataduras del mundo y sentarse “conmigo” entre las blancas nubes? Dentadas crestas siempre nevadas, bosques en sombríos barrancos….hojas que empiezan a caer en agosto… Ser un poeta, un hombre de montaña, un budista dedicado a meditar sobre la esencia de todas las cosas. Escuchar la voz de la espesura, el éxtasis de las estrellas. Allí arriba, más allá del resplandor anaranjado de la hoguera, se veían inmensos sistemas de incontables estrellas…Inconmensurable para el entendimiento humano, todo frío, todo azul”.

Estos vagabundos existenciales veían en las familias de clase media, de la California de 1955, una miserable civilización sin expresión. En sus casas con jardín y con televisores en todas las habitaciones, todos pensando en las mismas cosas y mirando las mismas cosas….Entregados a consumir todo lo que no necesitaban, presos de un sistema de trabajo y de producción. Consumo, trabajo, producción. Una civilización que permanecía impávida ante lo verdadero. Y ¿qué era lo verdadero? Que el camino va hacia la muerte, que el rostro cubre al esqueleto por el tiempo que dura la vida, ese país extranjero, en el que se está de paso. Este horizonte de la finitud debería conducir a la conciencia de pertenecer a esa otra escena: la eternidad de la que se es parte.

Apunté finalmente que tanto Thoreau como Kerouac sufrieron tempranos encuentros con la experiencia de la muerte. Cada uno sufrió la de su hermano. Siendo muy joven el primero y apenas de 9 años el otro. Se dice de ambos que los atraía el Oriente, representación de lo misterioso, de lo más originario de la tierra. Ambos asumieron un compromiso activo con su malestar en la cultura que los condujo no solo a retirarse en busca de una experiencia verdadera y conmovedora de sus existencias sino que produjeron escritura y transmisión.

Hasta aquí habían llegado mis notas. Tenía que señalar también que Thoreau murió de tuberculosis y Kerouac de una grave cirrosis desencadenada por su adicción al alcohol que acompañó su compulsión a fumar y a escribir.

Tercera Nota: Los poderes superiores. La interrupción

 Llegó febrero y nos fuimos de viaje. A las sierras. Me llevé mis libros. Nos alojamos en una cabaña en un camino ni urbano, ni turístico, al cerro Champaquí. Mucho silencio. Los soles y las lunas. El calor agobiante que nos impedía caminar y subir las cuestas. Las noches que traían el alivio y su envolvente y oscuro silencio.

Una de esas noches atravesamos en auto el camino de regreso a nuestra cabaña en medio de una tormenta feroz. El agua anulaba cualquier visibilidad del camino. Los relámpagos iluminaban las sierras. Imponentes. Incólumes.

A partir de ese momento se llenaron los arroyos y las ranas croaban en las “hasta ayer” silenciosas noches. Varias veces recordé a Thoreau y mirando al Champaquí pensé en la inimaginable soledad de Kerouac en la cumbre del Pico Desolación. Cuando la naturaleza se impone también provoca desamparo e incertidumbre. Recordé mi casa, la ciudad en la que vivo, las comunicaciones al alcance de la mano, las calles asfaltadas, la gente, la polución y la contaminación sonora. ¿Ellas eran, entonces, la paradójica protección a la que estaba acostumbrada?

Regresamos a Buenos Aires, que de aires buenos no tiene nada, y a los pocos días, volví a viajar hacia la playa. Un verdadero retiro al mar y al bosque. Siempre acompañada por mis libros, mucho silencio y nada de medios de comunicación ni periódicos on line.

¿Del Covid-19? Sí, sabía…el mercado de Wuhan había sido el foco de aparición del extraño virus. Eso sucedía lejos de casa.

El 8 de marzo regresé a Buenos Aires desde la paz de los bosques y me reuní en una mesa de amigos. Entre ellos había una médica. La larga conversación me puso en sintonía con la “realidad” del virus de Wuhan, el virus migrante. Ya instalado en Italia, que en España, que iba a llegar… Que las medidas preventivas… Que el problema es que los sistemas sanitarios colapsan.

Y yo… empecé a regresar de mis países literarios…y de mis preguntas por la espiritualidad.

Al día siguiente recibí a cada uno de mis pacientes con el protocolo de prevención. Antes de comenzar o en el primer borde de la sesión les propuse hablar unos segundos del virus y de las medidas de protección que íbamos a implementar. Los proveo de elementos para sus manos antes de entrar al consultorio y de los necesarios para higienizarse al salir después de atravesar ascensores y porteros eléctricos. Luego de pasar por ese borde las sesiones entraban en los carriles del trabajo analítico.

Observé que los jóvenes no le daban mucha importancia a la existencia del virus ni lo habían tenido en cuenta. Algunos habían estado recientemente en fiestas multitudinarias aunque ninguno llegado de otro país. Los padres de hijos escolarizados tenían un registro más sintonizado con la situación. De hecho el siguiente lunes 16 se suspendieron las clases.

El virus avanzaba. En el planeta y en mi cabeza. Mis amigos italianos en cuarentena, un sobrino recién llegado a Barcelona en cuarentena. Planificados viajes familiares empezaban a suspenderse.

 Y así apareció el significante horroroso: “Pandemia”.

El jueves de la semana siguiente, 19 de marzo, el Presidente de la Nación decretó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en nuestro país. Tan sólo un día antes había empezado a trabajar de manera remota con los pacientes en análisis porque después de haberlos recibido poco más de una semana con el protocolo preventivo, atravesado pasillos y ascensores para volver a casa, la calle me producía una ansiedad que resolví enfrentar de otro modo. La mañana del jueves 19 me comuniqué con la única paciente que iba a recibir esa tarde en el consultorio. Con los demás ya habíamos acordado sesión telefónica. A ella la llamé esa mañana y me dijo que estaba por hacerlo con el mismo propósito. Desde ese día el consultorio migró a mi casa.

Esa franja de los finales de marzo fue donde más claramente se impuso lo caótico, lo impensado, lo raro, lo extraño en la familiaridad de mi ciudad y de mi barrio. Cada cosa que ingresaba a la casa pasaba por un proceso de “sanitización”. Me encontré recordando el croar incesante de las ranas y me dije: lo prefiero. ¡Lo que hubiera dado por estar en los alejados caminos de las sierras o en los más cercanos bosques de las playas del Atlántico! El miedo me asaltó, imaginé muertes y hambrunas, paisajes urbanos desolados. Me asaltaron imágenes residuales de “El país de las últimas cosas” una novela de Paul Auster que ilustra lo que mi mente alborotada pensaba. Recordé un cuento de Bradbury que leí en la más tierna juventud. Un hombre que recorre una carretera desolada, atravesando pueblos desolados. Corre buscando localizar un timbre telefónico que suena sin parar en el silencio del día con la expectativa de que alguien, además de él mismo, hubiera sobrevivido al desastre.

Entonces busqué una breve nota de periódico que recorté el 13 de marzo y que guardé entre mis libros por su resonancia con una perspectiva de la espiritualidad, con aquella investigación que me había propuesto en enero. Su título: “El rezo”. La imagen mostraba a un hombre en cuclillas, con la cabeza inclinada frente al mar, hundiendo un ramo de flores en la arena de una playa de Japón. Allí, nueve años atrás, habían sucedido un terremoto y un tsunami, una central nuclear resultó afectada, miles de personas desaparecidas, algunas fallecieron, otras quedaron inmersas en una desolación sin nombre. El texto decía: “Quizá siempre se trate de esto. Atravesar el desastre, recordarlo, seguir adelante… En breve la pleamar se llevará su ofrenda. Un hombre frente a la respiración del océano, un ir y venir que repara, sostiene y acompaña los ciclos de los seres que crecen a su vera y que, a veces, impiadoso, se encabrita y muestra sus fauces”. El camino de la espiritualidad parecía, en esta viñeta, invitar a la conciencia de una eternidad que nos excede como individuos pero que nos aloja a todos desde el origen de los tiempos. También invitaba a un culto a la memoria por los muertos.

El breve texto me mostró, otra vez, la doble cara de la naturaleza. La que brinda el sosiego-fusión con la maravilla y belleza de lo eterno y, la del desamparo más absoluto. O, parafraseando a Pierre Hadot, la angustia terrorífica y deliciosa suscitada por la presencia del Todo y del “yo mismo” siendo en ese Todo.

Experiencias buscadas tanto por Thoreau en los bosques sin tiempo escandido, como por Kerouac rompiendo las ataduras mundanas e invitando a sentarse con él en la cima de una montaña.

 Romain Rolland le propuso a Freud que la fuente genuina de la religiosidad era la experiencia subjetiva de unidad con el cosmos. Sensación de eternidad o sentimiento oceánico que, en todo caso, los sistemas religiosos captan orientándolos por determinados canales. Rolland diferencia así la experiencia subjetiva en sí misma de su deriva posible: fuente de la religiosidad y de las religiones como institución. Para Freud el sentimiento oceánico deriva del desamparo infantil y una intensa añoranza del padre.

Pero dejando en suspenso esta discusión, lo interesante es que también señala Freud que ciencia-arte y religión son compatibles entre sí en cuanto a su valor vital. “Quién no tenga ciencia o arte que tenga religión”.

Escribió en “El Malestar en la cultura”: el plan de la creación, no contiene la dicha, son necesarias las construcciones auxiliares. Pero Freud no se ocupó de la espiritualidad que en su vertiente de búsqueda e investigación del sentido del vivir nos aproxima a la sublimación.

Por mi parte volví a enfocarme en la perspectiva más próxima del mundo. El teléfono ardía de mensajes vinculados a la pandemia y a la cuarentena. No me alcanzaba el tiempo para leerlos a todos y ocuparme de las tareas que pese al caos me reclamaban. Pero el que me llegó de un amigo me hizo detener emocionada ante las líneas de Freud en la carta que le envía a Max el esposo de su fallecida hija Sophie, víctima de la pandemia de gripe española que asoló a Europa desde 1918. Me quedé releyendo varias veces: “ha sido un acto brutal y absurdo del destino, algo acerca de lo cual no podemos protestar ni cavilar, sino sólo bajar la cabeza, como pobres desvalidos seres humanos con los que juegan los poderes superiores”. Pensé en una serie significante. Lo real-Dios-La naturaleza. Quise preguntarle a Freud: ¿qué son los poderes superiores?

Por suerte me fui aquietando. En buena medida por la vivencia de lo que continuaba permaneciendo: el transcurrir de los días, la de los ritmos cotidianos, las presencias de mis próximos, muchas conversaciones sobre lo incierto e introspecciones necesarias.

El viernes 17 de abril, a casi un mes de permanecer en la protección del aislamiento preventivo y obligatorio, en el alivio que brinda la sensación de estar protegido, asisto a la teleconferencia de Franco “Bifo” Berardi. Mientras lo escucho no dejo de pensar en el Thoreau del S XIX, en su rechazo a la industrialización, en su militancia ecologista, en su mirada sobre el planeta y sus habitantes. Recuerdo una línea: la vida esencialmente reclama alimento, refugio, abrigo, combustible y el arte de hacerla digna en los menores detalles.

Dijo Berardi que el virus COVID-19 pegó con mucha fuerza en las zonas más industrializadas. Es decir donde hay mayor polución y aceleración de los ritmos físicos y psíquicos. Como si los pulmones y los nervios de sus habitantes fueran más débiles. Que esta crisis global exige a la humanidad reconfigurar la escala de valores, acciones y relaciones. Que es necesaria una vuelta a la frugalidad. Atender a la sanidad, a la contaminación, al cuidado del planeta.

Entonces pensé que este extraño, el COVID-19, vino a interrogarnos. Vino a mostrar de un modo masivo y global nuestra vulnerabilidad. Quizás a exigirnos un verdadero, colectivo e individual ejercicio espiritual que revise nuestros modos de vida, que vuelva a interrogar el sentido de vivir y el deseo poniéndonos frente al horizonte de la finitud. Entonces, quizás estábamos frente a una oportunidad.

 Llegaba así el momento de revisar mi propia migración entre lecturas y experiencias y retener algunos ejes para continuar la indagación.

La espiritualidad parte tanto del reconocimiento de la vulnerabilidad humana como del de la existencia de lo indominable, digamos en principio, de los poderes superiores.

 Conduce a prácticas de interrogación abierta en cuanto al sentido del vivir. Así, los ejercicios espirituales son vías, vehículos, para tolerar-transformar-saber hacer, con la doble condición recién señalada. Nuestra condición de co-pertenencia al orden del empuje pulsional y al del vigor inagotable e indominable de la naturaleza, condición de nuestras existencias.

Algunas de esas prácticas constituyen ritos de culto a la memoria entre los que podemos ubicar el rezo y la ofrenda pero no necesariamente a la religión.

El psicoanálisis concebido como práctica de interrogación y elaboración del modo de existir en el mundo puede ser pensado como ejercicio espiritual.

 Thoreau y Kerouac fueron migrantes. Se descentraron del modelo cultural en el que nacieron y dejaron sus huellas en otros movimientos contraculturales. Ambos buscaron respuestas en la inmersión en la naturaleza, como ejercicio espiritual. Para Thoreau la naturaleza es un “vigor inagotable, una poesía viviente”. Para Kerouac “lo inconmensurable para el entendimiento humano”. Rostro de lo divino para ambos.

Para Freud, otro migrante cultural, la naturaleza estaría en “los poderes superiores” que juegan con los pobres desvalidos seres humanos.


[1] cdafond@yahoo.com.ar,

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