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Verdad, mentira, fantasma y desmentida en las creencias…políticas


Publicada el 21/04/2016 por Oscar Sotolano





  Verdad, mentira, fantasma y desmentida en las creencias…políticas.

 

Primero, una aclaración. Sólo de refilón diré hoy algo sobre la relación clínica y política. Saben lo que pienso. Me dediqué al tema en aquella presentación acerca de la neutralidad, la abstinencia y la implicación de hace unos años que recordó Juan Carlos el jueves pasado. Muchas veces conté situaciones clínicas que mostraban mi modo de hacer y pensar al respecto. Lo que hoy me interesa compartir con ustedes son las razones porque las que opino que si bien siempre el psicoanálisis ha tenido aportes para hacer a la comprensión de la política en general, hoy esto resulta urgente y perentorio a partir de las actuales condiciones mundiales específicas de producción de la política.

Hecha esta aclaración, se hace evidente que los temas que abarca el título rozan lo excesivo. Me obligan a transitar por cuestiones que si bien he venido trabajando, en particular los últimos 15 años, incluyen reflexiones y preguntas de toda la vida. Espero no abrumarlos y que la exposición pueda ser clara. Se hace difícil en no más de una hora (es más para un seminario que para una exposición) pero veremos si será posible.. Habrá cuestiones que están articuladas que me obligarán a remitir a otros textos. Para ordenar esta presentación, les comento que tomaré tres grandes temas que buscan dialogar entre sí. Primero, creencias, desmentida y fantasma. Segundo, la mentira. Y, tercero, las condiciones actuales de producción de la política.

 En el año 2012 presenté en el Colegio un texto que tal vez algunos recuerden, si no, está en la página, Creencia y verdad es su título, con un subtítulo en el que hacía dos preguntas ¿Cómo es que creemos en lo que creemos? ¿Por qué creemos que ello es verdad?  Intentaba  cercar allí las dificultades de la cuestión de las creencias en general, específicamente en relación a la acción de creer. Es contemporáneo de otro que está en el libro Actualidad del “Fetichismo de la mercancía”, que compila trabajos de diversos autores. Esa es mi bibliografía de inicio. En aquel trabajo apenas aludía a las creencias políticas. La perspectiva era más amplia.

 De modo más detallado (detalles de entonces que ahora es muy probable que hallen parcialmente replanteados en este resumen) planteaba que la estructura de cualquier creencia encierra una paradoja: siempre remite a una ausencia empírica y sin embargo porta una fe más o menos inquebrantable. Creemos en lo que no vemos. Podemos creer  con mayor o menor certeza, pero ¡siempre con alguna!. Un modo de decirlo sería: la incertidumbre inherente a las creencias (si no hubiera incertidumbre serían saberes, no creencias) se sostiene paradójicamente en un nivel estructural de certeza. .Argumentativamente las creencias sólo tienen valor hipotético, sólo podemos aproximarnos a ellas como conjeturas pero las vivimos como verdad absoluta. Es esa incertidumbre empírica la que hace su sustancia esquiva. Sea que diga algo tan banal como “creo que estoy siendo claro” (lo anhelo, no lo sé, se verá) o que diga “creo en Dios”, “en el futuro socialista de la humanidad”, “en la honestidad de Jorge Lanata”, “en el proyecto Nacional y Popular”, en que “con Marijuan, Moldes, Campagnoli y Lorenzetti la independencia del poder judicial está garantizada” o, para salir de las tensiones de nuestra inmediatez cotidiana, “en las virtudes de la democracia griega según Castoriadis”. Creer, siempre alude a una ausencia empírica; en el caso teológico, la de Dios; en otros más profanos, la de proyectos, políticos o de otro orden (que como tales no existen sino como anhelos más o menos empírica o argumentativamente fundados o más o menos idealizados) o incluso a la mundana creencia de que cuando cruzo la calle nadie me va atropellar si tomo mis recaudos. Creer eso me permitirá cruzarla. Si un bólido a 200 km por hora se aparece de golpe en mi camino, mi creencia se habrá hecho añicos contra el paragolpes.

Al mismo tiempo, creer significa al decir de María Moliner, “aceptar alguien como verdad una cosa cuyo conocimiento no tiene por experiencia propia, sino que le es comunicada por otros”. Referencia a una verdad en el Otro. Otro sagrado, profano, vulgar, sofisticado, dictatorial, libertario que constituye un eje insoslayable para abordar el lugar que en el yo las creencias ocupan.

      Creer siempre porta la exigencia epistemológica de la sombra de una prueba por venir que no necesariamente llega; la prueba de los hechos. Salvo cuando remite a un más allá trascendente como es el caso de la religión (que en la famosa paráfrasis de Tertuliano, Creo porque es absurdo, termina apelando a la iluminación) o cuando lo hace a las formas idealistas de la política, aunque se autotitulen herederas del socialismo-científico. Un sentimiento de lo absoluto, de lo “sin dudas”, anida en el alma del creyente que de seguro en algún momento somos. Creyentes monoteístas, politeístas o devotos de tradiciones ateas o agnósticas, creyentes de cosas más mundanas, no importa. Creyentes en y por el Otro.

         El carácter cultural de las creencias al cual hacía referencia Juan Carlos la vez pasada lo ilustra esta reflexión de un antropólogo que citaba en aquel texto de 2012. James Peacock cuenta: “En mi propio trabajo de campo pregunté en cierta ocasión a un indonesio: ‘¿crees en los espíritus (…)?’ Respondió extrañado: ‘¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?’” Para el antropólogo empirista los  espíritus del indonesio eran una creencia, una idea, un producto de una falsa conciencia. Para el indonesio, en cambio, su creencia encontraba extraña la pregunta. Su creencia sostenía su verdad y construía su materialidad empírico-perceptiva. Si la afirmación “creo” puede lucir como expresión de los límites de nuestro saber,  es decir, “creo que es así, no estoy seguro”, sin embargo, existe en el interior de una construcción mental que tiene como condición un Otro cierto, un “algo cierto”, aunque fuere alguna certeza en nuestro propio pensamiento, fruto de la  apropiación psíquica de esa capacidad de pensar. Certeza que le da densidad al ser. El yo aloja y se reformula narcisísticamente de modo trófico en el interior de las creencias que lo instituyen y sostienen, aunque de allí pueda advenir un narcisismo “atrófico”. Espacialidad extraña, donde las creencias que las épocas maceran en el “afuera” de la mente terminan siendo un lugar donde el yo adquiere alguno de sus variados soportes, y ese “adentro” psíquico se construye así simultáneamente en el “afuera”, en un movimiento recursivo. No perdamos de vista que hablo aquí tanto de la acción mental de creer como de las creencias. El verbo remite al sujeto psíquico, el sustantivo básicamente a un campo social que no opera sin las peculiaridades del acto de creer pero lo trasciende.  

Volviendo a aquel texto recordaré que me detuve entonces en las reflexiones de Mannoni acerca del problema del  fetichismo, el mecanismo de la desmentida, la Verleugnung, la escisión del yo, la relación con el encuentro perceptivo con la falta de pene en la madre (encuentro con la inconsistencia de una teoría, porque en verdad a la mujer no le falta ningún pene), para teorizar el modo en que  perdura la creencia en la premisa universal del falo bajo la forma del fetiche en los casos patológicos; pero  también (fue lo que quise resaltar entonces y vuelvo a hacer ahora) para dar cuenta de las creencias en general y la dimensión de desmentida que están en sus entrañas. Desmentida de alguna teoría que cualquier percepción preñada de aparente verdad moviliza.

 Es por esa tensión entre creencia y experiencia en su dimensión perceptivo-vivencial que en aquel texto insistí en que lo se desmiente son las consecuencias de una percepción. Preguntaba entonces: ¿existen acaso creencias que no sean sobrevivientes de la desmentida de algún nivel de verdad? Y en ese punto ponía a la creencia – al acto de creer - (categoría que ancla en lo emocional que no en vano incluye la fe –la confianza- entre sus formas más benévolas) en diálogo tenso con la verdad (categoría gnoselógica). Me respondía que no. Ya entonces lo ejemplificaba (arrimándonos al tema de esta noche) haciendo hincapié en el campo apasionado en que muchos de nosotros tantas veces discutimos cuestiones políticas. Esa observación más o menos cotidiana basta para decir que si nos pusiésemos estrictos, todos creemos una cosa a condición de escindir el yo, y desmentir un aspecto de la estructura de verdad que sostiene las creencias del otro que antagonizan con las nuestras. Entonces lo que se desmiente no es una percepción bruta, sino alguno o algunos de los elementos que la convierten en una teoría con prestigio subjetivo de verdad, como tal una construcción de la mente. Lo que va de suyo con la dimensión fetichista inevitable en todo momento creencial y nos enfrenta con el tema de la ideología[1]. Me interesa recalcar hoy esa vivencia de lo absoluto, en su extremo, de lo religioso, que entonces hice, donde parece acabar como en un agujero negro cualquier posibilidad de discurso racional. Eso que provoca que, como indiqué antes, cuando discutimos de política con algún compromiso emocional, todos nos preguntemos, uno del otro y el otro de uno: “cómo puede ser que este tipo o tipa inteligente, sensible, culto o culta, estudioso o estudiosa, crea esas pelotudeces”. Eso cuando estamos imbuidos de sentimientos amorosos, sino, sin tanta consideración, “Es un pelotudo (o una pelotuda)”, a secas.

Retengan este calificativo, pelotudo, estúpido, que encontrarán a lo largo de mi exposición. Y las pelotudeces pueden ser la desesperada situación de los agroexportadores, la teoría de la herencia económica, la crisis terminal del capitalismo, la invocada en su momento debilidad de T.N, la razones del Indec para sus estadísticas, las razones del Indec para que se suspendan las estadísticas, la teoría del inconsciente freudiano, los arquetipos de Jung o las cosmovisiones biologistas de la mente. El tema, para lo que aquí expongo, no importa; en el debate siempre habrá un dato perceptivo o una serie de datos  que podrán ser admitidos de la argumentación del rival, a los que se les adjuntará el “pero” correspondiente. “Pero” que, irremediablemente, parece erigirse como la barrera de una última y única palabra. Desde ese punto no habrá más nada que hablar. La palabra cae, deviene nada.

Ese es el lugar en el cual ancla la comprobación que tantos de nosotros hacemos a diario que ninguna discusión política termina con un “sabés que tenés razón, no había pensado en eso”. La palabra cae y sólo queda la resistencia del yo a reconocer la propia incertidumbre (castración). Se produce una coagulación especular donde los contrincantes quedamos atrapados ante la propia imagen en un espejo que nos muestra nuestra herida y de la que salimos (en la lógica de Lacan) vía agresiva  o en perspectivas kleinianas con modos de arrogancia o desprecio maníacos (de la cual, la injuria pelotudo-estúpido, por ex., es parte). Lo que no significa que con el paso del tiempo, cuando la tensión narcisista cede, uno u otro o ambos puedan encontrarse compartiendo pensamientos que antes casi los llevan al pugilato. La cantidad de veces que se comprueba que alguien que ayer formulaba ciertas opiniones hoy sostiene otras, por razones que no son ni canallas ni oportunistas, prueba que salidos de la tensión especular, la mente puede recuperar planos reflexivos relativamente autónomos de su propia alienación. Esa comprobación es la que hace que la discusión política tenga sentido para mí… todavía. Exigiéndonos advertir que quien, de buena fe, cometió algo que pudiera ser un error sólo lo reconocerá después de duros conflictos interiores, aunque se tramiten de modo inconsciente.

Entonces, enfatizo: todas nuestras creencias en algún punto son homologables por estructura a la fe religiosa. Todas tienen el despotismo  del creer, aunque circulen por las muy diversas formas de lo social. Lo que las ponen en relación con las reglas del proceso primario que la dinamizan y con los modos mágicos de la omnipotencia infantil. Reglas del proceso primario que aunque sean la condición de posibilidad, sin embargo no alcanzan para explicar el vigor que sostiene ese creer en lo que no existe. Es por eso que mi pregunta central es ¿cómo puede ser que se tenga certeza de lo que por definición es incierto?

Es que si el desarrollo de Mannoni puede servir para explicar la dinámica de la inscripción y producción psíquica de las creencias (la producción social es otro tema), con ello no alcanza a dar respuesta a las fuerzas que animan el acto de creer. Fuerzas, deseos, pulsiones dirá Freud, que se articulan en fantasmas inconscientes, que están en el corazón de cualquier creencia.  Como la vivencia creencial antecede a la razón, no importan las pruebas (hechos) que podamos aportar a esa creencias; en definitiva, siempre podremos esgrimir algunas y hacer a un lado otras. Son expresiones de deseos devenidas ilusiones o soportes fantasmáticos. Cuando una paciente, muy asustadiza ella e invadida por los temas de la inseguridad, me contó un día espantada la teoría que ella decía haber escuchado, de que el gobierno de Chavez enlataba chicos para venderlos como carne picada al exterior, no pude menos que reconocer el retorno de la creencia que circulaba durante la guerra fría de que los comunistas se comen a los chicos crudos, y que Marie Langer supo estudiar en relación con Eva Perón bajo el nombre del “mito del niño asado”. Por cierto, no me orienté en esas circunstancias hacia esa fantasía específica sino hacia sus miedos. Una exploración que apuntase a ese fantasma en esa paciente tan convencida ideológicamente, en ese momento, me parecía que iba a ser vivida por ella como una intrusión descalificadora de su modo de pensar que nos alejaba del punto de angustia.

Esa matriz creencial de la que hablo, remite a la madre, a la relación entre desvalimiento,  experiencia de satisfacción y alucinación primitiva en la construcción mental. Incluso en las formas proyectivas con que Langer estudió aquella fantasía inverosímil pero extendida bajo la forma de rumor. En ese sentido, afirmábamos: “podríamos decir que la matriz ‘loca’, alucinatoria, está en el fondo de nuestra cordura; y en esa línea… también de la vivencia de verdad en nuestras creencias cuando creemos”. Otra vez tomemos nota del complejo diálogo entre el verbo “creer” y el sustantivo “creencia”.

Núcleo loco no a vencer, sino a integrar en la concepción de nuestra mente. También a ponderar de acuerdo al momento personal y social. Y así también, en nuestra manera de entender la carga emocional de nuestras creencias políticas, en tanto a ellas queremos circunscribirnos.

   A partir de eso que he llamado el núcleo duro, “loco”, alucinatorio,  omnipotente que nuestra incertidumbre necesita como coyuntural refugio para que la toleremos cuando acecha, adviene un núcleo emocional de la identidad. Cuestión elocuente en las creencias políticas, más o menos intensas según la historia singular de cada cual como les conté en mi caso en la primera reunión. Soy de izquierda, soy de derecha, soy de centro, soy apolítico (como si la política permitiese ese casillero) es el modo en que enunciamos esa dimensión identitaria en el ser.

Llegados a este punto pueden estar pensando que mis observaciones sobre las creencias en general no dicen nada que le dé especificidad a las creencias políticas en particular. Y tienen razón. Sigamos avanzando, no sé si hacia una respuesta satisfactoria.

Recordemos una pregunta que ya hice No sólo ¿cómo creemos? sino ¿cómo es posible que los humanos creamos cosas fenoménica o lógicamente absurdas? (A Tertuliano lo dejamos para el mundo teológico. No hablo de Dios que nada tiene de absurdo sino de incomprobable) Entraré en esta cuestión a través de un acontecimiento político del siglo xx que desde mi juventud estuvo en el centro de mis intereses, pasiones y  perplejidades en el campo político. Me refiero a los llamados “Procesos de Moscú”.

Muchos aquí saben sobre ellos; otros, tal vez no, o apenas de oídas. Lo recordaré. Así se llamaron a una sucesión de juicios “públicos” (entre comillas) que se realizaron en la entonces URSS, entre los años 1936 y 1938 en los cuales vía la confesión, esa sí pública sin comillas, casi la totalidad de los máximos dirigentes (lo que se conocía como la vieja guardia bolchevique) que hicieron la revolución de octubre de 1917, que habían librado durante décadas la lucha contra el zarismo y soportado pobreza, exilio, tortura antes de su triunfo, y luego defendido la revolución en los duros momentos de la guerra civil cuando aquella era atacada desde 14 países en medio de la hambruna que la Gran guerra había dejado, esos mismos hombres que habían soportado tan enormes sufrimientos confesaban con una verborragia desmesurada ser agentes contrarrevolucionarios, ¡ligados a los servicios de espionaje alemanes, ingleses, japoneses y americanos!, todo con el fin de ¡restaurar el capitalismo! bajo el mando del triunvirato llamado “zinovievista, bujarinista, trostkista”, que tenía (de acuerdo a esa confesiones) en éste último a su cabeza. Cientos  confesaban los crímenes más atroces, al tiempo que otros muchos cientos más no llegaban a juicio porque morían o eran fusilados antes de poder hacerlo.  La mayoría del Comité Central, del comité ejecutivo, vitales cuadros del ejército rojo fueron asesinados, encarcelados o se suicidaron, al igual que sus familias. Muchos confesando ser agentes de esa enorme conspiración contrarrevolucionaria y extranjera.  (Confesiones donde apenas en algún detalle sutil puede hallarse la sombra de la resistencia en los datos que existen de las actas del proceso, como cuando, por ejemplo, en el medio de su declaración autoacusatoria final Bujarin ( uno de los máximos dirigentes) agrega :”La confesión es una práctica medieval”, es decir, su confesión era el resultado de la Inquisición; o Radek (otro dirigente de primera línea) plantea esta disyuntiva: “todo estos juicios se basan en nuestras confesiones, de si son mentira o no dependen todos los fundamentos de la acusación”[2]  Pero la mentira por completo descabellada sin embargo fue creída, repetida y defendida por intelectuales y artistas sensibles, profundos, referentes del pensamiento universal en aquella época, que ni nota tomaron de aquellas botella lanzadas al mar. Ni siquiera Trotsky, el acusado mayor, lo hizo mientras denunciaba los Procesos.

En el destierro reflexiona: “…Desde que recibimos diarios, nuestra internación se convirtió en una tortura…¡El lugar acordado a la mentira en nuestra vida social es verdaderamente desconcertante! Los hechos más simples son a menudo deformados. No hago alusión a las deformaciones banales resultantes de contradicciones sociales, a menudo antagonismos de imperfecciones psicológicas. Infinitamente más peligrosa es la mentira al servicio de los poderosos mecanismos gubernamentales que se imponen a todo y a todos. Nosotros la habíamos visto operar durante la guerra. No existían todavía los regímenes totalitarios. La mentira misma conservaba un carácter de diletantismo y de timidez. Estamos lejos de aquello hoy, época de la mentira absoluta, completa, totalitaria al servicio de los monopolios, de la prensa y de la radio, con el fin de esclavizar la conciencia social”[3]

 ¡Tanta mentira social lo desconcierta!  Su yo vacila. Habla del capitalismo donde Mussolini y Hitler ya se impusieron, mientras Franco avanza hacia su victoria,  pero también del régimen que con todas sus fuerzas ayudó a forjar. Advierte el poder de la prensa y los precarios medios de entonces, es decir, la radio, para esclavizar la conciencia social, pero su sentimiento es (así lo dice) de desconcierto. Y a medida que escucha las denuncias inverosímiles que la radio trasmite dice: “Con el espíritu humillado se preguntaba uno, varias veces por día: ‘¿es posible que la humanidad sea tan estúpida?’ Y a menudo, mi mujer y yo nos repetíamos esta frase ‘Quien los hubiera creído tan viles’”.[4] En ese momento de perplejidad y humillación el yo herido ataca a la estúpida humanidad crédula. Pero por lo que pone en boca de su mujer, “¡Cómo pudieron llegar a ser tan viles!”, también  (aunque seguramente no lo advirtiese) a su propia estúpida credulidad. Esto no impide que luego, rescatado de esos momentos de derrumbe donde el mundo entero deviene un rebaño de estúpidos, se recupera vía el análisis de las circunstancias políticas que buscan dar sentido a esos acontecimientos desconcertantes y humillantes, y un manto de relativa comprensión hacia los seres humanos le permite reparar  a los otros y a sí mismo.

Veinticinco años después de estos acontecimientos, incluso luego de que  N. Krushev, protagonista de esos procesos y sobre todo de otros que siguieron,  denunciara, a la muerte de Stalin, en el XX congreso del PCUS, algunos aspectos de esos crímenes y los atribuyera a lo que llamó la desviación del Culto a la Personalidad, los militantes o simpatizantes del PC de mi juventud tomaban con liviandad esos hechos atroces y no dejaban de ver en Trostky al ser traicionero o a lo sumo simple víctima de su propia posición política que aquellos juicios habían instituido en el colectivo social.

Para mí siempre fue un enigma tenaz cómo tal absurdo podía ser creído. Contrarrevolucionarios, bueno, era cuestión de opinión acerca de lo que una revolución debía ser, pero ¡agentes extranjeros para restaurar el capitalismo! no podía ser otra cosa que una calumnia. ¿Cómo – me preguntaba- amigos queridos, militantes políticos muy comprometidos que respetaba, estudiosos, inteligentes y sensibles, podían seguir tomando estos acontecimientos como una anécdota histórica, sin mensurar las enormes dimensiones de esos hechos tan deplorables como inverosímiles?… ¡para mí… no para ellos!  Mi pregunta no era sólo cómo ocurrieron o porqué ocurrieron esos acontecimientos para los  cuales podía apelar tanto a las explicaciones del propio Trotsky, a las reflexiones de Freud en el Malestar en la cultura, y otras más radicales, sino cómo se pudo haber creído en ellos. Que es el tema que me interesa aquí.

Para darles a los que saben poco de la revolución rusa una escala actual a la cuestión que describo sería como si Donald Trump llegase al poder y empezase a organizar juicios en los cuales Hillary Clinton, George Bush, Condolezza Rice y Marcos Rubio, confesasen ser agentes chino- soviéticos de un plan pergeñado  por Richard Nixon y Ronald Reagan para hacer que los EEUU deviniese un país comunista, financiados por Paul Singer. Por cierto un absurdo… salvo que algún extraño e improbable (por los menos por ahora) devenir histórico hiciese de Donald Trump el líder de un movimiento que en su idealización arrastrase a las grandes multitudes a un fe ciega en su persona, su proyecto y su mentira.

Como Stalin portaba todas las esperanzas que la revolución rusa cargaba sobre sí, el absurdo pudo (triunfo en la guerra contra Hitler mediante) sostenerse muchos años. Pero a mí siempre me pareció insuficiente explicar esta credulidad sólo desde allí. ¿Puede ser tan eficaz la mentira me preguntaba? Y como buscar la verdad puede darle sentido a la vida, nunca dejé de seguir haciéndolo. Como psicoanalista heredero del racionalismo pienso que se trata de bucear la verdad en la consistencia de los relatos, en sus congruencias lógicas, en sus soportes documentales… y en las enseñanzas de la experiencia analítica que explora lo irracional. En ese punto, pensar en el problema de la idealización me fue de ayuda. Sobre todo cuando toda creencia carga con su dosis de ideal. El Yo ideal perdura en las creencias aunque el ideal del yo lo recubra con sucesivas identificaciones, inscripciones y retranscripciones. Las explicaciones argumentativas de la política no alcanzan. En lo personal, el giro afectivo del que hoy se habla se dio hace muchos años. Aunque el giro no autorice a abandonar la razón.

Si el relativismo posmoderno propone pensar que se trata de relatos,  que no hay verdad sino verdades y que todas son subjetivas, hay relatos (ficciones) mucho más cercanos a la verdad. El relato de la Shoa se opone al relato de que nunca sucedió. Definirlo como verdades equivalentes es una posición política y ética. Me han escuchado decir esto muchas veces. La mentira existe aunque a veces cueste saber cuál es, sobre todo porque los mentirosos acusan de mentirosos a los otros en una circularidad que exige mucho trabajo desentrañar. Si la fórmula de Nietzche “no hay hechos hay interpretaciones” tiene algún sentido es con la condición de que no existe interpretación que no sea de hechos, aunque sean discursivos. Entonces, por relativas que puedan ser las verdades, la mentira tiene una entidad diferente. Y si hasta ahora introduje primero la desmentida en su dimensión estructural, luego los soportes fantasmáticos que nuestro psiquismo “loco” busca tramitar de diversas formas,  ahora le toca el turno a la mentira.    

 

¿Qué es la mentira?

 

Podría empezar diciendo una obviedad que espero no hiera el narcisismo de nadie: todos los aquí presentes somos mentirosos… circunstanciales pero mentirosos. El simple hecho de ser humanos nos hace mentirosos transitorios. Cuando eso es continuo ya estamos hablando de otra cosa. Pero mentir es algo que todos hacemos por diversas razones que pueden sustentarse en el  resguardo de nuestra imagen amenazada por la vergüenza, en la culpa ante lo impropio de alguno de nuestros actos, en el don amoroso que busca evitar al ser querido dolores innecesarios, en el miedo a represalias, en las tensiones autoconservativas en un mundo que nos jaquea. Etc., etc., etc.. Razones para la mentira hay muchísimas.

 A veces se dice que la mentira es incompatible con el análisis. No lo creo. El análisis avanza en el interior de la mentira y encuentra (a veces) sus fantasmas. Hay ocasiones en que incluso debe reconocer su función estructural en la constitución de lo íntimo. Los que trabajamos con adolescentes sabemos lo iatrogénico que puede resultar buscar la verdad a cualquier precio. A veces, la mentira es el modo en que se constituye una subjetividad genuina. Hablamos de que hay aparato clivado cuando el niño sueña y también cuando miente.

Pero esa mentira que podemos poner del lado de la conciencia, de la que el paciente sabe que está diciendo, desdibuja sus perfiles en la desmentida de la que hablé, y en la que denuncia la verdad del inconsciente, la que mora en la represión. Pero esas mentiras no conscientes no son las que los Procesos de Moscú exhiben, aunque sea imposible  entender las confesiones y la creencia de millones de personas en el planeta en tales mentiras sin apelar a la desmentida, a los fantasmas singulares y a las condiciones sociales e intersubjetivas de la construcción reticular de nuestros más personales credos. Si el Yo se construye en el Otro, en espacios externos a sí mismo, cualquier mentira puede adquirir verosimilitud por aquellos fenómenos de masas a los que Freud aludió y a los que traté de acercarme en relación a la masa artificial mediática que hoy impera (y que Trotsky anticipa en la radio). En eso hacía hincapié en el texto que presenté hace tres años en las Jornadas sobre medios y que hace al tema de hoy.

La mentira a la que Trotsky alude, no es la que se puede matizar de tantos modos; él habla de la mentira política consciente. Una mentira que aunque tenga en su articulación imperiosa necesidad de dialogar con otras formas del engaño y el autoengaño, sin embargo, no puede dejar de referirse a quien trata de engañar a otro de modo consciente con el fin de dañarlo o apropiarse de su voluntad por una vía discursiva, en provecho propio. Porque la mentira es un acto de palabra. El engaño que el camaleón produce al camuflarse ante sus predadores es una función biológica que hace a la conservación de la especie. El camaleón no miente. Cambia de piel para sobrevivir. No sabe que cambia. Aún así, hay etólogos que ven en estas formas tan comunes en la naturaleza de engañar para subsistir, el antecedente biológico de la mentira. Y a ésta como una simple expresión de aquel en el humano.

Desde esa perspectiva la mentira política no sería más que la manera específica de preservación de seres en lucha por el poder, y el daño al otro una consecuencia de esa búsqueda de la supervivencia natural. El llamado “darwinismo social” los autoriza. Con esa justificación muchos son los que no sienten ninguna contradicción en usarla si sirve a sus fines, que, por supuesto, se adjudicarán loables (los fabricantes de armas dirán que es para garantizar la paz). Esto no tiene nada de moderno, ni posmoderno. Fueron  Voltaire o Beaumarchais (no se sabe) quienes habrían pronunciado una sentencia que de cualquier manera ya tiene antecedentes en la época de Alejandro Magno “¡Calumniad, calumniad algo quedará!” La frase que se le atribuye a Goebbels acerca del mentir, Juan Almeida, un profesor en Dinamarca[5] dice que  jamás la pronunció, no porque no creyese en ella sino porque siendo ministro de propaganda no iba a hacer gala de la paradoja del mentiroso, además de que apela a documentos y afirma que en todas sus obras y discursos jamás aparece algo parecido salvo para decir que eso era lo que hacía el servicio de inteligencia británico, específicamente W. Churchill. La mentira, la calumnia, el rumor, pueden ser hallados en cuanto acontecimiento histórico quisiésemos bucear. Quienes a esos ardides apelaron siempre habrán esgrimido una razón. De hecho, los procesos de Moscú se dieron en el marco de un mundo en el que seguían vivos los ideales de la revolución francesa,  pero también el recuerdo pletórico de heroísmo (no sólo de terror) de los miles de guillotinados en nombre de jacobinos o termidores.. El ¡calumniad! ¡calumniad! de Voltaire o Beaumarchais seguramente hizo rodar muchas cabezas  de todos los bandos.

Es probable que Stalin creyese que todas sus atrocidades se justificaban por las duras condiciones de la construcción de una sociedad proclamada socialista en el seno de la atrasada Rusia de los zares. Nada sabemos de su mente. Pero la mentira es generalizada. Exigió una inmensa red de sujetos que le dieron consistencia, con muy diversas relaciones subjetivas con esa mentira, la mayoría sin conciencia de que fuera tal. Para eso, mentira,  fantasma y desmentida funcionan en red. Entonces y ¡ahora!

Derrida dice: “Puedo probar que alguien no ha dicho la verdad; que alguien, en efecto, ha engañado a alguien; pero no puedo probar, en el sentido estricto y teórico del término, que alguien ha mentido”.

El tema no es el juicio moral del mentiroso, el tema son las consecuencias sociales de su mentira. Una  perspectiva que John Dewey el filósofo y educador norteamericano, discutiendo si el fin justifica los medios, formulaba como: Los únicos fines son las consecuencias.

Sólo para indicar a cuántas y a qué antiguas tradiciones teóricas se remonta este debate, digamos que ya Platón postulaba la pharmakon khresinon (la mentira útil) como imprescindible para el funcionamiento de la sociedad; Kant siglos después la vio como condenable: en tanto imperativo categórico nada la justifica; en el siglo xx, Anna Arendt dice “los hombres que pueden juzgar sin criterios dependen entonces de la mentira y el prejuicio, de ahí su peligrosidad”, Derrida afirma, remitiendo a una idea del “engaño a plena luz” de Arendt: “Antes se mentía allí donde los ciudadanos no sabían, porque no podían saber, hoy se miente allí donde, en principio, pueden saberlo todo.  Hoy existe una exposición absoluta de la mentira”. Tema basto.

 Tras este trayecto muy resumido pero extenso, por ello tal vez demasiado condensado, trataré de ir cerrando con el último tema, la cuestión que les plantee como motor de este trabajo. Es decir, que en las condiciones de producción de la política actuales, es urgente que el psicoanálisis se involucre en el debate y la reflexión social...

     Probablemente hayan observado que en este trayecto, las categorías psicoanalíticas podrían ser usadas para dar cuenta de cualquier experiencia política. En todas, el diálogo mentira (útil o no), desmentida, fantasma no resolverá ninguna cuestión que hace a cada creencia política en sí misma, ellas exigen debates políticos. La política fuerza a trabajo psíquico en su terreno. No a la posición pasiva frente a un televisor o ante un par de citas aisladas.

Hay sin embargo un dato que hace hoy la mentira especialmente destacada en las sociedades modernas. Todas, desde la revolución burguesa tanto inglesa, norteamericana, como francesa se basan en una ficción: la sociedad deliberativa. Se supone que todos opinamos y debatimos para producir ese fenómeno de delegación que nuestro voto termina legitimando. Incluso los juicios de Moscú se hicieron bajo ese formato de proceso supuestamente público donde hay que crear las razones del castigo para demostrar que el delito se produjo.  En las sociedades absolutistas las ceremonias judiciales tienen otras razones (de legitimación simbólica no de convencimiento). Esa sociedad que delibera es instituida como racional, inteligente, capaz de juicio y eso llena de orgullo incluso al ser más desinformado o políticamente ignorante. Si la sociedad es racional, la información es vital para emitir esos juicios que (aunque personales) son de absoluta responsabilidad social al momento de emitir un voto, sea en la urna sea en el soviet. Allí ancló durante años la idea de la política. Lugar de la razón. Lugar del debate de ideas. Lugar donde cualquiera siente, aunque sea por un instante, la dignidad de su juicio consciente.  En este territorio argumental el valor de los puertos de información se hizo central y los partidos sacaron su propia prensa tratando de apropiarse de los puertos desde donde salieran sus bienes ideológicos. La tecnología puso luego a la radio en el centro y la política giró alrededor de la voz, luego vino la televisión, y ahora todo se agrupa en multimedios que además cuentan con los ríos por los que la información circula (la famosa triple play, por ejemplo). El poder pasó de los partidos y los estados, a las corporaciones. Allí el manejo de la mentira cobra un valor exponencial porque es en esos puertos y en esos ríos donde un ciudadano medio, poco interesado por la política, reacio al trabajo psíquico que pensarla exige, dominado por las condiciones de la supervivencia cotidiana, se nutre para participar en la ficción deliberativa que nos hace a todos creer, incluso a los más interesados en los temas políticos, que somos respetados en nuestro pensar, cuando la verdad es que, basta leer a D. Barba, nos miran como simios a los que se les ocultan las vías a través de las cuales se nos domestica o convence.

Un paciente deprimido me contaba sus noches de insomnio. A las cuatro de la mañana se despierta, no sabe qué hacer. Sale del cuarto. Prende la tele en el living. Mira T.N. “En verdad no mira”, dice. “Es un chupete electrónico y cambio de Lázaro Baez a Cristobal Lopez, de Cristobal Lopez a Lazaro Baez”. El chupete lo sosiega un poco y se calma. Nada tengo para objetar de su succión, sólo pienso que los Panama papers no están en su registro de zapping succional. Simplemente porque el chupete no los incluye entre sus sabores. Las razones políticas de este hombre son muy pobres, no tiene ninguna formación (es decir es un ciudadano común), pero sus convicciones se nutren en la textura del pezón. Por supuesto, esto no es tema de su análisis en ese momento, su tema es la depresión y su modo de afrontarla, pero no deja de ser un dato a tener en cuenta cuando nos jactamos de racionales. Sobre todo cuando la política en el mundo de hoy  se diseña con categorías donde la razón es sólo un ardid para una manipulación emocional que acrecienta y fomenta nuestro nihilismo y nuestro desánimo.

 

 Política en nuestra época.[6]

 

 “Debemos desviar a EEUU de una cultura de necesidades, a una de deseos. La gente debe ser entrenada para desear, para querer cosas nuevas, incluso antes de que las viejas hayan sido totalmente consumidas. Debemos moldear una nueva mentalidad en EEUU. Los deseos del hombre deben eclipsar sus necesidades.”

Esto lo dijo hacia la segunda década del siglo pasado Paul Mazur poderoso banquero norteamericano del conocido…Lehman Brothers. El de la crisis del 2008. Lo interesante es que este proyecto convergió con el de un personaje en cierta medida familiar para nosotros: Eduard Bernays, el sobrino de Freud, hijo de su hermana Anna y Eli Bernays que vivían en EEUU. Un Eduard Bernays, que fue asesor del presidente Wilson cuando se firmó el tratado de Versalles y que al recordar aquello muchos años después dice: “Estaba en Paris para hacer del mundo más pacífico y democrático. Ese era el slogan entonces (y come una galleta con rostro impávido). Pensé que si se podía usar propaganda para la guerra por qué no para la paz” agrega. Y como propaganda le pareció un término demasiado ligado a la política lo cambió por “consejero de relaciones públicas”. De hecho fue fundador de esta especialidad que hoy domina bajo la forma apoteótica del marketing. Como Bernays conocía la obra de Freud y la encontraba fascinante pensó en usarla de maneras que compartían las afinidades de época del ideario de Mazur: instituir una sociedad de deseos, no de necesidades.

Su primera experiencia de masas fue (contratado por el presidente de la Corporación Americana de Tabaco) ampliar el consumo de cigarrillos entre las mujeres. Así, Bernays habría consultado con Brill (todos lo recuerdan) ¿qué significado puede tener el cigarrillo para una mujer? A lo que el psicoanalista norteamericano le habría contestado: “ Un pene”, “ simboliza el poder del sexo masculino”. Bernays ni lerdo ni perezoso diseña entonces una campaña que aprovecha una gran movilización feminista en 1929 en la que incluye a diez mujeres con atados de cigarrillos asomando de la falda entreabierta de los cuales, todas al mismo tiempo, con gesto sensual,  sacan un cigarrillo que encienden ante los fotógrafos y camarógrafos de los grandes diarios y noticieros que forman parte de la producción. A la escena del encendido (todo un señuelo) le agregan un zócalo: “la antorcha de la libertad”. Significantes, significados, afectos estallan en la subjetividad de grandes masas que a millones leen al día siguiente la noticia, ven las fotos o las filmaciones. Por cierto el consumo de cigarrillos entre las mujeres crece de modo exponencial entre otras cosas porque la época está fértil para ello. La publicidad que apunta a lo útil (a la razón) es sustituida por la que apunta al deseo, a las emociones, a los fantasmas. Fue Bernays ya en 1928 quien puso sobre la mesa una teoría psicológica de raigambre psicoanalítica de cómo las corporaciones podían seducir a las masas por vía afectiva. Su influencia crece geométricamente. Trabajando para William Randolf Hearst empezó a asociar famosos con revistas. Instituyó el deseo y la seducción de modo “científico” en los modos de publicitar la moda. Hizo la primera campaña donde la publicidad se puso al servicio de la política para mejorar la imagen del presidente Coolidge que según parece tenía la simpatía de De la Rua. (recordado por la crisis del 2001 y por el slogan “Dicen que soy aburrido”, que algunos creen  lo catapultó a la presidencia – por cierto, en mi opinión, una visión reduccionista-)

Por la misma época Walter Lipmann (un periodista, crítico y filosofo de gran prestigio desde los años 20 hasta su muerte en los 70, con un pensamiento mucho más matizable que el que aquí vamos a exponer,  en su libro Opinión Pública veía al periodismo como una actividad de inteligencia, en el sentido de inteligencia militar (se dice que la carrera de  Bernays incluyó trabajar para la CIA en el golpe contra Jacobo Arbenz en Guatemala en lo 50).  Allí decía: “Una revolución está teniendo lugar, infinitamente más importante que cualquier cambio del poder económico... Bajo el impacto de la propaganda, no necesariamente en el siniestro significado de la palabra, las viejas constantes de nuestros pensamientos se han convertido en variables”. Argumentaba que todos, incluidos los periodistas, están más dispuestos a creer las imágenes mentales preexistentes que a llegar a un juicio por el pensamiento. Que, como humanos, condensamos las ideas en símbolos, y el periodismo, una fuerza que rápidamente tiende a convertirse en medios de comunicación de masas, termina resultando un método poco efectivo (siguiendo los métodos racionales tradicionales) para educar al público. Aunque los periodistas mejoraran su trabajo de informar al público sobre temas importantes, Lipmann consideraba en ese texto que la masa del público lector no está interesada en aprender y asimilar los resultados de una apropiada investigación. Los ciudadanos estaban demasiado centrados en sí mismos como para preocuparse de los asuntos públicos y políticos, excepto para presionar en asuntos locales. Si Lipmann termina viendo esto como un problema, Bernays, en cambio lo ve como una oportunidad.

Es sobre ese “centramiento sobre sí” que gira la acción política actual y la creación de los temas llamados de agenda: corrupción, inseguridad[7] por ej., se construyen (globalización mediante) como “asuntos locales”. Eso en el marco de la visión de Lipmann por la cual  la habilidad política de un hombre promedio era equivalente a la capacidad crítica de un espectador que entrara en el teatro a mitad del tercer acto y se fuera antes de caer el telón. (Observación por cierto comprobable en casi cualquier país de los que conozco)

Bernays, en ese espíritu de época, publica libros que explican lo que llama la “ingeniería del consentimiento”, que toma del concepto de Lipmann  de “consenso manufacturado” que Noam Chomsky criticó más tarde. “Puedes aprovecharte de los deseos más profundos del ser humano”, dice en su principio fundador.

 Bernays dice en su libro Cristalizando la opinión pública: “El ciudadano medio es el censor más eficiente. Su propia mente es la mayor barrera entre él y los hechos. Sus propios “compartimentos a prueba de lógica”, su propio absolutismo, son los obstáculos que le impiden ver a través de la experiencia y el pensamiento en lugar de mediante las reacciones del grupo.” [p. 122]  No apunta al sujeto sino a las masas monitoreando deseos de sujetos.

Estamos hablando de quienes van transformado aquello que fue concebido por Freud como un instrumento de la libertad humana  en el recurso más sutil para su mayor sujeción. Un paso descomunal hacia el absoluto control social.

En 1928 el presidente Hoover postula el poder de la sociedad de consumo. Le dice a avisadores y publicitarios: “Habéis asumido la responsabilidad de crear deseos y de transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento”. La ingeniera de la esclavitud construida sobre la base del señuelo de los significantes libertad y democracia ya está completamente instalada antes del comienzo de la crisis del 30. Se instala aquello que Estuart Ewen, un historiador de las relaciones públicas, describe como “la situación por la cual no es la gente la que está al mando, sino los deseos de la gente los que están al mando”. Allí nace la política del Focus Group. La inventa un psicólogo que apela a premisas psicoanalíticas, el Dr. Ernest Dichter. Define lo que llamó: la estrategia del deseo. “Si te identificas con un producto te vuelves una persona más segura, con más autoestima, es terapéutico”.  Los consultores en felicidad en reuniones de gabinete no vienen del ingenio latinoamericano. Uno de sus empleados dice: “Tienes que saber cuáles son sus sentimientos a fin de explotar al consumidor”.

Daría para otra reunión exponer en detalle los matices de estas cuestiones y los modos en que estos grupos operan. Sus prácticas van desde imponer las tortas instantáneas detectando deseos de participación del ama de casa en la cocina con sólo agregar un huevo en la mezcla, como intervenir en campañas como las de Bill Clinton, Tony Blair o, por supuesto, Mauricio Macri, bailando igual que Bucaram asesorado por su Bernays ecuatoriano.

Pero también en una reunión como ésta el tiempo es tirano. Para terminar, sólo quiero recalcar que Durán Barba no inventó nada. Lo llevó muy bien a la práctica en un momento social propicio. Y demuestra que todo lo que he desarrollado en esta hora de exposición jamás serviría en una campaña política. Nuestra razón está en desventaja con esos sentimientos primarios trabajados con lógica científica por sujetos para quien el otro humano no es más que un objeto a manipular. Este es el cambio sustancial que hoy la política impone, y no veo más alternativas: o vamos como corderos (si no nosotros, nuestros hijos o nietos) al mundo que George Orwell ficcionalizó con 1984, paradójicamente pensando en el destino del comunismo a partir de los juicios de Moscú, o hacemos algo para tratar de frenar esta esclavización.

La hija de Bernays dice de su padre: “La gente que trabajaba para él era estúpida, los niños eran estúpidos. Si la gente hacía las cosas como él no las haría, aunque él no las hubiera hecho, eran estúpidos. Era una palabra que usaba una y otra vez: tonto, estúpido.” ¿Y las masas?”, le pregunta el periodista: “Estúpidas. Eran estúpidas”.

Quiero decir que, en este último punto, en un sentido restringido, comparto esa idea de Bernays que he transcripto un par de veces en este texto. La comparto siempre y cuando agregue que tanto Bernays como yo, también somos estúpidos. Eso que llamamos estupidez, en diversas escalas, formatos y cuestiones está en el centro de nuestros límites humanos. Y en la mayoría de los casos el uso injurioso de la palabra es el resultado de nuestro vanidoso narcisismo que descarga a partir de la intuición de esos límites su reacción agresiva sobre otro. Lo específico de la opinión de Bernays (y que define un campo ético) es su absoluto desprecio del otro humano. (Esto más allá de que Bernays creyera que todo lo que hacía era en pos de algún bien) Es que ese desprecio es el define la ética de las corporaciones en el capitalismo actual. Es desde allí que la política de hoy se desarrolla en las condiciones que aquí esbozo. De hecho, la llamada grieta es la promoción consciente de esa tensión que lo que se llamó lucha de clases siempre pone en la mesa de la historia, pero que es manipulada para que el odio se potencie. Todos los medios de masas latinoamericanos y muchos europeos muestran eso. Lo menos que podemos tratar de hacer es comprender estas dimensiones psíquicas de la política y tratar de pensar alternativas contra ese mundo de la manipulación

. Si algo tiene la política es que nos involucra aunque no queramos. No sólo al momento de votar, sino todo el tiempo.

Muchas veces me identifico con la perspectiva más pesimista de Freud en el  Malestar en la cultura. El ser humano no da demasiadas señales como para confiar. De última, todo lo vivo muere irremediablemente. ¡Qué responder a esa obviedad!. El asunto es qué hacemos con la vida mientras nos toque. A pesar de la ineluctable presencia de Tanatos, del plus de la pulsión, de las formas atróficas (no sólo tróficas del narcisismo) eso que llamamos pensamiento implica un trabajo que (aunque no nos ahorre dolor)  nos une con la vida, que en mi visión personal, nada significa sin la inclusión dignificante de las mayorías con las que vivimos. Esa es mi loca creencia. No hay argumentos o hechos que garanticen su certeza, implica el sistema de valores que cualquier creencia porta dentro suyo.

                                    Oscar Sotolano

                                  oscarsotolano@yahoo.com

                                         abril 2016



[1] Para este tema ver, Muerte de las ideologías o ideología de la muerte, Revista Topía, abril 2003. Se puede leer on line en la página de la revista.

 

[2] Pierre Broué, Los procesos de Moscú, Ed. Anagrama, Barcelona.

[3] L. Trotsky, Los crímenes de Stalin,  Editorial Presente, pag. 34

[4] Ibid, pag. 35

[5] Ivan Almeida, “La frasecita de Goebbels y la fábrica de mentiras”, diario Pagina 12.  3de agosto de 2011

[6] Toda la información que volcaremos desde aquí está fundamentalmente basada en el documental de la BBC “El siglo del self”, .Aun siendo un documental marcado por una visión muy parcial del psicoanálisis los datos que hemos resaltado son los que remiten a textos que hemos podido confrontar con información anexa que por su amplitud no citaremos. Las trascripciones de entrevistas han sido tomadas del documental.

[7] Para conocer la posición del autor sobre dichos temas consultar Las enseñanzas de Moore y los terrores de Escude. La inseguridad como sistema de seguridad, Revista Topia, noviembre 2003, y  Anticorrupcion, sociedad rentista y despolitizacion., en Revista Topia, agosto 2011. Ambos artículos están en la pagina web de la revista..