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Abstinencia... 2a. parte - Elasticidad de la técnica (diálogo con Sándor Férenczi)


Publicada el 11/06/2015 por Carlos Guzzetti





Abstinencia, neutralidad e implicación del analista

2a. parte: Elasticidad de la técnica (diálogos con S. Férenczi)

Carlos Guzzetti *

 

De lo viejo como nuevo

Me he preguntado en el curso de la escritura de este trabajo qué sentido tiene recordar ideas formuladas hace ya 100 años en un tiempo como el nuestro, en el que la novedad se promueve en todos lados, la innovación es un valor absoluto y se suele considerar perimido lo que era nuevo anteayer.

En contraste con ello el psicoanálisis padece un curioso destino, diferente al de otras disciplinas, ya que las ideas originarias todavía siguen teniendo vigencia, no han sido “superadas” por las teorizaciones posteriores, seguimos recurriendo a Freud como fuente de inspiración (en el mejor de los casos) o de saber infalible, como lo muestran tantos fanatismos pseudo-religiosos que conoció y conoce nuestro mundillo. Es indiscutible que los más de 120 años de psicoanálisis aportaron nuevas miradas, enriquecedoras de la experiencia, de grandes clínicos y grandes pensadores, cualidades raras veces combinadas en la misma persona. Desde este punto de vista, contamos con una experiencia infinitamente más amplia y variada que la de los tiempos originarios. No obstante, los conceptos fundamentales son permanentemente revisitados y aun redescubiertos y siempre creemos posible sacarles jugo sabroso y aprovecharlos para nuestro diario trajinar. Incluso me atrevería a afirmar que, en determinados contextos, la introducción de una idea vieja y en desuso, puede ocupar el lugar de una auténtica invención. Es por ese motivo que querría empezar recordando una frase del autor con el que me propongo dialogar:

“Que alguien, tras 25 años de trabajo analítico, comience repentinamente a sorprenderse ante el hecho del traumatismo psíquico, puede parecerles tan extraño como aquel ingeniero conocido mío que, habiéndose jubilado tras 50 años de servicio, acudía todos los días a la estación para admirar la partida del tren y exclamar una y otra vez: ¡Qué maravillosa invención la de la locomotora!” [1]

En lo que sigue trataré de dar testimonio de cómo algunas viejas ideas, que hace muchos años comencé a leer con interés y entusiasmo, influyen en mi clínica de hoy. Pero antes, algunas precisiones.

 

La teoría como sistema

“Toda vez que se presente un pensador realmente grande y original: surge entonces un ismo que se convierte en un estorbo” D.W. Winnicott, Carta a M. Klein, 17/11/1952

Algunos psicoanalistas pos-freudianos crearon escuela. Su enseñanza prendió en muchos discípulos que difundieron y defendieron sus ideas, conformando una doctrina a la que luego se opondrían otros dispositivos doctrinarios, igualmente cerrados sobre sí mismos. Este fenómeno responde sin duda a una lógica propia de toda formación colectiva, ávida de un líder que permita la mutua identificación de los miembros y otorgue identidad al conjunto. De hecho una de las preguntas que va sedimentando en nuestro trabajo del año es quiénes son analistas y quiénes no, qué práctica merece ser llamada analítica y cuál no. Al respecto tomo partido por otro hallazgo de Ulloa que recordaba Yago en el foro: no se trata de “ser” analista sino de “estar” analista. (referencia a Riki)

Ahora bien, no cualquier teorización es propicia para que este fenómeno, la escolarización, se produzca. Es preciso que conforme un sistema que resista variaciones sin perder identidad. Entre los primeros discípulos de Freud, Abraham con su sistema de las fases de la libido es quien estuvo más cerca de la construcción de un sistema teórico.[2] Según este criterio podemos encontrar analistas kleinianos, Anna freudianos, lacanianos, bionianos, kohutianos, o simplemente freudianos (lo cual resulta una identidad muy difusa, como para decir que uno no es de ninguna de las otras).

Otros autores han producido una obra más fragmentaria y heterogénea, y por ello su pensamiento no se prestó a escolarizarse. De la primera generación Tausk, temprana y trágicamente desaparecido y Ferenczi. De este último parte una línea de filiación, si bien no una escuela, que pasa por su discípulo M. Balint hasta el propio Winnicott. [3]

La carta a Klein que vengo citando desde la primera parte fija su posición al respecto:

“Todo trabajador original requiere de un círculo en el que encuentre un lugar de descanso de las controversias y donde pueda sentirse cómodo. El peligro es, empero, que el círculo se desarrolle hasta convertirse en un sistema basado en la defensa de la posición ganada por el autor original, en este caso usted misma” [4]

Creo encontrar un espíritu afín entre Winnicott y Ferenczi. La búsqueda de un lenguaje propio, el ánimo investigativo y experimentador, caracteriza a ambos. Cuenta Férenc­zi [5] que un paciente obsesivo a quien su médico acusaba de inventar ideas le respondió: “Y Ud. ¿Por qué no inventa alguna idea doctor?” Él tomó partido por el paciente y siempre trató de inventar nuevas ideas, por las cuales debió pagar su precio.

Voy a recordar algunas de ellas que tienen hoy influencia en mi clínica, pero que por cierto excluyen absolutamente que pueda denominarme ferencziano. No creo que haya tal categoría. En los últimos años se ha revalorizado su pensamiento, se han realizado algunos simposios para debatir su obra, pero no hay una escuela ferencziana.

 

Sándor Férenczi

Nació en 1873 y murió en 1933. Su práctica se desarrolló en Budapest durante casi 30 años. Conoce la Interpretación de los sueños y en una primera lectura la desecha. A partir de una visita a Jung interesado en el test de asociación de palabras, relee el libro de los sueños y se precipita a encontrarse con Freud, lo que sucede en 1908. Es conocido que en 1910 concurre con Freud y Jung a la Clark University, donde el maestro pronuncia sus famosas Cinco conferencias. Cuenta él mismo en el obituario de Ferenczi que los temas de esas conferencias le eran sugeridos por el húngaro en un paseo matinal que realizaban y sobre ellos luego improvisaba. [6]

Existe una profusa bibliografía sobre la íntima relación de ambos, la mutua admiración y ambivalencia que se profesaban. Compartieron viajes y vacaciones. De hecho, en la correspondencia Freud se dirigía a él como “querido hijo”. Estuvo en análisis un breve período con el maestro, pero también le ofreció analizarlo, cosa que Freud rechazó.

Uno de sus primeros trabajos psicoanalíticos es “Transferencia e introyección” [7] (1909). Es una obra compleja, donde asombrosamente anticipa muchas ideas que Freud retomará luego. Su principal preocupación es distinguir el procedimiento analítico de la sugestión hipnótica. Introduce el concepto de introyección como mecanismo psíquico de la transferencia, en oposición a la proyección característica de la paranoia.

Una directriz de ese trabajo es la de considerar dos dimensiones de la transferencia, una que remite a la madre indulgente, la otra al padre severo. Ternura y violencia son los materiales de que está hecho el amor, los instrumentos del hipnotizador, la “hipnosis materna y paterna”.

A propósito de esta dualidad, veremos que sus innovaciones, la técnica activa y la relajación o neo catarsis corresponden, respectivamente, una al padre severo y la otra a la madre indulgente.

No es el caso de comentar este trabajo pero debo decir que están en él en germen las ideas de superyó (como resultado de la introyección de las figuras parentales) y la íntima relación entre enamoramiento e hipnosis. Todo esto sucede sólo un año después de haber conocido a Freud. Su inquietud intelectual lo llevó a tratar en su obra temas de lo más variados y observaciones clínicas minuciosas, a veces muy puntuales, en textos de menos de media página.

Ferenczi, sin duda alguna, fue un investigador. [8] Su consultorio era un laboratorio donde exploraba los caminos para aliviar mejor y más rápido el sufrimiento de sus pacientes. Centró su atención en la contratransferencia, poco explorada por Freud, y es desde esa perspectiva que introduce sus innovaciones técnicas. Siempre está atento a los efectos que el análisis tiene sobre el analista y sus textos transmiten muy vívidamente el clima de su consultorio. Es alguien pensando lo que hace con sus pacientes.

A su obra la sostiene el mandato ético de diferenciar su trabajo de toda práctica sugestiva. Su preocupación siempre fue no hacer de la escena analítica una repetición de situaciones traumáticas infantiles. Por eso siempre advirtió contra la hipocresía de los analistas, porque consideraba que de ese modo se ejerce un poder sobre el paciente. Ya al final de su obra es muy explícito. Dice que no se pueden evitar reacciones emocionales del analista como manifestaciones de agresividad y crueldad. Pero se debe: 1. saberlo 2. confesar los errores a sí mismo y al paciente.

Veremos cómo esa pasión por la honestidad del analista lo condujo más tarde al incierto ensayo del análisis mutuo. Pero vayamos por partes.

 

Técnica activa

Sus experiencias comienzan alrededor de 1918, contemporáneamente a la ponencia de Freud que citaba la vez anterior sobre los caminos de la terapia analítica.

El ejemplo clínico que inicia esta etapa es una paciente que, luego de varias interrupciones del tratamiento en el punto de una transferencia erótica masiva, manifiesta una postura en el diván –las piernas apretadas- que a F. le sugiere una práctica masturbatoria. Entonces le prohíbe adoptar esa postura, mejor dicho la “incita” a no hacerlo. En otros casos, corresponderá estimular al paciente a realizar los actos temidos, como en algunas fobias. En otro caso, indica a un paciente con temor al acto sexual, a mantener retraído el prepucio durante todo el día de modo de exponer el glande a frotamientos. El objetivo en todos los casos es aumentar la tensión, aliviada por la misma práctica onanista, o evitada por los mecanismos fóbicos, de modo de reconducir la libido a la descarga mediante la asociación libre, hacerla pasar de lo físico a lo psíquico, único camino accesible para el dispositivo de la cura. [9] Esta concepción está sostenida en la primera teoría de la angustia freudiana.

La técnica activa era considerada en ese momento un experimento innovador y ampliatorio de la técnica tradicional que Freud había sugerido: asociación libre, atención flotante, abstinencia. La actividad se refiere en primer término al paciente. Cuando las asociaciones se detienen el analista invita, mediante prescripciones o interdicciones, a adoptar una actitud activa ante los síntomas, es decir a hacer o a renunciar a hacer ciertas cosas. Son órdenes y prohibiciones que el analista sugiere, “manteniendo siempre la situación de abstinencia según Freud” [10].

En otras ocasiones y contraviniendo la regla fundamental, animaba a los pacientes a elaborar pensamientos o fantasías –transferenciales, infantiles o masturbatorias- o en otros casos a disuadirlos de ellas, o bien desviaba el curso de las asociaciones de los pacientes cambiando de tema cuando percibía que ellas se ponían al servicio de la resistencia (hablando pavadas, por ejemplo). [11] Quiere decir entonces que la actividad no sólo puede contrariar la regla de abstinencia, sino incluso la regla fundamental de la asociación libre.

Ahora bien, le preocupa que estas intervenciones acerquen el método a la sugestión lisa y llana y se pregunta por el derecho del analista a dar consejos a sus pacientes, concluyendo que en el propio interés del psicoanálisis hay ocasiones en que es recomendable hacerlo. Por eso su aplicación está sujeta a varias condiciones: se trata de una práctica excepcional, a utilizarse cuando los análisis atraviesan momentos de detención o estancamiento y no es recomendable en los comienzos de un análisis sino cuando la transferencia está desarrollada.

Como se ve, la técnica activa se desarrolla en una frontera muy estrecha entre el oro puro, es decir el método basado en los pilares fundamentales de la abstinencia y la asociación libre y el tosco cobre de la sugestión, basado en el ejercicio del poder de la ternura materna combinada con la severidad paterna. Ferenczi no duda en internarse en terrenos escabrosos, con un entusiasmo alimentado por su inflexible deseo de ayudar a sus pacientes, lo que le hará acentuar los éxitos terapéuticos del método hasta que algunos evidentes fracasos lo llevan a establecer en 1926 las “Contraindicaciones de la técnica activa” [12]. Allí argumenta en tres sentidos contra la utilización estricta de medidas de actividad terapéutica. En primer lugar, las indicaciones que apuntan a aumentar la tensión psíquica mediante la frustración -la prohibición del goce según una terminología más afín- también aumentan las resistencias, incitan al yo del paciente a contrariar a su analista. Segundo, la actividad que produce frustración atenta contra la transferencia, llegando en casos extremos a provocar la huida del paciente. Por último, la rigidez de las indicaciones puede ser un camino para la expresión de tendencias sádicas del analista, por lo que recomienda “elasticidad en su aplicación”.

Estos argumentos me resultan evidencias clínicas cotidianas. Conozco de sobra los límites de un consejo. Por lo general está destinado a no ser seguido. Y eso es una señal de salud del paciente capaz de no obedecer ciegamente y también un indicador del trabajo realizado en el análisis. Pero a veces creo oportuno darlo cuando me lo piden. Por ejemplo si se trata de alguien con pocos recursos simbólicos o psíquicamente frágil, resultan imprescindibles algunas intervenciones muy directivas, que en definitiva refuerzan la dependencia del paciente, pero también le permiten explorar activamente situaciones nuevas.

En otros casos menos graves la respuesta suele ser más irónica, marcando mi incredulidad sobre la eficacia de un consejo, pero suelo utilizar un recurso que también podría encuadrarse como “activo”: “y si hicieras tal cosa, o dejaras de hacerla ¿qué pasaría?”, más como incitación al juego que como sugerencia. Muchas veces el resultado es que el paciente inventa fuera de sesión otra salida, impensada hasta entonces.

 

La neo-catarsis

Volviendo a Ferenczi, una vez establecidos los límites de la “actividad”, de haberse internado en las vicisitudes del capítulo “padre severo” de la transferencia, será tiempo de explorar otra vía completamente opuesta a la anterior. En vez de proponer al paciente actuar contra su síntoma, le impulsa a “dejarse hacer”, a entregarse a sus impulsos y relajar completamente la tensión a su respecto. Si la técnica activa proponía un aumento de la tensión, la relajación consiste en reducir al mínimo la tensión, permitiendo la descarga de los impulsos en el curso de las sesiones. Esto produce con frecuencia un alivio, que él considera similar al del antiguo método catártico, antecedente de la asociación libre. Es por ello que se referirá a esta nueva técnica adoptada como “relajación o neo-catarsis”. La asociación libre está regida por esos mismos principios, por un lado se obliga al paciente a confesar verdades desagradables y por otro se le autoriza una libertad de palabra y una expresión de sentimientos que no se logra en la vida social. [13]

La condición para que esto funcione está en la actitud del analista, que debe ser “amigablemente benévola” hacia el paciente, pero resguardándose de toda hipocresía, es decir que los sentimientos y actitudes del analista no sean fingidos sino que sean al modo analítico, “es decir con una sinceridad total”, ya que  el paciente vive la reserva severa y fría del analista como la continuación de la lucha infantil contra la autoridad de los adultos.  [14]

En definitiva será el principio de “economía del sufrimiento” el que indicará cómo utilizar las técnicas de frustración (activa) y de dejar hacer (relajación).

 

La cuestión del traumatismo

Todas estas consideraciones se sostienen en una idea central que Ferenczi rescata de la prehistoria del psicoanálisis: la noción de trauma, que había sido abandonada por Freud al acentuar el poder de la fantasía en su génesis [15]. Para él, el material aportado por la neo-catarsis ha vuelto a dar una gran importancia al factor traumático original, entendido como un acontecimiento efectivamente vivido por el paciente. En los años siguientes esa convicción se mantendrá hasta su último artículo publicado en vida, que introduce la idea de que el trauma es el resultado de la confusión entre la lengua de la pasión de los adultos y la lengua de la ternura, propia de los niños. [16]

Podría objetársele que esta idea elude la sexualidad infantil, ya que supone al niño como un ser inocente, sin embargo la idea de un trauma sexual padecido por todos en la infancia a mi entender retorna transformado en el concepto de la seducción generalizada de Laplanche. No obstante un historiador del psicoanálisis que estuvo a cargo de los archivos en Londres, Jeffrey Moussaieff-Masson [17] hizo hincapié en esta idea ferencziana para oponerla a Freud, acusando al psicoanálisis de desestimar la realidad de los hechos, lo que lo habría esterilizado como método terapéutico y  promoviendo la política de denuncia de los abusos sexuales sobre la infancia, que llegó a niveles escandalosos en la vida social, en especial en los EEUU. Este tema del abuso merece una discusión aparte.

Es en este contexto que debe comprenderse la extrema preocupación por no hacer del espacio analítico una escena de repetición de los traumas infantiles y, como afirma al final de su obra, el amor apasionado del analista debe ser el de una madre abnegada y benevolente que debe “cuidar al paciente como a un niño maltratado y desdichado” [18]. Hemos pasado a la otra dimensión de la transferencia, que exige una nueva disposición del analista a la sinceridad total, de modo de no reproducir la autoridad de los adultos sobre el niño, ofreciendo al paciente un trato igualitario.

 

Análisis mutuo

Esta profundización de la tendencia conduce directamente a la última vuelta de la técnica, lo que se llamó el análisis mutuo. Esta experiencia o experimento se desarrolló mientras F. escribía, a lo largo de la mayor parte del último año de su vida, un diario clínico donde desplegó con total libertad las reflexiones que su trabajo le sugería. Se trata de un género completamente diferente al de los artículos o conferencias que constituyen el grueso de su obra. Muchos han querido ver en él los signos de un deterioro mental causado entre otras cosas por una transferencia no analizada con Freud que lo llevó a un resentimiento que se trasunta en las entradas del diario.

El hecho es que al cabo de un tiempo la neo-catarsis mostró sus inconvenientes. Luchando siempre contra la insensibilidad del analista, cuenta que una paciente “obediente” se permitía cada vez mayores libertades bajo la indicación de la relajación, llegando incluso a besarlo, cosa que él permitía y ella alardeaba de poder besar a “papá Ferenczi” cuando quería. Cuando su conducta sexual fuera del consultorio se convirtió en exhibicionismo, dejándola en ridículo en su medio social, el analista debió reconocer que al ser tan permisivo no actuaba con “naturalidad”, sino que lo hacía para sostener su postura técnica sin advertir que de ese modo daba lugar a la repetición de una situación de abuso sexual infantil.

A partir de esta cuestión las relaciones con Freud se enfrían definitivamente. El maestro le envía una última carta donde censura abiertamente esa conducta y considera que el desvío de Ferenczi respecto de su propia doctrina era irrecuperable [19].

Responde a estos obstáculos convencido de que la resistencia es del analista y por lo tanto profundiza su apuesta por la sinceridad. Comienza a comunicar sus impresiones y sentimientos a los pacientes, incluso una reclama el  derecho de analizar a su analista, a lo que Ferenczi accede, comunicando sus asociaciones y emprendiendo un análisis mutuo. En un principio mantiene algunos reparos, en especial tratando de no herir la sensibilidad de su paciente, pero luego incluso libera opiniones adversas acerca de su personalidad o de conductas desagradables para él. No le pasan inadvertidos los efectos de semejante experimento. Suele suceder que los pacientes sujetos a esta práctica entren en estados de trance, auto hipnóticos, que hoy describiríamos como estados profundamente regresivos. La lectura del Diario abre infinidad de cuestiones y nos sumerge en un universo analítico inquietante. La libido es una fuerza que puede resultar arrolladora y en esas anotaciones al final de un día de trabajo, podemos seguir el derrotero de su desencadenamiento en la transferencia y la reacción del analista, convertido en aprendiz de brujo. “¿Quién está loco, nosotros o los pacientes?” [20] se pregunta un día, para concluir en una frase que me parece resume bien su imperativo ético:

Finalmente a uno se le ocurre preguntarse si no es natural y también oportuno ser francamente un ser humano dotado de emociones, tan pronto capaz de empatía, tan pronto abiertamente irritado. Lo que quiere decir: abandonar toda “técnica” y mostrarse sin disimulo, lo mismo que se le pide al paciente [21].

 

El problema del fin del análisis

Quizás el recurso más conocido de la “técnica activa” fue el de fijar un plazo al tratamiento, para terminar de desligar al paciente de una transferencia demasiado adhesiva, impidiendo la eternización del análisis, así como Freud intentó hacer con el Hombre de los lobos [22]. No tardó sin embargo en reconocer los graves errores cometidos por utilizar este método en muchos casos. Siempre el objetivo fue abreviar los tratamientos para lograr pronto alivio en sus pacientes, si bien fijando un plazo de terminación convocaba la reacción terapéutica negativa. De este modo en 1927 llega a la conclusión de que:

El análisis termina de verdad cuando no hay suspensión ni por parte del médico ni por parte del paciente; el análisis debe morir por agotamiento, siendo el médico quien debe mostrarse siempre el más desconfiado y sospechar que el paciente quiere reservarse algo de su neurosis al expresar su voluntad de irse. Un paciente verdaderamente curado se desprende de su analista con lentitud pero con firmeza; de tal modo que si el paciente quiere volver, siempre puede hacerlo. [23]

Sin proponérmelo, en mi consulta las cosas suceden así, tal como aquí lo describe. Muchas veces pensé esta modalidad según la idea de Winnicott del uso del objeto. Cuando el analista cae en desuso el análisis termina. Así de simple, mi clínica me enseñó a desdeñar los complejos mecanismos y requisitos de terminación de los tratamientos que proponen las diversas escuelas, para conformarme con estos criterios sencillos. Nunca sé cuándo se trata de una interrupción temporaria o de una finalización más definitiva del análisis. Me sorprenden con frecuencia los retornos al cabo de cierto tiempo, a veces muy prolongado, otras breve. En otros casos la despedida es definitiva. No sabremos si el trabajo llegó al “agotamiento” sino a posteriori o nunca.

Ya empeñado en la experiencia del análisis mutuo Férenczi llega a otra definición, que será la última en su obra. Piensa el fin de análisis como la superación de las falsas diferencias entre situación analítica y vida ordinaria. [24]

Un fin de análisis exitoso…podría recordar a dos alegres camaradas que, después de años de duro trabajo, se encuentran siendo amigos, pero deben admitir, sin escenas trágicas, que la camaradería de la escuela no es la vida y que cada uno se debe desarrollar en el futuro según sus propios proyectos  [25].

Recuerdo que mi primera intervención como miembro del Colegio fue sobre la amistad.

 

¿Qué me enseñó?

Lo primero que leí de él es un artículo titulado “Los gases intestinales: privilegio de los adultos” [26], un brevísimo testimonio del uso del pedo por parte del paciente como protesta contra el médico y como forma de permitirse cosas que le eran prohibidas en la infancia. Esa observación microscópica de una situación clínica me asombró por la ingenuidad que trasunta, pero también, luego entendí, por la profundidad de su reflexión sobre la posición del analista. Muchos años después de haberme encontrado con Férenczi atravesé la circunstancia de que una paciente psicótica se permitió la libertad de expulsar sus gases en sesión, en una actitud que francamente me resultó repugnante. No dudé en reprenderla severamente y en prohibirle que repitiera ese acto desagradable, cosa que no volvió a suceder, si bien su discurso solía transitar por la escatología anal con bastante frecuencia…pero sin olor.

Luego de esas primeras aproximaciones emprendí una desordenada lectura de sus obras completas, rebuscando aquí y allá  respuestas a muchas preguntas que surgían de mi trabajo. Me encontré con un inventor de ideas, muchas de ellas bastante delirantes, siempre muy osadas, como traté de mostrar en las páginas precedentes. No obstante pude reconocer en su obra algunos recursos que la madurez me ha permitido utilizar en mi consulta. Algo ya dije sobre los consejos y el modo en que los pongo a jugar. En todos los casos se trata de administrar la abstinencia, apelando a indicaciones o prohibiciones que necesariamente deberán ponerse en cuestión en el trabajo subsiguiente.

En otra ocasión, una paciente llega a sesión devastada porque su padre añoso debía ser intervenido quirúrgicamente en el corazón con un diagnóstico muy desfavorable. Es una muchacha que por desafortunadas circunstancias ha dedicado buena parte de su vida a cuidar a ese hombre, enfermo desde siempre y depresivo crónico. La impresión que me produjo es la de un dolor profundo por la perspectiva de futuro pero también de una secreta satisfacción al sentirse una elegida por la mala fortuna, ya que es ella la única que soporta la responsabilidad sobre el anciano. Sin detenerme demasiado a pensar, en el momento se me ocurrió relatarle una vivencia personal: mi propio padre, a la edad de 88 años, fue intervenido  de la misma dolencia y sobrevivió con una mejor calidad de vida unos cuantos más. Se mostró sorprendida por mi intervención… y yo también. A la sesión siguiente me dijo que mis palabras le habían producido un gran alivio y el trabajo continuó, a sabiendas de que los infortunios de la vida nos tocan a todos.

Quizás la intervención que más me interrogó fue la siguiente:

G. es una mujer que en el momento de la consulta estaba en sus 40 largos. De carácter tímido, va desplegando con dificultad un sufrimiento que la acompaña desde hace algunos años. Está casada (no legalmente) con un hombre algo mayor que tiene dos hijas ya adultas de su primer matrimonio. Tienen una convivencia armoniosa y decidieron tener un hijo. Después de un tiempo en que el embarazo no se producía, intentan un método de fertilización asistida que fracasa en dos oportunidades, previas al comienzo de la consulta. La pérdida en un caso y la no concreción del embarazo en otro, dejan en la pareja, pero muy especialmente en ella, un pesar que invade todos los espacios de la vida.

En una oportunidad, en el curso de una conversación de oficina, una compañera de trabajo le pregunta si alguna vez estuvo embarazada. Su reacción es de rechazo total, llega a sesión indignada por la falta de respeto a su privacidad y suponiendo en la otra una mala intención. Ese sentimiento perdura y reaparece a cada momento durante un buen tiempo. A algunos meses de comenzado el tratamiento vuelve a intentar la fertilización asistida, en este caso con donación de óvulos, ya que según los especialistas los propios no eran de buena calidad. El intento fracasa nuevamente, sumiéndola en una tristeza rayana en la desesperación.

Durante todo ese tiempo yo insistía en que no es lo mismo el deseo de ser madre que el deseo de estar embarazada. Que el primero podría satisfacerse por otros medios, dado que el embarazo se demostraba ya como imposible. A ella le parecía inconcebible la adopción, si bien su marido consideraba la posibilidad, sin por ello tomar iniciativa alguna al respecto. Pasa el tiempo y el sufrimiento no cede, plagado de auto reproches y auto denigración, su condición femenina se pone en cuestión, se siente menos mujer por no ser fértil, lo cual se agrava porque la ex de su marido queda embarazada de su actual pareja, embarazo que finalmente no llega a término.

En resumidas cuentas, el tratamiento transitaba siempre por los mismos caminos, marcados por la cuestión de la maternidad imposible, según la premisa que sostenía la paciente.

Como resultado de un arduo trabajo, llega a considerar la posibilidad de la adopción, pero la resistencia se traslada ahora a la morosidad en averiguar y dar los pasos necesarios para tramitarla. Todo parecía imposible y yo me sentía encerrado en ese círculo vicioso. Hasta que en una sesión, en que se repetía la misma cantinela decidí tomar una posición más activa. Le pregunté si quería que la ayudase con la cuestión. Le dije que tenía una colega que trabajaba en el tema y que podía conectarla. Tímidamente aceptó, que… bueno, que le diera el teléfono… Percibí que eso también iría para largo si la dejaba librada a sus cavilaciones, así que tomé el teléfono y llamé allí mismo a la colega, le expliqué la situación y le pasé con G. que miraba azorada el desarrollo de la escena. Temerosa tomó el teléfono y concertó allí mismo una cita.

De este modo se puso en marcha un proceso, mucho más breve que el que ella suponía, al cabo del cual adoptó a tres hermanitos. Cabe destacar que no lo hizo directamente a través de mi contacto, sino que la pareja encontró por su cuenta un hogar donde durante unos meses apadrinó a estos niños y luego comenzó el trámite de adopción.

Varios años después, luego de haber descubierto su maternidad y haber conocido el amor por sus hijos, lo que la llevó a reconsiderar sus relaciones con sus padres, que fallecieron en este período, culmina el tratamiento con lo mejor que puede esperarse de un proceso terapéutico: un grado razonable de felicidad, que como decía Freud, consiste en la capacidad de amar y trabajar.

¿Cómo entiendo el ejemplo? Durante un largo tiempo creí que mediante el trabajo asociativo sería posible superar la enorme resistencia de G. a aceptar su infertilidad y su edad y que eso le permitiría o bien renunciar a la maternidad o realizarla adoptando. Sin embargo me encontré participando de una escena que repetía cada vez la misma imposibilidad y lamento y de la que me sentía testigo mudo e impotente. Allí se realizaba una satisfacción, un goce, un padecimiento, tanto de ella, niña desvalida y maltratada por la vida como mío, en la impotencia para ayudarla. El recurso que utilicé permitió destrabar un acto largamente postergado y que dio lugar a una ampliación de su horizonte vital.

Tal vez la enseñanza más fecunda que me dejó Ferenczi es la valorización del recorrido de un análisis como experiencia emocional, es decir como nueva oportunidad para recorrer las situaciones dolorosas de la vida de la mano de alguien que además de soportar la imagos transferidas permita reconocer una calidad afectiva diferente.

Mi intento clínico es reconocer en el discurso del paciente, en sus actitudes, sus tonos, sus gestos y sus palabras, aquello que indica una diferencia en el curso ineludible de la repetición, ya que esa es la única vía para mejorar su posición en la vida. Toda técnica queda subordinada a este planteo, de modo que no caben fundamentalismos en cuanto a ella. La ética que sostiene nuestra praxis no se expresa en reglas técnicas. Desde este punto de vista considero que las experimentaciones de F. llevaron al límite recursos que muchos de nosotros usamos cotidianamente y que interrogan las inquebrantables reglas de abstinencia e incluso de asociación libre. De allí la imagen de una técnica elástica, aunque tal vez sería más apropiada la metáfora de la plasticidad, es decir que pueda ser modelada con facilidad, de acuerdo a los recursos de cada uno de nosotros.

“Sin simpatía no hay curación” se titula la segunda edición del Diario clínico resumiendo en esa frase el recurso más decisivo de su trabajo. Efectivamente para el éxito de la cura es preciso que el analista tenga suficiente confianza en sí mismo y que abandone todo sentimiento de superioridad sobre su paciente. La distancia emocional, la frialdad en el trato, la neutralidad afectiva conspiran contra el progreso del trabajo. “La antipatía es la impotencia” [27].

Ferenczi apostó su posición ética a la sinceridad, combatió siempre la hipocresía del analista y en eso lo sigo. Creo que el ocultamiento o disimulo de sentimientos contratransferenciales retorna indefectiblemente por las vías más inesperadas. El ejemplo que Ricardo Gaspari nos trajo el otro día muestra una de las maneras en que esos sentimientos pueden procesarse e incluirse en el campo transferencial. Los ejemplos que aporto dan testimonio de otras, las que encontré en mi experiencia y mi estilo personal.

El setting analítico es un artificio, un dispositivo ficcional cuyo único objetivo es devolver al sujeto la libertad de la que su padecimiento psíquico lo ha privado, para poder salir a la vida real en mejores condiciones de las que vino. Y allí estamos en el terreno del playing de Winnicott, donde el único recurso fecundo es el gesto espontáneo. Coincido entonces con Férenczi en que el campo transferencial no es la vida real y que nuestra aspiración es siempre volver a ella, paciente y analista, después de haber construido juntos un espacio lúdico destinado a terminarse cuando la sesión termina y cuando ambos dejan de encontrarse con regularidad.

 

Junio de 2015


 

NOTAS



* carlos.a.guzzetti@gmail.com , Tel. 54-11-4964-2535

 



[1]  “Análisis de niños con los adultos” T.IV, pág. 124

[2] Tanto Ferenczi (entre 1912 y 1919 en Budapest) como Abraham (en Berlín) fueron analistas de M. Klein. De ambos tomó ideas, pero se apoyó mucho más en el último.

[3] que habiéndose formado con Klein, fue parte junto con aquél del grupo medio (Middle Group) en las polémicas entre ella y Anna Freud en la Sociedad Británica.

[4] “El gesto espontáneo”, Paidós, Bs. As. 1990, pág. 90

[5]  “Sugestión y psicoanálisis”, en Obras completas, T.I, pág. 261,  Espasa Calpe, Madrid, 1981.

[6] “En memoria de Sándor Ferenczi”, OC BN, III, pág. 3237

[7] “Transferencia e introyección” (1909) OC, T I, pág. 99

[8] Contrariamente a Lacan que afirmaba, citando a Picasso: “No me siento un investigador, yo no busco, encuentro” Sem XI, p 15

[9] “Dificultades técnicas de un análisis de histeria”, (1919), OC, Espasa-Calpe, Madrid, 1981

[10] “Prolongaciones de la técnica activa” (1920), OC TIII 137 y ss.

[11] “Las fantasías provocadas”, OC T III, 287

[12] En OC, EC, T III, pág. 427

[13] Id. T IV, pág. 98

[14] Id. pág. 99

[15] Cf. “No creo más en mi neurótica”…”La fantasía sexual se adueña regularmente del tema de los padres” en Carta 139 a Fliess, en Cartas, AE, Buenos Aires, 1994, pág. 284

[16] “Confusión de lengua entre los adultos y el niño” en OC EC, T IV, pág. 139

[17] “El asalto a la verdad”, al que Oscar ya hizo referencia en su texto sobre Tres ensayos

[18] “Diario clínico” Ed. Conjetural, Bs.As., 1988, págs. 185/187

[19] Véase la llamada “carta del beso” del 13/12/1931 en Jones, E., “Vida y obra de S Freud” Hormé, Bs. As. 1976, pág. 180/181

[20] Diario clínico, pág. 136

[21] Id., 139

[22] Cf. “Análisis terminable e interminable” OC AE, XXIII, pág. 211

[23]El problema del fin del análisis”, OC T. IV, pág. 57

[24] “Diario clínico” págs. 185-187

[25] Id. pág. 67

[26] OC TII, pág. 107

[27] “Diario clínico”, pág. 188