• Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Linkedin

"A cien años de 3 ensayos"


Publicada el 16/04/2015 por Oscar Sotolano





                    A cien años de Tres ensayos de teoría sexual [1]

                                                                         Oscar Sotolano

                                                                      oscarsotolano@yahoo.com

 

Llama la atención cuánto tiempo ha debido pasar antes de que el texto que nos ocupa, Tres ensayos de teoría sexual, reciba homenajes explícitos. Cien años son muchos para ganarse un lugar en las efemérides. Sobre todo cuando las ideas que en él se encuentran desarrolladas, enunciadas o simplemente insinuadas, son el combustible con que el psicoanálisis ha trabajado desde sus orígenes. Si en aquel texto, Freud plantea que el Shibbolet de un psicoanalista (recordémoslo, la expresión con la que en Jueces, los galaaditas distinguían a sus enemigos, los efraimitas, porque estos no podían pronunciar “shibbolet”, sino “sibbolet”) se encuentra en el complejo de Edipo, hoy tal vez habría que buscarlo en el modo en que se entiende y jerarquiza la cuestión de la sexualidad, por cierto inseparable de la del complejo de Edipo.

 Buscando en la revistas de la Asociación Psicoanalítica Argentina del año 1955 no encontramos balances de la obra a los 50 años de su publicación; tampoco en 1980, al conmemorarse el 75 aniversario. En las revistas psicoanalíticas internacionales más importantes ocurre lo mismo; no he hallado ni en el banco electrónico de datos de APA, ni revisando directamente la International Journal y la Revue Francaise de aquellos años, esbozo alguno de un balance o alguna reflexión crítica. En contraste, pareciera ser que el siglo viene dispuesto a ponerse al día. Prepotente nos reclama elucidaciones que fechas anteriores no estimaron necesarias. Así es, en febrero de este año, Convergencia Lacaniana realizó en México un encuentro bajo el auspicio de los cien años de la publicación de (ésta es la alternativa de traducción que eligieron para titular el Congreso) Tres ensayos para una teoría sexual. Para cuando este artículo llegue al lector, la revista Topía ya habrá sacado su número referido al mismo tema, y el texto que usted está leyendo me fue solicitado por la comisión de publicaciones justamente por cumplirse el siglo de la primera edición de ese texto insoslayable. ¿Qué ha pasado para que las cosas hayan sucedido de esta manera? ¿Qué podría explicar esta extraña demora en un balance de una obra que es, junto a Interpretación de los sueños, la piedra angular sobre la que fue construido el edificio psicoanalítico? ¿Se trata de un hecho simplemente fortuito? ¿Se puede considerar un síntoma, en el sentido althusseriano del término, de una conflictiva posfreudiana que fue marcando su evolución? ¿Se trata de un forzado recurso retórico de mi parte para darle una dirección a un texto que, frente a la responsabilidad que su referente impone, me hace sentir abrumado? ¿Es un simple indicador de los modos en que las publicaciones psicoanalíticas diseñaban por entonces sus estrategias editoriales? ¿Refleja los cambios que el devenir de los tiempos ha producido en la cultura? ¿Es simplemente el indicio de la escasa importancia de este tipo de evocaciones en las épocas en que las hemos buscado? Estas todas, son preguntas que me parece por el momento pertinente hacerme y sobre las que carezco de respuestas concluyentes. No sólo no las tengo sino que, muy probablemente, el lector no las encuentre aunque llegue al final de este artículo. Pero me parece que los modos en que nos podamos ir ubicando frente a esas preguntas puede ser una buena manera de empezar a ir desplegando una serie de preocupaciones, en mi opinión centrales, que genera este texto extraordinario en su riqueza, su complejidad, su dinámica y (mal que le pese a un Popper) su capacidad de ofrecerse a la refutación. Un texto que a cien años de publicado exige que tomemos posición ante una pregunta ineludible: ¿Qué permanece vivo, qué no, qué sigue en discusión, qué merece ser reconceptualizado?, en definitiva, ¿Es Tres ensayos de teoría sexual, un texto todavía vigente, o forma parte de un protopsicoanálisis superado por las nuevas conceptualizaciones y prácticas sociales, sea que vengan vestidas con teorización inglesa, francesa o americana, o sea que nos expongan a una moral sexual a años luz de aquella en la que Freud  vivió, pensó y escribió?

Una primera respuesta se me impone: un texto no se homenajea recordando sus aniversarios sino (como diría Laplanche) haciéndolo trabajar, y al respecto hay demasiados artículos y libros que dan cuenta de ese trabajo, algunos de la talla de obras como las de Lacan y las de sus críticos discípulos, Laplanche, Green, Piera Aulagnier, donde los conceptos freudianos son abordados una y otra vez desde distintas perspectivas. En ese sentido, ¿cómo hablar de falta de homenajes explícitos cuando nadie negaría que retrabajarlos ha sido el mejor homenaje?  En efecto, esto es así, y me limito a mencionar a  estos autores porque, además de ser mis referentes más usuales, los que, por otro lado, me acompañarán en el curso de esta reflexión, también porque quiero con ello recalcar que esa rigurosa producción tuvo como objetivo, entre otros, recuperar la dimensión radicalmente sexual que se había desvanecido tras teorías más ligadas a las problemáticas del self, o a una fantasmática preedípica de corte metabiológico, o a despulsionalizadas teorías del apego donde se diluyen los aspectos más medulares encarados por Freud. Esto forma parte de la historia del psicoanálisis posfreudiano y escapa por completo a las posibilidades de este artículo encararlo. Estos breves comentarios sirven sólo para indicar la posibilidad de que la falta de artículos conmemorativos refleje cierto “olvido” que la obra freudiana sufrió en el medio de las luchas posfreudianas por la hegemonía teórica, y por la irrupción de nuevos intereses y perspectivas. El fructífero “retorno a Freud” que, por otro lado, sirvió como coartada para “ir a Lacan”, rompió con esa tradición “olvidadiza” pero generó otras que le dieron otros perfiles al debate.

El punto es que hoy, a cien años, parece que eludir esta reflexión se hace  imposible.

Juguemos por un momento con una transitada fantasía de la ciencia ficción más convencional: imaginemos por un instante que el profesor Freud resucitara o “simplemente” apareciese de pronto sentado en el living de nuestra casa y compartiera nuestra siniestra sorpresa ante tan honrosa y extemporánea visita  con la suya propia al ver pasar a nuestra hija vestida apenas con una minúscula prenda que poco le cubre, lista a salir hacia una fiesta en plena medianoche, mientras con un celular en la mano exclama con alegre desenfado: ”Hoy a Gonzalo me lo transo”. Lo menos que podría ocurrir es que el Profesor, a pesar de su correcto castellano aprendido para leer El Quijote en lengua original, fuera incapaz de entender el argot luso porteño de la joven y buscara en nosotros auxilio. Mientras, apremiados y nerviosos intentamos salvar sus baches idiomáticos, en un aparato para él desconocido (nuestro omnipresente televisor) un programa titulado Real-sex describe los usos y costumbres que la tribu gay-lésbica de California mantiene con diversos artefactos, de distintos materiales, texturas y tamaños, evocadores de penes, vaginas e implementos varios de uso sado-masoquista que el profesor contempla con absorta inquietud y ambiguo interés, antes de que nosotros cambiemos con el control remoto a otro canal en el cual una muchacha simpática y siempre sonriente explica con lujo de detalles la indiscutible prevalencia del orgasmo clitoridiano y todas las posibilidades que el sexo ofrece en materia de sexo oral, anal y, por qué no, ¡hasta vaginal! e, incluso, no necesariamente masturbatorio, ante los gestos asertivos de otra muchacha que con aire soso parece sin embargo aprobar cada uno de sus consejos con movimientos afirmativos de cabeza, mirada en chanfle y la contractual sonrisa de cera en el centro de su cara. Sobre la mesa ratona (nunca tan apropiada la adjetivación), como al pasar, el profesor verá en la tapa de una revista de divulgación general la foto de un travesti famoso mostrando sus senos siliconados y, en la contratapa de otra, la publicidad de unos preservativos de látex con vibrador que harán que el profesor dé un respingo al evocar cuánto imaginaba y deseaba él en su época que podía cambiar la vida sexual y así la vida general de los seres humanos el día que se inventase un buen sistema de anticoncepción y protección ante las enfermedades venéreas o el riesgo de embarazos no deseados.

No sería necesario agregar ningún otro incentivo más de los tantos  posibles que hoy invaden nuestra vida cotidiana, para imaginar que el profesor ya ha de estar suficientemente estimulado - recordando sus propias precisiones acerca de las diferencias entre estímulo y excitación tendríamos que precisar: excitado (dicho esto sin equívocas alusiones a una dimensión genital por cierto no descartable) - como para poder suponerlo al borde de un desfiladero donde la seducción del entorno ha podido, dos tiempos y a posteriori mediante, devenir traumática. En efecto, vaya a saber qué vivencias no significadas entonces de su Friburgo natal hayan podido ser removidas ahora, y nuestro querido profesor, con el rostro hiperémico, tal vez reaccione permaneciendo en silencio presa de un estupor de facie catatónica.

Claro que como él nos ha indicado a lo largo de su obra, el trauma no tiene porqué necesariamente devenir síntoma y, de acuerdo a las condiciones del aparato psíquico, hasta podrá ser fuente de conocimientos científicos o creaciones artísticas (sublimaciones) por cierto alejadas de un posible “daño” psíquico.

Así las cosas, tras un silencio que se nos hace insoportable, por momentos apenas roto por las voces en off que anuncian una marca de tampones o el anuncio de las exitosas obras teatrales “Monólogos de la vagina” y “Marionetas del pene”, el profesor sale de su calenturiento estado de estupor y como si hablase desde un cavernoso punto en el más allá, nos interpela:

      - Entiendo que lo que acabo de ver es sólo una pequeña muestra de la moral sexual de vuestra época, no podría llamarla de otro modo que auspiciosamente libérrima, ahora bien, ¿ha desaparecido o disminuido por ello la neurosis? -, sus ojos han recobrado la intensidad que sus contemporáneos le atribuyen y desnudan las señales evidentes de un deseo insaciable de saber. Para hacer más perentoria su pregunta, agrega:

       - Usted debe imaginar lo importante que resulta esto para mí-, y como quien cambia de tema dejándose llevar por una ocurrencia por completo intrusa, pregunta:

        - ¿Finalmente, han colocado mi placa?

        - ¿Placa, qué placa?, pregunto yo que, nervioso como me hallo, no logro  entender a qué se refiere.

         - La placa conmemorativa del descubrimiento del sentido de los sueños.

         - ¡Ah! ¡Claro!, respondo yo, consciente de que mis nervios orillan una  inminente catástrofe. - En verdad, no es sólo una placa-, me repongo. - Hoy su pensamiento forma parte de la herencia histórica de Occidente. Su obra se ha traducido en infinidad de lenguas y trasciende los campos estrictamente médicos para haberse transformado en una vertiente insoslayable del pensamiento contemporáneo, incluso entre las clases menos ilustradas. Usted acaba de ver a mi hija y escuchar el diálogo telefónico que mantuvo con alguno de sus amigas o amigos, ha visto lo que la televisión y las revistas muestran a diario, estos cambios, aunque usted no lo crea, son en buena parte obra suya, al menos, usted ha colaborado para que las cosas sean de esta manera. Hoy, señor profesor, hay infinidad de placas por todas partes del mundo.

          La sobriedad de su sonrisa no oculta su orgullo. Su cuerpo parece más erguido que el del hombrecito enjuto que tuve desde un comienzo ante mí.

          - Bien, qué bien -, musita con satisfacción. Pero el bienestar no dura mucho. Su ánimo, de pronto, se torna taciturno.

          - Entiendo su respetuoso afán de halagar en mí a su padre con esas palabras generosas, pero recuerde lo vano que resulta nuestro narcisismo ante las fuerzas del destino -, reflexiona mientras se toma bruscamente el maxilar en una muestra imprevista de dolor. El gesto sufriente, por fortuna, no dura mucho. Se repone enseguida.

          - Así que placas, muchas placas. Bien, qué bien-, repite como dándole  consistencia a lo que acaba de escuchar de mi boca.

          - Le diré más - agrego, ahora envalentonado, aunque apenas más tranquilo, - el azar ha hecho que usted (no sé como llamarlo) resucite,  aparezca, no sé, en la casa de una persona a quien se le ha pedido que escriba un artículo para los cien años de sus Tres ensayos de  teoría sexual-.

          - ¡Ah! Mire usted. ¡Oh, caprichoso Hades!, diría nuestro bienamado Goethe Y… seré curioso, mein lieber Sohn, y disculpe que lo trate de m’hijito siendo usted ya un hombre grande, con hijos también adultos y, por lo que sé, hasta un reciente y encantador nieto, pero comprenderá que incluso en estas inusuales circunstancias usted no es más que un niño de 53 años y yo un provectísimo anciano de ciento cincuenta que acabo de llegar del más allá. Le decía, seré curioso, ¿qué es lo que piensa usted decir de mis investigaciones? ¿Responderá a la pregunta que antes le hice?

          -  ¿A cual se refiere?, respondo, ya vuelto a mi pavor inicial.

          -  Ve jovencito, mi memoria sigue siendo impecable mientras que la suya deja mucho de desear. Antes le pregunté si en esta época donde hay tanta libertad sexual e infinitas posibilidades de entregarse a los placeres del sexo sin temor ni culpa ¿han desaparecido o por lo menos disminuido las neurosis? Se dará cuenta que muchas de mis hipótesis de entonces se comprometen según el modo en que usted responda a mi pregunta.

           Era indudable que la tenacidad del Viejo no me iba a soltar así nomás, así que lo que de aquí en más retranscriba será parte de las ideas  que sostuve en aquel diálogo borgiano que mantuve con el profesor a través de su obra.

            En primer lugar debo decir que la respuesta es contundente en lo que se refiere a los datos que la sustentan: la infinitamente mayor divulgación que las cuestiones relativas a la sexualidad han tenido no ha producido ningún descenso en la manifestación de neurosis. Pueden haber surgido nuevas patologías, o las viejas neurosis tomar otros formatos, pero el sufrimiento humano que solemos ver como enfermedad mental sigue intacto incluso en aquellos aspectos que la libertad sexual debería haber protegido mejor. Sigo recibiendo pacientes que padecen fobias, histerias o neurosis obsesivas, pero  también muchos con síntomas de eyaculación precoz, impotencia, anorgasmia, astenia sexual, pudores irrefrenables y todo el abanico de sufrimientos que en materia sexual parece haber acompañado al Hombre (la época me exige ser “políticamente correcto” y aclarar: también la mujer, aunque jamás se me hubiese ocurrido excluirla al hacer uso de aquel significante de raigambre patriarcal), sufrimientos, digo, que en materia sexual parecen haber acompañado, al menos, al Hombre de la modernidad.

            Esa perduración de las disfunciones sexuales incluso entre quienes han recibido una información apropiada y en climas familiares sexuales tolerantes, encerraba la preocupación de este Freud redivivo acerca de si sus especulaciones teóricas de hace un siglo podían ser refutadas por la experiencia posterior.

            - Parece que Más allá del principio del placer se aproximó más al sufrimiento humano que Tres ensayos - , reflexiona de pronto, mientras sigue con voraz interés el relato de mi experiencia clínica cotidiana.

         - Puede ser -, le digo, - pero no me parece que los fundamentos de la sexualidad que usted trazó puedan ser tirados por la borda como material en desuso -.

         En efecto, debo reconocer que la pregunta del profesor Freud, me sorprende. Cuestiona el modo en que he entendido sus enseñanzas. Recuerdo la manera en que le objeta en Sobre el psicoanálisis silvestre a aquel médico que confunde sexualidad genital con sexualidad en sentido psicoanalítico (psicosexualidad la llama), cuando, por ejemplo, dice “sabemos desde hace tiempo que una insatisfacción anímica con todas sus consecuencias puede estar presente donde no falta un comercio sexual normal, y como terapeutas siempre tenemos en cuenta que el coito u otros actos sexuales a menudo sólo permiten descargar una mínima medida de las aspiraciones sexuales insatisfechas, cuyas satisfacciones sustitutivas nosotros combatimos bajo la forma de síntomas neuróticos”  Desde esta perspectiva, nada hay de contradictorio entre sus postulados y la incapacidad que la época muestra en liberar al hombre de su sufrimiento neurótico, ni qué hablar de su cada vez mayor miseria común, a pesar de los cambios de nuestra moral sexual media. La relativa liberación de las ataduras victorianas no tiene por qué necesariamente incidir en las vicisitudes de la pulsión parcial, desde Tres ensayos, el campo específico de la neurosis. Ese es uno de sus aportes irrefutables, pero no por ello ajenos a una posible refutación que siempre Freud le exigió a sus propios argumentos; baste para ello seguir en Tres ensayos la cantidad de veces en las que discute una hipótesis desde tal o cual perspectiva, o cuántas insiste en recalcar lo que falta todavía para que sus nociones alcancen la estatura de conceptos precisos. Lo que sin duda queda claro es que si algo ha introducido su texto en el conocimiento contemporáneo, es que la sexualidad se va construyendo desde la infancia, tiene que ver con la pulsión no con el instinto, más aún, podríamos decir que, en un punto, la sexualidad es una experiencia de construcción social e histórica, plasmada en la aleatoria subjetividad, por cierto inseparable de lo corporal, de cada quien.

    Me detengo en esta cuestión. Desde aquel artículo acerca de las diferencias entre las parálisis motrices y las parálisis histéricas el profesor plantea una cuestión que será central en todo lo que concierne a la construcción de las representaciones corporales. Afirma que el cuerpo de la histeria no es el cuerpo de la anatomía sino el de la cultura, más precisamente, lo dice de este modo: “ La histeria toma los órganos en el sentido vulgar, popular, del nombre que llevan...”. En verdad, el cuerpo siempre es en la especie humana un fenómeno de cultura, porque casi nada, y cada vez menos, se escapa a su fuerza instituyente y a su capacidad transformadora. El Freud más biologista que me pregunta si por haber más libertad sexual la neurosis ha disminuido, ese Freud que a veces piensa básicamente en términos de  la toxicidad de las neurosis actuales o de una sexualidad que progresa de formas inferiores a una genitalidad superior circulando por fases predestinadas (de la fase oral, a la anal, a la fálica, a la genital integradora), ése que se orienta de acuerdo a la hoy ya abandonada teoría de Haeckel según la cual la ontogenia recapitula la filogenia[2], ese Freud que se pregunta sobre las vicisitudes químicas de la sexualidad, no siempre se lleva bien con aquel que también postula que la sexualidad es una construcción donde el semejante, para ser convencionales, la madre cuando cuida, o para serlo aún más, el padre cuando reta, por ejemplo, van dibujando un mapa donde la sexualidad se juega en su mayor peculiaridad, es decir, ser fundamentalmente parcial, y con permanentes aspectos colaterales que coexisten.

     En efecto, si el texto de Freud se inicia con un largo desarrollo sobre la cuestión de las inversiones y las perversiones no es para explicar esas prácticas sexuales, aunque algunas líneas muy precarias propone (por ejemplo, su teoría del perverso fijado a una temprana forma de satisfacción), sino para ubicar la dimensión básicamente perversa de la sexualidad humana normal.

 Aunque Freud, hombre que comparte la moral de su época, pueda ver como patologías todas las formas de desvío de una sexualidad normalizada, no por ello deja  de insistir una y otra vez en que la distancia entre lo normal y lo patológico en materia sexual se borra muy fácilmente. Así, él mismo se trata de distanciar de su propia tendencia a psicopatologizar.

         Cuando él postula esa fórmula tantas veces objetada: “la neurosis es el negativo de la perversión”, apunta, a mi parecer, a esa cuestión que remite a la pulsión parcial. No puedo entender esa frase como si detrás de una neurosis hubiera un fantasma perverso constituido. Sería como pensar que hablar de niño perverso polimorfo fuera suponer infantes vestidos con ropas de cuero, con látigos y ligueros, buscando construir los ritualizados escenarios de un “perverso” adulto. Freud usa la frase para plantear que la sexualidad humana es perversa en el sentido de que es parcial. Lo positivo y lo negativo remiten a una dimensión puramente descriptiva de actos: positivo, en el sentido de lo que se evidencia en las prácticas manifiestas, o negativo: lo que no se realiza, en todo caso, se halla escondido en una fantasmática inconsciente que sí se realiza a través del síntoma; cuando no apunta, tal es el caso en La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna, a un enfoque eléctrico: dos polos que en última instancia se atraen[3].

         De hecho, aprovecho su ficcional presencia para preguntárselo, pero me mira con benevolente interés y me contesta:

         - Siga, siga, muy interesante, no se preocupe tanto por lo que yo piense, continúe con su desarrollo. Si yo le diera la razón, usted jamás podría autorizarse ante nadie con mi opinión favorable, porque ninguna persona cuerda le creería que tuvo esta charla conmigo, y si le dijera que no coincido con usted, primero se mortificaría, y luego pensaría que no puede darle crédito a las objeciones de un fantasma y volvería a sus ideas (erradas o no) con mayor firmeza aún. Siga, siga pensando por su cuenta que es lo mejor que puede hacer. Tal vez eso sea lo más importante que yo pude haberle trasmitido alguna vez.

    Así que sigo. En efecto, la dimensión parcial de la pulsión, el descubrimiento de la sexualidad infantil elocuente en el chupeteo, en los usos de las funciones excrementicias, en las múltiples maneras de la erogeneidad corporal, en las caprichosas formas que adoptan las “teorías sexuales infantiles”, son datos que ningún pediatra serio actual puede desconocer, ni ninguna maestra puede pretender ignorar. En este punto su aporte levantó un velo que cubría el cuerpo y la mente infantiles de una inocencia que ninguna observación desprejuiciada  puede sostener hoy en día, salvo que armado con los misiles de algún dogma inquisitorial de forma judeo cristiano-americana, coránica o vaticana. Por eso hoy su obra es citada por psicopedagogos, maestros, pediatras, madres, incluso algunos curas y hasta taxistas.

      - ¿Taxistas? ¿Qué son taxistas? – pregunta él, sorprendido.

      - Cocheros de automóviles que trabajan en el transporte individual de pasajeros en coches autorizados para ese fin. Unos expertos en toda clase de temas que hablan de todo y conocen de todo.

       - ¿Hasta ese punto se divulgaron mis ideas?

       - Tanto como eso. El psicoanálisis, por lo menos en Buenos Aires, es una ciencia de multitudes.

       -  Oi, oi, oi, dice el profesor, que aunque haya sido siempre un judío laico capaz de escribir una obra como el Moisés, no se ha desprendido de algunos de los folclorismos de su pueblo. - Que haya tomado esa escala, sigue, no puede dejarme satisfecho. Usted sabrá que las multitudes pierden el yo en el ideal del yo de su líder. ¿No me habré transformado en una suerte de hipnotizador de multitudes enceguecidas?

       - No es para tanto. Aunque cada día comprobamos más fehacientemente que las  instituciones suelen organizarse de ese modo.

       - ¡Oi, mein Gott!

       - No se afija, esos son detalles que no hacen al valor de su obra. Usted no inventó la dependencia humana con el padre, sólo llamó la atención sobre ella. Le decía que la pulsión parcial y el carácter contingente del objeto sexual que usted teorizó son una comprobación clínica cotidiana. En ese sentido, la pulsión, tal cual usted la desarrolló en Pulsiones y sus destinos, y que incorporó en notas posteriores de sus Tres ensayos, queda por fuera de cualquier discusión. La presión, el fin, la fuente y el objeto son elementos teóricos que han permitido arrancar a la sexualidad de cualquier concepción sexológica.

       - No sé si lo alcanzo a comprender del todo.

       - Bueno, voy a su pregunta. Algo que a mí me parece central de sus Tres ensayos es una afirmación que usted hace en el prólogo a la tercera edición. Allí usted dice: “Los tres ensayos de teoría sexual no pueden contener más que lo que el psicoanálisis necesita suponer o permite comprobar. Por eso queda excluido que alguna vez puedan ampliarse hasta constituir una ‘teoría sexual’. Pero no se crea que estos capítulos omitidos del gran tema fueron ignorados por el autor, o que los desdeñó por considerarlos accesorios.” Es un agregado que explica la importancia de elegir la traducción de Tres ensayos de teoría sexual,  en vez de, para una teoría sexual.  No sé si lo recuerda.

      - Me parece que me está pidiendo demasiado.

      - Disculpe, pero Ernest Jones, en la biografía que ha escrito sobre usted, opina que esa frase suya es una muestra de modestia.

       - No recuerdo la frase, pero recuerdo a Jones… muy inglés Herr Jones… aunque, por razones obvias, nunca pude leer esa obra, de lo que sí puedo dar fe es que la modestia jamás fue una de mis virtudes. Amén de que pude haber incluido esas líneas por muchas razones.

       - Mi idea es que las incluyó, independientemente de los motivos más o menos conscientes que lo hayan llevado a hacerlo, porque intentaba diferenciar la concepción psicoanalítica de la sexualidad, fundamentalmente heredera de su propio método de investigación, la asociación libre, la atención flotante, el trabajo en transferencia, de los modos usuales en que hoy se piensa una sexología. Es decir, una ciencia de las conductas sexuales. ¿Estoy en lo cierto?

       - Ya le dije que no se aflija tanto por si yo acuerdo o no con la forma en que usted me lee.  Limítese a continuar; yo lo escucho con atención.

       - Bueno, es importante, porque tiene que ver con su pregunta y con el modo en que he entendido su obra. Si la sexualidad es esa construcción iniciada en los primeros años de la vida en el interior de esa dramática que dio en llamar Complejo de Edipo, que produce una nueva resignificación estructural en el momento de la eclosión hormonal de la pubertad (ese período que usted profundizó en su tercer ensayo), sus componentes perversos, esos que usted desarrolló en términos de distintos modos de obtención del placer localizados en objetos y fuentes de aparición muy temprana en la vida infantil, van a constituir su centro inconsciente, encontraremos en ellos la clave de la neurosis y no en la mayor o menor satisfacción genital. Esto, hoy, lo comprobamos a diario. Usted construyó su teoría cuando la castidad era una virtud y el placer una tentación del demonio. La construcción social de sexualidad de su tiempo pertenecía a una moral austera y, como usted tanto insistió, restrictiva. En la nuestra, en cambio, la moral sexual es, o pretende mostrarse, libre, motivo por el cual la neurosis no se esconde tras la restricción de los placeres sino por el contrario en su forma obscena y supuestamente desprejuiciada de hacerse notar. Nuestras histéricas de hoy, por lo general, cogen o dicen hacerlo (disculpe lo chabacano de la expresión pero es la más precisa que encuentro), por lo general, más que las no histéricas. No son jóvenes torturadas por haber deseado al cuñado, sino jóvenes que padecen que el cuñado no se las lleve a la cama. Su sexualidad ostensiva, que el conductismo sexológico orienta con pretensión académica hacia un vademécum de prácticas de toda índole, esconde todos los conflictos inconscientes que involucran la sexualidad parcial sobre las que usted ha llamado la atención. Hoy podríamos decir, como en Dora, que la forma de realización de la sexualidad reprimida de la histeria sigue estando en su síntoma, pero que ahora, más de una vez, ese síntoma es el de la compulsión a tener sexo.

      Antes le dije que usted había tenido mucho que ver con los cambios de la moral sexual de nuestra época, pero ahora creo que fui un poco exagerado. Estos cambios no se produjeron como una consecuencia de sus pensamientos. En verdad, más que nada, sus pensamientos sirvieron como vía para racionalizar esos cambios. En nuestra época, todo es una mercancía. Todo (cosas y personas devenidas cosas) debe ser liberado de cualquier tipo de restricción para tornarse un producto mercantilizable. Desde esa perspectiva, muchos de los aparentes cambios que usted nota no responden a las convicciones profundas de los sujetos sino a las imposiciones de un mercado de lo sexual que necesita benevolencia social para poder reproducir los negocios millonarios que genera. Se ha producido tal presión de una supuesta ideología de la tolerancia que ahora los interrogantes que, por ejemplo, la homosexualidad nos plantea, son muy difíciles de abordar porque se corre el riesgo de quedar excomulgado por reaccionario. Y si algo deja claro el texto que me han pedido que comente es que ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son enfermedades, pero tampoco que ni unas ni otras son garantías de salud. Hoy nos encontramos que muchas personas esconden tras su “libertad” y tras su “derecho a las diferencias” sus conflictos más profundos. La diversidad de los placeres sexuales se transforma, muchas veces, en una coartada para no encarar los verdaderos conflictos con la sexualidad estructural, parcial, infantil que los seres humanos arrastramos y manifestamos en infinidad de situaciones no necesariamente sexuales de nuestra vida emocional, seamos homo, hetero, bi o trisexuales.

     - Como usted se imaginará-, me interrumpe el profesor, -en el más allá uno se encuentran con muchas personas. Un día charlaba con Carlos Marx, no sé si lo conoce ...

     -  Por supuesto. Ha sido uno de los autores más odiados e idolatrados, aunque también menos estudiados críticamente, de la historia moderna.

     - ¿Le parece...? ¿no será ése el destino de todo pensamiento? ¿el pecado original fue el encuentro de los cuerpos o el haber comido del árbol de la sabidurìa? ¿Sexo y saber son acaso disociables? Pero bueno, él me explicaba cosas que no entiendo, ni jamás entendí ni estudié, y justamente me comentaba esa particularidad del capitalismo de transformar todo en mercancía. El me decía que ésa era la propia lógica del sistema, su inexorable dinámica interior. Mientras lo escuchaba a usted me iba pareciendo que sus argumentos eran afines a los que él me explicó en aquel momento. En verdad, él habló poco, porque enseguida me empezó a preguntar casi obsesivamente si sabía qué habían hecho sus discípulos con sus teorías en el tiempo que me había tocado vivir (una preocupación que todos los que hemos dejado alguna posible enseñanza compartimos). Le confesé que no mucho, le conté lo poco que sabía de lo que iba ocurriendo en la lejana Rusia mientras viví, pero también aproveché para explicarle mis propias reflexiones en El malestar en la cultura. Me escuchó con mucha atención, movía la cabeza haciendo signos elocuentes de aprobación o desaprobación a medida que yo le contaba, pero creo que no apreció demasiado mis conclusiones. Nos saludamos con un apretón de manos, y no nos volvimos a ver. Una verdadera lástima, pocas oportunidades se tienen de hablar con gente tan inteligente, ni en el más acá ni en el más allá.

      - Creo que me ha entendido. Si el cuerpo de la histeria, al igual que la noción de cuerpo en general es una cuestión que involucra los modos en que los humanos creemos que nuestro cuerpo es, de acuerdo a los discursos que sobre él se tejen y modelan universos emocionales, será evidente que incluso los modos en que circula la pulsión parcial jamás serán por completo independientes de las maneras en que la cultura construya sus prácticas de alimentación infantil, higiene esfinteriana o lo que fuere. Hasta ese contacto primario con el pecho que usted jerarquizó, nunca podrá independizarse del todo de los modos en que la cultura de una época construya sus particulares modos de la alimentación, con el correlativo plus de sexualidad que implican. Las costumbres del chupete o el biberón, a veces idealizadas hasta el frenesí y otras condenadas hasta la excomunión, irán definiendo los modos en que los vínculos primarios del bebé y su madre van construyendo en cada momento. Así, esos vínculos están hoy mediados por esa concepción mercantil de lo sexual. Objetos de la pulsión oral pueden llegar a ser los significantes Avent, Chicco o Babelito.

   - Oi, oi, oi, qué es todo eso…

    - Marcas de productos, hay infinidad y sería muy difícil explicárselo. Voy a tratar de ir a lo central, ¿le parece?

    - Por supuesto, lo escucho con mucho interés.

     - En ese sentido, le decía, nuestra aparente libertad sexual, libertad sexual de mercado, la llamaría, no es más que una manera en que la práctica sexual hoy se entiende. Es nuestra nueva moral. Aún así, su resto de sexualidad parcial quedará siempre en conflicto con esa anticipación imaginaria que la sexualidad infantil supone.

        - ¿Se refiere usted al destiempo del desarrollo sexual?

         - Así es. Sus Tres ensayos es una extraordinaria caja de herramientas que (independientemente de las precisiones que el tiempo va imponiendo) permite pensar la sexualidad, precisamente, no como una cuestión moral.

          - Yo  nunca desconocí la conciencia moral.

          - Lo sé, lo sé.

          En ese momento advierto que debo haber dicho algo que el profesor, a pesar de sus anteriores negativas a corregirme, no quiere dejar pasar.

           - Lo sé, insisto. Sus reflexiones acerca de la conciencia moral y luego, en su segunda tópica, acerca del superyó, no me son desconocidas, pero usted nunca separó sus vicisitudes de las de la pulsión misma en su devenir. Yo me refiero a una moral planteada como independiente y en contradicción con la pulsión. De hecho, algunos de sus discípulos imaginaron a la humanidad libre de sus padecimientos cuando la sexualidad fuera liberada de sus ataduras. Debo decirle que hay suficientes lugares en su obra como para que se hayan sentido autorizados a pensarlo de esta manera. Sin embargo, han ido más lejos, imaginando una suerte de humanidad sin superyó, como si tal cosa fuera posible. Sus reflexiones acerca del carácter sádico del superyó en la melancolía y en la neurosis obsesiva han llevado a algunos a hacer de ese sadismo una suerte de lastre del que era necesario desprenderse, pero con él, del superyó mismo. La sexología y el mercado del sexo han abrevado en esa manera de entender sus planteos. A veces llevan implícitamente estas ideas a niveles tan extremos que se niegan a considerar neuróticas dificultades para obtener placer en la práctica del coito, las abordan como una forma particular y diversa de las múltiples manifestaciones humanas. Se les dice a algunas mujeres que lo que padecen es una anormalidad normal y se caracteropatizan síntomas en nombre de una moral sexual que observa todo con mirada supuestamente tolerante. Cuando digo que su concepción en Tres ensayos no es una concepción moral, me refiero a eso, que no puede ser definida por los usos y costumbres que una sociedad pueda establecer como normales, sino por las formas en que para cada sujeto singular han advenido de tal o cual manera de acuerdo a las vicisitudes de los muy intrincados entrelazamientos entre la sexualidad infantil y las experiencias posteriores de la vida. Que Tres ensayos no sea una concepción moral no quiere decir que usted no la haya tenido. Su texto sobre La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna es contundente al respecto. No cabe duda que el supuesto pansexualismo que se le atribuyó no estuvo nunca en su espíritu.

          - Le agradezco, pero arriesga usted demasiado al suponer que nunca lo estuvo… no vaya a creer.

           Su comentario me hace trastabillar, pero ya estoy tan metido en la extraña escena que me he fabricado, que sigo como si el profesor no hubiera dicho nada.

           Un psicoanalista francés, Jean Laplanche, lo  dice de este modo: “la sexualidad no es todo, pero en todo hay sexualidad”. El modo de entender la construcción de esa sexualidad que modela los lineamientos de eso que llamamos nuestra personalidad o nuestro carácter como conflicto, compromete los modos de la satisfacción y los modos de la restricción, siempre a través del eje pulsional y sus posibles destinos represivos.

           Sus Tres ensayos, en relación con esa perspectiva, soportan un problema en la lectura. Si su primera versión se limitó a ochenta páginas, la última edición, con sus agregados y notas, se extendió a casi el doble. En este sentido, es una obra cuyo siglo se homenajea en el momento de cumplirse cien años de su primera edición, pero que fue luego tan transformada por los agregados, que bien se podría haber elegido la última edición para hacerlo. Esto se hace evidente en lo que se refiere a la introducción del problema del narcisismo. En ese punto, la dimensión sexual del yo, y luego la del superyó, obligan a pensar el conflicto psíquico no entre una fuerza sexual y otra no sexual, para plantearla entre sexualidades en lucha. (Sin entrar en las consecuencias de su especulación acerca de Eros y Tanatos, y el tema de la agresión que nos llevan a otros problemas.)  La cuestión del narcisismo es un aspecto que tiene una enorme importancia teórica y clínica porque obliga a pensar las resistencias no como un mecanismo psicológico despulsionalizado cuya aparición hay que indicar y vencer, sino como mecanismos cuyas propias raíces pulsionales es necesario ir develando e interpretando en el curso del análisis para vencerlos.

  . Desde allí, el concepto de identificación empieza a cobrar un relieve extraordinario y enormemente explicativo. Hoy por hoy, por ejemplo, muchas prácticas sexuales que toman la forma de aquellas satisfacciones que suelen reconocerse como perversas, en verdad no son tales, sino que reflejan identificaciones histéricas con lo que en nuestra época se suele llamar el deseo del Otro. En un mundo invadido por ese artefacto que usted acaba de ver, el televisor…

-       Verdaderamente una genialidad tecnológica …

    -    Sí, una genialidad tecnológica que construye nuevas masas artificiales como usted concibió a la Iglesia y al Ejército en su Psicología de la masas, masas que se identifican con los ideales, como antes le dije, mercantiles, que los medios imponen. Así, lo que hoy nosotros llamamos neosexualidades terminan siendo fuentes de identificación histérica que muchas veces orientan a los sujetos a prácticas con las que no tienen una relación profunda. En más de una oportunidad me he encontrado con jóvenes que experimentan un territorio  sexual por pura curiosidad idealizada y luego empiezan a interrogarse y torturarse con la preocupación de si serán perversos “veros”. Desde el punto de vista diagnóstico, es un desafío importante, porque del mismo modo que durante siglos muchos homosexuales se han ocultado tras vínculos heterosexuales precarios, hoy puede ocurrir que heterosexuales con conflictos con su  heterosexualidad, se oculten tras prácticas homosexuales superficiales que los llenan de satisfacciones muy volátiles. He visto jóvenes histéricas que disimulan sus deseos más profundos tras relaciones con otras muchachas. Hoy, el deseo-temor ante la maternidad puede ser ocultado por una homosexualidad culturalmente vista con tolerancia y hasta con morboso beneplácito, esto racionalizado “psicoanalíticamente”, invocando la ambivalencia sexual humana sobre la que usted tanto insistió. En ese punto, psicoanalistas que quieren hacer gala de cuán a tono con la moral de la época están, tratarán de ayudar a que las jóvenes en cuestión acepten “su lado homosexual” supuestamente perturbado por el superyó tirano, sin bucear las específicas dinámicas pulsionales de esas jóvenes en verdad enajenadas en la moral mediática de la época. Me parece que ésta es una problemática de enorme importancia en la clínica con adolescentes de nuestros días.

     Hace poco tiempo tuve oportunidad de leer en una publicación divulgadora y defensora de las prácticas sexuales lésbicas, una autodefensa paradójica. La autora decía que quienes condenaban el lesbianismo por consideraciones de índole médica (en verdad morales) desconocían que el D.S.M.IV (Debo aclararle que se trata de un manual que clasifica todas las conductas y emociones, o redes de conductas y emociones, que pueden ser consideradas patológicas, pero desde una perspectiva básicamente farmacológica, es decir, aquellas para las que existe o se busca hallar algún tipo de medicación correctora) no incluía la homosexualidad entre sus ítems. La paradoja es la siguiente: si en algún momento, alguno de los enormes laboratorios que buscan controlar la subjetividad contemporánea con toda clase de drogas, hallara una capaz de hacer a un homosexual, heterosexual ¿entonces la homosexualidad debería ser considerada una enfermedad? ¡Ni qué pensar si hallaran otra capaz del proceso inverso!

     En este punto, sus Tres ensayos, tomados en relación con el conjunto de su obra, rompen con ese esquema patologizante sin tratar de ahorrarse el trabajo de hallar los determinantes subjetivos de las tan diversas prácticas sexuales humanas.

     El profesor me escucha. No emite opinión alguna, pero en su actitud manifiesta una enorme curiosidad. De pronto, pregunta:

-       ¿La biología ha avanzado tanto como usted dice?

         Noto en su interés aquel deseo de hallar una base biológica de la conducta sexual humana, una suerte de respaldo más “científico” para sus teorizaciones. Me siento obligado a desplegar un punto de vista más contemporáneo.

      - Sí, ha avanzado muchísimo. Se hacen mapeos cerebrales, se conoce la composición de la cadena de A.D.N., existen fármacos que borran procesos delirantes, que disminuyen la ansiedad, que sacan a las personas de estados depresivos, se estudia el funcionamiento cerebral con una microscopía impensable en su época …

     -  Perdone que lo interrumpa, pero ¿no me ha dicho usted que sigue habiendo tanta enfermedad mental como antes? ¿Es que ni la libertad sexual ni  los éxitos farmacológicos han permitido disminuir esos malestares?

     -  Así es, y me sorprende que sea usted el sorprendido por ello ¿acaso no fue toda su investigación una aproximación minuciosa al carácter estructural de la neurosis en el hombre? ¿Que la línea que separa al hombre normal del  neurótico y al sexualmente normal del perverso está hecha de fronteras escurridizas, no ha sido una de sus contribuciones en Tres ensayos? Hoy empezamos a saber qué sustancias o moléculas pueden estar faltando en tal o cual manifestación clínica, y que si las aportamos desde afuera podemos obtener mejorías relativas, pero esa mejoría nada nos dice de la causa en la disminución de dicha sustancia o molécula, por lo que el trabajo psicoanalítico en la dimensión subjetiva del ser sigue siendo insoslayable, aún cuando eventualmente y de un modo muy acotado y prudente, se pueda hacer uso de los beneficios farmacológicos. El carácter fundamental de las relaciones muy tempranas también ha sido comprobado por algunos investigadores especializados, del mismo modo que se empieza a descubrir que pueden surgir nuevas neuronas en momentos de la vida en los que tradicionalmente se pensaba en su estancamiento o descenso irremediable. Los aportes son enormes pero el problema de la constitución de la subjetividad o de la mente o del aparato psíquico según qué modelo se use, sigue encontrando en las formulaciones que usted fue construyendo, una teoría sólida y autónoma. Hasta ahora, ningún descubrimiento de los que se hayan hecho en materia biológica, autoriza a nadie a negar el valor extraordinario de la teoría psicoanalítica. Suponiendo que se pudiese, por poner un ejemplo, hallar la composición molecular de la pulsión parcial anal, el mundo de las representaciones que construye y en el que se construye esa pulsión nunca podrán ser sustituidos por la explicación biológica porque pertenecen a otro campo de las azarosas determinaciones humanas, en particular, como usted lo vislumbró en su Psicología de las masas, su carácter básicamente social. Todo esto dicho sin perder de vista que estas investigaciones neurobiológicas mueven negocios tan millonarios que no pueden menos que vivir ensalzando sus éxitos como una cuestión publicitaria, muchas veces al borde de la iatrogenia. Ocurre lo mismo que con la sexología, aporta información, y nadie puede negar el valor de tenerla, pero la mente humana no se construye siguiendo modelos cognitivos o procesos que apelen a la conciencia.

    - Veo que he aparecido en la casa de un entusiasta defensor de mis teorías. O por lo menos de lo que ha llegado a la conclusión que mis teorías fueron.

     - En verdad, es así. Treinta años de experiencia me confirman a diario el carácter insustituible que tiene la teoría y la práctica psicoanalíticas, con toda la microscópica, cuidadosa y paciente labor que en la labor clínica exige, para comprender y ayudar a aliviar el sufrimiento humano. Aún cuando no falten momentos de desaliento, aunque piense que mucho debe ser repensado todavía, y que nada debe ser instituido como verdad exenta de debate.

      - Entiendo con ello que su homenaje será favorable a mi obra, lo cual no puede dejarme menos que satisfecho. Esta ha sido una breve excusión por el mundo de los vivos (me recuerda mis paseos por la bella Roma) que no puede menos que dejar a mi narcisismo bastante satisfecho. Creo que ha llegado la hora en que nos despidamos. Es momento de que su artículo llegue a su fin.

      - Es una pena, pero así es. Y antes de que esto ocurra, hay algo que me interesa preguntarle, por supuesto queda en usted responderme o no.

   - Dígame.

    - Un autor llamado Jeffrey Moussaieff Masson, psicoanalista que hizo su formación en Toronto, que hacia el año 1981, por un breve tiempo, tuvo a su cargo la dirección de proyectos de sus archivos en Londres y que ha tenido acceso a su biblioteca personal, ha llamado la atención, en un libro titulado El asalto a la verdad, sobre la presencia entre sus libros privados de obras de Tardieu, Brouardel y Bernard. Estos autores franceses investigaron la reiteración de abusos, violaciones y maltratos en niños pequeños. El autor comenta que simultáneamente con su asistencia a los cursos del profesor Charcot, usted asistía en la morgue de París a los seminarios de Brouardel y que allí usted pudo entrar en contacto con la información acerca de la cantidad de niños que eran víctimas de vejámenes sexuales que muchas veces terminaban en la muerte. Él opina que su primera teoría de la seducción tuvo, además de en los relatos de sus pacientes histéricos, en los hechos allí comprobados, una fuente en la cual nutrirse. Además opina que su posterior viraje a la teoría de la fantasía infantil, esa que hizo famosa su frase “ya no creo en mi histérica” (modo a través del cual usted no aludía a las histéricas sino a la teoría que sobre ellas se había hecho), fue una concesión que usted le hizo a los prejuicios de su época que no admitía que los adultos y muchas veces los propios padres o seres queridos más allegados fuesen capaces de tamañas aberraciones. Él formula que usted reprimió su teoría original para evitar el conflicto que sostenerla le aparejaba. Y en ello lo acompañó la comunidad psicoanalítica de conjunto.

     - Mire usted qué destino el mío. Veo que este hombre me interpreta, lo que no tiene nada de objetable. Yo mismo lo hice con Leonardo, el presidente Wilson o el funcionario judicial Schreber. Lo extraño de mi destin o ha sido que, en vida, me analicé sin tener analista, y ya muerto, me analizan, sin tener paciente.

     Los dos compartimos risueñamente su ironía. Pero yo no quiero perder la oportunidad de saber la opinión del profesor sobre este punto, e insisto. ¿Usted que piensa de esa hipótesis?

      - Ya se lo he dicho varias veces. Más importante es lo que usted piense. Yo ya hice mi trabajo, ahora haga usted el suyo. Me interesa saber su opinión, no perder mi escaso tiempo en tranquilizarlo dándole la mía-, lo dice de un modo disgustado y vehemente, y guarda un silencio que se me hace imposible sostener.

      No tengo opción, no es él sino yo, el que debo opinar. Esto es, palabras más, palabras menos lo que le digo:

       La teoría de Masson me resulta demasiado ingenua. De hecho no coincide con la mucha experiencia clínica que sobre la neurosis hoy hemos acumulado. Además, implica olvidar que lo externo de la seducción deviene interno y allí reside su eficacia. La fantasía no es una mentira arbitraria, ni una suerte de exudado biológico como pudo formularlo Anna Segal, sino una construcción inédita sostenida en experiencias acontecidas que pueden sufrir múltiples transformaciones. Los pacientes padecen de reminiscencias, ha dicho usted. Es justamente en Tres ensayos donde ha puesto el dedo en la llaga sobre las variadas formas de seducción a las que por fuera de su voluntad consciente los adultos someten a los niños en el momento de los cuidados. Adultos que se detienen en la higienización de un pene, una vagina o una cola, madres que hacen del amamantamiento un espacio de goce inabordable para sus crías, una piel que se acaricia como al descuido sin conciencia de los fantasmas eróticos que soportan el acto, sin entrar en la central cuestión de la red infinita de palabras que soportan esos actos. Todas ellas formas de seducción que soportan los espacios que se implantan como sexuales en la mente-cuerpo infantil de acuerdo a vicisitudes aleatorias de la experiencia. En ese sentido, decir que siempre hubo seducción a cargo de un adulto es importante considerarlo, pues, si no, la teoría de la fantasía infantil pierde todo sustento material y se transforma en una fuerza de raíz metabiológica. Además, el riesgo de pensarlo en términos excluyentes de fantasía es que muchas veces no pocos psicoanalistas, en nombre de que no importa la realidad sino la fantasía, terminan quitándole verosimilitud a relatos de sus pacientes que se basan en experiencias de seducción o abuso reales que, al ser puestos entre los paréntesis de la fantasía infantil, reeditan un aspecto traumatizante central de la propia experiencia original: un adulto somete al niño y otro adulto no le cree que las cosas hayan pasado del modo en que el niño las cuenta. Hoy, ésta es una problemática de enorme actualidad. En ese sentido (y un autor que ya he mencionado, Jean Laplanche, lo trabaja bajo la forma de lo que ha dado en llamar “teoría de la seducción generalizada”), en ese sentido, digo, olvidarse del fondo de seducción fundante en la sexualidad humana, ésa que se sostiene en la asimetría entre el adulto y el niño, y en la eficacia activa del inconsciente parental, es una cuestión que no ha sido sin costos para la teoría y la práctica, pues entre otras muchas cosas, impidió abordar en toda su crudeza dramática la seducción sexual real, el abuso infantil como práctica social cotidiana. De allí a sostener toda la hipótesis de Masson, hay un abismo, aunque la documentación que presenta pueda resultar interesante, y uno querría saber el trasfondo político de la discusión.

       El profesor Freud amenaza con esfumarse en el espacio. No podemos seguir conversando. Las exigencias editoriales me impiden que me extienda. Ya lo he hecho demasiado. Aunque, muchas otras cuestiones podría todavía hablar con él. Hago un último esfuerzo.

       A riesgo de que vuelva a montar en cólera, insisto en demandar su opinión.

       - ¿Profesor, piensa que hemos respetado sus ideas? ¿Puede agregar algo a lo que le he comentado?

       Se mantiene en su tenaz negativa, pero antes de irse tan enigmáticamente como llegó, atina a contar una historia:

        - Sabe, tiempo atrás un hombre que conocía al detalle mi obra, aunque la formulaba de manera incomprensible para mis hábitos expositivos, me dijo algo parecido a lo siguiente: “El emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida”. Era un hombre extravagante que vagaba de manera pomposa  ataviado siempre con un largo y ostentoso tapado de piel de marta, cosa especialmente fuera de lugar allí donde ni el frío ni el calor nos alcanza. Trató de explicarme su idea interesándome por los aportes de ciencias lingüísticas que yo desconocía. Entonces no creí entenderlo, ahora pienso que sí. Le seré franco, por un lado, como ya le dije, no tengo intención alguna de ahorrarle su propio trabajo, ya sabe, matar al padre no es una tarea sencilla, ni delegable, ni, menos aún, que se haga con colaboración de la víctima, por otro, no sé qué decirle, simplemente que el modo en que usted me ha leído me obliga ahora a pensar en aquello que en otro momento tal vez afirmé sin pretenderlo.

        Dicho esto, el profesor se va. Mi homenaje a Tres ensayos, se termina. Por supuesto, hay muchas otras cuestiones que podría seguir conversado con él. Un texto con tantos matices y que obliga a tantas precisiones da para mucho más, pero, como seguramente él diría: vana pretensión narcisista es intentar decirlo todo. Nuestro diálogo a través de su obra, continúa. Es evidente que lo considero un texto vivo.



[1] Este trabajo (al que ahora le hemos hecho unas pequeñas  modificaciones) fue publicado en el n° 29 de la revista de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados.

[2] Stephen Jay Gould, Ontogeny and Philogeny, The Belknap Press of Harvard University, Cambridge, Massachusetts y Londres, 1977, págs. 155 y sgtes.

[3] S. Freud, “ La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna” (1908), O.C., Tomo IX, Amorrortu ed. Buenos Aires, 1986, pág. 170.