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La narración de lo traumático


Publicada el 27/03/2015 por Mariana Wikinski





 

La narración de lo traumático (2011)

Mariana Wikinski

 

 

También me resultaba extraño encontrarme en medio de los hombres,

con aquellos rostros aturdidos, que se preguntaban sin cesar

“¿qué os parece? ¿qué os parece?” Generalmente no había respuesta,

o había una sola, siempre la misma: “Es horrible”.

Sin embargo, no es esa palabra, no es esa experiencia

–por lo menos para mí- la que mejor define la situación en Auschwitz.

( I. Kertész,. Sin destino)

 

 

 

En su célebre texto El Narrador, Walter Benjamin (1936), se pregunta cómo puede el “minúsculo y quebradizo cuerpo humano” soportar la inscripción de la experiencia traumática. ¿Cómo podría narrarla? ¿Cómo podría sobre ella construir experiencia?

Nos proponemos en esta oportunidad partir de la idea de cierta negatividad en el contacto del sujeto con la experiencia y con la alteridad, en la medida en que ambas excedan la capacidad simbolizante del sujeto. Se trataría de pensar el contacto del sujeto con aquella experiencia que no lo enriquece, sino que desmantela su capacidad perceptiva y organizativa.

¿Qué modos de narración podrán construirse a partir de esta clase de experiencia?

¿Será que la experiencia se vuelve apropiable sólo a partir del momento en que se logra narrarla, sólo si se logra narrarla? ¿Será que se transforma en experiencia al narrarla? Incluso si esa narración se realiza para uno mismo, incluso si en esa narración no se agota su sentido, algo permite que su “traducción” a materia lingüística abra al menos la ilusión de suponerle un sentido.

Es justamente en las experiencias traumáticas extremas en donde ya no rigen las reglas de la humanidad. Como lo escribe J. Mèlich (2000, p.82): “En el Lager la ley era clara: cada uno para sí mismo”. Agamben  (2005, p.59), por su parte plantea que en los testimonios se refleja que en los campos de concentración “ninguno era bueno con los musulmanes.

¿Somos siempre y en cualquier circunstancia frente al otro quienes creemos que debemos ser? ¿Qué circunstancias podrían desafiar nuestra intención de hospitalidad con el otro, colocándonos en la posición de sentirlo casi como nuestro enemigo? En ningún testimonio encontramos la posibilidad de un gesto de hospitalidad con el musulmán. Primo Levi intentará, con dolor y generosidad, pero mucho después, cuando ya habían muerto, acogerlos en su relato: al musulmán nadie quería verlo.  

La experiencia traumática podría ser definida como una experiencia de contacto con la alteridad, con lo extraño, y entonces también con “lo otro” en uno mismo. Aquello que necesitamos al mismo tiempo, y quizás en igual medida, olvidar y recordar.

 

Los conceptos Erfahrung y Erlebnis reciben distintas traducciones. Habitualmente se traduce el primero como experiencia y el segundo como vivencia. La clave de la posibilidad de narrar la experiencia, plantean algunos autores, estaría en la transformación a través del tiempo de la Erlebnis (experiencia en bruto, sin intervención de la conciencia), en Erfahrung (acontecimientos a los que atendió la conciencia). El término Erfahrung recibe a veces la traducción de “experiencia durable”, experiencia propiamente dicha, en contraposición a la vivencia, experiencia vivida instantánea. Sin embargo deberíamos considerar que la experiencia que se atraviesa sin intervención de la conciencia (Erlebnis) quizás precisamente por ello se constituye en inscripción durable, pero no el sentido del recuerdo y su narración, sino en el sentido de una marca indescifrable dentro sí, con la cual el sujeto debe vivir.

 

Las vivencias no son sino explosiones discontinuas, sacudidas del presente destinadas a flotar irredentas en la memoria, en una mera acumulación sin enseñanza (Morey, 2006).

 

 

¿Qué yo narra el testimonio, qué yo da testimonio de su experiencia? Es esa estructura viva de  articulaciones del yo de la que nos habla J. Mèlich (2007), la que habla en quien da testimonio. Habla el hombre ingenuo, el hombre azorado, el reflexivo, el ausente de la experiencia, el expropiado de su cuerpo, el que comprende algo que quizás, sin embargo, no logra trasmitir. El relato tiene así la marca,  diría W. Benjamin (1936), de  “la mano del alfarero”.

Es posible que el tiempo del presente del acontecimiento traumático no pueda ser el tiempo de la experiencia elaborada, sino que ésta corresponda a un tiempo posterior. 

Walter Benjamin (1939, p.9) en Sobre algunos temas en Baudelaire, escribe:

 

 

La función peculiar de defensa respecto a los shocks puede definirse en definitiva como la tarea de asignar al acontecimiento, a costa de la integridad de su contenido (subrayado nuestro), un exacto puesto temporal en la conciencia.   

 

 

Si la defensa produce una deformación en la “integridad del contenido” de lo experimentado, quizá nos veamos obligados a considerar que es en la experiencia del testigo/superstes donde radica la expresión más dramática del entrecruzamiento entre historia y ficción.  

 

La ficcionalización como recurso en el atravesamiento de la experiencia traumática

 

Se nos aclara en la contratapa del libro Sin destino, de Imre Kertész (2005) que no es un texto autobiográfico. ¿Será posible atravesar la experiencia concentracionaria, poner distancia con ella, y luego correr el riesgo de asomarse nuevamente a su abismo construyendo “ficción”, sin rastros de lo vivido?[1] ¿Recurrirá Kertész al recurso de la ficcionalización, para transformar en algo más soportable la experiencia que atravesó? ¿Importaría acaso que este relato no responda punto a punto con su experiencia vivida para juzgar si se trata o no de un relato autobiográfico? ¿Deberíamos acaso suponer que un texto merece ser denominado “autobiográfico” sólo cuando relata la vida real,  sin ficcionalización alguna?[2] 

Me pregunto si no será precisamente la capacidad de ficcionalización, así como la disposición de elementos del lenguaje que den cuenta del sentido de esa experiencia mientras es vivida, lo que situará al sujeto en mejores condiciones para descifrarla, y por ende, para soportarla.  Si la ficcionalización no constituye el modo de regular (en el mejor de los casos) una aproximación gradual al horror experimentado por “quien ha visto la Gorgona”.  Si son dos los tiempos, primero el de la vivencia y luego el del encuentro con el lenguaje que permita narrarla, o son uno y otro el mismo momento en el que se constituyen en el presente de la experiencia las posibilidades de nominación que harán de ella una experiencia apropiable.

Si la ficcionalización pudiera transformar el horror vivido en recuerdo integrable a la propia historia, quizás ese sea también el recurso con el que se puede en el “mientras tanto” de lo insoportable, sobrevivir.   

En su novela Sin destino Imre Kertész nos presenta un personaje que construye un universo ficcional durante el primer tiempo de su confinamiento en un campo de concentración, y este trabajo de ficcionalización de su  propio acontecer no sólo le  ofrece la posibilidad de soportar la experiencia concentracionaria, sino que simultáneamente abre con crudeza ante el lector la ventana de la historia acontecida. El protagonista construye una ficción transitoria que no sólo no aleja al lector del conocimiento de la historia real, sino que lo transforma en testigo. El lector ve lo que el protagonista se niega a ver.

La ficción que construye el protagonista coloca al lector en un contacto insoportable con la experiencia histórica relatada, por lo que la ficción omite, y porque los puntos ciegos de su protagonista no son puntos ciegos para el lector, que queda capturado en la desolación de no poder compartir con el protagonista  la imposible ilusión de que lo que está ocurriéndole, no le esté ocurriendo en realidad

El lector sabe más que el protagonista, sabe que los presos que György ve al llegar al campo de concentración no son en realidad presos

Una ficción adentro de otra: la del protagonista dentro de la del escritor.  

Al comienzo del libro, György, un adolescente de alrededor de 14 años,  no comprende  bien lo que está ocurriendo, e intenta construir una rutina basada en la utilización del pase oficial para el trabajo en una fábrica. Asimismo, prefiere suponer que  la vieja que murió en el vagón que lo trasladaba al campo de concentración debía morir porque era vieja.  “Todo lo que vi durante el trayecto resultó de mi agrado” (p. 93), nos dice György acerca de su llegada al campo de concentración. “Todo era pulcro, cuidado y hermoso. (…) Sólo  faltaba un pequeño detalle: no había ninguna señal de vida. Pensé que eso era natural, al fin y al cabo, a esas horas la gente estaría trabajando” (p. 94). “En Buchenwald también había un horno crematorio, por supuesto, pero sólo uno, y no era el objetivo del campo, no era su móvil ni su razón de ser –lo puedo afirmar con toda seguridad- sino que en él sólo se incineraba a la gente que moría en el campo, debido a accidentes naturales de la vida, por decirlo así” (p. 130-131)

A medida que el texto avanza, su experiencia en el campo de concentración va siendo narrada con diferencias formales y de contenido muy significativas respecto de la primera parte. Aun cuando sigue incansablemente mostrándonos su empecinamiento en  no ver  lo que estaba ocurriendo,  el narrador (todo el libro está escrito en primera persona) va perdiendo su carácter adolescente (y no precisamente por el mero paso del tiempo), e incluye reflexiones que solamente podrían ser volcadas por él mucho después de haber retornado de los campos. Este último “tiempo” del libro es el más reflexivo, es aquel en el que al narrador ya no le  importa dar cuenta de las cosas “con detalle”, sino trasmitir algo de su experiencia. Y alejándose de los “detalles”, se aleja de la ficción que dentro del campo había intentado construir.

Es curiosa la construcción de esta novela, ya que el narrador habla en presente mientras desmiente –en el sentido defensivo del término- la función de los hornos crematorios, pero también habla en presente cuando ya sabe perfectamente para qué se utilizaban. ¿Cuándo fue escrita, entonces? La novela pareciera tener  el formato de un diario: día a día, en el presente de la historia, sin que sea resignificado al final de su escritura aquello que no se comprendía al principio. Lo doloroso del texto no es centralmente  lo que György nos cuenta, sino  lo que nosotros sabemos  y él aún no sabe. 

Es imposible asumir frente a este texto “la suspensión de la incredulidad” que Coleridge propondría al lector de novelas o de poesía, porque de antemano no había tal incredulidad en el lector. Más bien en este caso “la suspensión de la incredulidad” recorrería el camino inverso: el lector desearía acompañar al protagonista en la improbable tarea de abandonar el universo ficcional y “creer” finalmente en la realidad de lo que está viendo. Se habrá de reconocer una realidad mortífera justamente en la medida en que sea el protagonista y no el lector quien “suspende la incredulidad”. El lector no puede desprenderse de la idea de que lo que le ocurre a György ocurrió en realidad, y que también ese fue el destino del escritor.

En el contenido del relato hay una relación significativa entre los primeros días de la llegada al campo de concentración, y los días y meses subsiguientes. Ese adolescente optimista e ingenuo que mira a los “presos” preguntándose qué clase de delincuentes serían, diferenciándose radicalmente de “ellos”, asiste luego azorado a su progresiva trasformación en uno más de ellos, hasta que comprende que no puede hacer nada para evitarlo, que su destino podría haber sido el de las chimeneas, y todavía podría serlo.

Lo que sería mucho después el abandono de la pelea por vivir, se anuncia cuando escribe: “Al terminar ese día sentí por primera vez, que algo se había degradado definitivamente en mi interior...” (p.173). Cuando ya no puede sostener ningún nivel de ficcionalización de lo que le estaba ocurriendo, György se desmorona, se desvanece,  y la distancia consigo mismo avanza en el texto, hacia un momento en el que parece ir convirtiéndose paulatinamente en un musulmán.

 

 Allí estaba mi cuerpo, y yo era consciente de todo lo que le pasaba, aunque no estuviera por completo dentro de él. Sin ninguna dificultad asumí la sensación de que aquella cosa, con otras cosas parecidas alrededor, estuviera tirada encima de un montón de paja húmeda y maloliente (...) todo eso no significaba nada para mí; incluso puedo afirmar que hacía mucho que no me sentía tan liviano, tan en paz, como en un sueño, sí,  tan agradablemente bien. (p. 187-8)

 

 

Pero  luego György se ve rescatado por el tintineo de las ollas y el olor a la sopa de zanahoria. Es allí cuando recupera el deseo de vivir (¿se parecerán en algo la magdalena de Proust, -que lo aproxima por azar al encuentro y evocación de un pasado resguardado en su memoria involuntaria, transformable en experiencia precisamente a partir de ese encuentro-, y la sopa de zanahoria cuyo olor en el campo de concentración produce en György un “sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos de lágrimas”?, [p. 192])

Tres líneas temporales podemos leer en este libro:

a)      La de György (personaje/relator/protagonista) desde el principio hasta el final de la historia. Desde la capacidad inicial para relatar detalladamente, aunque desapasionadamente, lo acontecido, pasando luego por la dificultad para ordenar lo vivido en el relato, hasta su regreso a casa, ya siendo otro, marcado por una experiencia de la que parece ir logrando  apropiarse a medida que se ve en la necesidad de diferenciarse de lo que los demás suponen erróneamente acerca de lo que él vivió : el infierno, le dicen (y él lo niega) ; que debe olvidarse, le dicen  ( y él también lo niega). 

b)      La línea temporal al interior de la experiencia concentracionaria, en la que el personaje intenta dar cuenta de lo que va viviendo, utilizando sus propias herramientas conceptuales, (en contra de cierto principio de realidad, alterando lo percibido, interpretándolo de un modo defensivo) hasta que se va dando cuenta de que resultan totalmente ineficaces. A partir de allí, renuncia al intento de nominación de lo vivido, renuncia a habitar su propio cuerpo, y se entrega a una especie de desapropiación de la propia vida. Llega así al extremo de la ajenidad con la propia experiencia, hasta que a través del reencuentro con su  capacidad perceptiva, el olor, el oído, la vista, se reconoce a sí mismo nuevamente y  recupera el deseo de vivir.

c)      Por último, la línea temporal del autor, Imre Kertész, que comienza a escribir este texto en 1960. Quince años después de haber sido liberado escribe un texto que  contiene una reflexión acerca de la vivido; lo vivido por él es en este texto experiencia trasmisible, relato, narración. Si recordáramos a Benjamin, diríamos que Kertész no volvió mudo del campo de batalla.

 

La ficcionalización podría recubrir el agujero simbólico al que nos exponen las experiencias traumáticas. “Al reflexionar ahora sobre todas estas cosas, comprendo que yo asistí a aquel proceso de una manera gradual, acostumbrándome a cada fase, sin verlo en realidad”, dice György (p.157).

 

 

¿Acaso se podría decir, a pesar de que plantea  haber atravesado tramos “en  que parecía no vivir su propia vida[3], que Kertész  no ha constituido en esos tramos experiencia?  Si no se hubiera apropiado finalmente de esa experiencia, ¿cómo podría saberlo, cómo podría enunciar el haber sido expropiado de su propio pensamiento, de su propia ética  y hasta de su propio cuerpo?

György vuelve trasformado del campo de concentración. Se había alterado su “orden de verdad”. Comienza a comprenderlo cuando intenta narrar, dar cuenta de ello. Quizás ya nunca más se olvidará de haberlo comprendido.

 

 

 

El relato de una experiencia traumática no ligada a catástrofes colectivas

 

Tres años después de haber sufrido un grave accidente ferroviario, en el que habían fallecido dos amigos de su edad, Adrián, que en el momento del accidente tenía 20 años, y estaba en psicoterapia desde antes de este acontecimiento, me dice: “Ando por la calle y me imagino que me voy a morir, pero no es una muerte prolijita. Estalla una bomba y se me desprende la cabeza, se cae arriba mío una maceta y me destroza,  paso por abajo del toldo de un negocio, el toldo se me cae encima y termino despachurrado con mis órganos dispersos por todas partes. Perdoname que te lo diga así, pero me pasa que tengo esas fantasías.” También aclara: “Es curioso, porque yo hubiera creído que si imaginaba mi muerte, iba a ser en un accidente de tren, pero en realidad se me aparecen esas imágenes.” 

Desde el accidente hasta hoy, él ha hablado mucho de lo que le ocurrió, tuvo algunas lesiones, tardó en recuperarse, pero no estuvo en peligro su vida. El centro de su sufrimiento fue siempre la pérdida de sus amigos.

Pero la índole de lo traumático para él fue múltiple. No fue sólo pensar que él mismo hubiera podido morir y darle una y mil vueltas a la revisión del momento en el que había decidido cambiarse de asiento, haber sufrido lesiones sin saber si tendría secuelas a largo plazo, haber perdido a sus amigos, haber atravesado muy prematuramente la experiencia de la ausencia de garantías respecto del cuidado que lo adultos podrían ofrecerle. No fue sólo la interrupción brusca y despiadada de la omnipotencia adolescente.

Cuando ya todo aquello había tenido un lugar en su elaboración, quedaba aún un resto que operaba como signo puro, que no remitía a otra cosa que a sí mismo, sin que él alcance a descifrarlo. Y era absolutamente singular. A pesar de que el accidente que sufrió tuvo alguna resonancia mediática, no existió relato colectivo que  pudiera dar cuenta de lo que a él le había ocurrido. Era también la materialidad de lo que vio, lo que oyó, lo que olió: esto era lo que finalmente quedaba en un fondo inmetabolizado. Diríamos incluso que aún cuando no lo hubiera visto, sabía que eso había ocurrido, y  que él estaba ahí. Lo no visto, o lo visto parcialmente -de hecho recuerda cómo volvió la cabeza frente a algunas imágenes-  se completa con lo imaginado, imponiendo al aparato psíquico el mismo trabajo elaborativo. Aquello estaba en un lugar inaccesible al recuerdo y a la palabra. Rebotaba en las paredes del aparato psíquico sin amortiguar nunca su potencia y sin poder transformarse en otra cosa. Empezamos a animarnos a decir y escuchar qué realmente vio, qué sospechó, cómo se defendió, qué escuchó, qué comprendió desde el primer momento. Es lo único de lo que aún no había hablado: los cuerpos despedazados, los gritos, los llantos, el olor. La  sensorialidad de lo vivido en su carácter siniestro. A esto sensorial que queda inscripto y resulta irreductible mientras no pueda ser elaborado, lo llamamos signos de percepción: es allí donde lo traumático deja su huella.

Y me pedía disculpas por  tener que decírmelo y por necesitar explicarme con detalles cuál era su fantasía, porque advertía en esta fantasía sus cualidades obscenas. Porque no era sencillo habitarla, ni ponerla en palabras, y sabía que no era sencillo escucharla. Sé perfectamente que tampoco me contó todo. Sonreía incómodo por momentos durante su relato, se detenía de pronto con pudor  y dejaba que yo imagine, o que yo decida no imaginar. Se protegió y me protegió de este relato, pero esa experiencia retornaba insistente. Permaneció inscripta fragmentariamente, desligada, “transitando” por el aparato psíquico, sin ser conciente -como lo expresaba Silvia Bleichmar- y al mismo tiempo sin estar reprimida. Era una pesadilla diurna, en vigilia, que ambos sabíamos  remitía a una experiencia real. Era un resto que además de la sensorialidad del momento vivido, encontró aportes en las lecturas de los expedientes judiciales que debió hacer durante sus declaraciones, en los comentarios a veces casuales que escuchó a lo largo de estos años. Llegaba ahora a un punto en el que era posible contarlo y al mismo tiempo era imposible no contarlo. Porque su retorno era terriblemente angustiante.

 

La imposibilidad de callar no produce necesariamente un relato de lo traumático, sino un acto de descarga catártica sin metabolización alguna. Y la pura posibilidad de contar, no es a veces más que el relato desafectivizado de lo que ocurrió, sin implicancia de quien lo vivió. Adrián no era presa ni de esa clase de imposibilidad, ni de esa clase de posibilidad. Su relato era narración, porque implicaba el esfuerzo elaborativo de transformar los signos de percepción en símbolos, ligados -en el sentido psicoanalítico del término-, con el reconocimiento conciente de su sentido, y dirigidos a una escucha que él sabía tomaría no sin sufrimiento, su propio sufrimiento como testimonio de lo vivido. Sabíamos que yo nunca le había preguntado acerca de eso, reconociéndole su derecho a reprimirlo, en el caso de que lograra no padecerlo como trastorno o como síntoma.

 

 

¿Es narrable lo traumático?

 

Esta pregunta es objeto de profundos debates.  Brevemente, el eje de esta discusión está en esa tensión que podemos suponer entre la posibilidad de decir lo que nos ha ocurrido cuando contamos con la fluidez del lenguaje como herramienta, y su   imposibilidad cuando lo ocurrido no ha sido del orden de lo ordinario, cuando ha tenido el carácter de lo traumático, cuando atravesó de un modo inesperado nuestras vidas y nos colocó en situación de  anonadamiento. Se dice que aquello acontecido es “imposible de poner en palabras”. La experiencia de Adrián que relaté al comienzo nos da una idea de lo difícil que es construir narración sobre un hecho que ha desordenado al psiquismo, y vulnerado todas sus defensas.

Pero sustentada en esta dificultad, se ha establecido la idea absoluta de imposibilidad. Y lo que se discute es –en última instancia- el valor de la voz de los testigos.

Cuando me refiero en este texto a lo traumático como aquello difícil de poner en palabras -como tantas veces se ha dicho- no estoy de ninguna manera adhiriendo a la idea de que el trauma y sus efectos no pueden transcribirse en palabras. Todo lo contrario. Considero que el trauma y su narración construyen su relación en torno del término exigibilidad. Exigibilidad del trauma que nunca es mudo, siempre produce manifestaciones: sintomáticas o lenguajeras, manifiestas o veladas. Esta exigibilidad incumbe luego a la narración, que deberá representar algo de lo traumáticamente vivido.

Si bien lo traumático ofrece resistencia a su narratividad,  hablar exclusivamente de la inefabilidad de lo traumático y clausurar allí la cuestión, supone el cuestionamiento de la palabra del testigo en su conjunto. Habrá sin ninguna duda una distancia entre el hecho ocurrido y su inscripción psíquica, y luego habrá una distancia entre su inscripción psíquica y su relato. Pero no sólo no considero que lo traumático es inefable, sino que me interesa particularmente conocer los mecanismos por los cuales su narratividad puede producirse, como de hecho todos sabemos que se ha producido  prolíficamente, en los textos insustituibles y de enorme valor universal que se han escrito a partir de experiencias de sufrimiento extremo.

En principio la palabra “narración” no necesariamente remite a una puesta en palabras. Hay muchas formas de narrar.  Pero sea cual sea su materia, palabra o imagen, se trata siempre de una forma del lenguaje, una lengua que pretende representar, dar a entender algo, articulando sus partes en una secuencia, y que se dirige a un interlocutor real o imaginario.  

La índole de lo traumático, decíamos,  no contribuye en absoluto ni a su narratividad ni a su puesta en palabras. Es precisamente su inaccesibilidad a la simbolización, lo que confiere a un hecho su carácter traumático para un sujeto determinado: un acontecimiento es traumático, precisamente porque se ha sustraído a toda posible significación por parte del sujeto, porque ha quebrantado su sistema de comprensión del mundo.

En 1893 Freud hace la siguiente descripción de “trauma psíquico”: “En calidad de tal obrará toda vivencia que suscite los afectos penosos del horror, la angustia, la vergüenza, el dolor psíquico” (p.31). Afectos (como diría Silvia Bleichmar) que ofrecen un obstáculo a la ligadura y a la historización. El trauma es ruptura de una envoltura.

Podríamos preguntarnos entonces de qué hablamos cuando pensamos en su acceso al universo de lo narrable, qué operación psíquica será necesaria para que lo traumático acceda a este estatuto, cuánto de lo que originariamente lo constituyó se conservaría y cuánto se perdería en esa transcripción. La materia que constituye el trauma es absolutamente diversa de la materia que constituye el lenguaje.

La narración de lo traumático compromete  tres vertientes  que se iluminan entre sí. Tres espacios en los que esta narración se puede desplegar de modos muy diversos: el  espacio terapéutico, el espacio literario y el espacio jurídico. Digo que se iluminan entre sí porque el espacio  terapéutico y el literario toman del jurídico la necesidad de dar testimonio;  el jurídico y el terapéutico toman del literario la necesidad de narrar; y el espacio literario y el jurídico contienen siempre algo del sufrimiento que se despliega en el espacio terapéutico.  Sería difícil entender lo que se juega en el acto de narrar lo traumático si uno no apela a lo que cada una de estas situaciones, tan disímiles entre sí, nos puede decir acerca de ese acto.  

Decía entonces sufrimiento, testimonio, necesidad de narrar.  En un mismo acto, el acto de narrar,  se hacen presentes el sufrimiento del sujeto frente a lo vivido y por lo tanto el obstáculo en la construcción del recuerdo; la presencia del otro que escucha su testimonio  y da sentido a lo relatado, y la necesidad del propio sujeto sufriente de “decir”, capturando algo muchas veces indescifrable para él mismo. Tres líneas siempre presentes en el desarrollo de la narración de lo traumático, en las que no es posible evitar las vías de encuentro con el dolor, no resulta en absoluto irrelevante quién escucha o interpreta aquello que se tiene para decir, ni resulta posible acallar la propia voz sin pagar por ello un precio muy alto. 

No pienso aquí a la narración como un puro acceso a la palabra. A cualquier palabra. Hay una diferencia radical entre el relato de lo acontecido y la narración de lo traumático. La diferencia radica precisamente en el carácter de “fetichismo narrativo”  -feliz expresión que tomo de  Eric Santner  (2007)  y que él  propone en otro contexto de discusión- que puede observarse frente a una oleada de palabras que pretendan relatar lo traumático, plagadas a veces de descripciones minuciosas de hechos, en muchos casos obscenamente, y que no conducen ni al narrador ni a su interlocutor a ningún lugar de significación respecto de lo que ha verdaderamente fracturado al aparato psíquico, al sujeto, a la identidad o al yo de quien narra. Lo acontecido será en este relato del orden de lo universal, el relato aludirá a la reconstrucción de los hechos al modo de una crónica, consistirá en una recolección y descripción de hechos comprobables, fechables. Pero lo traumático no es exactamente eso. El trauma no es el hecho. El trauma es la inscripción de ese hecho en el aparato psíquico, y es de índole absolutamente singular, de orden psíquico y no de orden acontecimental, aunque –no está de más recordarlo- no nos resulte en absoluto irrelevante el carácter fáctico de aquello que se vuelve traumático.

Harun Farocki presentó en Buenos Aires en febrero de 2013  una instalación de 20 minutos llamada Serious Games III: Immersion (Juegos serios III: Inmersión, 2009). En ella se observaba la implementación de un abordaje “terapéutico” desarrollado por el Institute for Creative Technologies (Universidad de South California) dirigido a los soldados que regresaban de la guerra con Irak, pero propuesto para el tratamiento del denominado Stress Post Traumático en general. El Instituto describe detalladamente en su página este método y lo denomina Virtual Reality Exposure Therapy[4]. Está inspirado en un exitoso juego virtual de táctica de combate y simulación (Full Spectrum Warrior) y consiste básicamente en exponer al ex combatiente -a través de los recursos de la realidad virtual- a las imágenes que su propio relato evoca, de modo que resulta confrontado visualmente con su memoria traumática. No es menor aclarar que el/la terapeuta que acompaña ese relato desde la máquina, interviene gozoso/a estimulando al soldado a que siga relatando los detalles siniestros de lo recordado (“muy bien”, “vamos bien”, “adelante”, “continúe”, “lo está haciendo muy bien”, etc.).

Para sostener su validez, este recurso debe partir necesariamente de varias premisas: la primera de ellas, por supuesto, es que el mero hecho de relatar lo traumáticamente vivido es en sí mismo terapéutico. La segunda es que las imágenes virtuales que genera la máquina reproducen con exactitud las imágenes percibidas por el soldado en el momento traumático, como si fuera posible trasladar punto a punto primero la imagen percibida a relato, y luego el relato a imagen virtual, para que luego una máquina recree “con exactitud” lo efectivamente percibido (vale la pena aclarar que aunque es predominante el recurso visual, las máquinas reproducen también olores y otras clases de percepciones). La tercera premisa es que “lo traumático” se concentra exclusivamente en el momento en el que se produce el acontecimiento (“ví desaparecer la mitad del cuerpo de mi compañero”, este es uno de los relatos registrados), y que por ende, una vez revivido visualmente y relatado ese hecho puntual  (con anteojos virtuales de por medio), el impacto de lo traumático se atenuará.

Por supuesto, Farocki cuestiona la posibilidad de recrear o sustituir las imágenes de la memoria por cualquier medio tecnológico de realidad virtual. Pero además lo que nos interesa acá es relevar hasta qué punto se ha exacerbado el malentendido respecto del lugar de la palabra frente a lo traumático, y cómo -de maneras no tan aberrantes- se ha ido implementando en algunas terapias de corte cognitivo-conductual la idea de que hablar en sí mismo es terapéutico. Agregaríamos incluso, por si hiciera falta, que a veces el silencio, lo no dicho, dice más que lo dicho y resulta más terapéutico.

Narrar el trauma no es relatarlo en su carácter anecdótico-fáctico. Su narración implica el trabajo de simbolización y reconocimiento del lugar que el trauma ha ocupado en el aparato psíquico, la comprensión de la cualidad por la cual ha sido traumática su inscripción. La experiencia traumática es quizás intransferible, pero no es incomunicable.

Concluimos entonces, que la narración no es exclusivamente el resultado del modo en el que un sujeto determinado puede ordenar y explicitar lo vivido, sino el resultado de diversos factores: la constitución del aparato psíquico, la cualidad del hecho traumático, la oportunidad en la que su narración pueda producirse, el interlocutor real o imaginario, y las circunstancias históricas que dan lugar a este relato, serán elementos centrales en la forma que adquirirá la narración. Pero además estamos  planteando que la posibilidad de narrar, y la posibilidad de simbolización y significación de lo vivido se determinan mutuamente.

Más arriba decíamos  que el sufrimiento, la escucha y la necesidad de contar son tres elementos presentes en el acto de narrar lo traumático. Le vamos a dedicar a cada uno de ellos unas breves líneas.

 

Acerca del sufrimiento. Lo traumático en relación a su enclave psíquico

Lo inscripto como traumático podrá tener la forma del recuerdo o del olvido; podrá tener inscripción conciente, inconciente, o circular erráticamente por el aparato psíquico; podrá ofrecer condiciones que favorezcan su representabilidad o que la obturen; podrá inscribirse de un modo fragmentario o no; el carácter de sus huellas podrá estar condicionado por su impacto colectivo o tratarse de una vivencia  íntima y singular. Esto supone una presencia de lo traumático al interior del aparato psíquico, múltiples huellas, heterogéneas entre sí, no ligables, casi siempre enigmáticas. Decíamos que la perdurabilidad de modos primarios de funcionamiento en todo aparato psíquico, precipita la captura de huellas mnémicas de lo traumático bajo la forma de signos de percepción.  Imágenes, olores, sonidos, todo esto desarticulado, deformado,  no recordado y al mismo tiempo omnipresente en la vida cotidiana.

Silvia Bleichmar (2009, p.64) define de este modo el concepto de signo de percepción:

 

es un concepto psicoanalítico, metapsicológico, que da cuenta de los elementos psíquicos que no se ordenan bajo la legalidad del inconsciente ni del preconciente, que pueden ser manifiestos sin por ello ser concientes, que aparecen en las modalidades compulsivas de la vida psíquica, en los referentes traumáticos no sepultables por la memoria y el olvido, desprendidos de la vivencia misma, no articulables.

 

Y más adelante  aclara:

[este tipo de representaciones] “…no están fijadas por  la memoria, sino que  el sujeto se ve ‘fijado’ a ellas, y no son ubicables en su nexos de origen. (…) no son, en sentido estricto, recuerdos, sino ‘huellas mnémicas’, ya que no hay sujeto que recuerda sino presencia de lo acaecido procesado por el psiquismo.” (p.68)

 

 

 

Es decir, frente a aquello traumático que queda inscripto como huella mnémica o como signo de percepción, tenemos un sujeto sujetado a ese modo particular del recuerdo. El yo no alcanza a apropiarse de los efectos de lo ocurrido, pero los habita y es habitado por ellos.

Retomando entonces algunas ideas definidas más arriba: relato de lo acontecido y narración de lo traumático no son equivalentes. Lo traumático adquiere ese estatuto justamente en el punto en el que se sustrae a toda significación, por ende, su pura transcripción en palabras, sin que se acompañe de una actividad simbolizante, resuena en nosotros como un puro acto fónico, nos hace suponer que no es lo traumático lo que se relata, sino  lo acontecido, casi como si fuera externo al narrador. Adrián produce actividad simbolizante cuando puede ligar esa imagen de su propia muerte, que es insistente y está desarticulada de su experiencia, imagen  de una muerte  por despedazamiento, con una experiencia de la cual formaba parte la imagen insoportable del despedazamiento de los cuerpos de  personas amadas.  

Lo acontecido puede ser relatado por muchos testigos, incluso por parte del sujeto mismo que lo ha padecido, pero no se corresponde punto a punto con aquello que ha quedado inscripto como trauma en el aparato psíquico. Los  testigos o las víctimas  no podrían construir un mismo relato, aunque hayan estado allí, en el  mismo lugar y en el mismo momento, porque en cada uno lo acontecido ha quedado ligado a vivencias absolutamente singulares, como singular era su aparato psíquico antes de que ocurriera lo que ocurrió. Y porque además en todos los casos, y también en el de Adrián, las oportunidades de procesar lo ocurrido han sido singulares, como ha sido singular  el modo en el que queda inscripto lo ocurrido en cada historia familiar.

Lo real acontecido, sin ser en absoluto irrelevante,  de alguna manera  y como efecto de lo traumático, en este camino quedará transformado, y definirá sólo hasta cierto punto cuál será la marca que dejará en el aparato psíquico, porque esta marca se inscribirá en las coordenadas que constituían previamente al aparato, y trastocarán su ordenamiento. Lo real acontecido se ligará con elementos heterogéneos a esa marca, desligará representaciones que antes estaban ligadas entre sí, arrastrará consigo hacia el territorio del inconciente representaciones que antes estaban disponibles a la conciencia, alterará los modos en los que el yo habrá podido hasta ese momento articular un eje de consistencia subjetiva y también sus mecanismos de defensa, afectará la construcción de sus rasgos de identidad, producirá fracturas en la construcción de la memoria. El aparato psíquico hará todo lo que esté a su alcance para que lo traumático no se inscriba, para transformar lo heterogéneo en homogéneo. Pero, como en una cinta de Moebius, lo traumático será el modo en que al interior del aparato quedará inscripto aquello externo ocurrido. Lo inscripto no será ni definidamente interno, ni definidamente externo.

 

Para comprender la construcción de lo narrable, es evidente que no sirve entonces el esquema “acontecimiento real que entra desde afuera en un sujeto que resulta afectado, y luego sale nuevamente hacia afuera por la vía del relato de lo que ocurrió” (esquema en el que obviamente se basa la Virtual Reality Exposure Therapy).  No es por vía de la catarsis, descarga de pura cantidad, que lo traumático accede al estatuto de lo simbolizable.

En este punto será fundamental el lugar de quien escucha en cuanto a la asignación de sentido.

La oferta de significaciones posibles no será el puro resultado del acto de narrar, sino que se completará con la significación que pueda asignarle quien escucha. Hasta aquí nos hemos referido a la inscripción de aquello que ha sido causa de trauma y sufrimiento. Pasemos ahora a la importancia de aquel a quien la narración le es dirigida.

 

 

 

Acerca del testimonio. Quién escucha, el momento histórico

 

El error está casi siempre orientado de antemano. Sobre todo, no se esparce, no toma vida sino a condición de estar de acuerdo con los prejuicios de la opinión común: entonces se convierte en el espejo donde la conciencia colectiva contempla sus propios rasgos.

(Marc Bloch, Introducción a la Historia)

 

Tanto en la construcción de aquello que quedará inscripto, como en la construcción del relato, las condiciones históricas incidirán en  la forma que este adquirirá, las palabras que lo constituirán, su sintaxis, su modo de enunciación, así como el modo en el que será escuchado y comprendido por los interlocutores[5]. En el trabajo de encontrar las palabras que se acerquen a la trasmisión de lo vivido, el narrador cuenta con las representaciones disponibles para su época. Todo acontecimiento tiene o habrá de tener algún modo de inscripción narrativa en la comunidad en la que se produce. Incluso los traumas más íntimos resultan pre-significables.

Pero cuando el trauma que debe ser narrado no es de índole individual, sino que es un trauma colectivo, será crucial el aporte de los recursos narrativos disponibles para el conjunto de la sociedad, puesto que podrán tanto facilitar como obturar -e incluso clausurar- el trabajo de significación individual. El juego que se produce entre los modos colectivos y los modos individuales del recordar, es profundamente complejo.

En ese sentido la abogada C. Varsky (2011) señala la transformación que sufrieron los testimonios a partir de los juicios abiertos cuando cesó el Terrorismo de Estado en Argentina. En los años ochenta se trataba de denunciar lo ocurrido e identificar a los responsables, pero en la reapertura de los juicios ocurrida a partir de los años 2003-2004, el testimonio comienza a ser enunciado en primera persona. La autora da por sentado, asimismo que es tarea de los abogados dar respuesta a los “ ‘cambios’ (sic, entrecomillado) en los relatos, que tienen que ver con el paso del tiempo, con las circunstancias del relato o el lugar donde se brinda testimonio…” (p.58).

Las circunstancias históricas pueden operar como un extraordinario recurso para la construcción de la narración, pero también podrían obturarla ofreciendo representaciones que -en la medida en que no tengan claramente un correlato con lo experimentado- alteran su significación y por lo tanto la posibilidad de construir a partir de ellas  narración e inscripción de una experiencia singular.

La psicoanalista y escritora Perla Sneh (2012) en su libro Lenguaje y exterminio, indaga la relación entre  la aniquilación y el lenguaje, y –entre otras cosas- se detiene particularmente en el arrasamiento de la lengua como uno de los efectos del exterminio. “El idioma mismo deviene víctima” (p. 71), escribe, refiriéndose al idish.  Se pregunta con razón qué efectos produce en la narración del exterminio de los judíos  el hecho de que  las fuentes historiográficas no estén escritas en el idioma de muchas de las víctimas,  qué efectos produjo su desaparición en los modos en los que el exterminio es relatado. Qué otras palabras han debido ser utilizadas para trasmitir lo ocurrido y a partir de allí, qué se ha perdido en las elaboraciones que sobre este hecho se han podido producir.

Así como para el historiador –según escribe Dominick LaCapra (2007, p. 176) -“…las técnicas convencionales son particularmente inadecuadas con respecto a sucesos que, en efecto, son cuestiones límites”, nosotros podríamos decir que para quien historiza su propio pasado traumático e intenta narrarlo, los recursos narrativos convencionales de la narración pueden ser particularmente inadecuados. “Ante hechos semejantes -escribe LaCapra en relación al trabajo del  historiador- el lenguaje puede colapsar y el minimalismo puede terminar siendo la mejor forma de representación”.

Quién mejor que  Primo Levi (2009, p. 31) para acercarnos a ese universo de la propia experiencia traumática, que al tiempo que es transformada en narración, revela los claroscuros de esta tarea.

 

Pero ¿qué decir del silencio del mundo civil, del silencio de la cultura, de nuestro propio silencio ante nuestros hijos, ante los amigos que regresan de largos años de exilio en lejanos países? Este silencio no se debe solamente al agotamiento, al desgaste de los años, a la normal disposición del ‘primum vivere’. No es debido a la vileza. Vive en nosotros una instancia más profunda, más digna, que en muchas circunstancias nos aconseja callar sobre el Lager, o cuanto menos atenuar, censurar las imágenes, aún muy vivas en nuestra memoria. Es vergüenza. Somos hombres, pertenecemos a la misma familia humana a las que pertenecen nuestros verdugos.

 

 

Acerca de la posibilidad misma de narrar. Recuerdo y olvido de lo vivido

En el acto de narrar lo traumático, se pone en juego su representabilidad. Para que la huella que lo traumático ha dejado en el aparato psíquico devenga en representación, para que esa representación sea capturada por el sujeto hablante, para que se  trasforme en discurso que significa lo vivido y para que además se transforme en elemento discursivo dirigido a otro, lo traumático debe atravesar un profundo trabajo de transformación.

Walter Benjamin (1936) da cuenta  del efecto enmudecedor que la experiencia traumática de la Gran Guerra produjo en los soldados que estaban en el campo de batalla,  así como de la imposibilidad misma de construir experiencia sobre ese hecho. Benjamin se refiere a la imposibilidad de integrar al propio relato una experiencia cuando esta se presenta absolutamente lejana y disruptiva respecto de la propia. ¿Cómo puede  “una generación que fue a la escuela en un tranvía tirado por caballos”, -se pregunta Benjamin- incluir en su trama narrativa la experiencia de la intemperie, la experiencia de habitar un paisaje en el que todo había cambiado “a excepción de las nubes”?

Los mecanismos de defensa que operan frente a una situación traumática (omnipotencia, negación, disociación afectiva, disociación del otro [Berezin, 2010])  ofrecen al psiquismo coartadas para atenuar el sufrimiento, pero al mismo tiempo dañan la trama psíquica, construyen modos estereotipados de funcionamiento con extraordinarios mecanismos de fijación en relación a los otros y a las propias vivencias, producen efectos en la “memoria psíquica” de lo vivido, contribuyen a cimentar modos de fijación identificatoria, constriñen el “menú” de herramientas psíquicas con las cuales enfrentar la realidad psíquica y la realidad material, generan lagunas en el pensamiento y en la posibilidad de recordar. En definitiva, afectan la posibilidad de construir experiencia.

El relato llano y crudo del acontecimiento es el relato de un sujeto que aún no pudo apropiarse de su experiencia. La narración de lo traumático entra en relación dialéctica con la posibilidad de construir experiencia. No es objeto central de este texto, pero esta diferencia es de un incalculable valor clínico.

Benjamin (1929) toma el concepto proustiano de memoria involuntaria y lo expande, lo transforma en objeto de teoría de la historia y de la subjetividad de los hombres. Al interior mismo de la subjetividad de cada uno “hay un saber -aún-no-conciente de lo que ha sido, y su afloramiento tiene la estructura del despertar”.[6] 

 

Porque para el autor reminiscente el papel capital no lo desempeña lo que él haya vivido, sino el tejido de su recuerdo, la labor de Penélope rememorando. ¿0 no debiéramos hablar más bien de una obra de Penélope, que es la del olvido? ¿No está más cerca el rememorar involuntario, la mémoire involontaire de Proust, del olvido que de lo que generalmente se llama recuerdo? 

 

Sabemos que el concepto de memoria involuntaria de Proust se expresa plenamente en aquel célebre pasaje de la primera parte de En busca del Tiempo perdido -ese libro que comienza a escribir en 1908 y publica en 1913-  en el que el narrador moja una magdalena en el té que le ofrece su madre. Sabrá disculpar el lector que me resulte inevitable compartir al menos un momento en el que la literatura poetiza el surgimiento del recuerdo:

 

¿De dónde podría venirme  aquella alegría tan fuerte? (…) Bebo un segundo trago que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice  un poco menos (…) Ya se ve claro que  la verdad que yo busco no está en él sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”. (1913, p.45)

 

 

Y luego, cuando aquello que él busca, “acaba de perder el ancla a una gran profundidad”,   cuando ese “instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos” comienza a surgir, su conciencia se ve conducida por fin a la huella de un olor y un sabor que aguardaban inscriptos perdurablemente en el recuerdo, y entonces culmina diciéndonos:

 

así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfas del Vívonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té. (p.47)

 

 

Benjamin nos dice: no es lo que vivimos, el acto puro lo que queda inscripto, sino el tejido que con él podamos construir. Ese tejido no es el efecto de la voluntad de su autor, no es el efecto de su olvido voluntario, ni del recuerdo voluntario. Somos presa de lo que nuestra memoria involuntaria pueda capturar. Ambos, olvido y recuerdo, construyen un tejido que sobreimprime lo vivido. Nuestro pensamiento diurno alcanza apenas a capturar pequeñas franjas de lo recordado. Las intermitencias que el recuerdo produzca, tejerán también el anverso y reverso de la trama, sus claroscuros, sus pliegues. El recuerdo no se inscribe en un tejido aleatorio. El mismo recuerdo prescribe cómo ha de tejerse.

Lo traumático, podríamos decir, prescribe el modo en que podrá ser recordado. Recuerden a Adrián. El tejido que pudo construir revelaba en su trama una zona de claroscuro que había permanecido inaccesible. Era una zona nocturna en su vida diurna. Esa oscuridad y su relampagueo, no obedecían ni a un esfuerzo en olvidar ni a un esfuerzo en recordar, era una intermitencia que tejía y destejía el recuerdo cada día.

 

A la hora de intentar comprender con qué materia prima se construye la narración de lo traumático es insoslayable la idea proustiana de una memoria que rompe con toda linealidad temporal, que contiene vestigios inaprensibles de lo vivido, que está expuesta continuamente a la evocación y transfiguración de lo acontecido, que responde al ordenamiento de un sujeto absorto en una rememoración sensorial. El concepto de memoria involuntaria es insoslayable cuando intentamos comprender los laberintos desconcertantes que recorremos en el olvido y en la recuperación del recuerdo.

Igualmente insoslayable es la idea freudiana de un aparato psíquico escindido, de un sujeto escindido, capturado por sus tensiones pulsionales, sus defensas, su deseo.

El recuerdo es materialidad, inscripción, marca. Su apropiación será el resultado del trabajo de la memoria que quizás centellea involuntariamente, pero luego construye una red que atrapa al recuerdo y lo inserta en una cadena de significación. De allí surgirá la posibilidad de construir con ese recuerdo, con esa marca, una narración.

 

Bibliografía general

-AGAMBEN, Giorgio (2005). Lo que queda de Auschwitz.  El archivo y el testigo. Homo Sacer III. Ed. Pre-textos, Valencia.

-ARFUCH, Leonor. (2010). El espacio biográfico. Fondo de Cultura Económica, Bs.As.

-BENJAMIN, Walter. (1929). Una imagen de Proust. Revista Observaciones Filosóficas. Nro.11. (2010), www.observacionesfilosoficas.net/n11rof2010.html

--------------------- (1936). El narrador, Ed Taurus, Madrid, 1991

--------------------- (1939). Sobre algunos temas en Baudelaire, edición electrónica, www.philosophia.cl. Escuela de Filosofía, Universidad ARCIS. http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/benjaminw/esc_frank_benjam0012.pdf

-BLEICHMAR, Silvia . (2009). El desmantelamiento de la subjetividad. Ed Topía, Bs.As.

-BLOCH, Marc (1949). Introducción a la Historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1975

-COHEN, Esther (2006). Los narradores de Auschwitz, Ediciones Lilmod, Bs.As.--FAROCKI, Harun (2013). Desconfiar de las imágenes.  Caja Negra. Bs.As.

-FORSTER, Ricardo  (2009). Benjamin. Una introducción. Ed. Quadrata, Argentina

-FREUD, Sigmund y  BREUER, Josef (1893)  Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos. Comunicación preliminar, Obras Completas de Freud, Vol. II, Ed. Amorrortu, Bs.As., 1980,

-KERTÉSZ, Imre (2005). Sin destino. Acantilado, Barcelona.

-LaCAPRA, Dominick  (2007). Representar el Holocausto: reflexiones sobre el debate de los historiadores. En S. Friedlander (comp), En torno  a los límites de la representación, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, Cap 7, pp.171-198, Pcia de Bs.As.

-LARROSA, Jorge (2007). La experiencia y sus lenguajes, Curso “Experiencia y alteridad en Educación”, FLACSO, Bs.As.

-LEVI, Primo.    (2009). Vivir para contar, Ed. Alpha Decay S.A., Barcelona

-MÈLICH, Joan-Carles  (2007). Antropología de la situación. Clase Nro. 2, Curso   “Experiencia y Alteridad en educación”,  FLACSO, Buenos Aires.

-MOREY, Miguel (2006). Los tejidos de la experiencia. Clase Nro. 5. Curso “Experiencia y Alteridad en educación”, FLACSO, Bs.As.

-MÜLLER, Eduardo (2011). El material clínico, ficción… es. Trabajo presentado en el Colegio de Psicoanalistas. http://www.coldepsicoanalistas.com.ar/biblioteca-virtual/leer/?id=13

-PROUST, Marcel (1913). Por el camino de Swann, En busca el tiempo perdido. Ed. Millenium. (1999).

-SANTNER, Eric (2007). La historia más allá del principio del placer: algunas ideas sobre la representación del trauma. En S. Friedlander (comp), En torno  a los límites de la representación, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, Cap 9, pp 219-236, Pcia de Bs.As.

-SNEH, Perla (2012). Lenguaje y exterminio. Ed. Paradiso. Bs.As.

-VARSKY, Carolina (2011). El testimonio como prueba en procesos penales por delitos de lesa humanidad. En CELS/ CEJIL: Hacer justicia, Nuevos debates sobre el juzgamiento de crímenes de lesa humanidad en Argentina. Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, pp.49-77

-WHITE, Hayden (2010) Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica. Prometeo libros, Bs.As.

 

 

 

 



 

[1] En relación a la escritura de la historia como ficción, ver H. White (2010), especialmente el capitulo Realismo figural en la literatura testimonial  (pp.183-201), y L. Arfuch (2010), especialmente el apartado titulado  Identidad  narrativa,  historia y experiencia (pp. 90-94). Esther Cohen (2006) en su libro Los Narradores de Auschwitz (pp.97-109) presenta un interesante análisis de este libro de Kertész.

 

[2]Acerca del carácter ficcional de la memoria y del inevitable efecto ficcional que se  produce en todo relato, ver  E. Müller (2011) El material clínico... ficción es, trabajo presentado en el Colegio de Psicoanalistas el 7 de julio de 2011. Aquí Müller desarrolla - partiendo de Saer- la idea de que todo relato es por su estructura misma y las reglas que lo constituyen como tal, una construcción ficcional. http://www.coldepsicoanalistas.com.ar/biblioteca-virtual/leer/?id=13. También L. Arfuch. (2010, pp.44-49), apartado En torno de la autobiografía.

[3] Conferencia dictada en Hamburgo por I. Kertész, citada por J. Larrosa (2007). 

[4] Para más detalles ver http://www.farocki-film.de/index.html y   http://medvr.ict.usc.edu/projects/virtual-reality-exposure-therapy/

[5]  La creencia de Ambroise Paré respecto de la composición de la cola del cometa que observó, despierta en el historiador Marc Bloch (1949) la siguiente reflexión: “La obediencia al prejuicio universal había triunfado de (sic. Creemos que una traducción adecuada debería ser“…había triunfado sobre….”) la acostumbrada exactitud de su mirada, y su testimonio, como tantos otros, no nos informa de lo que vio en realidad, sino de lo que, en su tiempo, se creía natural ver” (p.95)

[6]Benjamin, W., Libro de los Pasajes, Akal, Madrid, 2005. citado por R. Forster, (2009). p.28.