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Ponencia inaugural. "¿Cómo analizamos hoy? Sentido y pertinencia de una pregunta


Publicada el 19/03/2015 por Oscar Sotolano





¿Cómo analizamos hoy? Sentido y pertinencia de una pregunta.

                                                   Oscar Sotolano

Empezamos otro año de trabajo. Como todos los años, esperando que sea fructífero. Al final, veremos. En definitiva, estamos condenados al après-coup. Aunque espero que todos podamos colaborar para que el resultado sea más o menos satisfactorio. Ese après coup dependerá, también, de las propuestas que nos vayan haciendo llegar ustedes antes.

Durante los últimos años, hemos venido trabajando problemas teóricos específicos de maneras que cada uno podrá haber sentido más o menos productivas. Así, transitamos por “la simbolización”, “la realidad”, “la creación”, “las creencias”, “la vida cotidiana”, siempre en relación con sus consecuencias en la clínica de todos los días. Sin embargo, este año hemos decidido meternos más de lleno en esa clínica. Meternos de lleno significa, al menos así lo entendemos desde la convocatoria de la comisión científica, meternos en las incomodidades que la nutren al tiempo que nos hacen sudar la gota gorda. Y utilizo una expresión tan poco académica para poner a nuestro cuerpo en el centro de esa experiencia que es el análisis. Cuerpo que no está separado de la mente y mente que no lo es sin cuerpo; cuerpo, todos lo hemos repetido muchas veces, siempre articulado por sus tres perspectivas imbricadas: biológica, representacional y erógena. De allí, creo yo, parte el compromiso que tenemos por delante: trabajar la pregunta “¿Cómo analizamos hoy?” … metiendo el cuerpo. Pregunta que, sin embargo, exige una serie de precisiones iniciales. Por ese motivo es que he agregado en la pregunta que da título a esta charla que pretende ser sólo introductoria al tema del año, dos ejes para empezar a reflexionar sobre ella: es decir, su sentido y su pertinencia.

En efecto ¿qué nos preguntamos cuando nos preguntamos “¿Cómo analizamos hoy?”, ¿tiene valor preguntárnoslo?

Parece haber quienes tienen claro todo el tiempo lo que hacen, por qué lo hacen, incluso que se jactan de que lo que no saben es una muestra del saber y de la potencia del psicoanálisis. Mi impresión es que se trata de una minoría; más aún, que muchos de los que así se presentan hacen de esta postura su semblante, sólo eso. Pero bueno… muchos textos que leemos parecen atravesados por ese espíritu. Es un psicoanálisis -para jugar con una expresión que involucra muchas veces a quienes la usan- Amo; en cuyo caso, la pregunta no tendría una genuina entidad interrogativa, sólo serviría como excusa para exponer lo ya conocido. No sería una verdadera pregunta, a lo sumo una estrategia para desplegar desarrollos o pedagógicos, o políticos, o estrictamente “marketineros” (me refiero con ello a lo que hacemos para mostrarnos como analistas para el mercado de nuestra subsistencia). Para esa perspectiva, los conceptos con los que contamos serían suficientes, en todo caso habría que pulirlos, jamás cuestionarlos en sus fundamentos, o de hacerlo, realizarlo de un modo más retórico que real. A la pregunta ¿Cómo analizamos hoy? respondería: “Analizamos así, aplicamos tal o cual teoría de esta u otra manera”. Nada más. Describiría una forma, a lo sumo acotada a las vicisitudes epocales por el adverbio temporal “hoy”, y listo. No habría otra cosa que hacer que describir cómo se trabaja.

Desde otro ángulo, habría quien pudiese decir que es justamente ese adverbio “hoy” el que hace no pertinente la pregunta. Podría argumentar que el inconsciente es atemporal y nosotros trabajamos con el sujeto del inconsciente. Para esa perspectiva el hoy no tiene por qué incidir en las peripecias del inconsciente, después de todo Freud trabajó aterido de frío en el contexto de una guerra brutal con el fantasma de la muerte de su hijo en las trincheras, de sus consecuencias tras el tratado de Versalles en el plano social y familiar y con la sombra del nazismo rondando sobre su trabajo en los 7 últimos años de su vida; de igual modo, Klein y Anna Freud llevaron el psicoanálisis adelante mientras las bombas caían sobre Inglaterra. El psicoanálisis es una disciplina que tiene independencia de los avatares de las épocas, se podrá decir; se ha dicho. El complejo de Edipo nos determina por fuera de cualquier vicisitud epocal se afirma en clave estructuralista (Yago Franco, la próxima vez, seguramente se ocupará de darnos su perspectiva sobre esta cuestión) En todo caso, puede ser una disciplina que permita acceder al inconsciente de la época o de un país, una disciplina que permite lo que se ha llamado “psicoanálisis aplicado”, no una disciplina que sea retraducida y así reinscripta permanentemente por los discursos de la época.

 A una perspectiva que insiste en partir de lo social externo para explicar el funcionamiento psíquico, se la suele llamar culturalismo: un reduccionismo cultural de la mente. Pero nunca olvido reduccionismos inversos, reduccionismos psicoanalíticos tales como los de un enorme psicoanalista como lo ha sido  Winnicott, que en una obra central de su producción como es Realidad y Juego, pretendía dar una explicación del racismo reinante en EEUU a partir de la supuesta envidia de los blancos amantados a biberón hacia las nutricias tetas de las mujeres negras.

Si las estéticas musicales pueden estar marcadas por las vicisitudes de la historia y Shostakovich pudo escribir su sinfonía 12, “1917. En Homenaje a Lenin” en el tono mayestático y despojado de las estepas rusas y Beethoven su tercera, en homenaje trunco a Napoleón, con los fondos marciales de la Marsellesa rindiéndole sus honores a la República; se podrá decir que la estructura de las notas, los acordes, los silencios, la armonía, el ritmo o la melodía estaban allí para su uso. Del mismo modo, podría decirse que la estructura conceptual del psicoanálisis con sus instancias psíquicas, sus modelos pulsionales, sus nociones acerca de la defensa hacia lo interno y lo externo, sus modos alucinatorios de constitución primordial del aparato, perduran más allá de las vicisitudes epocales, y el hoy deviene entonces una cuestión que remite apenas a una cuestión de restos diurnos. ¿Qué agregaría el hoy? Muy poco, porque lo central de la teoría psicoanalítica ya habría sido explicado, en cuyo caso los avatares epocales no tienen mayor  trascendencia. Desde una perspectiva como la que describo,  por lo menos el adverbio temporal “hoy” sería tildado de no pertinente o, en todo caso, de poco definitorio.

Como saben, no es ésa una posición que suscribo (aunque algunas cuestiones que acabo de formular son centrales y no podemos dejarlas de lado). De hecho, creo que nadie en esta institución la suscribe, al menos, explícitamente, y también hay muchas de esas cuestiones que todos consideran centrales y  tampoco dejan de lado. De mi parte siempre he considerado que aquella referencia de Freud al cuerpo de la histeria y al de las parálisis motrices orgánicas que he citado en varias ocasiones, aquella que postula que  el cuerpo de la histeria es el cuerpo tal como lo concibe el lenguaje vulgar, popular, es decir, un cuerpo de cultura que como tal es inevitablemente epocal y marcado por sus inflexiones y tradiciones lenguajeras y formatos simbólicos múltiples, es un vector orientador para pensar el nexo entre lo inconsciente y las experiencias culturales. Muchas cuestiones específicas que hacen al tema de las nuevas sexualidades anclan en esta dimensión. Desde mi punto de vista, y estoy seguro que desde el de ustedes también, el “hoy” tiene completa pertinencia.

El problema, sin embargo, una vez que hemos legitimado el uso del hoy, es a qué “hoy” nos referimos. Porque el “hoy” dialoga, por lo menos, con un ayer. Y ese ayer puede ser distinto para cada uno de nosotros. Entonces, la pregunta ¿cómo analizamos hoy? exige precisiones:  ¿Remite a cuando Freud construyó sus conceptos?, ¿esa época de los llamados artículos técnicos entre el 12 y el 15 y sus aportes posteriores donde postuló democratizar su práctica entre las grandes masas?; ¿a la época en que el psicoanálisis había sido completamente dominado por estándares a partir de ciertas lecturas de la escuela inglesa y a exigencias del poder institucional en la IPA?; ¿remite al psicoanálisis tal como lo abrieron a la comunidad un Pichon Riviere o tantos de los hombres fundadores de la generación de los 60?; ¿remite a una  época de psicoanálisis casi por completo hegemónico que hoy debe sufrir la competencia de técnicas conductistas de diverso cuño que son vistas como esperanza rentística por y para las empresas de seguros de salud llamadas de medicina prepaga al igual que el avance farmacológico que ha calado hondo en la subjetividad social, incluso entre nosotros, los psicoanalistas?; ¿remite a una época de fiebre lacaneana de similar sesgo religioso al que tuviera la llamada kleiniana?

A mi entender, la pregunta ¿Cómo analizamos hoy? exige ubicarse en relación con otro tiempo específico que será necesario explicitar cualquiera sea la posición que asumamos. Creo que es importante remarcarlo porque es esa relación la que dará sentido al modo en que nos ubiquemos en el hoy.

No crean que se trata de una  pregunta original. En 1984, la Fundación del Campo Freudiano organizó su tercer encuentro internacional bajo una pregunta similar: “¿Cómo se analiza hoy?” Allí, reconocidos psicoanalistas del campo lacaneano oponían al saber de la I.P.A. el saber de la obra de Lacan. Discutían a partir de la obra del maestro francés los conceptos más transitados por el psicoanálisis definido como oficial. Los trabajos están agrupados en un libro editado por ediciones Manantial al que pueden recurrir y, si tienen ganas, tratar de compararlos con escritos actuales. De 1984 a 2015 han pasado 31 años. Si como dice el tango 20 años no es nada… 31, ¡poca nada más es! Sorprende el no paso del tiempo en tanta producción posterior. Los saberes de entonces suelen seguir siendo los de hoy… y mientras tanto, cayó el Muro del Berlín y se amplió hasta la obscenidad el que en la frontera entre México y EEUU deja que pasen las drogas y no los hombres, al igual que el monumento al horror que viborea por las tierras palestinas;  el vértigo brutal que la sentencia Time is money impuso a todas las relaciones sociales -la psicoanalítica incluida- se ha adueñado de las subjetividades; las nuevas tecnologías que tanto aportan a ese vértigo invadieron la vida cotidiana; la sexualidad se ha propagado entre las grandes masas urbanas de modos muy diferentes a como cuando los grandes maestros del psicoanálisis construyeron sus principios teóricos; la crueldad y el terror se han transformado en un espectacularizado recurso de construcción política y subjetiva y, sin embargo, con todo  eso, muchas veces nos encontramos con textos que parecen ser escritos por fuera de cualquier referencia epocal. A lo sumo, incluyen alguna mención sociológica que por lo superficial parece sacada de algún suplemento cultural de un diario del domingo.

Quizás el momento que más me interesa resaltar de esa compilación de textos a la que aludo, eso a los fines de la discusión que tenemos por delante, es cuando un autor (no interesa de quién se trata porque es a modo de analizador  que usaré sus palabras) discute a Kohut (autor con quien estoy lejos  de comulgar en sus principios teóricos generales pero de quien algunas de sus reflexiones me son reconocibles en la experiencia clínica) en estos términos: “ Quien esto escribe no puede sino manifestar su condena global ante esta retahíla de despropósitos, inscribibles uno tras otro en las figuras de la resistencia del analista. (Hasta allí simplemente una toma de posición con la que se podrá estar o no de acuerdo, afirmada con una retórica contundente; pero el tema es el remate… sigamos leyendo) Figuras que no comportan otra cosa que la puesta en acto del fantasma del homunculillo, metonimizado desde el antiguo ego, al actual self. (Esta frase, construida rigurosamente con los guiños conceptuales y retóricos propios del campo lacaneano antecede la afirmación que quiero resaltar y que retroactivamente le da tono a lo anterior) Estertor del delirio de la presunción, esta psicofatuidad de las Suficiencias ni siquiera enmascara que se trata, nuevamente, del omnímodo reinado del sujeto de la representación”.

Pregunto: ¿Se puede incluir a alguien o a su discurso en el campo de algo definido como la “psicofatuidad” de un modo más fatuo? – no haré referencia al llamado delirio de presunción porque exigiría meterse en el debate, marcado por la transferencia, entre Laplanche y Lacan tirándose como buenos franceses cultos con Hegel y la Fenomenología del espíritu al momento de publicarse las actas del Coloquio de Bonneval sobre el inconsciente. ¿El insight, la interpretación que el autor postula como vértices del trabajo psicoanalítico vero en ese texto que acabo de citar, nunca le llegaron en ese punto al analista que así se expresa?

Cuándo Bettelheim relataba en una entrevista famosa que apareció publicado en el N° 4 de la revista Diarios Clínicos, el  escepticismo  de Freud acerca de la utilidad de que los hombres de Estado se analicen, ¿estaba poniendo en cuestión las perspectivas de su propio instrumento? o, podríamos verlo de otra manera: ¿al marcar los límites de su instrumento, por el contrario, apostaba a orientar su potencia? Lo digo, porque las preguntas de qué cura, cómo cura, si cura el psicoanálisis, siguen siendo preguntas nunca resueltas que, a mi entender, no pueden faltar en una reflexión sobre cómo analizamos hoy. Y esta aserción fatua contra la fatuidad no puede menos que traerme cierta inquietud y la consiguiente interrogación sobre las zonas irreductibles del psiquismo que exploramos, y que aún cuando podamos creer que hemos encontrado sus raíces, no vemos que se modifiquen por interpretarlas con más o menos sagacidad en análisis llamados didácticos (de los años que sean). Cuando Adorno llamaba a que las ciencias, entre las que ponía al psicoanálisis, pusieran todo su saber y su esfuerzo para tratar de entender la monstruosa criminalidad de Auschwitz, no podía saber que 70 años después de aquel anhelo seguimos perplejos ante la barbarie naturalizada que no deja de repetirse, incluso hoy, de un modo  especialmente terrible cuando la ejecutan quienes de alguna manera han sido sus principales víctimas. El reinado del “ya lo sé pero aún así” que gobierna nuestros universos creenciales parece irreductible a cualquier interpretación, acto analítico, intervención o medicación. Parece que algunas hipótesis del Malestar en la cultura siguen  vigentes aunque mucho se pueda decir de las limitaciones de Freud en cuanto al estudio de las cuestiones políticas.

 Remarco este párrafo, además, porque en un contexto que pretendemos crítico, nos interesa un debate que abra problemas, no que los cierre tras respuestas descalificadoras que si hoy no suelen ser tan públicas, sin embargo, sí forman parte de los modos en que nos escuchamos entre psicoanalistas que pensamos diferente, a veces con sorda indiferencia cínica o amable. Y no hablo de compartir un diálogo tolerante entre conocedores profundos de un problema (lo que hoy suele llamarse expertos), hablo de compartir un territorio de ignorancia, territorio inexistente en los textos puramente pedagógicos, con función política y, a veces, infatuados hasta lo caricaturesco como el que les acabo de leer.

Es con ese espíritu que nuestra convocatoria fue formulada con el siguiente resalte: “Crítica que no se reduce a la más sencilla discusión con las perspectivas con las que no .acordamos, sino que nos desafía a discutir, tensar en sus contradicciones,  los paradigmas con los que sí lo hacemos”

Es decir, cómo analizamos hoy quiere decir desde qué preguntas lo hacemos, con qué dificultades nos hallamos, qué conceptos teóricos instituidos nos resultan insuficientes, cuánto resultado hallamos en lo que hacemos, qué límites externos e internos encontramos en nuestra práctica. Es decir, como espero vaya quedando claro, el “cómo” no remite a una técnica, sino a las condiciones teórico prácticas de una experiencia compleja. Palabra ésta, “compleja”, sobre la que luego me detendré.

Entonces, si el “hoy” es pertinente y la pregunta sobre el “cómo” (en esta dimensión amplia) también lo es, nos queda el “analizamos”.

En principio, la elección de la palabra analizar. No usamos “tratar”. La pregunta no es ¿Cómo tratamos hoy? La intención es pensar nuestra práctica como analistas, no pretendemos transformar este debate en uno sobre prácticas psicoterapéuticas diversas. Sí,  en uno sobre los problemas actuales para analizar,  lo que no excluye la reflexión sobre prácticas psicoterapéuticas diversas o sobre conocimientos en el campo biológico que nos interrogan.

Pero el “analizamos” encierra otra cuestión, que se condensa en la primera persona del plural. Porque nuestra pregunta no es ¿cómo “Se” analiza hoy?, tal como fue formulada para aquel encuentro que antes mencioné; no busca responder en nombre del psicoanálisis como un todo. Simplemente se acota a un nosotros que remitirá estrictamente a aquellos que vayamos a dar testimonio de ello o de los problemas que encontramos al hacerlo. El nosotros no se confunde con el “se” (aunque podría confundirse); no somos nosotros psicoanalistas, a modo de representantes de una disciplina, los que hablaremos. Al menos, ésa no es la intención. Somos nosotros, estos psicoanalistas aquí reunidos y aquellos que acepten compartir su propia experiencia. Insisto: experiencia de perplejidad, no experiencia hollywoodense signada por el final feliz de una situación, un desenlace y una teoría con moño y tarjeta que nos puede dar sosiego.

Es con esa perspectiva que estamos buscando convocar a representantes reconocidos de las teorías posfreudianas más fecundas para que nos hablen de los límites que a esta altura de su experiencia como analistas encuentran en las teorías que suscriben. Es con esta perspectiva también que ya confirmamos para el 30 de abril la presencia de la decana de la Facultad de Psicología de la U:B:A. Nélida Cervone para que nos hable de los cambios que ha sufrido, en el curso de su experiencia, la trasmisión y asimilación del psicoanálisis por parte de los estudiantes, en una carrera que siempre tuvo al psicoanálisis en su centro.

A esta altura de mi exposición, me encuentro tentado a proponer cambiar el título de nuestro trabajo del año. En lugar de ¿cómo analizamos hoy? podríamos titularlo ¿Qué nos incomoda del psicoanálisis hoy?

Claro que ese cambio ya imposible no sólo tiene una dificultad práctica, sino también teórica. ¿Acaso se puede hablar de lo que nos incomoda sin hablar del “cómo” entendido en esa dimensión amplia que postulé anteriormente, es decir, interpelando a nuestros postulados teóricos, psicopatológicos, clínicos, técnicos? Evidentemente no; de hacerlo así, seguramente sólo podríamos producir un catálogo de incomodidades sin referencia conceptual que no nos llevaría a otro lado que al lamento vacuo.

Cuando en su momento pensamos el tema del año, pretendíamos retomar la tradición fundadora de aquel Colegio de Estudios Avanzados que está en las entrañas de nuestra propia institución, aquella que quizás fue Silvia Bleichmar la que formuló de un modo más nítido cuando se planteaba continuamente repensar los paradigmas de origen, aunque  (es inevitable, no creo que haya para alguien en su nivel de creación  posibilidad de hacerlo de otra manera)  ella tampoco llegó a poner en cuestión sus propios paradigmas. Destino éste inevitable para cualquier creador que avanza sobre sus construcciones, descubrimientos, principios, investigaciones porque sólo así estos fructifican. Serán otros, generalmente pasado cierto tiempo, los que podrán emprender una labor crítica. Por el momento, la obra de Silvia me parece que está todavía en un período de instalación de algunos de sus paradigmas centrales, ignoro si hay alguien en condiciones de emprender ese trabajo, aunque sea de modo inicial, como para presentarlo algún jueves.

Entonces, si el nosotros no equivale al conjunto de los psicoanalistas sino a una singularidad agrupada en este espacio que, tal vez (veremos), pueda servir de indicio para pensar al conjunto, entonces, tras todo este desarrollo, que hoy yo esté hablando de cómo analizamos hoy, impone (esto tendría que hacerse evidente si lo que he expuesto hasta ahora ha sido medianamente claro) que de una vez por todas hable acerca de cómo lo hago yo, en primera persona del singular, no del plural.

Y para mi relativa tranquilidad, a esta altura de la exposición, pasado el tiempo que ya ha pasado, seguramente será imposible hacerlo, lo cual puede sonar a un gambito para zafar de una propuesta siempre difícil. Sin embargo, aunque me gustaría hacerlo, no eludo la cuestión, tan sólo la postergo parcialmente para retomarla en una próxima reunión referida a un tema tan central como lo es el de la teoría sexual en psicoanálisis. Con tal fin  he de presentar el primer jueves de mayo un trabajo que los compañeros de Comisión Científica han considerado muy pertinente que fue publicado hace ya 10 años en ocasión de cumplirse cien años de la publicación de Tres ensayos de teoría sexual, en la revista de la Escuela de Psicoterapia para graduados. Sin embargo, para no irme por la tangente e indicar algunas cuestiones que creo son centrales, ahora diré lo siguiente:

La primera persona del singular es incómoda. Tiene algo de presunción. Presumimos tácitamente de nuestra supuesta importancia.  Da por obvio que lo que uno tiene para decir le importa a alguien, y la experiencia demuestra que en muy contadas ocasiones es así. Insistir en lo que uno piensa tiene un tufillo vanidoso (y subjetivo) que la tradición positivista de la ciencia ha cuestionado siempre (sobre todo lo subjetivo, no tanto lo vanidoso). Sobre el objeto se habla en tercera persona, exige. Claro que si el psicoanálisis algo nos ha enseñado  en el campo de una experiencia concreta como lo es un análisis es que no hay, desde el punto de vista subjetivo, mundo sin el yo que lo percibe. Eso es así aún cuando debamos aceptar como requisito epistemológico que el planeta rota incluso cuando no hay “yoes” que lo perciban. (Todos saben cuánto he insistido en esta cuestión en estos años) Y el problema de nuestro yo es que está marcado por esa extraña instancia llamada inconsciente que nos convierte siempre en sabios ignorantes. Así, la primera persona es, a mi entender, la más  apropiada para dar cuenta de lo singular de nuestra experiencia aunque nos coloque orillando la caída en la más pueril vanidad.

En los últimos años siempre me propuse relatar en primera persona. Y no ignoro que algunos problemas me ha traído. Así siempre hablé de mi trabajo y de mis maneras de pensarlo. Muchas veces me parecían más importante los desarrollos que pudiese hacer que las conclusiones que pudiese sacar.

En verdad, entrar en la primera persona se me hace especialmente incómodo cuando cierta pasión irrefrenable hacia temas muy diversos me ha llevado a escribir sobre cuestiones de lo más  variadas, aunque siempre encuentro que, luego, tienen ejes que confluyen. En ese chiste que dice que la diferencia entre un filósofo y un científico es que los filosofos “saben nada de todo” y los científicos “todo de nada”, me encuentro más cerca del filósofo, aunque estudio mucho para no saber nada de todo. Lo que provoca que, tanto hablar en primera persona de tantas cosas, aumente mi saturación de mí mismo, y ni hablar la de ustedes. Pero no creo que haya otra alternativa, hablar del psicoanálisis es hablar de la experiencia que uno hace con él.

En verdad, a lo largo de los muchos trabajos que he escrito, desde el primero que presenté, uno sobre el número de sesiones, en un encuentro sobre técnica en la Escuela de Psicoterapia, donde lo presentamos con un querido colega de APDEBA que no se sentía cómodo para presentarlo en su propia institución, en el año 1986, hace casi 30 años atrás, siempre he intentado dar cuenta de mi modo de trabajar y de los problemas con que me enfrento. De hecho: en aquel primer trabajo de 1986 que acabo de desenterrar para la ocasión, en el que empezábamos citando la forma canónica en la que Freud describe su propuesta de trabajo (diaria y a veces más) en Consejos al médico, de inmediato afirmábamos y nos preguntábamos: “¡Qué abismo el que separa esta reflexión de Freud de nuestra práctica cotidiana actual!“ – allí actual era 1986- “En un país donde la mayoría de los análisis (por lo menos los llamamos así) transcurren entre un máximo que es el mínimo aconsejado por él para casos leves y un mínimo que es el máximo de tiempo sin sesión a que hace referencia en esta cita, no podemos menos que preguntarnos sobre la validez del cambio. No creemos que ni apelar a la sacralización de la cita (“Lo dice Freud”), ni la apelación a la práctica como criterio  de verdad ( la práctica no se prueba a sí misma) puedan llevarnos más allá de una posición dogmática” . Como ven, cómo se analiza hoy es una pregunta que está en los inicios de mi producción escrita como una brújula.

Yendo a algo más reciente. Algunos recordarán (espero) que aquel texto titulado “De cómo una interpretación correcta deviene fracaso terapéutico” (texto en que reflexionaba sobre un fracaso, que no casualmente es el capítulo 1 de Bitácora de un psicoanalista) fue base de otro donde retrabajé el original bajo el título “Cambio psíquico y cura psicoanalítica”. Los que han leído Bitácora (libro que recomiendo con entusiasmo y sin pudor a los que todavía no lo han leido) saben que es un texto donde se da cuenta en casi todos los capítulos de modo explícito de mis variadas maneras de trabajar, articuladas con temas axiales de la técnica y la teoría. De hecho, Eduardo Muller, en ocasión de la presentación  lo definió (si mal no recuerdo) como “el libro de un psicoanalista laburando”. Así ha ocurrido también en textos que podrían ser pensados como sociales, como es el caso (para tomar uno relativamente reciente que conocen) el que presenté en relación con el problema de los Medios y la construcción de subjetividad.

Me ha parecido siempre que lo único que da riqueza verdadera a mi comprensión del psicoanálisis es lo que voy observando en ese microscópico campo del trabajo clínico. Si la clínica no me confirma algunas observaciones sociales generales me resulta difícil validar esas observaciones sociales con categorías psicoanalíticas, aunque no desdeñe ni mucho menos los discursos sociales como relatos tan válidos para pensar la experiencia social en su dimensión psíquica como los que se producen en la intimidad privada del consultorio. Pero jerarquizo lo que escucho en ese microcosmos de la sesión aunque estadísticamente no tenga ningún valor. Creo que la masa probatoria psicoanalítica la da, en todo caso, y éste me parece un problema de método de investigación central en nuestra disciplina, ese intercambio entre nosotros cuando nos encontramos compartiendo problemas similares. Allí el nosotros nos puede hacer a cada uno sujetos capaces de delimitar nuestra propia experiencia.

El año pasado hablé de la abstinencia, la neutralidad y la implicación. La tesis central de aquella presentación era que el analista nunca es neutral y la abstinencia que tiene que preservar como consustancial al  método es la que acote el ejercicio del poder de la sugestión y no produzca satisfacciones sustitutivas que impidan el trabajo de análisis. Puede ocurrir que no nos abstengamos en contestar una pregunta o hasta que planteemos una opinión personal para garantizar (de ese modo paradójico) que no se produzca una satisfacción sustitutiva – no abstenerse para que haya abstención, podríamos decir- ; ésa era la perspectiva que Freud tenía in mente cuando propuso su famosa regla en su artículo sobre el amor de transferencia. Estoy seguro que aquel era un trabajo totalmente pertinente para el día de hoy, sobre todo por el contexto en que lo enmarqué. (Que es pertinente para el tema del año nos lo confirma Carlos Guzzetti que va a seguir reflexionando sobre la cuestión con su presentación del 16 de abril) En aquel momento conté que era heredero de una tradición teórica que no tenía en un psicoanálisis solipsista (ni de cuño biológico ni estructuralista) su matriz, aunque el estructuralismo hubiera sido una de mis fuentes primarias de formación en casi 6 años de estudio semanal con Juanqui Indart. Pero ese estructuralismo que nunca me había llevado al solipsismo, ni me había sido enseñado en esa dirección, jamás me llevó a abrazar la teoría posmoderna del relato como única realidad. Conté que me había formado con analistas freudianos como Luis Hornstein, lacanianos como Indart, mantenido una larga y fértil supervisión con una analista bioniana y con personas no fáciles de etiquetar como Emiliano Galende o Vicente Galli. Que había buscado que mi analista no fuera uno que creyera que el psicoanálisis explica todo en la vida. Encontré en Marta Erramuspe ese (esa) analista. Mi modo de ir asimilando la experiencia psicoanalítica desde el principio estuvo atravesado por una perspectiva epistemológica que hoy se reconoce en aquello que solemos llamar sistemas complejos. Aunque, al respecto  -ya anticipé que lo haría- vale una aclaración.   En los últimos años el término complejo se ha usado, a mi gusto, en demasía. Si bien 20 o 30 años atrás su instalación fue central, luego ha devenido una especie de caballito de batalla en el que espero no caigamos para resolver esas ignorancias que pretendemos poner sobre la mesa. Nada peor que exagerar la capacidad heurística que suponemos cuando decimos que  un problema es complejo.  Porque, valga la aparente redundancia, lo complejo es complejo. O sea, como dice Edgard Morin: “el abordaje de la complejidad es el de la complejidad como problema”. No complejo en el sentido de complicado, o sea regido por  determinaciones variadas como supone, por ejemplo, la teoría de las series complementarias. No, complejo quiere decir otra cosa: quiere decir, según la tradición que inauguraron Morin, y Jacques Monod: “una teoría que reconoce el principio de incompletud y de incertidumbre en su seno”. Algunos han querido encontrar en lo inconsciente eso incierto e indeterminado, con lo cual el sistema se cierra gracias al saber del psicoanálisis, y deja de ser incompleto e incierto. Es decir, deja de ser complejo de acuerdo a la manera de entenderlo según esa tradición.

Lo menciono de este modo rápido - he escrito el año pasado un largo texto al respecto para unas jornadas sobre el tema- porque a veces resolvemos con un golpe de birlibirloque que tiene a la palabra “complejo” en su centro, los problemas que el psicoanálisis nos plantea. Y sería bueno que estemos atentos a sus trampas en los intercambios que tengamos.

Entonces, si el año pasado hablé de mi contexto de formación y acerca de con quiénes dialogo y polemizo, no pretendo repetirme, sólo remarcar dos cuestiones. Una, es que creo que el psicoanálisis argentino, por la diversidad de sus prácticas, por el modo en que se insertó en la vida sanitaria, educativa, legal, cultural de nuestro país, por la riqueza de experiencias disímiles y extremas que ha abordado es un psicoanálisis que tiene mucho que aprender de sí mismo sin mirar exclusivamente hacia afuera. Más aún, mucho podría haber aprendido Francoise Dolto (recordemos sus comentarios en relación con niños apropiados) o todavía aprender E. Roudinesco (vean al respecto un debate que le hace Janine Puget en el número 1 de la revista de APDEBA del año 2012) si hubieran transitado los dolores de nuestro suelo y los modos en que los psicoanalistas lo transitamos sin las anteojeras del colonialismo progre o católico, que las han llevado (a la una y a la otra) en distintos momentos, a grandes exabruptos. Pero, aún con eso que considero un hándicap, hay una cuestión que está en el centro de mis preocupaciones como psicoanalista desde siempre, aunque ha devenido más perentoria en los últimos años. Me refiero a lo siguiente: Aunque pueda ser tildado de víctima de preocupaciones dignas de un  devoto del furor curandis, suelo preguntarme: ¿me debería definir como psicoanalista o como un trabajador de la salud mental que trata de ejercer el psicoanálisis?  Una pregunta que me parece todo psicoanalista debería hacerse aunque termine no pudiendo responderla. Y la pregunta se hace pertinente porque, en lo personal, mis preocupaciones con respecto a los modos singulares y específicos de eficacia del trabajo clínico me llevan por ese camino de senderos múltiples. Cada vez entiendo más al psicoanálisis como un instrumento imprescindible para pensar la cultura y hallo más dificultades para considerarlo como el instrumento exclusivo para aliviar el sufrimiento de quienes nos consultan. Me siento un trabajador de la salud atento a los indicios del inconsciente, más que un psicoanalista que buscar psicoanalizar a tiempo completo (aunque creo tener conmigo al psicoanálisis a tiempo completo mientras trabajo)

Recojo en mi experiencia en el consultorio muchos indicios que permiten entender la realidad social; en ese sentido, creo que el  psicoanálisis ha sido un aporte esencial de y para la cultura contemporánea; encuentro esos aportes incluso más contundentes que los que hallo para la teoría de la cura donde las preguntas se me aglomeran sin que pueda despejar un clima de confusión por momentos perturbador.

Hoy afirmaría, sin un poco de temor de que me estigmaticen como un psicoanalista que ha perdido su convicción en el inconsciente, que nunca estoy seguro de qué es lo que provoca los cambios que se van produciendo mientras trabajo. En la labor específica, ninguna respuesta me resulta suficientemente consistente como para descartar otras con argumentos sólidos. Cuando encuentro palabras, se me superponen gestos o tonos (el mundo de la prosodia al que me he referido cuantas veces he insistido sobre el tema del afecto desde hace 25 años) o, si no, algún comentario  que pudo haber sido dicho, o cualquier situación que pudo haber ocurrido sin que yo los jerarquizase. Las hipótesis encuentran fácilmente otras hipótesis contrarias,  a primera vista tan sólidas como las anteriores. Explorando las distintas situaciones que he relatado en tantos textos a lo largo de los años, nada me resulta consistente como para sostener una teoría acorde que dé cuenta de modo sistemático de ese espacio de encuentro de una persona con su propia palabra, que nosotros pretendemos conducir, que a veces lleva a grandes mejorías y otras parece coagularse en formas caracteriales resistentes a cualquier intento de aligerarlas.

En estos años he atendido consultantes de  todo tipo, pero en cuanto a estas cuestiones siempre están los que dejan marcas especiales. Una muchacha que se había primero analizado con Colette Soller dos años en Francia, luego con otro colega argentino al volver, más tarde  conmigo durante un par de años, luego con otro colega de mi mayor confianza y respeto personal e intelectual, incluso con psiquiatras que la medicaron con conocimiento de lo que hacían, sin que ninguno hayamos sido capaces de frenar su destino de locura y muerte. Algunos analizantes que tras muchos años han logrado muchas modificaciones en sus vidas sin que los desbordes de ansiedad se atenúen, o en todo caso, a veces, un poco, con dosis importantes de medicación… y no siempre. He tenido en procesos de análisis personas que me he enterado por terceros que dicen que les he salvado la vida a ellos y a su familia sin que yo sepa muy bien cómo pude haberlo hecho, analizantes en los que yo veo cambios minúsculos que ellos sienten mayores. Sin hablar de esos que tal vez hablen pestes o maravillas de nosotros sin que nosotros lo sepamos aunque en algunos casos podamos sospecharlo y ni hablar de aquellos que ni recuerdan ni nuestro nombre ni la experiencia que pueden haber hecho con nosotros; esos que en una consulta dicen de otro que podríamos ser nosotros mismos en ese momento en otra consulta con otro analista: “me analicé con un psicólogo... no me acuerdo el nombre … Buena persona … creo … que me ayudó pero… no me acuerdo mucho … no sé por qué dejé de ir”.

 A esta altura estoy más cerca del Freud que mira con gesto escéptico a sus colegas de los miércoles y les dice: ”me alegro que mis alumnos tengan tan alta opinión del psicoanálisis… pero cuando miro alrededor de esta sala y pienso que todos ustedes se analizan, no puedo dejar de ser escéptico”. Hoy por hoy, el problema del carácter es de los que más me interroga. Porque es allí donde eso que llamamos resistencias se han estabilizado en una forma de ser que tiene a la renegación en su seno. No dudo de lo mucho que he ayudado y ayudo a muchos consultantes, también sé que con otros los resultados han sido malos o por lo menos inocuos, lo que a los fines de mi preocupación, es lo mismo. En la mayoría encuentro trazas pulsionales inconscientes que pueden explicar sus destinos, pero me preocupa cuando las encuentro solamente yo, no ellos. Si me preguntan qué es lo que más me preocupa de mi práctica después de 40 años de trabajo, diría que es el no sentir que los años me hayan hecho notoriamente más eficaz. Me genera cierta envidia… y sospechas … cuando algunos colegas dicen que tal o cual persona padece una neurosis y que entonces no hay mucho que preguntarse porque parece que ya sabemos qué es lo que hay que hacer con ese tipo de pacientes, analizantes, analizandos, consultantes o como querramos llamarlos, como si tuviéramos un protocolo a seguir. ¡Yo nunca lo sé! Si en otras prácticas rige lo que se llama la curva de aprendizaje que hace que los márgenes de error en el trabajo disminuyan con el tiempo de acuerdo a una curva ascendente verificable que indica que cuanto más sé más porcentaje de mejoría logro, no he notado una modificación sustancial con el paso de ese tiempo a medida que más sé. Aprendo muchas cosas nuevas en mi experiencia clínica cotidiana que me ayudan a trabajar mejor y saber que aquellos con quienes trabajo se sienten ayudados, encuentro indicios recurrentes que me permiten pensar algunas cosas con más certeza, pero no siento que tenga por ello conocimientos más convincentes que sirvan para ayudar a la gente que me consulta con niveles de certidumbre verificable a priori. Lo veo en mí y comparto este sentimiento con muchos con los que hablo con franqueza. Sé que la incertidumbre de nuestro propio objeto de estudio no nos la hace fácil, sostengo al igual que la mayoría de ustedes que la llamada medicina basada en la evidencia encierra una trampa epistemológica de cuño positivista y tecnocrático que debemos tener clara, creo que sé escuchar y que de eso se trata … decimos todos, pero nada de esto me deja satisfecho. En todo caso, me exige más prudencia al juzgar otras técnicas terapéuticas que puedo criticar profunda y sólidamente en sus principios teóricos y éticos, pero que no me sería fácil rebatir con casuística abundante y fundada. Lo más difícil que encuentro es, al tiempo que hallo la irrupción de lo inconsciente en infinitos grandes y pequeños indicios de la vida diaria y del consultorio, no comprobar que nuestra práctica haya devenido una forma  nítidamente eficaz de resolver los problemas de la neurosis, y ni que hablar la psicosis, tal como Freud en sus comienzos imaginó (es decir, deseó). Sí constato en mi experiencia que puede ayudar mucho a los seres humanos, pero eso es otra cosa.  Sigue siendo una pregunta abierta por qué analistas muy distintos en sus modos de entender el psicoanálisis y la manera de llevarlo a la práctica puedan acreditar experiencias similares de éxitos y fracasos, aunque no necesariamente con el mismo tipo de sujetos. Si las explicaciones y las prácticas son diferentes y sin embargo los resultados son similares, es evidente para mí que hay allí algo que se nos escapa. Afirmar que hay muchos psicoanálisis (así, en plural) como si explicara algo, no me parece que explique nada.

No creo que estas preguntas pongan en duda mi convicción en el inconsciente sino, por el contrario, es esa convicción la que me lleva a afirmar que es una obligación de nuestra disciplina hacerse cargo de las propias lagunas.

Cierro entonces, tal vez para no sentirme tan desamparado con estas  dudas que les he enumerado, con el reportaje a Bettelheim al que he estado haciendo referencia un par de veces. Hacia el final, el entrevistador le pregunta: “¿Hay una cura o un éxito terapéutico aun para los llamados neuróticos normales?” Y él responde: Primero riéndose y enseguida agregando “¡Dejaré eso para usted!”.

Me gustaría que pudiésemos abandonar la complicidad de esa sonrisa tan evasiva como sugerente porque tenemos algo más certero para decir. Que el psicoanálisis pueda ser considerado un arte no implica que no estemos obligados a hacerle preguntas con rigor. No olvidemos que la medicina históricamente también lo ha sido (se habla de profesionales en el arte de curar).Ojalá que con este recorrido rápido por ideas y problemas haya abierto la compuerta a mis incertidumbres mayores y colabore así a que todos compartamos las propias. A fin de año podremos hacer un balance del trabajo realizado.

                                      19 de marzo de 2015