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Vida cotidiana: Exigencia de trabajo para el psicoanálisis. Mesa inaugural


Publicada el 20/03/2014 por Juan Carlos Perone





El Colegio de psicoanalistas se ha propuesto indagar este año una problemática que enunció de manera general como “Vida cotidiana: exigencia de trabajo para el psicoanálisis”  y tematiza esa propuesta comenzando por señalar que Freud, a través de muchos de los textos que integran su prolífica obra fundacional del psicoanálisis, considera numerosos fenómenos e instituciones de la sociedad y la cultura para elucidar la vinculación que estos tienen con la estructuración y el funcionamiento de instancias específicas del psiquismo y valorar, por un lado, la incidencia que pueden llegar a tener en la clínica y, a la inversa, que puede aportar el procedimiento clínico y los descubrimientos que allí se producen, para incrementar la inteligibilidad de aspectos de la sociedad y la cultura. De esta manera creo que intentamos situarnos en una tradición de trabajo que si bien tiene a la práctica clínica como su referencia principal no quiere descuidar la articulación de lo que allí se despliega con el contexto sociocultural, siempre en proceso de transformación.

A mi entender, implica presuponer que la existencia de lo social, en sentido genérico, es condición absoluta de la existencia de seres humanos parlantes y coaligados bajo la forma de múltiples relaciones intersubjetivas, entre las que hay que situar el vínculo transferencial específico que encuentra soporte en los diversos dispositivos que alojan la práctica psicoanalítica.

La pregunta “¿qué problemas genera la vida cotidiana actual en nuestra clinica cotidiana?”, en torno a la cual se organizó esta mesa se puede situar en este horizonte.

Lo cotidiano en una primera aproximación significa lo de todos los días, lo que se hace u ocurre diariamente.

Más allá de las rutinas y regularidades  presentes en  la vida de cada sujeto y del lugar y función que ocupen en la específica distribución de los investimientos que organizan su actividad  psíquica , es pertinente considerar, para empalmar con lo señalado anteriormente, que lo que llamamos vida cotidiana es una dimensión fundamental de la existencia social, en la cual se asienta en buena medida la producción y reproducción de la misma y subtiende lo que tienen de diverso y también de común la pluralidad de los mundos subjetivos en cada época histórica.

El psicoanálisis como pensamiento, como construcción teórica progresiva sobre la estructura y el funcionamiento psíquico, como elucidación  sobre la singularidad  del sujeto humano y como procedimiento, como práctica o mejor como praxis práctico-poiética,  surge en un contexto histórico muy específico, en Europa, y en una determinada zona geográfica, política y cultural de ese continente, la Viena de finales del siglo XIX. Una región  que se encontraba sacudida por la crisis del viejo imperio austro-húngaro y  que paulatinamente fue abarcando todo el continente, hasta desembocar en esa catástrofe social, política, económica y humanitaria, que fue la llamada “Gran Guerra”, la primera guerra mundial, que tuvo comienzo en 1914 y finalizó en 1918.

Ese momento histórico, el último tramo del siglo XIX y las primeras décadas del XX,  es entonces un período  de severas crisis, con efectos indudablemente traumáticos para grandes sectores de la población. Sin embargo, coetáneo –de manera paradojal-  y muy especialmente en la Viena de esa época,  con una extraordinaria creación en importantes regiones de la ciencia, el arte y la cultura en general. En ese caldo de cultivo del espacio histórico-social, en ese humus denso, entramado de condiciones, que incluye violentas  contradicciones de distinto nivel, arraiga el gesto creador de Freud.  Surgimiento, entonces, del psicoanálisis, que no aparece y se afirma en cualquier tiempo ni en cualquier parte. Es a partir de esa encrucijada espacio-temporal,   atravesando avatares de todo tipo, que lo que el mismo Freud denominara el movimiento psicoanalítico, comienza su expansión  por occidente y llega también a nuestras tierras muchos años después.

Me importa, sobretodo, remarcar la dimensión colectiva que acompaña, sobredetermina siempre, toda obra, aún la que tiene como origen, como soporte fundacional, la figura de una sola persona. 

Menciono algunos de los elementos más fácilmente asibles de esa dimensión:

La influencia en Freud de los que él mismo consideraba sus maestros, aún cuando haya construido su propia obra de pensamiento diferenciándose y a veces en contra de ellos. Tal el caso de su relación con Josef Breuer y el vínculo de ambos con la que puede considerarse el caso clínico fundacional del psicoanálisis, el tratamiento de Anna O.

También el papel decisivo de sus compañeros de ruta de los primeros tiempos, sus primeros interlocutores con quienes compartía sus originales elaboraciones, con quienes las discutía, los que incentivaban su pensamiento con los interrogantes que le planteaban, que compartían con él las experiencias de su propia clínica, materia prima esencial que alimentaba las elaboraciones teóricas que Freud realizaba y que conformaron -en los cuatro años que van de 1902 a 1906-  la  llamada Sociedad Psicológica de los Miércoles, en el seno de la cual se discutían cuestiones propias de ese psicoanálisis incipiente -y otros asuntos propios de la cultura de la época- y que fue  precursora de la primera sociedad psicoanalítica, fundada en Viena en 1907.

En ese agrupamiento, en esa cocina de ideas, inmersa en el contexto social que recién indicaba, en la que se tejen diversas relaciones intersubjetivas,  convergieron personas con distintas trayectorias vitales y profesionales y por tanto participantes también de otros grupos de referencia y de pertenencia, y allí también se gestaron disensos y rupturas, algunas de ellas definitivas, que también dejarán  marcas en lo que  Freud estuvo procesando desde su lugar de fundador.

Sin pretender ser exhaustivo hay que agregar, al menos, lo que tal vez fue lo más decisivo, lo que aprendió de sus pacientes.

En nuestro medio,  el psicoanálisis llega varios décadas después –comienzos de los años 40 del siglo XX- si es que tomamos como momento inaugural la fundación de la primera institución psicoanalítica, la APA. En los más de 70 años que median hasta nuestra contemporaneidad, se produjeron importantes transformaciones en todos los ámbitos de la cultura, en los modos de vida y concomitantemente fueron  cambiando las condiciones sociales e institucionales del ejercicio de nuestra práctica, y con ello se han modificado y diversificado los modos de hacer, de pensar y de decir.

En un somero mapeo encontramos actualmente una pluralidad muy grande de instituciones psicoanalíticas, algunas de ellas vinculadas con universidades, diversidad de dispositivos de trabajo y de escuelas, inserción de nuestra práctica en las obras sociales, en las prepagas y en organizaciones de cuño estatal como los centros de salud mental, los servicios de psicopatología de los hospitales generales y los centros psiquiátricos. Cabe agregar a esto la masividad de egresados de las carreras de psicología, en particular de la UBA, con predominancia de la orientación psicoanalítica en su formación.

También el incremento en el mercado de la oferta de otras prácticas psicoterapéuticas, algunas de las cuales fundamentan su quehacer en desarrollos de las neurociencias.

Otra vertiente a destacar en cuanto a las transformaciones en nuestra contemporaneidad es la extraordinaria proliferación de los teléfonos móviles, la computadora, la extensión creciente de Internet y las redes sociales.

En relación con esto último, el año pasado Martín Vul presentó un trabajo muy interesante, que despertó polémica, que versaba sobre la omnipresencia de la tecnología en la vida actual, adjudicándole un papel no sólo importante sino totalmente novedoso en el proceso de constitución del psiquismo infantil. Lo cual según su perspectiva obligaría a reformular algunos aspectos de la teoría a la luz de lo que muestra la clínica de niños de nuestro tiempo.

No trabajo con niños pero si escucho a padres hablando de su preocupación por la captura que ejerce en sus hijos, niños y adolescentes, la relación con la computadora y su variedad de usos, y de su desorientación en cuanto a como posicionarse  al respecto. 

También, atendiendo los avatares de época, creo que el año pasado hubo una presentación de Marcelo Armando, que versaba sobre las modificaciones del encuadre psicoanalítico, su flexibilización. El paulatino desuso del diván, considerado en otros tiempos una pieza fundamental para la afirmación del método.

La frecuencia semanal, reducida en la gran mayoría de los casos a una vez por semana, etc.

Y postulaba que todas estas modificaciones, que en alguna medida se dan por consagradas, sin actos específicos de consagración, ya sea de orden teórico o institucional, no son consecuencia de una reformulación rigurosa del método ni de la teoría desde el propio campo. Simplemente han advenido a favor de la presión de  factores de índole sociocultural.

Se preguntaba al respecto sobre la eficacia comparativa de nuestra tarea en relación con épocas anteriores a la producción de estos cambios.

Me parece que puede ser fecundo retomar la pregunta y desplegarla un tanto más:

Es que sometidos a coacciones y prescripciones que provienen de instancias externas a nuestro campo, cuyas lógicas de funcionamiento no armonizan o son directamente interferentes con las exigencias que plantea la clínica psicoanalítica, no hemos tenido otra opción que hacer concesiones, que a la larga se han naturalizado y nos han llevado creer que la eficacia de nuestra tarea no ha cambiado sustancialmente y por tanto habría que suspender toda interrogación al respecto. Algo así como hacer de necesidad virtud ?

Pero por qué no considerar también la posibilidad  que estas coacciones y prescripciones, hasta cierto punto y en tanto no provienen de nosotros mismos, nos han permitido librarnos de otras prescripciones correspondientes a formatos teóricos, técnicos e institucionales, gestados por las generaciones anteriores, con las que hemos contraído una deuda simbólica que nos habilita en nuestro quehacer, pero de las que sentimos que emanan mandatos con los que no es fácil relacionarse, de manera asumida, crítica y reflexivamente.

Darle también cabida a una perspectiva de esta índole, pondría en juego en la tarea de elucidación de esta cuestión los conflictos intergeneracionales. El papel de la conflictiva edípica en el plano de las concepciones teóricas y de las relaciones profesionales e institucionales, como lugares privilegiados de nuestros  intercambios y reconocimientos recíprocos.

Retomando por cuenta propia  el papel de las tecnologías digitales, quiero detenerme un poco en la vigencia absoluta que alcanzó en pocos años el celular, en la vida cotidiana en general, donde su presencia atraviesa todas las clases sociales, todas las actividades,  y casi todas las edades, salvo tal vez los primeros años de la infancia o ahí tiene presencia de otra manera que habría que considerar.

Rápidamente ganó lugar en el espacio de nuestra clínica.  Por un lado en el relato de los pacientes, ya que engarza de diferentes maneras en las vicisitudes de su vida actual de la que nos hablan.

Por otro constatamos que hay algunos pocos pacientes, que no parecen arribar a sesión con su celular. Pero una sospecha que no puede ser cierto, estará ya apagado o empezará a sonar en cualquier momento, mientras se halla alojado en la cartera de la dama o en algún bolsillo del caballero, o en ese objeto unisex que es la mochila que portan muchos jóvenes.

Están los pacientes varones que ni bien se sientan reparan en cómo les molesta en el bolsillo del pantalón lo que da comienzo a la maniobra por colocarlo en algún lado, el diván por ejemplo, si es que está ahí en ese momento nada más que  como símbolo de la orientación que regula nuestro trabajo.

Algunas personas lo primero que hacen es apagarlo con un gesto que, dirigido a nosotros, parece querer decir “ahora sí podemos empezar la sesión porque esto no nos va a interrumpir”.

Están los que lo ponen bien a la vista y controlan que puedan ver cuando se ilumine la pantalla, para chequear que entró alguna llamada o mensaje.

Hay quienes lo atienden, previo escusarse con uno por la imprevista interrupción, y seguidamente se disculpan con el interlocutor diciéndole que están en terapia, o en análisis, o con el psicólogo, “décime  rápido y después hablamos”. Algunos se limitan a decir, previa consulta del reloj, “te llamo en tantos minutos que estoy en sesión o en una reunión”.

Están los que tienen la deferencia de avisar que están esperando una llamada importante por tal o cual motivo y que si esta ocurre, van a atender.

No faltan los que tienen fotos de personas o cosas significativas archivadas en su celular, y en algún momento optan por mostrarnos alguna de ellas por su relación con lo que están contando.

Tengo una paciente con hijos todavía pequeños, que está en juicio con su ex marido, que es un personaje indudablemente psicopático. Ella guarda la grabación en su celular de la infinidad de llamadas que su ex le hace con todas las barbaridades que le dice, con la idea que le pueden servir como prueba en el litigio judicial en que está embarcada. En alguna que otra oportunidad optó por leerme de la pantalla algún fragmento de estas grabaciones que la afectó muy especialmente.

Hay quienes anotan ahí lo que recuerdan de un sueño que decidieron traer y temieron olvidar si no lo registraban. Otros anotan pensamientos que los estuvieron ocupando entre sesión y sesión para ayudarse en la evocación. Y así podríamos proseguir.

Muchos de nosotros debemos también tener ahí a mano el celular en el consultorio y en ocasiones nos permitimos  responder algún llamado.

Entre las muchas funciones que los cada vez más sofisticados celulares cumplen, muchas de ellas para indudable beneficio de nuestras vidas, especialmente en lo que se refiere a una economía enorme de desplazamientos en el espacio y ahorro de tiempo, es verosímil que haya ido adquiriendo otras, no explícitas, pero no menos importantes, funciones que hacen a la economía psíquica y a la economía de los reconocimientos simbólicos.

Me ha tocado observar en algunos viajes aéreos gente que se las arregla para seguir con el celular prendido y en algún caso continuar usándolo,  después que se ha advertido al pasaje, en el momento previo a la maniobra de despegue, que deben apagarlos por las interferencias que pueden generar.

No me parece descabellado colegir que esa conducta puede estar al servicio de tener a raya la angustia que la situación de despegar de tierra puede producir.

En la novela de Michel Houellebecq  “El mapa y el territorio”, después del funeral de una persona muy mayor en un pueblo de la campiña francesa, el narrador, refiriéndose a lo experienciado en esa ocasión por el personaje principal de la trama, dice: “al volver hacia la casa […..] Jed se percató de que era la primera vez que asistía a un entierro serio, a la vieja usanza, un entierro que no pretendía escamotear la realidad del fallecimiento. En Paris había asistido varias veces a incineraciones. [en] la última […..] le había sorprendido que algunos de los presentes no hubiera apagado el móvil en el momento de la cremación”.

Hace muy poco hablando de esto con una colega y amiga me contaba que habiendo llamado por teléfono a alguien de su conocimiento para saludarlo, se produjo la coincidencia que lo encontró en ocasión de dar destino a las cenizas de un familiar muy cercano y ella se sorprendió que hubiera atendido el celular estando inmerso en esa situación.

Puede suponerse que mantiene a los usuarios, al menos imaginariamente conectados, ligados, religados (en el sentido religioso del término), amarrados a una red simbólica virtual, aún en esos momentos que el vivir nos depara en que todo parece vacilar. Seguimos estando presentes, existimos en la representación de esos otros significativos, que entonces eventualmente nos pueden llamar, para los que permanecemos como sujetos significantes con el que quieren contar.

Para terminar, en nuestra página web, al hacer mención a los numerosos textos freudianos que tratan desde distintos ángulos la problemática que estamos empezando a abordar, aludimos al lapso que va desde “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”, de 1908, hasta “El malestar en la cultura” de 1930. Obviamos el primero en el que Freud se ocupa de este tema, justamente aquel cuyo título es “La psicopatología de la vida cotidiana”, de 1901.

Strachey comenta que junto con “Las conferencias introductorias al psicoanálisis” de 1916, es el texto freudiano que más reediciones, con sucesivos agregados, ha tenido. Al igual que estas últimas era un material destinado a un público más vasto que el de los practicantes del Psicoanálisis. La estrategia Freudiana  apuntaba, al mostrar los fallos que se producen  en situaciones de la vida cotidiana y que nos ocurren a todos,  vencer las resistencias a la aceptación de los procesos inconscientes y su importante papel en la vida psíquica, extendiendo al común lo que quedaba reservado al terreno de la psicopatología, en particular a las neurosis. Por eso también es esta la temática transitada en las tres primeras de las conferencias introductorias..

Ahora bien, parece que Freud  no podía con su genio y estampa  en la portada de la citada obra,  un epígrafe, que es un fragmento espigado del Fausto de Goethe, correspondiente a la parte II, acto V, escena 5 de esa obra, que dice:

“de esa lobreguez, está tan lleno el aire que nadie sabe cómo podría evitarla”.

Lobreguez: (de lóbrego). 1. oscuridad, falta de luz. 2. dicho de un bosque, densidad muy sombría

Lóbrego/ga: Adj. 1. oscuro, tenebroso. 2. fig. triste, melancólico

Es el aire, la atmósfera que respiramos todos los días, lo más habitual, lo más natural y transparente, lo cotidiano, lo que sin embargo tiene una densidad sombría, oscura, que no se sabe como evitar. Está aludiendo Freud con esto a lo unheimlich, lo ominoso, lo otro amenazante, lo no esperado, lo no sabido, a lo que dará forma como concepto muchos años más tarde, en el texto de 1919 ?

Hay que tener en cuenta que el mencionado acto incluye como hecho fundamental la muerte de Fausto y la disputa por su alma entre Lucifer y las milicias celestiales, que logran finalmente imponerse. Esa disputa que tiene por objeto su alma, su psiquis podríamos decir, puede que le pareciera a Freud una metáfora apropiada para aludir al conflicto psíquico, al contrapunto entre los dos procesos primario y secundario, que es lo que quiere dar a conocer a través de su trabajo sobre la psicopatología de la vida cotidiana.

El primer capítulo de ésta refiere a “El olvido de nombres propios” donde retoma con pocas modificaciones el artículo publicado en 1898 en una revista de psiquiatría y neurología con el título “Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria”. Se trata, como todos recordarán, del famoso olvido del nombre Signorelli y su sustitución errónea por los de Botticelli y Boltraffio.  Ocurrido en el contexto de una conversación inocente, con un ocasional compañero de viaje en tren, hablando de Italia.  Habiendo preguntado Freud si había tenido oportunidad de ver los frescos de la catedral de Orvieto, al querer mencionar el nombre del maestro que los pintó, con cuyo trabajo estaba muy familiarizado,  no puede recordarlo. Luego, en un episodio más de su autoanálisis, explora los motivos que operaron para producir esta aparente disfunción psíquica. Lo lleva a reconstruir el circuito representacional sustraído que comienza con lo hablado un rato antes sobre las costumbres de los turcos de la Bosnia-Herzegovina, el círculo de pensamientos que articula con eso, que Freud retuvo y no dejó que entraran en la plática,  pensamientos entre los que estaba el que evocaba la noticia recibida en Traffoi, pocos días antes, sobre un paciente que le importaba mucho, que se había suicidado a causa de una incurable perturbación sexual, [no pudo salvarlo conjeturo por mi cuenta] y los hilos que desde  ahí, pasando por sexualidad y muerte se perdían en lo reprimido.

Las cuatro cosas últimas representadas en los frescos de Signorelli son la muerte, el enjuiciamiento (que se relaciona con la salvación, el salvar y el ser salvado), el cielo y el infierno. Estos últimos presentes en la escena a que remite el epígrafe tomado de Goethe.

 

Juan Carlos Perone

jcperone@gmail.com