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Lugar del saber y desencuentros generacionales en la Adolescencia de hoy


Publicada el 17/10/2013 por Marcos Koremblit y Tiago Corbisier Matheus





Este trabajo se encuadra dentro de lo que llamamos un trabajo de articulación entre el  psicoanálisis y el campo social. Como tal, es producto de una época y de un lugar. En este caso dos colegas de distintos orígenes se encuentran en un lugar del mundo (Montevideo fue el escenario), descubren con satisfacción coincidencias en su manera de pensar ciertos fenómenos clínicos y, a partir de allí, empiezan a escribir juntos. Hubieran querido reunirse periódicamente a pensar en algún bar o en el consultorio de alguno de ellos, pero estaban físicamente muy lejos como para hacerlo. Hace un siglo atrás esto –si bien no hubiera sido imposible- hubiera requerido mucho más tiempo dependiendo de la espera en el intercambio epistolar. Hoy decidieron emprenderlo haciendo uso de los medios tecnológicos producto de la cultura en la que estamos inmersos: internet. A través del intercambio de mails, correcciones en color rojo y respuestas en vermelho, se fue gestando un trabajo de dos compañeros de ruta como si estuvieran juntos, pero a 2.180 Km., distancia que separa las ciudades de Buenos Aires de Sao Paulo.

A la vez surgieron otras distancias. Por un lado las idiomáticas. ¿Cómo salvarlas?. De vuelta el recurso tecnológico-cultural vino a ayudar a través del traductor portugués-español de Google.

Después, las diferencias folklórico-institucionales por el hecho de provenir de culturas diferentes, con predominancias teóricas y tradiciones distintas. Esta distancia no se salva a través de los medios tecnológicos. Implica un desafío. Este trabajo es un intento de enfrentar dicho desafío y la aventura en ella implícita sin garantías ni certezas acerca de hacia donde nos llevará.

 

 

Cómo concebimos hoy la adolescencia?.

Si bien concebimos la adolescencia desde una perspectiva metapsicológica, el entramado social y cultural en que está inmerso un joven nunca deja de estar presente en el posicionamiento subjetivo y singular realizado por el sujeto. Esto no implica una mirada "exclusivamente" social sino otra que, a nuestro entender enriquece la perspectiva ya que la condición juvenil - en tanto "pasaje a ser hombre y/o mujer" - varía según las condiciones sociales e históricas de que se trate.

 Pensada así la condición adolescente – luego de la caída de certezas y saberes propios de la latencia – lleva implícita un aspecto aventurero expresado en el riesgo a conocer e investigar en un terreno desconocido. De este modo estará en mejores condiciones para transitarla aquel joven que se haya animado o que se vea convocado  a hacer una experiencia emocional logrando un cambio cualitativo en su posición subjetiva y, con eso, provocando un cambio efectivo en las redes de relaciones en que se encuentra. Esto está dificultado en los fenómenos "seudo", propio de aquellos que en un principio parecen no hacer un proceso adolescente propiamente dicho, prolongándose en sus identificaciones imaginarias, a la manera “como si” con los emblemas del grupo o la "tribu" a que pertenecen, aumentando poco su repertorio simbólico y subjetivo en este momento de experimentación. Igualmente pensamos que así como la frontera entre lo imaginario y lo simbólico puede ser tenue, muchas veces lo es también la división entre lo seudo y lo legítimo, en tanto algunas identificaciones imaginarias que en un principio pueden parecer menos ricas y creativas son, en realidad, el camino necesario a transitar hacia un proceso de mayor complejidad simbólica. Por ejemplo, el falseamiento de una identificación idealizada, marcada por la estereotipia de ciertos rasgos reproducidos mecánicamente, de modo ortopédico, permite al sujeto, en un momento posterior, la incorporación de dichos rasgos pudiéndolos entonces asumir como propios.

El desafío implícito en este camino lo observamos en las posibles consecuencias que suceden cuando el sujeto psíquico se ve imposibilitado de asumir este riesgo. Nos encontramos así con la clínica del adolescente aislado, las adicciones, las neurosis en sus versiones más actuales -la fobia social, la compulsión al estudio- o las caracteropatías latentes para mencionar algunas posibles.

Entendemos además que este modo de concebir la adolescencia podríamos ampliarlo y nos es útil para pensar la clínica en general. Es decir que el camino desde una mente en posición latente restringida, con certezas y pobre emocionalmente hacia una mente abierta a nuevos y desconocidos sentidos es aplicable a cualquier proceso – analítico, vital y, porqué no, institucional también - donde la caducidad del saber es condición necesaria para este devenir.

 

Una forma posible de abordar esta temática es a través del modelo de las estructuras clínicas que deriva de una lectura de Freud en “Moisés y el monoteísmo” de 1937, - complejizacion de los Tres ensayos de 1905- donde la latencia ocupará un lugar definitivo en la estructura (Barredo C. 1991). A partir de la ubicación de la latencia en  el desarrollo psicosexual habrá entonces una equiparación entre adolescencia y retorno de lo reprimido. Podremos hablar de neurosis "de" la adolescencia, como un segundo tiempo de la estructura luego de la caída de la latencia, diferente de la neurosis "en" la adolescencia, aquella que portaría síntomas a la manera neurótica, pero con la peculiaridad que estos aparecen en este momento vital.

Así planteada, la adolescencia hará síntoma en función de aquello de la neurosis infantil que no se pudo resolver. Ella representa un momento de confirmación, de consolidación o reordenamiento del sujeto en su estructura, en un momento en que lo reprimido retorna y es resignificado, conforme a las condiciones subjetivas del adolescente con los recursos que encuentra a su disposición.

Pensamos que el tránsito adolescente funciona en parte como “lo infantil” a que Freud llamó la atención: siempre incompleto, aquello que retorna inevitablemente en el 'adulto' supuestamente adaptado. En este sentido, tendríamos grados de posicionamiento del sujeto a partir de la adolescencia. Si lo infantil se reporta a cuestiones centrales del desamparo constituyente, la ambivalencia edípica, con sus rivalidades e identificaciones, la cuestión adolescente remite al sujeto al extrañamiento y descubrimiento del otro sexo (descubrimiento de lo femenino como sexualidad enigmática), frente a las incongruencias de lo instituído que le abre las puertas para la irreverencia creativa capaz de producir lo nuevo.

 

 

¿Cuando termina la adolescencia?

La idea que la adolescencia termina debería ser solidaria con la concepción que tengamos de la misma en todo su devenir. Será distinto para quienes conciban la adolescencia como crisis, fase o etapa, como estado de la mente o en función de los aspectos neuróticos que no pudieron resolverse en la neurosis infantil.

“Un individuo joven sale de la adolescencia cuando la angustia de sus padres no le produce ningún efecto inhibidor” dice Francoise Dolto. Entendemos que intenta tomar como referencia para el final de la adolescencia cuando un joven se puede independizar de los movimientos de angustia de sus padres. Su angustia dependerá ya de sus propias señales y no de la de sus padres, tanto concreta como metapsicológicamente, como un mayor logro en su posición subjetiva. La salida de la adolescencia, a partir de Dolto, sería un movimiento del sujeto de hacerse cargo de los síntomas de aquellos en si mismo. Eso permite ver la adolescencia como un  proceso subjetivo y no como fase etaria, lo que condice con nuestro campo de trabajo y referencia psicoanalítica: la adolescencia como cuestión subjetiva y no como condición sociológica.

 

Aproximación metapsicológica al fenómeno virtual

El proceso de remodelamiento psíquico que la adolescencia supone no puede desarrollarse sin el contacto con otros semejantes. Los conflictos intrapsíquicos en su dinámica de proyección-introyección determinan distintas y cambiantes vicisitudes de la identificación con pares.

En nuestra observación, vemos cómo el uso de Internet, al igual que los grupos del mundo real, puede ser usado por el joven como un medio frente al incremento de las ansiedades que surgen especialmente al comienzo de la adolescencia. En este momento la experiencia en Internet puede ser aprovechada en su dimensión exploratoria, ó defensivamente para desembarazarse tanto de los aspectos proyectivos como del dolor depresivo que aún no pueden manejar  Cuando van pudiendo hacer frente de manera más eficaz al manejo de la ansiedad, esto van siendo abandonado o pierden la primacía que originalmente tenían. Internet puede ser usada en un momento posterior de la adolescencia con fines más elaborados, cuando el joven puede incorporar más elementos simbólicos de la relación y gradualmente diluir el espacio que el imaginario tiene en el mundo virtual, corporizando y dando realidad al mundo virtual con relaciones que se efectivizan afuera, que encuentran consonancia con relaciones presenciales.

La posibilidad exploratoria que este tipo de experiencia les permite los acompaña en su proceso adolescente, cambiando el contenido de este artificio en la medida en que van adquiriendo nuevos recursos. Podemos ver jóvenes que experimentan la posibilidad de “aventura” y el riesgo de lo exploratorio en la red la que opera como un objeto intermedio. Internet permite que los jóvenes se acerquen, para recién después intercambiar, estableciendo vínculos que les permite un intercambio experiencial concreto y corporal. Se crea así un espacio transicional (Winnicott), espacio en el que el juego se despliega a mitad de camino entre el objeto subjetivo y el objeto objetivo. Si en este proceso el objeto no pudiera ser abandonado, llevaría a fenómenos de fetichización, que darían por resultado una actitud rígida, escindida, alienada y repetitiva. Así nos encontramos con algunos rasgos de comportamiento en jóvenes en los que este uso de Internet se va transformando en un fin en si mismo: el adolescente aislado. La predominancia de un aspecto omnipotente y narcisista les limita las posibilidades relacionales con sus pares.

Tomando distintas situaciones clínicas como ilustraciones, es posible percibir la diversidad de posibilidades que la experiencia virtual puede conquistar para el sujeto adolescente, sea en favor de un aislamiento circular y patógeno, sea en favor de la experimentación social y creativa en este momento de la vida. Esta última posibilidad es aquella que les permite a muchos jóvenes además explorar el espacio virtual como un recurso democrático en favor de una actuación política significativa y destacada en la escena contemporánea. Un ejemplo de esto es el caso de la joven brasilera que resolvió denunciar las condiciones de su escuela a través de internet[2], así como la de tantos jóvenes que actuaran en favor de la Primavera Árabe, aquellos que emprendieran el movimiento de ocupación en diversas ciudades del planeta, a partir de la crisis de 2008, las manifestaciones por reclamos sociales que sucedieron recientemente en Brasil y de tantos otros que crean redes de comunicación informales que se tornan espacios de oposición y confrontación en las informaciones  vehiculizadas por las redes oficiales o formalmente instituídas.

 

 

Adolescencia y adicciones virtuales

El riesgo que como clínicos observamos es el uso que pueda hacer el adolescente de las herramientas de comunicación virtual no solamente con fines comunicaciones (o transicionales) sino en dirección al aislamiento, lo que indica la predisposición de muchos jóvenes a permanecer en un plano virtual, evitando así las dificultades emocionales que la realidad de los encuentros presenciales puede suscitar. Para muchos de ellos, el acceso a la red virtual se hace una adicción, suscitando una relación de dependencia que reduce o excluye el ejercicio de la experimentación y, en consecuencia, compromete su proceso de aprendizaje y desarrollo psíquico y social  (Matheus, 2012, Spizzirri, 2008, Larrosa, 2002).

R. es una chica de 23 años que experimenta una relación con un muchacho que conoció en un grupo virtual de debate sobre la obra de cierto autor juvenil. La relación que establece (no llega a llamarla de amor) con él, en algunas semanas, está pautado por una intensa comunicación virtual, a diario, lo que da margen a una insistencia importante de uno y del otro para tener siempre una respuesta del partenaire para las inquietudes que vive. Arreglan entonces que él viajaría a la ciudad en que estuviera viviendo antes para “resolver” la relación conyugal que hasta entones sustentaba. R. no soporta la espera exigida, solicitando insistentemente señales diarias que le den alguna garantía de que no correría riesgos de ser abandonada. Además de esta situación que le provoca un intenso sufrimiento, R. busca y se encuentra con fotos postadas en facebook del joven con la ‘otra’, lo que se torna insoportable para ella, que exige, a la distancia, que en el plazo de pocos días, le de una prueba de compromiso para con ella. Al no conseguirlo decide entonces romper la relación con él, sin realizar cualquier tipo de conversación presencial con el mismo. Al día siguiente, lo vuelve a buscar, considerando la posibilidad de retomar el romance.

Llama la atención la experiencia temporal aquí vivida, donde la facilidad de comunicación virtual da margen a una impulsividad en la manera de relacionarse que impide la elaboración de las experiencias vividas, sus significados y sus emociones concomitantes. Las experiencias se superponen a fin de evitar cualquier momento de suspensión, duda y postergación, creándose así un círculo vicioso de ansiedad e inquietud, que da lugar a una configuración melancólica – en la cual la vivencia de vacío pasa a ser totalizante – o compulsiva y adicta – en una tentativa de suplir con recursos fetichistas un vacío que sustenta la circularidad de la situación.

 

¿Cambiaron las subjetividades infantil y adolescente?

La importancia de los cambios sociales a partir del uso de Internet demanda una discusión en cuanto a la influencia de la tecnología actual en la producción de subjetividad adolescente. Cabría preguntarse las consecuencias que se producen por la exposición y la activa interacción que los niños desarrollan con la tecnología ya desde la infancia misma.

Distintos debates se han producido en relación a los temas Juventud y tecnología en el campo de la educación hacia fines de los 80 y principios de los 90 en USA., entre autores más conservadores y otros más progresistas.

Así nos encontramos con autores como Postman, que declaraban el “fin de la infancia”[3] - con las características que se había soñado para ellos - a partir del supuesto alejamiento de la escritura adjudicado a las nuevas generaciones. A partir que la información se fue haciendo así mayor sin la intervención de la escuela y de la escritura, estos autores dicen que los niños viven menos la infancia en tanto saben más de tecnología que los adultos. La cantidad de información que aparece, según ellos, determina la prescindencia del adulto para recibirla[4]. En tanto el modelo de Infancia era clásicamente definida por su posición de “ignorancia”, desde esta nueva  perspectiva el niño “solo” pareciera ser quien va develando los misterios y, en tanto no necesita de los adultos, para algunos autores pareciera irse perdiendo algo importante allí.

Por otro lado, encontramos autores como Rushkoff  quien concebían Internet como un proceso de “liberación de la infancia” en tanto consideraban a los adultos y la escuela como opresores, “castradores” de la capacidad creativa del niño. Desde esta perspectiva, Internet permitiría que el niño cree e investigue y se relacione de manera directa y sin prejuicios con los demás y más allá de las diferencias étnicas, de color, etc. Así, mientras algunos autores veían a Internet como “...agente de cierto declive social, otros lo entendían como agente de una forma de progreso social…” (Buckingham, 2000).

David Buckingham plantea que el problema está en ambas posiciones y sostiene que cada época ha construido su propia noción de Infancia, la que al igual que la Juventud “están determinadas social y culturalmente” porque la manera de vivir la edad cambia. En la década del 90 la promesa de estabilidad estaba presente para algunos, distinta del siglo XXI en que el mundo se establece como un proceso de cambio constante. Al ser la noción de infancia diferente en cada época no sabemos cómo ni cuando va a terminar de producirse el nuevo sujeto. Así podemos concluir que “la infancia es un concepto que cambia” y que “la tecnología no es el único determinante de las conductas, concluyendo que ”…antes de producir juicios debemos investigarlo más seriamente y que el adulto se vuelque a estudiar la computadora a ver qué tiene para ofrecernos…” (Buckingham, 2000).

En el medio psicoanalítico se percibe de a poco un debate similar, con posiciones opuestas en torno a este tema. Por un lado están aquellos que defienden la idea de nuevas formas de subjetividad producto de los cambios sociales en los que Internet también está inmersa, y otros que opinan que manteniendo las mismas constantes estructurales las neurosis clásicas sólo se amoldan a las nuevas formas sociales que la cultura ofrece y que en la actualidad encuentran nuevas modalidades de expresión.[5]  

Por nuestra parte, nos aproximamos a esta última posición, cuando entendemos que las propias estructuras clínicas clásicas han experimentado cambios en sus especificidades a lo largo de las décadas, pero no dejan de servir como parámetros.  La histeria con síntomas conversivos ya no es un fenómeno frecuente y la perversión hoy se presenta también en versiones convergentes a acuerdos socialmente productivos, en la medida que vivimos en un mundo donde muchos creen que "el mundo es de los expertos" y su éxito personal depende de su capacidad de superar y destruir a sus semejantes. La tecnología, a su vez, es fruto de la conjunción entre la fantasía y la capacidad de transformación humanas de la realidad, que tuvieron la genialidad de tornar real un proyecto de un mundo virtual. Esta realización tecnológica no deja de tener influencia sobre el propio psiquismo, potencializando aspiraciones, fantasías o modos de agenciamiento psíquico que allí ganan espacio y expresión, pero no llega a crear formas de subjetividad propiamente nuevas. Sin embargo, tal vez todavía sea prematuro entender el peso del mundo virtual en la producción de subjetividad y una mayor distancia será útil para tener mayor claridad sobre los procesos en curso.

 

Los padres en la adolescencia: malestar inter- generacional

“G. es una paciente, exitosa profesional de poco más de 40 años. Comenta en una sesión – casi como al pasar – que con sus hijas han logrado un acuerdo. Ella cada tanto entra en el facebook de ellas ‘para evitarles situaciones problemáticas’. Su preocupación mayor gira en torno a ciertos comentarios que sus hijas pudieran subir al muro de temas políticos y así se tranquiliza de ‘poder controlarlas’, hecho al que sus hijas adolescentes - pero con un funcionamiento que podríamos considerar aún infantil, latentizadas o de sometimiento a la autoridad materna – acuerdan aparentemente sin ningún conflicto”.

 

Esta situación clínica parece tornar cómplices a padres e hijos, evitando al menos por un tiempo, un posible conflicto inter-generacional. Otras veces somos consultados por situaciones familiares en los que aparece angustia de exclusión social, en relación a las redes sociales tanto en los padres como en los hijos.

La noción de generación, hoy, excede este límite: la pluralidad de estilos, subculturas o posicionamientos contra las relaciones familiares, ahora menos regladas por marcos etarios, se muestra más fluida e incierta, aunque no deje de estar presente. La experiencia con el mundo virtual puede tener un peso especial en este juego, cuando hace que unos y otros no tengan las mismas referencias, en medio de tantas otras mezclas inter-generacionales.

 

Clásicamente, se hace hincapié en el papel que tienen los otros (padres, abuelos) conteniendo al joven en cuanto joven, como testigos significativos de su diferencia; “…se existe en ellos - mientras estén vivos - como miembro joven, como hijo o nieto…” (Margulis, 1998). Sin embargo el adulto hoy frecuentemente siente que no ocupa el lugar que confirma a su hijo adolescente, así como este no se siente confirmado por aquel como antes. Sin saberlo, probablemente, el adolescente sufra la falta de ratificación familiar de los roles sociales, y quede frágil girando alrededor de un mundo social que no lo ayuda a afirmarse, en la medida que estos otros familiares se encuentran también desamparados en sus propias referencias o enredados en sus propias composiciones patógenas, lo que les imposibilita ofrecerse como respaldo para los más jóvenes. Así son “otroslos otros que ocupan este lugar de confirmación ya que “…frente al ocaso de las instituciones tradicionales, en la transición adolescente no hay adultos que acompañen sino pares…” (Pelento, 2004).[6]  Otros espacios en cambio definen a su hijo: el llamado “para-familiar” mediático – la televisión, la computadora – y una serie de presencias que invaden el living familiar.  Aparecen, así, las llamadas nuevas agencias del espacio social: la TV y las nuevas tecnologías de la comunicación en el nuevo siglo, que parecieran venir a reemplazar las figuras clásicas de sostén que acostumbrábamos ver acompañando el crecimiento adolescente de sus hijos (Urresti, 2008). Además, los cambios que atraviesa la cultura – y por los que somos atravesados – determinan que los grupos de pares, que solíamos estudiar como depositarios necesarios de las ansiedades propias de este período vital, comiencen también, a veces, a perder consistencia, tornándose más efímeros, pueriles, rápidos, frágiles, permitiendo un menor cambio cualitativo interpersonal.

En consecuencia y frente al riesgo de aislamiento, surgen nuevos re-acomodamientos defensivos, nuevas modalidades de relación a las que los adultos todavía nos resulta difícil comprender, en tanto ajenas al recuerdo de lo que fue nuestra propia adolescencia (Espinosa y Koremblit, 2008). Esta incomprensión resulta fruto de un mutuo desamparo, pero también es la condición para que unos y otros puedan buscar nuevos lazos y experiencias, evitando así un encierro incestuoso y paralizante.

La ubicación de los adultos y de los adolescentes en distintos peldaños culturales (Pelento, 2004) si bien no es exclusivo de esta época en tanto fuente de conflictos, produce sí nuevas expresiones del malestar adolescente e inter-generacional, llevando a los adultos a rechazar los signos de una cultura que en realidad no entienden, y a patologizarlos a priori sin esperar comprender su sentido. Como decíamos antes, algunas de las consecuencias implícitas en estos fenómenos son rechazar aquellos objetos culturales implicados en experiencias que están no sólo alejadas, sino que son cualitativamente diferentes de los que elegimos los adultos en el tiempo de nuestra adolescencia[7].

La adolescencia de los hijos al reactualizar en los padres sus propios conflictos edípicos nunca del todo resueltos, pueden producir fenómenos de indiscriminación imaginaria en la que son muchas veces los jóvenes quienes resultan portavoces de conflictivas situaciones, soportando el peso de fenómenos de difícil elaboración en el ámbito familiar. Otras veces, son los padres quienes se sintomatizan al no poder manejar emocionalmente situaciones de distinto orden, debilitándose en su función parental y, con eso, fomentando una inversión de posición en la relación con sus hijos. Es así que muchos conflictos familiares y de pareja tienen como punto de partida el comienzo puberal-adolescente, al desenmascarar conflictos que hasta entonces se mantenían latentes.

La escena primaria la pensamos como una escena organizadora y repartidora de lugares simbólicos con los celos y rivalidad que la exclusión de la misma supone. Un fenómeno recurrente entre los padres frente al distanciamiento de sus hijos (en las redes virtual y otros) es la denominada escena primaria invertida en la que son los padres quienes, desde sus propios celos y curiosidad, pretenden incluirse en la habitación de sus hijos al no tolerar la exclusión.

Distintas situaciones pueden frecuentemente llevar así a que el desencuentro pueda pronunciarse y los jóvenes discurrir entonces con la omnipotencia defensiva y reactiva frecuente, pero quizás necesaria en su momento vital. Esto le permite al joven desafiar a sus padres en tanto les otorga una fuerza imaginaria que les permite enfrentar “lo imposible” de este proceso, es decir, su propia castración. La misma está potenciada en algunos casos por la sensación de que son los únicos que conocen un mundo que sorprende a los adultos. Los adultos en este movimiento, si se dejan llevar por estos supuestos, corren el riesgo de terminar dejando a los jóvenes solos ante las dificultades que ofrece la estructura social a la posibilidad de integración.

Hoy día, la red virtual ha hecho posible un acceso privilegiado a las informaciones, por la facilidad y rapidez, permitiendo una democratización (parcial, según la desigual distribución de la tecnología virtual) de tal ejercicio. Los jóvenes (o muchos de ellos), protagonistas de los recursos electrónicos, viven la sensación de poder que la manipulación de las nuevas tecnologías les ofrece, en función de la ampliación de las redes de relaciones sociales y del acceso a la multiplicidad de informaciones y de recursos virtuales. Desde ahí, tienen la posibilidad de disminuir, por lo menos imaginariamente, la distancia que los separa de figuras de autoridad, sea en el medio familiar, educacional o organizacional, según cada jerarquía, y de reaccionar a las realidades que los inquietan, cuestionando la posición del saber instituído y la jerarquía que lo mantiene. El educador, progenitor o jefe, a su vez, es amenazado en su posición de autoridad y reacciona defensiva o creativamente, según su capacidad de incluir el diferente en sus estrategias de trabajo y de sustentar un saber incompleto y en constante construcción (como el conocimiento, la experiencia de vida y la realidad profesional). Es un desafío constante, para todos los personajes de la ecuación, en el juego dialéctico que los moviliza en una realidad en constante transformación: viejo desafío de encontrar un nuevo lugar para cada uno de estos personajes (Matheus, 2012).

 

 

Otredad-alteridad.

La velocidad que ha alcanzado el desenvolvimiento tecnológico en la historia plantea condiciones para ahondar las brechas inter-generacionales. Socializamos en mundos diferentes y los códigos de la percepción son influidos por la velocidad; cada generación adquiere modos distintos de percibir, habita en universos no coincidentes (Margulis, 2005).

Algunos autores subrayan el concepto de “otredad” en tanto expresión de códigos que no conocemos, y a los que nunca accederemos más que en su significación en un nivel superficial, en lo que atañe a sus signos particulares, sus percepciones y sus prácticas. Definen así "otredad" al desencuentro entre generaciones y destacan que en tanto los adultos somos nativos de otra cultura, ésta se nos presenta opaca.

Así planteado, el objetivo pasará entonces por ver la manera de conversar con los nativos, pero, "reconociendo su otredad" (Clifford Geertz, 1990), admitiendo su existencia y legitimidad, su sistema de percepción y comunicación. La noción de "otredad" ubica a los padres en una condición extranjera con la imposibilidad consecuente ya que sólo se accede de un modo superficial a la posibilidad de conocer sus códigos. Nuestro lugar como analistas de adolescentes también cae bajo las mismas reglas.

Una de las formas de otredad se da en torno de la cuestión de la alteridad familiar. La otredad es así un concepto del campo social respecto del lugar posible de ubicación del mundo adulto frente a los jóvenes y las confusiones que podrían generarse. La noción de alteridad, en cambio, es una expresión de la línea vincular inter-subjetiva en su dimensión metapsicológica, que nos resulta importante, desde el punto de vista psíquico, social y político. Tanto desde los padres como desde los hijos, la noción indica un desafío de conquistar, reconocer y soportar la condición extranjera de cada uno en su posición, percibiendo la distancia que los separa de los demás personajes de la escena. La “otredad”, a su vez, permite hacer un camino para la experiencia de “alteridad”, o sea, en la medida en que se toma consciencia de la distancia que existe entre cada universo simbólico específico (sub-culturas entre generaciones), se torna posible el ejercicio de alteridad, de reconocimiento del otro en cuanto sujeto distinto, con sus demandas específicas y legítimas.

Recordemos además, que es a partir de la diferencia creada entre generaciones que los jóvenes encuentran espacio para su desenvolvimiento autónomo, pues es cuando los padres no responden a sus expectativas que los primeros son convocados a buscar dispositivos propios, entre pares o en el medio social (y tecnológico), para sus creaciones, realizaciones o prospecciones.

 

Lugar del saber. Función del saber

“V., una niña de 7 años, frente a la destreza con que se manejaba frente a la máquina, fue preguntada acerca de quién le había enseñado a usarla. Ante la pregunta del adulto, la niña mostrándose sorprendida respondió simplemente: nadie”. Luego del impacto inicial, ese “nadie” nos llevó a preguntarnos varias cuestiones. V. aprendió sola, tiene una especial habilidad innata para manejarse con la computadora o “nadie” significará que ese saber le vino de algún hermano o amigo mayor y no del clásico modelo de aprendizaje maestro-alumno y entonces la respuesta de V. es “nadie?” ¿Qué saber se juega en estas situaciones de aprendizaje? ¿Podríamos hablar entonces de un “saber de época”? [8]

Los psicoanalistas post-kleinianos han estudiado la relación con el saber de los padres, a raíz de la caducidad del saber como un indicador metapsicológico del comienzo adolescente (Aryan, 1993, Meltzer 1998, etc.). Esta caducidad del saber que se refiere a la escena primaria omnipotente y omnisciente podría tener su equivalente en la destitución del padre imaginario para que el padre simbólico pueda perdurar, tal como lo describió Freud en Totem y Tabú.

Los niños y adolescentes de la actualidad han nacido en medios donde la influencia, entre otros, de Internet y los medios de comunicación ligados a la imagen y al instante, nos obliga a volver a pensar muchos de los paradigmas que creíamos tener y desde los cuales nos sosteníamos para entender la producción de subjetividad. Antes, los padres se sentían autorizados por un cierto saber recibido. Tenían la fantasía de dominar el espacio y el tiempo de los hábitos de sus hijos; aunque que no tuviesen efectivamente este poder, esta fantasía les permitía ocupar una posición de saber para sus hijos, o cumplir una función de ideal necesario para un momento inicial en el proceso adolescente. Esto lleva de manera asociada una inversión en cuanto al lugar del saber que antes creían tener posesión exclusiva los mayores (Espinosa y Koremblit, 2008).

En términos inter-generacionales, jóvenes y adultos podrían quedar en lugares separados adueñándose alternativamente del lugar de los que sí saben, “pelea” entre los que están en el lugar del saber instituído y los más jóvenes, que demandan reconocimiento y anhelan por tener un espacio en la estructura social vigente. Estos últimos, como sus antecesores, representan el cambio y, frente a las oportunidades del momento, echan mano de las nuevas tecnologías como recurso en el juego de fuerzas generacional, a partir del cual se pueden mostrar más capaces en relación a la generación precedente. Pueden por sus propios medios (internet, en este caso) sustentar sus críticas y, quien sabe, negociar acuerdos frente a las figuras de autoridad. En esa escena de “pelea”, los representantes de la tradición se encuentran amenazados y la invitación al desarme – del (supuesto) poder que acompaña el lugar de autoridad – provoca perplejidad y exige desprendimiento, cuando se busca salir del impasse creado en la “disputa de fuerzas”. (Matheus, 2012)

La cuestión del saber, entonces, surge así como un objeto imposible e idealizado para cada sujeto en la dialéctica generacional: para los padres, como objeto que les garantice su posición de autoridad delante de sus hijos, aquello que los hijos pretenden alcanzar, pero estarían imposibilitados por su supuesta inexperiencia. Sin embargo este saber es también imposible para los progenitores en la medida en que ellos son apenas un enlace más dentro de la cadena generacional y también están frente a sus propios padres como detentores de un saber inalcanzable. Para el joven, el saber es un ideal omnipotente de descubrir algo que los padres no saben, y la fantasía de que su generación creó una novedad en relación a la generación anterior hecho que los coloca un paso adelante, como realización de la rivalidad edípica.

Igualmente valdría la pena discutir acerca de la noción de “saber” de que nos ocupamos los psicoanalistas, siempre supuesto, ilusorio y distinto del saber de las ciencias y – en este caso - del saber que en relación a las nuevas tecnologías los jóvenes creen poseer, absoluto y que se manifiesta más en el terreno de las destrezas que de la experiencia subjetiva.

Esto implica una dimensión imaginaria del tema: la concepción del saber de los jóvenes, o lo que ellos piensan al respecto, no necesariamente será lo que podemos entender como 'lugar del saber', o 'función del saber'. Habría que diferenciar saber (como supuesto), verdad (que irrumpe, para cada sujeto, como emergencia del inconsciente), sentido (la posibilidad de articulación significante de cada sujeto) y conocimiento (como resultado del proceso de busca del saber confrontado con la verdad del inconsciente, produciendo un movimiento de construcción significante que deja marcas y habla de un movimiento del sujeto). El adolescente, al buscar un saber que le ofrezca sentido a su experiencia y a realidad que percibe como suya, al despegar de la protección parental, luego percibe la incompletud de las formulaciones (simbólicas e discursivas) que le son disponibles. Sin embargo, al recorrer este camino (de construcción de sentido), encuentra en su movimiento la verdad de su movimiento, aquella que surge no de un saber específico, pero que está en la sustentación de su recorrer en el movimiento de búsqueda. Y la verdad de su deseo que le permite encontrar alguna autonomía frente a la autoridad de la generación precedente.

Hablar de lugares estructurales podría dar la impresión de un análisis transhistórico, atemporal, mientras que la perspectiva de hablar de lugares marcados por la fijación de determinadas posiciones que se repiten o se alteran durante un periodo de tiempo permite pensar en la relación de fuerzas entre los agentes sociales, en un contexto determinado, sea entre personajes de diferentes generaciones, sea entre personajes de diferentes posiciones en la jerarquía social.

Tanto los jóvenes como los adultos, desde esta perspectiva, se posicionan unos en relación a los otros, sumergidos en identificaciones que  no tengan más que recorrer ese camino pre-establecido, por etapas. Pensarlos desde una dimensión simbólico-imaginaria permite tomar en cuenta el aspecto ilusorio en juego donde una generación es "colocada en" posiciones identificatorias a la que se atribuyen ciertas cualidades y que también se pueden perder.

Para el joven, tener un progenitor en el lugar del saber le permite sustentar una identificación, cargada de ambivalencia, frente a la imagen de autoridad que la estructura familiar y social le requiere. Al vivir esta identificación, puede entonces oponerse a esta figura de autoridad, ensayando sus posibilidades de superarlas, a fin de conquistar su autonomía. En este momento, cada joven necesita creer que sabe más que sus mayores, creer que los mayores no lo entienden, destituírlos en su función, como parte de un tránsito necesario en su constitución subjetiva. Se trata aquí de la llamada caducidad del saber de los padres propio del proceso adolescente.

 

A modo de cierre.

Para terminar y como planteáramos al comienzo, tal sucede con los jóvenes en la red, este trabajo lo pensamos como un trabajo producto de una época, en el que dos colegas decidimos juntarnos a pensar juntos – “a la distancia” – a pesar de las diferencias folklórico-institucionales en un intento de enfrentar dicho desafío y la aventura en ella implícita sin garantías ni certezas acerca de hacia donde nos llevaría.

Del mismo modo, pensamos la condición adolescente a partir de la caducidad de las certezas y saberes propios de la latencia, tomando en cuenta el aspecto aventurero a través del riesgo a conocer e investigar en un terreno desconocido, logrando un cambio cualitativo en su posición subjetiva y, con eso, provocar un cambio efectivo en las redes de relaciones en que el joven se encuentra.

Quisimos subrayar además, y el modo cómo este trabajo fue gestado lo demuestra,  que Internet ya es parte de la realidad contemporánea – en la cual todos estamos incluidos y somos parte. ¿Cómo pensar entonces hoy nuestra práctica, siempre comprometida con el sufrimiento humano en un momento histórico en el que los lazos sociales están cada vez más caracterizados por vínculos fugaces, relaciones caracterizadas por la inmediatez y la distancia y donde el compromiso emocional se fragiliza, para ”…transformar las actuaciones en palabras que permitan acceder al conflicto y sostener entonces aquellas preguntas propias de la condición humana: ¿quién soy? y ¿qué deseo? (Viñar, 2010)…

Por otro lado, estos cambios son extraños a aquellos que se encuentran en posiciones sociales establecidas, de modo que la novedad tienden a ser vistas con mejores ojos por aquellos que buscan reconocimiento – lo más jóvenes – que por aquellos que supuestamente ya lo encontraron en la escena social – lo más viejos. Como analistas, tenemos ahí un campo de estudio importante y un compromiso social – especialmente con los jóvenes – lo que puede interpretarse como una “cruzada”, para escuchar lo que emerge en la escena social y tender a que puedan establecer vínculos más fecundos e consecuentes. Esto compromete nuestra posición como analistas en tanto nos obliga a tomar una posición al respecto, a sabiendas que la misma siempre estará impregnada de nuestros propios prejuicios e ideales, y cuestiona nuestra propia posición ética al obligarnos a adoptar alguna actitud personal sabiendo que esta es siempre difícil y controvertida. ¿Acaso no es siempre así?

 

 

 



[1]  Marcos Koremblit. Miembro titular con función didáctica de APdeBA.

E-mail: marcoskoremblit@hotmail.com

 

Tiago Corbisier Matheus. Miembro del Departamento de Psicanálise del Instituto Sedes Sapientiae y profesor de la EAESP/FGV. E-mail: tmatheus@uol.com.br

 

 

 

[3] En nuestro medio Cristina Corea e Ignacio Lewcowicz también se han dedicado a estudiar la temática sobre el “fin de la infancia”. La diferencia a nuestro entender es que ellos lo remiten a la ausencia de un Estado organizador y a la caída de las instituciones,  mientras que los autores que estamos desarrollando lo estudian tomando como punto de partida los cambios tecnológicos.

 

[4] Este planteo lleva a pensar además a la escuela misma en términos generales para un concepto de alumno que hoy estaría en revisión.

 

[5]  Silvia Bleichmar propuso que… la constitución del psiquismo está dada por variables cuya permanencia trascienden ciertos modelos sociales e históricos, y que pueden ser cercadas en el campo específico conceptual de pertenencia. La producción de subjetividad, por su parte, incluye todos aquellos aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en términos de producción y reproducción ideológica y de articulación con las variables sociales que lo inscriben en un tiempo y espacio particulares desde el punto de vista de la historia política…

 

[6] Florence Guignard señala también que “...no habiendo más diferencia generacional, el grupo de pares no serviría ya de continente...” (Guignard, 2001).

 

[7] Pelento destaca que también puede suceder que el adulto realice el esfuerzo de “aggiornarse” a las nuevas prácticas, reprimiendo su rechazo. En ocasiones esto produce dudas o confusión impidiéndole determinar si se trata del “uso” o de un “uso patológico” de alguna de ellas.

 

[8]    Este concepto lo trabajamos oportunamente con Marcelo Armando, Evaristo Carriego, Rodolfo Espinosa y Mariana Lewkowicz cuando fue el Congreso Argentino de Psicoanálisis en Rosario.