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Trabajo en la sublimación. Sublimación en el trabajo


Publicada el 04/07/2013 por Oscar Sotolano





Trabajo en la sublimación. Sublimación en el trabajo                                                               Oscar Sotolano

                                                              4 de julio de 2013

                                                              oscarsotolano@yahoo.com

 

En una de las primeras reuniones de la comisión científica, cuando   empezábamos a pensar la actividad del año, conté lo siguiente: Mientras estaba escribiendo mi segunda novela, Tiempo de vísperas, en un momento determinado de la escritura me encontré (como otras tantas veces) ante un impasse. Había concebido para la historia que estaba relatando un recinto inaudito; lo había bautizado El altar de Ifigenia. Allí, desesperados sin trabajo ni perspectiva luchaban por resolver sus problemas de subsistencia en un espectáculo macabro: En sus diversos salones se producía el despliegue público de un juego de ruleta rusa en el cual esos excluidos del sistema eran protagonistas principales. Corría el año 1998 y Camdessus (por entonces presidente del F.M.I.) había elogiado a la Argentina como un modelo a seguir por el resto del mundo. Ubiqué la novela en una Argentina del año 2010. El Altar de Ifigenia era un enorme local en las afueras de Buenos Aires, donde  todas las noches, en sus distintos salones, diferentes y sucesivos rivales, se enfrentaban con una única arma en la mano al azar de una bala en la recámara de un revólver. Hasta ese momento, la escena sólo me servía como una suerte de telón dramático de otras peripecias narrativas, pero entonces uno de los personajes principales que había ido construyendo se me impuso como protagonista en el seno mismo de ese extraño altar de nuestra sórdida y espectacular época. Casi sin que me lo propusiese, la escritura me había llevado a tenerlo allí en el centro del escenario, ante la alternativa extrema de disparar, a conciencia de que sólo quedaba una bala en la recámara, sobre su propia persona. El azar había dispuesto su muerte. Era la última bala de un último tiro. Cuando el relato había llegado hasta ese extremo de tensión, quedé paralizado. No tenía predeterminada la continuación de la historia, había sido la experiencia de la escritura la que me había llevado hasta allí y no sabía cómo continuar. Recordé en aquella reunión y lo vuelvo a hacer ahora ante ustedes, un momento prolongado de parálisis que me impedía seguir escribiendo; un largo momento de angustia. Me es fácil reconocer, en principio, la angustia del propio personaje con el cual me encontraba por completo identificado, pero éste es sólo un sentido posible. Lo cierto es que los avatares de esa parálisis tuvieron diversas peripecias, hasta que, en un momento determinado, sentado frente a la computadora, metido mentalmente en la escena, agitado, sudoroso surgió una solución: ¡De pronto me hallé disparando!, ¡Hasta la sensación del fogonazo del disparo se me hizo carne!. Llegué a verla, vivirla. El personaje estaba disparando, no sobre sí mismo, como era de esperar, porque esas eran las reglas del fatal certamen, sino sobre el maestro de ceremonias. Mi brazo se levantó como si tuviera el arma (más bien, fuese el arma) y mi dedo jaló el gatilló frente a la computadora, en la silla en la que estaba trabajando. Hasta la mímica del disparo me encontré haciendo frente a la pantalla. Fue en esa acción que el impasse se destrabó. Los dedos volvieron a apoderarse de las teclas (aunque no está demás aclarar que nunca las habían abandonado). A partir de allí, el relato continuó su rumbo en una dirección que no había pensado antes.

Cuando en aquella reunión lo conté, todos coincidieron en interpretar la luz, el fogonazo del disparo, en el sentido de la irrupción pulsional presente en el acto de escritura. Fue un comentario casi unánime. No lo objeté. Me quedé pensándolo. Allí quedamos. Luego, la conversación se orientó en otras direcciones. Sin embargo, quedó latiendo en mí la pregunta: ¿era el fogonazo pulsional el que valía la pena destacar en ese proceso sublimatorio de escritura? ¿era esa metáfora luminosa y fulgurante de la iluminación, de la creación ex nihilo, de la inspiración que tanta tradición tiene desde las teogonías que remiten al dios creador la que había que recalcar, o lo había sido que yo optara por matar al maestro de ceremonias en lugar de matar a mi personaje, como hubiera sido más esperable?. ¿Era una cuestión de la pulsión o era una cuestión del yo el destino de ese personaje? ¿En qué pensar en cuanto al motor de mi decisión?: ¿en las ganas mías de matar, en las ganas mías de matarme, en las ganas mías de vivir? Se puede pensar la creación-sublimación (por ahora no enfatizaré sus diferencias) como una cuestión sólo pulsional -como uno de los tantos Freuds con los que nos encontramos lo sugiere al colocarla como uno de sus destinos (podríamos decir, “naturales”) -, o la propia resolución no indica acaso la puesta en juego de mi subjetividad de conjunto? ¿Por qué no matar a mi personaje, tal como originariamente había esbozado como posibilidad más plausible en mis borroneos narrativos interiores? Muy probablemente, si mi estado interior hubiese sido otro, la resolución dramática también lo hubiera sido, pero algo cambió la dirección del disparo, de la escritura y de la obra.  A partir de allí la novela tomó otro vértigo impensado por mí antes de que el impasse se resolviera de ese modo, digamos, luminoso.

Fue al contar esa experiencia personal en la reunión que recordé el texto de sublimación que forma parte de mi libro Bitácora de un psicoanalista, que ya había presentado en el Colegio en el 2003, hace 10 años (en ese momento, no lo recordaba). Ese texto que, a su vez, por entonces ya tenía 10 años, había sido fruto de una incomodidad: cierta doxa sobre la sublimación como destino pulsional me resultaba insatisfactoria. Tanto la consistencia exigible a la teoría como la experiencia me llevaban a pensar a la sublimación más que en ese sentido, como proceso que pone en juego toda la dinámica psíquica y compromete privilegiadamente al yo: si era un destino pulsional lo importante estaba en el trabajo psíquico que lo llevaba hacia esa vía. Todo esto volvió a mi cabeza tras relatar aquella peripecia de la escritura en nuestra reunión de comisión científica.

 Había tratado en aquel texto de abordar las diversas aristas y contradicciones que hallaba en la obra freudiana acerca de la oposición represión sublimación, y fue porque ya estaba escrito que les pedí que lo leyesen y evitarme el tedio de reiterar una argumentación por momentos demasiado densa. Por otro lado, el hecho de ser alguien atrapado por la pasión de la escritura (especialmente la que involucra a la llamada “de ficción”) me fue ofreciendo un territorio más personal para explorar eso que llamamos sublimación. Fruto de ello es que la segunda parte de aquel texto se refiere específicamente a su presencia en la escritura.

Cuando repasé el texto de Bitácora encontré que decía:

Freud ubicaba al trabajo humano entre las actividades sublimatorias. Pero basta pensar en los miles de millones de seres humanos para quienes el trabajo (tanto manual como intelectual) es una tortura, una obligación odiosa, para darse cuenta de que es necesario no descuidar en dicho proceso la dimensión del placer. Esto coloca al proceso sublimatorio no del lado de las infinitas formas que adopta el trabajo enajenado en las condiciones de la sociedad industrial y posindustrial con su empobrecedora dimensión sobreadaptativa, sino de las formas más singulares y ricas en que los hombres encuentran un respiro creativo a tanta repetición tanática; en este sentido, creándose a sí mismos en prácticas que atañen a los otros. Me parece que sólo desde ese punto de vista la sublimación adquiere valor social, y la libertad puede tornarse opción y compromiso.

 Se me hace evidente que hallo en el proceso de creación que involucra la escritura literaria (de igual modo que la científica) un concepto central: el de trabajo. Una dimensión del concepto trabajo que encuentro también en lo que socialmente se llama trabajo en uno de los sentidos griegos de poeisis (el referido a un hacer productivo). Ese que hace decir a Mempo Giardinelli que si la inspiración lo alcanza, el asunto es que lo encuentre trabajando. O a Arlt hablar de la conquista de nuestro futuro por prepotencia del trabajo.

Todo aquel texto postulaba que la cuestión de la imaginación, de la inspiración, exige la malla del trabajo. Trabajo psíquico y también sublimación en el trabajo si lo despojamos de las versiones idealizadas a las que lo lleva el adjetivo sublime. En tanto no puedo decirlo mejor, me repito:

Creo que es hasta teóricamente posible que una producción no sublimatoria para quien la realice, tome retroactivamente la apariencia de sublimatoria a raíz del lugar social que por razones históricas pueda llegar a ocupar. De ese modo se hacen comprensibles algunas escrituras panfletarias o dogmáticas, eco de arraigadas y singulares neurosis de sus realizadores, que encuentran en la eterna repetición de lo mismo un lugar de plasmación de sus fijezas, y que se articulan a la perfección con algunos sistemas sociales. No creo que se pueda llamar siempre sublimatoria a la escritura de algunos amanuenses, aunque tampoco que se pueda decir que la pobreza de una escritura obsequiosa no pueda implicar, a veces, para el escriba, un fenómeno sublimatorio

Que el tema se me impone por diversos lados lo confirma otra cita de otro   texto – éste sobre alienación - que escribí hace unos  años para una revista de Méjico y que se puede encontrar en la página web de la Revista Topía como “Caras de la alienación”:

¿Existe alguna manera de pensar algún punto específico sino de articulación, al menos de tangencia,- me preguntaba entonces- entre el psicoanálisis que ha destacado el papel central de la pulsión de muerte y el Marx que vaticina que de no mediar una modificación completa de las condiciones de apropiación de la riqueza social la humanidad avanza hacia su autoaniquilación? En mi opinión existe un articulador […]. Si el análisis de la alienación de Marx gira alrededor del concepto de trabajo, en el psicoanálisis la noción de trabajo tiene su lugar central en la construcción mental. Trabajo del sueño, trabajo psíquico son recursos teóricos en los que se juega la posibilidad creativa de la mente humana. Trabajo en psicoanálisis no está unido a satisfacción de necesidades sino a la capacidad (originariamente lúdica y de allí placentera) de transformar los objetos del mundo y, en este sentido, al hombre mismo [sus propios objetos internos]. Desde esta perspectiva la construcción de espacios creativos de diversa índole tiene una función sino desalienante, [perspectiva que considero estructuralmente imposible] sí …, antialienante. El usual antagonismo alienación vs desalienación  debería ser reformulado en términos de alienación vs praxis antialienante.

 Come ven, me encuentro con que el tema se me impone desde diversos lados.  Y las presentaciones que este año se han ido haciendo en el Colegio me  confirman lo legítimo de esa perspectiva. Tanto Gloria Stafforini cuando describió su experiencia con la pintura, como el otro día Adrián Iaes al relatar su trabajo musical, como la artista Graciela Tomsig que la antecedió, resaltaron esa dimensión. Más aún, en la segunda perspectiva que me interesa: la del trabajo como sublimación, Adriana Konig nos trajo su experiencia en el taller de Suma.

De allí el título de esta presentación en la que sólo pretendo enunciar  algunas cuestiones ordenadas como para que las discutamos. No creo encontrar aquí formulada ninguna hipótesis original a las presentes en aquel artículo.. Desde el punto teórico, si bien el artículo que discutimos en el año 2003 y que había sido publicado 10 años antes, en 1993 en la revista de la Escuela de psicoterapia, tiene ahora 20 años, ya por entonces se hallaba atravesado por las Problemáticas de Laplanche, y hoy puede encontrar renovados puntos de anclaje  en ese otro artículo de ese mismo autor, “La sublimación y/o inspiración” que fue publicado en: Entre seducción e inspiración: el hombre.

Me interesa retomar estas cuestiones porque abren la perspectiva de  la sublimación como trabajo, trabajo cuyo producto es no sólo aquello que creamos sino fundamentalmente, la creación que hacemos de nosotros mismos;  si hay alguna creatividad en juego es la de la creación de nuestra creatividad, ése es el desafío de trabajo para nuestra mente. En aquel texto sobre sublimación lo decía así:

 “ubico la sublimación como referida a procesos de autocreación subjetiva totalmente al margen de la trascendencia social del producto del que escribe. (La partícula auto no supone que se realice sin el otro. Tal vez podría ser reemplazada por “creación de sí mismo”)

Este punto converge con una dimensión, generalmente descuidada del problema del trabajo en ese sentido poiético-`productivo al que aludí, presente en Marx, independientemente de sus ampliamente transitados caminos por el trabajo alienado y que creo que será tomado la semana próxima de modo explícito o implícito al abordar la cuestión de las patologías del trabajo: hoy me refiero al trabajo como autorealización o como lo decíamos “creación de sí mismo”.

Por hacer una mención entre tantas posibles, dice Marx en El Capital:

Adam Smith presiente que todo trabajo es una inversión de fuerza humana de trabajo, en la medida en que se representa en el valor de la mercancía. Pero entiende dicha inversión exclusivamente como abnegación, como sacrificio del reposo, la libertad y la felicidad y no, al mismo tiempo como afirmación normal de la vida.[1].

“Afirmaciòn normal de la vida!”, ¡vaya lugar para el trabajo!. Qué irritación podría sentir su yerno Paul Lafargue ante esa afirmación al escribir aquel provocativo texto “El derecho a la pereza” que nada tendría de contradictorio con su suegro sino fuera que a lo largo de su escrito más que reivindicar un derecho y denunciar las condiciones de explotación del trabajo, parece hacer un elogio de la pereza como encarnación de un hedonismo vacio. En su momento fue también la lectura de ese texto otro factor importante para que me interesara por la perspectiva que les presento. Es decir, si el trabajo es una afirmación normal de la vida, una forma de autorealización humana, dirá Marx en otros lados, si su forma estará en la modificación de una materia, incluso ideica, representacional o afectiva, entonces es posible pensarlo como una clave de nuestras esperanzas humanas. Este paseo apenas tangencial por Lafargue tiene que ver con un debate actual sobre la centralidad del trabajo que ha producido y produce muchos argumentos encontrados.

A estas consideraciones se sumó la coincidencia de que hace un par de meses Cristhophe Dejours, en su visita a Buenos Aires, retomó esta perspectiva; aunque desde una conceptualización teórica que no pretendo seguir porque muchas son las cuestiones que tendría que matizar y abrir a polémica, en especial, el modo en que se posiciona en relación con la obra de Laplanche y con puntos que a mi entender crujen en algunos aspectos de dicha obra, y sobre todo por su afirmación de que Freud desconoció la dimensión del trabajo: baste recordar al respecto su postulado de la cura como recuperación de la capacidad de amar y producir (trabajar). Sin embargo, su énfasis me autorizó aun con mayor decisión a tomar esta perspectiva.

En aquel artículo sobre “Libertad y Sublimación” me explayé sobre las dificultades que se pueden hallar en el uso que Freud hace del concepto de sublimación. Remarqué dos ejes primeros: la sublimación puede ser pensada como producto o como proceso que culmina en un producto. De acuerdo a lo que acentuemos, surgirá un perfil del concepto. Esto evoca la propuesta que hizo Hugo Urquijo cuando decidimos el tema de este año: El prefería que hablásemos de la creatividad y no de la creación porque si esta última se refería al resultado, la primera lo hacía de su desarrollo. En aquel artículo lo vinculábamos con el problema del trabajo de escritura.

  Es decir, la valoración social del producto es un recurso limitado para definir la sublimación. Muchos grandes genios jamás supieron de la trascendencia de su obra. La valoración social (la dimensión de éxito que permite la recuperación fálica en prestigio, dinero y mujeres, como Freud la postula) queda para sus huesos o sus cenizas. No hay yo que esté allí para disfrutarlo. Por supuesto, que afirmar que su centro no está en la valoración social no quiere decir que se pueda concebir sin el otro, y el campo intersubjetivo, sí social.

Ahora bien, bastaría recordar que el trabajo también encabezaba cínico el frontispicio de los campos nazi, en esa sentencia infame: Arbeit macht frei (el trabajo libera), para insistir en que no podemos reivindicar el trabajo desde una centralidad idealizada. El concepto de trabajo, exige trabajo.

En Freud la palabra arbeit, trabajo, aparece a lo largo de su obra: Perelaboración (Durcharbeit), trabajo del sueño (traumarbeit), trabajo del duelo (trauerarbeit) son las más transitadas. Pero cuesta visualizar cual es la escala que le da a ese término. En definitiva, desde la sociedad precapitalista influida por la tradición cristiana, en adelante, el prestigio del trabajo se expande a infinidad de problemas de la naturaleza: tanto como para que digamos que “los materiales trabajan” incluso si no hay humano que haga nada sobre ellos. Decir que la transformación de las cosas es sinónimo de trabajo deja el término en un lugar tan impreciso como el hablar de creatividad. En definitiva, la creatividad es una propiedad de la vida: una ráfaga de viento que remueve las hojas en otoño crea un paisaje nuevo, una piedra que se desmorona en un pliegue de un río crea un embalse. La creatividad o el trabajo nos importan en tanto acción humana. En tanto producciones de sujeto. De hecho, para la tradición griega que no incluye a Hesíodo el trabajo ni siquiera tenía una palabra que lo alojara, era una acción que realizaban unos seres no del todo humanos, los esclavos, por completo ajenos al lugar en la polis donde el pensamiento, la contemplación como virtud (ananké) y el poder transitaban. A lo sumo, el concepto que lo cercaba era el de esfuerzo. Una dimensión energética que se halla presente en la palabra ergón, que más tarde se constituyó en unidad de medida para la energía (aunque para los griegos dinamis- palabra más física- y ergon no eran lo mismo) y que ha derivado en una especialidad del mundo laboral llamada ergonomía. Del esfuerzo griego, al trabajo del capitalismo contemporáneo ha habido una gigantesca mutación cultural. En su interior, el arbeit freudiano se inscribe en el prestigio de un esfuerzo para conquistar la naturaleza que terminó culminando en la razón instrumental que hoy nos asola.

Pero más allá de las precisiones etimológicas e históricas creemos  entendernos cuando hablamos de trabajo psíquico: suponemos una labor que incluye como componente la complejidad, la transformación de materias tan evanescentes como la representación, el afecto o el significante, y la consiguiente inhibición de cantidades de una hipotética energía que demanda su ejercicio. Todo trabajo implica luchar tanto contra una resistencia de las cosas, como contra una resistencia en nosotros mismos dice Dejours –punto en el que acuerdo-, y así, convoca múltiples y diversos procesos de inhibición y creación de acciones que culminan en eso que Freud llamó acción específica.

 Todos los que nos han relatado los sucesivos jueves su experiencia de trabajo en el territorio del arte que prefiramos nos han remarcado cómo el trabajo artístico se encuentra enmarcado por un conjunto de prescripciones que le dan sentido. Que no se trata del ejercicio abstracto y libre de una pulsión, una imaginación o una inspiración surgida del volcán pulsional del genio libre tan caro al sentimiento romántico. Hasta la libertad de la improvisación jazzística (esa donde él encuentra en la música el mayor compromiso subjetivo del intérprete) se haya encorsetada por la rigurosidad de un método, nos enfatizó Iaes. Las fuerzas deben regularse, funcionar de manera inhibida, soportando su propia tensión. Cuando Tomsig nos contaba que dejaba un tiempo sus esculturas antes de retomarlas, cuando Gloria nos contaba su experiencia frente a la tela, cuando los que escribimos dejamos descansar nuestros escritos para volver a ellos o borramos una y otra vez, cuando el músico debe sacrificar la idealizada velocidad de los dedos a la secuencia de un metrónomo más pausado, nos encontramos con la gran paradoja que encierra el planteo freudiano del concepto de pulsión: su tendencia es a la descarga pero exige que el aparato deba crear un sistema de inhibición que permita su realización. Desde el Proyecto el yo cumple esa función de sistema inhibidor. Esta idea se potencia cuando en El Yo y el Ello, Freud pone a la sublimación del lado del yo. (Perspectiva que incluso tiene antecedentes cuando en Destinos la ubica como una variedad de defensa contra la pulsión. 122)

En ese sentido, si trabajo psíquico no es más que la forma epocal de referirse a una serie de transformaciones mentales en permanente desequilibrio, sin embargo, da cuenta de una producción de sujeto que responde a la más importante tradición freudiana: la de pensar un humano que se construye, no uno que nace de un soplo divino o natural. Por el contrario, cierta tradición que tiene, por ejemplo, en algunas formulaciones del Leonardo, su texto central sobre el tema, no así los desarrollos que allí hace que abren otras puertas, mantiene a mi entender la marca de un modo de pensar esa energía enigmática como un producto biológico aún sin desentrañar. “Las pulsiones y sus trasmudaciones son el término último de lo que el psicoanálisis puede discernir. De ahí en adelante, deja el sitio a la investigación biológica. Nos vemos precisados a reconducir tanto la inclinación a reprimir como la aptitud para sublimar a las bases orgánicas del carácter que son precisamente aquellas sobre las cuales se levanta el edificio anímico”, nos dice en la página 126 de ese texto. Por eso será muchas veces atribuida a su propia “mitomorfología” la posibilidad de que el destino sea el de la represión neurótica, la inhibición o la sublimación. En esos casos, la perspectiva del Freud más biológico hace del resultado un efecto de una causa  endógena de matriz biológica.

No creo que sea fértil, ni coincidente con las diversas peripecias teóricas de Freud, pensar la fuerza pulsional como motor creativo, sin articularlo con la forma que en el aparato la pulsión se tramita y en este sentido la instituye como pulsión; en términos de Laplanche, se liga, que en su tradición significa decir se simboliza.

¿Ahora bien, hay ligazón, hay sublimación, hay creación de sí mismo en quien consagra su vida en construir un arma que destruya a los otros? De seguro hay creación porque eso mortífero no existía antes de que haya puesto su ingenio en producirlo. Los hombres creamos infinidad de cosas atroces en nombre del amor. Lo que se ha dado en llamar razón instrumental, razón técnica del trabajo, está en las entrañas de los hornos crematorios. Podríamos decir que la pulsión agresiva está a flor de piel en las máquinas asesinas, sin embargo quienes las han creado invocan ligazones superiores, en general de tufo trascendental y civilizatorio (se busca la creación de una sociedad superior) cuando no autoconservativas (tenemos que protegernos de la agresión ajena, y desde la Biblia, matar en defensa propia atenúa el peso del mandamiento mosaico). ¿Diríamos que un análisis es exitoso si un paciente tramita sus pulsiones agresivas inscribiéndose –invocando las mejores causas- en una empresa de mercenarios de las que matan y torturan por el mundo?

Allí es donde reclamo un lugar diferencial para el concepto de sublimación en psicoanálisis: si las creaciones pueden de ser de la más diversa índole (la creación es una propiedad de la vida, y la vida crea también mucha miseria) la sublimación implicaría la necesidad de tramitación de la propia crueldad de un modo que involucre el reconocimiento vivo del otro, y del campo que incluye la responsabilidad sobre nuestros propios actos. No hablo de una ética del bien, sino de una ética de la conciencia de cuan crueles podemos llegar a ser. La conciencia pondrá nuestra responsabilidad ética del lado del juicio. No hablo de una predeterminación ética, sino de una conciencia de sus consecuencias para el otro y sus consecuencias en uno mismo. Por supuesto, como en cualquier destino psíquico del sujeto humano, nunca habrá allí un campo puro, limpio de desmentidas, creencias y racionalizaciones. En este punto, el análisis mismo es una práctica sublimatoria privilegiada que abre el debate al tema de la ética.

Volviendo a mi experiencia frente a la pantalla, no se necesita ser un psicoanalista muy avezado para deducir que alguna dimensión de mi propia crueldad se tramita en un personaje con un arma en la mano, dispuesto a matar o a morir, y en el cuerpo sudoroso, inquieto y angustiado que siente el disparo en su propia carne. En este punto, mi exhibicionismo sólo me permite llegar hasta allí. Pero me parece que vale la pena destacar la dimensión de esfuerzo coexistiendo con la inhibición que se sintetiza en el trabajo de escribir.

En este punto vale la pena resaltar un detalle que en mi relato indiqué sin darle especial trascendencia: todos esos sentimientos y reacciones físicas básicamente me pasaban frente a la pantalla. Aunque inhibido (pero en el sentido de paralizado) seguía teniendo los dedos frente a las teclas, escribía algunas palabras y las borraba, transitaba entre la escritura y el delet. Caminaba, buscaba cosas aleatorias por la biblioteca y volvía frente al teclado. Como esto no fue cosa de un día, hasta cuando dormía soñaba con el tema - al menos tenía esa sensación, porque creo recordar que nunca pude en esos días acordarme de ningún sueño -. Pero siempre volvía, terca e “inútilmente”, a la computadora. Si la inspiración me llega que me encuentre trabajando, me recordaba Giardinelli. Y volver sobre la cuestión es volver sobre lo más vulgar, prosaico y profundo que el trabajo implica, no sobre la dimensión idealizada del arte, no de una poiésis identificada con la poesía. No sobre lo sublime de una creación socialmente enaltecida sino sobre su modo mundano, hallable en cualquier oficio donde la llamada creación conlleve un placer que trasciende el narcisismo vanidoso del éxito, para devenir construcción de sujeto. 

Allí, en ese trabajo en la sublimación, encuentro el tronco freudiano de lo que Marx llamó autorealización humana en el trabajo. Sublimación en el trabajo y por vías del trabajo que, hoy por hoy, resulta un desafío las más de las veces imposible de cumplir, al menos, de seguro, no en forma plena.. En esa contradicción anclan las patologías del trabajo que, entiendo, abordaremos la próxima vez.

 

 

 

 

 



[1] C. Marx, El Capital, pag 65, nota 16. trabajo.                                                                                      

                                                               Oscar Sotolano

                                                              4 de julio de 2013

                                                              oscarsotolano@yahoo.com

 

En una de las primeras reuniones de la comisión científica, cuando   empezábamos a pensar la actividad del año, conté lo siguiente: Mientras estaba escribiendo mi segunda novela, Tiempo de vísperas, en un momento determinado de la escritura me encontré (como otras tantas veces) ante un impasse. Había concebido para la historia que estaba relatando un recinto inaudito; lo había bautizado El altar de Ifigenia. Allí, desesperados sin trabajo ni perspectiva luchaban por resolver sus problemas de subsistencia en un espectáculo macabro: En sus diversos salones se producía el despliegue público de un juego de ruleta rusa en el cual esos excluidos del sistema eran protagonistas principales. Corría el año 1998 y Camdessus (por entonces presidente del F.M.I.) había elogiado a la Argentina como un modelo a seguir por el resto del mundo. Ubiqué la novela en una Argentina del año 2010. El Altar de Ifigenia era un enorme local en las afueras de Buenos Aires, donde  todas las noches, en sus distintos salones, diferentes y sucesivos rivales, se enfrentaban con una única arma en la mano al azar de una bala en la recámara de un revólver. Hasta ese momento, la escena sólo me servía como una suerte de telón dramático de otras peripecias narrativas, pero entonces uno de los personajes principales que había ido construyendo se me impuso como protagonista en el seno mismo de ese extraño altar de nuestra sórdida y espectacular época. Casi sin que me lo propusiese, la escritura me había llevado a tenerlo allí en el centro del escenario, ante la alternativa extrema de disparar, a conciencia de que sólo quedaba una bala en la recámara, sobre su propia persona. El azar había dispuesto su muerte. Era la última bala de un último tiro. Cuando el relato había llegado hasta ese extremo de tensión, quedé paralizado. No tenía predeterminada la continuación de la historia, había sido la experiencia de la escritura la que me había llevado hasta allí y no sabía cómo continuar. Recordé en aquella reunión y lo vuelvo a hacer ahora ante ustedes, un momento prolongado de parálisis que me impedía seguir escribiendo; un largo momento de angustia. Me es fácil reconocer, en principio, la angustia del propio personaje con el cual me encontraba por completo identificado, pero éste es sólo un sentido posible. Lo cierto es que los avatares de esa parálisis tuvieron diversas peripecias, hasta que, en un momento determinado, sentado frente a la computadora, metido mentalmente en la escena, agitado, sudoroso surgió una solución: ¡De pronto me hallé disparando!, ¡Hasta la sensación del fogonazo del disparo se me hizo carne!. Llegué a verla, vivirla. El personaje estaba disparando, no sobre sí mismo, como era de esperar, porque esas eran las reglas del fatal certamen, sino sobre el maestro de ceremonias. Mi brazo se levantó como si tuviera el arma (más bien, fuese el arma) y mi dedo jaló el gatilló frente a la computadora, en la silla en la que estaba trabajando. Hasta la mímica del disparo me encontré haciendo frente a la pantalla. Fue en esa acción que el impasse se destrabó. Los dedos volvieron a apoderarse de las teclas (aunque no está demás aclarar que nunca las habían abandonado). A partir de allí, el relato continuó su rumbo en una dirección que no había pensado antes.

Cuando en aquella reunión lo conté, todos coincidieron en interpretar la luz, el fogonazo del disparo, en el sentido de la irrupción pulsional presente en el acto de escritura. Fue un comentario casi unánime. No lo objeté. Me quedé pensándolo. Allí quedamos. Luego, la conversación se orientó en otras direcciones. Sin embargo, quedó latiendo en mí la pregunta: ¿era el fogonazo pulsional el que valía la pena destacar en ese proceso sublimatorio de escritura? ¿era esa metáfora luminosa y fulgurante de la iluminación, de la creación ex nihilo, de la inspiración que tanta tradición tiene desde las teogonías que remiten al dios creador la que había que recalcar, o lo había sido que yo optara por matar al maestro de ceremonias en lugar de matar a mi personaje, como hubiera sido más esperable?. ¿Era una cuestión de la pulsión o era una cuestión del yo el destino de ese personaje? ¿En qué pensar en cuanto al motor de mi decisión?: ¿en las ganas mías de matar, en las ganas mías de matarme, en las ganas mías de vivir? Se puede pensar la creación-sublimación (por ahora no enfatizaré sus diferencias) como una cuestión sólo pulsional -como uno de los tantos Freuds con los que nos encontramos lo sugiere al colocarla como uno de sus destinos (podríamos decir, “naturales”) -, o la propia resolución no indica acaso la puesta en juego de mi subjetividad de conjunto? ¿Por qué no matar a mi personaje, tal como originariamente había esbozado como posibilidad más plausible en mis borroneos narrativos interiores? Muy probablemente, si mi estado interior hubiese sido otro, la resolución dramática también lo hubiera sido, pero algo cambió la dirección del disparo, de la escritura y de la obra.  A partir de allí la novela tomó otro vértigo impensado por mí antes de que el impasse se resolviera de ese modo, digamos, luminoso.

Fue al contar esa experiencia personal en la reunión que recordé el texto de sublimación que forma parte de mi libro Bitácora de un psicoanalista, que ya había presentado en el Colegio en el 2003, hace 10 años (en ese momento, no lo recordaba). Ese texto que, a su vez, por entonces ya tenía 10 años, había sido fruto de una incomodidad: cierta doxa sobre la sublimación como destino pulsional me resultaba insatisfactoria. Tanto la consistencia exigible a la teoría como la experiencia me llevaban a pensar a la sublimación más que en ese sentido, como proceso que pone en juego toda la dinámica psíquica y compromete privilegiadamente al yo: si era un destino pulsional lo importante estaba en el trabajo psíquico que lo llevaba hacia esa vía. Todo esto volvió a mi cabeza tras relatar aquella peripecia de la escritura en nuestra reunión de comisión científica.

 Había tratado en aquel texto de abordar las diversas aristas y contradicciones que hallaba en la obra freudiana acerca de la oposición represión sublimación, y fue porque ya estaba escrito que les pedí que lo leyesen y evitarme el tedio de reiterar una argumentación por momentos demasiado densa. Por otro lado, el hecho de ser alguien atrapado por la pasión de la escritura (especialmente la que involucra a la llamada “de ficción”) me fue ofreciendo un territorio más personal para explorar eso que llamamos sublimación. Fruto de ello es que la segunda parte de aquel texto se refiere específicamente a su presencia en la escritura.

Cuando repasé el texto de Bitácora encontré que decía:

Freud ubicaba al trabajo humano entre las actividades sublimatorias. Pero basta pensar en los miles de millones de seres humanos para quienes el trabajo (tanto manual como intelectual) es una tortura, una obligación odiosa, para darse cuenta de que es necesario no descuidar en dicho proceso la dimensión del placer. Esto coloca al proceso sublimatorio no del lado de las infinitas formas que adopta el trabajo enajenado en las condiciones de la sociedad industrial y posindustrial con su empobrecedora dimensión sobreadaptativa, sino de las formas más singulares y ricas en que los hombres encuentran un respiro creativo a tanta repetición tanática; en este sentido, creándose a sí mismos en prácticas que atañen a los otros. Me parece que sólo desde ese punto de vista la sublimación adquiere valor social, y la libertad puede tornarse opción y compromiso.

 Se me hace evidente que hallo en el proceso de creación que involucra la escritura literaria (de igual modo que la científica) un concepto central: el de trabajo. Una dimensión del concepto trabajo que encuentro también en lo que socialmente se llama trabajo en uno de los sentidos griegos de poeisis (el referido a un hacer productivo). Ese que hace decir a Mempo Giardinelli que si la inspiración lo alcanza, el asunto es que lo encuentre trabajando. O a Arlt hablar de la conquista de nuestro futuro por prepotencia del trabajo.

Todo aquel texto postulaba que la cuestión de la imaginación, de la inspiración, exige la malla del trabajo. Trabajo psíquico y también sublimación en el trabajo si lo despojamos de las versiones idealizadas a las que lo lleva el adjetivo sublime. En tanto no puedo decirlo mejor, me repito:

Creo que es hasta teóricamente posible que una producción no sublimatoria para quien la realice, tome retroactivamente la apariencia de sublimatoria a raíz del lugar social que por razones históricas pueda llegar a ocupar. De ese modo se hacen comprensibles algunas escrituras panfletarias o dogmáticas, eco de arraigadas y singulares neurosis de sus realizadores, que encuentran en la eterna repetición de lo mismo un lugar de plasmación de sus fijezas, y que se articulan a la perfección con algunos sistemas sociales. No creo que se pueda llamar siempre sublimatoria a la escritura de algunos amanuenses, aunque tampoco que se pueda decir que la pobreza de una escritura obsequiosa no pueda implicar, a veces, para el escriba, un fenómeno sublimatorio

Que el tema se me impone por diversos lados lo confirma otra cita de otro   texto – éste sobre alienación - que escribí hace unos  años para una revista de Méjico y que se puede encontrar en la página web de la Revista Topía como “Caras de la alienación”:

¿Existe alguna manera de pensar algún punto específico sino de articulación, al menos de tangencia,- me preguntaba entonces- entre el psicoanálisis que ha destacado el papel central de la pulsión de muerte y el Marx que vaticina que de no mediar una modificación completa de las condiciones de apropiación de la riqueza social la humanidad avanza hacia su autoaniquilación? En mi opinión existe un articulador […]. Si el análisis de la alienación de Marx gira alrededor del concepto de trabajo, en el psicoanálisis la noción de trabajo tiene su lugar central en la construcción mental. Trabajo del sueño, trabajo psíquico son recursos teóricos en los que se juega la posibilidad creativa de la mente humana. Trabajo en psicoanálisis no está unido a satisfacción de necesidades sino a la capacidad (originariamente lúdica y de allí placentera) de transformar los objetos del mundo y, en este sentido, al hombre mismo [sus propios objetos internos]. Desde esta perspectiva la construcción de espacios creativos de diversa índole tiene una función sino desalienante, [perspectiva que considero estructuralmente imposible] sí …, antialienante. El usual antagonismo alienación vs desalienación  debería ser reformulado en términos de alienación vs praxis antialienante.

 Come ven, me encuentro con que el tema se me impone desde diversos lados.  Y las presentaciones que este año se han ido haciendo en el Colegio me  confirman lo legítimo de esa perspectiva. Tanto Gloria Stafforini cuando describió su experiencia con la pintura, como el otro día Adrián Iaes al relatar su trabajo musical, como la artista Graciela Tomsig que la antecedió, resaltaron esa dimensión. Más aún, en la segunda perspectiva que me interesa: la del trabajo como sublimación, Adriana Konig nos trajo su experiencia en el taller de Suma.

De allí el título de esta presentación en la que sólo pretendo enunciar  algunas cuestiones ordenadas como para que las discutamos. No creo encontrar aquí formulada ninguna hipótesis original a las presentes en aquel artículo.. Desde el punto teórico, si bien el artículo que discutimos en el año 2003 y que había sido publicado 10 años antes, en 1993 en la revista de la Escuela de psicoterapia, tiene ahora 20 años, ya por entonces se hallaba atravesado por las Problemáticas de Laplanche, y hoy puede encontrar renovados puntos de anclaje  en ese otro artículo de ese mismo autor, “La sublimación y/o inspiración” que fue publicado en: Entre seducción e inspiración: el hombre.

Me interesa retomar estas cuestiones porque abren la perspectiva de  la sublimación como trabajo, trabajo cuyo producto es no sólo aquello que creamos sino fundamentalmente, la creación que hacemos de nosotros mismos;  si hay alguna creatividad en juego es la de la creación de nuestra creatividad, ése es el desafío de trabajo para nuestra mente. En aquel texto sobre sublimación lo decía así:

 “ubico la sublimación como referida a procesos de autocreación subjetiva totalmente al margen de la trascendencia social del producto del que escribe. (La partícula auto no supone que se realice sin el otro. Tal vez podría ser reemplazada por “creación de sí mismo”)

Este punto converge con una dimensión, generalmente descuidada del problema del trabajo en ese sentido poiético-`productivo al que aludí, presente en Marx, independientemente de sus ampliamente transitados caminos por el trabajo alienado y que creo que será tomado la semana próxima de modo explícito o implícito al abordar la cuestión de las patologías del trabajo: hoy me refiero al trabajo como autorealización o como lo decíamos “creación de sí mismo”.

Por hacer una mención entre tantas posibles, dice Marx en El Capital:

Adam Smith presiente que todo trabajo es una inversión de fuerza humana de trabajo, en la medida en que se representa en el valor de la mercancía. Pero entiende dicha inversión exclusivamente como abnegación, como sacrificio del reposo, la libertad y la felicidad y no, al mismo tiempo como afirmación normal de la vida.[1].

“Afirmaciòn normal de la vida!”, ¡vaya lugar para el trabajo!. Qué irritación podría sentir su yerno Paul Lafargue ante esa afirmación al escribir aquel provocativo texto “El derecho a la pereza” que nada tendría de contradictorio con su suegro sino fuera que a lo largo de su escrito más que reivindicar un derecho y denunciar las condiciones de explotación del trabajo, parece hacer un elogio de la pereza como encarnación de un hedonismo vacio. En su momento fue también la lectura de ese texto otro factor importante para que me interesara por la perspectiva que les presento. Es decir, si el trabajo es una afirmación normal de la vida, una forma de autorealización humana, dirá Marx en otros lados, si su forma estará en la modificación de una materia, incluso ideica, representacional o afectiva, entonces es posible pensarlo como una clave de nuestras esperanzas humanas. Este paseo apenas tangencial por Lafargue tiene que ver con un debate actual sobre la centralidad del trabajo que ha producido y produce muchos argumentos encontrados.

A estas consideraciones se sumó la coincidencia de que hace un par de meses Cristhophe Dejours, en su visita a Buenos Aires, retomó esta perspectiva; aunque desde una conceptualización teórica que no pretendo seguir porque muchas son las cuestiones que tendría que matizar y abrir a polémica, en especial, el modo en que se posiciona en relación con la obra de Laplanche y con puntos que a mi entender crujen en algunos aspectos de dicha obra, y sobre todo por su afirmación de que Freud desconoció la dimensión del trabajo: baste recordar al respecto su postulado de la cura como recuperación de la capacidad de amar y producir (trabajar). Sin embargo, su énfasis me autorizó aun con mayor decisión a tomar esta perspectiva.

En aquel artículo sobre “Libertad y Sublimación” me explayé sobre las dificultades que se pueden hallar en el uso que Freud hace del concepto de sublimación. Remarqué dos ejes primeros: la sublimación puede ser pensada como producto o como proceso que culmina en un producto. De acuerdo a lo que acentuemos, surgirá un perfil del concepto. Esto evoca la propuesta que hizo Hugo Urquijo cuando decidimos el tema de este año: El prefería que hablásemos de la creatividad y no de la creación porque si esta última se refería al resultado, la primera lo hacía de su desarrollo. En aquel artículo lo vinculábamos con el problema del trabajo de escritura.

  Es decir, la valoración social del producto es un recurso limitado para definir la sublimación. Muchos grandes genios jamás supieron de la trascendencia de su obra. La valoración social (la dimensión de éxito que permite la recuperación fálica en prestigio, dinero y mujeres, como Freud la postula) queda para sus huesos o sus cenizas. No hay yo que esté allí para disfrutarlo. Por supuesto, que afirmar que su centro no está en la valoración social no quiere decir que se pueda concebir sin el otro, y el campo intersubjetivo, sí social.

Ahora bien, bastaría recordar que el trabajo también encabezaba cínico el frontispicio de los campos nazi, en esa sentencia infame: Arbeit macht frei (el trabajo libera), para insistir en que no podemos reivindicar el trabajo desde una centralidad idealizada. El concepto de trabajo, exige trabajo.

En Freud la palabra arbeit, trabajo, aparece a lo largo de su obra: Perelaboración (Durcharbeit), trabajo del sueño (traumarbeit), trabajo del duelo (trauerarbeit) son las más transitadas. Pero cuesta visualizar cual es la escala que le da a ese término. En definitiva, desde la sociedad precapitalista influida por la tradición cristiana, en adelante, el prestigio del trabajo se expande a infinidad de problemas de la naturaleza: tanto como para que digamos que “los materiales trabajan” incluso si no hay humano que haga nada sobre ellos. Decir que la transformación de las cosas es sinónimo de trabajo deja el término en un lugar tan impreciso como el hablar de creatividad. En definitiva, la creatividad es una propiedad de la vida: una ráfaga de viento que remueve las hojas en otoño crea un paisaje nuevo, una piedra que se desmorona en un pliegue de un río crea un embalse. La creatividad o el trabajo nos importan en tanto acción humana. En tanto producciones de sujeto. De hecho, para la tradición griega que no incluye a Hesíodo el trabajo ni siquiera tenía una palabra que lo alojara, era una acción que realizaban unos seres no del todo humanos, los esclavos, por completo ajenos al lugar en la polis donde el pensamiento, la contemplación como virtud (ananké) y el poder transitaban. A lo sumo, el concepto que lo cercaba era el de esfuerzo. Una dimensión energética que se halla presente en la palabra ergón, que más tarde se constituyó en unidad de medida para la energía (aunque para los griegos dinamis- palabra más física- y ergon no eran lo mismo) y que ha derivado en una especialidad del mundo laboral llamada ergonomía. Del esfuerzo griego, al trabajo del capitalismo contemporáneo ha habido una gigantesca mutación cultural. En su interior, el arbeit freudiano se inscribe en el prestigio de un esfuerzo para conquistar la naturaleza que terminó culminando en la razón instrumental que hoy nos asola.

Pero más allá de las precisiones etimológicas e históricas creemos  entendernos cuando hablamos de trabajo psíquico: suponemos una labor que incluye como componente la complejidad, la transformación de materias tan evanescentes como la representación, el afecto o el significante, y la consiguiente inhibición de cantidades de una hipotética energía que demanda su ejercicio. Todo trabajo implica luchar tanto contra una resistencia de las cosas, como contra una resistencia en nosotros mismos dice Dejours –punto en el que acuerdo-, y así, convoca múltiples y diversos procesos de inhibición y creación de acciones que culminan en eso que Freud llamó acción específica.

 Todos los que nos han relatado los sucesivos jueves su experiencia de trabajo en el territorio del arte que prefiramos nos han remarcado cómo el trabajo artístico se encuentra enmarcado por un conjunto de prescripciones que le dan sentido. Que no se trata del ejercicio abstracto y libre de una pulsión, una imaginación o una inspiración surgida del volcán pulsional del genio libre tan caro al sentimiento romántico. Hasta la libertad de la improvisación jazzística (esa donde él encuentra en la música el mayor compromiso subjetivo del intérprete) se haya encorsetada por la rigurosidad de un método, nos enfatizó Iaes. Las fuerzas deben regularse, funcionar de manera inhibida, soportando su propia tensión. Cuando Tomsig nos contaba que dejaba un tiempo sus esculturas antes de retomarlas, cuando Gloria nos contaba su experiencia frente a la tela, cuando los que escribimos dejamos descansar nuestros escritos para volver a ellos o borramos una y otra vez, cuando el músico debe sacrificar la idealizada velocidad de los dedos a la secuencia de un metrónomo más pausado, nos encontramos con la gran paradoja que encierra el planteo freudiano del concepto de pulsión: su tendencia es a la descarga pero exige que el aparato deba crear un sistema de inhibición que permita su realización. Desde el Proyecto el yo cumple esa función de sistema inhibidor. Esta idea se potencia cuando en El Yo y el Ello, Freud pone a la sublimación del lado del yo. (Perspectiva que incluso tiene antecedentes cuando en Destinos la ubica como una variedad de defensa contra la pulsión. 122)

En ese sentido, si trabajo psíquico no es más que la forma epocal de referirse a una serie de transformaciones mentales en permanente desequilibrio, sin embargo, da cuenta de una producción de sujeto que responde a la más importante tradición freudiana: la de pensar un humano que se construye, no uno que nace de un soplo divino o natural. Por el contrario, cierta tradición que tiene, por ejemplo, en algunas formulaciones del Leonardo, su texto central sobre el tema, no así los desarrollos que allí hace que abren otras puertas, mantiene a mi entender la marca de un modo de pensar esa energía enigmática como un producto biológico aún sin desentrañar. “Las pulsiones y sus trasmudaciones son el término último de lo que el psicoanálisis puede discernir. De ahí en adelante, deja el sitio a la investigación biológica. Nos vemos precisados a reconducir tanto la inclinación a reprimir como la aptitud para sublimar a las bases orgánicas del carácter que son precisamente aquellas sobre las cuales se levanta el edificio anímico”, nos dice en la página 126 de ese texto. Por eso será muchas veces atribuida a su propia “mitomorfología” la posibilidad de que el destino sea el de la represión neurótica, la inhibición o la sublimación. En esos casos, la perspectiva del Freud más biológico hace del resultado un efecto de una causa  endógena de matriz biológica.

No creo que sea fértil, ni coincidente con las diversas peripecias teóricas de Freud, pensar la fuerza pulsional como motor creativo, sin articularlo con la forma que en el aparato la pulsión se tramita y en este sentido la instituye como pulsión; en términos de Laplanche, se liga, que en su tradición significa decir se simboliza.

¿Ahora bien, hay ligazón, hay sublimación, hay creación de sí mismo en quien consagra su vida en construir un arma que destruya a los otros? De seguro hay creación porque eso mortífero no existía antes de que haya puesto su ingenio en producirlo. Los hombres creamos infinidad de cosas atroces en nombre del amor. Lo que se ha dado en llamar razón instrumental, razón técnica del trabajo, está en las entrañas de los hornos crematorios. Podríamos decir que la pulsión agresiva está a flor de piel en las máquinas asesinas, sin embargo quienes las han creado invocan ligazones superiores, en general de tufo trascendental y civilizatorio (se busca la creación de una sociedad superior) cuando no autoconservativas (tenemos que protegernos de la agresión ajena, y desde la Biblia, matar en defensa propia atenúa el peso del mandamiento mosaico). ¿Diríamos que un análisis es exitoso si un paciente tramita sus pulsiones agresivas inscribiéndose –invocando las mejores causas- en una empresa de mercenarios de las que matan y torturan por el mundo?

Allí es donde reclamo un lugar diferencial para el concepto de sublimación en psicoanálisis: si las creaciones pueden de ser de la más diversa índole (la creación es una propiedad de la vida, y la vida crea también mucha miseria) la sublimación implicaría la necesidad de tramitación de la propia crueldad de un modo que involucre el reconocimiento vivo del otro, y del campo que incluye la responsabilidad sobre nuestros propios actos. No hablo de una ética del bien, sino de una ética de la conciencia de cuan crueles podemos llegar a ser. La conciencia pondrá nuestra responsabilidad ética del lado del juicio. No hablo de una predeterminación ética, sino de una conciencia de sus consecuencias para el otro y sus consecuencias en uno mismo. Por supuesto, como en cualquier destino psíquico del sujeto humano, nunca habrá allí un campo puro, limpio de desmentidas, creencias y racionalizaciones. En este punto, el análisis mismo es una práctica sublimatoria privilegiada que abre el debate al tema de la ética.

Volviendo a mi experiencia frente a la pantalla, no se necesita ser un psicoanalista muy avezado para deducir que alguna dimensión de mi propia crueldad se tramita en un personaje con un arma en la mano, dispuesto a matar o a morir, y en el cuerpo sudoroso, inquieto y angustiado que siente el disparo en su propia carne. En este punto, mi exhibicionismo sólo me permite llegar hasta allí. Pero me parece que vale la pena destacar la dimensión de esfuerzo coexistiendo con la inhibición que se sintetiza en el trabajo de escribir.

En este punto vale la pena resaltar un detalle que en mi relato indiqué sin darle especial trascendencia: todos esos sentimientos y reacciones físicas básicamente me pasaban frente a la pantalla. Aunque inhibido (pero en el sentido de paralizado) seguía teniendo los dedos frente a las teclas, escribía algunas palabras y las borraba, transitaba entre la escritura y el delet. Caminaba, buscaba cosas aleatorias por la biblioteca y volvía frente al teclado. Como esto no fue cosa de un día, hasta cuando dormía soñaba con el tema - al menos tenía esa sensación, porque creo recordar que nunca pude en esos días acordarme de ningún sueño -. Pero siempre volvía, terca e “inútilmente”, a la computadora. Si la inspiración me llega que me encuentre trabajando, me recordaba Giardinelli. Y volver sobre la cuestión es volver sobre lo más vulgar, prosaico y profundo que el trabajo implica, no sobre la dimensión idealizada del arte, no de una poiésis identificada con la poesía. No sobre lo sublime de una creación socialmente enaltecida sino sobre su modo mundano, hallable en cualquier oficio donde la llamada creación conlleve un placer que trasciende el narcisismo vanidoso del éxito, para devenir construcción de sujeto. 

Allí, en ese trabajo en la sublimación, encuentro el tronco freudiano de lo que Marx llamó autorealización humana en el trabajo. Sublimación en el trabajo y por vías del trabajo que, hoy por hoy, resulta un desafío las más de las veces imposible de cumplir, al menos, de seguro, no en forma plena.. En esa contradicción anclan las patologías del trabajo que, entiendo, abordaremos la próxima vez.

 

 

 

 

 



[1] C. Marx, El Capital, pag 65, nota 16.