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Cuerpo en el psicoanálisis. Biología, representación o misterio


Publicada el 12/03/2009 por Oscar Sotolano





Comenzaré este texto por una afirmación formulada de modo interrogativo que orientará todo el recorrido: ¿De qué hablamos permanentemente los psicoanalistas si no es del cuerpo? Del cuerpo insensible de una histeria, del cuerpo atravesado por el desfallecimiento de una anorexia, del cuerpo sudoroso de un ataque de angustia, del cuerpo escotomizado de un obsesivo, del cuerpo marcado por la psoriasis de un psicosomático; pero, especialmente, del cuerpo que se dibuja en un sueño, del que se aferra a nuestra palabra como a una piel que pueda recubrir el desamparo, del que pide palabras que lo hagan ser algo más que una masa inarticulada de músculos y sangre, del que demanda una imagen de sí que lo transforme verdaderamente en cuerpo. Es en este sentido que la afirmación interrogativa anterior me parece un buen punto de partida. Ahora bien, ¿de qué cuerpo hablamos cuando hablamos de cuerpo?. Esa es la segunda pregunta sobre la que pretendo ir orientando este desarrollo. Desde los albores de su reflexión Freud unió la construcción del psicoanálisis al cuerpo de la histeria: "Yo afirmo- dejó dicho en su trabajo acerca de las parálisis motrices y las parálisis histéricas escrito entre los años 88 y 93- que la lesión de las parálisis histéricas debe ser por completo independiente de la anatomía del sistema nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis y otras manifestaciones como si la anatomía no existiera, o como si no tuviera noticia alguna de ella. La histeria es ignorante de la distribución de los nervios, y por ello no simula las parálisis periferoespinales o de proyección; no tiene noticia del quiasma de los nervios ópticos, y en consecuencia no produce la hemianopsia. Toma 1os órganos en el sentido vulgar, popular, del nombre que llevan: la pierna es la pierna, hasta la inserción de la cadera; el brazo es la extremidad superior tal como se dibuja bajo los vestidos" Y esta cita me parece un buen punto de comienzo porque incluye una reflexión que, aún cuando implica a la histeria, la trasciende: Hay un cuerpo que no es el cuerpo del fisiólogo ni del anatomopatólogo. Es el cuerpo de las nociones populares. Podríamos decir que más que el cuerpo de la ciencia es el cuerpo de la poesía. (Sin que ello implique que 1os psicoanalistas reneguemos de la cientificidad para ubicarnos como poetas). Ahora bien, Freud se refiere al cuerpo de la histeria, se podrá argumentar con razón tratando de restringir el alcance de la afirmación. Y, efectivamente, es así. Pero aunque se refiere al cuerpo que funciona como símbolo, de hecho, el estatuto que le da al cuerpo es más amplio, y permite pensar también a ese otro que no simboliza nada, como es el caso del de la enfermedades psicosomáticas; aquellas donde no hay un cuerpo que porte el nombre de las imaginerías y creencias populares sino otro. Otro más real. Y por otro más real no quiero decir más "verdadero", más afín al saber de la ciencia, sino, en un sentido preciso, todo lo contrario: Este cuerpo puede no simbolizar nada pero no por ello puede estar afuera del simbolismo. Considero importante detenerse aquí. Para el sujeto humano, todos lo sabernos, no hay nunca relación con un objeto que no esté mediatizada, definida, trastornada por el sujeto mismo. No hay nunca percepción real de la cosa que no implique la actividad constituyente de la percepción misma, percepción que es a su vez un fenómeno de cultura. Esto es lo que hace válido que cuando un paciente nos pregunte con "criterio de realidad" si hemos visto tal o cual película, sea legítimo decirle: "hableme de su película" Para el sujeto, no hay película que no sea su película, ni cuerpo propio, por el contrario, que sea su cuerpo propio. Retomaré luego esta paradoja. Pero, ¿entonces estaríamos suponiendo la ausencia de la materia, en tanto el hombre no accede nunca a ella. -Solo por los ojos del alma que son los de Dios, como podría decir un Berkeley?- En lo que a mí respecta, estoy lejos de esta visión idealista. El cuerpo es inaprensible de manera directa pero no es inmaterial, y las abstracciones científicas son una de las formas más sistematizadas de acceder a su materialidad. En este sentido, el cuerpo real es inaprensible, puramente enigmático; accedemos a él a través de procesos donde (utilizando la en este punto fecunda conceptualización de Lacan) lo imaginario es orientado por lo simbólico, pero cuando lo hacemos ya no es un cuerpo real sino impregnado de simbolismo. Y éste no es un tema de trascendencia únicamente filosófica sino clínica: ¿cuántas veces, haciendo un uso parcial de la noción de apuntalamiento, se entiende que primero está el cuerpo y luego la psique como su representación?, olvidando, como lo ha señalado Laplanche, que no se trata sólo del apuntalamiento de lo sexual sobre lo autoconservativo sin fundamentalmente, de lo autoconservativo sobre lo sexual; como lo muestran el sinnúmero de afecciones psíquicas que implican inhibiciones o alteraciones de la función. Es que el cuerpo, al igual que la realidad material circundante, plantea problemas vitales a una teoría que pretenda dar cuenta de la estructuración del aparato psíquico. Recordemos sino el modo en que Freud en el Proyecto plantea el signo de realidad como independiente del carácter verdadero o falso del objeto; lo que permite explicar el realismo de la alucinación psicótica, de la alucinosis histérica o de la vivencia onírica. No hay un objeto externo objetivo que se capte en su realidad a través de signos cualidad en , sino una relación ( hasta cierto punto siempre engañosa, aunque no por ello menos verdadera) con ese objeto que será siempre un constructo determinado por 1as mediatizaciones de carga generadas por la red de facilitacion en . Ahora bien, este razomiento si es válido para la realidad rnaterial también deberá serlo para el cuerpo en tanto éste también es exterior al aparato psíquico. Se nace con una potencialidad corporal. Somos individuos somatopsíquicos. Pero el cuerpo recién será propio en tanto se lo construya en el psiquismo. El cuerpo para el psicoanálísís no es un dato de realidad material a interiorizar, sino una producción del aparato psíquico en su constitución; constitución a su vez indisolublemente ligada a la sexualidad sexualizante (en este sentido siempre traumática) de los otros significativos. El cuerpo para el psicoanálisis no es el cuerpo del saber médico que por un trabajo psíquico de desarrollo del criterio de realidad habrá que captar en su verdad intrínseca (concepción que conllevaría como efecto una práctica promotora de conceptualizaciones y de intelectualizaciones, y, en particular con adolescentes, tendiente a atiborrarlos de información acerca de su sexualidad conflictiva) . Por el contrario, se tratará de un cuerpo que en tanto real, es permanente enigma; en tanto disarmonía primordial, es constante fuente; en tanto referente de su propio enigma es siempre objeto; en tanto magnitud energética es siempre impulso y en tanto sistema homeostático es siempre fin. Y no es por casualidad que el lector encuentre allí entrelazados los cuatro elementos clásicos de la pulsión, ya que los psicoanalistas, no sólo en la clínica cotidiana nos encontramos siempre con el cuerpo, sino que muchos de los conceptos centrales de la teoría (pulsión, sexualidad infantil, zonas erógenas, placer-displacer, yo, ello) tienen en el cuerpo su referente inequívoco,además de explícito. Todo este desarrollo sería innecesario y hasta obvio si no fuera que el matiz "positivista" que trato de deslindar siempre se filtra en los intentos de encontrar base material al psiquismo, base corpórea de cuño biologista; anhelo al que Freud nunca fue ajeno, y que produce el uso anal6gico de hipótesis de un campo del saber en otro. Así, por ejemplo, el concepto de Yo-piel de Anzieu, pretenderá trascender su rico impacto poético y expresivo para intentar comparar el cuerpo biológico con el modelo de aparato imaginado por Freud en El Yo y el Ello; o podrá ocurrir que el hígado se convierta en un órgano secretor de humores envidiosos como lo imaginó Chiozza. El psicoanálisis lidia permanentemente con la extraterritorialidad de las nociones o cuestiones en las que apoya su conceptualización; generalmente usa, con las pregnancias de su lugar de origen, términos o conceptos ajenos que dificultan la construcción de un campo conceptual propio o provocan que el que se construya se llene de analogías. Es por todo ello que esa idea que hasta aquí quise enfatizar: el cuerpo deber ser construido en el aparato psíquico, implique también que deba ser construido en la teoría. El cuerpo, insisto, no es un a priori a interiorizar sino algo a construir. Ahora bien,    el desarrollo de cómo    se produce esa construcción supera con creces las posibilidades de este trabajo; no sólo por los límites de nuestros conocimientos (no digo sólo 1os míos, digo, 1os nuestros: existen hipótesis más o menos sólidas, más o menos útiles, pero no nos encontramos aquí frente a un saber compartido); pero hay otro límite: la intención de este trabajo era referirme al cuerpo en la adolescencia, no me olvido de ello, pero hay puntualizaciones generales necesarias para el acceso al tema al que pretendo llegar. Tres son las ideas que planteé hasta ahora que deseo articular. Primero, que el cuerpo se construye. Segundo, aquella a la que anteriormente me referí en términos de paradoja: no hay cuerpo propio que sea el propio cuerpo. Y, por último, el cuerpo en tanto real es permanente enigma. Que el cuerpo se construye y no es un dato a priori es, tal vez, lo que nos permita entender un dato clínico de la experiencia con autistas que puebla la bibliografía. El autista recién cuando empieza a salir de su caverna autista siente dolores en el cuerpo, que entonces se le harán catastróficos; antes, es como si su propio cuerpo biológico le fuera ajeno. En cierta oportunidad, durante una entrevista con los padres de un niño de 13 años yo trataba de compartir con ellos mi impresión de que el hijo, a quien yo había visto en entrevistas previas, tenía momentos de un aislamiento más profundo que el que podría manifestarse cuando se trata de evitar conflictos; que él, por momentos, se hallaba sumergido en una especie de agujero negro inconmensurable e inasible. En ese momento, e1 padre, que hasta entonces había hablado del hijo como "nada más que un poco tímido", se le ocurrió contar la siguiente historia: Un día, mientras que estaban limpiando caballos en un campo, él nota que el hijo estaba completamente inmóvil delante de las manos de uno de estos caballos. Primero no le dio importancia: pensó que sólo lo estaba mirando y siguió con su trabajo; pero pasado un rato, miró de nuevo y, en la medida que el niño y el caballo seguían en la misma posición, se acercó a ver qué ocurría. Se encontró entonces con que el animal estaba apoyado con todo su peso sobre uno de los pies del niño que, entretanto, le hablaba. En el mismo instante en que el padre espantó al caballo descubrió que el pie del niño estaba completamente tumefacto, pero también, que él no daba muestras de dolor. En este chico, no autista pero con rasgos que le otorgan potencialidades psicóticas, la falta de libidinización corporal no le permite construir un cuerpo doliente y en este sentido, defendible. Ahora bien, esta construcción del cuerpo (no entro a discriminar aquí las nociones de imagen consciente e inconsciente del cuerpo y esquema corporal) se entiende, en una visión muy general, desde dos vertientes teóricas con gamas y matices. Hago una esquematización quizás excesiva, a los fines de la exposición. Una, piensa que los órganos de los sentidos van brindando progresivas informaciones a partir de las múltiples experiencias, post y prenatales, con mayor o menor incidencia de la madre, que van funcionando como engramas inconscientes o preconsciente-conscientes que generan una progresiva articulación corporal y la construcción de lo que se da en llamar el yo corporal. (Donde la idea freudiana de que el yo es corporal en tanto proyección de su superficie, queda transformado en un concepto: yo corporal, que necesariamente tendrá entonces que diferenciarse y oponerse a otro llamado psíquico. De esta manera, la hipótesis freudiana de la constitución del yo como proyección de la superficie corporal queda diluida en una teoría de la construcción de un aspecto del yo, donde éste pasa –como inevitable corolario- a tener aspectos corporales, y no a constituirse a través del mismo cuerpo). Se podrá, entonces, discutir si lo escópico es previo a lo auditivo, si lo auditivo a lo táctil, pero será por la incorporación (a veces hasta se lo llega a llamar simbolización) de esas experiencias sensibles que el yo irá asimilando, que el cuerpo se construirá. Otra, se planteará el cuerpo, siguiendo las vicisitudes de la construcción del yo, como constituido por distintas identificaciones, en relación al cuerpo del otro materno, que como cuerpo materno ya será un cuerpo forjado por las vicisitudes edípicas de la madre. En este sentido, será un cuerpo erógeno el que constituirá un cuerpo erógeno. En su condición de ajeno estará sustentado su carácter de propio. No será un cuerpo copia en un niño tabla rasa, sin un cuerpo que articulará en una imagen anticipada de sí su inermidad original, inermidad que está lejos de ser una tabla rasa, y que además, también requerirá del otro materno para articularse en tanto tal: la inermidad no es una pura insuficiencia biológica. Lo que trato de trasmitir se inscribe en esta segunda orientación, la primera remite a la linea "empirista-biológica" que desde el comienzo intento deslindar. Ahora bien, ¿querrá esto decir que la calidad de las experiencias corporales, sea visuales, tactiles, olfativas, auditivas, no tendrán valor en la estructuración psíquica, y del cuerpo en el psiquismo? Sería una necedad pretender tal cosa. Pero estas experiencias sensibles, que se organizan en un universo de inscripciones sobre el que pivotean las identificaciones, son para el individuo, ya desde ese momento, una experiencia de cultura que hará que tomen su valor sensible por el universo de significación (lo que implica también el de no-significaci6n) en que se inserten. El cuerpo biológico manda señales, pero en verdad estas señales son un puro enigma sin la articulación del yo; más enfáticamente: ya necesitan del Yo para ser enigma. Enigma en tanto incomprensible e indescifrable, pero también capaz de estimular el proceso de desciframiento. En este punto, fuente pulsional, objeto y fin se fusionan en un mismo movimiento: Lo indescifrado se reencuentra en aquello a descifrar en el acto de desciframiento. No puedo dejar aquí de recordar las nociones de trauma y significante enigmático de J.Laplanche y de violencia primaria de P. Aulagnier. Ahora bien, este largo derrotero en el que tan sólo intenté darle un contexto metodológico al sinnúmero de complejidades y preguntas sin respuesta que el tema me suscita, se me hizo imprescindible para intentar dar razón de ser a estos enunciados en la llamada conflictiva adolescente. Recordando que la adolescencia no es un cuadro clínico sino un momento de la vida -con una importancia especial en la sociedad industrial y postindustrial- que puede poner en juego conflictos inconscientes tan variados como los que se pueden desplegar en cualquier otro recorte del desarrollo vital. Es un hecho compartido que la imagen consciente del cuerpo es un tema común del análisis con adolescentes. Que la identidad tanto en 1o referido a lo corporal como a los ideales (cuya referencia fálica 1os hace también pregnados de cuerpo) nunca falta en la preocupación de un adolescente, pero en la medida en que estas preocupaciones nunca faltan en el discurso de cualquier sujeto en análisis, se hace para mí difícil encontrar una especificidad esencial en el análisis con ellos. Es claro, y al respecto los trabajos demasiado olvidados hoy de A. Aberastury han hecho en su momento interesantes puntualizaciones: que el adolescente sufre un violento cambio en su cuerpo biológico y psicológico; cambio con repercusiones definitorias en los padres. La psicología evolutiva hace exhaustivas descripciones de su peculiaridad: lo endocrino se hace presente con vigor; la periferia corporal se altera; del interior del cuerpo brotan sustancias más o menos dislocadoras de la imagen del cuerpo; algunas partes crecen corno a destiempo y en desfasaje con otras, provocando imágenes que van de lo grotesco a lo enternecedor. Toda una crisis se produce. El cuerpo deviene trauma. Y escribo trauma no sólo en el sentido de generador de trastornos, sino también en el de generador de potencialidades. lJn cuerpo enigma pide ser descifrado. El cuerpo real no será entonces el de las alteraciones endócrinas sino ese misterioso que se encuentra oculto en aque1 que desde la fisiología se llama de la alteración endócrina. Lo importante no es tanto la alteración sino el misterio de la alteración. El cuerpo real no será el de la endocrinología sino el del misterio. Misterio no a descifrar en su verdad, sino a construir y cercar en su carácter de historia. A mi entender esta característica de enigma, de misterio del cuerpo real es tomado de manera concreta, reificada, en algunas posiciones clínicas que más de una vez todos hemos tenido que afrontar en relación a las frecuentes preguntas directas e indirectas que los adolescentes nos hacen acerca de ese cuerpo conflictivo: El analista, ubicado en esas circunstancias desde lugares tranferenciales variadísimos que pueden ir desde el de hermano mayor al de padre compinche, queda a un tris de pasar del psicoanálisis a la sexología. Así es que hay quienes argumentan que la información es necesaria para enriquecer a un yo y estructurar su imagen. Esa posición supone que un enigma es algo que necesita ser cerrado con respuestas "verdaderas" y no un motor permanente que reclama sólo aproximaciones posibles. Al menos en mi experiencia, es indudable que a veces alguna información parece necesaria. No estoy tratando de postular principios desde afuera de las dificultades de la práctica, sobre todo en el análisis con niños o adolescentes donde la regla de abstinencia es tan permanentemente jaqueada. Pero considero imprescidible no olvidar su valor articulador y constituyente de la experiencia analítica misma. Me parece que siempre ocurre que los analistas en las sesiones no somos siempre analistas. El problema no es ése (en todo caso ése será inherente a la sesión, al proceso, o a nuestros propios puntos ciegos, y deberá ser pensado en ese contexto) . El problema rriayor es cuando de estas posiciones no analíticas que pueden producirse en el interior de un sesión, se hacen teorías pseudoanalíticas, donde el obstáculo y hasta la trasgresión se tornan ley. Decía, en mi experiencia al menos, a veces alguna información o toma de posición es necesaria, pero no para enriquecer el saber consciente del joven o la joven acerca de su cuerpo real en el sentido de verdadero (insisto, el cuerpo real se cerca pero no se lo aprehende desde un punto de vista cognitivo) , sino, por ejemplo, para dar consistencia a alguna interpretación. A un adolescente que me reclamaba información acerca de cual era el mejor método anticonceptivo que podían usar ya sea él o su novia, tras trabajar un tiempo sus fantasías acerca de que significaba e1 mejor, un día le dije algo parecido a esto: "Mirá, vos me preguntas algo que vos ya sabés. Pero como tu idea de que yo, como todos los adultos, siempre nos escondemos en artilugios para no decir la verdad, te impediría escucharme, te voy a dar mi opinión, que por otro lado es de la que vos hablaste todo este tiempo: Me dijiste que 'tu novia no usaría nada, que vos no querés quedarte caliente terminando afuera, que el forro ... mucho no te gusta ... pero no hay otra'... Así que, no hay otra, ¿no?". Se ríe y me dice: "Pasaste la prueba", y bajando el tono de voz y muy apesadumbrado agrega: "Lo escucho de vos y me parece clarísimo, pero ¿por qué no me doy cuenta yo solo si yo mismo lo dije?". Pregunta crucial que relanza el análisis en otra dirección. Y aquí se entronca el otro tema que quisiera articular: el cuerpo propio no es nunca el propio cuerpo. Para este joven, su cuerpo cenestésico, ése que fue explorando en activas ensoñaciones masturbatorias, no le daba información fehaciente sin que otro la certificara; no desde una función superyoica autorizante sino en un sentido yoico de retorno de una imagen, en este caso acústica, la de mi voz diciendo lo que él ya había dicho. En este sentido, en el momento en que mi voz se instala en su yo, éste se enigmatiza. Recién entonces se pregunta algo que hasta entonces había permanecido inabordado. No se trata de un aprender de la experiencia, explora tu propias sensaciones, hazlo tu mismo, tan cara a la ideología del modelo narcisista de la libre empresa contemporánea, sino de trabajar ese papel que el otro ( en mayúscula y minúscula), tuvo desde los albores de una vida en la estructuración de los fantasmas corporales. El cuerpo adolescente es, como todo cuerpo-, deudor y acreedor de otros cuerpos. Su peculiaridad consiste en que en tanto se despliega en un momento evolutivo que supone la posibilidad efectiva de consumación de los fantasmas edípicos infantiles, otorga retroactivamente sentidos a esos fantasmas. Sentidos que no serán nuevos en tanto serán repetición del drama dípico infantil, pero que sí lo serán en tanto implican esa posibilidad efectora. Pero además, esa característica de todos los seres humanos de constituirse con el otro y en el otro, donde la identificación se pone de manifiesto cotidianamente, en los adolescentes explica esas vicisitudes miméticas que los hacen parecer tanto a la descripción que se hace de los borderlines, y, además, nos enfrenta con una difícil responsabilidad: la de respetar al máximo nuestro trabajo de sostener la investigacion de la historia inconsciente de cada constitución singular. Nuestros saberes pueden ser la trampa de una propuesta, en definitiva no analítica, sugerente de modelos de vida que serán siempre maneras de modular placer y displacer, es decir de inscribir el cuerpo. Pero hay otro ángulo donde el papel del otro se hace sentir, ya no desde la identificación o la seducción (en el sentido que le ha dado Laplache en sus Nuevos fundamentos), o por lo menos no sólo desde ellos. Me refiero a lo que muy en general llamaría posición fóbica. El joven no se anima a hablar, le cuesta llamar a su cuerpo con los nombres que evocan sus fantasmas. Esboza, sugiere, da por sobreentendido, muchas son las veces en las que espera que nosotros tomemos la iniciativa. Quiere saber si somos capaces de hablar de lo que ellos querrían. La interpretación de lo superyoico (ser condenado) o 1o narcisista (pudor, miedo a equivocarse), o, incluso, hacerlo explícito en su expresión transferencial, no resulta suficiente. Se agregará entonces allí otra función del analista en tanto aquél que es capaz de llamar a las cosas por su nombre. Función que agrega a la interpretativa, de permitir la producción de sentidos, la de trasmitir una actitud en relación a la verdad del sujeto. Actitud ética, como podemos llamarla con el pudor que una época que la invoca tanto en vano nos genera. Etica en relación con la verdad que reconoce la verdad de la mentira que, por un lado, en tanto la pensamos como vigente e implícita desde la enunciación misma de la regla fundamental, no quedará asociada a ese concepto filosófico, sino al nudo mismo de la experiencia analítica. Llamar a las cosas por su nombre (por más contingente que éste pueda ser) tiene, así, una función de enorme valor en el proceso de la cura. Para mencionar un aspecto particular y retornando la idea freudiana del comienzo, en el inconsciente no "éstá" el cuerpo de la ciencia sino el de las nociones populares. Allí no "hay" órganos genitales. "Habrá" porongas, pititos, pijas, cositas de hacer pipí o, a veces, hasta penes; difícilmente "haya" vaginas, sino colitas, conchas, cachuchas, agüjeritos para el pis o bocas de abajo. Los pacientes esperan que seamos capaces de llamarlas así, y no con alambicamientos científicos comprensibles para el prec. pero anodinos para el inc. Hay posiciones fóbicas que se sostienen en la fobia del otro,y el otro puede ser el analista. No pierdo de vista que, en algunas oportunidades, alrededor de un diálogo que abusa de una terminología procaz o campechana o que juega con los dobles sentidos, se pueden organizar (en nombre de un intercambio más fluído) núcleos resistenciales de alto contenido seductor. Pero ése es otro tema. En épocas donde la verdad es tantas veces la mentira. En un tiempo, el nuestro, en el que los adolescentes de hoy y los de ayer nos encontramos, cuidar ésta ética, que coloca hoy más que nunca al psicoanálisis del lado de las prácticas si no imposibles al menos al límite de lo posible(aunque no por ello menos necesarias), no es poca cosa. Sobre todo cuando un cierto realismo intelectualizado como criterio de realidad ha definido, siempre con benevolencia paternal, las pasiones de una época de la vida como patología normal que el tiempo se encargará de curar. Por último, que una exposicion acerca del cuerpo en la adolescencia termine con una reflexión sobre los ideales, no es un hecho ajeno a las determinaciones del tema. Como decía una paciente: "En los ideales se juega el pellejo"... y una sociedad como la actual, en la que los cirujanos plásticos son los dueños de la eternidad, sólo estimula cuidarlo.