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El psicoanalisis y la realidad. La realidad y el psicoanalisi.


Publicada el por Juan Carlos Perone





ELPSICOANALISIS Y LA REALIDAD. LA REALIDAD DEL PSICOANÁLISIS. [COPSI; Año 2002]

 

 

                                                        Autores: Rodolfo Espinosa y Juan Carlos Perone

 

 

Un pequeño recorte clínico

Un paciente en un tratamiento de sólo una vez por semana comenta:

“Esta fue una semana con muchísimas cosas. El lunes fui a mi dentista. Mi dentista es la hermana de un amigo mío de la infancia. Le pregunté por mi amigo y me dijo que hace más de un año que no se ven. Mi amigo se casó con una mujer muy difícil y a nosotros también nos cuesta encontrarnos. Encima con lo que le cuesta a mi mujer invitar gente a casa. Así que le dije a Clara, la hermana de mi amigo, que iba a ver que podía hacer y el martes me encontré con Damián y fuimos a comer. La pasamos bárbaro, pero me dijo «vos no sabés Carlos las cosas que le hizo mi hermana a mi mujer». Yo insistí preguntándole si no consideraba que le convenía hacer una consulta, que cuando se rompe una relación familiar hay muchas cosas en juego, le dije, yo estoy en tratamiento y estoy muy contento. El me respondió que no le veía ningún sentido a reconciliarse con la hermana me dijo, «mirá Carlos, mejor no te metas» y me tuve que retirar de la mesa de las negociaciones con las manos vacías”.

“Cuando estábamos en el restaurante a tres mesas estaba el jefe de mi mujer. Fui, los saludé y después el pasó un momento para el baño y me dijo, «así que tu mujer quiere ser jefa» y me hizo un gesto como de un cuchillo contra el cuello. Yo le dije de todo. Le dije que mi mujer, como cualquier persona capaz, buscaba progresar, que tenía muchísimas condiciones para hacerlo y por encima de todo, una que la gente valoraba mucho, la honestidad. Así que él, después de las cosas que hizo, no podía opinar siquiera sobre alguien con la honestidad de mi mujer. Yo sentí que puse las cosas donde tenían que estar, que el supiera, como en una cosa entre hombres, que detrás de mi mujer estaba yo para defenderla”.

“El otro día mi hijo me llamó avisando que volvía con los amigos de afuera, que iban a llegar a la estación de tren y que si  podía  que lo fuera a buscar. No era del todo necesario pero yo podía, así que fui. Mi padre estaba en mi casa y me dijo que quería acompañarme. Íbamos yendo y en enseguida empezó, «mejor toma por allá, por este camino, sino vamos a llegar en veinte horas». Inmediatamente le dije, mira papá, vení, está fenómeno, me encanta que me acompañes pero el camino lo elijo yo, si vos querés ir por otro camino vas a tu casa, buscas tu auto y vas como vos querés. Pero el no entiende, al rato ya me estaba diciendo, «pero este chico que cabeza, en vez de movilizarse él, lo mas fácil, lo primero que se le ocurre es que lo vayas a buscar vos». Mirá papá, le tuve que volver a decir, yo decido ir a buscar a mi hijo, ni se te ocurra decirle algo cuando lo veamos, para mi es un placer, a parte, por qué rezongas tanto si vos hacías lo mismo. Se calló, nosotros trajimos a Fede y a un grupo de amigos que venía con él. Les compró pochoclo a todos y venía chocho”.

“Yo el otro día le hablé de la lista del hospital, leyó el volante. Bueno resulta que el otro día Luis mi amigo me dice, «sabés lo que anda diciendo Gomez, que fulano es esto, que sutano es lo otro y que vos no tenés ni idea». Fui y lo encaré. Le dije que sabía que andaba diciendo cosas de la gente de la lista. Me dijo que no, que quién me había dicho esa mentira. Yo le dije que no importaba pero que yo no dudaba de lo que me habían dicho. Y en cambio de él si dudaba, que era un facho, que siempre había apoyado en el hospital todos los movimientos autoritarios. El tipo no me dijo ni mu”.

“Tuve otra alegría,  las asistentes sociales me pidieron que les hiciera una poesía, me dijeron «ya que escribís tan bien, no nos podrías hacer una poesía para la revista». Se la puedo leer”. Saca un papel y lee una poesía de tipo popular.

Carlos consulta en el marco de un cuadro depresivo leve que entiende guarda relación con sus dificultades laborales. Es médico y considera que ha hecho hasta el momento un recorrido laboral que lo deja medianamente satisfecho, aunque aclara que su inseguridad le impidió, por ejemplo, presentarse en los comienzos de su carrera al examen de la residencia. Supone que esto está íntimamente relacionado con el vínculo que tiene con su padre. Siente que él siempre lo inhibió mientras exaltaba las capacidades de su hermana.

    Ha sido una semana con muchas cosas, tiene muchas cosas para traerle al analista. Ha salido de la angustia por las falta de trabajo, que lo hizo llorar en una sesión hace no mucho tiempo, y disfruta de cierta expansión maníaca apoyado en el lado de los ideales familiares desde donde funciona mejor: la solidaridad. Una solidaridad un tanto maníaca (viene a salvarlo de la depresión ante el otro lado de los ideales de la familia, el éxito,  que él envidia de  la hermana. Una solidaridad que por maníaca se hace exagerada, el amigo le dice no te metas. 

    No cabe duda que en este momento el analista es un “padre bueno” y él  disfruta de mostrarle sus producciones. Esto no está del todo alejado de su conciencia y seguramente no discutiría mucho una interpretación que se lo señalara. Sin embargo el terapeuta prefiere, viéndolo sólo una vez por semana, no decírselo en esta sesión, ante el riesgo  que el paciente escuche que es un chico que necesita mostrarle sus poesías a papá.

    ¿Qué pasaría con un mayor número de sesiones? Seguramente el trabajo con la transferencia se podría efectivizar con más tranquilidad, una interpretación en este sentido no correría el riesgo de hacerse disruptiva. Esto aparece a primera vista como  una gran ventaja. Preferimos siempre la verbalización y suponemos con fundamento que el acceso a la palabra posibilita la elaboración, por lo que reduce las posibilidades de repetición. En tiempos en los que los cambios obligan una y otra vez a replantear la pertinencia de determinados recursos, a preguntarse por lo esencial y lo accesorio, tenemos que volver necesariamente a repensar los fundamentos, pero no para intentar imponer los canones de otras épocas, ya no sería posible por otro lado, sino para reflexionar sobre la práctica del presente. Alguna vez el funcionamiento maníaco fue pensado como enemigo de la elaboración, la repetición en la transferencia, se decía, no alcanzaba  para garantizar la elaboración. Desde Freud se planteó la necesidad del análisis de la transferencia, hasta llegar a decir que lo fundamental del análisis pasaba por el análisis transferencial.

En la reciente presentación de un material clínico por parte de D. Waisbrot, que promovió una interesante discusión, la cuestión que quedó abierta fue si cuando  atendiendo a la “realidad” del paciente le pide que le haga los muebles, no le está pidiendo lo que el paciente le hubiera demandado que le pidiera. Daniel decide ir mas allá de los mayores o sea mas allá de las costumbres, lo hace, y pone en discusión esa situación.  Para su sorpresa y su convicción el tratamiento sigue valiendo la pena, ilumina una zona que solo así se hizo visible.

Pero “heces pene niño dinero regalo”. Aparece en primer plano la dificultad del paciente para cobrar su trabajo. Es Daniel el que tiene que revalorizar lo que él deprecia. Hay un dicho: “hacerse el muerto para que lo lloren”. ¿Y si el paciente se está haciendo inconcientemente el muerto, si eso que se iluminó está también marcado por un deseo en transferencia? El, que no tenía reconocimiento en su familia, en la que de su actividad se hablaba como de  changas, tuvo en la relación con Daniel la posibilidad de que una figura masculina privilegiada lo rescatara. Mejor  dicho, no es problema si se lo rescata y eso cierra el círculo, corrige la experiencia. Lo ocurrido adquiere otro carácter si lo pensamos como un eslabón en la cadena de la repetición. Daniel nos contó que en un reciente e-mail el paciente relata que ha perdido su trabajo por un conflicto con su jefa . Se sugirió que esto nada había tenido que ver con lo visto durante el tratamiento. ¿Y si hubiera sido una repetición más? Si en el rescate narcisista operado en el tratamiento este hecho haya estado jugando en relación a una mujer que como ahora la jefa de Canarias no lo hubiera reconocido.

De la misma manera, en el primer paciente mencionado, si a través del silencio sobre la transferencia recorriera un camino que completara su necesidad de apoyo paterno, no habría mayor problema en decir que la experiencia fue satisfactoria. Pero ¿si viéramos después que no hace mas que seguir buscando quienes lo apoyen y encuentra a la vez cada tanto quien lo tiranice?

    Si revisamos los conceptos que sustentan nuestra labor, tal como el par repetición/elaboración, vemos que en los dos casos que transitamos se hace posible suponer que ambos pacientes, a raíz de cuestiones justificadas por distintos argumentos de la práctica de hoy en día, se encuentran en un intercambio de “regalos” con su terapeuta.

 ¿Desde una posición en la que prioricemos el análisis de la transferencia estaríamos evitando lo fundamental, desde otra se abriría la pregunta si estos movimientos de los pacientes están operando como resistencia o no?

    El fundador del psicoanálisis tuvo en cuenta estas mismas cuestiones en su repaso sobre los alcances de su práctica. En “Análisis terminable o interminable”, retoma el cuestionamiento que recibe del propio Ferenczi sobre el análisis de la transferencia, argumentando que no había encontrado evidencias de este material en el curso del tratamiento. Sabemos también por la historia del “Hombre de lo lobos” que Freud lo ayudó económicamente a través de las colectas que realizaba. Lo hacía después de haber analizado de manera genial el valor del dinero y en gran medida  a raíz de este mismo paciente. Tal vez después se pensó con exagerado optimismo que eran fallas de los primeros momentos del análisis. Pero ¿no son acaso preguntas abiertas en cada tratamiento?

 

 

El interés por lo social hoy en nuestro campo de trabajo reconoce distintos determinantes y admite distintos abordajes

Con la realidad, de la que se habla y se padece, y que es básicamente la realidad histórico-social, en la que también estamos inmersos, lo que se puede hacer es tratar de entenderla en sus tendencias fundamentales y eventualmente transformarla y/o resistirla. Y esta perspectiva excede por todos lados la clínica que ejercemos. Por un lado nos implica como ciudadanos ligados de muchas maneras con el destino de la comunidad a la que pertenecemos y en la que desenvolvemos nuestro quehacer, más específicamente como integrantes de lo que podríamos denominar el campo intelectual en el cual el psicoanálisis tiene de hecho y de derecho un lugar. Esto no impide que de hecho, por su práctica se inscriba en otros campos. Pero en esta línea más que pulir conceptos y herramientas para el trabajo en sesión estamos contribuyendo desde nuestro emplazamiento a la construcción de ese proceso colectivo de elucidación y modificación del mundo que nos toca vivir.

Empujados por estas coacciones, que están generadas por condiciones estructurales respecto a las cuales nos sentimos un tanto impotentes para transformar, al igual que una buena parte de la población, se abre una brecha para el autocuestionamiento de nuestra eficacia como agentes de una práctica en cuestión,  y que reproduce lo que viene ocurriendo con otros actores con emplazamientos distintos.

La presencia de condiciones que dificultan la perspectiva de futuro de nuestro quehacer, se suelen transformar en presuntas deficiencias del quehacer mismo. Los obstáculos que encontramos o que proyectamos hacia ese futuro incierto se trastruecan a veces en un enojo con nosotros mismos y lo que hacemos. Esto a lo que nos dedicamos no tiene la potencia ni da las garantías que secretamente le habíamos conferido.

Lo que la llamada crisis pone bajo amenaza es la posibilidad de la existencia misma de la práctica, al menos para un porcentaje que se imagina alto, de los integrantes del campo. Las extremas dificultades económicas por las que pasa la población en general se suma a los otros factores que anteriormente reseñamos. A su vez, la prolongación de la crisis en el tiempo, el que por momentos parezca como interminable, sin fondo, su potencia para arrasar casi todo lo que se sostiene como precariamente instituido, recae sobre los practicantes del psicoanálisis, haciendo temer la desaparición de su actividad como existencia social.

Si desaparecen o se transforman de modo brutal otras profesiones y oficios en esta fase de la acumulación capitalista mundial, no se puede descartar totalmente a la luz de lo que acontece – aunque más no sea como probabilidad verosímil – que pueda quedar reducida al mínimo o desaparecer la nuestra.

Esto nos angustia. El proyecto identificatorio que nos sustenta trastabilla. Una parte de nuestros investimientos objetales y narcisistas se muestran en su fragilidad y pasan a depender de fuerzas que no controlamos o sobre las que tenemos escasa incidencia, instalando la creencia penosa que mucho  de eso, que tanto costó producir y sostener, se puede perder.

Se trata de la puesta en evidencia de nuestra propia fragilidad narcisista acicateada por el fantasma de la propia desaparición de la práctica del intercambio social. Parece conveniente una puesta en trabajo de esta cuestión.

 

Lo social como presencia ineludible en el decir del paciente

Otra cosa es conducir un tratamiento de alguien traumáticamente afectado por el modo en que se especifica de modo singular la crisis en su lugar social, demandando una exigencia de trabajo psíquico que excede sus posibilidades actuales o que consume una parte enorme de su disponibilidad libidinal, empobreciendo su vida y generando diversos padecimientos concomitantes.

Es esperable que el analista no permanezca indiferente a los efectos de este acontecer, que se generen movimientos empáticos e identificatorios a partir de la escucha. Indudablemente esto se encuentra reforzado en su intensidad por el hecho que los factores que parecen jugar un papel preponderante en las vicisitudes de la vida y el malestar del paciente, en tanto atraviesan al conjunto social del cual el analista forma parte, se ciernen como amenaza sobre aspectos de la vida del propio analista.

Ahora bien, la cuestión principal tal vez sea que hace el analista con todo eso en tanto está en función de tal. Lo que es dable observar de manera recurrente en el intercambio entre colegas en distintos ámbitos es la creciente preocupación por tal deriva y cierta tendencia a la necesidad de revisar los modos de intervención para atender este carácter de la demanda creciente, que en algunos casos llega a la idea de la insuficiencia de los recursos de que se dispone  y la inquietud por generar otros nuevos que estén a la altura de lo que proponen las circunstancias que mencionamos.

Hace ya muchos años que se habla en nuestro medio de crisis del psicoanálisis. También que aquello a lo que se alude con esta palabra sería un fenómeno que excede nuestra geografía y tiene alcance mundial, si bien adquiere cierta particularidad local en función de las características específicas que adquirió su institución y desarrollo entre nosotros.

Se vincula esta crisis con distintos factores, entre los cuales se incluye algunos de índole interna como la fragmentación teórica y clínica que se produjo en las últimas décadas en relación con sus paradigmas de base y sus procesos de institucionalización.

En lo que hace a las condiciones externas de esta crisis se destacan transformaciones en las formas culturales que han redundado en los modos de transferencia social hacia nuestra disciplina, en la medida en que han trabajado también sobre la subjetividad de sus potenciales usuarios.

Todo esto anudado con modificaciones estructurales en los modos de prestación en el campo de la salud y en especial en el de la salud mental, en época de predominio del capital financiero y del llamado pensamiento único.

En este marco que se visualiza como poco favorable para una práctica como la que el psicoanálisis sostiene, adquieren especial relieve los efectos que sobre la misma amenazan como resultado de la nueva vuelta de tuerca de la crisis económica y social, que padecemos desde hace algunos años, pero que se agudiza al extremo a partir de finales del 2001 en nuestro país.

Es en este contexto que suele darse la irrupción en la clínica – vía relato de los pacientes – de lo que se da en llamar la realidad. Una realidad que en muchos casos desestabiliza los modos de vida ( incluida la subsistencia misma ), los proyectos, las redes de anclaje y apuntalamiento de las identificaciones y las vías sublimatorias de las personas en consulta.

El psicoanálisis ha ido evolucionando y complejizándose en la medida en que se decidió a abordar fenómenos que quedaban situados en sus bordes, lo cual lo obligó a revisar y transformar aspectos de su práctica para dar cabida a los mismos, – psicoanálisis de niños, psicosis, enfermedades psicosomáticas – enriqueciendo de este modo su propia perspectiva metapsicológica, y  es dable esperar que esta dinámica productiva y crítica se mantenga viva. Así como también se ha enriquecido en el intercambio y el debate con otras vertientes de la ciencia y la cultura, en el seno de la cual está situado.

    En este sentido, sin abandonar la vía de la problematización de nuestra práctica  y de nuestras teorías, a partir de las exigencias renovadas que la clínica nos propone, y que ha sido, creemos, pese a las inevitables cristalizaciones y cierres periódicos, lo más valioso del psicoanálisis, a lo largo de sus ya más de cien años de existencia, nos parece necesario dimensionar lo mas rigurosamente posible los efectos de estas transformaciones sociales en el ejercicio de la práctica y por ende en nosotros mismos como habitantes de la época que nos ha tocado vivir.

    Es en este horizonte en el que adquiere pleno sentido, creemos, lo que plantea Yago Franco en su trabajo “El psicoanálisis en el laberinto”[1], cuando reflexiona sobre el malestar en la cultura, los interrogantes que este abre en función de sus variaciones históricas, la relación con el poder y su articulación con un bienestar mínimo.

    Otra perspectiva aparece en el mismo trabajo con la idea de que el estado de la cultura en la actualidad contiene la potencialidad de producir un estado borderline artificial al atacar los fundamentos del yo, en tanto los subrogados sociales de los objetos primarios desapuntalan a la psique. En tanto el yo es una parte en el conflicto psíquico, nada que lo desestabilice de ese modo deja de comprometer al resto del aparato, en especial en lo que hace a los modos de intercambio entre los sistemas. Con todo,  la estrategia clínica a implementar se asentará en prestar atención a esos efectos en la psique singular, que no es lo mismo que un análisis de la situación social que condicionó la producción de los mismos.

Las referencias a la realidad fueron en algún momento consideradas como un refugio de la resistencia. Infinidad de trabajos y la polémica entre psicoterapia y psicoanálisis parecen de alguna manera reveer lo que entendemos por atender a la realidad o dicho de otro modo el presente del paciente.

   

Consideraciones metapsicológicas de nuestra práctica en los bordes. La escucha del analista.

    Dice Laplanche[2] que “entre los rehusamientos que debe imponerse a sí mismo el analista figura, en lugar de relevancia, la desconfianza hacia las metas adaptativas concretas que pudiera imaginar”. De manera tal que el investimiento de nuevas metas y posibilidades corre por cuenta del paciente y en todo caso él favorecer ese proceso de recomposición al que aludimos es nuestra tarea.

    En la misma obra, describiendo de qué se trata el análisis, dice más adelante “este trabajo de traducción progresiva o por capas sucesivas se acompaña constantemente del movimiento inverso. El yo está movido por una coacción a la síntesis en función del peligro de desligazón reactualizado por el análisis. Incluso puede decirse que esta fuerza de síntesis constituye la tendencia reparadora propia del movimiento específicamente psicoterapéutico”. Para agregar luego: “El analista – salvo en los casos clínicos en que la síntesis espontánea es claramente deficiente – no tiene que proponer esquemas o cañamazos para la retraducción”.Y continúa luego con lo siguiente: “Ninguna cura cesa de oscilar entre la dimensión sintética –estrictamente hablando psicoterapéutica- y la dimensión de la desligazón –estrictamente hablando analítica- La justa proporción que ha de atribuirse a cada una depende, sin duda, de la apreciación psicopatológica de tal o cual caso”.

    Esto abre a una serie de cuestiones. Pero la excepción que el plantea cuando fracasa la capacidad de síntesis del yo creemos que vale no solo para determinadas figuras psicopatológicas sino que debería hacerse extensiva a las situaciones de desorganización producto de traumatismos sociales de diversa índole.

Durante el año se habló de charla cuando se aludía al tipo de comunicación durante los momentos de las sesiones en los que predomina el intercambio sobre el difícil momento social por el que atraviesa el país. Se dijo que más que resistencia al material inconciente era resistencia de la “buena” al traumatismo social. ¿Era charla por el efecto de simetría en juego? Se dijo también que paciente y analista se encontraban en una situación en la que ni uno ni otro contaban con respuestas para un momento social que desborda la capacidad simbólica actual de representación. Ambos se encontraban ante la misma tarea: primeramente soportar un momento que amenaza con barrer el soporte social de nuestro yo, y a partir de allí ir balbuceando algunas primeras respuestas. ¿Ahora en ese punto es estrictamente cierta la simetría? ¿No cuenta el analista con algún recurso específico para soportar la incertidumbre? ¿Acaso la incertidumbre social no es una de las formas de la incertidumbre a la que en definitiva está expuesto el aparato psíquico?

En relación con esto recurrimos en un trabajo anterior a lo desarrollado por Ignacio Lewkowicz en un taller en el Colegio de Psicoanalistas, donde plantea que cuando no se puede constituir un punto de vista exterior ni un punto de habitación interior a la situación que nos exige, nos encontramos inmersos en la figura de la perplejidad.

    Se trataría no de la imposibilidad de pensar sino de la imposibilidad del pensamiento, merced a las categorías de las que se vale, de captar lo real. Por tanto los modos vigentes de metabolizar hacen obstáculo para ligar lo real histórico.

    Pero pensar lo real histórico, que al igual que lo natural, es uno de los estratos  fundamentales del mundo exterior, no es la tarea central del pensamiento psicoanalítico, que solo puede aspirar a participar aportando ciertos elementos al debate en el campo intelectual y científico del cual forma parte.

La ilusión de futuro es una proyección necesaria para que el aparato psíquico sostenga su identificación presente. ¿Ilusión necesaria o inevitable? La existencia en el otro, más allá de los propios límites, es el trasfondo narcisista de la noción de futuro. Cuando el psicoanalista tiene en cuenta esta necesidad no quiere decir que alimente artificialmente la ilusión. El movimiento de síntesis es un movimiento necesario que el analista tiene que conocer y respetar lo que no quiere decir que lo vaya a estimular artificialmente.

Caída la gran ilusión religiosa, el psicoanalista se encuentra en esta etapa histórica convocado en transferencia a un ir y venir entre la ilusión y el desamparo. Alguna vez se minimizó el lugar de la realidad en el planteo del paciente. La realidad aparecía como una defensa ante lo psíquico. Sin embargo una perspectiva demasiado unilateral al respecto atentaba contra la posibilidad de escuchar las producciones con las que el yo intentaba organizarse. La integración psicosomática requiere alguna representación.  Para que el aparato se enfrente a la incertidumbre se requiere un movimiento de ir y venir, entre la certeza que intenta arañar la ilusión y el desvalimiento en el que se cae cuando esta se pierde.

Ante los cambios los psicoanalistas nos vemos obligados a reiterar las mismas preguntas fundacionales como una forma de recrear lo que podamos considerar esencial y poder así adaptarnos a lo que podamos considerar accesorio.

En momentos como estos en los que la fuerza de lo social se nos impone de manera estremecedora no podemos dejar de percibir hasta que punto estamos determinados. Pero, en definitiva, los cambios en la práctica profesional, la pérdida de las profesiones liberales en particular, y mas en la intimidad de nuestra práctica, el cambio en el número de sesiones y los cambios conceptuales que se desprenden a la vez de estos cambios, ¿acaso los elegimos?  

Hasta que punto podemos mirar el origen del psicoanálisis como una forma de autoengendramiento. Sobre finales del siglo diecinueve, plantea la sociología, la religión luchó con la neurología ante el alejamiento de las almas de sus rebaños. Ya no podían mantener la propiedad que hasta el momento habían tenido respecto de las cuestiones del espíritu. La neurología no encontró las respuestas apropiadas. Una nueva práctica dotada de una nueva teoría sobre la articulación entre sexualidad y  muerte llenó ese vacío. Si lo entendemos así cómo no imaginar que cambios tan importantes y veloces como los de nuestro tiempo nos puedan afectar.

Si los cambios no los elegimos sino que forman parte de un movimiento mas vasto del  espacio cultural al que pertenecemos ¿cómo no va a ir cambiando nuestra propia práctica?   

Tenemos la impresión de que estas últimas conmociones, si bien son más evidentes, podrían formar parte de un fenómeno social mas general que nos obliga a revisar periódicamente nuestros fundamentos en un movimiento en el que tal vez estén cambiando nuestros paradigmas de una manera mucho mas importante de lo que alcanzamos a ver desde  “la cresta de la ola”.

 

 

 

 



[1] Presentado en el Colegio de Psicoanalistas en junio de 2002.

[2] “Entre seducción e inspiración: el hombre”, Amorrortu editores, 2001.