• Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Linkedin

La violencia simbólica


Publicada el 29/06/2012 por Juan Carlos Perone





JORNADA INTERINSTITUCIONAL:   PROYECTO SUMA – ASOCIACIÓN COLEGIO DE PSICOANALISTAS. 29 de junio de 2012.

La violencia simbólica                                     

Las distintas modalidades de violencia que atraviesan una parte por demás significativa de la vida social e institucional, las diversas formas que toman las relaciones intersubjetivas,  que estructuran  los vínculos familiares y las relaciones de género y también  los modos de circulación del discurso en los llamados medios de comunicación de masas -algunas de las cuales han encontrado una interesante tematización en las presentaciones realizadas por quienes me precedieron y me anticipo a inferir que de igual manera ocurrirá en con la ponencia que expondrá Susana- pueden ser abordadas, al menos en alguna de las dimensiones principales que componen la complejidad que las constituye, poniendo a trabajar para ampliar la comprensión de las mismas,  la noción o concepto de VIOLENCIA SIMBOLICA, pergeñado por Pierre Bourdieu, al comienzo de la década del 70, en su análisis  del sistema educativo francés, en todos sus niveles, institución productora de subjetividad por excelencia, que toma el relevo sin sustituirlo del todo, del papel que al respecto ocupa la familia, como el ámbito primordial generador de las condiciones requeridas por el proceso de constitución psíquica e instancia mediadora entre la sociedad y la cultura de la época, para la formación de subjetividad de quienes en su seno se crían.

Luego, en el resto de su obra, este operador de pensamiento, ocupará un lugar central en la investigación y reflexión sobre  procesos de producción y reproducción social.

Como al referirme a la familia hablé de constitución psíquica, antes de incursionar más directamente en las propuestas del autor mencionado, voy a hacer un rodeo para  referirme al proceso de organización y complejización creciente del funcionamiento psíquico a partir del cual o en concomitancia con el cual se van estableciendo las marcas esenciales de lo que Castoriadis denomina el individuo socialmente instituido.

A partir del encuentro con los decisivos elementos que el ambiente humano aportará en los comienzos de la vida, el  proceso psíquico se pondrá en marcha y a ese  modo de ser del psiquismo humano, a la actividad que como tal lo caracteriza, habrá que atribuirle el comportarse como un proceso formativo, un proceso de puesta en forma de la estimulación de distinta índole que proviene del  propio cuerpo y del mundo exterior. Un proceso de producción de representación o concatenación de representaciones.

Comienzo, entonces, de un recorrido, que va desde ese momento inaugural, siempre perdido por indecible, de máximo desvalimiento de la cría humana, en la que encontramos una total dependencia vital del mundo adulto que lo aloja, en correlación con el extremo desconocimiento de esa alteridad, de ese otro primordial. Todo lo psíquicamente asimilado, cualquiera sea su fuente, con tal que quede ligado al placer, es vivenciado como parte de sí, no importa de donde  venga con tal que reúna esa cualidad.

A la salida del mencionado recorrido, si todo va más o menos bien, nos encontramos con el comienzo vacilante de la autonomía respecto a ese mundo adulto primordial, coetáneo con la asunción de la alteridad en sus distintas vertientes. Ha encontrado lugar tópico la alteridad interior o dicho de otro modo, esa intimidad exterior que es el inconsciente, con cuyos efectos tenemos de ahí en más que lidiar y la alteridad del otro y los otros humanos con quienes nos relacionamos como sujetos separados.

El primer momento del recorrido mencionado, ese momento originario , comporta un funcionamiento gravitando en torno a la alucinación.

Será prontamente efraccionado por las exigencias corporales y por los efectos producidos en el sujeto psíquico por el otro primordial (el adulto a cargo de su crianza y prodigador de los primeros cuidados).

Este trastocamiento de lo originario inducirá la creación de un afuera para arrojar allí lo displaciente, y esta distribución tópica operará como el primer antecedente del objeto y un espacio exterior.

Como consecuencia de la dinámica que a partir de ese punto continúa su marcha, se produce la instauración del objeto como real.

Que adquiera ese estatuto quiere decir que hora escapa al dominio del sujeto. Se constituye de este modo justamente en la medida en que se lo pierde y se lo sitúa definitivamente en el poder del otro.

Ese otro es posicionado como otro precisamente a partir de que dispone del objeto. Hay persistencia por tanto del esquema de la omnipotencia  que procede de la fase anterior. De tal manera que el otro es configurado en función de dicho esquema como extensión de sí mismo. La socialización, desde el punto de vista del niño, encuentra su primer esbozo, por el desplazamiento de la omnipotencia que queda atribuida al otro.

La imposición inevitable de la presencia/ausencia de ese otro y su disposición del objeto, teñida de la omnipotencia que se le atribuye, no es todavía la realidad en el cabal sentido de la palabra. Es decir la realidad social en todas sus dimensiones que varía de una sociedad a otra y en buena medida de una época a otra,  al interior de una misma sociedad.

Ese otro, al que hay que suponer necesariamente ya socializado, encarnación ambulante de determinada cultura, con una sexualidad inconsciente reprimida que va a jugar un importante papel en la relación con el niño. Ese otro que habla y hace, hace con el niño y le habla al niño y en presencia de él a su vez habla y hace con otros.

Se pone en juego otra modalidad de la dependencia del otro sobre el que se proyectan el poder y el saber, la generación del sentido, del deseo y su cumplimiento.

En este punto podemos articular lo conceptualizado por Piera Aulagnier en cuanto al papel del discurso materno como “agente y responsable del efecto de anticipación impuesto a aquel de quien se espera una respuesta que no puede proporcionar”. Se trata de lo que denominará violencia primaria.

La madre, entonces, como el “enunciante”, el portavoz y el mediador privilegiado de un discurso ambiental que, entre otras cosas, incluye los límites de lo posible y lo lícito”.

Esta violencia primaria es el resultado del  encuentro de dos espacios psíquicos estructuralmente diferentes y presupone una asimetría que es función de esa heterogeneidad en el modo de producción de la representación de cada uno.

Hay oferta de significación, interpretación  de acuerdo con una anticipación  que solo en forma progresiva será inteligible para el infante y que exigirá la puesta en marcha de otros procesos de metabolización que posibilitarán el despliegue y complejización del funcionamiento psíquico y su correspondiente diferenciación tópica.

La violencia secundaria se abre camino apoyándose en su predecesora, de la que constituye un exceso nunca necesario para el desarrollo del psiquismo del que la padece.

La violencia primaria, en cambio,  es una acción necesaria, que promueve las condiciones para la futura constitución del yo.

La violencia secundaria se ejerce contra el yo. Y está preferentemente al servicio de la conservación del poder, el equilibrio psíquico o el goce perverso del o los que la ejercen. Es desconocida por sus propias víctimas, logra apropiarse abusivamente de los calificativos de necesaria y natural, los mismos que el sujeto reconoce a posteriori como características de la violencia primaria apoyada en la cual se originó su yo.

En este punto nos encontramos con el papel creciente y decisivo del lenguaje, indispensable para la constitución de la percepción plena, con sentido, que separe los objetos de la representación, es decir que la representación pase a funcionar como mera representación, y a su vez, los objetos separados unos de otros. Tal como Castoriadis lo explicita, es por intermedio del lenguaje, primero entendiéndolo y luego hablándolo, que los objetos van a adquirir esa irrealidad que va a dar existencia a su realidad.  Es decir, van a ser asignados a un signo y a una significación que los reúne en sí mismos, les da permanencia, los estabiliza como tales objetos, los perpetúa más allá de su presencia inmediata, los hace soporte de relaciones.

En el lenguaje mismo tenemos la presencia de lo social y de tal sociedad en particular. Lenguaje en el que estamos inmersos todos, por el cual circulamos con grados de libertad variable, del que todos disponemos, pero que no es de nadie, institución social que cada sociedad en su proceso de autocreación pone o crea como elemento indispensable para instituirse a sí misma.

Y a través del lenguaje ingresa para el niño el mundo, en tanto acarrea las significaciones propias de ese mundo.

Volviendo desde aquí a lo que planteaba  Piera Aulagnier, respecto al otro primordial de la violencia primaria y necesaria, podríamos agregar que nos es suficiente con el mero lenguaje. El otro debe ser destituido o se debe destituir a sí mismo de su poder sobre la significación y esta debe quedar remitida a la institución de la significación y así a la comunidad simbólica  y de sentido que toda sociedad humana es.

Fase esta de apertura al sentido como siempre abierto y a la significación propiamente dicha, como puesta en relación interminable.

Retomo, luego de este  rodeo que seguí para acercarme por otro lado, la perspectiva de Bourdieu en términos de su conceptualización sobre la violencia simbólica precisando que para este pensador el poder simbólico es el poder de constituir lo dado enunciándolo. De actuar sobre el mundo al actuar sobre la representación del mundo.

Este poder se ejercita dentro de una relación definida que da origen a la creencia en la legitimidad de las palabras y de las personas que las pronuncian, y sólo opera en la medida en que quienes lo experimenten sobre sí reconozcan a quienes lo ejercen.

Conviene para ampliar la mira en relación con esta problemática, seguir un tanto a Bourdieu en el hecho de la delegación, que es la acción por la cual una persona da poder a otra. Es la transferencia de poder por la cual un mandante autoriza a un mandatario para firmar en su lugar, para actuar en su lugar, para hablar en su lugar.

El ministro, mandatario, delegado, parlamentario, el portavoz, es quien tiene un mandato o una procuración para representar, es decir para hacer valer los intereses de una persona o grupo.

Cabe preguntarse cómo puede ser que el mandatario pueda tener poder sobre aquel que le da poder.

Cuando una persona es depositaria de los poderes de una cantidad de personas, puede ser investida de un poder que trasciende a cada uno de sus mandantes.

Suele ocurrir la siguiente paradoja: un grupo no puede existir sino por la delegación en una persona singular que puede actuar como sustituto del grupo.

En apariencia el grupo hace al hombre que habla en su lugar, en su nombre, pero en realidad es también verdadero decir que es el portavoz quien hace al grupo.

Porque el representante existe, porque representa, lo cual es del orden de una acción simbólica, el grupo representado, simbolizado, existe y hace existir a su vez a su representante como representante de un grupo.

En esta relación circular encontramos la raíz de la ilusión que hace que el portavoz pueda aparecer y aparecerse como la causa de lo que produce su poder, dado que el grupo que le otorga sus poderes no existiría – no existiría plenamente, en tanto que grupo representado, y en primer lugar para los individuos que lo componen- si el portavoz no estuviera allí para encarnarlo.

Se constituye de este modo lo que se podría llamar el círculo original de la representación. Cuestión del fetichismo político, la denomina Bourdieu.  (que tiene una lógica interna que lo acerca a la idea de fetichismo en Marx, por un lado y al concepto freudiano de igual nombre por otro). Proceso a través del cual los individuos se constituyen (o son constituidos) en tanto que grupo pero perdiendo el control sobre el grupo en y por el cual se constituyen.

Contradicción inherente a lo político que obedece al hecho de que los individuos –tanto más cuánto más desprovistos culturalmente, cuánto más desamparados socialmente están- no pueden constituirse (o ser constituidos) en tanto grupo, es decir en tanto fuerza capaz de hablar y ser escuchados, sino desposeyéndose en provecho de un portavoz.

Es necesario siempre arriesgar la alienación política para escapar a la alienación  política.

El mandatario está de alguna manera en una relación de metonimia con el grupo, es una parte del grupo que puede funcionar en tanto que signo en el lugar de la totalidad del grupo.

Cuanto más desposeídas son las personas,  culturalmente sobre todo, más obligadas e inclinadas están a confiar en los mandatarios para tener una palabra política.

En el caso de los grupos dominados, el acto de simbolización por el cual se constituye el portavoz es contemporáneo de la constitución del grupo: el signo hace la cosa significada, el significante se identifica con la cosa significada que no existiría sin él, se reduce a él.

El significante no es solamente aquel que expresa y representa al grupo significado: es el que tiene el poder  de llamarlo a la existencia visible. Es el único que bajo ciertas condiciones, al usar el poder que le confiere la delegación, puede movilizar al grupo: es la manifestación.

“Voy a mostrarles que soy representativo, presentándoles a las personas que represento” (con esto se liga la discusión que siempre surge sobre el número de manifestantes)

La objetivación es lo que por una ficción jurídica permite a una simple colección plural de personas existir como una persona moral, como un agente social.

El acto originario de constitución que representa la delegación permite hacer existir lo que no era sino una colección plural de personas, una pluralidad inconsistente, bajo la forma de una persona ficticia, una corporación, un cuerpo, encarnado en un cuerpo biológico.

Concebido así, se puede decir que la usurpación está en estado potencial en la delegación, dado que el hecho de hablar por, es decir a favor y en nombre de alguien implica la propensión de hablar en su lugar.

Un poder simbólico es un poder que supone el reconocimiento, es decir el desconocimiento de la violencia que se ejerce a través de él.

El efecto de oráculo, forma de la performatividad, es lo que permite al portavoz autorizado, autorizarse por el grupo que lo autoriza para ejercer una coacción reconocida, una violencia simbólica, sobre cada uno de los miembros aislados del grupo.

El efecto oráculo es la explotación de la trascendencia del grupo con relación  al individuo singular operada por un individuo que efectivamente es de un cierto modo el grupo aunque no fuese sino porque nadie puede levantarse para decir “tu no eres el grupo”, salvo fundando otro grupo y haciéndose reconocer como mandatario de un nuevo grupo.

En articulación con este poder se concibe a la violencia simbólica como aquella forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con la anuencia de éste.

Interviene en esto un modo de desconocimiento tal de la configuración relacional en la que el sujeto o agente social está entramado que posibilita el reconocimiento de  una violencia que se ejerce precisamente en la medida en que se la desconozca como violencia.

Si extendemos esta perspectiva, sobre la legitimación de lo que me sujeta, al conjunto de la vida social y cultural, podemos conjeturar que esta  eficacia simbólica se apuntala en  un conjunto de premisas inscriptas en los sujetos, prerreflexivas, y por ello eficaces, que los actores sociales confirman al considerar el mundo como autoevidente, es decir, tal como es, y encontrarlo natural porque aplican para relacionarse con él las estructuras perceptuales y cognoscitivas que han surgido de las estructuras mismas de ese mundo. Son isomórficas con él.

Esto lo lleva a Boourdieu a plantear que de todas las formas de “persuasión clandestina”, la más implacable es la ejercida simplemente por el orden de las cosas.

Esto queda muy bien ejemplificado por la dominación masculina que rige el llamado orden patriarcal, del que siguen vigentes importantes resabios en ciertos sectores sociales y áreas geográficas.

La violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales, apoyándose en unas “expectativas colectivas”, en unas creencias socialmente inculcadas. Se trata de sentir que hay que obedecer sin plantearse la cuestión de la obediencia.

La violencia simbólica se basa en la sintonía entre las estructuras mentales de los dominados y la estructura de la relación de dominación a la que esas estructuras se aplican: el dominado percibe al dominante a través de unas categorías que la relación de dominación ha producido y que, son conformes a los intereses del dominante.

En este sentido la teoría de la violencia simbólica que Bourdieu nos propone se basa en una teoría de la producción de la creencia.

 

Juan Carlos Perone  (jcperone@gmail.com)

 

BIBLIOGRAFIA

Bourdieu Pierre: “La delegación y el fetichismo político”, en “Cosas dichas”, Ed. Gedisa, Barcelona, 1992.

“Meditaciones Pascalianas”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1999.

“Razones prácticas”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1997.

“Pierre Bourdieu y el capital simbólico”, Ed. Campo de Ideas, Madrid, 2003.

Bourdieu P. y Loïc Wacquant:  “Respuestas por una antropología reflexiva”, Ed. Grijalbo, 1995.

 Aulagnier P.: “La violencia de la interpretación”, Amorrortu Ed., Bs. As., 2001.

Castoriadis C.: “La institución imaginaria de la sociedad”, Bs. As., Tusquets Ed., 2007.