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Sufrimiento actual – sufrimiento neurótico.


Publicada el por Juan Carlos Perone





TRABAJO PRESENTADO EN LAS JORNADAS “VÍNCULO Y SUFRIMIENTO PSÍQUICO EN NUESTRO TIEMPO. ABORDAJES”. MESA DE ENCUENTRO INTERINSTITUCIONAL. Octubre de 2001.

 

Sufrimiento actual – sufrimiento neurótico.

R. Espinosa, J. C. Perone, R. Spector, A. Tagle.

 

A modo de introducción:

         Nos encontrábamos tratando de articular en conjunto las primeras ideas que dieran sustento al trabajo que hoy vamos a presentar a ustedes e irrumpió la noticia del atentado a las torres. Y como consecuencia de esto la imposibilidad de sustraernos a la necesidad de hablar entre nosotros sobre tal avatar y sus múltiples aspectos y derivaciones. Hasta que decidimos darle inclusión en la escritura misma, seguramente como un modo de continuar la elaboración que el hecho exigía.

Los atentados a las Torres Gemelas no son sólo un acontecimiento trágico que conmovió en los últimos días a la comunidad internacional, implican también conflictos que expresan relaciones determinadas entre sectores de la humanidad. Su efecto fue la muerte de muchísimas personas y simultáneamente la destrucción de objetos que operan como referentes para la cultura. Las interpretaciones posibles son otra producción de la humanidad a las que podemos examinar prescindiendo circunstancial y operativamente de los intereses puestos en juego.

La primera reacción es el estupor, la evidencia de una verdadera “catástrofe”. La extrema vulnerabilidad[1] no formaba parte de las expectativas o preconcepciones del pueblo norteamericano. Pero, no sólo del pueblo norteamericano, porque las identificaciones atraviesan fronteras. Nuestra hipótesis, extendiendo al campo más amplio del espacio social, los hallazgos con pequeños grupos, es que luego del barrido brutal de ciertos organizadores yoicos de una parte de la sociedad occidental se produce, después del primer estupor, un modo de funcionamiento basado en la ilusión de recuperar el estado anterior exterminando a un enemigo.

Los líderes se hacen cargo de esta necesidad. Se debe evitar prestar atención a los hechos, al fracaso de los medios de defensa, la complejidad de las relaciones entre sectores de la humanidad, y limitarse a dividir el mundo entre los imperios del Bien y del Mal. Se trata de no pensar. Esto desemboca en la creencia de que existe una solución, acabar con el mal para recuperar el paraíso perdido o la tierra prometida, según desde donde se lo mire.

Independientemente de la manipulación de la prensa estadounidense, que sin duda existió, este modo de interpretar la catástrofe es el que la masa (en el sentido de Freud) prefiere ante el estupor, sus líderes la aprovecharon. Pero este estado mental no puede perdurar. Pronto aparecieron los gérmenes de pensamiento pasibles de ser tenidos en cuenta. Entre estos se encuentra el texto de Susan Sontag  ( “Mirar la realidad de frente”[2] ) y muchos otros.

         Es en momentos como este, en el que tambalean las certezas que sostienen el pensamiento hegemónico, que se hace posible que corrientes de pensamiento que dan cuenta de una mayor complejidad y que han sido marginadas del pensamiento colectivo sean escuchadas. Al ocupar el espacio abierto en las grietas de un discurso esquemático, reinstalan conflictos latentes, suscitando a su vez una fuerte resistencia provocada por el intento de recuperar el tranquilizador equilibrio anterior.

 

Acerca de la crisis

         El concepto de crisis parece ser una vía de acceso privilegiada para el tema que nos convoca, porque conlleva en si mismo la idea de momento presente (actual) y de devenir temporal. En nuestro trabajo terapéutico siempre hay crisis en juego, pero estas pueden ser de diverso grado y tener desenlaces diferentes.

“una característica común a toda crisis es su carácter súbito, acelerado. La crisis no ofrece nunca un aspecto gradual, normal, además parece siempre lo contrario de toda permanencia y estabilidad. Nos interesa destacar dos vertientes de la crisis, por lo demás íntimamente ligadas entre sí: la crisis que le sobreviene al sujeto singular y la crisis histórico-social, es decir colectiva. Ambas designan una etapa en la cual la realidad humana emerge de un interregno “normal” para ingresar en una fase acelerada de su existencia, fase llena de peligros, pero también de posibilidades de renovación. En virtud de tal crisis se abre una especie de abismo entre un pasado (que ya no se considera vigente e influyente) y un futuro que todavía no está constituido. Ambos modos de la crisis, la individual y la colectiva, comprometen el nivel de las creencias basales, y por lo tanto el ingreso en la fase crítica equivale a la penetración en un ámbito en el cual reinan, según los casos, la desorientación, la desconfianza o la desesperación. Puesto que es característico de la vida humana el aspirar a vivir orientada y confiadamente, es usual que tan pronto como esta vida entra en crisis busque una solución para salir de la misma”.

 

La crisis en la ficción cinematográfica ( Billy Elliot ).

         Billy Elliot salta como un acróbata al compás de la música que surge de los discos del hermano. Más que como un acróbata lo hace como todos los chicos que saltan sobre la cama, muchas veces de los padres, solo que con más gracia. La actividad deportiva que le tiene destinada la familia es el box. Ahí también intenta los mismos bailoteos, pero siempre alguna trompada lo termina dejando en el piso. El box no parece ser una posibilidad afín a sus placeres corporales.

A causa de transformaciones sociales no buscadas, el grupo al que pertenece está en riesgo.

El padre pertenece a un linaje de mineros de una zona inglesa cuya población se organiza socialmente en torno a esa actividad.

Lo actual ahí, desde el punto de vista social, es el conflicto que enfrenta a los mineros con la política tacherista respecto a esa industria y que se traduce en una larga huelga que compromete al grueso de la población adulta de varones del lugar y a través de ellos a sus familias.

Las limitaciones materiales obligan a que tengan que empezar a practicar el deporte mencionado en el mismo salón donde lo hace el grupo de danza, por supuesto compuesto sólo por chicas. Inmediatamente la actividad despierta su curiosidad. La profesora y su pequeña hija captan su interés y encuentran la forma de que supere sus inhibiciones y se una a los ejercicios.

Le resultan mucho más atractivos que el obligado boxeo. Primero intenta mantenerse ligado a ambos, como una forma de ocultar su entusiasmo por la danza de la mirada de su familia.

Billy ha perdido unos años atrás a la madre, vive con el hermano, el padre y una abuela deteriorada, que lo único que recordará con coherencia a lo largo de la película, es que podría haber sido una bailarina profesional.

Su interés por la danza, en la familia, se encuentra unido a las mujeres. También la madre tenía esa inclinación. El hermano mayor es minero y afecto al boxeo como el padre.

Alrededor de la mina se organizan los emblemas de la diferencia de sexos. El minero es un hombre que realiza un trabajo muy riesgoso y de gran esfuerzo físico. Poder llevarlo a cabo es una distinción que hace al género. Desde la mirada de un mundo asentado en esos valores, no aceptará el gusto de Billy. Se necesita alguien descentrado de los mismos, para permitirle buscar un lugar en el mundo social de su época, sin tener que amputarse.

La profesora de danza, una mujer fracasada, con un marido alcohólico, le propone prepararlo para el examen de ingreso a una prestigiosa escuela de danza del país. Para la primera clase le pide que traiga las cosas que más le gusten, “su caja de juegos”.

Billy elige una pelota de fútbol, un cassette del hermano y una carta de la madre destinada a sus 18 años, o sea para cuando nuestra cultura dice que alguien alcanza un lugar social ya fuera de su familia de origen. Allí le dice que sea fiel a sí mismo.

Billy deberá ejercitar su cuerpo y su yo, en la difícil tarea de dominar su frustración ante la dificultad del desafío, pero muy particularmente para enfrentar un mandato social con el que la actividad que está por emprender está reñido. El ballet está reservado a las mujeres.

Billy cita en varias ocasiones el nombre de un bailarín que no es homosexual, como señal de que no está en juego su identidad sexual. Su mejor amigo empieza a dar las primeras muestras de sus inclinaciones homosexuales, Billy debe discriminar nuevamente, en este caso la amistad que seguirá manteniendo del vínculo sexual que por momentos parece proponerle el amigo.

         Junto con los cambios en la economía no cabe duda que están cambiando otras cosas de la cultura. Los emblemas que organizan la distinción sexual y todo lo que con esto queda anudado se encuentran en crisis. Pero todo cambio importante en la base social de nuestras identificaciones genera resistencias.

Los tótems no se abandonan sencillamente. La conmoción yoica no es fácil de superar, el yo tiende inevitablemente a recurrir a la agresividad como defensa ante el cambio y la “analista-profesora” debe realizar entrevistas de familia para no dejar sólo a Billy ante la desigualdad del combate. El mismo Billy la enfrenta  -le pide que lo deje solo- parece querer volver a su equilibrio anterior, las cosas están mejor así. Pero el padre termina escuchando el llamado.

La huelga parece estar a punto de fracasar.

         Aquí puede resultar fecundo hacer algunas consideraciones apoyándonos en un trabajo de Bourdieu, “Las contradicciones de la herencia”[3], donde trata sobre la gestión de las relaciones entre padres e hijos, considerando que en nuestras sociedades el linaje está encarnado en el padre. Tal vez mejor sería decir en determinadas franjas sociales y más claramente para el hijo varón.

Lo esencial de esta cuestión, en lo que al padre se refiere, sería “la tendencia a perseverar en el ser; a perpetuar la posición social que lo habita”.

“El padre es el lugar y el instrumento de un proyecto” [....que está inscripto en él, que se transmite en su manera de ser, de hacer y de decir, de modo inconsciente y también de manera explícita].

Heredar es perpetuar de alguna manera su proyecto.

“La identificación del hijo con el deseo del padre como deseo de ser continuado” funciona como mediación [psíquica] para la entrada en los juegos adultos, vigentes como ofertas en un universo social específico. Son recepcionados como interesantes [en el doble sentido de la palabra: reclaman investimiento y constituyen un modo de estar entre y con otros]. Juegos, por otra parte considerados adecuados para una trayectoria social masculina.

“Continuar al padre implica muchas veces distinguirse de él, superarlo y por consiguiente negarlo en cierto sentido. Conlleva una vertiente problemática, tanto para el padre que quiere y no quiere esa superación (tiene algo de letal), como para el hijo que al hacerse cargo de esa misión puede sentir estar realizando una especie de transgresión”.

Esto último puede potenciarse si, como en el caso de Billy, el “ser fiel a sí mismo”, como le había recomendado póstumamente la madre, comporta una elección vocacional que se aleja y se contrapone con los valores del padre, y afilia a la línea representada por la madre y la abuela.

Transgresión vivida, con la que lidia el muchacho, como se manifiesta cuando se esfuerza por diferenciar el ser mariquita del ser bailarín de ballet. También cuando pregunta a su amigo si esto último es mejor que ser minero.

También cuando el entrenador de boxeo, después de las manifestaciones de su torpeza y desinterés con ese deporte, le dice: “has deshonrado los guantes, a tu padre y a la tradición del club”.

Guantes que luego aparecerán mencionados especialmente por el padre como heredados de su propio padre (abuelo de Billy), en circunstancias en que ocultaba de la vista de su progenitor las zapatillas de baile que habían sustituido las botas de boxeo.

Podríamos situarlo, entonces, en la alternativa que menciona Bourdieu del hijo que “para hacer su vida” “debe negar la del padre, rechazando lisa y llanamente la posibilidad de heredar, anulando de algún modo toda la trayectoria paterna”. Padre que ya se mostraba poco convencido de que el resultado de la lucha gremial y política en la que estaba embarcado pudiera permitir recostituir el estatuto anterior, a diferencia de la actitud más decididamente militante de su hijo mayor. “Eres un desgraciado” le había dicho Billy en una discusión en torno a su elección todavía vacilante. “Estamos acabados” le dice el padre a su otro hijo cuando este lo rescata de su intento por volver a trabajar rompiendo la huelga.

La rebeldía y vacilación culposa por parte de Billy toparía con lo que Bourdieu plantea como posición del padre, “en tanto encarnación de un límite que debe superarse. Límite interiorizado, que funciona como prohibición de diferir, distinguirse, renegar, romper”.

         Como en toda crisis, por las fisuras de las certezas habituales se filtra la voz de lo otro, lo que había quedado afuera. En un intento desesperado, el padre abandona sus valores y la lucha de su grupo de pertenencia. Al rescatarlo su hijo mayor de esta especie de inmolación culposa, se inicia el proceso de ruptura de estereotipos que abre la posibilidad de pensar, buscando formas creativas de posicionarse frente a lo nuevo. El grupo minero a través de colectas asume los costos del examen del que ahora pasa a ser su adelantado.

         El “trabajo” de Billy por integrar las distintas y contradictorias corrientes identificatorias que lo habitan, en un proyecto socialmente viable, transcurre en un medio en el que las certezas que la cultura ofrece como organizadores hegemónicos están en crisis. Son estas grietas, que exponen al yo a un desasimiento desestabilizador, las que generan a la vez el espacio que permite el surgimiento de conflictos antes inconcebibles. El debilitamiento de los tótems plantea una sobreexigencia de trabajo para el yo, aprisionado entre las fuerzas que pugnan por reinstalar las certezas perdidas y las que tienden a encontrar nuevos caminos para procesar los conflictos emergidos.

         La ficción nos muestra un recorrido completo en una sola historia, con un final feliz.

Seguramente en muchos de los puntos de la historia de los Elliot habrían naufragado la mayoría de los procesos reales. Algunos en el alcoholismo, en un Billy enjaulado en el cuidado de su abuela, en el fracaso de la intención del “terapeuta”, en el aislamiento social del padre, o en la persecución por el grupo de pertenencia a las diferencias, en este caso representadas por la supuesta homosexualidad de Billy. Aquí, en cambio, todos los actores logran reacomodarse.

Con estas condiciones a su alrededor Billy consigue encontrarse en lo social sin prostituirse, sin  recortarse puede llegar con su “caja de juguetes” a armar su mundo en el mundo social de los adultos.

La modificación de las referencias identificatorias a una velocidad tan brutal no puede menos que tener efectos traumáticos. La sociedad actual ha atomizado los espacios en los que la discusión con el semejante brindaba condiciones de elaboración. En la ficción de la película el sindicato se mantiene como un espacio posible.

En los últimos años, en nuestro país, la aparición en los medios y en la circulación cotidiana del término “desocupado”, y más aún “ejército de desocupados”, el carácter de categoría social que adquirió, produjo un efecto organizador para el psiquismo de las personas que comenzaban a perder sus trabajos y se consideraban solos. La aparición y divulgación de esta “representación-palabra social”, permite para muchos sujetos actualmente en esa condición y para otros potencialmente en la misma situación una oferta identificatoria. Hasta ese momento quienes padecieron los primeros embates de la recesión, todavía en el momento de la hegemonía del discurso del libre mercado, sufrieron no sólo la exclusión económica sino de los espacios que ofrecía el discurso dominante. Todo andaba muy bien y entonces no había mucho lugar para que a alguien le fuera muy mal. La falta de reconocimiento de su situación lo condenaba al aislamiento, a la soledad.

 

La práctica de los analistas

         Entendemos nuestra práctica íntimamente ligada a lo social. Tanto en lo que se refiere a como operan sobre ella las condiciones sociales de su inscripción como en la visión del aparato psíquico en su anudamiento múltiple con los puntos de apoyo identificatorio y las vías sublimatorias proporcionadas por la cultura.

Nuestra campo de trabajo es la subjetividad, pero una subjetividad que es trama abierta a las ofertas y demandas de una sociedad concreta.

Cuanto más rígida y esquemática sea la oferta identificatoria más presionará al yo a represiones y disociaciones, a una adaptación forzada, que implica una renuncia o enajenación de parte de su base libidinal.

La relación del individuo con el tótem es siempre conflictiva. El tótem es un organizador social que permite identificaciones estabilizantes (sentido de pertenencia a un grupo), al mismo tiempo que puede convertirse en un freno al desarrollo.

El discurso social es por supuesto también material a elaborar, organiza las formas del intercambio entre los hombres y al hacerlo define grupos y clases.

En un momento histórico en que se modifica brutalmente el lugar de la producción en la economía, el grupo social a ella ligado, el minero en nuestro caso, pierde el lugar y la significación social que tenía hasta el momento y  este cambio arrastra la noción de padre proveedor y junto con esto otras que organizaban hasta el momento las diferencias entre hombres y mujeres.

La pulsión es un encargo de trabajo para el aparato, este trabajo es una puesta en forma, es creación de un mundo de cualidades, es puesta en sentido o proceso de significación, según el lenguaje al que estamos más habituados en nuestros días. El aparato psíquico trabaja incesantemente significando, y cuando no puede hacerlo corre el riesgo de caer en alguna de las formas del desmantelamiento.

Por otro lado, “para el psicoanálisis, civilización y pulsión no están en oposición simple, como el instinto se opone a su domesticación. En el hombre, hay una transposición sutil en la que la propia pulsión alimenta a la civilización y a sus exigencias de renuncia, encontrando por eso una satisfacción más secreta. El malestar no viene solamente por exigencias contrarias a la pulsión, sino también por el hecho de que en esas mismas exigencias está presente la satisfacción del superyó. Así es como la propia pulsión contribuye a la llamada civilización y como ayuda poderosamente a construir el catálogo imperioso, inconsistente y siempre incompleto, de las llamadas obligaciones legales y morales imposibles de cumplir en su integridad. En la civilización es donde acaba por alojarse la barbarie, manifestación de la pulsión de muerte”[4].

Por eso los analistas que padecimos e intervinimos en las distintas conmociones que en nuestro medio atravesaron a nuestra generación, nos sentimos por algún momento incómodos en la teoría pero cómodos en la práctica, asistiendo a las dificultades de significación de los afectados por la represión o por los atentados, a los que veían derrumbarse sus certidumbres alrededor de lo social, aunque no estuvieran involucrados directamente en el fenómeno.

Extrañábamos, entre otras cosas, la interpretación basada en la propuesta del psicoanálisis, entre la reconstrucción del pasado y el presente del síntoma. La inmediatez de lo actual no permite apresurar estas relaciones, sería una nueva irrupción que podría tomar carácter traumático. Pero el tiempo fue mostrando en muchas de aquellas consultas que, sin apresurar etapas, el mismo aparato psíquico, en el camino de significar, echa mano a representaciones propias de la historia personal y aquellos tratamientos, si llegaban a extenderse, permitían el despliegue de la profundidad ya existente en el espesor psíquico de lo actual, cuya presencia, entonces, no es un obstáculo.

 

Algunas consideraciones para articular y concluir

         La familia es la matriz que funciona como interfase entre el universo social más vasto y los destinos identificatorios de sus integrantes. En el caso de la sociedad norteamericana, el sentimiento-valor de la invulnerabilidad ha sido transmitido a lo largo de las generaciones a través de los emblemas familiares (algún miembro peleó en cada guerra), producciones culturales, personajes de ficción.

En la brecha trágica que abre el atentado irrumpe otro decir, que había quedado por fuera de esta coherencia identificatoria. Si la reorganización intentada es a través de un discurso que polariza entre el bien y el mal absolutos, sigue quedando afuera ‘lo otro’. El pensar introduce otros vértices, incluye lo diferente y exige una reestructuración compleja y pérdidas dolorosas.

En la ficción cinematográfica dice el personaje, tratando de explicar lo que le pasa cuando baila, “desaparezco”. Dando cuenta así de un yo que pierde sus amarras habituales. Fusionado con la música se transforma en movimiento, que crea imágenes que lo desbordan y lo expresan, a modo de representaciones corporales, metáforas vivas que figuran su bronca, su alegría, su determinación. Transposición del conflicto. Si bien en aquellos saltos sobre la cama al compás de la música ya estaba presente esta fusión, algo los ha tomado para darles consistencia y entramado social. La Danza. Es ahora un cuerpo que significa, que dice cosas en la medida en que alguien pueda recibirlas. Es en los sentidos hilvanados con otro donde se reconoce. Se busca en ciertos referentes, otros bailarines, Fred Astaire, vía que le ofrece una identidad posible en la que, además, se reencuentra como objeto significativo para la madre.

 

         El yo pierde la precisión de sus límites y desvanece para “ser” junto con la música, fusionado. Se produce una regresión a un estado de indiferenciación.

El bailar no es la representación de la fusión, es la fusión misma en acto. Podrá simbolizarla una vez caído el estado ilusional, recuperada la discriminación, cuando el yo vuelve a sus cabales.

Que el yo se pierda, abandone sus certezas habituales (crisis) para reencontrarse, nunca el mismo, en un vínculo significante: ¿no es acaso la propuesta del psicoanálisis, de la asociación libre, del juego analítico?

 

Lo que posibilita que esta regresión sea instrumental y pueda volverse de ella es, entre otras cosas, el lugar que la cultura[5] le ofrece permitiendo que tenga un sentido compartido con otros. Condición indispensable para que el yo vuelva enriquecido a sus límites a través de las salidas identificatorias y sublimatorias disponibles. La indiferenciación se da así dentro de un marco sostenido por la cultura fuera del cual se mantiene la diferenciación a la que se puede retornar.

 

         Los psicoanalistas nos encontramos exigidos a propiciar y transitar, en nuestro trabajo, la producción simbólica que procese los cambios sociales, asistiendo de esta forma a quienes sufren el derrumbe de organizadores que sostuvieron hasta ese momento su mundo, soportando y elaborando así las propias conmociones, en tanto ese mundo es también en muchos de sus aspectos nuestro mundo.

La posibilidad de cambios, conlleva la tolerancia a la desintegración relativa de las ideas previas para dar lugar a ideas nuevas, esto implica correlatos emocionales que pueden o no ser contenidos por el grupo social, o, en la experiencia psicoanalítica, por la relación terapéutica. Las evoluciones posibles son muy variadas, pero pueden agruparse esquemática y provisoriamente en no cambio, cambio hacia el crecimiento y cambio hacia el deterioro con destrucción de la simbolización alcanzada.

         El psicoanálisis nos ha enseñado que cuando la tensión entre el Yo y el Superyó se intenta resolver hacia el borramiento del conflicto, entraña grandes peligros tanto para el Yo como para la sociedad.



[1] De los anclajes del Yo.

[2] Clarín, 9/2001.

[3] En “La miseria del mundo”, Ed. FCE, 1999.

[4] Eric Laurent

[5] Entendida como espacio no cristalizado sino bajo los efectos del trabajo social de alteración.