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Ideología y Creencias en la obra de Freud


Publicada el 21/06/2012 por Dardo Tumas





Ideología y Creencias en la obra de Freud

Dardo Tumas

 

El psicoanálisis no solo construye una teoría sobre la constitución y el funcionamiento del psiquismo (la metapsicología), sino que también descubre que los sujetos producen teorías a lo largo de su investigación y de su trabajo terapéutico. El término “teorías sexuales infantiles” aunque acotado, explica de qué se trata.

En toda subjetividad el enigma, por su carácter excitante y traumático, irrumpe generado la ruptura de certezas previas, y por lo tanto obligando al yo a un trabajo de recomposición y rearticulación teórica que ligue el monto de angustia  que el enigma provoca. Si bien esto es muy claro en los chicos, es un trabajo permanente y que no cesa en los adultos, incluidos los psicoanalistas que, a veces, también son adultos.

Es en ese sentido que vale la pena diferenciar en la teoría psicoanalítica dos niveles: por un lado la metapsicología en un sentido amplio; y por el otro las ideologías “psicoanalíticas” (1). Es interesante ver en Freud mismo esta permanente oscilación entre la metapsicología y la ideología a lo largo de su obra; entre el Freud apasionado por el trabajo de indagación y búsqueda pesquisando lo inconsciente y el Freud tomado por la pasión de sus creencias y que se resiste a abandonar sus “viejos ídolos”.

Precisemos la primera para luego analizar la segunda. Porque es justamente en relación a una de esas “teorías sexuales infantiles” (la primacía del falo) que Freud trabaja la problemática de la desmentida y las escisiones en el Yo, y por extensión la cuestión de la creencia en la subjetividad.

Recordemos como Freud lo plantea en “La organización genital infantil” (1923):

“Es notoria su reacción frente a las primeras impresiones de la falta de pene. Desconocen (“leugnen”, luego para estos casos la palabra es desmentida “verleugnen”) esa falta; creen ver un miembro a pesar de todo; cohonestan la contradicción entre observación y prejuicio mediante el subterfugio de que aún sería pequeño y ya va a crecer, y después, poco a poco, llegan a la conclusión, afectivamente sustantiva, de que sin duda estuvo presente y luego fue removido. La falta de pene es entendida como resultado de una castración (…)” y más adelante: “Me parece, eso sí, que solo puede apreciarse rectamente la significatividad del complejo de castración si a la vez se toma en cuenta su génesis en la fase del primado del falo.”(El resaltado es mío)

Primera cuestión: el primado del falo se inscribe en el territorio de las creencias y desde aquí se motorizan las diferentes reacciones que apuntan al deseo de no resignar una convicción frente al dato perceptivo de la realidad, no están dispuestos a sacrificar tan rápido sus viejas teorías sexuales: “creen ver un miembro a pesar de todo”, quiere decir que en el sujeto existe una creencia que antecede a la experiencia, el juicio de atribución se impone al de existencia; por lo tanto el resultado es, segunda cuestión: un conflicto entre el prejuicio y la observación. Creencia y prejuicio aquí van de la mano.

Tercera cuestión: se intenta aliviar la angustia que el conflicto genera con una desmentida. Desmentida que, escisión mediante en el Yo, puede hacer coexistir el prejuicio y el dato perceptivo sin resignar uno ni sacrificar al otro, y además la desmentida puede hacer jugar la convivencia de dos enunciados contradictorios en diferentes planos: el espacial (“sí, pero no...” “ya lo sé, pero aun así...”, “las brujas no existen; pero que las hay, las hay…” etc.) o en el temporal (“es aún pequeño, pero ya va a crecer…”, “ahora no, pero después si…”).

Es sobre este segundo tipo de desmentida que las religiones en general ofrecen organizaciones representacionales consensuadas en relación al tema de la muerte, la idea de dejar de ser es tan insoportable que se acepta a condición de seguir siendo bajo otra forma; se contrarresta el dolor por lo ineluctable de la muerte propia o del semejante (aceptación del dato perceptivo) gracias a la teoría de la rencarnación o de la vida en el más allá, etc. La creencia de un después que anule el ahora es un bálsamo sobre la desgarradura del Yo.

Todo el repertorio de frases del tipo “ahora no nene, después te lo compro” o “ahora no, después cuando lleguemos a casa te lo hago”, etc., etc.; afirmaciones todas que ambos, el chico y el adulto, saben que son un engaño destinado a morigerar el sufrimiento de la frustración del “ahora” favoreciendo la conformación de la desmentida a través de un “después”. Frases que el saber popular  incorpora para hacer de ellas un recurso ingenioso: cuando era chico, en la carnicería de mi barrio había un cartel que me sorprendía, decía “Hoy no se fía, mañana sí”.

O cómo empieza el Historial de Juanito:

“Las primeras comunicaciones sobre Hans datan del tiempo en que aun no había cumplido tres años. A través de diferentes dichos y preguntas, exteriorizaba ya entonces un interés particularmente vivo por la parte de su cuerpo que tenía la costumbre de designar como “hace-pipí”.

Así cierta vez hizo esta pregunta a la madre:

Hans: “Mamá, ¿tú también tienes un hace-pipí?”

Mamá: “Desde luego ¿Por qué?”

Es obvio que Juanito no le está preguntando a la madre por el meato urinario, sin embargo la respuesta del adulto atravesada por el inconsciente materno y determinada por la cultura falocéntrica, consolidan la creencia en la premisa universal del falo.

Por eso las teorías sexuales infantiles no surgen espontáneamente de la mente de los chicos a partir de un psiquismo insuficientemente desarrollado como decía Freud, sino que en esas creencias ya operan modelos cognitivos que la cultura impone a través de los padres. En rigor es el discurso instituyente del otro humano el que posibilita el modo de relación con el mundo que implica ya organizaciones, valoraciones e identidades. O, para decirlo de una forma más taxativa: no es posible el conocimiento del mundo (y sus dificultades, sus limitaciones y engaños) sin la presencia de un universo discursivo precedente que oficie como garante y organizador de lo cognoscible.

De ahí que, en sentido amplio, el prejuicio (pre-juicio; es decir el juicio de atribución sin esperar al juicio de existencia en términos freudianos) es tan necesario como arbitrario porque se establece sobre una realidad atribuida de sentido que la encubre y la ordena al mismo tiempo, la hace aprehensible y al mismo tiempo posibilita su captura porque sino reduciría todo el conocimiento a la inmediatez de la experiencia individual. El “no meter los dedos en el enchufe porque es malo” a fuerza de repetición termina organizando en el chico un juicio de atribución con respecto a la electricidad que al mismo tiempo que lo ayuda a empezar a conocerla lo preserva de tener que hacer la experiencia personal.

Como decía Silvia Bleichmar: “Siendo entonces que el ser humano no puede aprender a vivir por ensayo y error, porque moriría al primer intento fallido. Es el discurso instituyente del otro humano el que posibilita el modo de relación con el mundo que implica organizaciones y valoraciones.”(2)

Pero si esto es válido para relacionarse con las cosas del mundo también lo es para las relaciones interhumanas, los enunciados identificatorios de los otros significativos que a su vez funcionan como caja de resonancia de la moral, la ideología y la cultura de cada época y de cada grupo social, van dibujando un mapa de valores, atributos y rasgos distintivos de uno y de los otros que ayudan a organizar los itinerarios de aceptaciones y rechazos a lo largo de la vida. Por eso Freud planteaba que “…, el superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición, de todas las valoraciones perdurables que se han reproducido por este camino a lo largo de las generaciones.” Y más adelante “… en las ideologías del superyó pervive el pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que solo poco a poco ceden a los influjos del presente, a los nuevos cambios; y en tanto ese pasado opera a través del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso…”.(3)

En ese sentido, por ejemplo, es que la singularidad de cada cultura hace de lo intolerable a lo diferente la encarnadura humana del prejuicio al otro, llena con los atributos de lo despreciable la incómoda presencia del otro distinto a mí; y cuando un sujeto comienza a socializar ciertos “otros” ya están investidos por toda una atribución de sentido ideológico-social antes que la experiencia personal del vínculo pueda advenir. De ahí que lo que caracteriza al prejuicio es su inamovilidad, lo refractario a toda argumentación y a toda demostración que pueda salirse de las reglas enunciativas planteadas; lo difícil de su destitución mediante cualquier prueba de realidad teórica o empírica y el grado de certeza que tiene aún si entra en flagrante contradicción con ciertos principios éticos subjetivos. Y es porque su remoción implica un cuestionamiento profundo a los anclajes identificatorios de base que hacen a las coordenadas básicas de pertenencia a una cultura determinada.

Un padre que consulta por ciertos conflictos en el vínculo con su hijo adoptado, en algún momento de las entrevistas dice “¡es que tiene un carácter jodido! … vaya a saber a quien ha salido…” aludiendo a sus orígenes.

Si al deseo de hijo, que nuestra ideología lo sobredetermina haciendo que el fantasma de filiación necesite “morder” en la genética para adquirir consistencia (“sangre de mi sangre” o “carne de mi carne”, etc.), se le suma el prejuicio sobre el otro de los orígenes se termina por dinamitar el puente de apropiación o reconocimiento filial.

O, y en esa misma línea, una de las cartas de Freud a Sabina Spielrein que la película de Cronemberg morigera en su contenido racista: “Por mi parte, como usted sabe, estoy curado de cualquier secuela de predilección por los arios y, si su hijo es varón, quiero suponer que se convertirá en un sionista resuelto. Es preciso que sea moreno, o que en todo caso llegue a serlo; basta de cabezas rubias (…) Nosotros somos judíos y lo seguiremos siendo”. (4)

 

Pero volviendo a las “teoría sexuales infantiles” y su razón de ser en la subjetividad, son intentos de explicación (simbolización) ante lo angustiante que los dos grandes enigmas humanos generan en todo sujeto: la diferencia de género y la diferencia generacional. Y la teoría de la castración que Laplanche ha denominado con irónica insistencia “Teoría de Hans y Sigmund” porque es formulada por Hans y conceptualizada por Freud, es una teoría que justamente intenta responder al enigma de la diferencia de géneros. Por eso Freud señala que la significatividad del complejo de castración sólo se puede entender a partir de su génesis en la creencia de la primacía del falo, es decir como un intento de ligar el monto de angustia a un complejo representacional que el ataque de la excitación sexual produce en el Yo.

Ahora bien, esta teoría de la castración como teoría sexual infantil y conceptualizada por Freud poco a poco va a ir deslizándose hacia un destino mítico-ideológico independiente del suelo en que se la vio nacer, y que es el mito psicoanalítico de la génesis de la diferencia de sexos a partir de un solo género que presupone al sexo masculino. Recordemos que en ese mismo texto de “La organización genital infantil” Freud concluye organizado la sexualidad infantil en términos de una lógica binaria asentada en la primacía viril, de una polaridad sexual donde lo masculino reúne la siguiente secuencia: el sujeto, la actividad y la posesión del pene: y lo femenino: el objeto, la pasividad, y la vagina, queridas colegas, solo tiene derecho a existencia como “albergue del pene” y que, en el mejor de los casos “recibe la herencia del vientre materno”.

Es así que esta teoría sexual infantil se irá transformando ideológicamente (como dice Laplanche) “… en un mito psicoanalítico, con el destino que sabemos: habiendo empezado por ser una teoría de la génesis de los sexos, se transfigurara en la idea de una “castración” operada entre la madre y su hijo; y, más generalmente aún, “la castración” pasará a ser, de manera perfectamente metafísica, un simple modo de hablar para decir “finitud” (1). Y el famoso “sujeto barrado” de Lacan ya define a un sujeto ontológico sobre el cual se despliegan las vicisitudes humanas.

Pero en Freud mismo es interesante ver cómo aparece este deslizamiento a través del uso que hace del mito del andrógino de Aristófanes, éste aparece dos veces en su obra, la primera en 1905 en “Tres ensayo de teoría sexual” justamente para dar cuenta del lugar que la sexualidad tiene en el sentido común de la gente: “La opinión popular tiene representaciones bien precisas acerca de la naturaleza y las propiedades de esta pulsión sexual. Faltaría en la infancia, advendría en la época de la pubertad y en conexión con el proceso de maduración que sobreviene en ella, se exteriorizaría en las manifestaciones de atracción irrefrenable que un sexo ejerce sobre el otro, y su meta sería la unión sexual o, al menos, las acciones que apuntan en esa dirección. Pero tenemos pleno fundamento para discernir en esas indicaciones un reflejo o copia muy infiel de la realidad: y si la miramos más de cerca, la vemos plegadas de errores, imprecisiones y conclusiones apresuradas.” Y más adelante “La fábula poética de la partición del ser humano en dos mitades -macho y hembra- que aspiran a reunirse de nuevo en el amor se corresponde  a maravillas con la teoría popular de la pulsión sexual. Por eso provoca gran sorpresa enterarse de que hay hombres cuyo objeto sexual no es la mujer, sino el hombre, y mujeres que no tienen por tal objeto al hombre, sino a la mujer.”

Como vemos aquí el mito de Aristófanes viene a convalidar lo que el sentido común cree de la sexualidad: que está predeterminada, que cada uno encuentra su pareja según una armonía original que debe ser restablecida, etc. Y Freud es claro en insistir desde el principio que ésta es una copia poco fiel de la realidad, está más determinada por las creencias y la ideología, plagada de errores y conclusiones prejuiciosas que de conocimiento real. Es más, “Tres ensayos” puede leerse como la embestida más consistente de Freud contra la concepción sexual del sentido común, esa odisea del instinto (como dice Laplanche) que arranca con el instinto perdido (todo el repertorio de las llamadas aberraciones sexuales), pasa luego por la sexualidad infantil (con pleno derecho de existencia y reconocimiento) y por último el instinto es recobrado pero como otra cosa en el humano: la pulsión.

Pero catorce años más tarde Freud retoma el mito de Aristófanes en “Más allá del principio del placer” para suplir justamente la carencia de una explicación metapsicológica consistente sobre el nuevo dualismo pulsional: “Entonces si no queremos abandonar la hipótesis de las pulsiones de muerte, hay que asociarlas desde el comienzo mismo con unas pulsiones de vida. Pero es preciso confesarlo: trabajamos ahí con una ecuación de dos incógnitas. Lo que hallamos en la ciencia acerca de la génesis de la sexualidad es tan poco que este problema puede compararse con un recinto oscuro donde no ha penetrado siquiera la vislumbre de una hipótesis. Es verdad que hallamos una hipótesis así en un sitio totalmente diverso, pero ella es de naturaleza tan fantástica –por cierto, más un mito que una explicación científica- que no me atrevería a mencionarla sino llenara justamente una condición cuyo cumplimiento anhelamos. Esa hipótesis deriva una pulsión de la necesidad de restablecer un estado anterior.”

“Me refiero, desde luego, a la teoría que Platón hace desarrollar en El banquete por Aristófanes, y que no solo trata del origen de la pulsión sexual, sino de su más importante variación con respecto al objeto: “Antaño, en efecto, nuestra naturaleza no era idéntica a la que vemos hoy, sino de otra suerte. Sepan, en primer lugar, que la humanidad comprendía tres géneros, y no dos, macho y hembra, como hoy; no, existía además un tercero, que tenía a los otros dos reunidos (…) el andrógino…”. Ahora bien, en estos seres humanos todo era doble…” y más adelante: “Entonces Zeus se determinó a dividir a todos los seres humanos en dos partes “como se corta a los membrillos para hacer conservas. (…) El seccionamiento había desdoblado el ser natural. Entonces cada mitad, suspirando por su otra mitad, se le unía: se abrazaban con las manos, se enlazaban entre sí anhelando fusionarse en un solo ser…”

Pero si en 1905 Freud tomaba al mito para dar cuenta de cómo una versión histórico-poética contribuía a la concepción sexual hegemónica del sentido común basada en creencias y prejuicios (que hay una sexualidad preformada, instintual, fijada a un objeto y al servicio de la reproducción, etc.), concepción que necesitaba derrumbar para construir sobre bases sólidas una nueva concepción científica sobre el deseo sexual en el hombre (abierto, no determinado, presente en todos los quehaceres de la vida humana, sin un objeto prestablecido, con metas diversas, etc.,), en 1919 el mito es utilizado en una dirección exactamente inversa: llena la laguna de una formulación científica  o metapsicológica ausente en la nueva postulación del dualismo pulsional, y la sexualidad erótica que, por su parte, tendía a todo salvo a la unidad y no estaba ligada a ningún plan prestablecido, ahora busca, compulsión de repetición mediante, el retorno a una unidad original aconflictiva perdida allá en la noche de los tiempos y que trata de reconstruir a partir de juntar las dos mitades del membrillo (en conserva). Dos concepciones del deseo sexual, dos formas de concebir la génesis de la sexualidad y sus avatares; pero no diferentes, sino contrarias, opuestas.

O como dice Laplanche: “¡Pero se trata verdaderamente de un giro de 180 grados! Después de haber dicho que la sexualidad no estaba preformada, se vuelve, en Más allá del principio del placer, a la idea de que todo estaba dado de antemano, y que no se buscaba sino volver a lo que estaba allí desde el comienzo.”(5)

Ahora ¿qué es lo que viene traccionando en Freud para que este desvío biologizante se vaya pronunciando cada vez más? Una creencia; la pasión por una creencia que hace desmentir los datos de la realidad y hasta desplazar, en parte, al Freud científico.

A mediados del siglo XIX aparece una idea evolutiva que puede situarse en segundo lugar, después de la misma selección natural, por el impacto y la enorme influencia que tuvo en la cultura popular más allá de la biología. Y que es la teoría de la recapitulación, que afirmaba que “la ontogenia recapitula la filogenia”, brevemente: un organismo, a lo largo de su crecimiento embrionario, atraviesa una serie de estadios que representan a los antepasados adultos en su orden histórico adecuado. Así por ejemplo: las hendiduras branquiales en un embrión humano registran nuestro pasado distante como peces, la cola embrionaria posterior que después se reabsorbe, representa la fase reptiliana de nuestra ascendencia.

Estas ideas la biología las abandonó hace más de 90 años, pero la enorme influencia en términos ideológicos que tuvo en un momento histórico determinado (expansión de los imperios culturales y económicos, dominación de clases, explotación de nuevos territorios, sometimiento de nuevos actores sociales, etc.) hizo que la teoría de la recapitulación adquiriera una relevancia a nivel cultural notable, a tal punto que se fue instituyendo como modelo ideológico hegemónico el llamado “triple paralelismo” de la teoría clásica de la recapitulación en biología a todas las ciencias humanas.

Si en el desarrollo embrionario actual de una especie avanzada uno se encontraba con las formas desarrolladas adultas del pasado más remoto, como con los adultos de una especie de cualquier “linaje” primitivo que todavía sobreviven; de manera similar y en una extensión racista, los niños blancos podían compararse tanto con los fósiles del Homo erectus adulto como con los africanos adultos.

De ahí surgen las teorías de Lombroso: un defectuoso batido genético daba “el criminal nato” que se manifestaba por haber retenido los rasgos simiescos que la ontogenia de la gente normal superaba con éxito; las diferentes teorías racistas que presentaban a los adultos de “culturas primitivas” como niños díscolos y rebeldes que había que someter y/o domesticar; y un sinnúmero de programas de estudios de las escuelas primarias en muchas ciudades que trataban a los niños como hombres y mujeres de un pasado más simple.

Freud, a este “triple paralelismo” agrega un cuarto: el adulto neurótico, que en aspectos importantes, representa tanto a un niño normal, como a un antepasado adulto y a un adulto actual de una cultura “primitiva”.

Por ejemplo, en las “Conferencias de Introducción al psicoanálisis” de 1915/16, Freud dice: “La prehistoria a que el trabajo del sueño nos reconduce es doble: en primer lugar, la prehistoria individual, la infancia; y por otra parte, en la medida en que cada individuo repite abreviadamente en su infancia, de alguna manera, el desarrollo todo de la especie humana, también esta otra prehistoria, la filogenética. ¿Se logrará distinguir en los procesos anímicos latentes la parte que proviene del tiempo primordial del individuo de la que proviene del filogenético?”.

Pero la idea de la recapitulación no representa simplemente una moda pasajera o una preocupación secundaria en Freud, ocupa un lugar medular en todos sus desarrollos intelectuales.

Por ejemplo, Freud basó en la teoría de la recapitulación toda su concepción de las fases psicosexuales (los estadios oral, anal, fálico y genital), y la represión orgánica y el relegamiento de ciertos sentidos en función de otros a partir de la postura erecta, etc. Y es el tema central en dos de sus principales obras: “Tótem y Tabú” y “Moisés y el monoteísmo”.

En la primera Freud plantea “el triple paralelismo” infiriendo un complejo pasado filogenético a partir de la existencia del complejo de Edipo en los niños y su persistencia en los neuróticos adultos, y su presencia a través de tabúes sobre el incesto y totemismos en las culturas “primitivas”.

La sociedad humana primitiva estaba organizada como una horda patriarcal, dominada por un padre terrible que excluía a los hijos del comercio sexual con las mujeres del clan. Frustrados, los hijos mataban a ese padre dominante pero después, en su culpabilidad, no podían poseer a esas mismas mujeres  (tabú del incesto). Expiaban su culpa identificando al padre asesinado con un animal totémico, pero celebraban su triunfo al volver a representarlo en su fiesta totémica anual. Los niños actuales reviven este acto del parricidio original en los avatares del complejo de Edipo.

26 años después Freud vuelve a repetir el mismo esquema en otro contexto. Moisés era un egipcio que compartió su suerte con los judíos convirtiéndose en su líder y guía, eventualmente su pueblo de adopción lo mató y, abrumados por la culpa, lo erigieron en profeta de un dios único y todopoderoso que impuso las tablas de la ley que dieron lugar a los ideales éticos basales de la civilización judeocristiana.

Como dice Stephen Jay Gould en ese maravilloso libro “Acabo de llegar” (5), donde discute algunas de estas y muchas más cosas:

“Pero la principal razón por la que no debemos rechazar la teoría de Freud como absurda reside en su consonancia con las ideas biológicas que entonces eran corrientes. La ciencia ha abandonado desde entonces las “agarraderas” o piezas biológicas claves de la teoría de Freud”. Y más adelante: “Por ello la teoría de Freud nos sorprende como una especulación loca que no tiene ningún sentido en absoluto según las ideas modernas de la evolución. Bueno, la fantasía filogenética de Freud es osada, va mucho más allá de lo que los datos permiten, es terriblemente especulativa, idiosincrática… y errónea. Pero la especulación de Freud resulta comprensible una vez que reconocemos las dos teorías biológicas, que antaño eran respetables, que subyacen a su especulación.”

Estas dos teorías biológicas eran, la primera la de la recapitulación (que ya desarrollamos); pero la recapitulación no es suficiente porque se necesita así mismo un mecanismo para convertir las experiencias de los adultos en la herencia de sus descendientes. Dice Jay Gould:

“La fantasía de Freud requiere el paso de la herencia moderna de acontecimientos que afectaron a nuestros antepasados hace solo decenas de millones de años, todo lo más. Pero tales acontecimientos (angustia ante la proximidad de los casquetes de hielo, la castración de los hijos y el asesinato de los padres) no tienen impacto hereditario. Por traumáticos que sean, tales acontecimientos no afectan a los óvulos y espermatozoides de los progenitores, y por lo tanto no pueden pasar a la herencia según las reglas mendelianas y darwinianas.”

Ahí es donde aparece la segunda agarradera biológica: la idea lamarckiana, que entonces ya no estaba de moda pero que Freud la toma (y con pasión) porque da cuenta justamente cómo los caracteres adquiridos se heredan. Desde esta perspectiva cualquier comportamiento importante y adaptativo que desarrollaran los antepasados adultos puede pasar directamente a la herencia de los descendientes… y rápidamente. Un parricidio primitivo que hubiera tenido lugar hace solo diez o veinte mil años bien podría haberse transmitido como el complejo de Edipo de los niños actuales.

Es la época del intercambio epistolar más intenso con Ferenczi donde entre los dos arman un programa de investigación para darle consistencia psicoanalítica a estas ideas biológicas. Juntos planearon un libro sobre el tema y Freud se puso a estudiar la obra de Lamarck con entusiasmo. La relación con Ferenczi, en un aspecto importante, se debe a que éste era de todos sus discípulos el que mejor formación en biología tenía; a tal punto que uno de los escritos sobre metapsicología que sobrevivió a la destrucción de Freud se recuperó porque le había mandado un borrador del mismo a Ferenczi: “Sinopsis de las neurosis de transferencia”. En el apartado f) [Predispoción a las neurosis] da rienda suelta a todas estas ideas.

 El 12 de julio de 1915 Freud en una carta a Ferenczi escribe:

 “Existe en los enfermos individuales una sucesión cronológica en lo referente a los puntos de partida, que trascurre así: Histeria de angustia – Histeria de conversión – Neurosis obsesiva – Demencia precoz – Paranoia – Melancolía-manía.

(Más adelante) “En cambio, esta serie parece repetir filogenéticamente un desarrollo histórico. Lo que hoy son neurosis, fueron fases de evolución de la humanidad. Con la aparición de las privaciones de la época glacial, los hombres se tornaron angustiados, tenían todas las razones para transformar su libido en angustia.”, etc., etc.

Con el tiempo Freud abandona este proyecto con Ferenczi, no así este último que termina por escribir “Thalassa” que, carente del rigor metodológico científico de Freud, termina  por ser una mezcla insostenible de simbolismo y causalidad.

Hay una llamativa comparación que hace Freud en “Análisis terminable e interminable”  sobre las teorías sexuales infantiles y el esclarecimiento sexual adulto, que siempre me llamó la atención, dice: “Los niños saben ahora algo que antes ignoraban, pero no atinan a nada con las nuevas teorías que les regalaron. Uno se convence que ni siquiera están prontos a sacrificar tan rápido aquellas teorías sexuales –uno diría: naturales- que ellos han formado en acuerdo con su organización libidinal imperfecta y en dependencia de esta: el papel de la cigüeña, la naturaleza del comercio sexual, la manera en que los niños vienen al mundo. Todavía largo tiempo después de haber recibido el esclarecimiento sexual se comportan como los primitivos a quienes se les ha impuesto el cristianismo y siguen venerando en secreto a sus viejos ídolos.”(6)

La imagen es bien clara, pero si la pensamos: ¿Cómo entender esta comparación si no es por medio de una desmentida? Si bien Freud hace referencia aquí al cristianismo de manera figurativa, lo utiliza para representar la verdad sobre el sexo y la idolatría infantil corresponde a las teorías sexuales primitivas. ¿El adulto es una suerte de misionero evangelizador de la impúdica y primitiva sexualidad infantil? Sabemos que es Freud mismo el que recupera y le da estatus de verdadero conocimiento a las teorías sexuales infantiles, esto es: una respuesta necesaria y provisoria a la angustia que el enigma suscita.

La historia, y que Freud conocía muy bien, mostraba que los cristianos no solo habían querido convertir a las “razas primitivas” y por los medios más cruentos sino que habían querido también convertir a los judíos y en muchísimos casos los habían obligados a  tener que negociar su propia identidad a cambio de la vida.

Pero en una segunda lectura y en relación al contexto del impacto ideológico de estas ideas biológicas es que se puede entender el paralelismo que Freud traza entre cristianismo, esclarecimiento sexual y adultez; y, por otro lado, idolatría, teoría sexual infantil y “primitivos”.

Dice Stephan Jay Gould: “Reconozco el mérito de Freud por su firme compromiso con la lógica de su argumentación.” Porque “(…) la teoría de Freud obedecía a una lógica biológica rígidamente consistente arraigada en dos conceptos que desde entonces se han descreditado: la recapitulación y la herencia lamarckiana.”

Por eso, el desconocimiento o la falta de referencias con respecto al impacto ideológico que tuvieron estas teorías en el mundo intelectual y cultural de la época, hace que hoy en día las lecturas de Freud generen una situación paradojal: o se descartan por absurdos estos desarrollos, en una suerte de indiferencia que desmiente su existencia; o, se suman a una suerte de tradición silenciosa o amable que considera que las afirmaciones de Freud son simplemente “simbólicas”, o “metafóricas”: la sustitución de algo que en el fondo encierra una verdad psicoanalítica que hay que desentrañar con recursos varios.

Es cierto que esta teoría de Freud es una especulación infundada, basada en una biología falsa y no fundamentada en ningún dato cierto sobre la historia filogenética; pero, nuevamente, como señala Jay Gould: “Rechazo de plano esta tradición “amable” de suavizar el mecanismo bien formulado por Freud y convertirlo en un mito o una metáfora. En realidad, no pienso que esta tradición sea amable en absoluto, porque con el fin de hacer aparecer a Freud convincente en un contexto inapropiado de ideas modernas, dichas interpretaciones sacrifican la lógica nítida y la consistencia de la argumentación real de Freud.” Y más adelante “Si Freud hubiera presentado tales ideas sólo como una metáfora, entonces, ¿porqué las dotó de la consistencia con la teoría biológica basada en el lamarckismo y en la recapitulación? ¿Y porqué añoraba tan intensamente el lamarckismo después que su popularidad se hubiera desvanecido?”

Es justamente lo que Freud afirma en uno de sus últimos textos (“Moisés y la religión monoteísta” de 1939), que al modo de un enunciado paradigmático de la desmentida, del tipo “ya lo sé… pero sin embargo…”, Freud dice: “Además, nuestra situación es dificultada por la actitud presente de la ciencia biológica, que no quiere saber nada de la herencia, en los descendientes, de unos caracteres adquiridos. Nosotros, por nuestra parte, con toda modestia confesamos que, sin embargo, no podemos prescindir de este factor en el desarrollo biológico.”

Y más adelante una petición de principios, es decir, utiliza como prueba aquello que tiene que demostrar: “Si suponemos la persistencia de tales huellas mnémicas en la herencia arcaica, habremos tendido un puente sobre el abismo entre psicología individual y de las masas; podremos tratar a los pueblos como a los neuróticos individuales. Concedido que por el momento no poseemos, respecto de las huellas mnémicas dentro de la herencia arcaica, ninguna prueba más fuerte que la brindada por aquellos fenómenos residuales del trabajo analítico que piden que se los derive de la filogénesis; empero, esa prueba nos parece lo bastante fuerte para postular una relación así de cosas. Si fuera de otro modo, por el camino emprendido no daríamos un paso más ni en el análisis ni en la psicología de las masas. Es una temeridad inevitable.”

Es porque creemos en la herencia de los caracteres adquiridos, que lo que encontramos en el análisis individual no puede ser sino la prueba de la filogénesis. Es porque creemos en la primacía del falo, que lo que encontramos en la realidad no puede ser sino la prueba de su existencia. Es porque creemos en la teoría de la castración, que lo que encontramos en las asociaciones del paciente no pude ser sino su confirmación. Etc., etc. Teoría sexual infantil, ¿teoría psicoanalítica infantil?

No importa el tipo de contenido representacional que sea, una vez que se instala la creencia/teoría/ideología, se genera una manera de relacionarse con el mundo donde el juicio de atribución se adelanta siempre al de existencia. La atribución de sentido es el paso previo y necesario para conocer al otro o a lo otro. Donde lo que encontramos rápidamente queda investido por una pluralidad de significaciones subjetivas, sociales, culturales, etc.

Pero es nuevamente Freud el que nos ayuda a dar un paso más y no quedar atrapados en la inmediatez de lo dado. Y es nuevamente con el Moisés, pero no el del mito, sino el de piedra con el que nos ayuda a pensarlo, y donde además aparece como más clara esta oscilación, esta aventura tan humana entre el Freud de la creencia y el Freud metodológico.

El lugar de significación que tiene la figura de Moisés en Freud puede dimensionarse por el impacto subjetivo que ejerce la obra de Miguel Ángel: “Es que ninguna escultura me ha producido un efecto tan intenso”. (8)

Moisés es su ídolo, y como tal ejerce sobre Freud un efecto de fascinación y sometimiento pocas veces revelado por él mismo en su intimidad. El hombre que tenía como proyecto someter a análisis las ilusiones para mostrar sus imposturas de papel, entender la función del ídolo para derribar toda idolatría, comprender la necesidad de creer para no tener que arrodillarse frente a una creencia; es el que queda prendado por la imponente figura de mármol majestuosamente viva en una iglesia oscura y vacía.

“A menudo he subido la empinada escalera desde el poco agraciado Corso Cavour hasta la solitaria plaza donde se encuentra la iglesia desierta, y he tratado de sostener la mirada despreciativa y colérica del héroe; muchas veces me deslicé a hurtadillas para salir de la semipenumbra de su interior como si yo mismo fuera uno de esos a quienes él dirige su mirada, esa canalla que no puede mantener ninguna convicción, no tiene fe ni paciencia y se alegra si le devuelven la ilusión de sus ídolos.”

Cuando un año después Ernest Jones fue a Roma, Freud le escribió “Le envidio por ver Roma tan pronto y tan temprano en la vida. Hágale llegar mi más profunda devoción a Moisés y escríbame sobre él.”

¿Cómo se rescata Freud de esa devoción? ¿Cómo se sustrae a ese efecto cuasi hipnótico que su héroe ejerce sobre él? ¿Cómo recupera su autonomía y su capacidad de pensar?

“Día tras día, durante tres solitarias semanas de Setiembre de 1912, permanecí en la iglesia frente a la estatua, estudiándola, midiéndola y dibujándola, hasta que me alumbró esa comprensión que expresé en mi ensayo.”

Alrededor de 20 días, uno tras otro, Freud se enfrenta a esa enigmática y grandiosa estatua de mármol para hacerla hablar, para leer en la piedra un texto tan oscuro como subjetivamente ambiguo, para arrancarle un sentido, para que lo ayude a comprender no solo su propia fascinación frente al ídolo sino sus ganas de creer, el porqué de la necesidad de que le devuelvan la ilusión.

Y es en la insistente y persistente manera que Freud somete a su ídolo al trabajo del método (aquí sustituyendo la falta de asociaciones verbales por los pequeños detalles materiales), que poco a poco el trabajo de lo indiciario va poniendo en concordancia la intención del artista y lo que la obra dice, la deconstrucción de lo sabido o atribuido y la posibilidad de alumbrar un nuevo sentido. Al punto tal que ese Padre colérico y de despreciativa mirada termina siendo parido como un hijo ilegítimo del psicoanálisis (“Pasó mucho tiempo antes de que legitimara a este hijo no analítico”, en relación a sus dudas en publicar su ensayo y luego en reconocer su autoría).

Es el método el que nos preserva y nos contiene de la calidez seductora de las creencias, del apaciguante  silloncito de las ilusiones; pero fundamentalmente, nos protege del canto de sirena de las “teorías psicoanalíticas” en sus diferentes niveles y alcances. Pero no entendiendo al método como un inventario de recursos técnicos o de procedimientos formales en relación al dispositivo. Sino como el dispositivo mismo de abordaje a un dominio inaccesible por otras vías, el dominio del inconsciente es inseparable de su abordaje.

Como dice Laplanche: “El método es de asociaciones y recortes, es una deconstrucción, y solo en el horizonte de esa disolución o análisis podrá dibujarse otra realidad: lo que se llama fantasía inconsciente. Pero, entre la secuencia del comportamiento o del discurso consciente de la cual parten las asociaciones y el fragmento de secuencia inconsciente que puede esbozarse por recortes, no existe una correspondencia punto a punto, ninguna analogía o similitud. De modo que se ve descalificado todo método del orden de la “hermenéutica”, como trasposición o traducción directa de un discurso en otro, aun cuando este segundo discurso fuera junguiano, kleiniano, lacaniano o incluso freudiano.” Y en una nota al pie Laplanche agrega: “Gran parte de la actividad interpretativa actual constituye una recaída en los espejismos de la hermenéutica.”(1)

De manera tal que la relación entre el método y su objeto de trabajo, el inconsciente, es una relación de inclusión recíproca; que hace que uno modelice al otro y éste a su vez posibilite su abordaje. Por eso no es que el primero está solo adaptado a su objeto, sino que el segundo ejerce sobre aquel una fuerza de atracción que orienta su búsqueda.

 

 

 

Bibliografía:

 

1-     Laplanche, J.: “Entre seducción e inspiración: el hombre”. Amorrortu Ed., Bs. As., 2001

2-      Bleichmar, S.: “De la creencia al prejuicio” Vertex  Rev. Arg. de Psiquiat. 2007, Vol. XVIII: 42-45

3-     Freud, S.: “Nuevas conferencias de psicoanálisis” (1932). Amorrortu Ed. T XXII.

4-     Roudinesco, E. y Plon, M.: “Diccionario de Psicoanálisis” , Ed. Paidós.

5-     Laplanche, J.: “El extravío biologizante de la sexualidad en Freud”. Amorrortu Ed., Bs: As., 1998

6-     Jay Gould, S.: “Acabo de llegar”. Ed. Crítica. Barcelona, 2007

7-     Freud, S.: “Análisis terminable e interminable” (1937). Amorrortu Ed. T XXIII.

8-     Freud, S.: “El Moisés de Miguel  Ángel” (1914). Amorrortu Ed. T XIII