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Confianza y creencias en torno a la abstinencia psicoanalítica


Publicada el 19/06/2012 por Luis Vicente Miguelez





Confianza y creencias en torno a la abstinencia psicoanalítica En los albores de la aventura psicoanalítica, Freud planteó que toda cura debería realizarse en la abstinencia. No satisfacer, alertaba Freud, en el dispositivo del tratamiento analítico las demandas amorosas y mociones pulsionales del paciente para permitir el desenvolvimiento de la asociación libre y de una genuina escucha. Luego nos enfrentamos con la cuestión de no utilizar el poder que la transferencia nos otorga para nuestra propia satisfacción. Es nuestro imperativo ético interrogarnos en cada análisis qué es lo que hacemos con él. Paciente y analista están concernidos durante la cura analítica por lo que Freud denominó Versagung de la satisfacción, que fue traducido, un poco tendenciosamente, como frustración, cuando es preferible decir en castellano no conceder a la satisfacción, rehusar a la satisfacción. Si bien ambos, paciente y analista, quedan afectados por esta abstinencia, condición primera de la cura analítica, es responsabilidad del analista su sostenimiento. Este requerimiento, para sustentarse, necesita de una madurada templanza del lado del analista. Fernando Ulloa denominó a este proceder clínico estructura de demora. Entiendo que pone más el acento en una "postergación meditada" que conservaría la promesa que recrea el amor de transferencia que en contrariar la satisfacción. La estructura clínica de demora es solidaria con el proceder del aparato psíquico que, ante la exigencia pulsional de descarga inmediata, modera mediante la producción de un rodeo ese apetito de retorno instantáneo al estado anterior. Sutileza ficcional, en el sentido de invención legal, que establece la matriz simbólica del psiquismo. Esta estructura, precisa Ulloa, no suprime el registro de lo experimentado por el analista, su estar afectado, sino a la acción inmediata. La ardua tarea de la abstinencia- concluye- consiste entonces en una disposición a examinar y procesar ese estar afectado para utilizarlo luego en una acción clínica. La abstinencia del analista deja de ser entonces un término negativo que definiría solamente lo que no debe hacerse para presentar una modalidad novedosa del estar con el otro. Esta modalidad consiste primeramente en hacer lugar a lo que he llamado "el dale que" de la experiencia analítica. Este "dale que" tiene su origen en el juego infantil. El jugar del niño necesita de otros, de al menos un otro, aunque el niño juegue solo. De otro que haga eco al "dale que" que inaugura todo jugar. Es lo primero a destacar: esta apuesta al otro. Confianza en un otro que no venga a estropear el juego diciendo por ejemplo ante la propuesta de que la silla sea una nave espacial: "la silla sirve para sentarse a la mesa". Los analistas reconocemos que es esa primera confianza lo que puede iniciar un análisis y pone a jugar la palabra, aceptando la dimensión metamorfoseadora del lenguaje. Ahí donde un sueño se cuenta en análisis hay un "dale que" que es aceptado. Todo análisis parte de este acuerdo inicial entre analista y paciente que introduce esa premisa lúdica en el espacio de una cura. Por eso me gusta definir la actitud del analista como estando determinada por lo que Winnicott llamó el saber jugar. No se trata de saber el juego, ni siquiera se trata tanto de saber las reglas, sino de no arruinarlo con un saber que quite espontaneidad y creatividad al jugar mismo. Hay veces que una interpretación muy lúcida, previene Winnicott, que no muestre los límites de la comprensión del analista, viene a arruinar el juego. Brilla como objeto fetiche pero no se puede hacer uso de ella. En lo que vengo planteando hay dos términos que necesitan cierta articulación para que nos permitan considerar mejor la posición del analista en esa experiencia original que se llama abstinencia analítica. Me estoy refiriendo a confianza y uso. Winnicott planteaba que en el trabajo analítico deberíamos brindar una confiabilidad tal que el paciente pueda usar y agregaba mas tarde: "el mayor cumplido que puede hacérsenos es que seamos a la vez encontrados y usados hasta gastarnos". ¿A qué se refiere con que el paciente pueda usar al analista? Veamos en que consiste este desarrollo que hace Winnicott casi al final de su vida y que a mi gusto constituye un aporte fenomenal al trabajo de los analistas. Parte de la idea de que en casi todo análisis, y en ello se juega su eficacia, se produce un pasaje del no uso del analista al uso de éste, la realización de esta travesía constituye una experiencia satisfactoria. Antes de dicho pasaje el paciente protege al analista de ser usado estableciendo con él una relación a un objeto idealizado, perfecto e inalcanzable. Winnicott sugiere que esta fase previa de idealización presenta la incapacidad del paciente de usar y de ser usado. A esta condición, la capacidad de usar y ser usado, le atribuye, además de constituir un indicador de bienestar psíquico, ser requisito necesario para la buena terminación de un análisis. Winnicott distingue en sus formulaciones el plano de las relaciones de objeto, tal como lo entiende el psicoanálisis de la época, de lo que él va a denominar el uso del objeto. En la secuencia que él presenta viene primero la relación de objeto y al final el uso del objeto, pero sostiene que la parte intermedia, el entre, es la más difícil y la que en definitiva hace que un sujeto acuda a análisis. Lo que existe, dice Winnicott, entre la relación y el uso es la posibilidad del sujeto de colocar al objeto fuera de la zona de su control omnipotente, es decir poder percibirlo como un fenómeno exterior, no como una entidad proyectiva. Para que este pasaje se produzca el objeto (analista) deberá poder sobrevivir a las mociones destructivas del sujeto. Sobrevivir puede significar muchas cosas, pero la más importante es no actuar retaliativamente, por ejemplo interpretando la agresividad cuando que de lo que verdaderamente se trata es solamente de nuestra presencia sobreviviente. Esta depende menos del trabajo interpretativo que del ser capaces de sostener la abstinencia, en el sentido de poder ser afectados sin responder reactivamente: un estar ahí sin reservas. Es evidente que pasar por estos momentos transferenciales tumultuosos pone en juego la propia experiencia del analista con la destructividad. Es necesario entender que estas fases de un análisis son las más dificultosas de atravesar pero que una vez transitadas tienen su recompensa. Winnicott subraya y a esto lo considero de suma importancia, que no hay ira en la destrucción del objeto aunque sí alegría ante la supervivencia. La destrucción del objeto es un concepto paradojal que incluye que el sujeto destruye al objeto, que éste sobrevive a la destrucción y finalmente el sujeto adquiere la capacidad de hacer uso del objeto. Sin la experiencia de destructividad, el sujeto nunca coloca al objeto (analista) afuera, y por lo tanto jamás puede hacer otra cosa que experimentar una especie de autoanálisis, el analista será entonces solamente una proyección de una parte inconsciente de sí. En términos de la alimentación, dirá Winnicott, el sujeto se alimenta sólo de sí mismo sin poder usar el pecho para engordar. Si bien la palabra uso puede tener connotaciones negativas: explotación, deterioro, manipulación, etc., se entiende que la manera en que la venimos considerando rescata un aspecto fundamental del trabajo analítico. Me voy a referir a esto como la constitución en el transcurso de un análisis de la experiencia del don. Todo acto analítico pone en juego no tanto el valor del objeto en sí sino su circulación. El objeto sobreviviente mediante el cual Winnicott explicita esta experiencia entiendo que se convierte en un recurso real del cual servirse, una disposición a cerrar el capítulo de lo que se perdió sin retorno y a poder contentarse con lo que la vida ofrece a pesar de todo sin rechazarlo todo en bloque. Si un análisis llega a su término es porque logró situar al sujeto más allá de la dependencia de un objeto satisfaciente o de la identificación con el mismo. El don que el análisis promueve está en correlación con lo que Lacan introduce referido al amor que no es narcisista: dar lo que no se tiene a alguien que no lo es. Que esto pueda ocurrir depende de varias condiciones: la primera concierne a la índole de las primeras experiencias de vida, es decir, de la naturaleza de la provisión ambiental que tuvo un sujeto. Hay situaciones donde su falta o deterioro es de tal dimensión que poco se puede conseguir con el análisis. Encontramos allí cierto límite para la eficacia analítica, con lo que no niego la posibilidad de que un analista pueda intervenir en el caso y ser de alguna o mucha ayuda terapéutica. El desarrollo de esto lo dejo para algún otro momento. La segunda que es la que intento profundizar hoy concierne a lo que, a mi entender, posiciona al analista como objeto sobreviviente. Al menos deberíamos poder distinguir en el transcurso de un análisis tres posiciones de objeto que implican modalidades transferenciales diferentes. Muy esquemáticamente propongo lo siguiente, una primera dimensión donde el objeto (analista) es una especial proyección que en el marco transferencial es tenido como aquél del que se espera la máxima satisfacción, se trata de la relación con un objeto idealizado. El análisis se desenvuelve en el plano de la demanda y del amor de transferencia que puede derivar en odio por la insatisfacción a la que se siente sometido el paciente. Es en este espacio donde se producen los ataques destructivos al objeto. La otra posición que el analista encarna, para utilizar la denominación introducida por Lacan, es la de objeto "a", concierne al objeto en cuanto perdido irremediablemente. El paciente puede encontrar así, en las vicisitudes de la demanda insatisfecha la vía de acceso hacia el deseo, momento fructífero del análisis en tanto descubrimiento por el paciente de aquello que es motor de su goce. Una tercera finalmente en la que el analista se constituye, en términos de Winnicott, como objeto sobreviviente, se vuelve real (exterior) porque es destruido y sobrevive a la destrucción. Momento decisivo del análisis donde están dadas las condiciones para que se inicie la terminación de éste. Este tiempo se corresponde con que el paciente cuenta para sí con los recursos del trabajo analítico, es decir, con la capacidad para hacer uso del objeto y permitirse a su vez ser usado. En palabras propias, encontrar la manera en que su satisfacción se realice con la de los otros en una acción compartida. Entiendo que esto que esquematicé en tres momentos transcurre en un análisis de manera mucho más compleja y por supuesto no de un modo sucesivo. Es de imaginar que en el interior de la multiplicidad de encuentros en los que acontece un análisis estas posiciones transferenciales se superponen y se alternan. Sin embargo, podemos recortar en cada secuencia de análisis la predominancia de una sobre las otras. Reconocerla es tarea necesaria del analista, por el contrario su desconocimiento lleva muchas veces a encerronas en el tratamiento donde el analista intervendría desde una posición diferente a la que se encuentra situado en la transferencia. En esto es de fundamental importancia la operación de la abstinencia analítica, en el sentido que vengo dándole, no suprimir el registro de lo experimentado por el analista sino la acción inmediata. La estructura de demora de la que hablaba Ulloa debe operar primeramente en el analista para que así pueda discernir su lugar en la transferencia. Ahora bien esto no es algo que se puede programar de antemano en una cura, si bien se pretende que uno al menos esté advertido, examinar un mecanismo psicoanalítico depende más de sus fallos que de sus aciertos. No se trata de un saber al respecto sino de poner en análisis, de manera continua, lo que nos saca de la posición de analista en cada cura. Voy a dar un breve testimonio al respecto. Una joven paciente se entera de que en las últimas elecciones voté por Cristina Fernández. La joven que es politóloga tiene opiniones muy contrarias al gobierno. Me dice que se ha sentido decepcionada por mí, y a continuación me da una clase de política, tratando de mostrar mi equivocación electiva. Me encuentro discutiendo con la paciente sobre cuestiones, que debo decirlo me interesan especialmente, de la realidad social y económica del país. Respondo desde mi posición subjetiva, es decir desde el lugar de un otro, cuando de lo que se trata en este caso es de interrogar la decepción. Decepción que es un ataque destructivo al objeto idealizado que encarno y que intento rechazar en cambio de lograr sobrevivir al ataque. En el caso que comento sobrevivir es consentir la destrucción que la paciente hace del objeto idealizado y no pretender defenderme de la decepción que le provoco mediante respuestas inteligentes. Si este análisis continúa es porque entre otras cosas pude, a partir de reconocer el malestar que me embargó luego de la sesión, situar mi respuesta como una resistencia a descender del lugar idealizado en el que me sostenía su transferencia. Al querer preservarme como no decepcionante impedía el momento fecundo donde del ataque destructivo al objeto idealizado sobreviviera un objeto real. A partir de volver a poner el énfasis en la decepción surge en la paciente el miedo terrible a decepcionar a otro, a que ella no pueda sobrevivir si deja de ser el objeto idealizado que es para su padre, cuestión que la lleva a repetir frecuentemente situaciones donde luego de sostener una fuerte idealización de un otro sobreviene una decepción repentina. Los analistas reconocemos que en el centro de nuestra praxis se encuentra la cuestión de la verdad. La verdad en tanto es la verdad de la que un sujeto es efecto. En ese sentido el psicoanálisis no interroga al sujeto sobre la verdad de lo que dice sino sobre el lugar que éste toma en eso que enuncia. En esto se diferencia de cualquier ejercicio de la sospecha, no se busca descubrir una verdad oculta sino posibilitarle al sujeto encontrarse con aquello que lo constituye. En tanto que aquello que nos constituye se halla en el campo del Otro es que la experiencia del psicoanálisis tiene su razón de ser. Lo más propio de cada uno se configura en torno a aquellos otros significativos de los cuales dependemos y es esto lo que se repite en la transferencia. En este sentido, el recorrido de un análisis pone principalmente en juego, en las variadas acepciones que le damos a esta expresión, la repetición de aquello que insiste en el fracaso de una satisfacción. Recordemos que Freud se preguntaba por qué el sujeto repite lo que ya en su momento se le mostró como insatisfactorio. A esta repetición compulsiva está asociada un "ya lo sé pero aún así" renegatorio, efecto ineludible del sujeto dividido. La transferencia analítica sitúa al analista en el lugar de aquél con quien se pretende satisfacer las frustradas demandas que no quieren perimir. Ante lo cual la abstinencia del analista debe poner en acción una respuesta de otro tenor a la habitual. No satisface pero tampoco frustra, ofrece un espacio y un tiempo donde éstas puedan alojarse hasta tanto el sujeto encuentre la manera de hacer el camino que habilite su deseo. Es evidente entonces, que lo que llamamos abstinencia requiere del analista algo más que no satisfacer las demandas del paciente, implica de su parte un proceder activo que contribuya a instalar un plano de confiabilidad mutua que permita realizar esa experiencia. Este plano de confiabilidad no se sostiene si no se toma el riesgo de transitar conjuntamente, paciente y analista, por la experiencia de máxima destrucción del objeto. Que éste sobreviva en un análisis podemos compararlo con el júbilo que experimenta el niño del fort-da ante la reaparición del carretel. Luis Vicente Miguelez Buenos Aires junio de 2012