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Ficción, realidad y creencia


Publicada el 25/01/2012 por Carlos Guzzetti





Quiero retomar algunos temas que ya expusieron Eduardo Müller y Alberto Marani, el primero en su afirmación de que la única realidad es la ficción, proposición que comparto y el segundo respecto de la función de la narración en la praxis analítica, con la que también acuerdo.

Realidad
Algunas de las propuestas de nuestro invitado de comienzos de año, Sergio Barberis, sus referencias a la cosmología y a las ciencias duras nos permitieron comprobar que la dificultad que entraña la noción de realidad no es privativa de nuestra disciplina conjetural. Para desasosiego de muchos, el joven filósofo nos advirtió que tampoco en el campo de las ciencias de la naturaleza la realidad se sostiene por sí misma. Todo ello me evocó algunas lecturas dispersas por las que suelo interesarme.
Werner Heisenberg, uno de los teóricos fundadores de la física cuántica, publica en 1955 un librito de divulgación en el que establece algunos postulados decisivos. Lo cito brevemente:
“Las vulgares divisiones del universo en sujeto y objeto, mundo interior y mundo exterior, cuerpo y alma, no sirven ya más que para suscitar equívocos (22).
“La imagen de la naturaleza propia de la ciencia natural,…no lo es en último análisis de la naturaleza en sí; se trata de una imagen de nuestra relación con la naturaleza. (26) La imagen del universo propia de la ciencia natural no es pues ya la que corresponde a una ciencia cuyo objeto es la naturaleza (27”).
“Por primera vez en el curso de la historia el hombre no encuentra ante sí más que a sí mismo en el universo (21)”  
Mucho más recientemente, en 2010, Stephen Hawking dedica un capítulo de su último libro “El gran diseño” a nuestra pregunta del año “¿Qué es la realidad?”. Con su estilo didáctico-humorístico concluye que la realidad es aquello que un modelo determinado puede circunscribir. Así, la realidad del pez que ve el mundo tras la pared cóncava de su pecera es diferente de la que ve el niño que lo alimenta y las leyes que rigen los movimientos en uno y otro modelo son diferentes. Otro modo de decir lo que Barberis nos contaba: que Kepler y Brahe no veían el mismo sol. Hawking entonces nos habla de un realismo dependiente del modelo.  
Imagen, modelo, nociones imprecisas que refieren un trabajo de construcción y delimitación de un campo de problemas, de un objeto sobre el cual trabajar. Prefiero, con los expositores que me precedieron, utilizar aquí la noción de ficción, que trataré de precisar en estas páginas.

Ficciones y mitos
Es notorio que en la escritura de Freud hay una apelación al género narrativo. Los historiales clínicos son su mejor demostración. La práctica freudiana de escritura de su clínica, de la que testimonia en tantos lugares, unida a la abundancia de relatos en los textos llamados “de psicoanálisis aplicado”, las referencias mitológicas, literarias, etc., indican la importancia que la narración tiene para él. Existe por cierto un conflicto entre el género narrativo que cultivó Freud y la aspiración a que su disciplina se incluyese en el saber científico de su época. De ahí advertencias como la que hace en Dora respecto a la curiosidad no científica que suscitaría la lectura de un historial clínico, comparable a una “novela con clave”. Ciertamente no toda la producción de Freud puede ser asimilada a este género literario. En particular los trabajos metapsicológicos (ampliamente considerados) se alejan bastante de lo que se entiende por relato o narración.
Precisamente uno de ellos, “Pulsiones y destinos de pulsión”, es uno de los lugares en que expone con mayor rigor su método teórico. Allí acuña la noción de que existen ciertas ideas abstractas que si bien parecen extraídas del material empírico en realidad éste les es sometido. A estas ideas abstractas, que ordenan la observación de los hechos y constituyen las piedras angulares de los Grundbegriffe (conceptos fundamentales), las denomina convenciones. El término convención posee indiscutiblemente un cierto matiz rousseauniano, matiz que es rastreable en muchos pasajes de la obra de Freud. Convención, pacto, alianza, contrato, acto fundante de la cultura –“Totem y tabú”- y en Rousseau incluso del lenguaje –“Ensayo sobre el origen de las lenguas”-. En el Seminario XI Lacan prefiere referirse a ellas con el concepto de ficción, término que toma de Bentham  . No me referiré en esta ocasión al concepto de ficción en Bentham, que tiene fundamentalmente una raíz lingüística, ni tampoco a las ficciones jurídicas, que se originan en el derecho romano. No obstante indicaré que, para algunos autores   es posible y necesario establecer una continuidad entre las ficciones jurídicas y las ficciones literarias, continuidad de la que haremos participar a las ficciones teóricas, por lo menos las que nos atañen.
En el texto titulado “Pueden los legos ejercer el análisis? (diálogos con un juez imparcial)”   , Freud hace referencia al filósofo Hans Vaihinger y a su filosofía del como si. El aparato psíquico, su concepción espacial, siempre open to revision, es una representación auxiliar, una ficción en el sentido de Vaihinger, perteneciente a la categoría del como si, definida por el filósofo como “lo conscientemente falso”. Su valor, sin embargo, acota Freud, está dado “por lo que se pueda conseguir con ella”. Y, como veíamos anteriormente, lo que puede conseguirse con ellas, su utilidad, radica en que el material empírico les es sometido. Del mismo modo podemos afirmar que la construcción analítica no tiene valor tanto por la exactitud de su formulación sino porque permite la prosecución del trabajo asociativo, de allí que Freud se refiera a ella como “labor preliminar” y que su verdad sólo pueda ser confirmada por las asociaciones que produzca.
Las ficciones operan un recorte en los hechos -de la clínica en nuestro caso-, construyen una Realität (teórica) a partir de la Wirklichkeit. . Obviamente depende de las ficciones en juego la Realität que se constituirá).
Ahora bien, Vaihinger rastrea en la obra de Nietzsche su concepción de la ficción. Ya desde su juventud, en un escrito titulado “Sobre verdad y mentira en un sentido extra-moral” desarrolla la idea fundamental de que no sólo nuestro lenguaje sino también nuestro pensamiento conceptual se basan en operaciones falsificadoras, es decir “operaciones que no se corresponden con la realidad”. Sin embargo, “esta realidad creadora, logificadora, ordenadora y falsificadora es la realidad mejor garantizada”. Y finalmente nos deja con una frase que vale como epígrafe: “Todo lo que pueda ser pensado debe ser, ciertamente, una ficción”.  
En psicoanálisis, las relaciones entre teoría y clínica no dejan de ser problemáticas. Puede afirmarse que la clínica se sostiene en una teoría, sea ésta explícita o no. Parafraseando un aforismo de Jacques Alain Miller, puede decirse: “no hay clínica sin teoría”. Todo reduccionismo pragmatista, toda exaltación de la práctica en contra de un supuesto “teoricismo” queda fuera del campo de la reflexión freudiana. Y la clínica sin teoría no puede ser otra cosa que superchería. Ya Freud advertía el parentesco entre el análisis silvestre y el curanderismo.
 La recíproca también es válida ya que, sostenemos, “no hay teoría sin clínica”. La teoría fuera de su contexto de producción, desligada del dispositivo que la soporta, fuera de transferencia, tiene desde Freud un nombre: Weltanschauung, concepción del universo, y la soberbia de aspirar a tener validez universal, de explicar todos los fenómenos del mundo.
Así, la clínica es el modo de producción teórico del psicoanálisis, afirmación que reconoce su filiación en la obra de Marx. Lacan designa a esta indisoluble imbricación entre teoría y clínica con el término hegeliano, tan caro a Marx: praxis.
Ahora bien, nos interesaremos en las referencias mitológicas en la obra de Freud. El gran mito que inventa, el del asesinato del padre primordial -mito que exploraremos en sus transformaciones más adelante- tiene su origen en las especulaciones etnográficas de Darwin, Frazer y Robertson Smith, el primero en lo que hace a la estructura de horda, el segundo en cuanto a la relación indisoluble entre totemismo y exogamia y el último en su investigación de la comida totémica en la religión de los antiguos semitas. Esas ideas han dejado de ser consideradas por la antropología más cercana a nosotros, en particular desde el trabajo de C. Lévi-Strauss de 1962, “El totemismo en la actualidad”.
 Precisamente cuando en “Psicología de las masas y análisis del yo” retoma la hipótesis de la horda primitiva, la califica de una just so story, tan sólo una historia -una historia que es así porque es así, aclara el traductor castellano-, una ficción más diremos nosotros, subrayando empero la utilidad de la misma para “crear coherencia e inteligibilidad en nuevos y nuevos ámbitos”  . Tenemos entonces que el mito cumple en la teoría la misma función que las “convenciones teóricas”, el de ser una ficción útil para la construcción de una trama conceptual, un tejido teórico que nos permita desplazarnos a través de él.
Si bien afirmamos que los mitos freudianos operan como ficciones, es importante diferenciar la función ficcional de la función mítica en la arquitectura de la teoría. Las puntualizaciones de uno de los más importantes teóricos de la crítica literaria en la actualidad, Frank Kermode, acerca de la distinción entre ficción y mito, puede sernos de utilidad. Afirma el autor:
“Hemos de distinguir los mitos de las ficciones. Las ficciones pueden degenerar en mitos cada vez que no se los considera conscientemente como invenciones... El mito opera dentro de los parámetros del ritual, lo que presupone explicaciones totales y adecuadas de las cosas tal como son y como fueron; es una secuencia de gestos radicalmente inalterables. Las ficciones sirven para descubrir cosas y cambian a medida que cambian las necesidades en cuanto a hallar sentido. Los mitos son los agentes de la estabilidad y las ficciones los agentes del cambio. Los mitos exigen aceptación absoluta; las ficciones aceptación condicional...”  
Así, siguiendo a Kermode, la confusión entre la función de la teoría como dispositivo ficcional o como aparataje mítico, puede derivar en consecuencias de importancia. En particular por el hecho de que los mitos segregan un ritual  . Y el riesgo es que la mitificación de la teoría -favorecida por la masificación y difusión extrema en ciertos medios- conduzca a la ritualización de las prácticas, tanto la clínica como la de enseñanza, reduciéndolas al papel de ilustración de las consignas teóricas la una o a la repetición psitácica de las verdades consagradas la otra.
 Entonces, nuestro esfuerzo estará dirigido a preservar de su mitificación a los mitos que Freud ha inventado, que cumplen con su rol ficcional en el andamiaje teórico y que por ello son ricos en consecuencias clínicas. Es necesario reconocer que, por ejemplo, el mito freudiano de la horda primordial, funciona en la urdimbre de la teoría como ficción y no como mito.
De estas consideraciones no escapan otras ficciones teóricas, ni siquiera las lacanianas. Entre las ficciones freudianas y las lacanianas podemos establecer una interesante diferencia. Las freudianas, apoyadas en remitencias a saberes de su tiempo, resultan, para la subjetividad contemporánea, muy desactualizadas. La refutación antropológica a las tesis centrales de “Totem y tabú” ya citada, las premisas neurobiológicas del “Proyecto…”, las teorías lingüísticas en que se apoya, han sido superadas por los desarrollos de la ciencia contemporánea y parecen antiguallas. En este contexto se precisa ser muy necio para consagrar como verdades científicas lo que constituyen meras apoyaturas ficcionales.
La obra de Lacan, en cambio apela a ficciones más prestigiosas. Lingüística, lógica, derecho, topología, a menudo tomadas en sus desarrollos más actuales, si bien son en general reducidas a lo que le es útil, haciendo lingüístería, topologería, etc., suscitan cierta fascinación, que favorece su transformación -según lo indicado- en mitos teóricos. Valga como ejemplo de esto la revisión del uso que Lacan le da al teorema de Gödel por parte de Guillermo Martínez, nuestro escritor y matemático  .
Así, paradójicamente, las ficciones freudianas ofrecen para nosotros la ventaja de situarse fácilmente en la categoría que Vaihinger denominó “lo conscientemente falso”, lo que no siempre ocurre con las lacanianas. Tanto para Freud como para Lacan, el psicoanálisis navega fatalmente entre el Escila de la religión y el Caribdis de la ciencia. La distinción propuesta entre función mítica y función ficcional de los conceptos en la teoría, apunta a delimitar el primero de los peligros. Del segundo no nos ocuparemos ahora.

La realidad clínica
Esto en lo que se refiere a las narraciones teóricas. Pero nuestro oficio, como ya dijimos, no es una especulación del pensamiento sino una práctica social. Y digo social en un sentido amplio, porque cumple una función social dentro del campo de la salud, como en un sentido más restringido, porque su objeto es la transferencia, es decir, un modo particular de relación entre sujetos. Y en esa práctica también la narración tiene una función primordial. El discurso de nuestros analizantes pertenece mayoritariamente al género narrativo, lo que ya demostraron suficientemente los trabajos previos.
Cabe entonces también aquí la distinción entre ficción y mito. El paciente llega por lo general cuando su “novela familiar” o su “mito individual” se muestran insuficientes para explicar su lugar en el mundo, cuando ya no le bastan para soportar el infortunio común, que se transforma así en padecimiento neurótico -en la mayoría de los casos que atendemos- o bien en cosas peores. Nuestro trabajo, a mi entender, consiste en acompañar y propiciar la transformación de la fijeza de esos mitos organizadores de la historia personal en ficciones más propicias para acoger las circunstancias cambiantes de la vida, o aun para tramitar mejor las heridas constitutivas de la subjetividad. Reescribir la historia, transformar el pasado, serían modos de describir este proceso.
Sabemos que, en tanto práctica discursiva, un psicoanálisis jamás tiene acceso a lo acontecido, sino sólo a sus relatos. Así sucede con el sueño, con las historias infantiles y aun las del presente más cercano. Únicamente en el campo real de la transferencia somos protagonistas, paciente y analista, de un acontecer actual, pero que está fatalmente destinado a ser relatado, por lo tanto ficcionalizado. Recupero nuevamente el título de Eduardo Müller: la única realidad es la ficción. Nos movemos entre ficciones y en su desarrollo reside la eficacia analítica. Desde este punto de vista no existe diferencia ni sustancial ni metapsicológica entre lo que Freud denominaba realidad psíquica y realidad material.
No obstante ello, hay circunstancias en que esta afirmación parece insuficiente. Quiero dar testimonio de algunas dificultades que encontré en mi práctica y que imponen la necesidad de una distinción, si bien no estrictamente teórica, sí operacional, entre ambas.
Paula es una mujer en su treintena, a quien atiendo hace ya unos cuantos años. La consulta se produjo por una serie de síntomas obsesivos que le insumían un alto gasto energético.
 Tal era el monto de angustia comprometido en sus tareas cotidianas que a los pocos meses debió abandonar su actividad profesional y transformar buena parte de sus quehaceres buscando distanciarse de las preocupaciones obsesivas que acompañaban a las mismas.
El trabajo del análisis se encontraba siempre con una dificultad central: la pregunta recurrente de Paula era si, desde un “punto de vista objetivo”, que me adjudicaba, podría juzgarse como real el temor que la asaltaba. Ella creía que una mirada exterior a sus circunstancias podría garantizarle alguna tranquilidad. Por supuesto, intentando siempre reconducir la cuestión a los conflictos que daban origen a sus temores, llegué incluso a intentar un razonamiento lógico que descartase la posibilidad de la duda que la atormentaba. De hecho la mayor angustia siempre se desencadenaba ante una situación en la que era casi imposible dirimir la relación entre lo sucedido y las consecuencias temidas.
En ese borde incierto anidaba el desencadenamiento de angustia que llegaba a paralizarla, lo que iniciaba una cadena de consecuencias que rozaba el disparate. El razonamiento intentaba controlar y dar sentido a la angustia, llevándola a conclusiones insensatas.
Podrán Uds. suponer que a lo largo de años de tratamiento se desplegaron variedad de temas que fueron configurando un cliché fantasmático que podríamos resumir del siguiente modo: “como consecuencia de un descuido de su parte, alguien podría morir”. Así, al conducir su automóvil podría haber atropellado a una paloma, un gato o una persona sin advertirlo, lo que la hacía realizar rodeos interminables tratando de comprobar que eso no hubiera sucedido.
En el curso del análisis surge otra línea de desarrollo obsesivo. La idea de que el marido la engaña. Que lleva una vida sexual oculta.
Esta nueva vertiente de desconfianza en  quien siempre antes había considerado un tipo sincero y honesto, comienza a deteriorar la relación, ya que la angustia que le provocan estas ideas resulta indisimulable. E insiste la pregunta sobre mi “punto de vista objetivo”.
En el desarrollo de esta obsesión lo que más la angustia es que ese hombre que ella eligió por su honestidad y bondad, se le aparece en su delirio como un monstruo pervertido. En este contexto, la pregunta por la “objetividad” de mi mirada “desde afuera” constituye un imperativo desesperado.
Debo confesar que alguna vez consideré la posibilidad de preguntarle al analista de su marido, quien me la había derivado, si era verosímil tal conducta perversa en su paciente. Por cierto no lo hice, manteniendo la cuestión en el ámbito de la fantasía de Paula. Así y todo, la ideación obsesiva se muestra extremadamente resistente al análisis, si bien sus efectos se han ido moderando poco a poco.
En este caso me he visto conminado a actuar como garante de la realidad, como referencia  a una “objetividad” que la rescate de la desesperación y la locura. Pero el hecho es que mi palabra, a veces ensayada como último recurso (la conducta del marido no se condice con la de un perverso, por ejemplo) no condujo más que a una multiplicación de los argumentos y las dudas.
La cuestión más relevante que plantea el análisis de Paula es, como en muchos otros casos, la falla en la constitución de la confianza básica que constituye el soporte de todo sujeto para establecer relaciones con otros. No obstante, en el interior de la relación terapéutica, esa confianza se instaló lo suficiente como para permitir el trabajo de todos estos años, lo que sin duda fue hasta ahora el motor de los cambios psíquicos –insuficientes pero ciertos- que se produjeron en ella.
Otra es la situación de Ariel, un joven de unos veinte años a quien recibo con el antecedente de que ha robado en reiteradas oportunidades a sus padres y miente continuamente. Ocultó que repetía el año del secundario, empeñó los palos de golf de su padre, robó dinero de la billetera de su madre, diferentes objetos a su hermana y vive, según sus padres, en un mundo de mentiras en las que termina enredado y finalmente descubierto. Así, por ejemplo, en una ocasión se compró un traje para trabajar en una empresa, provocando la alegría de sus padres, pero, cuando su madre concurre a visitarlo, le comunican que allí no trabaja nadie con su nombre. Todo se trataba de una mistificación del muchacho.
Todos nosotros estamos acostumbrados a creer a nuestros pacientes, que suelen confesar cosas que jamás se atreverían a decirles a otros, ni aun a sus más cercanos. Damos por sentado que nos cuentan sus verdades, con los límites que, como decía Alberto, imponen el principio del placer, el de realidad y la autoestima.
En este caso se me impuso una sensación diferente. No sólo por los antecedentes del joven, sino por una impresión, que podríamos llamar contratransferencial, de cierta desconfianza que me producía su discurso. Una profusión de palabras proferidas como cortina de humo de cuestiones que había que detectar en los detalles mínimos para interrogarlos y así permitir que apareciera lo que había intentado disimular. Acciones confusas, deudas contraídas, excusas poco creíbles.
Durante varios meses intenté ganarme la confianza del muchacho, quien en apariencia se mostró colaborador e inclinado a un diálogo que parecía sincero. Se puso de relieve un conflicto central de celos hacia su hermana algo menor, a quien los padres colmaban de regalos y deferencias, una verdadera niña mimada, mientras que a él no le pasaban un peso ni le compraban lo necesario. También se fue configurando un panorama familiar de poca transparencia. El padre nunca estaba en la casa, con una serie de actividades sociales incomprobables, siempre decía estar en aprietos económicos mientras que gastaba a manos llenas en lujos innecesarios, su hermana ocultaba sus fracasos escolares y luego los universitarios, etc.
Un sábado, para mi desazón, recibo un mensaje de texto desesperado de Ariel que me pide que lo ayude porque sus padres no le creen y lo acusan injustamente. En la conversación telefónica posterior me cuenta que había desaparecido la billetera de su madre de su habitación, mientras en la casa sólo estaba él. En una entrevista con los padres me hacen un relato muy convincente en el cual el único sospechoso era el joven. Mi esperanza de haber logrado incidir en esos pocos meses sobre su comportamiento antisocial se derrumbó. Yo también creí en su culpabilidad. Evidentemente, este episodio me obligó a reorientar la conducción del tratamiento y le comuniqué a Ariel mis dudas, subrayando además una impresión intensa que me había producido la conversación con sus padres. El padre no le creía absolutamente nada. Precisamente lo que Ariel buscaba y probablemente la única razón por la que concurría al tratamiento era contar con el amor de su familia, estar bien con ellos era su principal motivación. Pero a breves períodos de buena conducta le sucedía indefectiblemente algún episodio que exigía recomenzar la imposible tarea de ganar su confianza.
El problema era que entonces regía la ley del pastor mentiroso. Cuando decía la verdad, nadie le creía. A tal punto que por momentos me sentí tentado a una investigación detectivesca en la maraña discursiva que montaba a su alrededor. Pero sólo me encontraba con palabras inconsistentes, de él o de sus padres, que conducían siempre al mismo lugar: la sospecha. Una base muy poco sólida para construir un vínculo transferencial productivo. El proceso, no obstante, sigue en curso.
Estos dos breves ejemplos ponen en primer plano una dimensión no siempre evidente en nuestra clínica. Por lo común nos basta con suspender todo juicio acerca de la realidad material de los relatos, tratarlos simplemente como lo que son, relatos, narraciones, y trabajar sobre esa materialidad discursiva. En estos casos, como dije, me vi conminado a preguntarme por esa realidad que involucra a otras personas, con la convicción, por otra parte, de que no dispongo de otros recursos que los que el dispositivo nos ofrece, que cualquier intervención de terceros, sea el marido, los padres o quien fuere, contribuye poco y nada a despejar la cuestión.
En otras ocasiones, mucho más frecuentes, nos encontramos con historias acerca de cómo los otros maltratan, afectan o intervienen sobre el paciente que nos habla. La neurosis es propensa a la auto-victimización por lo cual estamos plenamente advertidos de que el primer paso en un análisis es la responsabilización del sujeto por lo que dice que le sucede en la vida. Lacan definió este movimiento como la primera inversión dialéctica: “Cuál es tu propia parte en el desorden de que te quejas”  . No obstante, esta regla aplicada ciegamente ha conducido a una clínica culpabilizadora que frecuentemente daba como resultado eternizar a los pacientes en tratamientos infinitos, en los cuales el analista cumplía el papel de victimario superyoico.
Por lo contrario, el reconocimiento de la “realidad material”, es decir -permítanme esta definición tentativa- la presencia real del otro  , conduce a otras consecuencias. Con presencia real me refiero a la condición del otro como radicalmente ajeno, imposible de reducir plenamente a los juicios que puedan calificarlo, lo que Freud llamaba fremde, extranjero. Ello también es válido para pensar la relación del sujeto con el cuerpo propio, siempre extranjero y enigmático.
Esa presencia es potencialmente traumática –en un sentido amplio-. Ya Ferenczi advertía tempranamente que el reconocimiento de la realidad, en este sentido, es necesario para no duplicar la situación traumática. La incomprensión o el silencio de los adultos forma parte del modo de acción psíquica del traumatismo.
En cambio al reconocer esa presencia real, la incidencia de los actos del otro sobre el sujeto y otorgarle de ese modo un lugar en la economía psíquica, contribuimos a “ficcionalizar” la historia subjetiva, lo que es decir, a escribirla.