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Ateneo Apdeba. Relato clínico, clínica del relato.


Publicada el 11/11/2011 por Eduardo Müller





Bueno agradezco la invitación a participar en el ateneo de esta institución, en la que recuerdo estuve hace más de 10 años presentando el libro “Conversaciones con Horacio Etchegoyen” de Jorge Stitzman.

Hoy estoy invitado a conversar con Miguel Leivi acerca de un tema apasionante: el relato clínico. Y su revés, la clínica del relato. Hace más de 10 años que esta clínica del relato me ocupa dando talleres con residentes de muchos hospitales públicos porteños y del gran Buenos Aires. En esta clínica me enfrento con la inhibición, el síntoma y la angustia que la producción de estos textos produce. Es que a la dificultad de escribir, que ya es todo un problema, se le suma la dificultad de contar.

Que los residentes, esos jóvenes que están en la primera trinchera de lucha contra el sufrimiento mental, no puedan contar sus casos lleva a problemas de suma gravedad. Voy a dar un ejemplo. Hace unos años daba un taller de relatos en un equipo que se ocupaba de niños que sufrieron abuso sexual. Tenían un modo excelente de trabajar y de ayudar en esos casos casi insoportables de atender. Pero cuando llegaba el momento del ateneo nadie podía contar sus casos. Esa dificultad hizo que varios de ellos terminaran por desertar de su práctica. No habían logrado transformar su experiencia en relato, contarla, compartirla, socializarla. Quedaron ellos mismos traumatizados como los pacientes que atendían. Yo creo que en este tipo de casos, a la cura por la palabra se le debe agregar, además, la cura por el relato. Cuando un sujeto pasó por una situación traumática, esa escena se le repite idéntica y sufre de esa repetición. Cuando logra construir con esa experiencia un relato, algo de la diferencia empieza a derrotar a la repetición. Como si el relato fuera el tercer tiempo del trauma, aquel en el que se puede comenzar a superarlo. Los que hemos trabajado con víctimas del terrorismo de estado, sabemos que no sólo para ellos fue importante poder construir un relato de los horrores que vivieron. También el analista queda atravesado por la escucha de ese horror. Y le es imprescindible a ese analista también construir un relato que comparta y socialice su experiencia. Un relato clínico de un analista que atendió alguno de estos casos cuenta entonces dos traumas, el del paciente y el propio. Se dan cuenta que para mí este tema tiene una implicancia política fundamental. La clínica del relato es también política.

¿Cómo abordé el taller con ese equipo que trabajaba con abuso infantil? Pues bien, antes que nada les di como bibliografía obligatoria el Diario Crónica. Como saben Crónica hizo un invento genial, inventó al lector de Crónica. Ese diario, como ahora el canal de noticias, ha logrado un modo muy eficaz de contar el horror. El sexo y la violencia en descripciones obscenas con títulos catástrofes e imágenes impactantes. El periodismo amarillo encontró un género específico para contar, mostrar y excitar con el horror. Una de los temores de este equipo para contar sus experiencias era que sus casos se parezcan a los de Crónica. Pero para evitar la obscenidad, cayeron en el silencio intoxicante. El temor opuesto para contar el horror es el relato tipo expediente judicial. El modo burocrático en que la justicia cuenta el horror. Se trata de un masculino que presenta una herida de bala sin orifico de salida. Muchas veces el analista que quiere contar un caso como estos, se siente atrapado entre dos temores: el sensacionalismo o la burocracia. ¿Cuál es la salida a esa trampa? La literatura, claro, aprender de los escritores los modos en que ellos cuentan el horror. Hay grandes escritores que han contado sus experiencias en campos de concentración, Jorge Semprún y Elie Wiesel son para mí ejemplares en ese sentido. La belleza, cuando no es un adorno es una vía regia para contar el horror. El escritor español Manuel Vicent fue corresponsal del genocidio de Ruanda de 1994 donde los muertos se contaban por centenares de miles. Empieza su relato así: he visto a los cuervos gordos. La imagen estremecedora de cadáveres engordando cuervos es mucho más explícita que cifras y cifras de muertos.

Este recurso a la literatura no es una idea nueva, es exactamente lo que hizo Freud. Sabemos que él inventó un género literario nuevo, el caso clínico psicoanalítico.

Freud cuando empieza a contar sus casos rompe con la tradición clínica del modo canónico de contar. Renuncia a la historia clínica médica. Al romper con el modo en que la medicina contaba sus casos ¿de qué se podía nutrir? De la literatura de su época.

Como se sabe cada género nuevo inventa un nuevo lector.

Freud en las palabras preliminares del caso Dora dice las palabras preliminares sobre el caso clínico psicoanalítico. Presenta en sociedad su nuevo género que todavía no tenía lectores entrenados para leerlo. Allí da indicaciones precisas de cómo escribir, cómo publicar y cómo leer.

Freud encara primero el tema de la relación de la escritura con la memoria. Cómo contar después lo que no anotó mientras. Por cuestiones de método, para conservar la atención flotante, Freud no anotaba mientras atendía, confiaba en que la memoria inconsciente le redactaría después lo sucedido en la escena clínica. Esos eran los problemas de escritura.

Los problemas de publicación tenían que ver con el cuidado del secreto profesional. Freud publicaba años después de la terminación de los casos, disfrazando datos biográficos para que sus personajes sean irreconocibles. Sabemos hoy que fracasó totalmente: se sabe casi todo de casi todos sus pacientes. Muchos de ellos se encargaron especialmente de difundirlo. Pero ya en pleno siglo XXI los personajes de los casos emblemáticos de Freud pertenecen a la literatura en general. El hombre de los lobos, el hombre de las ratas, Juanito, Dora, son personajes literarios tanto como Hamlet, Madame Bovary o Beatriz Viterbo.

Al ver la forma que toman sus relatos Freud encuentra un obstáculo: no quería que sus casos se lean como novelas. Y especialmente como novelas eróticas. En el caso Dora tenía que contar unas charlas muy íntimas con una adolescente acerca de sexo. Realmente fue un gesto de mucha valentía en la Viena de esa época que un médico se anime a escribir y contar de ese modo. Como si fuera un precursor de Nabokov con Lolita.

Se ve como Freud en las palabras preliminares del Caso Dora intenta todo el tiempo que el lector no se excite con sus textos al mismo tiempo que dice que va a llamar a las cosas del sexo por su nombre. Intenta una imposible escritura asexual del sexo. Y no tiene más remedio que recurrir en ciertas palabras al latín.

Freud, entonces, escribió más influido por Dostoievsky que por Charcot. Ahora bien, si Freud para escribir se nutrió de la literatura de su época, si los psicoanalistas seguimos escribiendo como Freud dejamos de hacer lo que él hizo. Nuestros casos serán más contados como contaba Tolstoi que como contaba Borges. Para seguir el ejemplo de Freud deberíamos escribir desde la literatura contemporánea. Es que la literatura fue tan conmovida por la escritura de Joyce, Kafka, Beckett y el mismo Borges, que hoy es imposible contar cualquier cosa sin que la literatura de todos ellos no esté presente.

Al alimentarse de la literatura el caso clínico como género es ficción. No puede no ser ficción. Ficción no quiere decir mentira o falsedad. Es un dispositivo textual utilizado para transmitir una verdad. ¿Qué verdad? Una verdad que tal cual sucedió está perdida. La ficción es el dispositivo que testimonia la imposibilidad de trasmitir la verdad de lo que pasa en un análisis, y al mismo tiempo la única manera de acceder a algo de esa verdad. Digo entonces que el relato de una sesión es a una sesión lo que el relato de un sueño es a un sueño. La ficción es entonces una vía regia para contar algo perdido.

Esa ficción es una ficción autobiográfica. Siempre se trata de contar una experiencia personal. Aunque un material hable sólo del paciente sin nombrar nada del analista, no deja de ser autobiográfico. Es como un testimonio de la experiencia de la atención flotante. Desde allí se cuenta.

Me gustaría ahora proponer cierta similitud entre los distintos tipos de casos clínicos y distintos géneros literarios. Es que muchas veces el mismo material impone el modo en que es contado. A veces el material decide más que el autor el tipo de narración en que será contado.

Empiezo entonces con los materiales de un paciente neurótico más o menos típico. Estos casos se parecen a un policial inglés. El analista será un detective sedentario que resuelve enigmas a partir de su inteligencia. El narrador es un Sherlock Holmes que recolecta detalles, va construyendo hipótesis, y termina resolviendo enigmas. Cuando el suspenso está bien sostenido, el lector terminará sorprendido con la solución a ese enigma. En muchos casos el lector perspicaz llega a esa solución antes que el detective. ¿Pero que es un enigma?, como dice Ricardo Piglia no es más que una historia contada de modo enigmático.

Un material de análisis de adolescentes, si está bien contado, es posible que se parezca al teatro del absurdo. Nada de lo que uno dice parece corresponder con lo que dijo el otro. Diálogos que se extravían, personajes como Godot que no aparecen, una puesta en escena de un abismo generacional en la que ambos interlocutores logran por algunos momentos cruzar.

Los relatos de análisis con niños, leídos por lectores analistas que no atienden niños se parecen muchas veces a historietas. Son materiales en los que hay tanto para mostrar como para contar. Dibujos de niños de distintas edades ilustran como las historietas lo que se está contando.  Y nunca falta el relato detallado de juegos, a veces demasiado detallado, en donde es inevitable que se cuenten más acciones que diálogos.  Los mejores materiales muestran a un analista Peter Pan, alguien que se mueve como pez en el agua en ese mundo infantil. Los menos logrados muestran a veces al analista como un adulto jefe de boy scouts incómodo en sus pantalones cortos con tiradores.

Los materiales de pacientes psicóticos son los más difíciles de contar. No hay modo de reconstruir con la escritura un discurso que ya viene roto. Creo que es el tipo de casos que más requiere del esfuerzo de la ficción. Como la reproducción textual es imposible, el analista deberá confiar en su atención flotante y en su escucha para tolerar que el texto que escriba termine siendo muy distinto a lo que escuchó y sin embargo al mismo tiempo lo represente.

Finalmente el tipo de relato que antes mencioné acerca de situaciones traumáticas, se parece a la novela negra norteamericana. Como en Chandler o Hammet, el detective acá es muy distinto a Sherlock Holmes. Se trata de un detective que pone el cuerpo, que acompaña experiencias, que se embarra en lo que escucha, que le quita importancia a los enigmas, e intenta construir un espacio en que resuene el horror, y sea alojado y finalmente alejado en un relato. El analista no sale igual de estos análisis de como entró. Piglia dice que sólo se puede contar un crimen o un viaje. El policial inglés cuenta una investigación. La novela negra cuenta un viaje. Los mejores casos clínicos son los que cuentan una investigación durante un viaje. ¿Acaso no es eso es un análisis?

Para terminar y resumiendo: el modo en que un caso es contado determina el modo en que será discutido. Y no todos los relatos clínicos son escritos para la discusión. Algunos, más pretenciosos, son contados por narradores omniscientes, que saben todo del tratamiento, del paciente y de la teoría. No buscan la reflexión o la opinión del lector, sino su admiración. En cambio hay materiales construidos desde las preguntas que despertó, que interpelan al lector a pensar con el autor. Son los más estimulantes. Son los que nunca pierden la cortesía con el lector.

No hay nada mejor para los analistas que los intercambios acerca de situaciones de la clínica, acceder  a partir de un material al modo en que colegas de distintas escuelas piensan ese material. Para eso es necesario contar de un modo que trascienda la capilla; que alguien no familiarizado al esquema teórico del que cuenta pueda leer y entender lo que lee.

Vuelvo a Piglia, contar, se puede contar cualquier cosa. Por ejemplo se puede contar lo que uno piensa. Y eso es lo que quería hacer hoy, un relato de lo que pienso del relato.

Ojalá sirva como pequeño aporte al enriquecimiento de las relaciones entre analistas.

Muchas gracias.