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Realidades de lo real


Publicada el 31/03/2011 por Oscar Sotolano





Realidades de lo real. Realismo del inconsciente e interpretación.

 

                                                                       Oscar Sotolano

                                                                oscarsotolano@yahoo.com

 

                            Toda visión de las cosas que no es extraña es falsa.

                                                                                   Paul Valery

 

Esta cita es más que un epígrafe. La propongo como indicio de mi "visión de las cosas". Sugiere mi manera de comprender eso que llamamos realidad y que solemos compartir como tal. Muerde en el hecho constatable (palabra también a poner en entredicho en este contexto), y ésta es mi primera tesis para este comienzo del año: de que la realidad es, por sobre todo, un misterio.

Pero esa tesis (por cierto nada original – sólo pretende indicar desde dónde voy a ir diciendo lo que diga-), sugerida en la maravillosa austeridad poética de Valery, carga, desde el punto de vista de un intento de entender aquello de lo que hablamos, con el lastre de que siendo tan sugerente, al mismo tiempo abre, como toda sugerencia, la interpretación hacia confines difíciles de cercar. Y aunque la poesía en particular y la literatura en general sean un medio extraordinariamente potente para expresar y construir eso esencial que nos inquieta y nos mueve a pensar que llamamos realidad y buscamos bajo la forma de la verdad, al mismo tiempo conlleva el riesgo cognoscitivo (con sus innumerables consecuencias prácticas) de que cualquier proposición sea igualmente válida que otra. Se acerca demasiado a las hoy tan en boga formas del slogan, el enunciado potente pero no argumentado (en todo caso, argumentado con otro slogan), eficaz aunque pueda ser una completa falacia que inunda nuestro mundo comunicacional, incluso en las revistas científicas. El mundo se ha llenado de slogans y aforismos. Narosky y el rabino Bergman están a sus anchas. Si Marco Denevi pudo conmovernos con sus Falsificaciones hace 40 años, hoy pasaría fácilmente a ser fondo de blogs o recurso publicitario. Mientras proliferan los aforismos y los slogans, han tendido a desaparecer los relatos que dan cuenta de los procesos de pensamiento, las lógicas que sostienen la argumentación, esos desarrollos que en Freud a veces son hasta más fructíferos que las propias tesis. El slogan como estética, sea el slogan político, publicitario, científico (tres niveles que pueden coexistir) rompe los contextos o abusa de aquellos que conforman el lugar común haciendo de ellos su propio contexto. Suele hacernos sentir cómodos en lo que ya pensamos. Suele tener la forma de una escritura seductora al servicio de alguna verdad ramplona. Y me veo obligado a hacer todas estas aclaraciones porque, aunque cite a Valery, me veré en el curso de esta exposición obligado a romper su magia para tratar de tensar, en este año que se inicia, este misterio que nos proponemos trabajar a lo largo de su curso con una exposición mucho más exhaustiva y, temo, pesada. Es que me veré forzado, entonces, a deconstruir la verdad que hallo en la cita.

Pues si la realidad es un misterio, es decir, en términos de Valery: cosas sólo  comprensibles (es decir, "visión de las cosas") bajo la forma de lo extraño, la certeza óntica de la categoría "las cosas" se sacude. ¿Quién nos garantiza que "la vida no es un sueño soñado por un idiota" que se jacta de las certezas que le dan sus percepciones y que lo incluyen a él como percipiente? ¿Qué certeza podemos tener de la realidad cuando nada ni nadie puede probar que no sea un producto de nuestra propia mente, porque el acto de probarlo ya es un acto mental? Los llamados entes y nuestra subjetividad viven proclamando vanamente su reinado.

Comprobamos la existencia de las sillas por las sensaciones más o menos confortables o molestas en nuestras piernas, en nuestras espaldas, en nuestras asentaderas, pero, nos desafía  Oliverio Girondo:

 

                        No sé por qué prodigio o extraño encantamiento,

                        esa silla tan vieja

                        es realmente una silla.

                        ...........

                        Un poco desteñida, demasiado callada,

                        lleva la vida inerte de una silla

                        que no pretende nada;

                        pues ya sólo la habita la locura

                        de ser algo tan real y tan desnudo,

                        que logra persuadir a quien la mira

                        de que toda evidencia es un absurdo                           

 

Lo real y desnudo de la silla nos persuade del absurdo de la evidencia, nos dice el poeta. ¿Entonces, cómo pensar este mundo que habitamos hablando o nos habita con sus palabras, sin ancla, sin remos y sin brújula que nos permitan el viaje?

    Esa es la complejidad inherente al tema que se nos abre para este año que me toca inaugurar. Nuestras teorías serán las anclas, los remos, las brújulas, que nos ayudarán a transitarlo, al igual que la bitácora que vayamos escribiendo. A algunos les interesarán nuestras anotaciones, a otros no. Lo cierto es que el modo en que nos posicionemos no es intrascendente en cuanto a "las cosas misteriosas" con las que día a día lidiamos en nuestros consultorios; el real sufrimiento de quienes nos consultan.

He venido insistiendo sobre el tema de la realidad desde hace tiempo. Cuando traté de aportar a la discusión sobre la muerte que hiciera Mariana Wikinski dije que la muerte era, en algún sentido contra lo que Freud formulara, pura representación de ese misterio absoluto para nuestra experiencia que, por otro lado, resulta un absoluto real para nuestra vida. Recordemos que nuestros consultorios tienen a la parca como uno de sus personajes ineludibles, allí difícilmente encontremos un descanso para nuestro propio escenario interior. Como Dios, la muerte no tiene representación; sin embargo, es pura representación. Realidad y representación resultan para el psicoanálisis dos cuestiones inseparables que merecerían, ojalá alguien tome el tema, una reunión específica para desarrollarlo.

En otro momento, cuando presenté el texto sobre alienación, traté de poner en entredicho las perspectivas fichteana en que la obra de Kant había derivado bajo la forma de los neokantianos. Aunque desde el punto de vista cognocitivo no hay otra realidad que las construcciones mentales que sobre ella hagamos ¿podemos preguntar afirmativamente, como lo hacen algunos psicoanalistas, "existe el lago si no hay nadie que lo observe"? Si eso me pregunté entonces, puedo volver a hacerlo ahora. Más aún podemos volver a hacerlo. Pero si bien podemos preguntarlo, afirmarlo nos pone al borde de un solipsismo narcisista que a mi entender contradice toda la tradición que Freud intentara formular.

En aquel momento apelé a la primera tesis de Marx sobre Feuerbach:

 "Un defecto fundamental de todo el materialismo anterior – incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensorialidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como  práctica; no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco concibe la actividad humana como una actividad objetiva". Marx destaca la actividad, la experiencia, la praxis. Es en ella que encuentra una objetividad que nunca podrá ser otra cosa que relaciones en acto.

Me pareció entonces, y me sigue pareciendo hoy, que el rescate de la experiencia como realidad "objetiva" de la subjetividad, rompe con una discusión que espero no tengamos que transitar otra vez. De mi parte, ya  en la introducción de Bitácora de un psicoanalista remití al principio de indeterminación de Heisemberg para centrar el problema de la transferencia.

Supongo que por misteriosas que sean las sillas ninguno de los aquí presentes negamos su exterioridad óntica al sujeto, ni tampoco el carácter de ese ente sujeto en la construcción que busca cercar ese misterio. De hecho, dos misterios en busca de una verdad esquiva. Realidad misteriosa de los entes.

Como decía Sandor Ferenczi, psicoanalista que se ocupó en especial del problema de la realidad: "En filosofía, el solipsismo ultraidealista significa una recaída en el infantilismo egocéntrico; el punto de vista psicófobo puramente materialista significa una regresión a las exageraciones de la fase de proyección. Mientras que el dualismo que mantiene Freud satisface completamente la exigencia ultraquista (nombre con el que Ferenczi bautiza – no sé porqué, ojalá alguien me lo aclare - lo que llama el verdadero trabajo científico)"1 Es decir, ni idealismos que niegan la existencia de esas limitadas superficies acuosas que llamamos lagos de no mediar sujeto del conocimiento, ni materialismos vulgares que proclaman cosas, objetos materias duras y consistentes que se reflejan en o deben ser captadas por los sujetos como puras verdades en sí, por completo ajenas a la experiencia de los sujetos cognocentes. Es decir, ni la verdad (categoría que alude al conocimiento) contrapuesta a la ficción, ni una ficción autonomizada de esa realidad (categoría que alude a los entes) por misteriosa que en última instancia sea. En otras oportunidades ya he dicho que el aforismo de Lacan: La verdad tiene estructura de ficción, exigía - a mi entender - una aclaración semiaforística: La ficción tiene que tener a su vez estructura de verdad, para ser verosímil. Claro que ello no garantizará que esa ficción de cuente de realidades objetivas. Carlos Guzzetti y Eduardo Muller creo que nos darán sus perspectivas sobre estas cuestiones en el curso del año.

En noviembre del año pasado me ocupé de ese tema en las jornadas que en recuerdo a los 50 años del Coloquio de Bonneval se hicieron en Rosario. Esta noche retomaré algunos de los puntos centrales que allí desarrollé porque por un lado pretenden introducir desde mi punto de vista, en esta reunión, temas que otros compañeros irán abordando en el curso del año desde los propios, pero además porque intenta retomar una discusión que, también ya hace unos años, planteé sobre este tema, referido a la interpretación y que se encuentra en el capítulo "Interpretación y/o intervención: entre el proceso y el instante" que se halla en Bitácora, sobre todo retomando la discusión que el mismo Umberto Eco hace de los modos en que fue entendida su tesis de Obra Abierta: el público construye la obra.

Como ven, por sugerente que pueda ser la frase de Valery, no nos ahorra ninguno de los problemas en los que nos sumerge tratar de cercar esa visión extraña de las cosas, es decir, el proceso no lineal de aprehensión cognoscitiva (que para los psicoanalistas es siempre emocional)  de un mundo que aunque misterioso en su estructura esquiva, debamos, sin embargo, reconocer como externo a nosotros (un nosotros que también nos es externo, salvo cuando a través del lenguaje sentimos que lo hacemos propio en el pronombre). Esa es otra consiguiente tesis: resulta un requisito epistemológico suponer que la realidad existe por fuera de nosotros, por misteriosa que sea, por misteriosos que seamos nosotros mismos en tanto realidades, por experiencial (es decir, subjetiva) que deba ser su aprehensión y construcción; es decir, reconocer su existencia en tanto relativamente autónoma del sujeto es una exigencia epistemológica. La que nos protege de la arbitrariedad egocéntrica, con sus riesgos delirantes, a la que alude Ferenczi.

Estas dos tesis: 1) carácter estructural, no coyuntural, de la realidad en tanto misterio; es decir, en el sentido de que no se trata de que la realidad sea misteriosa porque todavía no encontramos los recursos para aprehenderla, sino por está en su propia matriz ser inasible, sino de modo incierto, por el sujeto, y 2) exigencia epistemológica de reconocerle una existencia externa al sujeto, aunque fuere esquiva, son dos tesis que me sirven para ubicarme frente a esta cuestión.

Al respecto, resulta interesante recordar que este tema tiene su historia. Adquirió especial vigencia en los debates de los años 60-70. Formó parte de una época donde el psicoanálisis fue atravesado por la realidad social de su época en toda su conflictividad. El concepto de realidad fue puesto en discusión porque de ello dependía cómo los psicoanalistas se ubicaban frente a ese mundo en cambio que algunos deseábamos revolucionario. El materialismo ingenuo y vulgar clausuraba todo cambio de las cosas en sí, el adaptacionismo era su destino funesto. Nada más opuesto que las realidades macizas y prefiguradas a una perspectiva de cambio rotundo como era el que compartíamos en la época.

Así, las ideas de un Fenichel o de un Hartmann aparecían como modos reaccionarios de comprensión del psicoanálisis. Si Fenichel podía decir que "la realidad interna no es un concepto espacial, sino que se refiere a lo 'factual'", concepto que a su vez define como "algo considerado real por más de una persona", resulta difícil imaginar cómo defendería Fenichel su posición si ése fuera el criterio para validar las teorías  que, por ejemplo, sobre la realidad extraplanetaria formulasen un muy nutrido grupo de participantes de un congreso de ufólogos adoradores de los enanitos verdes que, "se sabe", la N.A.S.A. oculta en sus laboratorios.  Si postulaba que había que adaptarse a una realidad externa definida por un consenso de más 1, el materialismo ingenuo de los hechos devenía puro consenso. ¿Las duras cosas se tendrían que justificar en una democrática puja de subjetividades que confían en la sabiduría de las mayorías? Esa perspectiva de Fenichel, era vista como reaccionaria, aunque él fuese socialista. Por otro lado al norteamericano Hartmann, a partir de su uso del concepto de adaptación que provenía de la biología, se le atribuyó lo mismo (con todos los atributos de reaccionarismo que el adaptarse al sistema implicaba) aunque dijese que "Puede no ser superfluo mencionar nuevamente que por adaptación no queremos decir sólo sumisión pasiva a los objetivos de la sociedad sino también colaboración activa en ella e intentos para cambiarlos"2). Pero en la pasión de entonces los matices no tenían lugar. ¿Cómo aceptar una noción de realidad que partía de un supuesto de preformación al que el sujeto debía acceder en su paso del principio de placer al de realidad, según una lectura si no falsa, sí parcial de Freud, que muchos psicoanalistas promovían?

Por otro lado, el ya no le creo a mi histerica a través del cual Freud introdujo la dimensión de la fantasía en todo su vigor. Ese camino que se transita desde "los pacientes padecen de reminiscencias", pasando por el carácter alucinatorio del primer signo de realidad objetiva que está en la base de lo que luego se llamó realismo del inconsciente, había devenido un psicoanálisis donde no había otra realidad que la de la sesión, la fantasía y el mundo interno, es decir un positivismo restringido con sede en el "laboratorio" de los psicoanalistas. ¿Qué hacer entonces con ese otro mundo externo que golpeaba las puertas de los consultorios y hoy sigue golpeando?

Hasta me pregunto, ¿será casual que en este clima de renacimiento del debate político consciente que caracteriza este momento del país, el tema de la realidad vuelva a convocarnos, en especial a nosotros a quienes según cuenta Juan Carlos Perone nos tildan en el mundo psicoanalítico de institución psicobolche?

Lo cierto es que si las pasiones de entonces produjeron muchos malentendidos, el tiempo transcurrido ha limado muchas aristas. Ese psicoanálisis solipsista ha casi desaparecido, entre otras cosas, porque las condiciones de la práctica (como Marcelo Armando sugirió en su momento tomar como cuestión para una de las reuniones de este año) se han modificado radicalmente, tanto para bien como para mal, y porque aquellas discusiones de entonces se hicieron carne en nuestras maneras de pensar aunque muchas veces hayamos olvidado sus fuentes. Sin embargo, el problema continúa teniendo vigencia porque remite a cuestiones clínicas (modos de intervención e interpretación) como teóricas (modos de entender la relación mente –mundo, si tal polaridad tiene algún valor hoy)

Juan Carlos Perone y Magdalena Etchegaray se harán cargo de las diversas perspectivas de la obra freudiana. Motivo por el cual no me detendré en sus contradicciones y matices. Sólo diré que si el problema de la realidad fue siempre tan problemática como lo supone el indicar su origen alucinatorio, o enunciar un principio de realidad en última instancia subordinado a otro llamado de placer, o ubicar en la forma lingüística de la denegación el modo privilegiado de acceso a la realidad del inconsciente, nuestro tránsito por los mojones que produjo el fundador del psicoanálisis están lejos de ser cómodos.

A los fines de la perspectiva que pretendo instalar, tomaré solamente un aspecto que Freud encara, que me parece crucial y que he formulado de este modo en la introducción sobre el Coloquio de Bonneval que hice en Rosario el año pasado. Una referencia a Freud que apunta a la realidad histórica. Recordaba allí: "Freud, en el Moisés y la religión monoteísta, nos informa José Luis Etcheverry, usa tres palabras alemanas diferentes para referirse a la historia: una, es Geschichte: que él opta por traducir como acontecer histórico, que llama historia real y objetiva, que en lenguaje más actual podríamos llamar la historia documental (algunos la llaman forense). La otra palabra es Historie, que traduce como historia conjetural, en el sentido de una historia reconstruida llenando lagunas de nuestras noticias mediante un razonamiento analógico fundado en la experiencia; podríamos decir, la historia interpretada por el historiador. O, tomando aquel viejo apotegma que enuncia que la historia la escriben los que ganan: la historia contada por aquellos que triunfan en la lucha por el poder. Hoy diríamos, otro relato entre relatos que resultan un modo de aprehender, como se suele decir, las mil caras de la verdad. Por último, Etcheverry, nos aporta el adjetivo Historisch, que traduce como 'histórico vivencial', o sea, dice él, la historia como ocurrió, para los hombres en cada caso. Podríamos decir, la historia subjetiva, la historia como problema del sujeto de la enunciación".

"¿Por qué me detengo en este punto?", me preguntaba entonces y se podrán preguntar ustedes ahora. En Rosario me resultaba evidente. Decía: "nos han convocado a hablar de algo que pasó hace 50 años y que muy probablemente ninguno de nosotros ha vivido: un llamado Coloquio de Bonneval. Hacerlo nos compromete entonces con esas tres formas freudianas de aludir a lo histórico: lo documental, lo vivencial y lo interpretado. Aunque, si bien vale la pena remarcar lo diferencial entre esas dimensiones, en verdad, ninguna se sostiene si no es en relación con las otras. Una relación que aunque aparentemente y de modo superficial evoque ese nudo borromeo con el cual Lacan imaginarizó con afán simbolizante sus tres registros, tiene, me parece, una diferencia fundamental: si el de Lacan se sostiene en un círculo central que no tiene centro y que requiere la apelación a un cuarto término, que terminó llamando sinthome, la relación que estoy planteando mucho más modestamente apunta sólo a que ninguna de las tres acepciones se sostiene sin la otra aunque valga la pena diferenciarlas. Quiero dejarlo claro: lejos puedo estar de crear algún tipo de alternativa topológica cuando apenas entiendo la que él formula. Simplemente digo: documento, relato y vivencia se sostienen unos en otros a riesgo de que, de no ocurrir esto, caer en diversos reduccionismos" Esa realidad tridimensional de la historia, digo hoy, es válida para tratar de cercar el problema de la realidad en general.

Decía: "la historia no sería ni una serie de documentos objetivos y comprobables científicamente, ni el producto de la captación contemplativa de la subjetividad del historiador que puede construir un relato que se autojustifique, sino una experiencia que no puede idolatrar lo documental, ni autolegitimarse en su retórica lenguajera por fuera de la relación práctica interpretativa y emocional con la realidad documental. El relato de la Shoa es uno, el que afirma que los campos no existieron es otro, puede haber mil caras de la verdad, pero no es igual cual elijamos. Como dice George Stein: todo acto de interpretación implica el compromiso del intérprete". No hay verdad a descubrir ajena al compromiso del que interpreta. ¿Es entonces la realidad una cuestión valorativa?, se discutía en los 60-70 en un borde donde los valores del analista devenían a veces ideológicamente explícitos ante el riesgo de que de un modo mucho más insidiosamente implícito estuvieran interviniendo bajo la fachada de una supuesta neutralidad analítica.

Si mi visión de la cosa tiene estos vectores que lo cercan, sin embargo, me parece que la mejor manera de tratar de trasmitir la relación entre esos elementos que Freud precisó para la historia pero que me parecen válidos para dar cuenta de cualquier realidad, en sus diversas formas, es introduciéndonos en nuestra experiencia compartida, es decir, la del consultorio. Por eso pretendo ahora relatar un fragmento para mí rico y aleccionador, pero al mismo tiempo, como casi todo lo que hace a nuestra práctica, yermo para producir serie: es decir, para ser usado en otro momento, con otro paciente, en otras circunstancias.

Lo llamé "El sueño de la mujer que habla mal: la que se come las eses". Lo relaté en Rosario porque me parecía un ejemplo acorde con la jornada, una suerte  de dialogo con el sueño del Unicornio de Leclair. Diálogo no cómodo. Porque si bien en el sueño que relaté entonces y relataré ahora está en juego el significante como articulador central, sin embargo se encuentra trabajado de un modo por completo distinto a como lo hiciera Leclair. Pues, aunque no suscribo una teoría del inconsciente estructurado como lenguaje, sin embargo quiero destacar que ése (el de irrupción invasiva del significante) es uno de los modos en que la relación inconsciente- interpretación se me impone, a veces. Subrayo "a veces" porque, ustedes lo saben porque lo he contado y escrito de diversas maneras en diferentes trabajos, cuán variadas son las formas de irrupción de lo inconsciente en mi experiencia.

Desde hace años mi preocupación central gira alrededor de lo acotado y multiforme que resulta el cercamiento del inconsciente en la sesión. ¿Cómo validar nuestras intervenciones cuando ellas producen resultados de modos tan diferentes? Y cuando decimos validación, hablamos de captar algo de su misteriosa realidad. Desde el punto de vista del conocimiento, acceder a su verdad. Esto en especial en las sesiones, único lugar donde puedo dar verdadera cuenta – es decir, una cuenta construida en la experiencia, no experiencia en su sentido fenomenológico, sino en el que destaqué en Marx, como actividad, como experiencia subjetiva con el objeto – del realismo del inconsciente. 

Pasemos al relato. El recorte que pretendo hacer, deja obviamente muchas cuestiones afuera.

Un paciente sueña "con una mujer muy vulgar. No es una mujer conocida por mí", dice. "Es muy ordinaria. Habla mal. Se come las eses".

Nada más, un sueño breve. Sus asociaciones no remiten a nadie conocido, ni a ninguna experiencia reciente. Sólo dice que le gustaría ser menos apocado. Recuerda un conflicto con una persona en el trabajo a la que no le dijo lo que pensaba y sentía: un disgusto en relación con el cuidado de unos papeles que se ensuciaron. A partir de allí, empieza a hablar de situaciones que tienen que ver con la higiene. Baños sucios. Gente con mal olor en el transporte. Pero nada confluye en un relato denso. Las asociaciones caen como sin peso, como si se deshilacharan ni bien las dice. Entonces remarca que no le ve mucha relación a nada de lo que se le ocurre con el sueño. "Esta mujer vulgar, que habla mal, comiéndose las eses, no le provoca nada", dice. Pienso que él se come lo que tiene para decirle a su compañero de trabajo, pero no digo nada, me resulta verosímil  pero insustancial (servido para la racionalización), esos pensamientos trillados que los psicoanalistas podemos tener a mano para regular nuestra propia ansiedad. Al mismo tiempo escucho en sus palabras otra cosa por completo distinta. Ya no eses, letra de nuestro abecedario pluralizada, sino heces (con hache y ce), ese modo freudo-castizo de hablar de la  materia fecal. Me sorprendo, nunca lo había escuchado de ese modo. Nunca antes. Ni con otro paciente, ni con otra persona durante mi vida en general, me había detenido nunca antes en la homonimia. De gente que se come las eses está hecha nuestra cultura, pero esta puntuación nunca se me había ocurrido hasta ese momento. No es que la escuchaba por primera vez con este paciente, insisto, sino que era la primera vez que la escuchaba de ese modo en mi vida. Por otro lado, con un paciente menos habituado a las bregas idiomáticas de las traducciones de Freud es probable que no me hubiera atrevido a indicarlo, pero este muchacho había estudiado psicología, esa acepción de heces no le era ajena, compartía el mismo código que instituyó la traducción de Ballesteros. Entonces, una vez repuesto de mi sorpresa, se lo indico. Sólo eso: "Mujer que se come las heces… ¿en el sentido de caca, tal vez?". El paciente se conmociona, balbucea algo que no entiendo, hasta se yergue apenas y, entre recostado y erguido me dice preso de un especial entusiasmo: que se acordó de las clases de psicopato de la facultad…(la decepción me domina, pienso para mí: sonamos, baluarte resistencial o acabo de sugerir una pavada), Se acuerda, dice, de los dibujitos que hacía el profesor durante las clases. Se acuerda muy nítidamente de los dibujitos. Dice que siente que esto es atravesar el fantasma (mi sensación de haber caído en los laberintos de la teoría psicoanalítica como resistencia a la experiencia del inconsciente, se profundiza; sin embargo, advierto en él una excitación inusual mientras habla). Insiste en el tema de los dibujitos que entiendo remiten a grafos o en todo caso a gráficos. De cualquier manera me llama la atención que use un lenguaje tan infantil como el que implica hablar de "dibujitos" para referirse a un concepto teórico. Como es la hora, interrumpimos.

A la siguiente sesión, dos días después, viene muy entusiasmado (estado emocional poco frecuente en él), mencionando que el sueño y lo que le dije lo dejaron muy impresionado. Insiste en los dibujitos, y yo, ahora, remarco el uso de esa palabra: "dibujitos".

Habla de la hermana que dibujaba, "era muy buena haciéndolo. Lo hacía cuando eran chicos y después dejó, ahora no dibuja más". Se extiende en estas referencias a los dibujos.

Me comenta que con la hermana se están llevando mejor ahora. Que el peor momento fue cuando eran chicos. "Era insoportable". Era la época de las sesiones de familia. "En verdad, dice, íbamos por ella. Era una quilombera, siempre le llevó la contra a mis padres, yo era obediente. Pero me tenía que aguantar ir a esas reuniones de familia, por culpa de ella. Yo me callaba y miraba. Al final fue más viva que yo, los pudo enfrentar…".

Hace una pausa y le pregunto: "¿Sabés por qué fueron las consultas por tu hermana?" Se sobresalta, como habiéndose dado cuenta de algo imprevisto. Se demora en responder. Trasmite algún nivel de molestia. Aclara que nunca lo había pensado y, finalmente dice: "se hacía caca encima". Sigue un prolongado silencio. Ahora, se lo nota conmovido. No es un silencio resistencial, es un silencio elaborativo. Lo acompaño sin decir nada.

"No lo puedo creer, siempre lo supe y nunca le di importancia", dice – "Ni siquiera cuando insistías en decir que tu hermana te había cagado…", le recuerdo haciendo alusión a un reproche habitual que él, refiriéndose a ella en las sesiones, solía repetir: "Esta huacha me cagó", afirmaba. Siempre en un tono como de decepción amorosa. "No me acordaba, es cierto. Pobre, no me cagaba, se cagaba, o se sacaba la mierda de adentro, lo que yo nunca pude".

Ahora, el sentido de callarse, de guardarse la mierda adentro, de no poder contestarle a su compañero de trabajo en relación con el conflicto que habían tenido acerca del cual me había contado la sesión anterior, cobraba consistencia. Dejaba de ser un recurso rutinario mío para salir del impasse. Pero si antes haberlo dicho me había parecido insustancial aunque hubiera podido ser cierto, ahora resultaba innecesario. El movimiento de sus propias ideas y sensaciones suplía el sentido que yo hubiera podido otorgarle, ya en la sesión anterior, antes de que la palabra  eses deviniera palabra heces, resonando entonces de ese modo hasta ese momento inaudito.

Traigo este muy breve fragmento porque me permite pensar el descubrimiento del inconsciente (de la realidad del inconsciente que no es lo mismo que su realismo) que en nuestra experiencia vamos haciendo,  no necesariamente en el hallazgo de un contenido oculto sino en la deconstrucción de los componentes representacionales, marcas que buscan transcripción (si ustedes quieren significantes, siempre que los pensemos como significantes fuera de la cadena del lenguaje) que le dan algún sentido, en este caso de una manera articulada, a uno de los síntomas más invalidantes que este joven padece en su vida: me refiero a una dificultad de hablar en momentos críticos, cuando se siente comprometido a expresar su rabia.

Tomando el modelo de la historia que Freud propone, tenemos una historia relatada, en el interior de la cual surge una historia (también relato), digamos, documental; podríamos decir su historia real en el sentido descriptivo que compartimos: su hermana encoprética o la referencia a las sesiones de familia. Estos son datos que cobran dimensión de verdad, no por consistencia estrictamente discursiva, sino por que ese discurso converge con una experiencia verosímil revivida en el presente de un modo preciso e intenso.

En ese momento se quiebran sentidos instituidos: mi hermana me caga, por ejemplo, deviene: mi hermana se caga. La forma anal de decirlo remite a un modo de inscripción del control esfinteriano (con el cual él no recuerda haber tenido nunca problemas) exógeno a su experiencia muscular pero no por ello menos intenso.

No cabe ninguna duda que todo lo que estoy contando transcurre en un mundo de relatos, sin embargo, ¿la presencia en esa serie de pequeños relatos que son las asociaciones, que incluyen ese recuerdo particular que remite a un dato fáctico, permite considerarlo uno más entre otros? En sentido contrario, ¿hay que considerarlo, en sí mismo, en tanto relato que remite a esos datos supuestamente fácticos, especialmente significativo? ¿Vale porque remite a un dato supuestamente documental?

 A estas dos últimas preguntas, en principio, podríamos afirmar taxativamente que no: es un relato más que sin embargo se destaca de otros pero que no exclusivamente por la fuerza de lo documental que incluye. La expresión "mi hermana me caga", y "mi hermana se caga" son dos modos lenguajeros de aprehensión de una experiencia perdida, y no necesariamente exigen la corroboración fáctica de un dato exterior. De hecho, Freud no recomendaba ir a buscar información con la familia, sino que recomendaba considerar aquella información que pudiera surgir en la misma sesión. Sin embargo, no nos resulta anodino que un conjunto de asociaciones converjan en un recuerdo, desde un principio tópicamente preconsciente, Aclarémoslo, el hecho de que su hermana no controlara el esfínter anal o que su familia hubiera consultado a psicólogos por ese motivo, no es algo reprimido para él; lo que puede llamar reprimido es al conjunto de sentidos que pueden surgir ahora: no quiero ser "cagona" como mi hermana (lo cual implica un cambio de su posición sexual), si hago cagadas o saco mi mierda (enojo) soy como ella.

Recuerden que no hago un análisis del caso, me limito a lo inmediato de este fragmento que presento.

 Pero que esos sentidos estén reprimidos no quiere decir que en el inconsciente haya sentidos, (de hecho hablo de sentidos que se realizan ahora en la conciencia), En todo caso, en la perspectiva en la que nos ubicamos, implica otra manera de entender el inconsciente: aquella que postula un espacio inlocabilizable en ninguna espacialidad objetiva teñida de un realismo positivista, espacio donde suponemos la coexistencia de representaciones de diversas procedencias a las que Laplanche alude cuando habla de la heterogeneidad del inconsciente que circulan por vías tan caprichosas como puede serlo, por ejemplo, la homonimia eses- heces.

La consistencia del sentido que es también matriz de su realidad no la da el dato fáctico de la encopresis de la hermana (digamos la historia documental), por ejemplo, pero tampoco la consistencia lenguajera (por ejemplo, eses-heces podría llevar al nazismo, pero no es el caso de este joven), ni la emocionalidad que surge y se modifica en el curso de ese breve momento de dos sesiones sucesivas que relatamos. Lo que le da consistencia es la convergencia recurrente de esas tres perspectivas.  Es decir, la consistencia que dicha convergencia le otorga, o dicho de un modo similar pero no igual: la concurrencia de datos de distinta procedencia en un mismo punto. La realidad se construye (insisto la histórica como cualquier otra) con tres vectores diferenciables pero inseparables entre sí en su mutua articulación. Es esa relación donde la interpretación se legitima, no sólo por sus consecuencias retroactivas, sino por su propia estructura interna. No se trata de hallar el hecho real ocurrido, cosa imposible por estructura, sino encontrarse con la convergencia de datos de procedencia diversa. Entre los cuales, la realidad nuda, no es un aspecto menor. Cualquier preponderancia autónoma que se le dé a cualquiera de los tres componentes desemboca en alguna forma de reduccionismo: sea realista, sea lenguajero, sea emocional.

Distinto sería, por ejemplo, que un paciente nos contara en un clima descriptivo que la hermana se hacía caca y por eso tuvo que ir a entrevistas de familia desde muy chico. Ese dato no querrá, en principio, decir nada, es un indicio que se resignificará o no, más o menos tarde. Tampoco lo sería que yo me limitara al efecto significante. Que, por ejemplo, hubiera escuchado heces en eses como ocurrió y nada más. Si lo escuchado hubiera sido ajeno a la propia experiencia de verdad del joven, quizás hubiera resultado, a lo sumo, una prueba de ingenio, una ocurrencia más o menos divertida, o irónica, como lo sería, por ejemplo, atribuirle a cualquier docente que intenta dar una clase sobre Lacan las insoslayables marcas de la pulsión anal a partir de la cantidad de eses, (grandes, pequeñas o tachadas, numeradas o sin numerar) que pueblan el pizarrón de su clase. A lo sumo sería una chicana, un juego del lenguaje pero sin consistencia subjetiva para el otro (independientemente de que el docente podría sentirse legítimamente violentado, no interpretado). Del mismo modo, las modificaciones de su estado emocional, sus variadas modificaciones anímicas nada dicen por sí mismas, a lo sumo indican que algo pasa, pero nada más. Sin embargo, la confluencia congruente de los tres aspectos le dan la consistencia y permite conjeturar que estamos frente a un descubrimiento que corresponde a su historia, es decir, a su realidad histórica, lo que, a su vez, puede además ser confirmado por el hecho de que se ponga más comunicativo en sesión en cuestiones que anteriormente podían plantearle serias dificultades para hacerlo, especialmente, una situación relacionada con cómo había dejado un paciente anterior el baño del consultorio. Cosa que si siempre le molestó, fue incapaz de contar hasta ahora.

En este sentido, interpretar no es un acto lenguajero caprichoso, más o menos feliz, si no produce modificaciones e incidencias en el conjunto de la vida mental. Es una ficción verosímil y productiva que debe contener algo de las experiencias reales vividas por el sujeto.

Si la historia es relato, si nuestro trabajo transita por su universo, si ayudamos en los procesos de historización, su consistencia en relación a una verdad no puede ser ajena a lo documental, aunque en el caso de la historia subjetiva que en la clínica se construye, esa historia-relato documental sea por lo general nada más, y nada menos, que un supuesto imprescindible, un postulado que le atribuimos al proceso como condición de su dinámica. En verdad, que el sentido reprimido sea el que se recortó en el trabajo conjunto es una construcción retroactiva a la experiencia interpretativa (interpretación que no se basa en lo que yo le dije como interpretación, sino en aquello que fui diciendo para permitir que la interpretación posible se produjera en él). Lo que surge es nuevo, un sentido nuevo movilizado por la apertura de los elementos representacionales (lenguajeros o no, aquí incluyo el mundo de los indicios emocionales) constituyentes de su inconsciente. Realidad no ingenua del inconsciente, que se sostiene en su propia lógica atemporal, ahistórica y asocial, aunque el inconsciente sea una producción social e histórica.

 La relación entre la realidad de la cosa (en verdad, sus realidades), donde lo Real siempre está perdido, y el sujeto, no existen sino en su mutua realización. En el sentido de hacerse reales, es decir, volviendo a Valery, visiones extrañas.

Estas puntualizaciones acotadas tendrán valor en tanto resuenen entre nosotros, pero al mismo tiempo apuntan a los dos callejones sin salida en que vengo insistiendo: el materialismo ingenuo, de hecho reduccionista en las perspectivas biológico-tecnológicas y cognitivo-conductuales que nos jaquean a diario, y ese discurso de la posmodernidad sin historia, donde los relatos se autoalimentan y autolegitiman invocando la equivalencia de las mil caras de la verdad, cuestión a la que aludí cuando recordé que si los crímenes nazis o los de los asesinos de la dictadura son un relato, afirmar que esos crímenes no se produjeron o nuestros desaparecidos están en Europa, también lo son. Pero es nuestra responsabilidad elegir por cuales optamos. Si suponemos que no hay más realidad que la de nuestras interpretaciones, producimos un subjetivismo idealista, narcisista y egocéntrico, que se autoriza a sí mismo para afirmar que la Shoa nunca se produjo  o que la silla en la que estamos sentados es una pura cuestión de nuestras engañosas percepciones. Si, por otro lado, suponemos que la realidad es maciza y por completo autónoma de nuestra existencia, y que la tarea de nuestro psiquismo es aprehenderlo con mayor o menor esfuerzo, el psicoanálisis desaparece en manos del conductismo, las neurociencias y demás yerbas. Por eso hemos tomado el modelo de Freud acerca de la historia. Porque su coexistencia de perspectivas multifacéticas me resulta muy productiva para hacer de la realidad una cuestión aprehensible sin empobrecimientos reduccionistas, sea materialistas, sea ficcionalistas (Cuando digo ficcionalistas me refiero a quienes en nombre de un enaltecimiento de la ficción terminan tergiversando la verdad, tanto como cualquier materialista ingenuo que supone que los hechos hablan solos. De ninguna manera desconozco el valor de lo ficcional  en la constitución de verdad. Hago propio lo que dice Saer "podemos afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad").

Cuando inventamos en sesión -y en mi opinión, interpretar es un conjunto de actos sucesivos y simultáneos (de trabajos de invención) realizados con el paciente-, cuando llevamos a cabo esa invención que se va dando sobre infinidad de pequeños movimientos cuyas consecuencias por lo general no somos capaces de medir salvo retroactivamente, cuando interpretamos-inventamos, también descubrimos, descubrimos que hay una historia subjetiva que tiene sus trazos, hallamos algunos de esos trazos y simultáneamente legitimamos una dosis de placer, no sólo por el descubrimiento en sí sino porque su producción realimenta la legitimidad del trabajo hecho. En ese trabajo la mente certifica su vitalidad. En el trabajo mismo, el inconsciente se instituye y realiza, en el sentido que da cuenta de su realidad, la cual, desde esa perspectiva, va a ser siempre multifacética. Por eso he hablado en el título de realidades de Lo real.

Por último, hay momentos en que la discusión sobre la realidad me resulta demasiado metafísica. Hace unos días escuchaba a Claudia Poblete Hazlik, una de las nietas recuperadas que testimonió en el juicio a sus apropiadores. Contaba cómo cuando era chiquita jugaba a ser paralítica, cómo giraba en redondo como si tuviera una silla de ruedas mientras la familia apropiadora que la crió se volvía loca y no entendía porqué esta nena no podía dejar de jugar a ser una lisiada. Descubrir quiénes eran sus padres biológicos, 22 años más tarde, en particular el padre, "Pepe", un hombre que carecía de una de sus piernas que había perdido en un accidente, echó luz sobre el juego de esa niña que no era ajeno, como lo explicó su abuela, a que en los 8 meses que compartió con su padre antes que lo secuestraran, él jugaba con ella poniéndola sobre el muñón de su pierna amputada y girando sobre la silla de ruedas.

Imagínense todas las ingeniosas interpretaciones que los analistas podríamos llegar a hacer acerca de ese juego desconociendo la consistencia de esa experiencia real de sus primeros meses de vida. Obviamente el dato en sí no explica el proceso mental de conjunto, pero cuánto se aclara con él.

Dicho esto, y para terminar: Esta claridad, esta visión de las cosas a la que alude la cita de Valery, ¿la haría entonces falsa? ¿O lo verdadero habría que buscarlo en lo extraño de los procesos mentales mismos (esos procesos mentales todavía tan extraños para nosotros, supuestos especialistas)?

               

                                             31 de marzo de 2011

1 Sandor Ferenczy, "El problema de la aceptación de las ideas displacenteras: avances en el conocimiento del sentido de realidad", en El concepto de realidad en psicoanálisis, Gregorio Baremblitt et al. Editorial socionanálisis. Buenos Aires. 1974

2 H.Hartmann; Ego Psychology and the problem of adaptation; International University Press. 1958, citado en Ibid, pág.169

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