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No pasa nada


Publicada el 15/02/2011 por Daniel Slucki y Mariana Wikinski





-"No pasa nada".
Muchos adolescentes responden de este modo a cualquier modulación en el diálogo, a cualquier pregunta, frente a cualquier evocación. Frase pre-formateada, muletilla que obtura una cadena asociativa, cierra el contacto con los propios afectos que una situación promueve, en una especie de automatismo mental que neutraliza los sobresaltos emocionales, y amordaza no sólo al interlocutor, sino al propio pensamiento.
Allí el adolescente pretende concluir el diálogo, y -de continuar- todo parece indicar que sólo nos queda la opción de contrastar nuestro propio principio de realidad con el de nuestro paciente. Camino no siempre recomendable, sobre todo cuando amenaza la aparición de otra sentencia: "mis padres dicen lo mismo que vos". Punto final, sin salida.
¿Qué surgiría en la cadena de pensamientos si el adolescente sustituyera la frase "no pasa nada" por las representaciones que esta frase sepulta? ¿Qué ocurriría si le propusiéramos pensar qué pasaría si pasara algo?
Nos proponemos revisar en este texto distintos modos en los que el adolescente podría enunciar y transitar el "no pasa nada" en su relación con la realidad externa y con su mundo interno.
 
El "no pasa nada" aparece en primera instancia y más frecuentemente como una frase que pretende describir la relación entre una acción y sus consecuencias, habitualmente en un intento de desmentida del riesgo puesto en juego. "No pasa nada", es "a mí no me puede pasar nada". El adolescente opera en esa situación como si ya hubiera evaluado la realidad y el riesgo puesto en juego, llegando así a la conclusión de que la situación es "manejable". Imposible desligar en este caso, como en tantos otros, la relación imaginaria que se establece entre la realidad y el yo. No se trata de una realidad evaluada como inocua, sino casi siempre de un yo evaluado -por necesidad- omnipotentemente, y una realidad a la que se le adjudica un sentido a priori. Un yo completo, sin fisuras que no podría ser anonadado frente a nada. Complemento entre el yo y su principio de realidad, instancia y función, que leen siempre una realidad a la medida de las capacidades del yo para decodificarla, y resolver los trabajos que ella le impone al psiquismo.
Se trata en este caso para el adolescente de una realidad siempre tan "manejable" que casi no es realidad externa, sino pura realidad interna, casi alucinatoria cuando -sean cuales sean los desafíos que le impone al psiquismo- la respuesta es siempre "no pasa nada". Indiscriminación entre el psiquismo del adolescente y una realidad que es sólo continuidad armónica con sus recursos psíquicos, que no necesita ser anticipada, porque siempre responderá a la medida del deseo.
Esto lleva en muchos casos al adolescente a la puesta en acto de conductas de riesgo, movimiento en el que se establece entre el adolescente y su mundo "una relación de fuerza (...) más que una relación de sentido" (Le Breton, 2003, pág.34)*.
Manejar a gran velocidad, la práctica de deportes extremos, el consumo regular de drogas y alcohol, las relaciones sexuales sin protección, son ejemplos de una puesta a prueba de la propia potencia en un intento constante de medirse, comprobando que él es el que impone las reglas del juego.
Pero no debemos confundirnos, y suponer a partir de una mirada teleológica, que si hay riesgo, incluso riesgo de muerte, hay una relación tanática con la realidad. El adolescente no necesariamente se propone poner en riesgo su vida, aún al emprender esa tarea de encuentro con los límites que en muchas ocasiones se vuelve mortífera. Ocurre más bien que evaluó la realidad desde la distorsión de un yo ideal sin limitaciones. Y entonces no sólo corre el riesgo de perder la vida (sin anticiparlo), sino que también corre el riesgo de sentir que no es suficiente con haber atravesado esa prueba, y que sólo otro desafío, el próximo (cada vez mayor) probará definitivamente que él siempre podrá enfrentar las exigencias que la realidad le impone.
El yo no percibe los excedentes de la realidad de los que no podría apropiarse. Juicio de atribución y juicio de existencia, funciones del psiquismo ya constituidas, se ven de pronto arrasadas en este punto de desmentida ( a veces puntual, fugaz, vertiginoso) en el que el yo atribuye a la realidad con la que se va a ver confrontado, únicamente las características que su psiquismo es capaz de poner en consideración. La impulsividad estaría en todo caso al servicio de "comerse" esa realidad, metérsela adentro como si cupiera en los límites del yo, constatando así que es tal como se la fantasea.
En este movimiento hay una búsqueda:
 
Las conductas de riesgo se diferencian totalmente de la voluntad de morir, no son formas inhábiles de suicidio, sino desvíos simbólicos para asegurarse el valor de su existencia y alejar en la medida de lo posible el temor a la propia insignificancia personal. Son ritos íntimos de elaboración de sentido. ( Le Breton, 2003, pág 30).
 
¿Cuanta desmentida de la realidad tolera esta búsqueda sin volverse efectivamente tanática?
Es en el intento de construir autonomía, que el adolescente se pone a prueba, pero si cualquier sentimiento de vulnerabilidad amenaza con hacer fracasar la empresa, sólo quedará el camino de la desmentida para poder avanzar. Sólo desde el refugio de su omnipotencia ("a mí no me va a pasar nada") se atreverá a medirse con el mundo, a pelear su inserción en él.
Hay, sin embargo en este caso, en este modo de enunciación de la frase "no pasa nada", un movimiento, un intento de no quedar atrapado en los márgenes que su infancia le ha impuesto. Pero en el camino de "ser otro", de trascender estos márgenes de este modo, en el camino de desprenderse desesperadamente de su infancia , el adolescente puede hacer de ella un lugar que queda a la intemperie, sin resguardo, lugar expuesto a la desligadura con un presente y un futuro, que serán vividos entonces como sin genealogía.
 
Existen otras situaciones en las que lo que encontramos entre el adolescente y su realidad es sencillamente una no-relación. Son situaciones muy diferentes de las descritas más arriba. En estos otros casos, el "no pasa nada" refleja la percepción de una realidad achatada, poco interesante: "no existe afuera nada que deba ser puesto en consideración, no hay ni habrá un afuera que pueda conmoverme". "Afuera no pasa nada. ¿Para qué debería entonces tener disponibles mis emociones? ¿Hay algo acaso para lo que deba prepararme? ¿habrá afuera algo que pueda sorprenderme?".
Sujeto al fin de una enunciación colectiva, el adolescente que enuncia el "no pasa nada" de este modo, toma en préstamo esta expresión de un discurso social que, como efecto de la caída de los ideales que en otras épocas orientaron un proyecto,   banaliza la experiencia. El trabajo de proyectar un futuro no se hace en soledad, y es ahí cuando la deserción de los referentes simbólicos que podrían producir marcas, deja un vacío que paraliza al adolescente en un no proyecto.
No se trata en estos casos de la toma de una posición determinada exclusivamente frente al riesgo. Es una toma de posición frente a la realidad en su conjunto, como efecto de la convicción de que no vale la pena establecer con ella ningún tipo de intercambio. Es una respuesta que se pronuncia frente a la idea de que hay muy poco que la realidad pueda ofrecerle a ese psiquismo, que no esté de antemano presente en él, que no forme ya parte de él, o que valga la pena de ser experimentado. Y que también hay muy poco en ese psiquismo que pueda ser ofrecido, entregado a la propia realidad y a los otros. Es la idea de no-novedad, y por lo tanto de no disposición a lo que puede sorprender, a lo desconocido, al enigma, al misterio que una situación pueda representar. Aquí hay poca confrontación, poco "trabajo de la adolescencia".
Percibimos habitualmente en estos casos que tampoco pasa nada en el tratamiento. Resulta difícil mostrarle al adolescente que donde muestra "nada" puede haber sufrimiento. También nosotros somos en estos casos una realidad poco interesante de aprehender.
 
Termina produciéndose -tanto en los casos en los que se establece una relación omnipotente con la realidad, como en los casos en lo que se establece con ella una relación de no novedad- paradójicamente, la exposición a desafíos descomunales sin que sean reconocidos como tales. En el primer caso, por la falta de anticipación frente a estos desafíos ligada a la omnipotencia. En el segundo, precisamente porque la percepción parcial de la realidad marca una imposibilidad, una renuncia a dominarla, a reconocer el impacto que la realidad, como lo ajeno, puede producir en uno. En la peor de sus versiones, la utilización de esta frase para describir la propia relación con la realidad, supone la anulación del rito de iniciación, la anulación del desafío de atravesar una prueba de pasaje, el desconocimiento del sentido iniciático que los movimientos del adolescente puedan tener en busca de la marca que ese desafío podría dejar. Y también supone la indiferencia ante ese movimiento que entonces parece no ser necesario realizar en busca de esa marca. Inversamente a los ritos iniciáticos que la sociedad propone para legitimar la entrada del adolescente al mundo adulto, estos ritos solitarios son respuestas hostiles a una sociedad que es vivida como generadora de sufrimiento, y no remiten a ninguna memoria colectiva (Le Breton, 2003).
Esta frase es la fórmula adecuada para sintetizar un no-trabajo de reconocimiento de la realidad y un no-trabajo de construcción por parte del yo de sus propios ideales.
Si el sentimiento de curiosidad es prematuramente neutralizado, el "no pasa nada" impulsa al adolescente o bien a conductas de riesgo en las que la curiosidad misma es "satisfecha" en un acto impulsivo que puede dejar marcas traumáticas; o bien a acercamientos abúlicos a enigmas que no son reconocidos como tales.
 
El modo impersonal y la doble negación que componen la frase "no pasa nada", construyen una sintaxis desubjetivante. El sujeto de la oración es "nada". Y la palabra "nada", parece ser una descripción suficiente de todo lo que puede pasar.
Pensamos entonces que dos serían los trabajos de subjetivación que pueden ir adjudicando un sentido emocional a la experiencia que esta frase pretende neutralizar. Dos operaciones que podrían ubicar al adolescente en el eje de esa experiencia:
a) la imposición de otro sujeto en la oración. "A mí no me pasa nada". Y la posibilidad a partir de allí de tomar la polisemia de esta frase para mostrar que sin sujeto subjetivo , esta frase pretende un "cierre" en la membrana psíquica de intercambio con el mundo y con las emociones ("no me pasa nada", en el sentido de "nada pasa a través de mí, ni de afuera hacia adentro, ni de adentro hacia fuera"), y sostiene una intención de neutralizar de antemano los efectos de la experiencia, negando de este modo el contacto con "lo otro".
A partir de este trabajo de subjetivación, al "no pasa nada (en mí que deba explicarme)", le puede suceder la pregunta: "¿qué me pasa?".
b) la adjetivación de la realidad circundante. Es decir la cualificación subjetiva de aquella realidad con la cual se enfrenta o enfrentará, que incluso sosteniendo esta misma frase, la modifique encontrando matices para esa experiencia (no pasa nada peligroso, no pasa nada nuevo, no pasa nada interesante, no pasa nada importante, no pasa nada que me asuste, no pasa nada prohibido, no pasa nada acerca de lo cual deba hablarte, no pasa nada que te quiera contar, no pasa nada si atravieso ese límite, no pasa nada si decepciono a mis padres, no pasa nada si no cumplo con su mandato, etc.). No se trata de la cualificación de la realidad como si se descubriera una rasgo intrínseco de la realidad misma, sino del descubrimiento de lo que esa realidad significa para el adolescente y, a partir de allí, la posibilidad de cualificarla.
Ambas operaciones, adjetivación y subjetivación pueden producir un giro en la mirada del adolescente: se abre la posibilidad de no adjudicarle a la realidad una NADA interna. Y la posibilidad entonces de percibir a la realidad misma como una alteridad que "me modifica, me impone un trabajo", y que no puede ser desmentida sin pagar un precio muy alto.
Pensar, darle un lugar a lo que no está presente, anticipar, imaginar, son modos de procesamiento en el vínculo del adolescente con su historia, su presente, su futuro, que se abren si puede desmantelarse el "no pasa nada" como consigna de vida.
 
 
Pero hay un "no pasa nada" necesario si también se puede producir a partir de allí un trabajo de cualificación. Animarse, correr el riesgo, transgredir, contienen un fondo de "no pasa nada tan peligroso que deba impedirme atravesar esta experiencia nueva para mí". Es un "no pasa nada" que cualificado permite el apaciguamiento del miedo, y se transforma en un motor del crecimiento.
Este "no pasa nada" al servicio del impulso a avanzar, al servicio de la exogamia, puede ser pronunciado por un adolescente que esté disponible para la marca que ese movimiento va a dejar en él, un yo que se reconozca yendo a la búsqueda de esa marca, que evalúe que el daño, si lo hubiera, va ser soportable, y que vale la pena pagar ese costo si se trata del trabajo de la adolescencia. Más bien se trataría de ceder el paso a lo que sí pasa frente a esa experiencia inédita, que será por eso mismo valorada. Se trata casi de necesitar del miedo al que esa experiencia lo expone, para legitimarla como experiencia de desprendimiento.
Un "no pasa nada" necesario entonces, préstamo , pero luego apropiación, de la función que la madre cumple frente al infans, cuando éste inundado por sus terrores, solicita para su realidad interna y para su realidad externa, otra lectura de la que es capaz de producir. Una lectura que apacigüe el miedo, y lo transforme en metabolizable .
En un pie de página de "Las Metamorfosis de la Pubertad" (Tres Ensayos de teoría sexual, 1905), Freud cuenta acerca de un varoncito de tres años...
 
(....) a quien oí rogar, desde la habitación donde lo habían encerrado a oscuras: 'Tía, háblame; tengo miedo porque está muy oscuro'. Y la tía que le espeta: '¿Qué ganas con eso? De todos modos no puedes verme'. A lo cual respondió el niño: 'No importa, hay más luz cuando alguien habla'. (1978, pág. 205)
 
Será el adolescente quien deberá después desplegar este recurso de apaciguamiento para sí mismo, frente al miedo que la salida exogámica puede producir, tanto por los peligros reales que la realidad ofrece, como por los fantasmas que esta salida necesariamente despertará en él y con los que deberá soportar confrontarse.
Los niños dan sus primeros pasos primero tomados de la mano de su madre, luego apoyándose en un objeto fijo, firme, que no los acompaña con el movimiento, no los ayuda a compensar sus desequilibrios, pero que sí los sostiene. Luego, pueden ya seguir solos. Pero aún así, a veces toman un objeto pequeño (un lápiz, un palito, el borde de la manga de su ropa) y "sostenidos"· de esta manera, se animan a caminar. En este caso los sostiene sólo la ilusión de estar sostenidos, no saben aún que el equilibrio es interno, que ya es una función incorporada. Para poder decir "no pasa nada si doy un paso sin tomarme de la mano de mi mamá", deben confiar primero en que algo de ese apoyo puede reproducirse "in absentia", y luego deben percibir que aún si sueltan el palito, el lápiz, el borde de la manga, no se caen.
Si la experiencia del crecimiento fue acompañada por otro que tolera ser "el carozo de la aceituna" a medida que sus funciones dejan de ser indispensables para el infans, (y luego para el niño, para el púber y para el adolescente), será el núcleo del yo en constitución lo que le permitirá al infans primero caminar de la mano, después sostenerse en un objeto fijo, luego en un objeto "ilusorio" y luego en sí mismo.
Quizás una de las primeras experiencias de desprendimiento no traumático, y a distancias en las cuales sea él quien se pierde de vista para la madre, y no la madre para él, será el andar en bicicleta. Para el adolescente se tratará luego de ser él mismo el carretel que se irá alejando, siempre y cuando sepa que, mientras fue necesario, alguien, algo, en otro lado sostuvo   la otra la punta, y que podría seguir sosteniéndola si él lo necesitara.
La otra punta del hilo del carretel debe haber sido sostenida de tal modo, que en algún momento no haga falta ya en la realidad, y sea entonces función interna de sostén. Esto le permitirá al adolescente instalar un espacio que sin ser pura realidad, no sea todavía puro mundo interno, espacio que le permita "no quedar sometido precozmente a la dominación completa del principio de realidad" (Marty, 2004, p. 47).
Para que ese desprendimiento se vea acompañado de una señal de angustia que anticipe el peligro, pero al mismo tiempo no inhiba el movimiento, el adolescente debe sentir que existe algún anclaje posible, que no todo se perderá en ese movimiento, que el hilo que lo mantiene unido a la otra punta es largo y flexible, no se rompe ni se suelta.
Ese referente simbólico que habilitará al adolescente a decirse a sí mismo "adelante, no pasa nada que deba paralizarte", podrá ser un conjunto de ideales, o el afán de pertenencia a una sociedad que incluye al mundo de los adultos, la imagen de una figura amparadora (por ejemplo, la voz apaciguadora de una tía), o ese fondo de memoria del que nos habla Piera Aulagnier, "tela de fondo de las composiciones biográficas del adolescente," ...
 
(...) tejido que puede solo asegurarle que lo modificable y lo inexorablemente modificado de sí mismo, de su deseo, de sus elecciones , [no trasformarán] a aquel que él deviene , en un extraño para aquel que él ha sido, que su 'mismidad' persiste en ese Yo condenado al movimiento (1991, p.443) .
 
Es así como ese movimiento no se establecerá como una fuga infinita hacia adelante, que sólo se detendrá, al decir de Le Breton (2003), con el "choque brutal con el mundo" (pág. 28).
También hay un "no pasa nada", entonces, que habilita la posibilidad de crecer. Pero no sin conciencia del riesgo. Sino, a pesar del riesgo, y eligiendo, a partir de la confianza en poder atravesarlo, y de la necesidad de hacerlo, asumir la soledad de esa tarea, aunque ésta sea colectiva. Transgredir sin quedar paralizado, sin sentir que en ello se puede ir la vida. No se trata de un "no pasa nada" absoluto, sino de un "estoy dispuesto a soportar lo que pasa, porque me interesan sus consecuencias". Esta sería la diferencia fundamental que podemos establecer entre correr un riesgo y la actuación de conductas de riesgo. 
Asumir el riesgo del crecimiento habilita el trabajo abierto a la curiosidad frente a una experiencia que necesita del apaciguamiento del miedo para poder atravesarse.
Se abre un espacio transicional, y entonces frente a esto que el adolescente decide afrontar le pasan cosas, algo se activará en él. Al modo del juego, se aproximará a esa experiencia porque le ofrece una oportunidad de transformación, esta vez en el terreno social, en el encuentro con otros, en su aproximación a una experiencia cultural, a partir de la cual conozca y también cree nuevas significaciones.
 
BIBLIOGRAFÍA
 
Aulagnier, P. Construir(se) un pasado. Rev. Psicoanálisis, APdeBA, Vol. XIII, Nro. 3, pp.441-468, 1991.
Freud, S. Las Metamorfosis de la Pubertad, En "Tres Ensayos de teoría sexual" (1905). Ed.                                                                                                   Amorrortu, Vol. VII, Bs. As., 1978.
                    La Negación. (1925) Ed. Amorrortu, Vol. XIX. Bs.As., 1978
Le Breton, D. La vida en juego, para existir. En "Adolescencia bajo riesgo", Ed. Trilce, Montevideo, Uruguay, 2003.
Marty, F. El juego y sus implicancias en la adolescencia. En "Pensar la adolescencia". Ed. Trilce, Montevideo, 2004
Pelento, M. La adolescencia fuera de juego. Trabajo presentado en las 4ta. Jornadas de la Residencia de Salud Mental, Hosp. Gral. De Niños. R. Gutiérrez, Bs.As., mayo 2005.
Slucki, D. Ritos de iniciación. Las despedidas del adolescente. Rev. Gaceta Psicológica. Asoc. de Psicólogos de Buenos Aires, Nro. 97, pp.23-26, 1994.
 

* Publicado en el libro "Nuevas Variaciones sobre Clínica Psicoanalítica". Ana Berezin (coordinadora) Ed. Letra Viva. Bs.As. Noviembre 2006.
 
* "Las conductas de riesgo son acciones desarrolladas por el joven, solo o con otros, que ponen su vida en peligro físico o moral" (Le Breton, 2003, pág. 31)