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La simbolización como modalidad de procesamiento no-lingüístico


Publicada el 01/08/2005 por Alfredo Tagle





Simbolización es un término que los psicoanalistas utilizamos habitualmente para designar en forma genérica procesos de elaboración, de entramado preconciente a través de la derivación representacional de mociones pulsionales sobre la retícula que la cultura nos ofrece.
 
Ya Jones en su clásico "La teoría del simbolismo" de 1916, al advertir que la palabra simbolismo en su sentido más amplio abarca casi todo el desarrollo de la civilización, propone diferenciar un simbolismo propiamente dicho, verdadero para el psicoanálisis. Reserva el término para aquellas formas de representación indirecta que, surgiendo como resultado del conflicto intrapsíquico y la represión, toman la carga afectiva de la representación original reprimida, manteniendo a su vez inalterada y meramente transferida sobre la idea secundaria (el símbolo), la plena significación del complejo anterior.[1]
También analiza Jones otras formas de representación indirecta que deja fuera del "simbolismo verdadero". Para él, todo proceso de conocimiento está basado en un traspaso de interés de un objeto a otro, con el que se lo identifica en una primera instancia. Incluso las generalizaciones científicas serían para Jones sublimaciones de complejos inconcientes, de los cuales son desarrollos enormemente modificados por el contacto con la realidad externa y por la elaboración conciente. Tanto las distintas formas de conocimiento, como los símbolos, acontecen como resultado del conflicto entre los impulsos inconcientes y las fuerzas inhibidoras de la represión. Ambos reciben la energía psíquica del complejo inconciente, pero a diferencia del símbolo, los productos del conocimiento no recibe de éste su significación, ya que éstas ideas derivadas tienen su propia significación independiente.
Podríamos decir en síntesis que para Jones existen por lo menos dos caminos posibles para la tramitación de los conflictos psíquicos, el del simbolismo y el de la sublimación. Cuando los psicoanalistas hablamos de simbolización, en general, estamos pensando en procesos en los que la representación indirecta esta más cerca de ésta segunda modalidad sublimatoria de constitución y funcionamiento, es decir, del camino alternativo al del simbolismo verdadero de Jones.
 
En 1930 Melanie Klein, en "La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo"[2], a partir del análisis de un chico autista de 4 años con su vida fantasmática paralizada y cerrado el camino hacia la formación de símbolos, llega a la conclusión de que sin simbolización, todo el desarrollo del yo queda interrumpido. Pone así su foco en el camino de las representaciones indirectas más ligados por Jones a procesos sublimatorios que al enquistamiento patológico, llamándolo simbolización, en franca desestimación de la propuesta terminológica de Jones.
 
En "Notas sobre la formación de símbolos" de 1957 Hanna Segal[3], a partir de la enorme diferencia que encuentra en la articulación de representaciones indirectas, entre el funcionamiento psicótico y el neurótico, llega a la diferenciación de dos clases extremas de formación de símbolos y función simbólica. A una la llamó "ecuación simbólica" producto del pensamiento concreto esquizofrénico en el que el símbolo equivale de tal forma al objeto simbolizado, que ambos son experimentados como la misma cosa. A la otra, ya en el terreno de la neurosis, la llamó "representación simbólica", el símbolo representa al objeto pero no equivale enteramente a él, considerando a éste último como el "verdadero simbolismo".
Termina así Hanna Segal de consolidar la inversión terminológica respecto de Jones iniciada por Melanie Klein, aumentando paradójicamente con sus desarrollos las coincidencias conceptuales con el mismo. Pues ya planteaba Jones que en el simbolismo sintomático se transfiere sobre la idea secundaria (el símbolo) no solo la carga afectiva, sino también "la plena significancia del complejo anterior". Esta línea que lleva a la identificación concretística entre lo representado y el representante nos conduce, en su extremo, al polo conceptual en el que encontramos la "ecuación simbólica" concebida por Hanna Segal.
En la dirección opuesta, es decir la que Jones liga a destinos sublimatorios, "se transfiere solamente la energía psíquica, no la significancia, a otro grupo de ideas que tienen su propia significancia independiente". Lo que nos indica que veía en este otro destino de las representaciones indirectas una mayor discriminación e independencia entre el representante y lo representado, igual que Hanna Segal en la modalidad de procesamiento psíquico que años después terminó llamando "función simbólica".[4]
 
El tema que estamos trabajando este año, cambio psíquico, esta íntimamente imbricado con la simbolización en el sentido de procesamiento psíquico de contenidos inconcientes que continúa la línea de la "función simbólica" senegalesa.
Me planteo como objetivo de este trabajo renovar el esfuerzo para intentar darle una mayor especificidad al término simbolización a partir del marco establecido por los autores mencionados, y a la luz de la diferenciación entre simbolización y significación aportada por algunos desarrollos de la semiótica.
 
 
Facundo de 7 años
 
Los padres me presentan a Facundo como un chico inquieto, ansioso, imparable. De chiquito generaba fascinación y encanto en sus papás y demás familiares de su entorno por la precocidad de su lenguaje y la particular predisposición a expresarse verbal y corporalmente. Ahora, a los 7 años, les es difícil soportarlo, ha devenido intrusivo, con un nivel de ansiedad que los saca de quicio, sobre todo al papá que lo vive como una máquina de hablar imparable que no da lugar al intercambio, ni con él, ni entre los demás presentes. Las esporádicas ausencias de Facundo por algún programa especial son para sus padres un esperado bálsamo de tranquilidad, que a su vez los llena de culpa y preocupación.
Sus insistentes intentos de hacer programas lo enfrentan sistemáticamente con la frustración de la negativa y el desinterés de sus compañeritos, salvo de uno que a veces acepta pero que se resiste a sus pretensiones de exclusividad. En el colegio no lo eligen para integrar los grupos de trabajo y con frecuencia es rechazado cuando quiere incluirse. A veces éstas situaciones provocan en Facundo reacciones violentas o llanto. En el club al que van los fines de semana deambula solo sin poder establecer vínculos con otros chicos, a pesar de los intentos de sus papás por facilitarlos.
Con frecuencia la impotencia, al no poder parar su verborragia e intrusividad, llevan al padre a exabruptos en los que le grita y sacude, única forma que encuentra para pararlo.
 
Recibo en el consultorio a un chiquilín inteligente, despierto y muy dispuesto a participar. Me cuenta que estuvo antes en el consultorio de Fulana (quien le hizo un psicodiagnóstico), y compara los consultorios y los materiales de uno y otro lugar. Me dice que allá jugaba con plastilina y masa. Me da la impresión de que salgo perdiendo en la comparación y le digo que a lo mejor se sentía cómodo con Fulana y que hubiera preferido seguir con ella. Me dice que sí, que puede ser, pero que allá no había masa de tantos colores.
Su contacto con la masa y los otros materiales de la caja parece lábil y mecánico, como si en realidad no le interesara nada de eso. Su interés se va centrando en contarme sobre el colegio o preguntarme alguna que otra cosa del consultorio o de mí, si vivo acá, a dónde da la ventana. Así comienza a hablarme de un chico muy molesto al que todos rechazan, Carlos Varela. Se sienta en la silla frente al escritorio propiciando que yo ocupe mi lugar del otro lado. Allí, recostado sobre el respaldo como un paciente adulto que viene a hablar de sus conflictos, me habla de lo irritante que le resulta Carlos Varela y me relata episodios que grafican lo molesto e irrazonable que es, no solamente para él, sino también para sus otros compañeros.
En las sesiones subsiguientes vuelve a aparecer Carlos Varela varias veces y siempre con el mismo tenor. En ocasión de relatarme alguna situación en la que él se sintió rechazado por compañeros que no quisieron incluirlo en su grupo, le digo que esto tiene algo parecido con lo que pasa con Carlos Varela. Él escucha, parece aceptarlo y luego continua con la línea anterior del relato como si esta relación recién establecida no la modificara. Él es víctima de malos compañeros que se unen para perjudicarlo.
 
En las siguientes sesiones se hace evidente que Facundo no puede jugar, salta de una cosa a otra y su único interés parece ser llegar al borde de lo posible y entrar en conflicto con algún límite. Haga lo que haga, jugar con animales, con témperas o con agua, siempre lleva la situación a un límite, obligándome a aclararlo con mucha precisión. Luego busca formas solapadas, y a veces muy inteligentes, de tratar de transgredirlo, cuando se convence de que mi actitud es clara y firme desiste y comienza otra actividad, a veces derivada de la anterior, a la que sutil y paulatinamente ira llevando al mismo terreno. El interés que aparenta por las diferentes actividades no lo siento contratransferencialmente como genuino, me parecen excusas para llegar al borde. Es muy activo y siempre busca cosas para hacer, manteniéndome siempre alerta y con cierta tensión. Requiere un cuidado estrecho, corporal, de estar atajándolo todo el tiempo.
En los meses siguientes continua esta modalidad de pseudo juego en pos del borde con la paulatina aparición (5 ó 6 meses de tratamiento) de breves momentos en los que parece interesarse por lo que pasa dentro del juego y no solo por transgredir su marco. Parece interesarle jugar a la magia lo que podríamos pensar como un intento de simbolizar la transgresión a través de la apariencia de alteración de las leyes naturales que la magia implica. Noto también un incipiente interés por ciertas situaciones de competencia con reglas muy laxas y sujetas a su arbitrio, puede sostener secuencias breves y soportar algo de ansiedad antes de recurrir a la transgresión (Por ej.: Escondemos alternativamente un jueguito que él trae y el otro tiene que buscarlo, cuando estoy con los ojos tapados intenta abrir muebles y cajones que no están disponibles para el juego - Tiramos bollitos de papel higiénico mojado sobre los azulejos del baño para ver quien llega más alto, hasta que en algún momento tira hacia el techo pasando la línea de azulejos que nos sirve de límite).
 
Varias veces en estos meses (primer año) me cuenta cosas de Carlos Varela, siempre con indignación y bronca. También varias veces tratamos de entender situaciones conflictivas con sus compañeros que Facundo trae a sesión, relacionándolas con cosas que puede ver en Carlos Varela pero no en él mismo. Por ejemplo que se pone muy ansioso y trata de imponer o forzar su ingreso en un grupo y lo único que logra es más rechazo y crítica de los chicos con los que deseaba estar. El no poder esperar, el no aguantar, también fueron tema de comentarios, señalamientos e interpretaciones, dentro y fuera de los juegos.
 
Durante el segundo año de tratamiento van apareciendo algunos juegos dramáticos genuinos con la instauración de un código que se mantiene durante lapsos cada vez más extensos y que se continúan de una sesión a otra. Uno de ellos es usar el escritorio como un escenario al que suben artistas (Facundo), en general cantantes de rock, que son aclamados por el pblico (yo) que mira el espectáculo desde abajo. Estos juegos son precedidos, sobre todo las primeras veces, por una pulseada en relación a los límites que yo establecía. (Por ej.: no se puede tocar el techo desde arriba del escritorio)
Uno de los artistas que frecuenta este escenario es el "Rey Sol Marchesi", aclamado por una multitud de chicas hermosas que deliran por él, le piden autógrafos, besos y abrazos. En ocasiones él debía huir corriendo de sus excitadas fans por la escalera que lo llevaba a los camarines y se refugiaba en ellos cerrando la puerta del baño. La escena era completada con locutor anunciante, iluminador y custodios que lo defendían del embate del público. A veces entre el público estaba su novia y también una gorda fea que era despreciada y empujada por los custodios cuando pretendía abrazar o besar al astro, que reaccionaba con asco.
 
Un día en que el Rey Sol se había retirado a sus camarines el locutor anuncia para la siguiente presentación a Carlos Varela. Al salir a escena es abucheado, canta pésimo y parece un tarado, le tiran cosas, lo insultan. Cuando intenta tocar o besar a las chicas es rechazado violentamente, sobre todo por la novia del Rey Sol a quien él pretende seducir, es insistente y no acepta el rechazo del público. Los custodios deben protegerlo y llevarlo a camarines por la fuerza para que no lo maten y entonces vuelve a ser anunciado y sale el "Rey Sol Marchesi" y la escena se repite.
 
En el transcurso de los meses e intercalados con otros juegos se reiteran estos espectáculos con variantes y enriquecimientos pero manteniendo la estructura básica. Una modificación significativa es que paulatinamente el que pasa a ser el astro aclamado por el público, sobre todo femenino, es "Facundo Brener", él mismo en persona. Entre el público hay algunos de sus compañeritos del colegio y alguna nena del grado que le gusta o es su novia de turno. Otra modificación que se va introduciendo es que Carlos Varela dura más en escena y que la gorda fea se enamora de él y tienen un romance, se besan y abrazan en público. El rechazo de la gente se hace cada vez menos violento y aparecen otras admiradoras, siempre feas. Ya no lo echan para que deje la escena y llega a tener algunos aplausos que provocan enfrentamientos en el público.
 
A esta altura del tratamiento los papás lo ven mejor, menos ansioso, ahora juega mucho en su casa y es frecuente que continúe con alguno de los juegos de sus sesiones. Hace programas con chicos y se queja menos del rechazo de sus compañeros. Pero en casa sigue molesto y el papá no siempre puede evitar reaccionar intempestivamente.
_________________
 
Cuando en la primera sesión Facundo me habla de Carlos Varela esta trayendo una representación de compleja constitución. Podríamos decir que es un significante en el que se han condensado por desplazamiento aspectos denigrados de la representación de sí mismo. Rechazados de la conciencia por entrar en conflicto con un ideal del yo en formación, heredero del yo ideal de aquel chiquito precoz y maravilloso que fascinaba a todos. También podríamos decir que es un objeto externo en el que ha proyectado un aspecto rechazado del self, cosa que lo hace pasible de los ataques supeyoicos evitados por el yo en su defensa.
 
Es evidente que la representación o el objeto Carlos Varela ha quedado asociada a la imagen rechazada del self y ha recibido parte de su carga y significación. Pero también es cierto que la frustración por no poder estar con quien tiene ganas y el sufrimiento narcisístico por el rechazo, siguen teniendo vigencia por sí mismos, no han desaparecido de la conciencia, y exigen además un trabajo psíquico para ser procesados.
Ambas situaciones, la de Facundo rechazado y la de Carlos Varela rechazado por Facundo, son herederas de la conflictiva edipica. El ocupar el lugar del tercero, el hijo, teniendo que resignar el privilegio de la centralidad es revivida por Facundo en un caso como víctima y en el otro como espectador, y en ocasiones victimario.
 
Sus desesperados intentos de lograr protagonismo y centralidad entre sus compañeros fracasan sistemáticamente repitiendo la experiencia de frustración y exclusión que probablemente refleje su versión de una historia no tan lejana.
¿Hay acá una compulsión repetitiva que lo lleva sistemáticamente a revivir el dolor?
Creo más bien en que busca lo satisfactorio perdido y siempre termina sorprendido por el fracaso de sus intentos por recuperarlo. Me inclino también por suponer la presencia de la pulsión de dominio que plantea Freud en "Mas allá..." a propósito del juego del carretel. Un intento de controlar, y creo que también de comprender la experiencia dolorosa, intento que siempre fracasa por las mismas razones. Su imposibilidad de resignar aquel privilegio de rey, de centro del universo. Es decir por no aceptar las variaciones de libreto que la presencia de los otros impone.
 
En la primera sesión prefiere traer la escena desde un lugar diferente, ahora el rechazado es otro. Desde éste nuevo lugar ve cosas también diferentes. Desde ahí entiende y justifica plenamente que le pase a Carlos Varela lo que le pasa, que en realidad es lo mismo que le pasa a él. ¿Es esto solo un intento de desconocimiento, de rechazo de lo doloroso poniéndolo en otro?
En principio no hay un desconocimiento del objeto externo. Si bien Carlos Varela adquiere importancia para Facundo por su asociación con aspectos rechazados de sí mismo, la realidad del objeto se encuentra respetada. En entrevista con los padres al indagar yo sobre el particular me confirman que es realmente molesto, los chicos lo rechazan y es generador de problemas. Esto nos habla de una relativa discriminación entre yo y objeto. Digo relativa porque me parece que hay momentos en que el yo y el objeto se confunden (por ej.: cuando en la primer entrevista me habla de Carlos Varela). Estaríamos, en la polaridad planteada por Hanna Segal, en un terreno intermedio pero más cercano a la "función simbólica", ya que se mantiene una cierta diferenciación entre las dos representaciones asociadas sin ocupar en forma estable una el lugar de la otra.
De todas maneras si bien no parece una transacción sintomática estable, en la que el conflicto este totalmente congelado, me parece que los elementos en conflicto tienden a rigidizarse en un estancamiento del que no puede salir. Se repite siempre la misma escena, sin que el cambio de lugares simbólicos en las situaciones concretas relatadas lo ayude a modificar su destino.
 
En el tratamiento el conflicto se instala en los bordes. Ahí juega Facundo su intento de ser el Rey Sol, único legislador. El sostener el encuadre por un lado, propiciando al mismo tiempo la posibilidad de un espacio para la fantasía por el otro, va desplazando el lugar en el que el conflicto se hace presente. Al instalarse al fin en la escena del juego, cambia de naturaleza y se libera de lo concreto. Comienza a rodar, y su recorrido genera una trama dramática que al instalar su propio código va generando una realidad alternativa. Adaptada por manipulación a sus posibilidades de soportabilidad y procesamiento. Los conflictos actualizados en transferencia evolucionan y se modifican, se transforman en otros o varía la ubicación relativa del self u otros objetos significativos.
Así van apareciendo imágenes, situaciones, sensaciones que de alguna manera estaban contenidas, condensadas en la imagen que ha emergido ante Facundo como una metáfora: "Carlos Varela".
Un signo constituye lo que podríamos considerar como un primer tiempo de la metáfora, con su significante y su significado. A su vez éste último esta referido a una imagen que, en interacción con el contexto en que aparece, produce significaciones al quedar articulado como un símbolo, completando así como un segundo tiempo de la metáfora.
O sea que la imagen de Carlos Varela funciona para Facundo como un símbolo que nos remite a sus significados a través de lo que tiene en común con ellos, por ejemplo representa al self rechazado de Facundo por que Carlos Varela es también rechazado. No es además un símbolo lingüístico porque su significado no surge del código de la lengua. Tiene un significado subjetivo para Facundo, y es más un producto de la "asimilación" piagetiana que de la "acomodación" a un código colectivo. Por eso es que sus secretos sólo se podrán ir desentrañando dentro del juego simbólico que él mismo va creando con mi asistencia.
 
Dentro el marco del código de la lengua se van destacando algunas oposiciones determinadas: escenario-platea; iluminado-oscuro; aclamación-abucheos; linda-fea; idolatrado-rechazado; etc.. A su vez los polos de estos opuestos se organizan en 2 conjuntos con centros bien diferenciados y opuestos alrededor de los cuales se ordenan: "Carlos Varela" y "Rey Sol Marchesi". Las características particulares de las oposiciones de rasgos y la forma en que se organizan y relacionan dentro del juego van constituyéndose en signos, a través de los que se expresan e interactúan impulsos, estados emocionales, reacciones y sensaciones. Estos emergentes logran en el contexto del juego una representación dramática a través de la que podemos conocerlos y comprenderlos en su verdadera naturaleza. Los signos creados van conformando un sistema semiótico particular, con su propio código. Podemos decir que éste código es el "lenguaje" del juego.
Es, en parte, por medio de éste "lenguaje" que van tomando forma los diversos significados condensados en nuestro símbolo inicial. Así es como descubrimos que Carlos Varela contenía en sus entrañas al Rey Sol, y que es además un aspecto esencial de su naturaleza. Lo que produce la torpeza, la intrusividad y por ende el fracaso de Carlos Varela es la desmesura de la fuerza que pulsa desde su interior por realizarse. Es el empuje irrefrenable y arrasador que vemos aparecer en el Rey Sol, encarnado por Facundo que al darle forma lo vivencia y comienza a conocer, apropiándose de algo antes extraño y ajeno. En la medida en que puede dar forma e integrar a estos aspectos Rey Sol que habitan a Carlos Varela, puede también acercarse a éste último y modificar su relación con él. Aparece el mismo Facundo en escena y la distancia abismal entre su ideal del yo en constitución y su realidad, comienza a ceder.
 
Utilizo para estas reflexiones la diferenciación que hace T. Todorov, y que me parece puede ser fértil para nosotros los psicoanalistas, entre dos formas diferentes de designación: la significación y la simbolización.[5]
En la significación, significante y significado son de naturaleza diferente y el nexo que los relaciona es inmotivado, es una designación arbitraria que depende de una convención. También es transitivo, es decir que su significado puede ser expresado por otros significantes que reemplacen al primero.
En cambio el símbolo tiene algo en común con lo simbolizado, o sea que es motivado y no es transitivo porque no es reemplazable por otro u otros signos.
Lo que planteo siguiendo a Todorov es que los múltiples significados condensados en "Carlos Varela" como símbolo no son fácilmente traducibles en palabras. Requieren de una larga exégesis en la que a través de los diferentes sentidos producidos iremos develando las significaciones que contiene.
 
La asociación libre consiste en la deriva representacional que va inaugurando recorridos, generando nexos y alumbrando nuevos significados desplazándose sobre la trama semiótica que la lengua nos ofrece. Creo que en los símbolos, de los que veníamos hablando, que coagulan en el torrente del proceso analítico, pasa algo que no responde en totalidad a esta lógica. Hay en ellos un exceso, algo que no puede ser tomado inicialmente dentro del código da la lengua. Que necesita crear su propio código para tomar forma, al modo de la obra de arte. En el juego simbólico el niño, como el artista, crea su propia semiótica: instituye sus oposiciones en rasgos que él mismo hace significantes en su orden. Las relaciones significantes del "lenguaje" del juego hay que descubrirlas en el contexto del juego mismo, como las del "lenguaje" artístico hay que descubrirlas dentro de una composición.[6]
 
Cuando Facundo nos trae a "Carlos Varela" nos esta hablando de molestia, rechazo, sentirse excluido y otros casilleros conceptuales de nuestra lengua. Pero también nos trae algo que desborda esta retícula, imágenes y emociones informes que si no encuentran un medio propicio seguirán mudos y sin poder tomar forma comprensible, para él y para mí. Eso que pulsa y no logra conformarse irrumpe entonces como exabruptos, insistencias y llantos que lo atraviesan, tornándolo molesto y provocando el rechazo de los otros más valorados, dejándolo perplejo y angustiado sin comprender lo que pasa. Viéndose forzado a buscar secundariamente explicaciones ad hoc para justificarse, que no hacen más que aumentar el ruido en su interacción con los otros.
 
Las escenas que van tomando forma, creadas con el "lenguaje" simbólico del juego nos abren a la posibilidad de una espontánea comprensión.[7] Comprensión que luego iremos parcial y paulatinamente "transponiendo creativamente" al código lingüístico, expresión que utiliza Jakobson al hablar de la intraductibilidad de la poesía, o del pasaje de un sistema de signos a otro sistema de signos. Por ejemplo del arte de la palabra a la música, la danza, el cine o la pintura.[8] Esta transposición nos da la posibilidad de ir construyendo un texto pasible de ser interpretado desde la teoría psicoanalítica.[9]
Habrá entonces secuencias del análisis que pasen más por estos procesos de captura simbólica, de simbolización, en el sentido estricto que propongo, y que una vez comprendidas en su sentido contextual, en transferencia, serán materia de comparación con otras escenas, de reflexión o de interpretación.
 
Tanto el procesamiento simbólico como el significante son inherentes a todo tratamiento psicoanalítico. Si bien en el tratamiento de chicos suele tener un espacio importante el procesamiento simbólico a través del juego, en el tratamiento de adultos también encontramos, tanto dramatizaciones simbólicas en transferencia como la emergencia de símbolos lingüísticos que condensan significados pasibles de interminables y productivas exégesis que a veces duran años. A propósito de esto, recuerdo a un paciente que mencioné en otra presentación del colegio.
 
Se trata de un alto ejecutivo de una empresa multinacional que intentaba en ese momento iniciarse como empresario independiente. Sus proyectos eran grandiosos y de mucha centralidad en su manejo. En este contexto y repensando algunos roces y enfrentamientos en su desempeño pasado como ejecutivo, le surge la imagen de un Zar, relacionada inicialmente con arrogancia y poder absoluto fue generando en su puesta en juego, en distintos momentos del tratamiento, nuevas significaciones. Pasando por la insensibilidad y hasta crueldad de algunas de sus decisiones empresarias, hasta conducirnos sobre el final de esta etapa, a la soledad que reinaba en las frías estepas de su infancia, con un padre ausente y una madre inaccesible detrás del muro de su narcisismo. Solo una abuela, madrastra de su padre, era recordada como un refugio tierno en los primeros años de su infancia. Sentada en su cama, mientras lo acompañaba en el transito al sueño, le contaba anécdotas que revivían imágenes de su "Rusia natal".
 
No es mi intención trabajar esta breve síntesis como material clínico, simplemente lo traigo como ejemplo de la función de un símbolo, en este caso lingüístico, en el proceso de captura que da una forma inicial a lo que se desplegará luego como las diferentes tramas vinculares que en este símbolo estaban condensadas.
En muchos tratamientos aparece algún sueño, un personaje o una situación que signa a modo de símbolo una etapa del proceso analítico. Algunos de estos símbolos encontrarán sus significados en el proceso analítico dentro del sistema de la lengua, como el Zar. Otros como Carlos Varela se desplegarán produciendo sentidos en el juego simbólico a través de su “lenguaje”. También hay pacientes adultos que traen material bajo "formas expresivas"[10] basadas en dramatizaciones simbólicas similares al juego simbólico de los chicos en sesión.
 
Para aclarar a que me refiero cuando digo dramatizaciones simbólicas, paso a relatar en breves trazos el caso de Marisa, una paciente profesional soltera de 35 años, cuya hermana había ejercido sobre ella, y en algún sentido lo seguía haciendo, una marcada tiranía. Por ejemplo, en la época en que ubico el relato, la llamaba para que se quedara a cuidar a sus hijos y si se negaba la atacaba furiosamente con cualquier recurso que pudiera ser efectivo, amenazas, culpabiliazación y agresiones de distinto tipo. Mi paciente no podía sustraerse a éstos ataques y con mucha impotencia y bronca se avenía a las demandas de su hermana.
Largamente analizamos el vínculo con ésta hermana, fundamentalmente en su presencia como objeto interno, integrado a aspectos rígidos y sádicos de su superyo.      
 Paulatinamente fue pudiendo confrontar y sobreponerse a los embates de su hermana cuando ésta encarnaba los aspectos sádicos del superyo de Marisa que, como dije antes, creo probable que se hayan originado en parte en internalizaciones muy tempranas de aspectos del vínculo de dominación y uso narcisístico por parte de la hermana. La madre también había sido siempre objeto de manipulación y malos tratos, incluso en esa época, nunca la pudo parar. Probablemente no había podido proteger a Marisa para no despertar la ira, inmanejable para la madre, de su hija mayor. El padre siempre se mantuvo al margen.
Si bien empezaba a poder defenderse mejor de su hermana, con frecuencia aparecía algún personaje, en general de la empresa en que trabajaba, con el que se perseguía, transformándose su vida en un verdadero calvario. Temía que la perjudique, que la calumnie a sus espaldas y con frecuencia veía evidencias de éste ensañamiento. Estos relatos me parecían claramente inverosímiles, no así los que involucraban a su hermana.
En un momento en que a mi juicio el tratamiento funcionaba, me plantea que lo va a dejar por que siente que ya no le sirve. Inmediatamente aparecen fantasías de que yo me voy a enojar, que me va a dar mucha rabia quedarme sin ese ingreso, y empieza a tener miedo de que difunda aspectos para ella nefastos de su vida privada. Ninguna de las interpretaciones que se me ocurren logran disipar la escena desplegada. Por un lado ella se da cuenta de que todas éstas intenciones que me endilga en su fantasía son irreales y que no se corresponden con lo que ve de mí, por eso a veces podemos bromear, y ella se ríe con las cosas que fantasea que yo le puedo llegar a hacer por que me deja. Pero hay momentos en que se angustia y siente miedo real, en general cuando no esta en sesión.
Al final deja el tratamiento, aunque con miedo a mi reacción. Antes de irse me pregunta si me puede llamar si lo necesita. A los 2 o 3 meses me llama y me pide una entrevista debido a un cambio de puesto laboral que no puede decidir. En la entrevista aparece con claridad que uno de sus objetivos era ver cómo estaba yo, cómo la recibía, si estaba enojado o si había quedado dañado en algún sentido. Al constatar que no estaba dañado ni enojado, se aflojó y me contó algunas fantasías muy absurdas que había tenido respecto a mis posibles represalias, sonaban graciosas y nos reímos un poco. En una segunda entrevista continuó con ésta exploración sobre mí y sobre ella, luego me contó algunas cosas de su trabajo y me informó que ya había decidido animarse a cambiar de puesto, a pesar de las fantasías persecutorias que esta decisión le había generado. Luego no tuve noticias de ella hasta que me vuelve a llama a los 3 meses para reiniciar el tratamiento.
 
Me parece que la trama dramática original esta representada en la de su diseño transferencial. Los elementos que la componen y las relaciones que los vinculan son congruentes con los de aquella.
Estamos en el terreno de la transferencia, pero creo que más cerca de la función simbólica que del enquistamiento sintomático. Es cierto que hay momentos en que me confunde con su objeto interno persecutorio, pero también y como telón de fondo nos mantiene relativamente discriminados. Si bien hay repetición, creo que también hay una intención de conocimiento y dominio, de apropiación en un contexto más propicio que el original.
Hace casi 2 años de aquel episodio y todavía le seguimos encontrando algún nuevo vértice desde donde mirarlo que nos ayuda a interpretar situaciones actuales.
 
Este tipo de despliegues no son escasos en nuestra clínica, es habitual por ejemplo que los adolescentes falten con frecuencia, o que planteen interrupciones del tratamiento que luego continúan, siempre que uno no sea rígido, ni con las faltas, ni con las interrupciones. Entiendo estos conatos de alejamiento como una representación indirecta no-lingüística del conflicto entre dependencia e independencia, o entre necesidad y autonomía por el que transitan e intentan comprender y elaborar.
Me parece que éstas dramatizaciones simbólicas de los adultos tienen una similitud estructural con algunos juegos simbólicos de los chicos. Comparemos por ejemplo el material de Marisa, expuesto más arriba, con el juego del carretel del nieto de Freud. En ambos casos se inaugura una realidad alternativa que reproduce los elementos y las relaciones de la situación original que contiene un conflicto emocional resistente al procesamiento y la apropiación por parte del protagonista. Esta otra realidad, como decíamos, es congruente en sus términos y relaciones con la que representa, pero adquiere una dinámica propia acorde con las necesidades del sujeto que la manipula.
 
Entiendo entonces a las dramatizaciones simbólicas como la creación individual de una trama semiótica no-lingüística de captura, que nos permite un primer nivel de comprensión y apropiación de lo que nos atraviesa.      
 

[1] E. Jones -"La teoría del simbolismo" - Cuadernos Monograficos - 1980 -Letra Viva - Pag. 61
[2] M. Klein - Obras completas - Paidos - 1975 -
[3] H. Segal - "La obra de Hanna Segal." - Paidos - Bs. As. - 1989 -
[4] H. Segal - "Sueño, fantasía y arte." - Nueva vision - Bs. As. - 1995 -
[5] T. Todorov - "Teorías del símbolo" - Monte Avila - 1991
[6] E. Benveniste - "Problemas de la lingüística general II" - Siglo XXI -1977
 
[7] "Efecto estético" de Wittgenstein - A. Tagle - "La escisión del yo en el trabajo del juego" - presentación en C.P. año 2003.
 
[8] R. Jakobson - "Ensayos de lingüística general." - Editorial Ariel - Barcelona - 1984 -
 
[9] Alberto Marani - "El lugar de la hermenéutica en la práctica clínica psicoanalítica." - Anuario del C.P. - Año 2003 -
[10] S. Langer - "Los problemas del arte." - Ediciones infinito - Buenos Aires - 1966