• Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Linkedin

Ensayo sobre la alteridad desde Winnicott


Publicada el 01/01/2010 por Alfredo Tagle





El relacionamiento con otro es una constante desde nuestro nacimiento hasta el fin de nuestra vida. Pero cuál es el estatuto de este otro. Una niña jugando con su muñeca esta teniendo una experiencia de relación con otro, que puede tener hambre, frío, puede protestar, llorar, o dormirse. Podemos decir que este otro es puro producto de su fantasía y que allí afuera no hay nadie que la contradiga o entre en interacción con ella, y esto es cierto, pero no lo es menos que hay allí puesto en juego algo del orden de lo otro. Mociones pulsionales que buscan ligadura para poder entrar en escena, también otros que como objetos internos, resabio o nostalgia de vínculos pasados, o presentes, reclaman un lugar para poder tramitar un exceso o conjurar un déficit. Todo esto otro en relación al yo que la niña intenta apropiarse a través de su jugar es un conjunto sumamente heterogéneo y diverso que incluye, mezclando jergas, objetos parciales, totales, internos, externos, narcisistas, del self, transicionales, y podríamos seguir si esta exégesis fuera lo que nos convoca, que no es el caso.
A esta necesidad de discriminación ya había apelado Mariana Wikinski en su presentación, en la que nos llamó la atención sobre el espesor de la deriva que partiendo de un genérico no-yo incluya hasta el reconocimiento del otro más allá de lo previsible y lo intencional, a la hospitalidad con ese otro incluso ajeno al conocimiento, como nos decía Mariana que plantea Mélich. Creo que este amplio espectro contiene también algún salto de nivel de análisis, pasando de modelos que intentan dar cuenta de procesos implicados en la constitución psíquica a consideraciones éticas, morales y filosóficas. El horizonte cultural e ideológico en el que se sustenta la práctica del psicoanálisis no puede estar ausente de nuestra indagación sobre el tema, pero me parece importante tratar de diferenciar, en la medida de lo posible, los diferentes enfoques presentes. Retomo entonces la posta de la tarea iniciada por Mariana desde otra perspectiva, y también desde el diálogo con autores que plantean la presencia de una intersubjetividad desde el inicio, como Daniel Stern, con quienes acuerdo en principio, pero creo indispensable ajustar el foco para ver mejor de qué estamos hablando.
Cuando aquella niña que jugaba con su muñeca, ahora mujer embarazada, elije el nombre que "dará" a su "criatura" esta construyendo el nido para alojar una nueva subjetividad. "El nombre es el lugar de la subjetividad del sujeto", dice el Derrida que nos trajo Foster, sin nombre no hay alteridad ni hay reconocimiento. Pero también ese nombre encierra la ajenidad de sí mismo para el futuro sujeto, es su sello de origen, el deseo de otro. ¿Cuál es la diferencia entre esta relación de la mamá con su bebé y aquella de la niña con su muñeca? Ahora hay "alguien" que se manifiesta, se mueve, genera sensaciones en la madre, tiene reacciones a determinadas posturas o acciones de su portadora. El nombre elegido aloja ahora aquellos juegos, que a su vez remiten a otra bebita y otra mamá, pero también este "alguien" pelea por un espacio debajo de este paraguas. Con los sueños soñados en aquellos juegos y con estas manifestaciones, que transformará en intenciones, la mamá irá construyendo un sujeto. Las futuras interacciones con el bebé ya nacido incrementarán notablemente la riqueza de su interioridad. Y llegamos aquí a nuestro primer gran problema: ¿esta riqueza subjetiva es realmente patrimonio del bebé, o es una fantasía de la mamá ?
Un bebé llora y su mamá dice que tiene hambre y lo alimenta, en otro momento llora exactamente igual para un observador y la mamá dice que está incomodo y lo acomoda en la cuna. Como se calma con estas maniobras parece obvio que la mamá tenía razón. ¿Pero estos contenidos de conciencia son del bebé y la mamá los interpreta, o son una creación de ella que lo van organizando y entramando en la urdimbre del lenguaje, construyendo así el espesor de su subjetividad ? Cuanto más llevemos el péndulo hacia el lado de que la mamá sólo interpreta, más cerca estaremos de un innatismo biologísta, y en el sentido contrario nos acercaremos a la tabula rasa del cachorro a ser transformado en humano. Winnicott no se acerca a ninguno de estos extremos y su respuesta es compleja.
"...,el bebé siente unas necesidades instintivas y apremiantes acompañadas de ideas predatorias. La madre posee el pecho y la facultad de producir leche, y la idea de que le gustaría verse atacada por un bebé hambriento. Estos dos fenómenos no establecen una relación mutua hasta que la madre y el niño vivan y sientan juntos. Siendo madura y físicamente capaz, la madre es la que debe ser tolerante y comprensiva, de manera que sea ella quien produzca una situación que con suerte puede convertirse en el primer lazo entre el pequeño y un objeto externo, un objeto que es externo con respecto al ser desde el punto de vista del pequeño.
Veo los procesos como dos líneas que proceden de distintas direcciones y son susceptibles de acercarse la una a la otra. Si coinciden se produce un momento de ilusión - un fragmento de experiencia que el niño puede considerar o bien una alucinación o una cosa perteneciente a la realidad externa.
 
Aca cuando él dice "na alucinación o una cosa perteneciente a la realidad externa" es porque este art. es del 45, y acá todavía no tiene armado el asunto del espacio transicional ni de la paradoja
 
 
Dicho de otra forma, el niño acude al pecho cuando está excitado y dispuesto a alucinar algo que puede ser atacado. En aquel momento, el pezón real hace su aparición y el pequeño es capaz de sentir que eso, el pezón, es lo que acaba de alucinar. Así que sus ideas se ven enriquecidas por los datos reales de la vista, el tacto, el olfato, por lo que la próxima vez utilizará tales datos para la alucinación. De esta manera el pequeño empieza a construirse la capacidad para evocar lo que esta realmente a su disposición." [1]
Esta disposición a alucinar "algo que pueda ser atacado" la trae el bebé, hay como un espacio previo a ser ocupado, una preconcepción la llamará Bion, que pulsa y orienta la búsqueda de objeto. Por el lado de la madre también hay algo previo y en algún sentido autónomo de ese bebé concreto, esta la idea de un bebé hambriento que la ataque. Son dos series separadas que se entrecruzan en ciertos momentos que dejarán huellas en ambos, preformando y enriqueciendo con detalles otros momentos posteriores. Pero estos encuentros no ocurren en lo concreto de una realidad externa a los protagonistas, son momentos de ilusión. Son espacios de superposición, como los llamará más adelante, de dos series que convergen en un punto y generan la ilusión. La realidad quedara por fuera, acotando y en cierta forma amenazando estos encuentros ilusorios, aunque también enriqueciéndolos en las sucesivas entradas y salidas de la ilusión.
Podemos ahora retomar nuestro problema. ¿Implica esta relación el reconocimiento de un otro diferente de sí mismo ? Para plantearlo de la manera más amplia posible: para ambos lo otro, lo no-yo, lo externo, se hará presente en las fallas, en lo que no se superpone, en lo que se rehusa al dominio del yo. Las experiencias de encuentro se sustentan en la ilusión de que el objeto externo coincide con el interno, son experiencias de fusión, la diferencia, la no coincidencia es una afrenta que ataca y tiende a derrumbar la ilusión. Así, por los bordes, va marcando su presencia la realidad, que siempre es la realidad del otro. Ubicaría la maquina de violencia a la que se refiere Lévinas[2] en esta caída, en la alteración que produce la rotura de la omnipotencia para el bebé y de la mismidad para la mamá. Cuando el escenario de la ilusión se derrumba se hace necesario volver a crear las condiciones para que las luces se vuelvan a encender. En el caso de la pareja maternante, si bien el encuentro es mutuo, sus condiciones de posibilidad requieren un solvente manejo de la frustración y la desilusión a la que el bebé puede aportar su parte, pero el mayor peso recae sobre la mamá. En sus manos quedara el sostén del escenario en el que los encuentros sean posibles, zona de superposición de dos deseos.
Esta madre que sostiene y hace posible el encuentro con el objeto, y su caída, no es registrada por el bebé como algo otro, es como el agua para el pez, forma parte de su existencia, de la experiencia de sí mismo. Alrededor de este otro-sí-mismo, y sustentadas por él, se irán levantando las paredes del espacio interno, la casa del sujeto. Al clausurarse las paredes construidas con su sostén, la mamá quedará afuera y será visualizada como objeto. Ahora externo al sí-mismo del bebé, y a su semejanza, también con su propia interioridad, este nuevo objeto tendrá las propiedades de un sujeto. Es la presencia interna de esta continencia, madre-medio-ambiente como Winnicott la llama, la que posibilita la separación. Esta presencia fundante no tendrá la calidad de un objeto interno, formará parte del sí-mismo. Hasta aquí la dependencia absoluta, a partir de ahora sí habrá registro de la dependencia respecto de la mamá como objeto externo, que también se irá internalizando para constituirse en su interior como objeto interno.
El salto de complejidad es enorme, este objeto con interioridad, que siente, desea, y también tiene presencias internas, o deja de tenerlas, pasa a ser el interés fundamental del bebé. Lo dramático es que en el espacio delimitado como mundo interno comienzan a integrarse el nuevo objeto logrado y aquel del que hablábamos más arriba, el objeto de la pulsión. Hace su entrada la preocupación por el objeto de sus anhelos, el impulso amoroso con su componente destructivo y el impulso agresivo pueden dañarlo, lo que genera en el bebé un estado de excitación que Winnicott llama inquietud. Para que esto no termine en culpa inconciente la mamá deberá interpretar y recibir los gestos reparadores, ofrecimientos de vitalidad y colaboración del bebé.
La construcción de la realidad, o sea del objeto como externo, dependerá de que éste sobreviva a los ataques sosteniéndose como externo. La capacidad reparadora y la creatividad dependerá de que la mamá connote los gestos del bebé y los reciba como aportes valiosos para su subjetividad.
Del objeto subjetivo, sin discriminación yo no-yo, al objeto narcisista, el de la relación de objeto winnicotiana, hay un paso decisivo. Aunque aquí no termina la progresión del estatuto del objeto para Winnicott, faltan aún el "objeto transicional" y el del "uso del objeto". En esta lógica de aparato inicialmente abierto donde las estructuras se construyen en el "entre", su destino depende en gran medida del estatuto que como objeto el bebé tiene para la madre. En la etapa que estamos describiendo el objeto contiene y expresa un manojo de proyecciones, en los momentos de armonía el bebé se completa narcisisticamente con él y su paulatina internalización va generando estructuras más o menos permanentes. Es este el vértice desarrollado extensamente por Kohut. Una madre que no ha logrado una cierta independencia de objetos externos para su sostenimiento narcisista, seguramente por rehusamiento de su propia madre, tenderá a ubicar a su hijo en el lugar de ese objeto del sí-mismo que la complete. Los lugares del aparato abierto se invierten, en lugar de estar disponible para complementar las capacidades de su hijo, éste deberá adaptarse las necesidades de la mamá. En esta encrucijada se inscriben los trabajos de la psicoanalista suiza Alice Miller. La circulación del narcisismo se complica, el sí-mismo también se aloja en la interioridad del otro, y a su vez éste nos habita. Y tan es así que este otro, o su deseo, puede ocupar vicariamente el lugar del sí-mismo y constituirse como un falso sí-mismo. "El intruso" era el título del trabajo de Cristina Dayeh en el que tan bien graficaba esto de lo propio en el otro con la escena de la película Kaos en la que al morir la madre, el protagonista pierde la experiencia de sí mismo de ser pensado por la madre. Esta existencia propia en la interioridad de otro nos acompaña toda la vida y es un aspecto fundamental de nuestro sostenimiento narcisista. Una manifestación en la que esto se nos hace evidente se da cuando un amor concluye y afrontamos la separación. Al dolor de la perdida del objeto y al dolor por la pérdida de nuestro amor hacia él, se suma el dolor por la perdida de nuestra existencia en la interioridad del otro. Comentábamos en la presentación de Cristina la dificultad de establecer una topología de lo propio y de lo ajeno y concluíamos provisoriamente, a partir de la prioridad que ella le daba a la experiencia, que quizás una posibilidad de fijar un punto que nos permita orientarnos en esta tierra movediza sea justamente considerarlo en su carácter de experiencia. El sí-mismo como experiencia, la experiencia de sí mismo, pero también el otro como experiencia de alteridad.
El chico se encuentra a sí mismo en la mirada de su mamá, pero esto es así a condición de que la mamá pueda verlo como otro de sí misma y reflejar lo que ve. Pero también puede reflejarse a sí misma, su depresión, su preocupación, o el hijo imaginario que desea, o que rechaza. Otra posibilidad es que busque en su hijo el reflejo de sí misma como decíamos más arriba, y se deprima o se reproche si el bebé llora o si se enferma. Esta mamá buscará en su bebé los indicios desde los que inferir las certezas sobre su propio ser que no encuentra en ella. En las distintas conformaciones vinculares que cobran vida en la transferencia de pacientes con trastornos narcisistas, se nos hacen visibles las peripecias de todo vínculo maternante, más aún, de todo vínculo significativo con otro.
El otro como objeto de la pulsión, del amor y del odio, es una línea presente en toda la obra de Winnicott, que por el camino sinuoso de la iluslión-desilusión nos lleva a la exterioridad del objeto, a su realidad, a su alteridad. Al resistirse con su realidad a la manipulación omnipotente, el objeto es destruido en la fantasía inconciente. Cuando sobrevive en la realidad se produce su reencuentro. El objeto externo queda disponible para una nueva experiencia de fusión con el objeto interno. Esta es la matriz en la que se va consolidando la realidad. La secuencia de desencuentros y reencuentros con el mundo externo dura toda la vida, la producción de realidad es una tarea siempre inconclusa.
La otra línea es la del objeto del narcisismo, podríamos decir, en su constitución y en su sostenimiento. La del reconocimiento de uno en el otro y del otro en uno. También en movimiento y desarrollo durante toda la vida.
Estos dos objetos se entrelazan y mutan de uno al otro en variaciones bruscas o apenas perceptibles. Son el mismo objeto y a la vez otro. Alrededor de los seis meses de vida se produce un hito importante en la vida del bebé, estos dos objetos se integran en uno solo, pero de una manera móvil e inestable que también permite la continuidad de líneas más o menos separadas de progresión.
Creo que la marcada disociación que la cultura del capital, o del mercado, promueve entre estas dos modalidades de vínculo con otro, es propiciatoria de diferentes formas de maltrato y negación de la subjetividad, propia y ajena.        
 


[1] D.Winnicott - "Desarrollo emocional primitivo" (1945)
[2] Exposición de Ricardo Foster en el Colegio - (24-4-07)