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Fragmentación y sentido. Indicadores para la evaluación de cambio psíquico en patologías del desvalimiento


Publicada el 01/12/2005 por Cristina Dayeh





Creo que ya es un lugar común entre nosotros que partimos de una concepción del aparato psíquico como no-homogéneo, con aspectos neuróticos, y otros que no podrían pensarse desde el modelo de la neurosis. Me refiero al problema de los modos de funcionamiento dominantes en los distintos momentos, aludiendo a una concepción diversificada del aparato, que supone pensar “interferencias” de estructuras, o de corrientes psíquicas diferentes, sustentadas por sus respectivas lógicas, coexistentes en el mismo sujeto. Se complejiza de este modo una metapsicología cuyos referentes principales eran la neurosis de transferencia y la angustia de castración, al quedar incluídas problemáticas centradas en la labilidad de las fronteras entre el yo y el objeto (angustia de separación y de intrusión).

Sabemos que los paradigmas que silenciosa e inadvertidamente “hacen fondo” a nuestro pensamiento, la teoría del conocimiento que opera desde nuestro preconsciente, y la nosografía que utilizamos condicionan nuestra observación y nuestras intervenciones. Estos paradigmas, en este caso el que legitima la inclusión de problemas e interrogantes acerca de la heterogeneidad del funcionamiento psíquico, inciden tanto en el modo de pensar nuestro objeto de estudio, como en los abordajes y dispositivos, al tiempo que la clínica se constituye como una permanente exigencia de trabajo, un campo de tensión estimulado por el surgimiento de lo diverso.
Una metapsicología pensada como caja de herramientas permite ir articulando las teorías centradas en torno del deseo y de la realidad y los posicionamientos singulares que cristalizan en neurosis, perversiones y psicosis, con otros hallazgos e interrogantes.
 
A partir de algunos materiales clínicos que se fueron trayendo, surgió en mí el interés de intercambiar con ustedes acerca de modalidades de estructuración psíquica caracterizadas por sensaciones subjetivas de ambigüedad, vacío, cierta futilidad de todo el funcionamiento mental, y dolor psíquico, en algunos casos no sentido como tal, en otros, imposible de mitigar. Entiendo la importancia, para un posterior abordaje clínico diferenciado del de la neurosis, de detectar y valorar la presencia parcial o hegemónica de estas corrientes psíquicas en la constitución del aparato, que quedarían categorizadas como patologías del desvalimiento, vacío o déficit por algunos autores, estructuras limítrofes, pacientes a predominio de cantidad, psicosomáticos, adicciones, epilepsias, accidentofilias y sin el propósito de establecer una equiparación que desconozca las especificidades, sino reconociendo y destacando las diferencias, podríamos decir que básicamente en ellos predomina la escisión, el retorno de lo segregado, el desvalimiento (Freud), la aniquilación(Klein), el terror sin nombre (Bion), la agonía y el derrumbe(Winnicott).
 En muchos de estos pacientes ubicados en los límites de la analizabilidad, aparece una actuación que desborda toda simbolización; las producciones del sujeto tienen por referencia la opacidad de lo fáctico y operatorio; se trata de ese lugar límite de lo somático y lo psíquico donde maduran los pasajes al acto. (Ballier, C. Psicoanálisis de los comportamientos sexuales violentos.)
 En los pacientes “esclavos de la cantidad, la excitación no logra ser asumida por el aparato psíquico para convertirse en pulsión.” ( M´Uzan, La boca del inconsciente)
 Surge el interrogante acerca de si es pertinente en este contexto, utilizar el concepto de “inmadurez” tal como Winnicott lo definió: en el centro de la inmadurez habría un estado de no integración, que en lugar de organizarse mediante los procesos de maduración y de desarrollo hasta llegar al yo, se escinde.
 
 Estas estructuras, con una franca tendencia a la simplificación, al empobrecimiento, a “lo banal” (Sami-Alí, Pensar lo somático), pueden resultar predominantes en el funcionamiento psíquico del paciente y a la mirada diagnóstica,  o, como ya se señaló aparecer como aspectos y fragmentos diferenciables de la modalidad neurótica con la que coexisten, y a los fines de la perspectiva clínica deben ser valorados y tenidos en cuenta sobre todo porque requieren   abordajes específicos, de modo tal que la fragilidad y la inermidad que suponen puedan ser catalizadores del proceso de transformación.
 
Me refiero a pacientes en los que el objeto primario constitutivo y estructurante ha fallado como barrera de protección y modulación frente a estímulos y excitaciones; su presencia intrusiva o por el contrario, su inaccesibilidad han afectado la constitución de la ausencia como categoría que inaugura las matrices del pensamiento, quedando así dificultado el atravesamiento de otras problemáticas tempranas como el fort/da y la experiencia del “extraño” (Rodulfo R.), y también interferidas las posibilidades futuras del soñar, relacionarse, jugar y trabajar.Para que seconstituyan ciertos logros y sus matices afectivos, se requiere de la captación de la empatía o la ternura de quienes se hayan hecho cargo del cuidado del niño.
 
 Se conjetura que ha habido dificultades en la regulación temporal de los estímulos tempranos, lo que incide en el posterior establecimiento del campo representacional. En sus estudios sobre autismo, Tustin refiere el problema de la falta de encuentros rítmicos con la madre, y plantea la conveniencia de pesquisar un componente de esta naturaleza en pacientes neuróticos. Precisamente cuando se logra ese encuentro entre frecuencias, queda facilitado el salir de los estados de apatía y abulia. Si esa armonía inicial no se crea, el apego adhesivo se conjuga con la falta de cualificación afectiva y sensorial.
Queda instalada, entonces, cierta facilitación en el aparato, que la presencia de condiciones traumáticas potenciará, a un estado de toxicidad de la pulsión por su insuficiente tramitación a través de engramas representacionales y fantasmáticos dejando al sujeto en un estado de inermidad.
 
 Una” vía de deshacerse de lo doloroso es desinvestir lo representacional y destruir los nexos. Los atentados al entramado representacional obstaculizan la represión y favorecen la escisión” (Green). Se establece una dinámica propia de la energía libre y el principio de inercia.
El sujeto parece entonces disponer de la escisión y la desinvestidura como respuestas disponibles con frecuencia. Aparecen la somatización (acting in) y una cierta fascinación por el actuar (acting out) .
 
En La interpretación de los sueños, La represión y Lo inconsciente, Freud plantea una
teoría tópica en la que alude a diferentes estratos mnémicos, sobrevenidos en períodos sucesivos del desarrollo psíquico, regidos por lógicas cada vez más sofisticadas, a las cuales es necesario retraducir los contenidos representacionales. David Maldavsky, siguiendo a Freud, refiere que en las patologías del déficit y el desvalimiento los procesos iniciales de retraducción solo han podido tomar en cuenta las urgencias ligadas a lo autoconservativo y, por lo tanto,   ciertas retraducciones no tienen lugar. El sistema sensorial se rige por sus criterios más elementales, de modo tal que cualquier canal perceptual, capta básicamente frecuencias, concepto que también usa Lacan. Habría una simplificación, una complejización no alcanzada,   degradación del potencial de los canales perceptuales.
 
Mahler hace referencias a la “ desinvestidura del sensorium”; Meltzer refiere que sobreviene una suspensión de la vida mental similar a los estados de petit mal, y describe una percepción bidimensional, plana y, en los estados de mayor regresión, unidimensionales.
Según David Maldavsky, la percepción opera más bien con una función de ventosa, al servicio de la adhesividad.
 Por el contrario, cuando esta carencia no es determinante y la modalidad de procesamiento es neurótica, no solo hay una investidura de atención respecto de un mundo que se torna diferenciado, sino que la percepción “va acompañada de una interrogación de modelos interiores tan activa como la exploración del campo perceptivo externo” (Green, El trabajo de lo negativo). Hay un trabajo de búsqueda que une lo actual a lo inactual. “La reflexión pasa a ser el fundamento-imperceptible- de la teoría más general de la percepción.”
 
En el trabajo con pacientes nos es dado observar un predominio de una actividad perceptiva que carece de modulaciones sutiles, disociada de la actividad imaginaria, y con una deficiente vectorización hacia la formación posterior de conflictos intrapsíquicos
y formaciones de compromiso, es decir,   fallas en procesamientos simbólicos en los que la metáfora está implicada; “el campo perceptivo, desmesuradamente simplificado, excluye toda irrupción de lo imaginario. Hay una disyunción entre la actividad perceptiva y la actividad imaginaria; disyunción, (es decir) algo más violento que una oposición”
 ( Sami-Alí)
 Este estrechamiento de lo imaginario (Sami-Alí; P.Marty; Rodulfo) vinculado, como se señaló antes, al empobrecimiento de fenómenos como el juego, el afecto, la transferencia y el soñar, coexiste con una hipertrofia de la sobreadaptación, un afán de “rendimiento” e hiperactividad vertiginosa.
 
Es sabido que Bion señala que la construcción de un aparato para pensar los propios pensamientos forma parte de un proceso de complejización, y en la misma línea podría establecerse la constitución de matices afectivos. Entonces podríamos pensar el desvalimiento como pobreza elaborativa, “ predominio de la vivencia de desatisfacción”(Rodulfo), una semantización no lograda por falta de retraducción de hechos que no quedan transcriptos como ex per-iencia (atravesamiento de la iancia).
 
 Puede observarse, entonces, una relación particular con el modo de captar los estímulos del mundo en que lo percibido pierde significatividad o no alcanza a tenerla. Los estímulos provenientes de un mundo desinvestido, captados por un sujeto que está en un estado de retracción narcisista, se convierten en intrusiones dolorosas y pasan entonces a tener otra configuración poco cualificada, por ejemplo como golpes o frecuencias.
 
En estos pacientes, la vigencia de la compulsión a la repetición de los traumas, conduce al desarrollo de ciertos rasgos de carácter que han sido categorizados como viscoso, cínico y abúlico. En general el cinismo apunta a la disolución de propuestas vitales genuinas, propias y ajenas (sobre todo si ese proyecto conduce o afianza la salida al exogrupo) y muchas veces aparece como sarcasmo en el discurso del paciente a continuación de haber tomado contacto con un aspecto propio ligado a la ternura.
 
También cabe destacar que en tanto el dormir como fenómeno normal puede ser categorizado como repliegue libidinal y restablecimiento energético, en las patologías que estamos considerando podría ser pensado como modo de entregarse a la inercia, darse de baja, dejarse morir (abulia) y el insomnio podría ser una tentativa de defenderse de ese destino. Este dejarse morir se expresa, en el plano económico, como desinvestidura del yo, y parece ser una de las expresiones de la eficacia de la pulsión de muerte. El universo simbólico es sustituido por otro, numérico, de cálculos económicos, especulativo. Aparecen sensaciones de abulia, somnolencia, sopor y dolor carente de conciencia.
 
 Predominan vínculos caracterizados por algún tipo de violencia, adicciones, adhesividad,   y un apego desconectado como complemento de la adhesividad. La pérdida del apego puede dar lugar a estados de vértigo que a su vez pueden ser pensados como sustitutivos del ataque de pánico.
 
Podría conjeturarse o inferirse un núcleo temprano autista en estos pacientes , (como sucede con el Hombre de los Lobos), pero que aún así han logrado un cierto desarrollo psíquico en otros aspectos de su yo. Tustin, por ejemplo, ha hecho referencia a nexos existentes entre el autismo y las patologías alexitímicas, en las que se evidencia una imposibilidad para cualificar los afectos, sobre todo el dolor. En su lugar aparecen estados, ya mencionados de sopor, abulia, apatía, astenia, desgano, letargo que no estarían disponibles para la memoria o el pensamiento .
El discurso prevalente es catártico (en tanto se caracteriza por la tendencia a expulsar el problema que describe , pero sobre todo al interlocutor, ya que no lo toma en cuenta) y muchas veces es inconsistente, por no representar al sujeto. Si el sujeto ha estado expuesto a “grandes cantidades” que arrasan con el modo de funcionamiento del preconsciente (ligadura), éste puede funcionar como lugar de pasaje. El lenguaje adquiere, entonces, una modalidad evacuativa y no es la expresión privilegiada de la simbolización.
 
 Adhesividad, desconexión, sarcasmo y cinismo son la fachada resultante de la desestimación del afecto como núcleo de la subjetividad. Un indicador de cambio, respecto de estas cuestiones, sería la aparición de la ternura como cualidad de los vínculos pudiendo significar una apertura a un mundo significativo, más simbólico. En mi experiencia con estos pacientes he encontrado que la aparición de la ternura está interferida por erotizaciones tempranas excesivas o genitalizaciones precoces que dan lugar a una erotización teñida de sadismo. Las actuaciones promiscuas y la adicción al consumo de sustancias, disfrazan y potencian el desamparo y el aturdimiento.
 
“A diario trabajamos con pacientes que han padecido intrusiones desmesuradas acumuladas, que no logran ser reprimidas y no pueden convertirse en experiencia psíquica” (M. Khan, Locura y Soledad). En ese texto parece plantearse la diferencia entre registrar, internalizar, incorporar, introyectar e identificar como procesos de diferente complejidad.
Estamos en el terreno de traumas que han anegado y desbordado las posibilidades del aparato. Cuando las corazas antiestímulo han sido arrasadas, se hace difícil transformar lo cuantitativo en cualidad. Algunos autores (Grinberg, L. y R. Psicoanálisis de las migraciones y del exilio, y Maldavsiky, Pesadillas en vigilia ), han planteado situaciones tales como las migraciones definitivas en condiciones extremas de desamparo, destacando el papel de duelos “en suspenso” por la pérdida de objetos, espacios y tiempos significativos, sobre todo la pérdida de un contexto y de un idioma, a lo que se puede agregar el suponerse borrado o suprimido de la memoria de los que permanecen en el país de origen, lo que a veces queda configurado como autoexpulsión.
 
 
Tomando como referencia los indicadores de vulnerabilidad somática establecidos por Ricardo de Bernardi (Asoc. Psicoanalítica de Uruguay), algunos  indicadores para evaluar el cambio psíquico en estos pacientes podrían pensarse como:
 
 
Modificaciones en el discurso: un discurso predominantemente catártico (que se vincularía a un grito no articulado y expresado a destiempo) e inconsistente, dará lugar a la aparición de un lenguaje que represente la propia subjetividad y que tenga una dimensión simbólica; recursos expresivos que den cuenta de lo afectivo y de cierta función de ligadura. Es característico en estos pacientes el   uso de holofrases como producciones que, según Lacan, serían previas a la condensación, dada su marcada opacidad.
Se observa una presencia y utilización del número o equivalentes de cantidad, por ejemplo a través de la alta investidura que tienen las transacciones comerciales, en lugar de vida de fantasía.
Asimismo, las palabras duplican hechos y tienen una débil conexión con la actividad fantasmática. La pobreza representacional, carente de valor simbólico es característica del pensamiento operatorio. Esta tendencia, sumada a la descarga, se observa por ejemplo en el seudodesplazamiento: el sujeto emplea el nombre de una cosa para designar otra, sin que sea posible detectar la menor actividad fantasmática subyacente. Los cambios en el proceso delinearían una mayor disponibilidad para la evocación, espesor fantasmático, potencialidad de asociar libremente, permeabilidad a los retoños del inconsciente.
Otro indicador de cambio sería una cierta   transformación del discurso no onírico en “onirizable”( M.Khan; Pontalis; Green) la capacidad de cierta auto-desorganización del discurso (por lo menos para los principios de la lógica formal), y que está más del lado de la asociación libre y de la atención libremente flotante. El discurso asociativo ya implica una cierta desligazón que admitiría ser religada de otra manera .La “desligadura” en el discurso connota un riesgo de fragmentación del sí-mismo; por eso el paciente resguarda un discurso cohesivo y catártico que prevenga toda desligazón posible.
 
 
Aparición de la ternura como componente de un intercambio más simbólico reemplazando el afecto desconectado, al cinismo y al sarcasmo y funcionando, a la vez, como protección antiestímulo frente a posibles vivencias traumáticas. Pienso la ternura como una construcción psíquica que implica un movimiento sublimatorio y de identificación empática con el semejante.
El encuadre propuesto por el analista a pacientes tan afectados por la realidad, es guardián del espacio transicional y, por lo tanto, promueve la simbolización metaforizante.
 
Intercambios vinculares   inter e intrageneracionales más discriminados y mayor aceptación de lo diverso, y en un sentido más simbólico, de la alteridad.

Utilización de la angustia señal que pone en marcha otras defensas, frente a la angustia masiva y abrumadora, estallidos y ataques de pánico o angustia difusa permanente.
 
Pasaje desde el déficit de conflicto intrapsíquico, normopatía, sobreadaptación, inhibición, bloqueo y lagunas del pensamiento, al establecimiento del conflicto con sus diferentes facetas, tensiones y fuerzas inmanentes dando lugar a un procesamiento mental.
 
Trabajo del sueño: Enriquecimiento progresivo de las funciones oníricas.
Pasaje desde sueños ausentes, operatorios, crudos, repetitivos, a sueños con elaboración secundaria que muestra el trabajo del preconciente. Condensación, desplazamiento y riqueza plástica. El proceso primario admite un cierto grado de secundariedad (elaboración secundaria del sueño), así como el trabajo del pensamiento está abierto a procesos primarios. Massud Khan y Pontalis proponen que soñar constituye una experiencia y un suceso psíquicos diferenciables del texto del sueño recordado.
 
Trabajo de duelo: de la ausencia del trabajo de duelo al reconocimiento de la pérdida que da un lugar a un proceso detallado, demorado, ambivalente, es decir complejo.
Green señala que una de las metas de la pulsión de vida es la función objetalizante, es decir la investidura significativa. No solo crea una relación con el objeto (interno y externo) sino que puede hacer advenir al rango de objeto, algo que no posee cualidades, atributos o propiedades del objeto. Se caracteriza por su desplazamiento y su metaforización “ilimitada”. Del lado opuesto, la pulsión de muerte, con su función desobjetalizante, con la desinvestidura que le es propia, ataca la relación con el objeto y con todos los sustitutos de éste. Paradójicamente, el duelo como proceso de transformación de un objeto, es afín a la función objetalizante.
Algunos autores han señalado la presencia de “duelos mudos” transformados en sopor.
 
 
Pasaje de la depresión “no sentida” como tal, hacia otras formas subjetivantes de dolor:
La depresión esencial (Marty, 1976) es una depresión sin conciencia. Se caracteriza por apatía, abulia, letargo, sopor, astenia,  atonía vital , expresión del instinto de muerte). Disminución marcada de la libido. Crisis sin ruido. La desorganización social del sujeto se esconde detrás de una máscara social de decoro. Sobreadaptación.
 Se diferencia de los estados depresivos porque no hay autorreproches, tristeza, abatimiento  o dolor. Se trata de una tristeza cuyo rasgo más llamativo reside en que falta el matiz afectivo.
 
Ideales: De las exigencias del yo ideal paralizante (las pérdidas narcisistas son colapsos) a un ideal del yo en el marco de un super yo edípico que admita posibilidades de negociación. A veces se advierte la tendencia a autoimponerse proyectos desmesurados como forma de perpetuar el desamparo.
 
Transferencia: ausencia de espesor transferencial (transferencia plana, desvitalizada). A veces la neurosis de transferencia no se constituye.”Asistimos en su lugar al desarrollo de transferencias de afectos y emociones inorganizados ,en las que no se observa el papel de un tercero y que están dominadas por la codicia, la exigencia, la necesidad”. (M. de Múzan. La boca del inconsciente).
Pasaje de movimientos transferenciales masivos a capacidad transferencial con modulaciones y alternancias.
 
 
Finalmente, sigue en mí como interrogante el tema de la representación, cómo concebirla en el interior del aparato, el enigma de su conformación. En relación a lo planteado, la representación inconsciente, más que un dato de partida,   es el producto de un trabajo: Green señala el tema del “redoblamiento” que supone la representación- cosa respecto del “acontecimiento impresión de los sentidos”, más tarde retomado y relevado y por las representaciones- palabra.
Importa la calidad de la representación, esto es su complejidad interna, algo que siguiendo a Deleuze yo traía en un trabajo anterior, su endoconsistencia.
Me pregunto si será el afecto el que talla las facetas, heterogéneas, de la representación.
Es decir, si es posible atribuir al afecto una función de representación.
Evoco a Aristóteles quien decía “el alma no piensa sin fantasmas”.
El psicoanálisis ha estado influido por una concepción cartesiana de la idea “abstractamente correcta”, “clara y distinta”.
Sin embargo Freud proclama la “vivencia” como concepto articulante, que conjuga la representación y el afecto.
 
 Hay pues un dispositivo que reúne pensamiento, lenguaje y la esfera perceptivo-representativa y este dispositivo está obstaculizado en las patologías del desvalimiento. Cuando el recorrido inicial de la vida del infans ha sido “suficientemente bueno” y se ha consolidado el “espacio interior” donde reconocer las resonancias afectivas, el sujeto humano podrá oscilar, aún con inquietud, en la incertidumbre de la alternancia y la diversidad, en un equilibrio inestable entre lo incesantemente movedizo y lo definitivamente coagulado.
 

Bibliografía:
 
Freud, S: Lo inconsciente. Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu. Buenos Aires, 1986.
                Complemento metapsicológico a la teoría de los sueños. Obras Completas.
                Tomo XIV. Amorrortu. Buenos Aires, 1986.
                La represión. Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu. Buenos Aires, 1986.
                La interpretación de los sueños. Obras Completas. Tomo V. Amorrortu. 1986
Green, Andrée : La metapsicología revisitada. Eudeba, Buenos Aires, 1996.
                           La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Amorrortu,
                           Buenos Aires, 1993.
                           El trabajo de lo negativo. Amorrortu. Buenos Aires, 1995.
Khan, M: Locura y Soledad.
Kristeva, Julia: El trabajo de la metáfora. Gedisa. Barcelona, 1994.
Maldavsky, David: Teoría y clínica de los procesos tóxicos. Amorrortu. Buenos Aires,1992.
                           Pesadillas en vigilia. Amorrortu. Buenos Aires, 1994.
Marty, Pierre: La psicosomática del adulto. Amorrortu. Buenos Aires, 1992.
M´Uzan, Michel de : La boca del inconsciente. Amorrortu. Buenos Aires, 1995.
Pontalis, J.: Entre el sueño y el dolor. Sudamericana. Buenos Aires, 1978.
Rodulfo, Ricardo (comp.): Trastornos narcisistas no psicóticos. Paidós. Buenos Aires,1998
Sami-Alí, M.: Pensar lo somático. Paidós, Buenos Aires, 1994.
Winnicott, D: El proceso de maduración en el niño. Laia. Barcelona, 1981.