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Diván y cacerolas


Publicada el 18/04/2002 por Eduardo Müller





" 2 de agosto de 1914: - Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". Diarios de Kafka.
 
1- Preguntas
¿Qué se está cocinando en las cacerolas? ¿Qué se cocina en las vacías y ruidosas cacerolas? El ruido rítmico de las cacerolas ¿tapa el silencio, el vacío de propuestas? ¿"Que se vayan todos" sin que venga nadie? ¿Un "basta" sin alternativas? ¿Qué es lo que hay que escuchar cuando se dice que no se escuchó a los cacerolas? ¿El cacerolazo no pidió elecciones, o pidió que no las haya? ¿El veto y no el voto, el veto al voto? ¿La clase media contra la clase política? ¿Qué clase de política es la de las cacerolas? ¿Es la política de una clase que tiene miedo a dejar de serlo? ¿Es sólo la protesta por la platita acorraladita, y/o también un enfrentamiento a los grandes bancos? ¿Es puro ruido o encierra alguna música?
 
2- Dudas
Tal vez sea posible concebir el cacerolazo como un modo femenino de irrupción política. Como un salto de la cocina a la calle de un artefacto culturalmente destinado a la mujer. La cacerola quizás instalándose en una serie que empezó con los igualmente femeninos pañuelos blancos que también saltaron y tomaron la calle. Una serie femenina de salidas a la calle. En que se saca la casa a la calle. Que muestra en la calle lo que desapareció en la casa. Pero que también pone en la calle lo que hay que poner... y no hay. La cacerola como un lugar vacío que muestra lo que hay que poner... adentro. Como un reclamo que busca (sin encontrar, sin saber) que se junten el hambre con las ganas de comer.
Pero los pañuelos blancos siempre supieron lo que pedían, lo que reclamaban. Aparición con vida de sus hijos, de sus cuerpos, de sus ideales, de sus compañeros. Se enfrentan hace años contra la inmunidad de la impunidad. Las cacerolas no piden, sólo protestan y muestran. Muestran que están vacías, o que tienen miedo a quedar vacías. Y hacen ruido para pedir que se vayan los responsables, los cómplices, los indiferentes, los sordos. Las cacerolas no son como los masculinos martillos acompañando hoces. No son tampoco como los bombos, ni los fusiles, ni los machetes. No buscan el poder, sino denunciar la impotencia y el cansancio de sus víctimas.
 
3- Tiempos
Una de las maneras más austeras con que Freud sintetizó lo que se puede esperar de la experiencia de atravesar un análisis fue: "pasar del sufrimiento neurótico al infortunio común". En estos crueles tiempos que se viven hoy en Argentina, ¿vale la pena sufrir la pena del infortunio común? ¿No es mejor protegerse en el sufrimiento neurótico? Pareciera que el infortunio común se transformó en una pesadilla colectiva.
Ya no se puede responsabilizar de todos nuestros males a la dictadura militar. Estos últimos 18 años de pos-dictadura (me niego a llamar "democracia" a esta hecatombe) fueron más de continuidad que de alternativa. El genocidio se continuó más allá de los campos de concentración matando con el hambre, la miseria, la exclusión.
Me gustaría proponer cuales son, según mi punto de vista, algunas de las consecuencias de estos tiempos sobre la cabeza de la gente (lo que otros llaman "subjetividad"). Creo equivocado el apelar, como hacen algunos, a lo que se dio en llamar "nuevas patologías". Creo que es una manera defensiva y aliviante de no considerar a las "nuevas normalidades". Al modo terrible en que se extendió entre nuestro pueblo el nuevo infortunio común, uno de los nombres con que Freud llamó a la normalidad de una época.
Muchos describen la situación actual diciendo que hemos tocado fondo. "Tocar fondo", es una frase en el fondo optimista. Es suponer que hay un límite a la caída, que no se puede caer más. Que el declive, la decadencia y finalmente el alud llegó a un tope. Y que ese aliviante golpe contra el fondo es el comienzo de una nueva subida. De un rebote renovador.
Autopías es la denominación posible para una mutilación global que se produjo en la cabeza de la gente en su temporalidad. Algo del futuro ha sido asesinado en el presente. Y en eso nos diferenciamos del pasado. El pasado tenía un futuro que el presente ha dejado de tener.
Autopías es la manera de decir que la utopía es un desaparecido más. Es la manera en que la desaparición de personas se continuó en la pos-dictadura.
Se dice mucho que una de las fuentes de sufrimiento actuales es la incertidumbre con respecto al futuro. Creo que esa es también una manera optimista y defensiva de nombrar un fenómeno diferente. La palabra incertidumbre oculta a una certeza. Oculta la terrible certeza de que no hay futuro. En el sentido que no hay un futuro que nos está esperando con los brazos abiertos y la chimenea prendida. En treinta años se fue muriendo el futuro. En los 60-70, todo el mundo tenía un futuro que lo estaba esperando. Desde la Revolución, la liberación o la democracia, según las apetencias o ambiciones políticas de cada cual, hasta el Fiat 600, la casita, o el terrenito; el ascenso social, la carrera laboral, el camino de la vocación. Futuros compartidos, individualistas, sociales y/o personales; había una tópica de las utopías. Un lugar en la cabeza en donde se albergaba el futuro. Un horizonte construido, que retrocediendo nos hacía avanzar. Una brújula orientadora que señalaba una dirección, la de un lugar que esperaba nuestra llegada.
La idea de tiempo, del tiempo humano ha entrado en una crisis global. La idea misma de progreso ha entrado en crisis. Hasta no hace mucho, formaba parte del sentido común, creer que todo va a mejorar. Que todo va a mejorar por el simple paso del tiempo. Que el tiempo tiene un sentido progresivo que arrastra al hombre a mejorar. Que paso del tiempo y progreso son sinónimos. A fines del siglo pasado se creía que los males del mundo iban a ir desapareciendo progresivamente. Gracias a los avances de la ciencia, iba a haber mejores trabajos para todos, mejor salud para todos, mejor alimentación para todos. El curso del mundo marchaba inexorablemente hacia lo mejor. Libertad, igualdad, fraternidad; paz y amor; justicia para todos: consignas que funcionaban como señales viales que mojonaban el camino hacia un horizonte que ya no iba a retroceder. Lo mejor nos estaba destinado, y el tren del destino nos conducía a destino sin nuestra participación. Con una inercia autónoma.
La dictadura antes, la impunidad después, y la destrucción del tejido social mientras, arrasaron con las distintas formaciones del futuro: las esperanzas, las ilusiones, los ideales, los sueños, los proyectos, las utopías.
Se rompió el tiempo. Ese tiempo que conducía hacia un futuro que nos estaba esperando amorosamente con los brazos abiertos. Estamos ante el comienzo de un duelo por el futuro perdido. Lo peor de este presente es el futuro. Un futuro que ya no existe. Que ya no será. Que ya no es. El futuro hoy, sólo se hace presente como ausente. Y nos deja en una anomia atónita en la que sucumbe toda capacidad de asombro.
 
4- Apuestas
Pero es posible pensar en todo esto de manera no apocalíptica. Hay que evitar la repetición inversa de creer que ahora todo conduce naturalmente a lo peor, y que hubo un cambio de dirección, y que en vez de ir hacia el paraíso nos dirigimos ahora hacia el infierno. Hablar de autopías es para evitar la anagramática autopsia de las utopías. Para no confundir derrota con fracaso.
La crisis de la idea de progreso, significa que el progreso no viene solo, no que no es posible. La creencia religiosa en el progreso, significa, paradójicamente, que el sujeto no debe hacer nada por su propio progreso. El optimismo es en última instancia la fe en lo óptimo. Y lo óptimo es, por definición, lo imposible de mejorar. El optimismo busca un estado final en el que ya no hay nada que hacer. Como la muerte. Ser progresista en la actualidad es negarse a creer en el progreso. O tal vez haya que renunciar al término "progresismo" con todas sus limitaciones y fracasos. Y haya que reivindicar el utopismo. En darle una topía a la utopía.
La ausencia de un futuro promisorio que nos está esperando, no implica que nos resignemos, sino que podemos ir a inventarlo, a construirlo, a buscarlo. El futuro será lo que hagamos hoy con él, ni más ni menos.
Se nos da la oportunidad de cambiar la idea de utopíasin renunciar a ella. “Utopía” etimológicamente significa lo que no tiene lugar, “topos”. Es necesario construir un nuevo lugar a la utopía. No como lo que nos espera, sino como lo que se construye, se imagina, se recrea, se merece. La utopía ya no debe ser considerada como una meta, sino como un camino. Por eso es tan peligroso renunciar a las utopías; es lo mismo que renunciar a los caminos. Es elegir la quieta resignación.
Sigmund Freud, nunca se dejó derrotar por el optimismo. Su posición personal frente al futuro fue, como él mismo la llamaba, de un “benévolo escepticismo”. Tal vez sea ésta una fórmula freudiana que resuma y condense "el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad" de los que hablaba Gramsci. Es necesario entonces advertir que las grandes ilusiones llevan al mismo lugar que las grandes desilusiones. Esperar todo y no esperar nada son dos nombres para una misma parálisis. Habrá que generar un nuevo y benévolo escepticismo. Habrá que proponer un nuevo tipo de formación del futuro. Una apuesta que renuncia a la fe, y se presenta como confianza. Como un modo crítico de sostener una idea, una apuesta que albergue la duda y la incertidumbre, en la que no hay garantías de verdad, pero sí deseo que aquello que se desea sea verdad. De que se haga verdad.
 
5- Conversaciones
Como psicoanalistas vemos desconcertados que la realidad, hoy, cuestiona el objetivo freudiano de pasar del sufrimiento neurótico al infortunio común. Nuestra práctica se ve interpelada y sacudida por las penurias de esta nueva y terrible "normalidad". Ya no son dos momentos distintos en donde uno es la superación del otro. Actualmente cada uno resuena simultáneamente en el otro. El sufrimiento neurótico desarma, quita recursos para enfrentar el infortunio común. El infortunio común refuerza o incrementa el sufrimiento neurótico. De analizados y analistas. La nueva normalidad del infortunio común atravesó ruidosamente las paredes de los consultorios (públicos, prepagos o privados.) Nunca, tal vez, se conversó tanto. Nunca, como ahora, analista y analizado borraron sus diferencias, abandonaron las conocidas vías de la asociación libre y la atención flotante, y se pusieron a conversar. "Resistencia", denuncian los que quedaron apretados entre el sillón y el diván, aferrándose al retrato de Freud que mira para otro lado. Pero su terror encierra una verdad. ¡Claro que es resistencia, pero de la buena! Esa conversación en el consultorio, es un miniacto de resistencia política. Es tratar de preservar un lazo social amenazado por la barbarie del poder. Es intentar compartir información, asombro, indignación. Es seguir confiando en la palabra, apostando a la palabra. Es recordar que la relación analítica es un pacto entre dos hombres (mujeres o niños) de palabra. Para estos infortunados tiempos, no es poco.