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Verdad y postverdad. La violencia del lugar común


Publicada el 21/10/2019 por Oscar Sotolano





Verdad y postverdad. La violencia del lugar común

     “Lo siniestro de la censura literaria en Inglaterra es que en su mayor parte es voluntaria. Las ideas impopulares pueden silenciarse, y los hechos inconvenientes mantenerse en la oscuridad, sin necesidad de prohibición oficial".
George Orwell, de su Introducción, no incluida por decisión de los editores, a Rebelión en la granja, en los años 40.

 

“No hay verdad, hay verdades”. Cuántas veces hemos escuchado o dicho esto. Tanto como para poder hoy considerarlo, un lugar común.

Entonces, empezaré desde ese lugar común tan repetido. Y digo “lugar  común” siguiendo el cuidado de Eduardo Gruner al diferenciarlo de “sentido común”. Si “sentido común”, es definido por él, en la perspectiva de Gramsci, como: “una suerte de filosofía ‘espontánea’ de las masas que casi siempre es el locus de una batalla ideológica por las hegemonías –contrahegemonías- culturales”; “lugar común”, en cambio, es pensado por Gruner como frase (ignoro por qué la llama sintagma, aunque a veces pueda serlo) congelada que sirve para orientarse en segmentos más modestos y privados de una cotidianeidad más banal (141)[1]. Dejo de lado la discutible  afirmación de que la cotidianeidad a la que remita ese llamado sintagma sea necesariamente más banal, lo que no me parece discutible (y resulta relevante) es que funciona al modo de una frase o sintagma congelado que se orienta hacia cotidianeidades más acotadas; sin embargo, en mi opinión, a veces, tan  trascendentes como para que hasta intervengan en la construcción del sentido común. Mi intención no es poner en discusión ideas de Gruner que se orientan en una dirección específica, sino enfatizar otras que en algunos puntos confluyen y otras no tanto. Agrego entonces, también, que bajo la forma del “lugar común”, se pierden los matices de sentido (la polisemia), al igual que se borran los múltiples problemas y debates que lo atraviesan, quedando restringidos a una única verdad repetida sin conciencia crítica acerca de lo que se dice al decirla. Lugares comunes a los que si uno pretende objetar su precisión semántica, se nos responde: ¡es una manera de decir!; donde no importa la exactitud de lo dicho sino lo que sugiere. “Se robaron dos PBI” – absurdo matemáticamente imposible– “A Nisman lo mató Cristina”, dicho repetido sin una sola prueba de que siquiera el hecho de que hubiera habido un asesinato tuviese la más mínima corroboración; “Los medios mienten”, frase que en su universalidad enunciativa está condenada a ser falsa, “Los pueblos no comen vidrio”, frase que ha dejado sociedades desdentadas a granel, “El que es rico no necesita robar”, frase que, a partir de lo sucedido en la Argentina, hoy en día no merece comentarios; “El pueblo votó contra sí mismo”, frase tan ambigua que permite que la usen simpatizantes de Cristina en el 2015 (no descarto haberla usado yo mismo aunque desde siempre le encontré reparos) y Macri en el 2019.  Entre psicoanalistas se dice “Hay que aprender a escuchar al otro”, “Hay que aceptar las diferencias”, asertos que transitan de la ética psicoanalítica a la autoayuda con igual imprecisión. Todos lugares comunes, muchas veces sostenidos con la convicción de la creencia religiosa (el “creo, luego estoy en lo cierto” del afiche) o con la prepotencia de un saber supuestamente consagrado, que parecen dar cuenta de formas del sentido común social imperante en campos acotados diversos; desde la política, a la disciplina psicoanalítica, pasando por la antropología de bolsillo ciudadana: “los peruanos son narcos”, “los piqueteros son todos vagos”, “este es un país de mierda”, “los chorros entran por una puerta y salen por la otra”…esto dicho en un país donde cerca del 60 % de los presos no tienen condena firme o el juicio no ha empezado siquiera… pero bueno, de eso se trata la violencia simbólica que produce el lugar común. 

Desde ese conjunto de lugares comunes afirmados con veredicto de verdad (hay  algo siempre totalitario en cualquier aserción que hagamos desde nuestra supuesta, imaginaria, unidad), una pregunta se impone ¿la afirmación “no hay verdad, hay verdades”…es verdad? Preguntarse esto, pone en cuestión la certeza que encierra esa frase consagrada, esa sentencia devenida ya, insisto, ella también, lugar común. Y la pone en cuestión pues el enunciado encierra (haciendo una concesión lógica) una paradoja: Si contestamos que sí, tendremos que poner en entredicho la formulación misma, porque sólo será verdadera a condición de que afirmemos que “hay verdad” (al menos, en relación a esa sentencia); con lo cual, la afirmación deja de ser verdadera al momento mismo de responder afirmativamente la pregunta. Un remedo de la vieja paradoja del mentiroso vuelve a agarrarnos de los fondillos. La misma paradoja encuentra Gruner cuando toma el lugar común de la comunicación. Por otro lado, si contestamos que no, quedaremos legitimados para argumentar que hay verdades que se aproximan a los hechos de modos donde el plano de verosimilitud aumenta exponencialmente; deja de haber verdades diversas equivalentes; la verdad de que hay verdades tendrá que convivir con otra verdad que enuncie lo contrario: por ejemplo, hay verdades más verdaderas que otras, incluso verdades discursivas falsas. En ese caso, aunque haya verdades diversas, su rango de relación con la experiencia de la vida en cualquier plano será por completo distinto. Desde esa perspectiva, ese lugar común pierde toda la fuerza con que se halla consagrada en la frase repetida con fruición en tantos lugares, generalmente con un afán política o filosóficamente correcto de velar los conflictos que encierra. Pues al decir “no hay verdad, hay verdades” construimos un mundo imaginario de intercambios supuestamente reflexivos entre sujetos aparentemente iguales, vestidos con la elegante pátina de unos buenos modales que no tardan en actuar la violencia que simulan deplorar.

Desde hace años me escuchan repetir que afirmar que la Shoa se produjo o  afirmar que no se produjo, es decir, dos relatos diferentes, implica enunciar dos supuestas verdades que tienen igual dimensión de certeza en aquellos que las enuncian; en ambos casos legitimadas por su condición de relatos o ficciones. Cada quien nos dirá su verdad. Incluso, podrá ocurrir que quien la enuncia reconozca eso, que se trata de SU verdad, una verdad singular; que es una cuestión de opiniones, que hay que respetar las de todos, que el mundo de las ideas es el de una tolerancia hacia el diferente, que la realidad es de acuerdo al color del cristal con que se mira, y así, en nombre del color del cristal, podrá ocurrir que algunos veamos pilas de cadáveres amontonados en un amasijo de desnuda crueldad humana y, otros, el júbilo altivo de una cruz gamada encabezando la causa redentora del hombre ario. Verdades que se miran desde  opuestas y vitales (para cada uno) posiciones ante una grieta realmente abismal. Alguno podría decir que se tratan de verdades que deben dialogar para entenderse (perdón, un ministro de ¡educación! llamado Esteban Bullrich lo dijo, en el homenaje a Anna Frank: “esto ocurrió porque hubo gente que no supo dialogar”). Un neonegacionismo larvado que no desmentirá el hecho sino la dimensión del crimen realizado o que justificará ese crimen con variados argumentos. Y el negacionismo (incluida su versión “neo”) implica instituir que el hecho no ocurrió o que sus razones tienen una justificación, aunque sea basada en una ética segregativa de lo humano que los que la compartan no reconocerán nunca porque los segregados no son para ellos humanos. En la Argentina sobran ejemplos tristemente próximos. “Pobre anciano el general Etchecopar… perdón Etchecolás, cómo va a seguir preso a su edad”, dice el diario La Nación que nunca mostró preocupación por la suerte de Julio López. Lo repito, decir que no hay verdad, hay verdades, resulta una frase que nos desarma intelectual y políticamente ante los dilemas de una realidad siempre difícil de comprender pero que tiene núcleos duros, con contradicciones radicales. En esa línea de preocupaciones, también desde hace años repito que si la frase de Nietzsche, “no hay hechos, hay interpretaciones” tiene sentido, es a condición de que agreguemos que no hay interpretaciones sin hechos, al menos discursivos.

En ese debate se inserta el problema de la llamada posverdad.

Detengámonos en el concepto. La querida y aborrecible Wilkipedia nos cuenta así su historia, más adelante remitiré a su significado estricto.

Aunque la idea tras el concepto no es, según algunos autores, algo nuevo, el origen contemporáneo del término se atribuye al bloguero David Roberts quien  acuñó el término «política de la posverdad» en un blog para la revista electrónica Grist el 1 de abril de 2010, donde la definió como «una cultura política en la que la política (la opinión pública y la narrativa de los medios de comunicación) se han vuelto casi totalmente desconectadas de la política pública (la sustancia de lo que se legisla)». Algunos comentaristas políticos han identificado la política posverdad como ascendente en la política de algunos países, así como en otras áreas de debate, impulsadas por una combinación del ciclo de noticias de veinticuatro horas, de un falso equilibrio mediático, y la creciente ubicuidad de los medios sociales.

Sin embargo, de acuerdo al diccionario Oxford, el término «posverdad» fue usado por primera vez en un ensayo de 1992 por el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich en The Nation (de Nueva York). Tesich, escribiendo sobre el escándalo Watergate, el escándalo Irán–Contra y la Guerra del Golfo, expresó: «Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad».

Años después, en 2004,  Ralph Keyes usó el concepto «era de la posverdad» en un libro que tituló The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life. ​ Y, el mismo año, el periodista estadounidense Eric Alterman habló de un «ambiente político de la posverdad» y acuñó el término «presidencia de la posverdad» en su análisis de las declaraciones engañosas o erróneas de la Presidencia de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

En su libro, también de 2004, Post-democracy, Colin Crouch utilizó el concepto «posdemocracia» para dar cuenta de un modelo de política donde «las elecciones ciertamente existen y pueden cambiar los gobiernos» pero «el debate electoral público es un espectáculo estrechamente controlado, gestionado por equipos rivales de profesionales expertos en técnicas de persuasión, y considerando una pequeña gama de temas seleccionados por esos equipos.» Crouch atribuye directamente al «modelo de industria publicitaria» de la comunicación política la crisis de confianza y las acusaciones de deshonestidad que se asocian con la política posverdad.

El término se extendió fuertemente durante las campañas para la elección presidencial de 2016 en los Estados Unidos y el referéndum de 2016 sobre el Brexit. Fue tanta la divulgación del término que el diccionario inglés Oxford declaró post-truth (posverdad) como la palabra internacional del año 2016, citando un aumento de 2 000 % en su uso en comparación con 2015.

Martín Caparrós considera el término un mero sinónimo del viejo uso de la propaganda, las relaciones públicas y la comunicación estratégica como instrumentos de manipulación y control social. Considera a Edward Bernays uno de los teóricos de la propaganda ―tanto política como comercial― que creó el término relaciones públicas para sustituir las connotaciones negativas del concepto de propaganda.

He revisado las fuentes bibliográficas que se usaron para escribir el artículo, las he confrontado con otras y podría decir que desde el punto de vista de la información, lo que allí se dice parece exacto.

Cuando presenté aquel texto titulado: Verdad, mentira, fantasma y desmentida en las creencias … políticas, en el Colegio hace tres años, me referí con cierto detalle al Edward Bernays que menciona Caparrós, luego Rodolfo y Marcelo también  hicieron alusión al sobrino de Freud. Lo cierto es que el problema remite a discusiones que empezaron ya en los comienzos de la segunda década del siglo xx. Si bien el término posverdad es reciente, lo que abarca tiene, por lo menos, 100 años. En aquel texto me refería a Walter Lippmann, a mi entender, un autor muy interesante aunque no comparta su punto de vista político. En su libro Opinión pública hace una reflexión exhaustiva acerca de cómo los seres humanos accedemos a la verdad. Tema de especial interés para nosotros, psicoanalistas, para quienes se supone que esto es una preocupación central de nuestra práctica cuando lidiamos con la verdad subjetiva y su relación con la experiencia vivida. Lippman lo piensa desde el punto de vista de la información periodística, pero lo que dice es mucho más amplio y tiene variadas consecuencias. Remite a viejos problemas filosóficos.

 Al menos en una primera impresión, los seres humanos captamos los hechos, los acontecimientos, y construimos criterios de verdad a partir de nuestra proximidad con ellos y las cosas, y la experiencia que con ellas hacemos (supongo que coincidiremos en que, en tradición freudiana, la verdad se va construyendo entre el signo de realidad – con toda su dimensión alucinatoria - y el criterio de realidad – con su impronta pulsional e identificatoria). Los niños reptando entre juguetes, con las manos llenas de plastilina y la cara pintada de piel roja ayer, de zombie hoy, van haciendo experiencia con la materialidad singular de las cosas, que deviene SU materialidad, en esa experiencia que aunque se realice en soledad incluye a otro y al Otro. Los psicoanalistas sabemos de sobra acerca de lo complejo que es, desde el punto de vista del psiquismo, ese conocimiento, esa aprehensión constructivo-creativa de las cosas. Es difícil, porque nunca es una experiencia sensible directa, no tiene que ver con un simple reflejo del mundo en la mente. Esto lo tenemos en cuenta todo el tiempo. Pero sin duda estas dificultades se hacen más notorias cuando aquello que pretendemos conocer se encuentra lejos de nuestra experiencia inmediata. Una cosa es hablar del vaso que acabamos de ver caer ante nuestras narices, a hablar sobre la bomba que leímos o nos contaron que cayó en un país del  cual poco o nada sabemos. Dice Lippman:

 “Cada uno de nosotros vive y trabaja en un pequeño sector de la superficie terrestre, se mueve dentro de un círculo reducido de relaciones, y de estas relaciones sólo conoce íntimamente a algunos pocos. En el mejor de los casos, sólo vemos una fase  y un aspecto de cualquier suceso público que tenga efectos importantes. Esto es tan cierto en el caso de las personas eminentes que desde el interior proyectan tratados, hacen leyes, dan órdenes, como en el caso de aquellos para quienes se han hechos los tratados, promulgado las leyes y dado las órdenes. Nuestras opiniones cubren inevitablemente un espacio mayor, un lapso más largo, un número mayor de cosas de cuanto podemos observar directamente. Por lo tanto, nacen de lo que los demás nos cuentan y de lo que imaginamos”.

“Sin embargo, ni un testigo ocular trae una imagen verdaderamente natural de una escena. La experiencia parece demostrar que dicho testigo lleva él mismo a la escena parte de lo que después saca de ella, y que con frecuencia lo que se toma por el relato auténtico de un hecho es una trasposición del mismo. Hay pocos hechos que simplemente se den a la conciencia; la mayoría parece existir ya, en parte, desde antes. Un relato es la combinación de una realidad y de la percepción de dicha realidad, y el papel del observador es siempre selectivo y generalmente CREADOR. Los hechos que vemos dependen de dónde estamos ubicados y de la manera de ver de nuestros ojos.

Lippman, escribe bien y es claro. Recordemos el refrán antes citado: todo es según el color del cristal con que se mira; el horror de los cuerpos degradados, o la altiva y gamada gloria aria. A ese universo de los prejuicios que constituyen nuestra manera de ver la vida y hasta las cosas más mundanas las llama estereotipos. Y estos estereotipos hacen muy difícil acceder a la verdad, mucha más cuando las situaciones de las que se trata están muy alejadas de la experiencia directa, o porque al estar tan cerca de una experiencia directa impiden entender un problema más amplio (es el caso de las victimas devenidas expertos cuando razonan a partir de su estricta experiencia personal)

Decir que Cuba es una dictadura, es un lugar común consagrado Si a alguien le interesase, podría demostrar cuántos datos y argumentos permiten afirmar que esa verdad es por completo discutible. El asunto es que los interesados en recibir esa información son muy pocos. Los prejuicios, el sentido común social imperante, los estereotipos, diría Lippmann, se coagulan en esa afirmación tomada como verdad repetida tras años de propaganda contra la revolución. Repetición que tiene en los medios de comunicación, a un mediador ineludible con aquellas cosas tan lejanas. De allí su importancia. Más tiempo me llevaría demostrar lo mismo acerca de Venezuela, no sólo porque hay muchas mentiras que sobre Venezuela se dicen que se sostienen en verdades, que algunas de esas verdades no son menores, sino porque el nivel creencial sobre el asunto es abrumador. Basta ver las reacciones de un Wiñazki cuando Alberto Fernández recordó que en la explicación acerca de la situación económica de Venezuela no se puede excluir el cerco económico (y en lo personal, pienso también el sabotaje que no dudo en llamar, a ambos, criminales) al que el país va siendo sometido desde hace años. No explica todo; lo que pasa en Venezuela no puede ser explicado exclusivamente desde allí, por supuesto, pero nada puede ser explicado sin ello (y esa parte siempre se omite o se desdeña en boca de comunicadores enfáticos).  

Lippman reflexionó sobre esa distancia que en tanto humanos tenemos con la realidad, incluso la más próxima,  y puso en relación, por un lado, el resultado de la campaña de un señor llamado George Creel para convencer a la sociedad estadounidense, profundamente reacia a entrar en la primera guerra, a hacerlo a través de una inmensa y costosa campaña de propaganda; y por otro, con diversas investigaciones que se habían hecho en diversos estados de la Unión en años diferentes, donde se comprobaba el masivo desinterés de la población por la política nacional o internacional. Ese desinterés comprobado entonces (ni hablar ahora) llevó a Lippman a plantearse lo que llama “la producción de consenso”. Es decir, construir opinión pública aprovechando el dato constatable que todos estamos muy lejos de la experiencia directa que implica la complejidad de lo político. Construir lugares comunes, promover su surgimiento, disminuir los matices de la verdad a un simple enunciado admonitorio o supuestamente incuestionable, deviene una parte decisiva de la construcción de sentido común que se expresa en la llamada opinión pública, en la que los medios participan haciendo uso de su actual compleja intertextualidad basada en soportes diversos.

Si la distancia entre nosotros y la experiencia es un largo trecho, de lo que se trata es, para Lippmann, de dominar los puertos informativos donde un ciudadano se detiene a buscar suministros en el viaje. Por ese motivo el surgimiento del concepto de posverdad nace ligada a los medios en relación con la política, a partir de un viejo problema que dominó al periodismo desde sus orígenes: cuál es la relación del periodismo con la verdad. Cómo evaluar la verdad en la información.

En el mundo periodístico sajón el debate incluye la diferenciación de dos palabras: imparcialidad y objetividad. La imparcialidad remite a la exigencia de un balance acerca de la información que se brinda. Se supone que deben incluir las diversas opiniones. (Las dos voces, como, retóricamente, se suele declamar en programas televisivos que expresan una sola). La objetividad, por su parte, demanda otra cosa: una relación con los hechos. Alguien puede ser imparcial pero para nada objetivo cuando las voces que presenta no se atienen a ningún dato fehaciente. En el periodismo, la verdad fue siempre una meta a la que aspirar. Y si bien, en EEUU hubo códigos de ética desde 1923 que postulaban la Sinceridad, la Veracidad, la Exactitud y la Imparcialidad; recién en 1949 se promulgó un código preciso llamado Fairness doctrine (algo así como “doctrina de la rectitud”) que fue desconocida de forma explícita apenas 40 años más tarde, específicamente desde 1987 a partir de la gestión libremercadista neoliberal salvaje de Reagan, hasta que fuera finalmente archivada en 2012. La doctrina se tornaba una guía de ética periodística que pretendía garantizar la imparcialidad (lo que muchos  psicoanalistas denominan neutralidad, concepto en el que Yago insiste tanto como yo insisto en discutir - justamente porque  considero la neutralidad imposible digo que de lo que se trata es de pensar en términos de abstinencia e implicación; es decir, reconocernos no neutrales es la condición para tratar de garantizar la abstinencia -); la doctrina que acabo de mencionar pretendía custodiar tanto la imparcialidad como así también, la objetividad; es decir, en nuestro campo, tomar rigurosamente los hechos discursivos (verbales y corporales) con sus marcas emocionales que nos dan cuentan de las huellas de lo inconsciente sabiendo que ello implica nuestras propias huellas de lo inconsciente. Para periodistas y psicoanalistas imparcialidad y objetividad es una tarea muy compleja. Para los periodistas  objetividad implica atenerse a la información chequeada. Pero el problema vuelve ¿cómo garantizar que el recorte de hechos que componen los hechos que se dicen chequeados no esté marcado por los prejuicios, Lippmann diría estereotipos, y (cosa para nada menor en las condiciones de la sociedad capitalista enormemente concentrada actual) los intereses del gran capital que manejan el mundo y los propios medios.

Cuando a algunos periodistas se les recuerda los intereses de los medios para los que escriben, suelen alegar ofendidos, “yo en este medio siempre tuve absoluta libertad”, y entonces reclaman para sí una objetividad y una imparcialidad sin mácula. De ser cierto que así sea (es seguro que algunos lo dicen sólo para la tribuna, otros porque creen sinceramente que es así), vale recordar una reflexión de Noam Chomsky sobre el tema en un texto titulado Qué hace que los mainscream sean mainscream). Dice Chomsky:

“(Cuando un periodista)… alega: ‘Nadie me dice qué tengo que escribir. Escribo lo que quiero. Todo ese palabrerío sobre presiones y limitaciones es una tontería, yo nunca tengo ninguna presión’, dicen algo cierto; pero el tema es que no estarían ahí si no hubieran demostrado previamente que nadie tiene que decirles qué escribir porque ya dirán lo correcto ellos mismos. Si empiezas en el apartado de noticias metropolitanas, por ejemplo, y sigues las historias no adecuadas, no llegarás nunca a las posiciones en que puedas decir cualquier cosa que te apetezca. Lo mismo ocurre con la mayoría de profesores de universidad en las disciplinas más ideológicas. Han pasado por el sistema de socialización”.

Socialización, así la llama Chomsky. Y, en efecto, han sido socializados; tal como el epígrafe de Orwell nos lo recuerda, absorbidos por el sentido común del sistema la censura deviene innecesaria habiendo autocensura; cuanto menos, autocensura tibia; su libertad de expresión empieza en el exacto punto donde previamente han aceptado las reglas o las han hecho propias. Pueden pretender ser imparciales pero, como reflexiona Richard Sambrook, un periodista de la BBC durante 30 años en diversos lugares del mundo, profesor en la universidad de Cardiff, en un texto de 2012 llamado Delivering trust: Imparciality and objectivity in the digital age: cuando en el periodismo del Reino Unido se impuso la idea de mostrar las varias caras, se omitió un aspecto  central: que una de ellas podía llegar a ocupar sólo el 1% del espacio, mientras la otra, el 99; por lo cual, lo imparcial devino parcialidad disimulada. Sabemos lo difícil, lo imposible de una objetividad absoluta o una imparcialidad plena. Los prejuicios, las matrices inconscientes de nuestros campos creenciales, los intereses a veces ocultos tras supuestos principios éticos, hacen que el acceso a la verdad periodística o subjetiva sea siempre un fenómeno en permanente construcción. Pero es justamente en esa zona de ambigüedad estructural de nuestro psiquismo y del mismo fenómeno de la verdad, que los dueños del poder aplican la tergiversación y manipulación consciente de los hechos. Es justamente esa circunstancia lo que ha producido que los lugares comunes que podemos repetir en el terreno de la vida política de cuya experiencia solemos tener una muy baja o nula información, siquiera imaginariamente directa, sean tejidos entre sistemas de información y servicios de inteligencia en niveles que las nuevas tecnologías han llevado al paroxismo. Es tanta su presencia que nunca sabemos a ciencia cierta si lo que leemos, escuchamos o vemos es cierto o no, cualquiera sea su proveniencia, lo cual obliga a destinar una enorme cantidad de energía psíquica para intentar desentrañar, en lo posible, las madejas en las que vivimos enredados. Y como insistió Lippmann y aprovechó al máximo Bernays, el desinterés que sobre la política podemos tener nos hace fáciles presas de esos (así llamados por Gruner) sintagmas simplificadores y penetrantes que circulan entre el mundo analógico y el digital, del diario a la red social, de la red social al programa de noticias, y de cualquiera de ellos a la mesa familiar o la reunión de amigos, donde los lugares comunes circulan en direcciones no predeterminadas pero que tienen sus usinas. (Como he dicho también muchas veces, las teorías conspirativas como modo de entender la política son por cierto muy pobres pero no se puede entender la política sin incluir las teorías y las prácticas conspirativas. Porque las usinas no existen pero que las hay, las hay.) Y esas prácticas inciden en lo que somos pensados creyendo que lo pensamos nosotros (para ello nuestro narcisismo es un boy-scout que con júbilo iluminante exclama “siempre listo”. Cuanto menos sabemos, más propenso al scoutismo deviene).

Ahora volvamos a la definición del término. Antes leí un boceto de su historia, pero Wilkipedia la define así:

Posverdadmentira emotiva es un neologismo que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

En cultura política, se denomina política de la posverdad (o política posfactual) a aquella en la que el debate se enmarca en apelaciones a emociones desconectándose de los detalles de la política pública y por la reiterada afirmación de puntos de discusión en los cuales las réplicas fácticas ―los hechos― son ignoradas. La posverdad difiere de la tradicional disputa y falsificación de la verdad, dándole una importancia «secundaria». Se resume como la idea en «el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad».

Para algunos autores la posverdad es sencillamente mentira (falsedad) o estafa encubiertas...”. ​

He hablado en el texto sobre Creencias, y luego en aquel sobre La construcción del odio, de 2017, acerca de la importancia de lo emocional en la política que Durán Barba (él, hoy, de capa caída, no  sus prácticas) hizo público en nuestro país, y acerca de lo cual el psicoanálisis tiene cosas que decir, y en los últimos tiempos ha venido diciendo. Y lo emocional es la base de este nuevo término. En su perspectiva, la cuestión no está en oponer un argumento a otro, sino en producir un efecto emocional preciso evitando la argumentación o llenándola de lugares comunes con estricta eficacia emocional; sea porque toque prejuicios consagrados o emociones profundas, sea porque los instale; es que el lugar común se instala si logra tocarlos. Invocar el terror que anida en los humanos es sencillo. Repetir “Entran por una puerta y salen por la otra”, es un lugar común que expresa y construye ese miedo con mucha eficacia. Sólo irritación puede provocar la defensa de los derechos que amparan a cualquier ciudadano acusado de un delito, cuando otros ciudadanos están asustados de lo que les pueda pasar a ellos (por experiencia directa o por las múltiples mediaciones por las que el terror se esparce). Por democrático, humanista y progresista que sea alguien, puede devenir en segundos un energúmeno enloquecido cuando el miedo y el odio lo atrapan. El lugar común viene a darle sentido al sinsentido de su terror. Aunque ese sentido sea restringido a un único sentido empobrecedor o, precisamente, porque tratándose de un único sentido empobrecedor favorece los aspectos más binarios y primitivos del funcionamiento mental, la polaridad: bueno-malo.

Es que cuando a la verdad se la limita a su incidencia subjetiva, es decir, a la verdad de cada cual y no a su relación con un mundo externo que se supone existe fuera de uno (es una exigencia epistemológica que así sea), la posverdad entendida como esa apelación a las emociones y su lógica menos complejizada, y no a los hechos (por difícil sea asirlos) se apodera del campo social, del sentido común a través de lugares comunes emocionalmente eficaces que en todos nosotros existen. Si el espectáculo informativo tiene un diseño hoy, éste no es (centralmente) el de la argumentación fundada, ni siquiera la mentirosa. Por eso me parece pertinente diferenciar posverdad de mentira. En todo caso las muchísimas mentiras que se repiten en los medios apuntan más que a la argumentación, a instalar un clima emocional. Las desvergonzadas y comprobadas mentiras de un Lanata, las aparentemente conspirativas mentiras de un multipremidado Daniel Santoro (director de judiciales del diario Clarín, defendido en clima corporativo por muchos de sus colegas, aunque todos los indicios aparecidos lo ponen, por lo menos, en un lugar ético insostenible) apuntan a la construcción de monstruos odiables que sean juzgados, condenados y linchados en el tribunal del discurso de los medios más poderosos. Cuantos más lugares comunes se repitan, menos posibilidades de reflexión crítica acerca de ellos, se producen. Ganar ese espacio de verdad falaz es una meta de las enormes corporaciones que manejan el mundo mediático hoy. Y cuya importancia muchos periodistas honestos se niegan a admitir y en la que los alternativos no están exentos de caer.

Advertidos de que la desconfianza en los medios es cada día mayor, aunque su incidencia sea enorme por sus infinitos intersticios de realización, a la posverdad la empiezan a poner en cuestión esos mismos medios que quieren recuperar su autoridad para volver a ser los tutores de definan qué es lo verificado y que no. Privilegio que no sólo han ido perdiendo por su propio desinterés en la verdad fáctica sino también por la irrupción de hackers y periodistas marginales no ligados a las grandes cadenas, que no suelen ser defendidos con energía por las grandes corporaciones de la supuesta “libertad de expresión” cuando son atacados por los poderes mundiales. Snowden, y en especial este año la detención de Assange, son la prueba de ese oprobio. No he encontrado más que una declaración del Comité de Protección de periodistas de EEUU y de algunos grupos ligados a la  academia o al periodismo alternativo latinoamericano de izquierda, además de organizaciones de derechos humanos en sus diversas formas y niveles, o las declaraciones provenientes de la agencia rusa de noticias (RT, Rusia today), especialmente interesada en el tema por razones geopolíticas, que condenaran la detención de Assange. Así, visto que los “recontrachequeado” de los que se jactaba sin pudor Lanata van siendo desnudados desde espacios alternativos como mentiras completas, pareciera ser que los grandes centros informativos han adoptado una postura donde la verdad de los hechos parece que volviera a importar. Allí surgen Chequeado y Reverso, dos espacios de verificación de la información que funciona en red, que puede decir que tal foto aparecida en un diario o en la televisión es falsa, que tal hecho ocurrió o no, y sobre todo, con una dosis alta de arbitrariedad, que una afirmación es  “engañosa” cuando no pueden asegurar que sea alguna de las otras dos opciones. Lugar, la palabra “engañoso”, donde lo interpretativo vuelve a poner en primer plano el aserto de Nietzsche.

Pero, al margen de que en la Argentina, en Chequeado Reverso participan todo tipo de medios y en gran número – desde Radio Mitre a C5N-, lo destacable es que se trata de una organización centralizada por una de las 3 grandes agencias de noticias que suministran la mayor información de noticias por el planeta todo: Reuter, AP y AFP. En el caso de Chequeado-Reverso sus auspiciantes son una de estas agencias: AFP (la agencia francesa), junto a First Draft, (una organización que tiene en el lugar de primer socio fundador declarado nada menos que a Google News), y Pop Up News room, (una agencia de análisis de información digital dirigida por Fergus Bell, de la que no he encontrado información relevante). Frente a todo esto, todos nosotros, tan alejados de los hechos como nos dice Lippmann, inevitablemente nos preguntamos: ¡¿quién chequea al chequeador?! De esos chequeos inciertos advendrán, es inevitable, nuevos lugares comunes.

Y, para tomar el último aspecto que quiero que conversemos, diré que el lugar común, por su formato coagulado, tiene una propiedad segregativa inscripta en su propia enunciación: es eso y solamente eso. Ya está. Ya se sabe. Ya tiene palabras para decirse. No hay más que discutir. Es violento en su propia estructura enunciativa.

Hubiera bastado que empezase esta intervención diciendo “Hay hechos. Hay verdad. El mundo real existe”, para que se hubieran empezado a poner incómodos de inmediato, y a no tardar en tildarme de realista vulgar, materialista ingenuo, positivista, cuando no otros atributos menos académicos, sin esperar a lo que después dijese. “¿Qué manera de pensar es esa hoy? ¿Qué clase de psicoanálisis puede practicar alguien tan atado a la materialidad de las cosas” pensarían con razón. Esos lugares comunes que en otras épocas se decían, no tienen lugar en nuestro sentido común actual donde imperan otros lugares comunes. Y cuando uno se instaura se produce un inmediato acto de violencia sobre el pensamiento. Pensamiento en el que moran una miríada de lugares comunes instaurados, que solemos repetir sin advertir su dimensión de lugar común. E insisto, esto lo digo tanto referido a la política, como al psicoanálisis, como a la vida en general.

Y un lugar común central hoy es decir que la realidad es compleja, que puede tener distintas caras y que entonces hay que aceptar las diferencias. El asunto es que reconocer diferencias no implica aceptarlas, entre otras cosas porque nos rigen sistemas de valores conscientes e inconscientes que son antagónicos, los de unos con los de otros pero, por lo general, también antagónicos dentro de nosotros mismos. Entiendo mis diferencias con un negacionista, pero eso no implica que acepte desde un supuesto Olimpo de la comprensión tolerante que los crímenes de Hitler, de Stalin, de las llamadas democracias occidentales, sea estadounidense, europea, oriental o medio oriental, no se produjeron o producen a diario. Claro que se produjeron, claro que son constatables con mucha información fehaciente. Nuestro sistema de valores hará que les demos más importancia a unos que a otros. Y la política implica hacerse cargo de que hay contradicciones antagónicas. Que esos antagonismos mantienen relaciones cargadas de violencia, simbólica y física. Por eso la palabra grieta es eficaz: da cuenta de esa lucha.

Por ello, una de las mayores trampas del periodismo actual es su capacidad de hacerse pasar por independiente cuando están trabajando activamente por intereses específicos - a veces, a conciencia, a veces, presos de la idea de que su supuesta imparcialidad es un valor-. En las cadenas de noticias puede haber un pensamiento único prevalente pero no todos sus agentes dicen lo mismo. Para darle verosimilitud a ese discurso único, es imprescindible incluir disidentes moderados en sus filas, e, incluso disidentes extremos, de acuerdo a las coyunturas. Su aparente imparcialidad, los hace esenciales para legitimar las mentiras que se puedan decir en el conjunto de la cadena. Por eso, la discusión sobre la verdad implica muchas aristas, muchas caras diversas y un trabajo psíquico que sólo podremos hacer si nuestros intereses personales se orientan en esa búsqueda.

Lo cierto es, y por cierto es lógico que así sea, que esto no ocurre con la mayoría de la población. Tanto por lo mucho que se promueve la antipolítica ciudadana, cuando no la experiencia política misma se ocupa de fomentarla sin necesidad de ayuda, como también, por el hecho inevitable de que cada uno de nosotros se puede orientar hacia intereses diversos que nada tiene que ver con ella. Lo cual no deja de tener consecuencias y, como decía Upton Sinclair con ironía digna de un Bernard Shaw: “Es difícil que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda.”

El problema con la política es que nos involucra aunque no queramos. Al menos, cuando decidimos quién deseamos que nos gobierne y, cuando –, es lo usual, no estamos dispuestos al trabajo de hacernos entre todos responsables de gobernar (es decir, la democracia en su forma imaginariamente plena). Siendo un problema de todos, los lugares comunes ocupan un lugar central al ofrecernos la tranquilidad de certezas que nos brindan aparentes seguridades. Quizás por eso, y retomando un debate de tuvo Lippmann en 1927 con John Dilthey, lo diferente sería tal vez promover el debate social más amplio entre sujetos que no se oculten tras objetividades e imparcialidades inciertas, sino entre sujetos que hagan explícito el punto de vista desde donde hablan. Profesores de Berkeley o de Harvard insisten en que el paradigma de lo objetivo cambie a lo transparente.

Alan Mutter, a la vez, catedrático de Berkeley y Ceo en Silicon Valley dice: “Ha llegado la hora de retirar el concepto –difícil de lograr e imposible de defender- que los periodistas son o alguna vez fueron objetivos. Reemplacemos esta raída noción con un realístico y creíble estándar de transparencia que requiera a los periodistas declarar francamente sus predilecciones personales, compromisos financieros y alianzas políticas de modo que el público pueda evaluar la calidad de la información  obtenida”. Parece un proyecto loable; sólo omite un problema: el secreto es estructural a las sociedades (ninguna, ni en la escala macro de los estados o las grandes corporaciones, ni en las más micro, se puede pensar sin una dimensión secreta – al menos para preservar sus intereses -) pero también es estructural para el psiquismo humano que guarda en lo inconsciente y en formas preconscientes de preservación de su yo, una dimensión estructural del ser. Los reclamos de transparencia, también han devenido “lugar común”; pensemos si no, en la cuestión de la corrupción.

Si naturalizamos los lugares comunes que podemos repetir (todos lo hacemos en diversos campos y esferas) la violencia, simbólica, segregativa de esas afirmaciones, se instituye bajo formas sordas, que adquieren su mayor nivel de violencia cuando se nos presentan bajo el formato de un supuesto pensamiento imparcial que pretende ocultar las tensiones, contradicciones y luchas radicales que pueden morar en su seno. Si el psicoanálisis tuvo un mérito es que se propuso poner blanco sobre negro las contradicciones que en nosotros habitan para que nos hagamos cargo de sus consecuencias. Esas contradicciones, esos conflictos son parte de la pesada y también magnifica carga del vivir.

Referirse a los medios y sus verdades, a las emociones que nutren la posverdad, implica ubicarse frente a la política, pero también al modo que intentamos aprehender esa evasiva, pero consistente realidad en la que vivimos.

He remarcado este carácter instituido en nosotros de los lugares comunes, he remarcado la violencia que implican por el modo totalitario de su enunciado (no por el tono en que se enuncien) porque creo que su lugar en la política no se advierte en toda su dimensión deletérea. Esto que ha venido siendo importante, va a ser particularmente importante en los próximos tiempos, en particular en nuestro país. Ya imagino, ya escucho, que ante la posible derrota del frente Cambiemos UCR, vuelva el lugar común más engañoso: “los pueblos no se equivocan”, que sólo podemos aceptar cuando ganamos aquellos que en ese momento nos consideramos pueblo. Que los hechos de un plan económico brutal puedan motorizar a millones de votantes contra la posverdad llena de mentiras y odio que lo llevó al poder, no significa que estas estructuras narrativas desaparezcan y la tendencia al surgimiento de la frase o sintagma coagulado que es el lugar común haya desaparecido o que no tome nuevas caras, también entre las filas hoy seguramente triunfantes. Es que la política, tal cual se practica hoy, sigue necesitando de la indiferencia política de los ciudadanos tomados por lógicas binarias, con una enorme astenia reflexiva.

Empecé con un epígrafe de George Orwell. Como colofón citaré a una periodista estadounidense contemporánea:

Este es el hecho de la era: El pueblo no cree en nada. Piensa que todo son enredos y mentiras. Al minuto que el gobierno dice que A es verdad, la mitad de la población de la tierra sabe que A es mentira. Y cuando el pueblo no cree nada, como sabemos, pueden creer cualquier cosa.” Peggy Nooran, Wall Street Journal, 11/5/2011.

                                                                                                     

                                                                                                  A Marcelo Zlotowiazgda. In memoriam

 

                                                    Oscar Sotolano

                                               17 de octubre de 2019.



[1] E. Gruner, “La historia del Otro”, en La cosa política o el acecho de lo Real. Paidos. Buenos Aires. 2005