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Iría a ver a Diego


Publicada el 22/08/2019 por Diego Velázquez





“Yo iría a ver a Diego”

 

Diego Velázquez

 

“Dicen que hay: bueno, malo; dicen que hay más o menos. Dicen que hay: algo que tener, y no muchos tenemos” (Andrés Calamaro)

 

Cuando recibo a Juan, de poco más de dos años, a la primera consulta, su padre lo trae en brazos. Los acompaña la mamá de este niño, un pequeño del cual mi primera impresión es: la de un rostro perdido, en un llanto, la cara cubierta de lágrimas y baba, y, lo que más se destaca, la cabeza colgando. Esto último da, aunque veremos que erróneamente, una impresión de un cuadro orgánico.

Entramos al consultorio y allí se despliega la primera entrevista, con los padres y Juan. Este permanece a upa de ellos, alternativamente, pero lo que no cambia es el llanto. Más cabría decir, el ruido o grito indiferenciado, sin corte.

Allí, las primeras narraciones. Nacimiento y parto normales, y todos los indicadores del crecimiento que son normales y nada llamativos hasta el primer año cumplido.

Para ese momento se empiezan a notar algunos indicadores llamativos en el desarrollo, todos marcados por la falta de respuesta emocional o cognitiva. Coincide con algunos episodios familiares (de la familia ampliada) que tienen algún grado de impacto en los padres de Juan (en especial en la madre), pero no lo desarrollamos aquí pues no parece relacionado con algún desencadenante psicopatológico. Además, ingresaríamos en una discusión que no es la que queremos plantear hoy (etiología del autismo, determinantes de la estructura en un caso particular, etc.).

Ocurrido lo que señalamos, comienzan las consultas a distintos especialistas, dada la lógica preocupación de los padres ante las detenciones de Juan, y también, con la lógica que comanda la época se suceden los diagnósticos y las opiniones. Allí interviene una amiga de la familia, que casualmente está relacionada con nuestro grupo de trabajo, y ante la observación del conjunto de la situación y con la confianza necesaria plantea a los padres la siguiente observación: “si yo tuviera un problema similar en mi familia lo iría a ver a Diego Velázquez”. Esta frase, cuya inclusión en este texto puede parecer una falta de modestia (y seguramente lo sea), tiene un recorrido posterior, no sólo porque desemboca en la derivación y el tratamiento, sino porque será “devuelta” por mí hacia adelante cuando introduzco otro nombre que será fundamental en la situación de Juan.

Lo trabajado con el niño durante casi dos años se puede sintetizar en el intento – logrado – de construir un vínculo de reconocimiento mutuo, y de los espacios y los objetos (consultorio, espacios, juguetes propios y de la sesión).

Considero que hay dos hitos en el trascurso de este trabajo lento y productivo, pero sin espectacularidades. El primero ocurre hacia la segunda y la tercera entrevista. Allí, Juan, acompañado nuevamente por sus padres – en esta etapa inicial anterior a la construcción de un vínculo entre nosotros – llega de otra manera. Hay cortes en ese grito indiferenciado; llora mucho, pero con intervalos, y su posición física (sostiene por largos momentos la cabeza), es distinta. En la tercera entrevista, cuando llegan, lo veo por primera vez “a ras del piso”. No viene a upa, sino de la mano del padre; comienza la sesión con los dos juntos y luego por primera vez el papá lo espera afuera del consultorio durante parte de la sesión y Juan se queda conmigo. Unas sesiones más tarde, por primera vez conectará la mirada conmigo y comenzará un esbozo de primer juego: pasa unos bloques de un lugar a otro y luego al lugar inicial de manera pausada y ordenada. Algo que recuerda a un primer esbozo de proto - simbolización, en la que se necesitan, al menos, dos lugares y un traslado entre ambos. Por supuesto sin entender a esto como juego simbólico.

El otro hito que considero fundamental se da varios meses después, cuando se pone en juego la inquietud de los padres acerca de que Juan ingrese en un jardín al año siguiente. Luego de las averiguaciones sobre instituciones, encuentran en una la sintonía necesaria para pensar en la escolaridad de Juan; desde allí les plantean la necesidad de una maestra integradora o acompañante externo. Más una serie de terapias complementarias a ser consideradas (la familia finalmente las centraliza todas en un centro especializado en el cual tienen cobertura de salud).

Aquí se pone en juego el segundo nombre de esta historia. Acepto por distintas cuestiones, que se amplíen los tratamientos, aunque con algún criterio que luego se acordará. Pero, les digo, “a la maestra integradora la quisiera poner yo”. E introduzco el nombre de Analía Lasmaries, que, en una cadena de transmisiones, forma parte, aunque no directamente, de la misma comunidad universitaria, de formación y de ideas, que lanzó esta cadena de derivaciones. Finalmente, por el trabajo que se detallará en el testimonio siguiente, y por las decisiones conjuntas con la familia, los tratamientos fueron mutando pero mi última indicación (¿intervención, interpretación?) es que se mantenga el vínculo de Juan con Analía. Los demás tratamientos (incluso el mío), pueden ser los indicados desde un criterio de experticia o de campos profesionales, pero el trabajo fundamental (y que no puede ser fácilmente reemplazado), es el que veremos reflejado en la situación relatada en el testimonio que sigue.

 

El acompañamiento

Analía Lasmaries destaca estos fragmentos del caso y los transmite así: “Cuando conocí a Juan era como un bebé de 3 años. Un nene que estaba sentado en el piso, en la salita, llorando, no hablaba, no miraba, no nada, no conectaba. Solamente era como un nene totalmente angustiado y desestructurado y estaba totalmente ensimismado jugando con unos bloquecitos y siempre el mismo jueguito: ponerlos uno al lado del otro, separarlos por color y nada más. Después era llorar, llorar y hacía como un gritito, un grito, no llegaba a ser ni siquiera un balbuceo. Los primeros días, hasta que nos conocimos, transcurrieron así. Yo me sentaba al lado de él, miraba lo que hacía. Le agarraba algún juguete para ver si le provocaba alguna reacción, para ver qué hacía, y él me ignoraba. Ignoraba todo lo que había a su alrededor. Menos esos juguetes. Y lloraba, se sacaba las zapatillas, se quería escapar constantemente de la sala. Ahí empezó todo un trabajo no sólo de vincularnos sino de una puesta de… no límites, sino de un marco dentro de las horas que estaba conmigo. Porque era totalmente lo que él quería hacer, no había un marco de nada. Pero yo creo que lo más importante de lo que fue ese año con Juan, casi fue a mitad de año. Me acuerdo que él estaba muy mal ese día, muy mal. Lloraba, se tiraba la cabeza para atrás, había empezado a mirar en algunas contadas ocasiones, pero ese día lloró, lloró, lloró, se escapó de la sala, me rasguñó, me pegó cabezazos… hasta que en un momento dije “bueno”, es como que los dos dijimos “bueno, o nos amigamos o nos amigamos”. Nos tiramos los dos en el piso, él estaba mirando para arriba llorando muy angustiado y le saqué las zapatillas, las medias, le empecé a acariciar los pies, después le empecé a acariciar las manos, le empecé a hablar, le hablé, le hablé, le hablé, le dije “Juan, nosotros acá tenemos que compartir un rato en el jardín, tenemos que encontrar la manera de llevarnos bien. Acá no te va a pasar nada, tenés que confiar en mí, acá va a estar bien, este es un lugar que ya conocés”. Y en un momento yo sentí que él me entendía lo que yo le estaba diciendo porque fue la primera vez que me sostuvo la mirada durante… no sé, 5 minutos. Fue que yo le empecé a hablar, y él seguía llorando. En un momento dejó de llorar y me empezó a mirar. Ahí le empecé a acariciar la cara, y ahí se calmó. Es más, de hecho la directora ese día me dijo “¿querés que llame a la mamá?” porque estaba muy muy mal. Y ahí se calmó, me dejó que lo acaricie, que lo alce a upa, porque hasta ahí nunca había dejado que lo alce. Y ahí nos quedamos los dos en el pasillo y se quedó tranquilo. Y yo creo que después de ese día una situación así no se volvió a dar, que se ponga tan tan mal. Fue una forma en la que nos terminamos de conocer, yo llego hasta acá, vos llegás hasta acá, y bueno, a partir de ahora es distinto. Nunca más llegó a ser ese enojo así. De hecho, después de ese episodio, en el jardín estuvo lo más bien. Es decir, tiene, tuvo y sigue teniendo sus momentos de enojo, pero yo creo que son desde otro lugar. Por ejemplo, ahora algo más actual: me mira todo el tiempo, le digo que no y él ya sabe a lo que le estoy diciendo que no. No llegamos al punto de que haga lo que le estoy pidiendo, pero él entiende lo que le estoy pidiendo. Acepta los límites, viene me abraza, me da besos, cambió muchísimo. Esa fue una cosa muy positiva este año, me mira todo el tiempo, todo el tiempo. De hecho, hubo una ocasión hacia fines de año, que él estaba haciendo pucheros, medio llorisqueando, con carita de angustiado, y le digo “¿qué Juan?, ¿qué te pasa?”. Y él me miró y me dijo “papá”, a su manera, porque él no habla muy clarito en las poquitas cositas que intenta decir, pero yo escuché que dijo “papá”. Y yo le dije “¿qué, lo extrañás a papá?” Y se me quedó mirando y como que me quiso asentir. Y esa conexión, y ese entablar una comunicación, la verdad que es increíble. Es increíble viéndolo desde lo que era Juan cuando empezó el jardín el año pasado. Así que bueno, así hay muchas cosas que yo no las noto tanto porque no estoy a la distancia; muchas cosas para mí con él ya son naturales. Como que venga y me dé un beso, o decirle “No, Juan, esto no” y que me mire y lo deje de hacer. Eso es una cosa que antes no ocurría, no tenía registro de otra persona, y en alguna que otra ocasión ir y darle un beso a alguna compañera. No son cosas habituales con los compañeros, pero bueno, ya la conexión que él está teniendo con las otras personas, con todo lo que lo rodea… Él era un nene que quería agarrar algo, pasaba, y lo que hacía era empujar lo que tenía adelante. No le importaba si era una persona, un juguete, o lo que sea, él pasaba y lo empujaba. Y ahora no, él tiene mucha noción de todo, de todo lo que pasa a su alrededor. Mira muchísimo más a los ojos, e intenta comunicarse.”

 

Comentario

Este testimonio habla por sí solo en cuanto al relato de una experiencia. Lo que Analía en su testimonio llama “o nos amigamos o nos amigamos”, incluso su empleo de la expresión “comunicación” es coincidente con el uso que Winnicott hace de ese término. Término que puede ser ambiguo en cuanto a las resonancias de las teorías clásicas y lineales de la comunicación. Winnicott sitúa la comunicación con los niños como un proceso enmarcado en la transferencia, y que significa más el contacto emocional que la trasmisión de contenidos intelectuales o racionales.

Analía y Juan se comunican. Puede ponérsele a esto distintos nombres desde distintas vertientes psicoanalíticas, en especial desde las que abrevan en este libro y en este trabajo conjunto. Lo que es indudable y parece trascender nomenclaturas teóricas, es que dos seres humanos están haciendo algo juntos que tiene una complejidad importante y que tiene efectos en la vida de ambos, y en especial, un esbozo de efecto simbolizante en uno de ellos, el niño.

Otro aspecto a destacar es cómo el lazo social trasciende a las dos personas que protagonizan la escena. Porque para que estos efectos tan importantes en el niño tengan lugar, necesitamos de la escucha y la implicación subjetiva de Analía, pero también de su inclusión en un colectivo más amplio que incluye a la derivadora, al analista, a ella y a la institución. En especial, en los primeros tres agentes, cabe señalar la comunión de posición ética y técnica que está en juego, y que termina operando en las intervenciones concretas de la acompañante. No hay aquí una posición privilegiada del saber o de las jerarquías o los campos disciplinares; eso mismo hace posible la versatilidad de las intervenciones. De allí que me pareciera importante que cuando por razones prácticas y geográficas, organizo una derivación de Juan, lo hago sosteniendo que el mío y otros tratamientos son reemplazables. Pero el vínculo principal, no sustituible, es el dado con Analía. Por lo cual reafirmo que mi principal intervención (interpretación) analítica, finalmente fue sugerir y sostener el nombre de la acompañante.

 

Transferencias

Al recuperar la vertiente de la transferencia como fenómeno humano universal, nos encontramos con la posibilidad de pensar su proliferación y exuberancia en todo vínculo humano que adquiera – por poco o mucho tiempo y con mayor o menor intensidad – alguna significación y mucho más, alguna intimidad. Así lo sostiene Winnicott, quien sintoniza con un aspecto de este fenómeno que resulta totalmente constatable en la vida cotidiana. En este último sentido, podemos pensar el despliegue transferencial en unidades no homogéneas: entrevista inicial o única, entrevistas preliminares, sesiones, situaciones de consulta o de trabajo con niños, desde distintas profesiones, o el monitoreo de sus variaciones en un proceso psicoanalítico prolongado o realizado en distintas etapas a lo largo del tiempo. Y también, cómo podemos intuir la existencia de la transferencia en la vida cotidiana o, mejor dicho, cómo la experiencia cotidiana nos da apoyatura para encontrar su existencia en el interior de una escucha encuadrada en diferentes formatos. Winnicott dice en “Clínica psicoanalítica infantil” (1971):

Obviamente no es útil ni práctico aconsejar un tratamiento psicoanalítico para cada niño y a menudo el psicoanalista se encuentra en dificultades cuando intenta llevar lo aprendido a la práctica de la psiquiatría infantil (…) Difícilmente pueda llamarse técnica al modo de operar en este trabajo. No existen dos casos iguales (…) Pienso que esto es verdad si uno escucha simplemente la historia de una persona que está sentada a nuestro lado durante un viaje en ómnibus. Si se puede hablar en forma algo privada, la historia comenzará a desenvolverse. Puede estar referida a un reumatismo o a una injusticia en el trabajo, pero el material ya está allí para una consulta terapéutica. La razón por la cual no se llega a ningún lado es que uno mismo, en ese momento, no se está dando deliberadamente y de una manera profesional a la tarea de utilizar esas historias, y por esta razón el material ofrecido en el ómnibus se hace difuso y aburrido”.

Es para recordar que Lacan amplía la cuestión de la transferencia: hace una indicación acerca de sus alcances. Dice en el Seminario 11: “Esto no significa en lo más mínimo que cuando no hay un analista a la vista no pueda haber efectos de transferencia, en sentido propio, estructurables exactamente como el juego de la transferencia en el análisis. Simplemente, el análisis al descubrirlos permite dar de ellos un modelo experimental, de ningún modo diferente del modelo, llamémoslo así, natural. De tal modo que hacer aflorar la transferencia en el análisis, donde encuentra sus fundamentos estructurales, es quizás la única manera de introducir la universalidad de aplicación de este concepto. Bastará luego cortar las ataduras que lo sujetan a la esfera del análisis y, más aun, a la doxa que le es atinente.”  

La transferencia también puede ser pensada en términos de sostén o contención: ésta no tiene que ver con la vulgata que a veces se ha hecho de este término (cuidar, tratar bien, en una versión edulcorada de estos verbos). O al menos, no es tan sólo eso. Si decimos de alguien que es “muy contenedor”, más bien podríamos pensar en “un contenedor”, en el sentido de un container, un volquete donde se pueden arrojar los más diversos contenidos. Los buenos, los malos, los enteros, los despedazados, los desperdicios, las partes, los restos, los desechos. Lo que no es alojado en ningún otro discurso y sí sólo en el analítico.

Por lo tanto, refiere a la capacidad emocional de quien ocupa un lugar en el que se vuelcan ansiedades, a veces muy primarias, y que puede devolverlas moduladas, promoviendo también así la introyección de capacidades propias para luego modular las ansiedades y transformarlas sin la necesidad de la presencia física de la figura analítica en cuestión. Pensemos sino en la función reparadora y productora de simbolización que puede representar así un maestro/a integrador o un acompañante terapéutico, un trabajador social o un docente si sabe en su praxis ocupar este lugar de “volquete” o de testigo para nada pasivo.

En este sentido, ya no se trata de la contraposición psicoanálisis vs. psicoterapias breves, ya que el pensar, escuchar y actuar en los marcos de un discurso analítico, puede superar en algo las constricciones de tiempo, encuadre o campos disciplinares, que se producen en la actualidad. Aunque, recuperando la experiencia de una referencia obligada como Winnicott, se puede observar cómo esas constricciones no impedían el operar analíticamente (constricciones como el dispositivo de hospital público; pacientes que viajaban a verlo a una vez por año; presencia únicamente de la madre y no del padre en la consulta; intercambios por carta posteriores a una única entrevista o “consulta terapéutica”; consulta pediátrica, etc.). Sin esto, el psicoanálisis no tendría atractivo en una contemporaneidad donde prevalece lo rápido bajo el eje de la eficacia y la promesa de rendimiento curativo, aunque el análisis conserva su potencia si preserva lo propio de su práctica: transferencia, sexualidad infantil, simbolización, deseo del analista, promoción del lazo social y no de su corte, operación desde la falta y el reconocimiento de los aspectos no integrados, etc.

En este sentido, Jorge Alemán propone: “En las ofertas masivas de tratamiento – al modo de la autoayuda, o de las políticas de los laboratorios, o de las psicoterapias-mercancías -, no creo que haya mucho que hacer. Pero sí en el psicoanálisis aplicado, donde cualesquiera que sean las condiciones institucionales – hospitales, centros de salud, trabajadores sociales, etc.-, la inspiración psicoanalítica puede siempre colaborar con hacer surgir la dignidad de la existencia”.

Podemos considerar que las oportunidades de simbolización no se reducen a un contexto o dispositivo en especial, sino que pueden darse en contextos y situaciones diversos. Así es como toda técnica, toda maniobra, es secundaria al lazo social implicado en ella. Por esto, si el lazo transferencial está operando y teniendo efectos, qué técnica se utilice (siempre que se sepa lo que se está haciendo) es relativa y operante según la potencia que el lazo confiere al vínculo.

Señala también Alemán: “Una posibilidad de vivir del sujeto es cambiar su relación con el superyó, si es con el psicoanálisis, la filosofía, el arte o la amistad… no tengo nada que decir al respecto, porque he visto transformaciones en los sujetos que no se dan sólo con el psicoanálisis.”