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El envés de su mirada (cuento)


Publicada el 27/09/2018 por Marcelo Marmer





El envés de su mirada

Autor: Marcelo Emilio Marmer

El 15 de julio de 1977 pudo ser un día más de invierno para la familia Rosso. Día más corto que otros días de las otras estaciones del año en Buenos Aires cuando la noche se impone prepotente a los migrantes segundos indefensos de una tarde menos.

El testimonio de Bernardo Rosso y el que transcribo de su esposa Emilia, desprendidos de un tiempo que no transita, formaron parte de la querella en el juicio por el secuestro de su hijo Daniel:

“Fue cerca de las siete de la tarde, oscureció temprano, había poca gente en la calle. Oímos ruidos: el freno sorpresivo de un auto, el del óxido del pasador dela verja y pasos en el porche de casa que sonaban como trompadas; a través de la cortina vimos a dos personas. Bernardo, mi marido se acercó a la ventana ¿qué pasa?, repetía al tiempo que nos mirábamos asustados. Quedé perpleja, algo debió detener a los tipos, volvieron sobre sus propios pasos para tocar finalmente el timbre junto a la verja que lleva al porche, lo que hace cualquiera antes de deslizar el pasador para abrir. Cuando abrimos la puerta simularon amabilidad: “No sabíamos que les podía molestar que cruzáramos la verja sin llamar, por supuesto íbamos a golpearles la puerta para que nos abrieran. Buscamos a Daniel, tiene que responder unas preguntas, dijo uno de ellos ya sin aparentar cordialidad.” Bernardo contestó que no estaba en casa. Muy decididos, no paraban de caminar. Miraban. Espiaban los dormitorios, como si buscaran un escondite.

El que daba las órdenes tenía el pelo revuelto y el rostro duro como conteniéndose para no explotar, parecía una olla a presión; usaba pantalón gris y pullover verde del Ejército. El otro con barba medio crecida, le seguía los pasos, usaba vaqueros y campera de corderoy marrón claro, vi a alguien muy parecido cuando le entregaron el diploma a mi hijo en la Facultad.

-Buscamos a Daniel. Se impuso el de uniforme imperfecto.

-No está en casa. Insistió Bernardo.

 No parecía importarles, espiaban. Le hice un gesto a mi esposo para que se callara, pero para ese momento nuestra intimidad ya les pertenecía; daba lo mismo un gesto, hablar o no, sólo ellos decidirían qué harían y qué iban a escuchar.

-Lo esperamos- agregó el tipo cuando volvió al living. Había escuchado desde una habitación a pesar de que no estaba con nosotros en ese momento. ¡Eso es haber nacido para espía! ¡Su mirada era fulminante! Tuve que hacerles café. ¡Veneno! ¡Les pongo veneno, el que usa Daniel para las ratas! Se me ocurrió. Pero intuí que había más gente afuera. ¡Por dios, no teníamos escapatoria! Nos decían que no nos acerquemos a la ventana ni a la puerta. De golpe el de vaqueros se sacó la campera marrón, me impresionó el correaje de cuero negro que le cruzaba la espalda y el pecho, algo muy ostentoso que sostenía la funda de su revólver.

Esa tarde Daniel estaba trabajando, iría a cenar a lo de Martita, su novia. Obligaron a Bernardo a que lo llamara para que fuera a la seccional e interrogarlo, sería sólo un rato; lo hizo a otra línea y se dieron cuenta; empezaban a ponerse nerviosos. Uno prendió un cigarrillo de tabaco fuerte y al rato el otro hizo lo mismo, no paraban de fumar ¡Me mareaba el olor! La casa quedó impregnada. 

El de uniforme abrió la heladera, sacó queso, me pidió whisky, le dije que no tenía y se puso a tomar leche, espió el licor sobre un estante de la alacena y se sirvió en el mismo vaso a la vez que devoraba un resto de bizcochuelo de vainilla que ya estaba para tirar; de a ratos me espiaba de atrás; tuve miedo de que me tocara, se pasaba la lengua por los labios mientras acariciaba su revólver ¡Pensé que me moría!

El del pullover verde le dijo a Bernardo: “Si no viene él, esperamos a su hija.”

Mi marido le dijo que no lo permitiría. Aumentaban las amenazas y nuestro terror. Yo esperaba que mi hija se demorara. De nuevo simularon cordialidad, Bernardo acordó con el de uniforme que llamaría a Dani y él iría también a la comisaría. Les hizo prometer que donde iría Daniel iría él.

Bernardo llamó a lo de Marta.

Cuando llegó Dani a la comisaría, Bernardo estaba sentado ante un escritorio de espaldas a la puerta, se levantó para abrazar a su hijo pero lo agarraron entre varios. Tironearon y lo trajeron a casa a la fuerza. Le dijeron que se puso nervioso y por eso lo llevarían a su casa, que volviera al día siguiente.

Lo vi llegar en un Torino blanco acompañado por dos hombres. Todo lo que dije fue: ¿Dónde está Daniel? Lo sigo preguntando, nadie me responde.

No sabíamos qué hacer. El abogado de la fábrica donde trabajaba Bernardo nos aconsejó presentar un hábeas corpus a la mañana siguiente. Yo no paraba de llorar y de preguntarme desesperadamente ¿Porqué? A cada rato salía a la vereda esperando que un milagro nos trajera a Dani. Bernardo intentaba calmarme pero él también estaba desesperado. Hubiera sido mejor que nos ganara el sueño, pero no fue así.

Abrí las ventanas para dejar de oler a esos tipos que impregnaron todo. Creí ver restos de hollín en la chimenea. ¡Pero si no la usábamos hace años! Era algo que se me imponía. Limpié la cocina, todo me parecía sucio, tiré los vasos que habían usado y dejaron por todos lados. Bernardo tiró el botellón de licor casero de quinotos. Nunca volví a hacer licor y pasó mucho tiempo hasta que volví a hacer cosas dulces, tortas como acostumbraba. Reacomodé adornos y otras cosas de la casa que tenían la huella de su presencia, o más bien de su mirada.

A la mañana siguiente presentamos el hábeas corpus, pero fue inútil. La comisaría negó lo sucedido y el juez no investigó, lo que hubiera sido su deber.”

 

 

       ***

 

La causa estuvo detenida por las leyes de Obediencia debida y Punto final y se reabrió en el año 2003, luego de su derogación.

Los Rosso me invitaron a su casa, esperábamos que comenzara el segundo juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino. En el peor de todos. Había diecinueve imputados, casi todos personajes emblemáticos de la Armada que integraban el Grupo de tareas 3 3/2 de la ESMA. Nos sentíamos optimistas con una enorme voluntad para que al fin se hiciera justicia. Soñé el juicio de muchas formas. Una noche me desperté de la manera más absurda y alborotada: Yo era uno de los imputados ¿Respondía lo onírico a un juicio íntimo? ¿A un juicio sin fin? Juicio injusto a quien no pudo salvar a amigo, a un vecino.

El expediente por la desaparición forzada de Daniel Rosso se tramitó junto con otros que conforman la Mega causa ESMA. Se agruparon en cuatro partes separadas del expediente principal. Se los llamó testimonios “A”; nuclean las primeras actuaciones que se realizaron en la causa, con investigaciones que  empezaron en los años 80. Tomé las riendas del caso tres años más tarde. Comenzaba a escuchar denuncias de afectados por la Dictadura, era también el arranque de nuevas misiones del Derecho argentino y para todos los abogados que defendíamos estas causas. El Derecho Internacional y acuerdos sobre Derechos Humanos eran fundamentales para lo que se nos revelaba: crímenes cometidos desde el Estado, secuestro, robo de chicos, genocidio

                                                           …

Llegó el día de la visita a casa de los Rosso. Bajé de Panamericana en la calle Ugarte que va a Olivos. Me detuve. Recurrí a mi pequeña Morgan que llevo siempre en el bolsillo interno del saco. La cinta azul de seña caía sobre el 24 de agosto de 2003, confirmé el número de la calle Fray Justo Sarmiento donde vivían los Rosso, lo había olvidado. A veces se me escapan datos personales de mis representados, una manera involuntaria tal vez, de menguar emociones profundas porque no me pasa con detalles técnicos de los expedientes.

Retomé la marcha. A medida que me acercaba dejé que declinara mi investidura de abogado, iba a ver a mis representados fuera de un Tribunal o de la oficina. El ámbito privado se lleva mejor con una franca informalidad, me pregunté si Emilia soltaría eso que no se atrevió a contarme antes y que según decía: “Hasta mi abuelita lo callaba”.

Yo tenía cuarenta y dos años. Las primeras experiencias nos hacen sentir más jóvenes, esa visita que en algo me despistaba, se reiteró después con otras familias y se transformó en una agradable costumbre.

Me propuse que los mismos lugares que impresionaron mi memoria, tomaran otro curso y salieran del congelamiento al que parecían condenados en mi recuerdo bajo la tiniebla delos relatos de Emilia y Bernardo. Imaginando la verja, recordé entrevistas, presentaciones judiciales, en tiempos y lugares radicalmente distintos, decepciones y logros de lo que habíamos hecho en Tribunales. Luego de andar unas diez o doce cuadras doblé en la calle Fray Justo Sarmiento. Mi espejo retrovisor repite los frentes de las casas. Fachadas idénticas, ornamentadas con piedra Mar del Plata del barrio construido en la década del cincuenta para los empleados de una fábrica de golosinas. Los Rosso sentían gratitud, la compañía tomaba técnicos y operarios de origen italiano pese a que el capital y hasta los gerentes eran ingleses. Daniel en cambio se indignaba por ese tipo de distinción sobre el origen y la posición de las personas. Fue un tema de desencuentro en la familia.

 De pronto, el número y el poste para el timbre próximo a la verja. No miré el reloj, no tenía apuro. La percepción del tiempo es intransferible. Contrariamente a mi calma, Emilia no ve la hora de verme en su casa, para ella, un antídoto contra el recuerdo de la interminable tarde de su cautiverio, en su propia casa. Al igual que Daniel, ella y Bernardo, también estuvieron bajo secuestro, lo comprendieron más tarde, lo sucedido a su hijo velaba otros efectos del terror.

Estacioné el auto frente a la entrada de la casa. Pensé dejar el saco en el asiento trasero pero lo cargué por costumbre y porque es donde llevo cosas personales. Desde el porche asomaba una planta de rosa china con unas pocas pero brillantes flores amarillas, algunas ya caídas por su vida breve habían logrado hacerse su lugar entre los hilos verdes del césped y seguían iluminando.

Toqué el timbre contiguo a la verja lindera con la casa vecina, un pasillo descubierto con piso de piedra llevaba a un fondo ¿un jardín?, donde un quinotero desparramaba su color naranja. Emilia y yo nos dimos un abrazo. Nos sentamos en el sillón del living donde esperaba Bernardo. El aire acercaba un olor inconfundible a nueces horneadas.

Sobre la mesa ratona dos libros de la colección Pinacoteca de los genios y un  álbum de recuerdos y fotos en su mayoría de los veraneos familiares y otras también significativas: Daniel y su hermana Petra saliendo de la escuela; Dani entre otros cuando se recibió de físico (obsesionado, busqué al hombre de vaqueros y campera marrón), una marcha de las Madres (Dani en la pancarta);  y una composición: “Mi casita” escrita por él a los ocho años con el encabezamientoOlivos,1963”.

Emilia fue a la cocina. Caminé hacia la pared que envuelve el conducto de la chimenea, revestido en boiserie clara, de la que colgaban platos decorados,  una cucharita antigua y una bota de vino. En discordia, una marca oscurecía la madera, viraje del material cuando algo se apoya un tiempo prolongado. Una larga silueta vacía terminaba en un clavito apenas visible. ¿Es que hubo algo allí?, pensé sin más.

“Esta cucharita de té era del juego de plata de mi bisabuela, tengo pocas piezas, me gusta verla sobre la chimenea, nos dio de comer a varias generaciones”, dijo Emilia, que observaba mi curiosidad.

Al rato llegaron Martita y Marcelo, un amigo de Dani. Tomamos café con torta de manzana y budín caseros. Como los Rosso, Marcelo desciende de piamonteses. Refrescaron anécdotas y relatos familiares: Si el buque Horagan fue el primero que dejó los Alpes para llegar a América en 1855, si el vino Barolo es más sabroso que el Asti de uva moscato bianco, “la bagna cauda hecha por argentinos lleva más crema de leche porque reemplaza el aceite de nuez”, comentó Emilia con una sonrisa. Todos sonrieron un poquito en complicidad ante el comentario de la dueña de casa. -Siempre lo dice- me guiñó Marta.

Creyeron haberlo contado todo.

Cuando se fueron Marta y Marcelo, Bernardo se despidió de mí, era la hora de pasear al perro. Emilia me preguntó si estaba escribiendo sobre mis casos, según  le había dicho. Asentí; iba a adelantarle algo pero ella prosiguió con una confesión que había quedado trunca en una de nuestras reuniones en mi escritorio, al tiempo que se acongojaban sus ojos lo mismo que sus palabras. Enrica y Pedro sus bisabuelos tuvieron que soportar la pérdida del trabajo como otros campesinos del Piamonte en Italia. Pero eso no era todo, y menos fue la causa única de su migración. En 1855 los soldados de varios pueblos del Piamonte fueron enviados a combatir contra Rusia en la guerra de Crimea junto a Inglaterra y Francia. En relatos de sobrevivientes, Carlos Daniel, el mayor de los tres hijos, fue dado por muerto en la batalla de Cernaia cuando tenía poco más de veinte años. Nunca pudieron confirmarlo, tampoco si sus propios compañeros lo enterraron, para poder escribir su nombre en una lápida. No hallaron su cuerpo. Enrica y su esposo quisieron huir del horror. Emilia agregó que esta historia le vino de su propia madre poco después de lo que pasó en su casa ese invierno de 1977.

Cuando concluyó el relato, observé en ella un ligero alivio pese a su palabra triste. La palma de mi mano se alzó hasta mi frente como si tratara de lidiar con lo inevitable que traen las voces de lo trágico. Pensé para mí: lo fatal es pasajero del silencio. Pero no alcanza para que ocurra un crimen.

Cuando nos despedíamos, miré la pared de la chimenea. “Hace tiempo no agrego nada”, me dijo Emilia adivinando adónde enfocaba. Fue hasta el vajillero. Como si le pesara, traía algo envuelto en papel de seda, pesar que no ocultaba calma en su rostro a media sonrisa. Me dijo, al acercarse: Es lo que usábamos para pasar la  bagna cauda de una gran olla al fojòt que se lleva a la mesa.

El envoltorio no llegaba a la punta de la pieza de plata, adiviné una similitud con la cucharita colgada. Ella prosiguió: “A la semana de la detención de Daniel, vinieron con la excusa de llevarle ropa, entre ellos estaba el de vaqueros. Le pregunté ¿qué pasa con nuestro hijo? -lo sigo preguntando, nadie me responde.  Con sorna en los ojos, clavó su mirada en la pared de la chimenea y dijo: “lo que pasa cuando se alza un cucharón de sopa como ése, algo derrama, algo queda adentro del cucharón; lo que derrama cayó, no tuvo suerte.”

Emilia tomó mi mano izquierda con su tibia mano izquierda, me dijo de pronto: “Esteban quiero que tengas el cucharón, estoy segura de que vas a poder darle un nuevo lugar”. Ya nos despedíamos, pensé que en vez de responder a su pregunta le haría llegar un nuevo relato sobre uno de mis casos. Nos dimos un abrazo, no muy breve ni muy largo, envolvió el cucharón de bagna cauda como pudo en la seda del papel; así como estaba lo llevé bajo el saco que colgaba de mi puño derecho.