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Jugar, imaginar, improvisar: El analista frente a la figurabilidad y al juego


Publicada el 17/09/2018 por Mariana Groisman





Jugar, imaginar,  improvisar: El analista frente a la figurabilidad y al juego.

Mariana Lía Groisman

De acuerdo al tema que nos convoca este año sobre presencias de Eros en la clínica psicoanalítica, (acerca de lo cual ya se ha hablado bastante y muy profundamente por diversos colegas), lo que voy a conversar con ustedes tiene que ver con transmitirles algunas ideas sobre mi interés centrado en la actitud y la intervención del Analista. Hablar de Eros en la clínica, como ya fue dicho,  tiene que ver con  pulsión de vida, amor, sexualidad, creatividad, o sea, a mi entender con la capacidad del analista de tener suficientemente tramitadas estas cuestiones de manera tal que no operen como resistencias a la hora de estar disponible a la escucha del paciente adulto o niño en cada sesión.

En ese sentido siempre me pregunto, qué es lo que hace que al analista se le ocurra decir o hacer esto o aquello? Para mí es un punto importante relativo a una cierta disponibilidad  del analista que considero indispensable, una actitud que pueda ser lo más permeable posible para dejarse atravesar por lo que va sucediendo en el encuentro. Este modo gerundio del verbo indica que no contiene información del tiempo ni de la persona, indica que una acción está en desarrollo. Tampoco separa sujeto y objeto, da relevancia al pleno acontecer.

La presentación de hoy  Jugar, imaginar,  improvisar: El analista frente a la figurabilidad y al juego nos va a situar esta vez en el análisis de niños.

El psicoanálisis de niños nos transporta fundamentalmente a una dimensión particular,  la dimensión infantia, según la etimología del latín “infantia”, “in”, como negación, y “for” hablar, significando por lo tanto, “quien no sabe hablar, a la incapacidad de hablar, a lo que no tiene palabra.

En el psicoanálisis de adultos también nos encontramos con esta misma dimensión que por supuesto no es la de la niñez de la cual nos habla el paciente en su discurso, sino la de marcas mudas que han quedado inscriptas y que insisten en manifestarse en la repetición. Por eso, pienso que la investigación y el ejercicio del psicoanálisis de niños nos brinda una multiplicidad de herramientas para abordar el psiquismo en su heterogeneidad de aspectos sea cual sea la edad cronológica del paciente.

Voy a dedicarme ahora a decir algo acerca de cómo pienso esto de captar y entrar en la dimensión de la cual estamos hablando, se refiere al Pensar del analista. Cuando digo “pensar” no solamente me refiero a un pensamiento que tiene que ver con lo intelectual sino también con un sentir, donde interviene la interacción de los afectos con las ocurrencias, y digo ocurrencias para no darle demasiado peso a cualquier idea que se nos pase por la mente, pero sí a poder alojarlas en el espacio mental.

En relación a este tema han sido para mí muy esclarecedores los trabajos de Sara Hodara en los que señala la ruptura epistemológica que suscita Freud en Occidente porque introduce otra lógica que la aristotélica. La lógica aristotélica busca causas acerca del Ser, es un pensamiento donde rige el principio de identidad, de no contradicción, del tercero excluido. Como sabemos, Freud con su teoría del inconsciente también introduce otra lógica que es la de dar sentido a lo impensable pero sin aferrarse excesivamente a la lógica formal que rige el proceso secundario. Señala que el pensamiento psicoanalítico de esta manera se abre a algo diferente de las explicaciones causales, se nutre más del pensamiento kantiano que da importancia ya no al principio de identidad sino al de complejidad. Estos conceptos fueron y son fundamentales en mi quehacer clínico pues ponen el acento en lo que está aconteciendo en la sesión con toda su diversidad de manifestaciones y a mi gusto no desperdicia esfuerzos en la búsqueda de la verdad absoluta.  Este punto se relacionará con el tema de la figurabilidad que tomaré más adelante.

Es así que la Atención flotante y la transferencia cobran una perspectiva enriquecedora pues el/la analista se sumerge, (me gusta el término), en la atemporalidad, en el proceso primario y admite un borramiento de su propia identidad aceptando la máscara del personaje de la escena que está aconteciendo sin buscar las razones últimas.

 Hodara escribe:” …la realidad conciente…está condicionada en cada uno por la escena inconsciente, la de las vivencias, inscripta en las memorias, no recordada, que se presenta original en la transferencia.” Estas “memorias” de las que habla son las marcas no ligadas, inscriptas en el psiquismo que insisten en algo que asemeja una repetición. En realidad, las llama originales en tanto y en cuanto al insistir no han alcanzado aún la ligadura necesaria que les permitiría representabilidad,  ingresar en una historia, adquirir temporalidad, consiguientemente poder ser olvidadas. Así que cada vez que se presentan podríamos decir que son  nuevas, atemporales, originales para el psiquismo. 

Como se ha señalado en otras presentaciones realizadas en el colegio, el psicoanálisis tiene su mirada puesta en lo desconocido, lo disociado, enajenado, todo lo considerado marginal y por esa razón le otorga importancia a lo que aparentemente es nimio, irrelevante pues sabemos que esa es la manera que tiene lo reprimido de sortear la barrera de la censura. El ejercicio de la Atención flotante tiende a no atender a nada en especial, para poder captar en ese estado, (como en una especie de atracción magnética sorprendente), los indicios, sustituciones, condensaciones, desplazamientos, que surgen  cuando trabajamos dentro del campo de la psiconeurosis como en un jardín representacional, pero, sobre todo en otras situaciones cuando se quiebra esa Atención e irrumpe la vivencia. Pondremos un ejemplo ilustrativo del primer caso.

Olivia

Olivia es una niña de 7 años que concurre a la consulta por vómitos y fuertes dolores abdominales sin causa orgánica establecida por los médicos tratantes. Ya desde las primeras entrevistas Olivia me muestra su gran capacidad para dibujar, cantar y jugar. Pero, recién cuando el espacio de análisis se fue convirtiendo en seguro y confiable pudo desplegar ciertas fantasías. En unos de sus juegos su personaje dice:- “Sí, vino un ladrón y atacó a mi mamá y le clavó un cuchillo en el corazón y le salió un montón de sangre, la sangre le chorreaba. Fue lo único que le pasó a mi mamá!”

Otro de sus juegos favoritos era jugar a que ella era una zombie y llegaba para comer-me el cerebro. Yo tenía que horrorizarme y no tener escapatoria. Olivia mostraba un gran placer en estos juegos macabros y se reía muchísimo. A decir verdad, yo también me reía para mis adentros.

Me gustó mucho la idea de Richard Sennett que me sirvió para conceptualizar una modalidad que yo tenía sin haberlo pensado mucho para abordar la clínica, sobre lo que los músicos llaman escuchar con “el tercer oído”. Describe esa actitud cuando el investigador en una entrevista puede ponerse dentro y fuera de la situación al mismo tiempo. Toma el ejemplo de cuando observó al psicoanalista Erik Erikson trabajar con niños pequeños y dice:”Parecía gozar de jugar con ellos, mientras al mismo tiempo observaba con todo cuidado cada uno de sus movimientos.” Esta idea me resultó muy interesante para pensar en esa disposición del analista para entender  la transferencia que se despliega y hacer el autoanálisis en la sesión.

El juego de las hermanas también era su preferido donde ella representaba el papel de hermana mayor y yo la menor. Tenía que fastidiarla permanentemente porque ella sabía hacer muy bien las cosas que los papás le habían encargado en su ausencia. Mi misión era la de hacerle caso, sufrir, envidiarla, ponerme terriblemente celosa y de vez en cuando sabotear lo que hacía hasta que era descubierta por la hermana mayor que con indiferencia no se mostraba para nada afectada por mis “non santos” empeños. Todo se desenvolvía dentro del campo representacional y el hecho de hacerlo rodar en el juego compartido posibilitaba su tramitación.

Hasta aquí, mis intervenciones tenían que ver con ir acompañando el juego, dejándome llevar por cualquier tipo de fantasía que ella proponía. A veces aportaba alguna frase sobre el sufrimiento de los celos y la envidia entre hermanos o como hija hacia la madre por sacarme a mi adorado padre, en fin,  hablar sobre el sentimiento de exclusión, dolor narcisístico y frustraciones  en la  familia. Estos comentarios los hacía saliéndome del personaje, y era como pensando en voz alta como el coro griego.

Nos queda claro con el material de Olivia que el marco terapéutico adecuado estará más relacionado con las producciones del proceso secundario y eso va definiendo nuestras intervenciones.

Neurosis actuales

Sin embargo, la clínica con niños nos enseña que trabajamos mucho más en el ámbito de las neurosis actuales que en el de las psiconeurosis y esto se observa más palpablemente cuando en la sesión el juego se ve constantemente interrumpido, o directamente no aparece, surge llanto, cólera, apatía, aburrimiento, excitación motriz. Consideramos que se presentan vivencias que por falta de ligadura producen angustia en el niño, tienden a la descarga y no le permiten jugar tranquilo. De este tema Freud se ocupa en su artículo sobre las neurosis de angustia, neurosis actuales,  pero no lo desarrolla tan extensamente como hubiéramos deseado desde el punto de vista técnico como lo hizo con las psiconeurosis. Muchas veces la presencia de las neurosis actuales impactan también en el Analista cuando aparece como molestia, fastidio o aburrimiento,  ve alterada su capacidad para representar libremente durante el tiempo de la sesión y su Atención flotante no flota nada. Si logra percibir su propia alteración y recobra su función de analista, podrá hacer una lectura de los  indicios de lo traumático, lo no incluído en la historia, lo que se insiste, lo atemporal y  configurará la escena que se está presentando armando un relato a través de palabras que hablen de lo que está sucediendo o bien una escena lúdica o dramática que cumpla con similar propósito.

Sabemos que el hecho de hablar de lo no hablado, convierte las vivencias dolorosas en algo nombrable, compartible, participable, pensable y quizás simbolizable, sería un mecanismo de traducción que propicia el convertir la vivencia en experiencia.

Giorgio Agamben dice que la materia prima de la transmisión de la experiencia de generación en generación en la Era Moderna no eran los relatos fantásticos sino el relato de algo cotidiano. “Cada acontecimiento, en cuanto común e insignificante, se volvía así la partícula de impureza en torno a la cual la experiencia condensaba, como una perla su autoridad.”  Se parece mucho a la idea de Freud acerca del origen de las psiconeurosis. Y agregamos: porque la autoridad de la transmisión de la experiencia se encuentra en la palabra y en el relato enraizadas en un objeto libidinizante, investido significativamente para el niño (la madre y el padre en el mejor de los casos), que ha instalado la palabra en esa posición. El tema sería para nosotros: cómo va instalando la palabra en esa posición el psicoanalista, qué se entiende por constituírse como figura legitimadora de autoridad en ese sentido.

Convertir lo vivencial en experiencia es un trabajo psíquico propiciador de representaciones para el Yo del sujeto, que comienza a construirse con el paciente-niño desde los primeros encuentros y se extiende todo a lo largo del tratamiento. Tengamos en cuenta que el niño no viene a la consulta por sus propios deseos sino que lo traen, a veces lo obligan, o sea, que muchas veces desde el vamos no tenemos la transferencia positiva de nuestro lado. En esto, la función de la instalación de la situación analítica es crucial pues tiene que ver con los movimientos que va realizando el analista para trazar los límites particulares y significativos del encuentro. Laplanche llama a esta situación “la cubeta” por la singular característica del espacio que se va definiendo y que va propiciando la emergencia de la transferencia y de la fantasía. La instalación y el sostenimiento de la situación analítica definida por ese borde sutil es totalmente solidaria del encuadre ya señalado por Freud en La iniciación del tratamiento. Si desarrollamos un poco más la idea que Freud presenta de comparar el análisis con una partida de ajedrez en la que primero se enseñan las reglas y luego se comprenden las jugadas, como en dos tiempos, vemos que la particularidad del análisis es que la introducción de las reglas ya forma parte de las mismas jugadas en el mismo movimiento. Veamos qué pasa con este ejemplo que les traigo que constituye el segundo caso, donde predomina la vivencia.

 

 

 

Danilo, el “sátiro” del jardín:

Danilo, niño de 5 años con  excelente lenguaje y muy inteligente, sin embargo no juega y no dibuja, está en preescolar. Consultan sus padres porque dicen que el niño molesta, hostiga a los demás, se burla, dice malas palabras a los adultos y a los pares, se baja los pantalones en cualquier lado, cruza la calle imprevistamente, toca enchufes, y también le toca los genitales a sus maestras del jardín tomándolas por sorpresa, golpea a sus compañe­ritos, nadie quiere estar cerca de él ni invitarlo a su cumpleaños. Ni sus padres ni las docentes saben qué hacer con esta situación. En la primer sesión, Danilo intenta tirar el felpudo por la escalera, revolea objetos del consultorio e intenta  tocarme entre las piernas. Por cierto,me siento fuertemente impactada, (además de impedirlo esquivándolo)  y por supuesto, me pregunto cómo dar figurabilidad a la pulsión de dominio omnipotente desatada de manera tan siniestra. (Lo actual, esta vez en el analista es la vivencia de malestar, de estar alerta frente a una posible actitud intrusiva sexual del niño. Cuando el analista logra recuperar su capacidad de pensamiento, puede salir de ese estado mudo y conmocionante de la vivencia y construir la escena poniendo palabras a los afectos y ubicándolos en personajes de un juego o escena lúdica.acer todo esto hiperactividad, esencia de material no reprimido, que no ha sido ligado por el Yo y amerita

Me surge de pronto la imagen de un inmenso dragón lanzando una bocanada de fuego y entonces dramatizo asustarme de la presencia del dragón como viniendo desde otro cuarto, detrás de la puerta que miro y hago el movimiento como si alguien quisiera entrar. AHHHHHH!, digo como si fuera el dragón, abriendo grande la boca y haciendo como que saliera un aliento quemante, hago los dos personajes en una escena de terror.  Danilo es tomado instantáneamente por la imagen visual y auditiva de la escena y me pide repetirlo varias veces, se ríe y afloja un poco su tensión. Pareciera que el juego que propuse pudo contener dentro de su marco algo de los elementos que insistían en la pura repetición, la voracidad, el deseo de dominio sobre el otro, la excitación sexual. Comienzo a describir al dragón como a alguien insaciable, que nada lo deja contento, por eso quiere tragarse todo, cree que así domina el mundo, pero al final se queda solo, sin nadie que lo quiera. Luego, le propongo dibujarlo. Danilo responde con entusiasmo a esta propuesta, me hace muchas preguntas sobre el dragón, se interesa y eso me permite mejorar las intervenciones ya en el plano verbal.

Aprovechaba cada sesión para introducir pequeños relatos acerca del dragón que se creía muy poderoso, pero que se quedaba solo, e iba ubicando el momento adecuado para relacionarlo  con lo que le pasaba a él mismo. Las intervenciones intentaban despegar a Danilo de una identificación megalómana, identificación al Yo ideal parental, las fallas en el ejercicio de la función de pautación y regulación de las pulsiones.

En este material se ve claramente a mi criterio, cómo las dificultades en el establecimiento de la represión, favoreciendo la desmentida y constituyendo defensas  maníacas dejan al psiquismo librado a un ejercicio pulsional sin regulación, no pudiendo el niño medir las consecuencias de sus actos en los otros ni los riesgos que él mismo corre.

acer todo esto hiperactividad, esencia de material no reprimido, que no ha sido ligado por el Yo y amerita Por supuesto, siempre es indispensable el trabajo con los padres que haga posible una cierta sincronía del trabajo terapéutico individual con los modos de tramitación pulsional parental en entrevistas con los padres.

La figurabilidad

Me parece muy importante que el psicoanalista esté compenetrado con el trabajo de figurabilidad del psiquismo.  Freud  describe  la figurabilidad como un procedimiento específico del trabajo del sueño, lo figural, sobre todo la imagen visual con potencia  expresiva  y comunicacional para dar representabilidad y también otros canales sensoriales.

Autores como César y Sara Botella toman esta idea freudiana y la desarrollan señalando el valor económico y dinámico de la figurabilidad en el aparato psíquico y  la potencia sensorial de la imagen para proporcionar representaciones. Comparan la labor del analista como haciendo un trabajo onírico cuando se trata de niños muy perturbados. En el caso de Danilo, este tipo de intervenciones casi “oníricas” pareciera que fueron organizando un poco la economía libidinal y pudo empezar a escuchar las palabras de mis intervenciones.

Podríamos decir que el espacio analítico se conquista, al decir de Laplanche,  y ahí vienen nuestros instrumentos conceptuales, el uso de la palabra verbalizada, la elección de las palabras, el saber manejar los componentes paraverbales de la voz, el ritmo y la melodía del decir, de la gestualidad en general, de la capacidad del analista de jugar, de ser flexible y detallista al mismo tiempo, de internarse en la dramatización y sobre todo de poder estar simultánea­mente en varios registros (el de la realidad, el de la fantasía y los procesos inconscientes).

Pero hay otros sistemas semióticos que  acompañan a la palabra aportando corporeidad y figurabilidad otorgándole a la verbalización mayor consistencia dentro del dispositivo analítico.

André Green dice que no hay una metapsicología del encuadre, señala que éste tiene efectos estructurantes en el psiquismo y dice que el psicoanálisis “fija residencia en el habla corriente transformada por el encuadre”. Señala  el  valor del lenguaje  en nuestras intervenciones y también de otros modos de expresión pero agrega que lo extralingüístico es dominante en el analista.  A propósito de esta idea me acordé que en un ejercicio teatral que pedía el gran director ruso K. Stanislavsky a sus alumnos requería que dijeran “Hoy es lunes” con más de 20 entonaciones diferentes, señalaba la potencia de lo extralingüístico, lo paraverbal, la voz y sus modulaciones, marcando distintas significaciones con las mismas palabras.

Green cita a Freud en la edición de unas notas de las Minutas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena en que dice esto que es muy interesante: “Todo lo que sabemos sobre el pensamiento consciente es su expresión verbal. El problema es entonces averiguar si los procesos ocurren en ámbitos diferentes del de la elección de las palabras, o si el campo de batalla es anterior a esto o incluso  si la lucha se libra a lo largo de todo el camino. La modalidad de expresión lleva, en consecuencia, la marca de todas estas características de lucha.”

Y a propósito de las marcas de esos procesos dice Green: “El  problema es determinar cuál es la materia prima a transformar por medio de la palabra y del lenguaje, pero que debe afectar, justamente aquello que escapa al lenguaje”

Aquí decimos, apoyándonos en Freud y en Green que el encuadre sostenido por la posición permeable y sin prejuicios del analista es el que hace hablar en palabras, en lo extralingüístico  y en otros sistemas de expresión que el analista va captando.  Esto es necesariamente solidario del modo como se va posicionando el analista con sus movidas en el tablero de la sesión, en cómo maneja las palabras y otros procedimientos de significación inherentes a distintos sistemas de expresión que circulan a través de diversos canales sensoriales.

Ya desde los primeros encuentros con el niño donde nos vamos conociendo, tenemos “prendida” la Atención flotante que nos permite estar permeables a una multitud de elementos de todo tipo. También, nos interesa investigar en esos encuentros algunos puntos para pensar metapsicológicamente las distintas dimensiones que se presentan.

1)      La posición del niño en el campo intersubjetivo (características del vínculo con los otros)

2)      La dinámica intrapsíquica (instancias psíquicas en relación a las vicisitudes de la sexualidad infantil)

3)      Los mecanismos de defensa constituídos hasta el momento de la consulta (diques, represión primaria y secundaria, desmentida, desestima)

4)      Modalidades predominantes del juego (simbólico o de descarga pulsional.)

5)      Las diversas adquisiciones logradas ( lenguaje, gestualidad, dibujo, grafismo, lectura y escritura, etc.)

6)      Características del manejo del cuerpo y sus manifestaciones corporales en general.

 

Frente a las consultas donde  los padres relatan que no soportan más los caprichos de sus hijos, o la falta de límites, o que la escuela se queja del mal comportamiento, actitudes beligerantes o indeseadas, dificultades en el aprendizaje; trastornos en el dormir que hacen a un desorden nocturno familiar; trastornos en el control de esfínteres; trastornos en la alimentación, etc, por lo general, el niño o niña ve de otra manera la situación, alega que su hermana le roba los juguetes, que sus compañeritos lo provocan, que los padres o los maestros no lo entienden, etc. De entrada tratamos de armar con el pacientito ese espacio necesario para poder comenzar a trabajar, como una especie de contrato implícito, pero puede ser que el niño/a  no se muestre en absoluto  permeable  a esa meta.

Anibal

Es el caso de Aníbal de 6 años que es traído por sus padres a la consulta por falta de límites, falta de registro entre lo propio y lo ajeno, trastornos en el dormir solo, dificultades para separarse de su madre, para poder jugar solo, cuando juega con otro lo tiraniza tratando de imponer sus deseos. Es un niño inteligente, con excelente lenguaje y una gran capacidad de aprendizaje. El día en que es traído a la consulta por primera vez por su padre, me da una patada en la pantorrilla mientras subíamos en el ascensor los tres. El papá esbozó una especie de débil reto de esta manera: “- Pero Aníbal, eso no se hace!”

Es en ese preciso momento cuando la posición del analista frente a un tipo así de paciente- niño y un padre que reacciona de esa forma, tiene la oportunidad de configurar desde el inicio las reglas del encuadre y las líneas del tratamiento a seguir con una movida importante en el tablero de la sesión. Por supuesto que decir algo así como: “-Acá no se pega”, o algo por el estilo no serviría pues la analista aún no se ha constituído en una figura investida significativamente y además porque eso ya se lo han dicho mil veces padres y maestros sin que cambiara nada.

Silvia Bleichmar  en su libro sobre Clínica psicoanalítica y neogénesis señala que “la intervención del analista no se reduce a encontrar lo que ya estaba sino a producir elementos nuevos de recomposición y de articulación que den un producto diferente del preexistente.”

 Animada por este pensamiento y teniendo algunas ocurrencias que me había despertado el relato de los padres en las primeras entrevistas acerca de la falta de juego en el niño y sus dificultades en la construcción de un mundo fantasmático que le permitiera elaborar ciertas situaciones, dije e hice algo con la idea que tuviera un resultado diríamos performativo.

Como sabemos en lingüística algunas palabras están caracterizadas como diferentes a otras, (aquellas que evocan a una persona un objeto, un referente cualquiera), y poseen un efecto de acto en sí mismas al enunciarlas, por ej: Juro, prometo. También, hay enunciados performativos, John Austin  (filósofo del lenguaje) llama enunciado performativo al que no se limita a describir algo sino que por el mismo hecho de ser expresado realiza el hecho, y esa era mi intención, que lo que dijera e hiciera tuviera esa capacidad.  Mi intervención tenía el objetivo de armar un borde lúdico que posibilitara la articulación de la realidad y lo fantasmático en el mismo acto enunciativo.

Apenas salimos del ascensor le dije: - Ahora te voy a agarrar! (firmemente pero con tono y actitud de juego)

Aníbal primero se sorprendió y de inmediato aceptó el reto, corrió escaleras arriba un piso, yo lo seguí y volví a decirle lo mismo de la misma manera,  así subimos hasta arriba de todo y luego bajamos de la misma forma, el chico muy contento (yo agotada) y entró decidido al consultorio. Quedó claro entre nosotros dos que así de lúdica y de comprometida iba a ser nuestro tipo de relación además de muchas situaciones que se dieron después. ¿Cuáles fueron esas situaciones? La característica era que cuando el niño no diferenciaba lo propio y lo ajeno, cosa que entendí como una gran dificultad en el proceso primario de fusión para dar lugar luego a la separación del objeto, yo decía o hacía algo que tuviera algo de absurdo o también dramatizándolo en una escena lúdica, aprovechando el excelente nivel de lenguaje del niño y la aceptación del rasgo de humor que yo le imprimía a las intervenciones. Había que “agarrar” las fuerzas pulsionales que se expresaban en la sesión e incorporarlas en una trama representacional para propiciar su tramitación y simbolización.

  Para los que puedan llegar a pensar que jugar a algo cuando un niño no tiene ciertos límites podría ser tomado como una desautorización de la ley, en principio puedo decir que depende del momento oportuno para realizar tal o cual intervención, además de diferenciar si el problema de un niño que carece de límites es porque le cuesta diferenciarse del otro y entra en angustia frente a una separación por mínima que fuere, (como era en este caso) o es por un intento de gozar con su dominio sobre el cuerpo del otro como si fuera un objeto, (no era este el caso).

Instalar la situación analítica que sería en este caso a través de la situación lúdica, permite armar simultáneamente dos espacios que se intersectan y articulan: lo real y lo fantas­mático.

Silvia Bleichmar señala en su artículo “El carácter lúdico del análisis” que: “El juego en su carácter de producción simbólica, en sus relaciones con otros procesos de constitución de la simbolización, requiere que nos posicionemos en la intersección de dos ejes: el del placer, al cual remite “lo lúdico”, y el de la articulación creencia-realidad, que lo ubica en tanto fenómeno del campo virtual. Es en este sentido que constituye un sector importante del amplio campo de las formaciones de “intermediación ( ...).”entre el espacio de realidad y las creaciones fantasmáticas del sujeto.”

Sabemos que para los niños es muy importante no sólo el contenido de un relato sino cómo se lo contamos, cómo se lo narramos. Investigando sobre este tema de la narratividad encontré un texto del semiólogo italiano Paolo Fabbri que me aportó unas ideas muy interesantes. Una de ellas es que la narratividad tiene una función configuradora  más allá de las palabras y frases que va combinando en relación a la historia que cuenta, es decir que posee una articulación semántica global que configura un universo de significados totalmente autónomo (en relación al  referente) en el contexto dialógico y en una dimensión de la afectividad.  Toma como ejemplo La Odisea y dice que el sentido de este poema no depende del conjunto de palabras o frases que lo componen refiriéndose a un universo de significados exterior al poema sino de la articulación configurativa de acciones que existe dentro del mismo que al ser enunciados, relatados, modifican a quien lo escucha y al que lo produce. Señala que Benveniste decía que el sentido tiene cara de Medusa, es la idea de que en el lenguaje no solo hay representaciones conceptuales o de acciones y pasiones sino que “en el lenguaje interviene una instancia de enunciación muy variable inscrita en el texto…de cualquier sustancia expresiva- que además de representar algo, representa e inscribe en su interior la forma de su propia subjetividad e intersubjetividad”. Como dice Lotman “un texto contiene sus propios principios de comunicación”, y agrego que en el texto intervienen internamente en la misma enunciación los aspectos sintácticos, semánticos y pragmáticos. Sería un aporte más a la cuestión performativa señalada por Austin.

Estas ideas me parecieron altamente fecundas para incorporar a la clínica con niños ya que la dimensión de la afectividad presente en la manera de narrar destaca una lógica de las pasiones y una lógica de las acciones en lo que decimos durante el relato. Además, en la sesión sucede que hay una superposición de escenas que juegan en simultáneo:

a) lo que el paciente-niño y el analista relatan y dramatizan concientemente.

b) y los personajes que asumimos inconscientemente en la escena que se presenta y se manifiesta a pesar de.. o gracias a.. nosotros. La cuestión es captar esas máscaras de la escena y darle voz y palabra.

Otra idea más que me gustó, destaca la característica sincrética de las manifestaciones de la expresión,  y señala que debemos “estudiar los recorridos de sentido a través de las sustancias de la expresión. No se trata, pues, de separar los distintos significantes (visuales, auditivos, etc), sino  de tomar en consideración su carácter sincrético y mostrar las transferencias y pasos discursivos entre las distintas manifestaciones sensibles.”

(Esto se relaciona con lo que dice Green sobre la materia prima a transformar)

Incorporando estos conceptos a la clínica que atraviesan las intervenciones del analista a la hora de improvisar creativamente tratando de generar una intervención simbolizante que ayude a dar figurabilidad a lo traumático que insiste, traigo el caso de:

 Daniel de 4 años y medio, hijo menor de dos hermanos (una hermanita mayor que él tres años). Es traído a la consulta por pegar, morder, arañar y empujar a sus compañeros en el jardín con el riesgo que se caigan por la escalera; tampoco tiene noción del propio riesgo pues se arroja desde lo alto de una trepadora como si fuera irrompible por nombrar algunas de sus “fechorías” que aterrorizan a sus padres y maestras.  Sus padres permanentemente le dicen: que se porta mal, que eso que hace no les gusta, etc, sin conseguir ningún cambio. Sin profundizar en toda su problemática, me detendré en sólo un aspecto muy importante que descubro y fue la característica de crueldad de la pulsión de dominio, que se estaba fijando como componente del vínculo con el otro y que se manifestaba con el tipo de reacción violenta con objetos punzantes, o dirigido a las zonas corporales más sensibles del otro (ojos, cabeza, espalda).  Este niño si bien jugaba no armaba ninguna historia, era sólo un alinear o subir y bajar autitos en un garage, todo muy literal, nada de ficción.

Cuando en una primera sesión tomo alguno de los autitos y hablo desde el juguete, me mira despreciativo y me dice: -Eso es una tontería! (en forma descalificatoria)

Tengo la sensación que me desarticula mi intento de armar una escena lúdica, trato de que se me ocurra algo con efecto performativo y digo con absoluta convicción:

   -Para nada! Son mis autos y no quieren entrar al garaje!

 Ese movimiento lo sorprendió, incomodó al principio pero logró armar un cierto   borde de ficción que yo necesitaba constituir para encuadrar e instituir, si se quiere, el espacio analítico.

En mí estaban resonando las palabras del genial artista Pablo Picasso que dijo: “Sabemos ahora que el arte no es la verdad. El arte es una mentira que nos permite aproximarnos a la verdad, al menos a la verdad comprensible para nosotros. (…) El artista debe descubrir la manera de convencer al público de la entera veracidad de sus mentiras”

A través de varias sesiones en que ese juego comienza a desplegarse es que comienza a elegir la plastilina para ser primero agujereada con fruición con una birome y en otras sesiones aplastada por una pequeña aplanadora que eligió para colocar en su caja. El juego consistía en que él (la aplanadora) aplastaba la masa, la rompía toda y yo ponía voz a la masa sufriendo, gimiendo, con ruidos y de vez en cuando preguntándole qué cosa tenía que decir. Poco o nada era lo que se le ocurría así que yo ponía de mi propia capacidad de decir palabras que hablaran de reventar, aplastar, destrozar, destruir, y más adelante introduje la posibilidad de decir los motivos por los que la masa merecía ser aniquilada, a saber: porque molestaba, era caprichosa, etc. Pronto a Daniel se le ocurrió el motivo fundamental por el cual debía ser aniquilada y fue el de robar las cosas del otro. Yo enseguida lo asocié con la hermana robándole el cariño y atención de los padres pero no lo dije para que pudiera desarrollarse y enriquecerse el juego y la historia.

Entre nosotros había un intercambio de miradas y gestos muy explícitos que generaron un espacio de complicidad frente a los gritos y pedidos de ayuda de la masa, en donde la masa era la excluída y yo le permitía poner en palabras y en acciones todas las venganzas a las que debía quedar sometida.

Lo disrruptivo

Pienso que siempre es más productivo, si me permiten plantearlo en términos de eficacia clínica, potenciar nuestra Atención flotante para ser permeables a captar el material de la sesión no sólo en sus aspectos simbolizados, representados,  sino en lo que surge como disrruptivo, tanto en el paciente como en el analista pues es allí  donde vamos a encontrar la marca de lo vivencial. El trabajo analítico tiene que ver aquí más con un trabajo de construcción o de simbolizaciones de transición  y me parece que la apelación a procedimientos poéticos es altamente potente  Poiesis (del griego) significa hacer, crear, producir.

Platón define en El Banquete el término Poiesis como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. Lo vivencial se manifiesta en forma disrruptiva, es lo no nacido, no es, está inscripto en el psiquismo pero no ha encontrado un lugar, nuestra tarea sería encontrar el camino de transfor­mación hacia una sustancia expresiva que posibilite su existencia cuando la palabra no es suficiente.

Silvia Bleichmar en su trabajo “El psicoanálisis de niños como lugar de producción simbólica” se refiere a esta dificultad del lenguaje para capturar la vivencia puesto que ésta se presenta al límite de lo decible y agrega que es trabajo del análisis el ir creando las posibilidades simbólicas de aquello que se encuentra en los bordes de la palabra.

A mi parecer, introduce un punto que me parece fundamental en el trabajo con niños como concepto, como lógica de pensamiento, como manera de comprender mejor la realidad vivencial y es el tema de tomar en consideración para el abordaje técnico al Arte  por la  capacidad para transformar lo no asible en palabras en otras formas con potencia comunicacional. Se trata de una otra dimensión a la que nos transportamos y construimos en el encuadre de la sesión con el paciente-niño que coexiste con la realidad real de la vida cotidiana. Por supuesto, que manejarnos en esta paradoja en la que la realidad y lo fantasmático se entrecruzan y superponen es de inspiración winnicottiana  pues conlleva la fuerza creativa de su pensamiento. El espacio paradojal de los fenómenos transicionales permite que allí donde Ello era Yo pueda devenir.

                                                

G. Agamben: Infancia e historia. Adriana Hidalgo editora, 2001.

S. Bleichmar: El carácter lúdico del análisis. Actualidad Psicológica No: 1999.

S. Bleichmar: La Psicoterapia analítica como lugar de producción simbólica, en conferencia de la Jornada “Cambio psíquico”, Montevideo, 2004.

   C. y S. Botella: La figurabilidad psíquica, Ed. Amorrortu, 2003.

P. Fabbri: El giro semiótico. Ed. Gedisa, 1999.

S. Freud: Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912), Vol                            12, O.C, Ed. Amorrortu

                  Sobre la iniciación del tratamiento (1913), Vol. 12, O.C, Ed. Amorrortu,   1986.

        Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome   en calidad de “neurosis de angustia”( 1895), Obras Completas, Vol.3, Ed. Amorrortu., 1986.

A. Green: El lenguaje en el psicoanálisis, Introducción, Ed. Amorrortu, año 1984.

R. Sennett: El Respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad., Ed. Anagrama, 2003