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El discurso narrativo en la clínica


Publicada el 28/05/2018 por Alberto Marani





El discurso narrativo en la clínica

Alberto Marani

Colegio de psicoanalistas, 12 de abril de 2018.

 

 [...] "la cualidad central de la narración en la vida es ese fluir, ese movimiento como de fuga hacia otra intriga."

Ricardo Piglia febrero de 2007.

 

En la Asamblea de fin de año para la elección del tema del actual hablé de algunas cosas que me pidieron que retomara en una charla con Uds. Mariana, Carlos y Oscar me ayudaron a reconstruir cuatro o cinco de los tópicos mencioné como importantes para evaluar las potencias vitales de los pacientes.

Se trata del humor, la curiosidad, la emoción y su expresividad, la permeabilidad entre los sistemas, y la naturaleza de los relatos que  se pone en juego en el paciente.

Me quiero referir hoy a las narrativas de los pacientes que los expresan y del valor que tienen en la clínica de todos los días. 

Voy a decir primero lo obvio: no hay fuera del relato. Como dice R. Barthes el relato es una práctica universal que está presente todas las culturas y en toda la extensión de la historia humana; se da en distintas formas, en "el mito, la leyenda, la fábula, el cuento, la novela, la epopeya, la historia, la tragedia, el drama, la comedia, la pantomima, el cuadro pintado (piénsese en la Santa Úrsula de Carpaccio), el vitral, el cine, las tiras cómicas, las noticias policiales, la conversación."[Barthes, 1966].  Es decir que el relato no se limita a la  literatura, que es una a una forma discursiva[1].

Estamos condenados a narrar, como analistas, como pacientes y simplemente como seres humanos.

Los acontecimientos que van modelando la vida se organizan en narraciones.

El mío, hoy, comienza así: desde muy chico experimenté una atracción irresistible por la literatura. Mi padre me transmitió el interés (algo que a su vez me lo hizo a él mismo más soportable; creo que la literatura entre otras funciones tiene esa: sobrellevar mejor la vida, posibilitar una comprensión sensible de la realidad e inclusive a vivir varias vidas).

El relato tiene la función de significarnos, dar sentido y posibilitar catarsis (Aristóteles), función nada desdeñable. El relato no sólo tiene una función comunicativa sino también, podemos decir, metabólica. ¿Qué quiero decir con esto último? Que permite incorporar los acontecimientos externo-internos, fragmentarlos en elementos más discretos y organizarlos. Como ocurre con la elaboración secundaria del sueño que constituye para mí una matriz explicativa posiblemente insuperable.

Creo que así como existe la muy específica “la novela familiar del neurótico”, el mismo Freud en el Manuscrito M hablaba de las poetizaciones y las “novelas” que el neurótico construye; “novelas” autobiográficas salvajes o autobiografías noveladas a los ponchazos.

Les quiero contar de qué contingencias surgió mi vocación y cómo me fue constituyendo significativamente este interés por la narrativa en la clínica, qué fuerzas se aliaron en el origen, cuál es su genealogía. Es una manera de ser coherente con lo que sostengo.

     

Al terminar la secundaria tenía dos fuertes vocaciones, la medicina y la literatura.

Un originario interés por la química se continuó con el de la medicina y esta surgió por mi admiración por la práctica de mi tío Eugenio, médico de pueblo y caudillo político.

En quinto año de secundaria llegué a proponerme, con omnipotencia adolescente, seguir ambas carreras. La formación académica en letras quedó desplazada porque la exigencia en la facultad era full life. Pero, al cabo, la manera que encontré que me permitiera desarrollar estas diferentes vocaciones encontró en la Psiquiatría y el Psicoanálisis la fórmula de la síntesis.

En 1975, cuando estaba terminando mi carrera, compré un librito en el andén del subte “A” que me llevaba a mi trabajo en Plaza de Mayo. La revista  Siete días había organizado un concurso de cuentos y publicó los ganadores. Ahora verán por qué lo compré (pero seguramente participó mi curiosidad que es casi patológica). El primer premio se lo dieron a un cuento que se llamaba La loca y el relato del crimen.

La loca y el relato. Ya sólo el título aunaba mis dos intereses, la locura y el relato, vinculados en este caso, nada menos que por el crimen. Recuerdo que como suele ocurrir cuando nos disponemos a leer ficción o a viajar, tenemos una imagen subjetiva a priori de nuestro objeto: la fábula o el lugar a donde vamos. Seguramente me hice una fugaz idea acerca de cómo se las arreglaría un escritor para construir el relato  de mujer loca, es decir con sus recursos narrativos alterados, para contar un acontecimiento que la tuvo como testigo. Un desafío para el autor, que tendría que templar muy bien sus capacidades para ofrecer un relato desquiciado y hacerlo interesante para el lector. Entiendan que para mí fue muy tentador.El cuento era de un escritor en ese entonces para mí desconocido. Ricardo Piglia.

      (No quise releerlo en estos días. Me resulta suficiente disponer de ese recuerdo para contárselos. Esta noche lo voy a releer.)

Todo bien hasta aquí, ya saben que me interesaba la literatura, ¿pero de dónde me venía el interés por la locura?

Ya dije que el relato no sólo sirve para organizar y transmitir información sino también para hacer soportable la realidad que nos toca vivir. A eso vamos, porque ahora tengo que incluir un tercer ingrediente de mi vocación. Un enigma sexual.

     

Cuando tenía siete u ocho años, una prima unos diez años mayor me sedujo, como se decía antes, ahora diría que abusó de mí.

Pasaba unos días de visita durante un verano en la casa de unos tíos y el episodio ocurrió, como debe ser, durante la siesta. Me mandaron a dormir con mi prima, en la misma cama. Súbitamente me encontré con algo incomprensible. No podía armar el rompecabezas que se produjo en mí al despertar por la sensación de que mi mano estaba siendo cautelosamente guiada por la mano de mi prima hacia una zona que nunca hubiera imaginado que pudiera tener pelitos. Gran desconcierto y algunas consecuencias desagradables me dejó como resabio esa experiencia un poco traumática.

Foto del autor, con unos años menos, junto a su mamá y su prima.

 

(Años después leí un cuento de Fray Mocho que se llamaba algo así como “Entre mi tía y yo”, en que el activo era el sobrino que acarició uno de los hermosos pechos que se salían de la camisa de su tía, que se había quedado dormida en un sillón a la hora de la siesta. Entonces, podría decir “Entre mi prima y yo”.)

No creo que nadie se extrañe porque aquí mismo debe haber varios a los que les pasaron cosas parecidas. Una de cada cinco niñas y uno de cada trece niños son abusados en la Argentina (veinte y trece por ciento, respectivamente). ¿Quieren que saquemos la cuenta para que veamos cuántos somos aquí? Pero la historia tuvo una continuación, un segundo acto.

Unos años después de aquel hecho fui a vivir a Córdoba. Allí me enteré de algo que llamó poderosamente mi atención. Mi prima –esa prima- empezó a tener unas crisis que nunca presencié, pero que consistían en dolores abdominales, náuseas y opistótonos.  Esas crisis culminaban con extensos baños de inmersión que decía -me dijeron- que era lo único que la aliviaba.

Esta historia no transcurrió en el siglo XIX sino en el XX y mis tíos no eran una luz. Mis viejos me contaron que no aceptaba ningún alimento, que sólo podía tomar glucosa diluida en agua en pequeñas cantidades por vez, que por esta razón consultaron a varios médicos, y finalmente la derivaron al primero de una serie de psiquiatras.

Qué interesante fue para mí el saber de la existencia de una especialidad médica que se ocupaba de los síntomas extraños de mi prima, que era para mí la encarnación de lo enigmático en su estado puro y a esa altura por varias razones. Una especialidad completamente distinta a todas las otras que yo conocía y a la que pensaba dedicarme como mi tío Eugenio, la clínica médica.

Finalmente, como continuaba sin mejorar pese a los distintos tratamientos psicofarmacológicos alguien sugirió que la llevaran a ver a un psicoanalista. Para mí en ese entonces el lexema “psi”, común a ambas especialidades, tan breve como  inquietante, significaba algo así como “relativo a chifladuras”.

Me contaron que el psicoanalista le dijo a mi prima que se acostara en el diván. Y ocurrió algo interesante que, como siempre, fue un detalle. Parece que mi prima al recostarse se sacó los zapatos. El psicoanalista le disparó inmediatamente una interpretación quizás acertada pero indudablemente inoportuna.  Le dijo que al hacer eso lo quería seducir. Naturalmente esa fue también la última entrevista. La familia, y ella misma posiblemente, se indignaron y no volvieron. Cuando me enteré de esto me dije para mí que ese tipo la tenía clara. Se produjo en mí una iluminación, una verdadera epifanía. Yo sabía que ella llevaba en sí el demonio de la excitación sexual desbordante y el psicoanalista lo descubrió (claro que también se lo dijo salvajemente o eran cosas de la práctica en aquella época).

¡Qué fantástico que con muy poca información un profesional que tenía que ver con lo psi podía descubrir lo que era incomprensible para todos los demás! Para mí fue un flash. Yo quería ser eso. Tendría doce años.

     

     

Así fue como descubrí el Psicoanálisis. Pero había un antecedente que vinculé posteriormente. Se trata de una frase quedó como una gran incógnita en su momento. Recuerdo que estaba en la vereda jugando con mis amigos del barrio, en Barracas, o sea antes de irme a vivir a Córdoba, tendría ocho o nueve años. En esas cuadras había varios médicos, y no se cómo nos pusimos a charlar con un visitador médico. Vivía cerca del Moyano, de donde de vez en cuando se escapaba alguna loca y se metía en la fuente de la plaza Colombia, donde prácticamente vivíamos con mis amigos. Ese visitador nos dijo que si bien él hacía propaganda de medicamentos, también había una manera distinta de curar, sin remedios, “con las palabras”. Nuestra sorpresa e incredulidad fue enorme y nos dijo: “pregúntenles a sus padres”. No recuerdo si lo pregunté. Me parece que sólo lo conté. En todo caso no me dijeron algo recordable.

     

Todo esto lo escribí el sábado 24 de marzo, después de volver de la marcha. Hace un par de jueves Carlos G. aludió a esta presentación y a su tema. Yo le dije que no tenía idea de qué iba a hablar. Uds. pueden ver que en ese momento era cierto. En ese momento sólo sabía que quería hablar de cómo Eros nos mueve a armar relatos. Ya les conté uno propio.

Como contraprueba podría decir que los suicidas en el mejor de los casos dejan una breve notita diciendo que se terminó todo, ponen el punto final a ese micro relato y se llevan con ellos lo más importante.

Por ejemplo, Cesare Pavese, que dijo en algún momento: “el suicida es un asesino tímido”. En el diario que llevó durante quince años (El oficio de vivir) escribió el 17 de agosto de 1950: “No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré”, y el18 de agosto dice telegráficamente: “Todo esto da asco. No palabras. No el escribiré más”. Fue su última entrada: el 25 de agosto se quitó la vida en un hotel de Turín, supongo que con barbitúricos. (A su lado estaba Diálogos con Leucó, y en la primera página escribió su última frase: “Los perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No se hagan demasiado problema”.)

Quería saber si hay algún relato póstumo más extenso de algún suicida.

     

Ahora pensemos en los pacientes.

Dice Alain Costes: “[…] todo intercambio humano requiere inevitablemente, constantemente en sordina, cierto: “¿qué me está diciendo realmente?”; 

“¿Por qué me lo está contando a mí?” Y, pregunta fundadora de la Retórica: “¿por qué con esas palabras?” (Lacan: le fourvoiement lingüistique, PUF, 2003)

Y yo añadiría: ¿por qué me lo dice ahora?

Desde la primera consulta estoy atento. -como Uds.- respecto del relato que hacen de los motivos que los traen. Sobre ese tópico pregunto bastante –no necesariamente en la primera entrevista- porque me parece extremadamente importante (los motivos de consulta son un tema sobre el que podríamos trabajar alguna vez), en el sentido de qué fuerzas juegan dentro del paciente, en su aparato psíquico, como para traerlo y también por qué en ese momento. Esos motivos son una extraordinaria fuerza productora de relatos.

     

¿A qué le prestamos atención de ese relato que el paciente hace?        

Ya presenté por lo menos un par de trabajos acerca de esto en el Colegio. Ahora voy a decir algunas cosas más.    

Me interesa cómo cuenta el paciente, y esto abarca muchas cosas. El color del relato, su temperatura, sus nudos y catálisis.       

¿Por dónde se entra al relato de un paciente? ¿Es permeable –y cuánto- a nuestra eventual intervención? ¿Cuán receptivo o refractario es respecto de nuestra incidencia?   

¿Cuán interesante es el relato?

¿Por qué un relato es aburrido o interesante? ¿Por qué a mí me aburre o me interesa?

¿Cuánto se acerca o se aleja al corazón del sujeto?

Dentro de las de las potencialidades del paciente tomo en consideración la capacidad de narrar lo que le pasa, empezando por su queja. Esta capacidad es variable y ofrece muchos indicadores respecto de sus recursos. No me refiero sólo a la descripción de sus síntomas o inhibiciones, sino a la secuencia narrativa de lo que lo perturba.

Ese primer relato tiene distintos niveles de oscuridad, de misterio, de vacíos. Allí suelen estar presentes variables niveles de racionalización, por supuesto. Pero lo que más me importa es la teoría etiológica que tiene el paciente de su propio padecimiento y cómo la expresa.

Considero el discurso del paciente como un texto; y ese texto como una superficie (al menos así me lo represento). Hay una intención del paciente (esto ya abre, naturalmente, una serie de posibilidades vinculadas con la pre-transferencia, como la llama Meltzer). Digo una superficie y no sólo una secuencia lineal (que lo es). Pero imaginemos ese texto transcripto. Las líneas de texto como las páginas de un libro. Entre ellas podríamos establecer otras líneas que unen los  puntos de contacto entre palabras o frases (componentes de la oración).

(Creo que, además de lo que alguien denominó mi “bibliopatía”, incide en esto el hecho de haber supervisado durante muchos años con Dora Romanos. La forma en que lo hacía era desgrabando sesiones. Es que Dora como otros supervisores venían de formarse con David Liberman, que prescribía esa forma de recolección del material. Liberman le daba enorme importancia a la textualidad y también a lo que ahora llamamos lo suprasegmental, que involucra el tono de la voz y sus diferentes inflexiones, la prosodia, la música del lenguaje. Allí se puede comprobar literalmente lo que les digo. De hecho esa  influencia indirecta también me constituyó. Fue un pionero en relacionar el psicoanálisis con la semiótica y analizar los “estilos” y formas de comunicación en el “”contexto situacional” del lingüista Lyons y de E. Pichon Rivière.

Mediante las líneas entre esos puntos de contacto en la superficie podemos vincular reiteraciones, expresiones afectivas, sinónimos. Encontramos de ese modo líneas de sentido, nudos que son producto de yuxtaposiciones sémicas.

Creo que todos hacemos lo mismo, pero lo que quiero contarles es que “veo” el discurso narrativo como una superficie sobre la que de establecen esas líneas que conectan esos puntos, esas reiteraciones, o  sinónimos, sus metáforas o metonimias. Esos puntos se llaman isotopías. Las isotopías semánticas son concordancias de sentido, reiteraciones sucesivas del mismo sema (unidades mínimas de significado básico) que configuran redes de coherencia significativa en un texto y que se expresan en el nivel léxico (palabras) y en el sintáctico.

Freud también hablaba de “puntos nodales” (por ejemplo  botánica, en el sueño de la Monografía), “donde convergen numerosas ilaciones de pensamiento”.

Recuerden la metáfora textil de Freud, cuando cita a Goethe en La interpretación de los sueños, cuando cita a Mefistófeles que explica la “fábrica de pensamientos”[2],  y dice que texto y tejido son isotópicos respecto de la significación etimológica de analizar (por ejemplo, Homero podría haber dicho que Penélope por la noche analizaba su tejido).

Sobre ese texto con nuestras intervenciones podemos hacer variar la dirección o el eje del relato.

Para mí es como si pudiera interactuar con el autor de su novela mientras la compone y estoy atento a las expresiones afectivas que acompañan y puntúan el relato[3].

 

[En la presentación original expuse en una página de extensión un material clínico que debo excluir por respeto al secreto profesional.]

 

Esta observación sobre los relatos en construcción y de las fuerzas que los originan, sobre sus trabajos (como el trabajo del sueño), su desarrollo y sus consecuencias, son también oportunidades para participar de un modo que la tarea analítica sea transformadora. 

(Quiero aclarar que si comparáramos estilos de intervención, creo que en promedio intervengo probablemente más que otros analistas.)

Dentro del campo emocional transferencial apunto a la expansión del relato en tres dimensiones. Dos en el presente y otra hacia el pasado. Por un lado en desleír esos grumos de sentido; por otro, en el desarrollo, a partir de ellos, de otros relatos derivados y por último en los relatos retrospectivos que dan contexto al presente.

Por otro lado le doy un especial tratamiento al estilo narrativo (del que se han ocupado otros autores; ya hablé de Liberman, pero también quiero mencionar hay –dentro de lo que conozco– el libro de David Schapiro, que se llama Los estilos neuróticos).

Ulises suele llegar como una tromba y empieza a hablar antes de un me siente. Da la impresión de que las primeras palabras las pronuncia en el momento en que pongo la mano en el picaporte para abrirle. Comienza a relatar precipitadamente las distintas vicisitudes que tuvo que atravesar desde la última vez que lo vi, pero suele comenzar con lo que le costó llegar (su trabajo está a veinte cuadras del consultorio y el camino es bastante directo); los problemas para llegar justo en hora, me reprocha si no le abro cuando llega antes, el tiempo que si pierde no recupera porque el de la entrevista es sumamente rígido, etc. Dejemos de lado las obviedades transferenciales (que son tan masivas que debo ir desglosando y tomando una por una las dificultades para instalarse en un tratamiento y en el vínculo terapéutico). Este es un paciente que hizo muchos comienzos de tratamiento. Entre ellos hizo un intento conmigo hace ocho años. Vuelve porque se hizo el firme propósito esta vez de “no dejar hasta que esté curado”, porque en aquél momento “me sentí mucho mejor y  pensé que así iba a seguir”.

Tengo para mí una interpretación que toma como referencia su particular estilo enfático, me hace pensar en Odiseo luchando contra las adversidades que se abaten inclementemente sobre él y la tripulación, me hace pensar en Tifón, de Joseph Conrad, en Lord Jim... no se por qué en todos los casos contextos  marítimos  (será porque me gustan también ese tipo de novelas y películas).

Cuento esto para mostrarles para dónde se me va la cabeza; también en estas asociaciones intervienen la literatura, el cine o el teatro; aparecen personajes, climas, conflictos, frases, escenas. De ahí extraigo el material para desentrañar lo que percibo y que después “traduzco” para comunicarlo al paciente. De esa asociación extraigo lo que me parece que puedo utilizar productivamente en el campo transferencial.

En ese caso me limité a decirle que lo veía como alguien superado por las dificultades que interfieren con lo que se propone y tal como se lo propone (porque, se lo digo a Uds., como dice Sartre, los obstáculos lo son en función del proyecto).  Variaciones sobre estas cuestiones del estilo las voy utilizando cuando me parecen pertinentes en función del clima y de la superficie del material, en el sentido que les decía.

Creo que lo que se pone en juego en un análisis -o en una psicoterapia, psicoanalítica, especialmente- es la potencialidad de auto-transformación. Ahora bien, si es necesario una cierta potencia inicial, también es cierto que esas capacidades se desarrollan durante el análisis. Para estimular ese recurso es necesario que las interpretaciones no sean concluyentes, que no saturen, que abran. La imagen que tengo es la de una puerta o una ventana. Es como en el juego con un niño o del niño. Uno no le gana, le presenta, en todo caso, dificultades adecuadas para que haga su experiencia, que aprenda a ganar aprendiendo y que encuentre un modo lúdico y creativo narrarse.

La narración del paciente promueve nuevas transformaciones. El resultado tiende a ser una relación menos certera de sus propias historias. Ahora podrá -con suerte- descubrir su propio interés en la deformación de ellas. 

Ese juego permite el resarcimiento de la pérdida que experimenta el que descubre algo que lo deja mal parado; es decir, el hecho de construir una narración que lo incluye como protagonista. Algo es algo.

En realidad, al escribir estas notas autobiográficas me di cuenta que quizás una actividad que defina mi práctica es la de ubicarme en la en la posición de lector del texto que el paciente me ofrece[4]. U. Eco dice que el texto es una máquina perezosa que requiere de la participación activa del lector para completar su trabajo. Mis intervenciones son casi siempre interrogativas.  Descompletan el relato y obligan al paciente a reponer[5].

La clave es que todo debe transcurrir en un clima emocional significativo.  Nunca neutro. Por supuesto que esto plantea un problema para trabajar con aquellos pacientes que enfrían y ponen distancia. Bien, esto entra dentro de los problemas del trabajo con lo que llamo el estilo.

¿Me ubico como lector, o será más bien que mi función a de una especie de co-autor? 

Llegamos al final y me gustaría terminar con una observación de Winnicott. Cuando habla de este tiempo en que a falta de mayor cientificidad en el estudio de la adaptación ambiental […] “los analistas siguen siendo artistas en su labor. Un analista puede ser un buen artista, pero como he preguntado a menudo: ¿qué paciente desea ser el poema o el cuadro de otra persona?[6]

Esa advertencia la tengo siempre presente.



[1] Narrar deriva del latín narrare (contar) que se asocia con una raíz indoeuropea, gno, que  encontramos en: conocer, ignorancia, noble, norma, nota, noticia y notario. Relatar significa volver (re) a lleva

[2] “[…] “un golpe del pie mil hilos mueve,

mientras vienen y van las lanzaderas

y mil hilos invisibles

y a un solo golpe se entrelazan miles.”.

(Fausto, I, e 4)

 

[3] “A jest’s prosperity lies in the ear

Of him that hears it, never in the tongue

Of him that makes it…”

Trabajos de amor perdido V, 2) (“El éxito de un chiste depende más del que lo escucha que del que lo hace”.)

 

[4] La interpretación, dice Nasio, “es un retorno, en el analista, de lo reprimido inconsciente del analizando”. Dolor de la histeria, p. 85). También: “La escucha del analista integra y disipa lo que el histérico reprime y concentra”. (íd., p. 36)

 

[5] Por supuesto que todo lo que digo se refiere fundamentalmente a los neuróticos (sin excluir a la legión de pacientes con el llamado panic attack, bipolares).  Los psicóticos y psicosomáticos obligarían a un trabajo distinto, específico. 

 

[6] D. W. Winnicott: Aspectos clínicos y metapsicológicos de la regresión. Rev. APA, T XXVI, Nº 3, 1969.