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Pulsión de muerte: aporías de un concepto


Publicada el 11/09/2017 por Oscar Sotolano





Pulsión de muerte. Aporías de un concepto.

 

Lo que voy a leer es sin duda el texto con el que más incómodo me siento de todos que escribí en estos muchos años, durante los cuales (como todos ustedes saben, y algunos soportan con cortesía) he venido escribiendo profusamente sobre los temas más variados.

Incómodo, sobre todo, porque los resultados del trabajo, me han llevado a caminos inesperados y contrarios a aquellos en los que me encontraba cómodo al momento de sentarme frente a la computadora. Y, lo que es más importante y por el mismo motivo, también contrarios  a lo que suelo y solemos pensar sobre algún concepto ya por completo instituido. La frase “Fui por lana y terminé esquilado”, es precisa para esta ocasión. Por eso es que no puedo iniciar este desarrollo sin confesarles que estoy  tan incómodo como inseguro. Es que, o siempre pensé con algunas categorías que hoy se demuestran, por lo menos, inciertas, o, simplemente, eso es lo que he estado haciendo estos días, para esta presentación. O sea, o en lo que voy a leer, hay alguna idea interesante que merece su atención o, por el contrario, una argumentación sencillamente caprichosa que merece el cesto de basura.  En cuyo caso, espero que me ayuden (sin ensañarse) a encontrar la falacia argumental que me haya llevado en ese camino. O, de no ser tan caprichosas las ideas, que traten de abrirse con benevolencia a una argumentación que, es inevitable, también pone en entredicho ideas que los involucran a ustedes. A partir de los desarrollos que han primado en las exposiciones de los sucesivos jueves, no puedo pensar otra cosa.

Fui yo el que propuse el tema de la pulsión de muerte el año pasado, no puedo eludir esa responsabilidad un tanto irresponsable. Lo hice por mis propios interrogantes sobre el asunto aunque en aquel momento no me resultara claro. Sin embargo, a la luz de lo complejo que iba resultando armar la actividad del año, más de una vez me arrepentí de haberlo sugerido. Por otro lado, los compañeros de Comisión Científica no se privaban de recordármelo “cariñosamente” (con toda la ambivalencia de su cariño) cada vez que nos enfrentábamos a un programa colmado de fechas libres. Hoy, afortunadamente, ya estamos lejos de esa situación crítica. Sin embargo, ante el desafío autoimpuesto de compartir con uds. algunas ideas sobre el tema, mi arrepentimiento proviene de otro lado: la convicción de que las consecuencias de las ideas sobre las que fui trabajando durante estas semanas van más allá de mis posibilidades de sostenerlas con el rigor y la convicción con los que, según solemos decir, defendemos un texto cuando lo presentamos; necesitaría mucho más trabajo para hacerlo con soltura. Tomen entonces estas líneas como una invitación para acompañarme en lo que tal vez sea un callejón sin salida o, si no, un camino que me impondrá un trabajo más exhaustivo en el futuro si termino considerándola una senda que valga la pena.  Por el momento, no implica más que algunos escarceos que trato de exponer con alguna claridad.

Así que, basta de preámbulos, empecemos con el texto de Freud.

Freud se plantea su Más allá del principio del placer como una especulación (Laplanche, argumentativamente, la llama especulación meta-biológica o meta-cosmológica). Para Freud es un ejercicio de libertad mental sin que esto implique un discurrir sin ton ni son. Mi aproximación a esta especulación (coincido, meta-biológica, meta-cosmológica y, agregaría, metafísica), no será sin embargo especulativa, aunque tal vez sí sostenida en falacias que no logro advertir.

En mis años de trabajo siempre he usado el concepto pulsión de muerte. Nunca como un requerimiento clínico que me fuera útil, sino como un concepto cómodo (hoy diría, más bien descriptivo) para dar cuenta de esas situaciones donde lo más siniestro, demoníaco, difícil de asir de lo humano, aquello, digamos así, más ilógico, menos accesible a una razón movida por ese relativo bienestar mental al que los seres humanos solemos aspirar, se imponía.

Aún así, jamás me sirvió para el trabajo concreto. Nunca me pareció que apelar a que alguien estuviera dominado por mucha o poca pulsión de muerte o de vida (como en una época algunos hacían) pudiera tener alguna utilidad en ese trabajo constructivo interpretativo que, para develar y aliviar su sufrimiento, realizamos con el paciente a diario. Motivo por el cual, resultaba un concepto cómodo, por momentos, comodín, para hacer como que entendía aquello que sin embargo se escurría a poco de empezar a pensarlo.

Y por cierto, es un concepto difícil. Desde ya que no exclusivamente para mí: parvas se han escrito acerca de sus dificultades. Difícil, no porque provenga de una especulación, sino por el sostén argumental y epistemológico que sostiene dicha argumentación en el texto freudiano, y porque Freud transita por lo que hasta el último momento de su obra va a llamar su concepto más oscuro y difícil, es decir, el de pulsión, apelando a silogismos explícitos.

Si en lugar de basarnos en Más allá…, tomáramos  ¿El por qué de la guerra?, la relación de la pulsión de muerte en términos de una fuerza destructiva dirigida hacia adentro y hacia afuera, nos plantearía una relación con la destructividad que en Más allá …, no es su centro, aunque alguna referencia haga. Si, como dice en aquella aguda carta dirigida a Einstein, “el ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena” (xxii, 194), la violencia destructiva es un aspecto de la vida y pretender explicar la muerte individual o social como  básico resultado de impulsos mortíferos es un argumento que no recubre la complejidad de la conflictividad social humana, tanto en escala micro, como macro. Esta es una perspectiva muy rica que sin embargo no es por la que Freud decidió hacer transitar su reflexión en Más allá …, aunque la haya incluido explícitamente en su campo de preocupaciones en otros textos.  Si bien la pulsión de muerte nos lleva a pensar en todo lo terrible y demoníaco que anida en la vida humana en todo sentido (social e individual), la perspectiva que Freud eligió para abordarla es muy particular.

En ese sentido, la pregunta que da origen al Mas allá…es central ¿cómo explicar actos, síntomas, reacciones humanas en las que no hay siquiera indicios de placer, apelando al que hasta ese momento era el principio motor del aparato psíquico? ¿Cómo puede haber búsqueda de placer en el dolor? ¿Qué búsqueda de placer puede haber en sueños donde reina el terror? ¿Qué búsqueda de placer puede haber en la repetición continua de conductas que perjudican a quien las realiza (me saboteo, suelen decir algunos pacientes)? ¿Dónde hallar el placer en tales displaceres, cuando ni siquiera la teoría del inconsciente nos viene en ayuda al respecto? (Me refiero a que al no haber displacer inconsciente porque los sentimientos son del orden de lo prec-cc, ni siquiera se pueda –desde la óptica de Freud- ubicar tópicamente en otro lugar que la conciencia ese placer no visible)  Son preguntas por completo atinadas, y que hacen a la fina observación freudiana.  A las que Freud, desde el comienzo, encara sin tratar de abandonar aquel principio fundador, aunque de inmediato advierta su insuficiencia. La idea de que lo displacentero para una instancia resulta placentero para otra, es una de sus respuestas; pero no le basta.  Motivo por el cual, nos propone dirigir nuestra atención (a eso se dedica en  el segundo capítulo) hacia dos experiencias muy diferentes: la primera, las neurosis traumáticas, la segunda, el juego infantil.  Y en ambas se detiene en una cuestión: la repetición. Problema sobre el que centraré este desarrollo y que ha devenido el centro de mi incomodidad. Freud insiste, como lo hará a lo largo de su obra, en que algo de lo pasado vuelve una y otra vez al presente, en el síntoma, en el acto, en la transferencia. La interrogación va a orientarse hacia cuál es el motor de ese retorno. Repetición, compulsión a la repetición están en el centro de todo el problema. Lacan lo formuló en su particular retórica como Tyché y automaton, apelando a las formas en que Aristóteles aborda el tema de la causa en sus tratados de La Física.

Lo llamativo es que la reflexión sobre algo que terminará llamándose pulsión de muerte, incluye, no sólo las neurosis de guerra cuyo origen en las entrañas de la muerte y la destrucción son obvias, sino en algo tan vital como el juego infantil más cotidiano. Por momentos, se puede pensar que lo hace para delimitar un tipo de repetición vital, diferente a repeticiones mortíferas. Pero esa posibilidad cae cuando Freud lleva, hacia el final del texto, su razonamiento al extremo y dice: “El principio de placer parece estar directamente al servicio  de las pulsiones de muerte”. Es decir, si el juego permite transformar en activo lo pasivo, si permite apropiarse de una experiencia traumática cuando el niño juega al doctor tras la operación que sufrió, aún así, Freud nos termina poniendo frente a esa pulsión mortífera. Al final de su texto, el juego del Fort (se fue)- Da (acá está) cobra relieve no por el momento en que el objeto se recaptura con placer sino por el momento en que también goza cuando se aleja. Eso que Freud formulara del siguiente modo: ”El hecho nuevo y asombroso que ahora debemos describir es que la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones pulsionales de entonces ( 20)”.

Me detengo en ello porque, de este modo, la llamada pulsión de muerte queda lejos de su calidad mortífera, para devenir un paradójico motor vital. Sobre esta dinámica transitan todos los análisis que hemos escuchado durante este año insistiendo en aquello que Freud no ahorra, como lo es su meticulosa y no por ello menos plagada de dificultades, exploración de las energías ligadas o no ligadas, a las que dedica los capítulos 3 y 4, y que de modos diferentes, fundamentalmente Green y Laplanche exploran desde el Coloquio de Marsella de 1984 y en sus obras posteriores (en el caso de Laplanche desde antes, desde su Vida y muerte, en 1970), marcados, sin duda, por las reflexiones que Lacan produjera desde sus seminarios en los años 60.

Es que el corazón del problema que Freud explora en su Más allá … es, en mi opinión, el problema de la repetición que desde siempre lo interrogó hasta tomar forma específica en ese lugar central donde lo pasado vive en el hoy  como es la experiencia de la transferencia, y en particular su enfermedad singular: “la neurosis de transferencia”. La idea de algo que viene una y otra vez del fondo de los tiempos como un espectro wagneriano con sus voces sombrías, está en el núcleo del pensar freudiano. En un primer momento, esa repetición se podía explicar desde una dinámica que en el Proyecto se aborda cuando define el deseo como el movimiento hacia la huella mnémica de la vivencia de satisfacción. El motor del movimiento es la recuperación imposible de una vivencia que, más adelante, en el proceso de construcción psíquica, algún esfuerzo de desalojo podrá obturar en su decurso. Hasta allí, el placer coartado pulsa por un lugar. Aunque sea, lo hace bajo ese formato híbrido del síntoma como modo de actividad sexual de los enfermos, tal como Freud lo define. Esa fuerza por descargar, por las vías más disímiles, lleva a que el sueño sea una realización de deseos. Y la repetición sea su lógica ineluctable, inherente a su propia fuerza. Así llega ahora a enfrentarse con estas enigmáticas repeticiones de lo no placentero, donde el placer no es registrable siquiera de un modo subrogado y que la teoría lacaniana ha intentado resolver incluyendo el concepto de goce.

Para encararlo, Freud empieza su coral despliegue especulativo sobre la vida y la muerte.  Y no limitándose a una reflexión acerca de la muerte psíquica como tantas veces repetimos para que el concepto tenga alguna consistencia y no nos lleve a abismos puramente filosóficos de reflexión sobre la vida y la muerte, sino, para nuestro pesar, a una reflexión sobre la vida y la muerte en su dimensión más totalizadora, apelando a recursos de la biología de la época hoy casi todos perimidos o a referencias mitológicas atravesadas por la filosofía griega.

En ese sentido, si tomamos la propuesta de Laplanche que Magdalena nos recordaba, de considerar las exigencias de un autor, no como las de un sujeto, sino como la que imponen los conceptos que lo orientan en perspectiva problemática, histórico-interpretativa y crítica, tendremos que pensar a qué exigencias responde el modo de Freud de insistir en la repetición del modo que lo hace.

Freud nos dice: “¿de qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición? Aquí no puede menos que imponérsenos la idea de que estamos sobre la pista de un carácter universal de las pulsiones (no reconocido con claridad hasta ahora, o al menos no destacado expresamente) y quizás de toda vida orgánica en general. Una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas; sería una suerte de elasticidad orgánica o, si se quiere, la exteriorización de la inercia en la vida orgánica” (36) “… (la) expresión conservadora del ser vivo” Desde allí, la especulación de Freud se lanza al arrebato “Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y retrospectivamente: Lo inanimado estuvo antes que lo vivo”. (38) “En algún momento, por una intervención de fuerzas que todavía nos resulta enteramente inimaginable, se suscitaron en la materia inanimada las propiedades de la vida” “La tensión así generada en el material hasta entonces inanimado pugnó después por nivelarse; así nació la primera pulsión (subrayo: primera pulsión)”. (38) Esa primera pulsión, hay que precisar, dentro del mundo ya vivo, paradójicamente, es la que busca lo inerte, lo inorgánico, la muerte (términos que se tocan pero no se superponen). Así, la cosmovisión freudiana nos lleva a una pulsión de origen que mueve el aparato psíquico en una dirección irreversible y prefijada en un sistema que fue insuflado por una fuerza externa vital inexplicable. Si la vida queda del lado de las fuerzas que parecen no tener ni requerir explicación, la muerte las tiene apenas nacer en su tendencia a retornar al estado anterior.

Que Freud la compare con un elástico es un aspecto para resaltar: además de evocar esa teoría cosmológica moderna que supone que al universo del Big Bang le espera el Big Crush donde todo volverá a su origen (aportando un símil contemporáneo a su cosmogonía) lo que se llama teoría elástica del universo, implica también elegir dentro de los cuatro estados de agregación de la materia: sólido, líquido, gaseoso y plasmático un subconjunto de ellos, el de los sólidos maleables. Así Freud puede responder a su perspectiva más físico-biologista, donde lo que llama congénito se hace presente de modo explícito, donde la materia en su formato de origen define los movimientos y así las causas. Como en el caso del elástico dependerá de su rigidez y tensión la fuerza que utilice para recuperar su forma original. Freud piensa desde una sustancia con propiedades endógenas que a lo sumo sufre los avatares de un mundo externo que la afecta, no de una sustancia que se hace tal en relación al mundo en el que vive. La exigencia fisicalista de la escuela de Helmholtz impone sus trazos, y su campo epistemológico, sus resultados y límites.

Esa sustancia tiene energía propia regresiva, lo que queda sin explicar es la fuerza que estira al  elástico. El debate sobre el origen endógeno o exógeno del aparato vuelve con todo su vigor en la interrogación acerca de lo vital que ese estiramiento enigmático exige.

Que la meta de la vida es la muerte implica un planteo teleológico. En mi opinión, es más apropiado decir que el destino de la vida  es la muerte, no su meta. En todo caso, la vida tendrá la meta de vivir y lo hará a cualquier precio. Es esa fuerza inexplicable que hace que personas en las condiciones más terribles sigan deseando vivir no importa cómo, la que impone las condiciones para las sumisiones más abyectas y que la hace un instrumento extraordinario de poder que permite que la esclavitud física o mental tenga su soporte psíquico. El enigma de la vida es la vida misma, de la cual la muerte es su final ineluctable, su compañero de ruta; no su motor. Una fuerza que sólo es capaz de dirigirse en una única dirección prefijada no produce vida. Es una fuerza repetitiva por razones internas invariables.  La repetición freudiana así formulada supone un destino de la materia viva sin historia y un aparato psíquico condenado a la repetición mecánica. Repetición mecánica, congruente con el modelo que Freud recupera de su desechado por él Proyecto, aunque sea posible hacer de su intrincada textualidad lecturas no mecánicas.  

Pero la perspectiva de la repetición que en Freud se aloja, es también heredera de los modos en que Freud había hecho suya la teoría de la recapitulación de Haeckel, la ontogenia recapitula la filogenia, hoy desestimada por los biólogos, en la que hay un destino inscripto que se reconfigura según un patrón previo filogenético que impone sus condiciones a la ontogenia.

La concepción de la pulsión de muerte es la teoría que le permite a Freud ser consecuente con sus vertientes más biologistas, las del sueño de una psicología para neurólogos que más podría ser pensada como una neurología para psicólogos. Esas son las exigencias internas con que el concepto carga en Más allá …

Mucho más interesante me parece el modo en que Freud hace entrar en el texto acerca de la guerra, el lugar de esas fuerzas destructivas inherentes a la acción vital. Esas fuerzas destructivas que Sabina Spielrein supo desplegar en ese bello texto de 1912: La destructividad como causa del devenir, donde lejos de fuerzas repetitivas ciegas, la destrucción aparece también como un componente consustancial de la vida. Todo lo que se crea en un plano, destruye en otro. Construcción y destrucción van unidas como siamesas que transitan por espacios que no necesariamente son yuxtaponibles aunque sí tangentes. Cuando un país masacra a otro raramente lo hace invocando la muerte como virtud (a lo sumo del modo asociado a las tradiciones inquisitoriales del martirio cuando Milan de Astray blandía el famoso “Viva la muerte” de la falange española al tiempo que le gritaba a Miguel de Unamuno “Muera la inteligencia”). La vida de la España de La falange exigía la muerte de la España de la República, la vida de la España inquisitorial exigía la muerte de la inteligencia … y de cierta poesía. No es la muerte contra la vida, sino vidas distintas, distintas concepciones de la vida, luchando por sobrevivir donde, por lo general, se impone la violencia del más fuerte, o sea del que tiene más capacidad de destrucción. Las tendencias destructivas, en ese sentido no explican los conflictos sociales, a lo sumo nos alertan sobre algunas de sus lógicas más terribles y nos ofrecen una mucho mayor posibilidad de movimiento que la repetición mecánica. Y no es por azar que estoy incluyendo el tema de la destrucción. Luego veremos por qué.

Recuerdo siempre a mi queridísimo amigo Mario Brodsky, pediatra y neonatólogo, quien solía objetar - a partir de su observación permanente de bebés - las referencias a una llamada pulsión de muerte originaria en el recién nacido. Él encontraba en cada parto un ser dotado de una fuerza de vida que los médicos pretenden medir en aquello que llaman  Apgar. Él, lejos de cualquier teología, prefería decir milagro. El milagro, el enigma, es la vida de la cual la muerte es su final (es decir, el propio), no su motor. 

Desde ese punto de vista, son las reflexiones acerca de un determinismo mortífero general de la materia que Freud hace las que obligan a ubicarse en un plano más general para pensar lo singular de lo psíquico. Y aunque la muerte y la pulsión de muerte no se yuxtaponen, sin embargo Freud inscribe el concepto reflexionando sobre la muerte una vez más.

Para el psiquismo, lo he escrito en aquel comentario sobre un texto de Mariana que llamé “Ester, la alfombra y la muerte”, la muerte - al contrario de lo que formula la lógica freudiana -, sólo existe  como representación (la abuelita está en el cielo; seremos nubes o pájaros; nos reencarnaremos en rinocerontes, reyes o almejas; devendremos polvo lunar; nos comerán los gusanos; volveremos como zombies; moraremos en infiernos, limbos o paraísos de acuerdo a la discrecionalidad moral de San Pedro; con 7 doncellas con su desnudez velada ofreciendo sus encantos si logran vengarse del enemigo que los veja a diario; elijan la que quieran, piensen en la propia imaginería, pero siempre la muerte existe bajo la forma de una representación que se aleja de cualquier perspectiva que la ligue a la idea de una  percepción sustituida, tal como Freud pensaba la representación, de acuerdo con la tradición de su época). En tanto representación, es pasible del destino de cualquier representación, es decir, devenir inconsciente. De lo que de la muerte nunca podremos hacer es experiencia (al menos parece, nadie nos ha venido a contar lo contrario). Toda experiencia lo es de la vida, incluso bajo su forma agónica. No de la muerte. Si la muerte puede tener alguna forma de atracción es por su carácter representacional libidinizado de tal o cual manera, como lo demuestran, por ejemplo, los relatos sacrificiales de la vida religiosa, incluso en sus formas ateas martirológicas (el sacrificio del revolucionario, por ejemplo) o en la poética de algunos suicidas famosos como Barón Biza quien dice de la muerte que ”(…) la creó Dios para que no lo maldijéramos por habernos dado la vida” [1]

Hablar de los avatares de las representaciones es mucho más fértil en nuestro campo clínico que hablar de fuerzas no mensurables, aunque no podemos negar que las energías existen en el seno de su dinámica. Por eso las reflexiones acerca de las diversas formas de la ligadura y la desligadura son más fértiles y nos permiten un movimiento mucho mayor para pensar la clínica y pensar a dinámica de los problemas involucrados.

Una situación de tal carácter, que me puso muy temprano frente a lo que en aquel momento no dudaba en llamar pulsión de muerte, fue la de una joven que me fue derivada por su obstetra porque no podía retener sus embarazos; nada biológico parecía explicarlo, había perdido varios y él confió en que un psicoanalista pudiera ayudarla. Cuando la vi tenía dos meses de embarazo y su mundo de ambivalencia fue apareciendo de inmediato. Invadida de fantasías atroces con respecto al parto asociadas (fuimos construyendo) al parirás con dolor que una madre poco continente y presa de la crueldad había implantado en su mente a lo largo de su vida, seguramente sin quererlo (el significante enigmático, lo es en primer lugar, en tanto inconsciente, para el adulto que implanta, no sólo para la cría, insiste Laplanche). Así, el parto terminó representándose como una tortura que se le infligía a las mujeres impuras. Ella no era religiosa pero en su inconsciente la inquisición dominaba. El trabajo con ella fue siendo intenso, muy conmovedor, y tomó matices risueños y liberadores cuando ella se empezó a ver jocosamente como una carmelita, pero “calzada”. Había que matar a todos los curas, llegó a decir en un momento que yo consideré de viraje. En ese breve tiempo, muy intenso por cierto, finalmente tuvo su bebé… pero con un peso que si la memoria no me falla era de 800 grs. Un serio problema de alimentación intrauterina había sido la causa. No se la había detectado antes. En aquellas épocas nada me hizo pensar en descuidos médicos, simplemente las tecnologías actuales no existían, creo, o, tal vez, no estarían tan extendidas; fue hace casi 40 años. Lo cierto es que al día siguiente de parir se aparece en el  consultorio contándome que había tenido a su bebé de un peso para mí inconcebible y  estaba en terapia intensiva. Sus modos esquizoides se hicieron ostensivos: parecía no notar que su bebé estaba entre la vida y la muerte, como en shock. El bebé sobrevivió fuera de su vientre, creció, la vi hasta que tuvo un año, después se fue a vivir al exterior. Nunca supe de ella, aunque siempre quise saber que habrá pasado con ella y su hija. Del marido y padre, poco hablaba.  La situación me conmovió, entre otras cosas, porque desde muy temprano, la experiencia clínica me hizo evidente que la mente puede incidir en la muerte o la salvación en el terreno de lo más estrictamente corporal. En aquel momento, pulsión de muerte resultaba un concepto cómodo, aunaba la muerte en tanto destrucción en sus dos vertientes, tanto desde un eventual deseo de la madre, como en la posible realización en su cría. Y la pulsión que yo así encontraba se unía con la autodestrucción pero también con la destrucción, que Freud no abandona como problema como se hace notorio en El malestar en la cultura, por ejemplo, aunque mi autor de referencia (Laplanche) sólo pretenda restringirlo al momento autoagresivo.

Sin embargo, Freud insiste en la repetición. Pone allí el centro de su lógica. Específicamente en la compulsión a repetir. Término, compulsión, donde el motor pulsional impone su marca. La destructividad no es jerarquizada salvo como consecuencia de su dinámica regresivo-repetitiva.

Ahora bien, y aquí mis incomodidades devienen más ostensibles. Mientras seguía estas cuestiones que el texto planteaba, algunas de las cuales, sobre todo la crítica a la perspectiva biologistas habían sido ampliamente transitadas por autores que todos conocemos, me surgió una pregunta perturbadora aunque tuviera visos por completo mundanos: Si nuestro automóvil, al minuto de encendido, siempre se detiene en el mismo momento, ¿diríamos que hay una compulsión a repetir su detención o un problema en la máquina? Descriptivamente, sin duda, podríamos decir que la detención del funcionamiento del automóvil se ha vuelto a producir, se ha repetido, pero ¿la causa está en que una fuerza atractiva lo lleva en ese camino repetitivo o es que su estructura falla por alguna razón? Indudablemente, puede parecer un dislate auto-erótico pretender comparar las resistencias de una máquina a arrancar, con las fuerzas de esa mente que de tanto orgullo como padecimiento  nos sabemos víctimas. El ejemplo del automóvil puede parecer vulgar y mundano, sin embargo, introdujo en mí una lógica que me resulta interesante e inesperada para pensar. Nos desplaza del punto de vista de una génesis energética de las estructuras y nos lleva al modo de constitución de las estructuras psíquicas que tiene en las fuerzas o energías sus vectores, pero que nada significan sin las estructuras que las reordenan y los incidentes que las provocan.

¿La joven madre desea inconscientemente la muerte de su hijo? Podría ser así, aunque no fue mi modo de encararlo. Por el contrario, lo que hice fue explorar con ella su terror. Que hubiera podido o pudiera llevar a la muerte del feto podía estar en las consecuencias, no en las causas.  Ninguna fuerza interna lleva al feto a perecer, en todo caso es la falta de capacidad libidinizante nutriente sostenida en sus fantasmas terroríficos los que llevaban a las pérdidas repetidas de embarazos. No por atracción de la muerte, sino por ausencia de esa fuerza externa inexplicable que la vida impone sobre lo orgánico.

Vayamos a otra experiencia: Nunca el rechazo hacia un hijo se me hizo tan patente como cuando una madre de un joven psicótico, enormemente empobrecido, casi débil él, me relató el asco que había sentido al momento de tener que amamantarlo. Su relato era visceral, una sensación que me resulta imposible poner en palabras. Su cuerpo todo expresaba ese asco. ¿La madre podía desear la muerte del hijo? No lo sé, no era mi paciente (al menos no podía seguir sus asociaciones) y el trato con ella era difícil. Pero lo más evidentemente difícil era hallar alguna manifestación de libidinización de parte de una madre para quien el hijo había sido tal fuente de asco por razones que nunca conocí.  Mucho más potenciado esto, cuando el padre, a mi comentario de lo mal que el hijo estaba (ellos creían que sus episodios psicóticos habían sido fruto de un porro, y no que el porro había desencadenado una estructura psicótica de base que estaba antes sus ojos), al escuchar esa visión dura que les hice en relación con el hijo, sólo atinó a decir, con una naturalidad que hiela la sangre, o que muestra una sangre helada: “Entonces hay que matarlo”. No con preocupación, no como un modo desafiante a mi visión de las cosas, un modo que recurre al absurdo, sino como una lógica e inevitable consecuencia de lo que acababa de decirle.

En ambos casos, la cuestión de la muerte física y la muerte psíquica la encuentro del lado de la falta de una fuerza dadora de vida. No de ninguna tendencia inercial que llamamos compulsión repetitiva.  El origen exógeno de la vida pone al humano en su relación con el otro desde el comienzo. Creo que todos compartimos aquí esa idea. Sin embargo, es distinto pensar que la vida actúa sobre una sustancia con leyes propias irreductibles o que la vida construye esa “sustancia” psíquica en esa mutua relación por la cual las leyes irreductibles dejan de serlo. La compulsión puede ser explicada desde una fuerza pulsional primaria, o desde una perspectiva diferente, como consecuencia de una estructura tal que hace que las cosas pasen una vez tras otra. La repetición puede ser pensada como un indicio que nos oriente, la marca donde empezar  la exploración, o como una fuerza con sentido, valor y capacidad heurística propia. Me doy cuenta  que hasta este momento nunca me había limitado a su valor indiciario, siempre le había atribuido una dimensión mayor. Cómo no hacerlo cuando Lacan lo ubica como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Entonces, pensado sólo como marca, la llamada compulsión puede ser pensada como el efecto de una estructura que en los vericuetos de su constitución  produce lo que podríamos llamar polos de atracción que pueden llamarse mortíferos sólo por licencia poética, pues no necesariamente llevan a la muerte, ni siquiera a formas autodestructivas, sino a nuevas formas del vivir de formatos extraños para los modos consagrados del placer. Los modos compulsivos de cortarse de algunas jóvenes que ya el viejo cine existencialista de la Nouvelle Vague  nos hizo conocer en películas de Truffaut, por ejemplo, donde jóvenes dominados por el tedio jugaban con una navaja a clavarla cada vez con más vértigo entre sus dedos abiertos, muestran modos donde el ansia de vivir encuentra su lugar al filo de la herida, el dolor o el riesgo. ¿Qué motoriza esos actos?, nos preguntamos. La compulsión repetitiva que la pulsión de muerte dinamiza, nos respondemos casi como una rutina. ¿Sin embargo, no hay allí una forma desesperada del vivir como para que la atribuyamos a fuerzas esencialmente mortíferas?

Aquí vuelvo al motor del auto que se detiene. A mi parecer, el modo regresivo de la repetición no puede explicarlo. Sin embargo, ¿lo explicará en lo psíquico? ¿Sirve como recurso heurístico tal como lo rescata Green, o más fértil será insistir en los modos de organización del psiquismo como totalidad clivada sin pretender darle tal valor a la fuerza pulsional, amenazados por el riesgo de desexualizar la teoría o de perder de vista el dualismo como condición del conflicto?

En este punto, las reflexiones de Laplanche me son por completo útiles, pero sólo cuando prescindo de la categoría de muerte, ahora asociada a esas llamadas pulsiones sexuales de muerte que propugna.

Desde esta perspectiva, y allí mi incomodidad, la compulsión de repetición cae a un lugar descriptivo (sin embargo, imprescindible como marca, desde el punto de vista de la clínica cotidiana) sin función explicativa, para exigir darle espacio a modos que tienen su centro en lo traumático que ya toda la línea de autores que he referido han puesto en mayor o menor medida, en valor. El fuego no está en la piedra, sino que es un efecto del roce de la yesca y el pedernal. Decir que la energía no está en la sustancia sino en los roces entre organizaciones diferentes, es un modo que me parece apropiado de modelizar lo que estoy proponiendo. Ese roce sería equivalente a los que producen el choque de instancias forjadas por representaciones varias, o por representaciones que por su propio carácter inconmensurable, crean una suerte de polo energético de atracción, una suerte de agujero negro psíquico generado por la propia inconmensurabilidad. La propuesta de significante enigmático puede ser un punto para pensarlo.

Ahora bien, de ser así y volviendo a Más allá …, quizás desde esa intuición, es que Freud recupera el problema del trauma vía las neurosis de guerra, aunque lo ponga en el centro con su perspectiva físico-mecánica de la membrana antiestímulo afectada. Pero si pensamos que la membrana antiestímulo puede ser pensada como un complejo sistema de representaciones en red, ¿no deberíamos abandonar la idea de la fuerza ínsita repetitiva de la pulsión de muerte, para revalorizar mucho más aún de lo que hacemos, en toda su dimensión, el lugar del trauma en su laberíntica complejidad?

Cuando R. Stoller se interna, tal como lo cuenta en su magnífico libro Dolor y pasión, en el interior del mundo Sado-Maso como un etnógrafo urbano con mirada psicoanalítica, le da la palabra a quienes lo practican. Y de los diversos testimonios, detrás de una justificación por completo válida de la legitimidad de tales prácticas desde el punto de vista de los derechos individuales, es difícil no escuchar un universo donde el dolor del mundo traumático se expone con la libertad que el autor ha permitido que emerja en la voz de sus entrevistados.

El origen traumático de la pulsión, hace de la pulsión no una fuente primaria sino un producto secundario en la experiencia humana que al mismo tiempo hace al proceso de humanización. Aquí mi encuentro con Laplanche y su teoría de la seducción originaria vuelve a producirse, pero, insisto a condición de abandonar la mitología de la muerte que da lugar a tantos malos entendidos, al igual que cualquier perspectiva no traumatogénica de la repetición.

Demasiadas son las figuras que a la pulsión de muerte (como las llamó Yago) se le atribuyen como para que no resulte imprescindible tratar de hacer un mapa de diferencias. Para esa tarea, el problema del trauma me resulta más fértil que la insistencia en la compulsión repetitiva que la pulsión de muerte alojaría.

La pregunta me surge ahora más claramente que en otras ocasiones en que ya la he hecho.  ¿Por qué mantener un concepto cuyas exigencias teóricas se sostienen en campos reduccionistas insostenibles, que refiere a una pulsión que no cumple con los requisitos que la define – me refiero a sus cuatro elementos. La idea de que su objeto sea “la nada”, tal como me pareció entender que en algún momento alguien planteó,  nos enfrenta al problema de que lo peculiar del objeto en la teoría de la pulsión es su contingencia y atarlo al significante “la nada” lo hace tan fijo como para que no pueda ser diferenciado del instinto.- y que además habla de una muerte que no es muerte, y que lejos de matar está en el centro de la vida?  ¿Tiene sentido mantener una pulsión de muerte que  no mata ni es pulsión, sin un sustento epistemológico consistente, plagado de silogismos, que sostiene en una repetición de origen tautológico? De valer,  ¿vale por su poder conceptual o, en todo caso, por su poder evocador capaz de poner el dedo en la llaga de situaciones clínicas y sociales de difícil solución? ¿Basta la presencia permanente, indubitable, insidiosa e incluso mortífera del mal en y entre los hombres, para justificar una pulsión llamada así?

Llegado a este punto, recuerdo cuando Rafael Paz nos recordaba los instrumentos originales con los que escuchó el concierto en Leipzig. Los sacaron de las bellas vitrinas del museo que los guardaba, exhibieron su  encanto histórico, pero, sin embargo, la música no sonaba tan bien como con nuevos instrumentos. Tal vez, ese es el destino del concepto de pulsión de muerte.

En otro de los trabajos presentados en el Coloquio de Marsella, Eero Rechardt propone un modelo que me resulta sugestivo. Compara al modelo biológico (aunque de mi parte lo haría extensivo al concepto de la pulsión de muerte en su conjunto en la medida en que, como he insistido, está plagado de una epistemología físicalista metabiológica) con el encofrado con el que se hacen las columnas de una casa. Nadie nunca verá la mezcla de cemento, arena y agua que se fragua entre las maderas. El edificio se levantará sobre las columnas. Sin embargo, esa madera que se retira para dejarlas expuestas, se destinará a nuevos fines, incluso el fuego. Habrán sido esenciales para la estructura de la obra, pero están destinadas al olvido. Pieza del museo perdida de cualquier casa que se construya. Como los violines de Leipzig, vale por los problemas y soluciones que ayudó a introducir, no por su valor musical presente, al menos, al compararlos con los instrumentos actuales. Tal vez,  sea ése el lugar que al concepto de Pulsión de muerte le corresponda. De ese modo, nos ahorraríamos el enredarnos en sus aporías, y emprender un camino diferente, probablemente más fértil, como lo es, a mi entender, el avanzar hacia una investigación de las figuras del trauma y a los excesos que la relación humana conlleva en su imposibilidad de armonía. En lo que a mí respecta, más ligado a la experiencia de la clínica cotidiana y sus problemas.

 

                                                                              Oscar Sotolano

                                                                          oscarsotolano@yahoo.com

                                                                                   7 de setiembre 2017

 

 

 

 

 



[1] Barón Biza, Todo estaba sucio, 1962. Citado por Ferrer, en la biografía, página 280. Sudamericana.