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Figuras de la pulsión de muerte


Publicada el 02/08/2017 por Yago Franco





Figuras de la pulsión de muerte

Por Yago Franco

Lo que no está rodeado
de incertidumbre
no puede ser verdad.
Richard Freyman

Conjuntamente con el inconsciente y la sexualidad infantil, la pulsión de muerte
es la tercera cuestión escandalosa que Freud descubre. Pulsión de muerte,
que va a situar no solo al interior del aparato psíquico, sino como algo presente
en la sociedad. Un sujeto que se autodestruye, sea de modo activo o por
descatectización del mundo volviendo a su estado autoerótico. O que vuelca
sobre los otros la destrucción para salvarse de la misma, reiterando el gesto
originario, cuando para no autodestruirse hizo emerger lo otro, lugar en el cual
luego advendrá el otro, quedando irremediablemente cargado de ambivalencia.
Otro que será depositario tanto de libido como de pulsión tanática.
Sabemos que la aparición del concepto de pulsión de muerte implicó un cambio
de paradigma dentro de la teorización freudiana. Y representa para nosotros
un cambio de paradigma en el trabajo clínico. Ahora bien, la pulsión de muerte
también es la muerte: el retorno a cero, a ese estado de tranquilidad psíquica
previo al displacer: la búsqueda de la paz del nirvana. Freud en 1925, en un
reportaje, sostenía (lo que está en bastardillas es mío): “Es posible que la
muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque
deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro
pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia
destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la
forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente,
busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El
impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La
muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que
dice mi libro: "Más allá del principio del placer". En el comienzo del
psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos
que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no
importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la
cesación de la "fiebre llamada vivir". El deseo puede ser encubierto por
digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción (…)
En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para

contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte.
Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra
propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte
porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido
(añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es
un suicidio disfrazado.”
Pienso que la pulsión de muerte presenta tanto un obstáculo epistemológico
como un obstáculo epistemofílico. Epistemológico por contradecir a la lógica
formal y responder más bien a otra lógica, que coincide con el modo de ser del
inconsciente… la cual llamativamente a su vez coincide con postulados de la
física quántica: algo puede estar y no estar, ser y no ser, la unidad de los
contrarios, el cuestionamiento del principio de identidad y del de no
contradicción. Y por otra parte es epistemofílico por referirse a aquello que va
contra la tendencia a la omnipotencia del psiquismo, su inmortalidad: pensar en
aquello sostenido por Freud implica adentrarse en algo imposible y angustiante:
la muerte propia, la compañera inseparable que va con nosotros paso a paso.
Una sombra de nuestra vida, por lo tanto algo de lo cual es imposible
separarse, salvo cuando se apaga la llama y ya no hay luz.
Es por esto que considero que debe hablarse de pulsión de muerte, sin
subterfugios. Así, si bien podemos discutir si es la pulsión de muerte la que nos
mata… nos lleva hacia la muerte, se satisface en ella. Ya me referiré sobre el
final de esta exposición a la pulsión y la muerte.
Digo en el título figuras de la pulsión de muerte… pero lo cierto es que la
pulsión de muerte no se figura. Si entendemos por figurabilidad psíquica el
mecanismo básico de la psique, la psique misma, eso que transforma a la
pulsión en afectos y representaciones, la pulsión de muerte no se figura. Si la
conocemos es por su mezcla con Eros. Somos esa mezcla. Así, cuando hablo
de figuras de la pulsión de muerte es para referirme a su presencia cuando aún
no ha cumplido por completo con su cometido, aunque sí consigue niveles de
auto o hetero destrucción relevantes.
La clínica exhibe, día tras día, por ejemplo, el desplome del sujeto en la
melancolía a la sombra de ese superyó puro cultivo de la pulsión de muerte–
algo magníficamente representado en el filme de Lars von Trier Melancholía
(citado por Gloria), que presenta la paradoja de la vida a partir de la muerte a
partir del choque del planeta Melancholía contra la Tierra- ; también la pulsión
de muerte dice presente en las compulsiones adictivas, en el juego, en las
neurosis de destino, en la destrucción psíquica que muchas veces tiene lugar
en la psicosis -como en la esquizofrenia simple-, en la anorexia, la bulimia, en
la reacción terapéutica negativa, en la compulsión a la repetición, en la afánisis,
lo borderline y el ataque de pánico, las descatectizaciones, lo psicosomático, la
vuelta de la pulsión contra el sujeto, o la transformación en lo contrario, el

sentimiento inconsciente de culpabilidad (el mayor obstáculo tanto para la cura
como para la vida en sociedad según Freud), la necesidad de castigo, el pasaje
al acto, el masoquismo y el sadismo, la perversión, hasta llegar a ser
sospechada su participación en las enfermedades autoinmunes y en el cáncer
(Reich y la Biopatía del cáncer)… etc. En todas estas figuras de la clínica se
observa la autodestructividad, la descarga por la descarga misma o la
descatectización, pero también la permanencia del sujeto en un estado de
aparente sufrimiento: en todo ello está presente algo que está más allá del
principio del placer. Recuerdo a un sujeto para quien estaba claro que jugaba
para perder, para no poder separarse de la madre, y así quedar en un juego
mortífero del cual por un lado quería escapar, pero al mismo tiempo gozaba
permaneciendo en el mismo. “Busco pasarla mal” me decía otro. “Triunfo al
fracasar”, decía un tercero.
Así, hay tres movimientos de la muerte como pulsión, que son sus tendencias
básicas:
- La autodestructividad
- La descatectización
- La descarga
Decía que conocemos a la pulsión de muerte por Eros. Si hay una pulsión, esa
es Eros. Thánatos es infigurable, salvo cuando baila con Eros, abrazados en
una danza para la que se necesitan dos. A su vez Thánatos también tiene una
función positiva como por ejemplo en el desinvestimiento que se produce en el
duelo –la destrucción del objeto perdido, su desinvestidura es necesaria- en la
preservación de la vida debiendo terminar con la del otro, o en la separación
del otro, o en el arte, en el deporte, en el amor. En el abrazo amoroso se
produce esa pequeña muerte que es el fulgor del desvanecimiento subjetivo.
Volver a cero: volver a la fusión originaria, sin pausa entre deseo y satisfacción.
Pero estrictamente hablando, la de muerte es la antipulsión. No pulsa. Es un
anti-impulso. Es el negativo de Eros. O, en todo caso, es el impulso retráctil de
esa goma elástica: al decir de Freud, algo más básico que la vida como
pulsión. Cuando estamos ante su presencia, -decía- la vemos a la sombra de
Eros, como algo que anti-pulsa, que detiene el movimiento hasta reducirlo a
cero, o lo mantiene en un placer que está más allá del principio del placer
–goce- o que arroja su autodestructividad hacia el otro de la mano de Eros,
para la propia salvaguarda. Como decía: la muerte del otro para salvarse de la
autodestrucción.
Las figuras clínicas mencionadas no obedecen a la presencia de la represión
–que si bien está presente no es lo central en ellas-, sino que remiten a una
falla en la figurabilidad psíquica, que es la actividad fundamental del psiquismo,
la cual permite el entrelazamiento de la pulsión al orden representacional: hace
que aquélla encuentre un lugar, una embajada en la psique, lo que impide que

se vuelque sobre el cuerpo o los actos, es decir, que quede libre y dispuesta a
la descarga o que se desligue en un movimiento de descatectización del
mundo.
Si la clínica de Freud se ocupaba predominantemente de los destinos de Eros
reprimido, hoy de lo que se trata es de los destinos de Thánatos liberado
–aquello señalado por Freud en el giro teórico que realiza en relación a las
neurosis actuales –de las cuales nos habló Cristina Dayeh-: ya no se tratará de
estasis libidinal sino de pulsión desligada, o sea, pulsión de muerte. Nos
hallamos frente a una clínica en la cual Eros – sin haber desaparecido de la
escena – tiende a compartir, y a veces a ver relegado su lugar, por la presencia
de la pulsión de muerte.
Retroactivamente se la denomina de muerte, porque con la muerte la
antipulsión lograría su cometido: coincidiendo con el principio del placer logra
volver a la absoluta tranquilidad. Que descanse en paz. Como si la vida no
tuviera paz. El más profundo deseo del sujeto psíquico es volver sobre sí,
volver al origen. Desea no desear, ya que el deseo surge a partir de una falta,
de algo que produjo placer y ahora no está, lo cual genera tensión por querer
recuperar ese estado. La vida es tensión. Thánatos quiere descansar en paz.
Son los sucesivos trabajos al cual es sometido el monstruito humano los que lo
arrancan de sus goces (esos placeres no afectados por la castración ni
simbolizables), para que tenga lugar el placer. Esos trabajos estructuran la
tópica –represión primaria y secundaria mediante- y van de la mano de Eros…
pero ¿el incesto corresponde a la actividad de Eros o de Thánatos?: el incesto
es volver hacia atrás, reintegrar el producto para la madre, reintegrarse al
interior de la madre para el infans, cerrar todo circuito de deseo. Está dentro del
imperio del goce: pulsión no afectada por el orden simbólico al cual obedece la
interdicción.
Las modificaciones en la estructura del aparato psíquico que son esperables
durante la cura psicoanalítica, alcanzan precisamente al registro pulsional, al
modificarse las instancias de los ideales y del superyó, que deciden sobre el
destino de aquél. Pero esto puede ser suficiente mientras se trate de las
pulsiones de vida. Algo muy distinto ocurre con la pulsión de muerte.
Recordemos que ambas pulsiones - eróticas y tanáticas - se encuentran
íntimamente entrelazadas, "mezcladas"; cuando se produce su desmezcla, son
observables diversos fenómenos clínicos como los ya citados, atribuibles a que
la pulsión de muerte queda libre.
Algo que todos sabemos es que la palabra debe bordear a la pulsión de
muerte, constituyéndose en una especie de barrera de contención que vaya al
mismo tiempo dibujando un contorno, una frontera, para poder identificarla, y
también para producir una red de significaciones que le permitan volver a
ligarse. Esa red incluye las coordenadas históricas descubiertas en la

repetición transferencial muchas veces mediante las construcciones… pero
también la construcción de un contorno ahí donde muchas veces hubo un
silencio mortífero: ese para-fantasma en el que se convierte la palabra para
Piera Aulagnier. Es así que mientras el trabajo de la pulsión Thanática es de
desligadura, el del análisis va en un sentido opuesto, ligándola a
representaciones, a deseos, a una historización simbolizante en la cual, insisto,
las construcciones suelen jugar un papel preponderante.
(Exposición de ejemplo clínico)
¿Y si ligáramos todo? ¿Si no hubiera pulsión de muerte libre? ¿Seríamos
inmortales? Ese resto no ligado es –paradójicamente- una exigencia de trabajo
para el psiquismo y lo mantiene vivo. Volvemos a lo paradojal tal como Cristina
Dayeh lo señalara en su presentación. La inmortalidad tiene mala prensa para
Borges:
“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues
ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.
(…) Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo
quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna
vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me
acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como
Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto”.
Raíces sociales de la presencia de la pulsión de muerte
La insistencia con la cual en la actualidad la pulsión de muerte hace saber de
su presencia en distintos cuadros clínicos y en hechos sociales, bien puede ser
entendida a partir de la desmezcla pulsional, la cual es favorecida por modos
particulares que ha adoptado nuestra sociedad.
Al respecto quiero destacar la agitación pulsional producida por un Otro que
exige placer ilimitado y que así convoca a lo autoerótico y el narcisismo,
produciendo además lo que llamo crisis de la interdicción. Lo que no tiene
límites es uno de los nombres de la pulsión de muerte; sin tope la pulsión
transita hacia la descarga o recae sobre el sujeto. Al mismo tiempo esto
conlleva a un debilitamiento de la significación social de los
límites/separación/ordenamiento a través represión originaria y secundarias del
Edipo. Queda en manos del Otro que exige ese goce, el ordenamiento que
antes propiciaban los adultos a cargo, al mismo tiempo que esos adultos y
jóvenes están tomados por la exigencia de goce. Este estado abarca también
en muchos casos a la crianza y se reduplica en una institución escolar en crisis
y en estar los sujetos a merced de la vertiginosidad impuesta por los medios de
comunicación y la fiebre de consumo –a veces la resignación y el odio por no
poder acceder al mismo. Todo lo cual puede conllevar a una crisis del
dispositivo de ternura y por lo tanto al surgimiento de la crueldad.

Lo ilimitado es un llamado al goce: en el consumo, en la aceleración de la vida
cotidiana, en la adicción a todo tipo de adminículos relativos a lo
tecnocomunicacional.
Tal vez les haya pasado a uds. también: en ocasiones de analizandos que
comentan sus diversas intoxicaciones o desbordes pulsionales diversos, suelo
preguntarles si todo el tiempo sintieron placer. Siempre han respondido que
hay un momento en el cual ya no: esa sexualidad desenfrenada, la ingesta sin
límites de drogas o alcohol, el estar 16 horas en el casino están más allá del
principio del placer. Lo que comienza siendo placentero ingresa en una zona
en la cual algo se le impone al sujeto. Lo mismo ocurre con la compulsión al
consumo de comida u objetos. Esa pregunta muchas veces ha servido de tope
a dichas compulsiones.
Aclaro lo siguiente por si hiciera falta: lo autoerótico y el narcisismo son simples
combustibles encendidos por una lógica impuesta socialmente. Una lógica de
lo ilimitado que hace eco en lo ilimitado que anida en el inconsciente. El
rechazo a la castración, entendida como el rechazo a la incompletud propia y/o
del otro.
Pero en la vida social nos encontramos con que ese goce autoerótico produce
efectos devastadores: es cuando el otro deja de ser un semejante e ingresa en
lo que llamo lo otro. De ser el otro a ser lo otro. Objeto de goce sexual o de la
destrucción.
A esta serie pertenecen a mi entender el
Abuso sexual infantil
Asesinato infantil
Femicidio
Sobre esto último, al igual que Cristina Dayeh y Gloria Stafforini, quiero
proponer algunas ideas: No se trataría de crímenes sexuales propiamente
hablando, sino de descarga mortífera, previa degradación del objeto que es lo
otro, objeto de satisfacción de la propia descarga, una degradación del
erotismo sobre la pulsión de muerte que reclama vaciamiento absoluto, sin
miramiento, sin placer más que el de la descarta agresiva y total: matar al otro
o gozar del/en el otro para ver en él el reflejo de una autodestrucción anticipada
o una parte propia que no se tolera dejar de poseer. Se da una coalición
mortífera entre modos de ser del psiquismo y significaciones sociales
(patriarcales, de exigencia de placer sin límites, etc.) estando estos cuadros
entre lo psicótico, lo perverso, pero también pudiendo producirse en las
neurosis, siendo una posibilidad el pasaje al acto que muchas veces
sobreviene en lazos de pasión y alienación. Aunque en cada caso debe
analizarse las causas propias.

¿Qué podemos decir de lo siguiente?:
Se suicidan 800 mil personas por año en el mundo, y sobrevienen 1.350.000
muertes en accidentes de tránsito. Qué decir de estas cuestiones, previas a
mencionar cualquier conflicto bélico, que es lo que a Freud preocupaba.
La pulsión, la muerte y el análisis
El hombre es el único ser que se suicida: es decir, que sabe que se mata. Que
sabe que se muere. Que se descuida, que se accidenta, que mata sabiendo
que mata…
La pulsión de muerte, o como preferiría decirlo: la antipulsión, aparece desnuda
en la muerte. Consiguió su cometido… la desintegración de la complejidad de
la psique, que le debemos al otro y a Eros y su figurabilidad.
Hallamos en Castoriadis consideraciones referidas a la mortalidad como
significación de los límites, la tragedia y su desencadenamiento a partir de la
desmesura, la hybris –como bien mencionara Carlos Guzzetti-. Esto es un
punto que se conecta con el trabajo de Marshall Berman referido al Fausto de
Goethe como la primera tragedia del capitalismo, debido a la desmesura
producida por el desarrollo irrefrenado de las fuerzas productivas. Como en la
fábula del maestro brujo, todo se desmadra hasta la destrucción. Creo que no
hace falta pensar mucho si tomamos en consideración el daño ecológico y
humano en sus más diversas formas que ha producido el mito del desarrollo.
El capitalismo llevado a la forma que hoy conocemos, erosiona la significación
de los límites y coloca a la humanidad al borde de la tragedia. Al mismo tiempo
que implica la banalización de un hecho como lo es la muerte, que ha dejado
de ser un hecho social ligado a ritos, para transformarse en un hecho privado,
vergonzoso, a ser ocultado como un tabú.
Para Octavio Paz: “La muerte moderna no posee ninguna significación que la
trascienda o refiera a otros valores. En casi todos los casos es, simplemente, el
fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un
hecho más. Pero como es un hecho desagradable, un hecho que pone en tela
de juicio todas nuestras concepciones y el sentido mismo de nuestra vida, la
filosofía del progreso (¿el progreso hacia dónde y desde dónde?, se
preguntaba Scheller) pretende escamotearnos su presencia. (…) La muerte, ya
no como tránsito, sino como gran boca vacía que nada sacia, habita todo lo
que emprendemos. El siglo de la salud, de la higiene, los anticonceptivos, las
drogas milagrosas y los alimentos sintéticos, es también el siglo de los campos
de concentración, del Estado policíaco, de la exterminación atómica y del
murder story. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería
Rilke, porque nadie vive una vida personal. La matanza colectiva no es sino el
fruto de la colectivización”.

Castoriadis ha situado a la mortalidad como algo atinente al fin del análisis. Lo
interminable del mismo, debiera entenderse a partir de la dificultad del sujeto
en análisis –y de su analista- en aceptar la muerte de quien era para devenir
otro. Y, al mismo tiempo fracasa debido a que el sujeto no es capaz –y para
este trabajo necesariamente está solo- de aceptar “la realidad de la muerte
real, total, plena. La muerte –ya no la castración, que sería un derivado de
esta- es la roca contra la cual el análisis puede partirse. También señala que si
bien la vida implica la precariedad de todos los objetos y actividades investidas
“y del sentido del cual las hemos dotado” (…) la muerte es el sin-sentido de
todo sentido”. Así el análisis no estará terminado hasta que “el sujeto se haya
vuelto capaz de vivir al borde del abismo, apresado por este último nudo: vive
como un mortal … vive como si fueras inmortal…”tender a la inmortalidad
cuanto sea posible” (Aristòteles, Etica a Nicòmaco”).
Por cierto que nuestro amigo greco-francés solía llevar esto adelante en los
análisis que conducía. Así me lo comentó una colega que lo entrevistó en
París: cuando la ocasión era propicia, cuando el análisis había alcanzado su
madurez, Castoriadis trabajaba la muerte con sus analizandos.
“¿Cuál es, pues, nuestra posición ante la muerte? “(se preguntaba Freud) “En
mi opinión es muy asombrosa. En general, nos comportamos como si
quisiéramos eliminar la muerte de la vida; en cierto modo queremos ignorarla
como si no existiese (…) En la escuela psicoanalítica que, como saben,
represento, tuvimos la osadía de postular que nosotros –cada uno de nosotros–
en el fondo no creemos en nuestra propia muerte. Lo cierto es que no la
podemos imaginar. En todos los intentos de ilustrarnos qué sucederá después
de nuestra muerte, quién la llorará etc., podemos percatamos de que en
realidad aún estamos presentes como observadores (…) la vida pierde en
contenido e interés cuando la puesta máxima, precisamente la vida misma,
está excluida de sus luchas. Se vuelve tan vacía e insípida como un flirt
americano, en el que desde el primer momento está claro que no debe pasar
nada, al contrario de una relación amorosa continental, en la que la pareja debe
pensar siempre en el posible peligro (…) Si quieres soportar la vida, prepárate
para la muerte”.
Tal vez estos que siguen podrían ser buenos ejemplos de la elaboración de la
propia muerte en un análisis: dejaré hablar a los que saben.

Oliver Sacks escribió:

“No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí
es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a
cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el
mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso
planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.
Y ahora, débil, sin aliento, con mis antes firmes músculos desvanecidos por
culpa del cáncer, veo que mis pensamientos se dirigen no hacia lo sobrenatural
o lo espiritual, sino hacia lo que significa vivir una existencia buena y que vale
la pena (alcanzar una sensación de paz con uno mismo). Veo que mis
pensamientos vuelan hacia el sabbat, el día de descanso, el séptimo día de la
semana y quizás, también, el séptimo día de la propia vida, cuando uno siente
que ha terminado su trabajo y puede descansar, sin cargo de conciencia”. 

El Adriano de Marguerite Yourcenar dice:
«Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo,
descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de
renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las
riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de
entrar en la muerte con los ojos abiertos...».

¿Pero que será entrar en la muerte con los ojos abiertos?

Freud sostuvo:
“No me rebelo contra el orden universal. Después de todo … he vivido más de
setenta años. Tuve suficiente para comer, gocé de muchas cosas: la
camaradería de mi mujer, mis hijos, las puestas de sol. Observé crecer las
plantas en primavera. De vez en cuando disfruté de estrechar una mano amiga.
Una vez o dos encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más
puedo pedir?”
“El 21 de septiembre de 1939, en el primer día de otoño, Freud tomó la mano
del médico y le dijo:
Liebes Schur, querido Schur, seguramente usted recuerda nuestra primera
conversación. Usted me prometió entonces que no me abandonaría cuando me
llegase la hora; ahora todo es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido.

Schur dio a entender que no había olvidado, y Freud “respiró con alivio, me
tomó la mano con más fuerza y dijo: “Ich Drake Ihnen” (“Se lo agradezco”) y,
después de un momento de vacilación, agregó “Sagen sie der Anna” (“Hable
con Anna”). Todo esto fue dicho sin asomo de sentimentalismo y con plena
conciencia de la realidad”.
Schur cumplió el pedido administrando dos dosis de morfina separadas por 12
hs.

Freud sostenía –y esta es la versión clásica que ha quedado y a la que
habitualmente se adhiere- que en el inconsciente no hay representación de la
muerte. Personalmente coincido con esa opinión, pero agregando que sin
embargo la muerte –vía castración- afecta al inconsciente. Y que tampoco hay
representación inconsciente de Eros. Pero hay otra cuestión más: si la muerte
propia es impensable, es porque lo impensable es la desaparición del Yo. Cuyo
fading podemos apreciar en el ataque de pánico. Allí el Yo se desdibuja y el
temor a la muerte es el temor a la muerte del Yo, un yo que más allá de ser
sede de la angustia es también sede del pánico. Ese gran parafantasma que es
el Yo nos deja a merced de la pulsión de muerte que se regocija como un
espantajo con nosotros. Las culturas han erigido a las religiones y han creado
ceremonias, homenajes, etc., para mitigar el pánico a la desaparición del Yo:
tal el verdadero temor a la muerte. ¿Acaso en esas culturas en las cuales sus
habitantes ante la muerte de uno de ellos, realizan ceremonias, a veces con
música, otras con comida, no estarán festejando que se ha muerto otro y no
uno ellos?
Las humoradas en los velorios son modos de conjurar a la muerte.
Woody Allen se refirió en varias oportunidades al tema diciendo:
No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda.
No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no
muriendo.
Y ante la pregunta de qué pensaba acerca de la muerte, dijo: “Me opongo”.
También está la humorada transmitida por Freud del condenado a muerte que
el día de su ejecución –un lunes- dice: “¡Linda manera de comenzar la
semana!”.
Y para terminar nada mejor que una lápida. En este caso lo que Groucho Marx
hubiera deseado que dijera la suya pero que espantó a su familia, la cual se
negó a llevarlo a cabo: “Disculpen que no me levante”.