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CERRANDO EL AÑO 2016


Publicada el 15/12/2016 por Hugo Urquijo





CERRANDO EL AÑO 2016

 

Tengo la impresión de que nuestro trabajo sigue siendo a través de los años un testimonio vivo del modo en que el psicoanálisis, si es productivo, resiste a múltiples embates como uno de los espacios privilegiados donde se preserva la intimidad en medio de la intimidación, parafraseando a una de nuestras invitadas de este año. Por eso voy a hablar muy brevemente sobre esta resistencia.

Cuando elegimos el tema de este año 2016, en diciembre del pasado, Psicoanálisis política y sociedad, seguramente nos guiaba  la expectativa de trabajar juntos un tema necesario en un periodo que se auguraba por decir lo menos, inquietante. Para bien o para mal, según quien lo augurara. En el que todos sabíamos que el cambio de signo político que acababa de producirse iba a traer cambios. Muchos cambios. Y los trajo, sin duda. Y en muchos aspectos más  drásticos de lo que esperábamos. En la economía, en la política, en la cultura, en la educación, en las políticas para la ciencia y la universidad, en Salud Mental o en los posicionamientos respecto de los DDHH. Lo que no era esperable era que los movimientos y el modo en que se produjeron levantaran una barrera de resistencia como la que generaron.

Nuevamente como durante la dictadura, como durante la década menemista, como en la debacle del 2001/2  había que resistir a la ideología de la banalización y la alegría vacua con la de cierta seriedad y  rigurosidad, resistir a la ideología del “sálvese quien pueda” con la cultura de la solidaridad y la consideración por el semejante, resistir a la cultura de la especulación con la del trabajo y el esfuerzo, resistir a la cultura del desmantelamiento y el negacionismo con la cultura de la verdad, la memoria y la justicia.

Mientras garabateaba estas líneas en la computadora para compartir con ustedes esta noche, vino a mi memoria el discurso que Gabriel García Márquez pronuncio en la apertura del Congreso de Intelectuales de 1985 en LA Habana al que fuimos invitados por la Casa de las Américas. Estaban allí, entre los que recuerdo, Fray Beitto, sacerdote tercermundista, Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, Osvaldo Soriano, nuestro novelista y Mimí Langer que ese año fue elegida para tomar el sillón que dejara vacío Julio Cortázar un año antes.

Sabía que tenía guardado ese discurso y lo encontré. Comparto con ustedes esta noche dos o tres de sus párrafos porque me parecen preciosos. Recuerden que fue escrito y pronunciado 15 años antes del cambio de siglo por un hombre a quien le debo haberme mostrado la primera computadora que vi en mi vida en 1987, dos años después de este Congreso. Era todavía un procesador de texto.

“Latinoamericanos y caribes nos acercamos al siglo XXI con la sensación desoladora de habernos saltado el siglo xx: lo hemos padecido sin vivirlo. Medio mundo celebrará el amanecer del año 2001 como una culminación milenaria, mientras... los niños que hoy están en la escuela primaria preparándose para regir nuestros destinos en la centuria venidera, siguen condenados a contar con los dedos de la mano, como los contabilistas de la más remota antigüedad, mientras ya existen computadoras capaces de hacer cien mil operaciones aritméticas por segundo. En cambio hemos perdido en cien años las mejores virtudes humanas del siglo XIX: el idealismo febril y la prioridad de los sentimientos: el susto del amor. En algún momento del próximo milenio la genética vislumbrará la eternidad de la vida humana como una realidad posible, la inteligencia electrónica soñará con la aventura quimérica de escribir una nueva Ilíada, y en su casa de la Luna habrá una pareja de enamorados de Ohio o de Ucrania, abrumados por la nostalgia, que se amarán en jardines de vidrio a la luz de la Tierra.

La América Latina y el Caribe, en cambio, perecen condenados a la servidumbre del presente: los desmadres telúricos, los cataclismos políticos y sociales, las urgencias inmediatas de la vida diaria, de las dependencias de toda índole, de la pobreza y la injusticia, que no nos han dejado mucho tiempo para asimilar las lecciones del pasado ni pensar en el futuro...

 Por fortuna, la reserva determinante de la América Latina y el Caribe es una energía capaz de mover el mundo: la peligrosa memoria de nuestros pueblos. Es un inmenso patrimonio cultural anterior a toda materia prima que acompaña cada paso de nuestras vidas. Es una cultura de resistencia que se expresa en los escondrijos del lenguaje, en las vírgenes mulatas, verdaderos milagros del pueblo en contra del poder clerical colonizador.

Es una cultura de la solidaridad, que se expresa ante los excesos criminales de nuestra naturaleza indómita, o en la insurgencia de los pueblos por su identidad y su soberanía. Es una cultura de protesta en los rostros indígenas de los ángeles artesanales de nuestros templos, o en la música de las nieves perpetuas que trata de conjurar con la nostalgia los sordos poderes de la muerte. Es una cultura de la vida cotidiana que se expresa en la imaginación de la cocina, en el modo de vestir, en la superstición creativa, o las liturgias íntimas del amor. Es una cultura de fiesta, de transgresión, de misterio, que rompe la camisa de fuerza de la realidad y reconcilia por fin el raciocinio y la imaginación, la palabra y el gesto, y demuestra de hecho que no hay concepto que tarde o temprano no sea rebasado por la vida. Ésta es la fuerza de nuestro retraso. Una energía de novedad y belleza que nos pertenece por completo y con la cual nos bastamos de nosotros mismos, que no podrá ser domesticada ni por la voracidad imperial, ni por la brutalidad del opresor interno, ni siquiera por nuestros propios miedos inmemoriales de traducir en palabras los sueños más recónditos…..

 

Son palabras de uno de los últimos románticos, está claro! Romántico, socialista y humanista que escribe antes de la caída del socialismo real.

Vuelvo a saltar los 31 años que han pasado y regreso al Colegio. Creo que en el Colegio pudimos ir cercando nuestro tema sin sectarismos sin partidismos. Con un pie siempre en el psicoanálisis, que es lo que nos protegió   y nos guio. En muchos momentos del año apareció, y por eso remarco esta noche el tema, la RESISTENCIA como el modo de seguir defendiendo al psicoanálisis y su dimensión de alivio del sufrimiento frente a  la crueldad inherente a las sociedades postdemocráticas, según lo definía tan lucidamente Ana María Fernández aquí mismo hace unas semanas .

La resistencia desde el Foro a las políticas de Salud Mental que se perfilan como las oficiales y que declaran al psicoanálisis como pasado, antiguo: me refiero a la invasión del campo por la psiquiatrización, por el neurociencientificismo  y por el cognitivismo que plantea por ej. la pobreza como una disposición inherente en el sujeto.

La resistencia de Sabine Spielrein, o la del paciente del grabador que trajo Carlos que a su modo tan limite, casi psicótico, resistía y denunciaba lo abusivo de la transferencia de un larguísimo análisis.  La resistencia a que se pierda lo que hemos avanzado en materia de aceptación de la homosexualidad más allá de la perversión, de la conformación de nuevas formas de familias y de matrimonios, las familias en desorden como le gusto llamarlas a Roudinesco, y que aquí se hicieron presentes también, por ejemplo en la presentación clínica para Michel Tort a fines del año pasado. La resistencia al avance del poder judicial y del partido judicial que veíamos hace sólo una semana en la familia presentada aquí mismo por Oscar y Adriana. LA resistencia, en fin,  a que se cierre la hiancia entre sujeto y subjetividad (siguiendo a Jorge Alemán) y se produzca entonces el crimen perfecto del neoliberalismo más salvaje.