• Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Linkedin

Tema del año 2017


Publicada el 17/01/2017 por Tema del año 2017





Pulsión de muerte, su vigencia teórica y clínica en debate


Durante 2016 hemos trabajado las relaciones entre política, subjetividad y psicoanálisis. Este año optamos por internarnos en un problema tan controvertido como lo es el concepto de pulsión de muerte y esta serie no es un hecho casual. El mundo asiste a un panorama de conflictos bélicos permanentes bajo el formato de una guerra antiterrorista con enemigo acéfalo, los indicadores de salud mental dan muestras notorias de deterioro y la desesperanza, la frustración, la depresión, las tasas de suicidio, las patologías del trabajo, las formas de crueldad banalizada u obscenas se expanden como un reguero de pólvora por el planeta en general y por nuestro país en particular. En este contexto el concepto con el que Freud -en primera instancia- abarcó lo destructivo humano, es decir, el de pulsión de muerte, nos vuelve a interrogar. 

Hace 32 años, en 1984, en el simposio realizado en Marsella, ya el mismo fue puesto en debate por analistas de distintas tradiciones teóricas dentro del psicoanálisis. Green, Laplanche, Hanna Segal y Widlocher, junto a otros, enfrentaron su problematicidad. Hoy muchos de aquellos debates siguen vigentes, lo cual habla de que las oscuridades del concepto siguen resistiéndose a una clara comprensión.

El contexto social en que Freud lo formuló fue el de los primeros años de una guerra mundial que culminó con la derrota de las fuerzas del imperio germano. Pero su legitimación inicial no se restringe a un plano social marcado por la guerra y la muerte, sino a la cantidad de fenómenos que la clínica analítica no lograba cercar con el postulado de un aparato que busca disminuir la tensión, conllevando así placer. El par sadismo-masoquismo, la crueldad, la afánisis, la violencia desatada sobre el propio sujeto o sobre el otro, la búsqueda de la muerte, la persistencia de síntomas que no dan placer al yo y sin embargo se sostienen como bastiones del sufrimiento, la reacción terapéutica negativa, llevaron a Freud a formular una hipótesis mucho más abarcadora que la que remite a la destructividad, que no todo el campo analítico recibió con igual entusiasmo. Hubo quienes lo hicieron suyo, hubo quienes lo rechazaron.

Tanto en 1920, cuando Freud escribió Más allá del principio del placer,  64 años después cuando el coloquio de Marsella tuvo lugar, como hoy, se nos impone revisar este concepto. Tanto más en un mundo en que lo atroz se convierte en espectáculo exhibiendo obscenamente los cuerpos de niños sirios muertos en las playas italianas, la desaparición de jóvenes normalistas  en el vaho criminal mexicano, formas multifacéticas de la xenofobia y la discriminación llevadas al crimen,  o formas del femicidio que lejos de ceder aumentan en naciones en las que los derechos de la mujer buscan ser aumentados. Todo esto incluyendo además fenómenos que podríamos llamar bizarros como el de un ciudadano alemán buscando, en avisos clasificados, candidatos para ser comidos y que obtuvo respuestas de 400 postulantes.  La realidad supera la ficción, tal vez porque hay reales que ninguna ficción puede cercar.

En ese panorama el concepto de pulsión de muerte nos convoca con sus interrogantes, con sus ambigüedades, con sus intuiciones, con sus desarrollos, pero también con sus implicancias reorganizadoras de todo el cuerpo téorico freudiano.  Aceptarlo implica también aceptar sus consecuencias; la presencia evidente y persistente del mal radical no lo legitima automáticamente. Desde esa perspectiva, el debate que pretendemos emprender nos enfrenta con la microscopía de una experiencia clínica que no sólo transcurre en el interior de un consultorio, sino también con problemas que involucran el propio destino del ser humano como especie.

Convocamos a trabajarlo a lo largo de 2017, integrando al debate distintas perspectivas teóricas psicoanalíticas, filosóficas, sociológicas, antropológicas, que permitan situar la cuestión en las coordenadas precisas de nuestra contemporaneidad y en particular incidir -desde este debate- en nuestra clínica cotidiana y en el padecimiento de nuestros pacientes.