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Algunas dimensiones inherentes a la articulación del psicoanálisis con lo social y lo político


Publicada el 14/04/2016 por Juan Carlos Perone





 

Juan Carlos Perone

Asociación Colegio de Psicoanalistas. 14 de abril de 2016.

 

ALGUNAS DIMENSIONES INHERENTES A LA ARTICULACIÓN DEL PSICOANÁLISIS CON LO SOCIAL Y LO POLÍTICO

 

Transcribo primero un fragmento del trabajo que presente el año 2014 en la apertura de la temática sobre psicoanálisis y vida cotidiana que pienso puede situar el marco de mi presentación de hoy.

Freud, a través de muchos de los textos que integran su prolífica obra fundacional del psicoanálisis, considera numerosos fenómenos e instituciones de la sociedad y la cultura para elucidar la vinculación que estos tienen con la estructuración y el funcionamiento de instancias específicas del psiquismo y valorar, por un lado, su incidencia, que puede llegar a ser elucidada en la clínica y, a la inversa, que puede aportar el procedimiento clínico y los descubrimientos que allí se producen, para incrementar la inteligibilidad de aspectos de la sociedad y la cultura. De esta manera creo que intentamos situarnos en una tradición de trabajo que si bien tiene a la práctica clínica como su referencia principal no quiere descuidar la articulación de lo que allí se despliega con el contexto sociocultural, siempre en proceso de transformación.

A mi entender, implica presuponer que la existencia de lo social, en sentido genérico, es condición absoluta de la existencia de seres humanos parlantes y coaligados bajo la forma de múltiples relaciones intersubjetivas, e integrando ámbitos institucionales diversos, entre las que hay que situar el vínculo transferencial específico que encuentra soporte en los diversos dispositivos que alojan la práctica psicoanalítica.

Me importa, sobretodo, remarcar la dimensión colectiva que acompaña, sobredetermina siempre, toda obra, aún la que tiene como origen, como soporte fundacional, la figura de una sola persona. 

A propósito de esto refiero lo que Freud plantea en el capítulo 3 de Psicología de las masas y análisis del yo: “Con relación al rendimiento intelectual, no obstante, es un hecho que las grandes conquistas del pensamiento, los descubrimientos importantes y la solución de problemas sólo son posibles para el individuo que trabaja en solitario. Pero también el alma de las masas es capaz de geniales creaciones espirituales, como lo prueban, en primer lugar, el lenguaje mismo, […..]. Por otra parte, no se sabe cuánto deben el pensador o el creador literario individuales a la masa dentro de la cual viven; acaso no hagan sino consumar un trabajo anímico realizado simultáneamente por los demás”.

Quiero hacer primero hincapié en la actividad clínica considerando como ingresan en ese espacio, la sociedad y la política

Tomo una referencia reciente, una parte de las viñetas que contó  Mariana en el plenario de apertura de este año y en el trabajo que Oscar presentó hace un tiempo sobre “El problema de la neutralidad, la abstinencia y la implicación” y del cual retomó algún recorte en su disertación en esa jornada inaugural.

Esto me llevó a volver a dos de los artículos de Freud  agrupados, entre otros, bajo la denominación de “Nuevos Consejos sobre la técnica pscoanalítica”: “Recordar, repetir y reelaborar” y “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”.

De allí voy a espigar algunos fragmentos, especialmente del segundo de estos, que me parece permiten ampliar la perspectiva respecto a esas nociones centrales para nuestro quehacer que son la abstinencia y la implicación.

Luego alejándome un tanto de la clínica propiamente dicha,  intentaré acercarme  a lo que podríamos categorizar como los aportes que el pensamiento psicoanalítico puede hacer a la comprensión de fenómenos en el campo social.

Empiezo por algunas de las cosas vertidas por Mariana reuniones atrás, cito una parte de lo que dijo:

Muy frecuentemente los pacientes plantean sus impresiones políticas dando por sentado que se analizan con una persona sensata que tendrá la misma opinión que ellos. No siempre existe una pregunta al respecto. Existe en algunos casos una afirmación, un dar por sentado, muchas veces dentro del esquema binario que divide acuerdo absoluto/desacuerdo absoluto, ganador/perdedor, amigo/enemigo. Atiendo a la gran mayoría de mis pacientes cara a cara. Me encuentro evaluando con qué gestualidad acompañan ellos su planteo, si me miran para ver qué cara pongo, si dan por sentado que formamos parte de un universo ideológico común”.

Apunto al respecto: más allá de lo que uno finalmente se encuentre haciendo, desde su lugar de analista, con eso que los pacientes dicen, y cómo esto puede o no encontrar sustento, creo que se puede diferenciar entre aquellos que al formular opiniones políticas en sesión lo hacen de tal modo que al mismo tiempo enuncian que dan por sentado que uno está de acuerdo con el contenido de lo vertido, de aquellos que al hablar del mismo tema connotan con su gestualidad que les importa colegir si uno acuerda o no con lo que están diciendo.

En el primer caso, los que dan por descontado el acuerdo del analista, en rigor lo están descontando a uno, hemos dejado de ser otro.

Otra cosa es como uno se las arregla para intervenir en estos casos, si es que tiene que hacerlo, teniendo en cuenta lo que indica esta posición de enunciación del paciente.

Puede aparecer este movimiento psíquico, eventualmente, en relación con otros aspectos que tienen cabida en el discurso que en el campo analítico se va desplegando, pero creo que adquiere particular intensidad y se pone verdaderamente álgido el clima del encuentro con la dimensión de lo político ideológico. Si es así, en tanto nos concierne especialmente, habría que tratar de elucidar por qué esta temática toma tal preeminencia.

Una pregunta posible podría ser: siempre es así por el lugar que esta dimensión tiene en la subjetividad, al menos desde la modernidad en adelante. O depende su incidencia e intensidad del carácter que adquieran los discursos y las prácticas políticas en determinada coyuntura histórica.

Se trata meramente que en determinados contextos la cualidad  y la intensidad que conllevan las diferencias político-ideológicas adquieren un carácter tal que interpelan sin apelación posible a las subjetividades? Y por tanto a los partenaires que componen la escena transferencial? Que en este aspecto, cabría agregar, no se diferencia demasiado de lo que ocurre en otras configuraciones vinculares más o menos estables, como los agrupamientos familiares y de amigos.

Mariana se pregunta también, si la mirada interrogante del paciente cuando toma posición en relación con esta problemática, sugiere alguna capacidad para tolerar una diferencia con el analista?

Tal vez, si se trata de una mirada que interroga, que no da totalmente por sentado lo que la expectativa del paciente quisiera, se trate de alguien que se abre a la posibilidad de una diferencia aunque esta disguste.

En esa escena el analista no resulta reducido en su otredad;  tal vez se anhela que confirme en su creencia al analizante, o que después de todo lo siga  queriendo igual pese a que se sospecha que en este tema que conmociona no estamos parados en el mismo campo. Creo que nos pasa a casi todos a los que nos importa especialmente esta dimensión de la vida social que, ora acercamos comentarios o textos a personas que valoramos, pero sabemos ubicados en una posición política distinta a la nuestra, con la pretensión que los interpreten del mismo modo que nosotros y de esa manera acercarlos, ora nos contenemos de hacerlo por temor a que despierte un intercambio hostil.  No hay caso, si los leen lo hacen desde otro marco interpretativo y nos quedamos sin ese retorno especular que por un rato nos reconciliaría con nosotros mismos.

Como estamos viviendo un momento histórico en el que, al menos en nuestras latitudes, el discurso político ha adquirido especial vigencia, y nos parece muy evidente cómo tensa las relaciones sociales, tal vez olvidamos que, en relación a otras cuestiones de las que hablan nuestros analizantes, solemos poner a veces caras de nada, si es que hay tal cosa, otras veces cara de recepción benevolente, que puede ser o no genuinamente de aprobación, o ser interpretadas de tal modo por el que nos habla. Quiero decir que estamos menos pendientes de nosotros mismos en otros momentos climáticos, y por eso mismo tasamos en menos alto o estamos menos alertas a las repercusiones que esto puede tener en el curso de la cura, salvo que ocasionalmente reacciones inesperadas del analizante nos obliguen a repensar nuestra actitud.

 

Sin duda toda esta problemática que se despliega en el campo de nuestro trabajo clínico, obliga a repensar las nociones de neutralidad, abstinencia e implicación.

Nos puede ayudar en esto volver a los dos textos notables de Freud (de los años 1914-1915) que antes mencioné. Dice Freud en Recordar, repetir y elaborar: [……..] “lo que más nos interesa es la relación de esta compulsión de repetir con la transferencia y la resistencia. [……] la transferencia misma es sólo una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado; pero no sólo sobre el médico: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente. [El paciente] “…..se entrega a la compulsión de repetir, que le sustituye ahora al impulso de recordar, no sólo en la relación personal con el médico, sino en casi todas las otras actividades y vínculos simultáneos de su vida” – [……] “si durante la cura elige un objeto de amor, toma a su cargo una tarea, inicia un empresa- Tampoco es difícil discernir la participación de la resistencia”.

[Luego dice:] “Si la cura empieza bajo el patronazgo de una transferencia suave, positiva y no expresa, esto permite, [……], una profundización en el recuerdo. […..] ; pero si en el ulterior trayecto [……] se vuelve hostil e hiperintensa, y por eso necesita de represión, el recordar deja sitio enseguida al actuar. Y a partir de ese punto las resistencias comandan la secuencia de lo que se repetirá”.

Es decir que la hostilidad transferencial reprimida toma el desvío de la resistencia al análisis bajo el modo del actuar.

Más adelante dirá: “no debemos tratar su enfermedad [del analizante] como un episodio histórico, sino como un poder actual. Esta condición patológica va entrando pieza por pieza dentro del horizonte y del campo de acción de la cura, y mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y actual, tenemos nosotros que realizar el trabajo terapéutico, que en buena parte consiste en la reconducción al pasado”.

En “buena parte” quiere decir que no en su totalidad, hay algún tramo que puede consistir en algo distinto que la “reconducción al pasado”.

[……] “El hacer repetir equivale a convocar un fragmento de su vida real”.

[……] “un fragmento de su ser que se nutre de buenos motivos y del que deberá espigar algo valioso para su vida posterior”.

Intercalo una reflexión: el pieza por pieza hace pensar que esa tarea es equivalente en algún sentido al trabajo de duelo. Pensarlo como tal, creo que presupone considerar que lo que se transfiere y por ende se repite no es algo efectivamente vivido como tal, principalmente en la época primordial, sino aquello que añoramos porque no pudo ser, que intenta cumplimentarse ahora, transferencia mediante. De manera tal que el procesamiento pieza por pieza implica dar por perdido eso anhelado por no realizado, que es equivalente a transformar, lo que no deja de actualizarse, en pasado, y así abrir ha otro futuro posible.

Después dirá: “[…..] las acciones del paciente fuera de la transferencia pueden conllevar pasajeros perjuicios para su vida o […..] desvalorizar duraderamente las perspectivas de salud”.

“[……] El mejor modo de salvar al enfermo de los perjuicios que le causaría la ejecución de sus impulsos es comprometerlo a no adoptar durante la cura ninguna decisión de importancia vital (por ej., abrazar una profesión o escoger un objeto definitivo de de amor); que espere, para cualquiera de tales propósitos, el momento de la curación”.

Es decir que la actitud de abstinencia, con un cierto alcance,  le es propuesta al paciente mismo. Lo de “objeto de amor definitivo” es entendible en el marco de las condiciones de la época, por tanto es la marca de valores vigentes  socialmente en la prescripción misma al interior de la cura. Por lo demás, hay que tener en cuenta que Freud atendía a sus pacientes 5 veces por semana, lo que hacía que sus análisis duraran uno o dos años. No es para nada lo habitual y menos todavía lo posible en las constelaciones socio-económico-culturales en las que nos toca trabajar en la actualidad.

Para completar su perspectiva, planteará que para domeñar la compulsión de repetición […….]: “le abrimos la transferencia como la palestra donde tiene permitido desplegarse con una libertad casi total, y donde se le ordena que escenifique para nosotros todo pulsionar patógeno que permanezca escondido en la vida anímica del analizado. [Si el paciente respeta las condiciones de existencia del tratamiento] “conseguimos casi siempre dar a todos los síntomas de la enfermedad un nuevo significado transferencial, sustituir su neurosis ordinaria por una neurosis de transferencia”.

Las condiciones de existencia del tratamiento, como Freud mismo va apuntando, refieren por un lado a la actitud del analista y por otro a la adecuación del paciente a ciertas prescripciones que posibiliten la instauración del método. Nuestra clínica contemporánea nos exige atender pacientes a los que lleva bastante tiempo acomodarse a las “condiciones de existencia” del análisis y una parte de ellos no llegan a encausarse en ese proceso. Sin embargo, una parte de esos tratamientos, orientados desde una perspectiva psicoanalítica, logran transformaciones favorables para sus vidas.

Continúa Freud: […….] “La transferencia crea así un reino intermedio entre la enfermedad y la vida, en virtud de la cual se cumple el tránsito de aquella a ésta. […..] Construye una enfermedad artificial y al mismo tiempo es un fragmento  del vivenciar real objetivo”.

Supongo que esto habrá inspirado a Winnicott, dado que ese reino intermedio es algo así como un espacio de ficción, de ilusión lo llamaría él, pero su carácter de intermediario, de lugar de tránsito  entre la enfermedad y la vida, que reune características de ambas cosas, sin ser del todo ninguna de las dos, como señala Freud,  le otorga las características de lo que Winnicott  llamaría un espacio transicional.

Más adelante: “Es preciso dar tiempo al enfermo para enfrascarse en la resistencia, no consabida para él, para reelaborarla, vencerla, prosiguiendo  el trabajo en desafío a ella y obedeciendo a la regla analítica fundamental”.

Lo de enfrascarse, literalmente meterse en un frasco, hace pensar en la cubeta de Laplanche, metáfora que él utiliza para dar cuenta de ese espacio transferencial de alto voltaje, que pone provisionalmente en suspenso el mundo exterior, donde se desarrolla el proceso psicoanalítico.

Recorramos algunas pasajes ahora del segundo texto, el del amor de transferencia.

Comienza destacando entre las dificultades del tratamiento aquellas vinculadas con el manejo de la transferencia.

De las situaciones que se producen en transferencia seleccionará una “[…..] en razón de su frecuencia y real importancia [……]. Me refiero al caso [dice] en que una paciente mujer […….], como cualquier frágil mujer, se ha enamorado del médico que la analiza”.

Esta selección de la “frágil mujer” lleva a preguntarse si no está también, en parte, condicionada, por los valores y los modos de subjetividad femenina de esas décadas del siglo XX. Lo que condicionaba los tipos de pacientes que Freud y otros analistas recibían.

Dice que tal estudio es de importancia vital para la técnica psicoanalítica, pero, agrega,  “Una y otra vez tropezamos aquí con el deber de la discreción médica, un deber inexcusable en la vida pero ocioso en nuestra ciencia. Y puesto que la bibliografía psicoanalítica pertenece también a la vida real [entiendase, a mi manera de ver, vida real por vida sociocultural] de ahí nace una insoluble contradicción”. […..] “la mencionada situación transferencial aplazó [demoró] el desarrollo de la terapia psicoanalítica en su primer decenio”. La década perdida.

Es decir un efecto indeseable de la conjunción de la moral de la época y esta peculiaridad del trabajo psicoanalítico. 

Luego de una serie de elaboraciones sobre el papel resistencial que juega el enamoramiento extremo, que conlleva un total cambio de vía de la escena, con la consiguiente pérdida de interés en el tratamiento, cambio que compara con un “juego dramático [recalco yo lo de juego] que fuera desbaratado por una realidad que irrumpe súbitamente” (por ej, dice, una función teatral suspendida al grito de fuego), y tras cartón se plantea “¿de qué modo debe comportarse el analista para no fracasar en esta situación, si es cosa para él decidida que la cura tienen que abrirse paso a pesar de esta transferencia amorosa y a través de ella?”.

Alude, entonces, a como se construye la función del analista, cuales son los movimientos que lo afirmarían en ese rol.

Y plantea que el tratamiento psicoanalítico se asienta en la veracidad.

 Se le exige al paciente la más rigurosa veracidad. Por lo tanto, el analista pondría en juego su autoridad íntegra si se deja pillar por el paciente en una falta a la verdad. Concluye con la siguiente aserción: “[……] no es lícito desmentir la indiferencia que, mediante el sofrenamiento de la contratransferencia, uno ha adquirido”.

Aquí creo que las palabras claves son sofrenamiento e indiferencia. Qué clase de redistribución del investimiento permite mantener a raya eso que pugna por exteriorizarse. Porque indudablemente sofrenar da a entender que una moción activada  debe ser desviada de su meta.

A renglón seguido, y luego de señalar que la técnica analítica impone al médico el mandamiento de denegar a la paciente “menesterosa de amor” la satisfacción apetecida, aparece lo que privilegió Oscar en su trabajo: la cura tiene que ser realizada en la abstinencia. El analista tiene que neutralizar una moción que sobreviene en él por estar implicado en la transferencia, tiene que abstenerse de darle curso para así dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como fuerzas pulsionantes del trabajo y guardarse de apaciguarlas mediante subrogados.

Más adelante continuará “consentir la apetencia amorosa de la paciente es entonces tan funesto para el análisis como sofocarla. El camino del analista es diverso,  uno para el cual la vida real no ofrece modelos” […….] uno retiene la transferencia de amor, pero la trata como algo no real”.

“Cuanto más impresione uno mismo que está a salvo de toda tentación, más extraerá de la situación su sustancia analítica”.

Si no hay modelos en la vida real, es una creación requerida por el procedimiento, del que la función del analista forma parte crucial y ahí se realiza. Es un personaje esencial en ese juego dramático  del que con anterioridad, en forma metafórica, Freud hablaba, y este es uno de los rasgos principales que singularizan, a mi modo de ver,  la actividad clínica de cuño psicoanalítico de otras formas de actividad de los psicoanalistas en lo que suele denominarse el psicoanálisis en extensión.

Sin embargo, a pesar de la participación indudable de la resistencia en el amor de transferencia, Freud planteará que la resistencia no ha creado ese amor, lo encuentra y se sirve de él, exagerando sus exteriorizaciones. Por tanto el mencionado amor tiene un carácter genuino, a pesar de participar en su composición la reedición de rasgos infantiles, que uno puede encontrar en todo enamoramiento.

Pero lo que singulariza al amor de transferencia por sobre cualquier otra cosa es que es provocado por la situación analítica.

Por tanto esto es decisivo para el obrar no sólo técnico sino ético del analista. Si a través del dispositivo que da forma a la situación analítica, se instaló este señuelo, esto mismo le impone al analista la prohibición de extraer de ahí una ventaja personal.

Debe tener en vista su meta. Para el analista queda excluido el ceder, dice Freud. Debe, entiendo, sostenerse a rajatabla en su posición de tal.

Continúa: “ella [la frágil mujer] tiene que aprender de él [el analista] a vencer el principio del placer, a renunciar a una satisfacción inmediata, pero no instituida socialmente, a favor de otra más distante, quizás mucho más incierta, pero intachable tanto en lo psicológico como en lo social”. Hay aquí en juego, entremezclada una perspectiva pedagógica, que en párrafos anteriores aparecía ligada con la exigencia de veracidad y los efectos de esta prescripción.

“El psicoterapeuta analista debe librar así una lucha triple: en su interior contra los poderes que querrían hacerlo bajar del nivel analítico. Fuera del análisis contra los oponentes que le impugnan la significatividad de las fuerzas pulsionales sexuales y le prohiben servirse de ellas en su técnica científica”, y en el análisis, “contra sus pacientes, que al comienzo se comportan como los oponentes, [en esto encontramos las resonancias de los escollos que encontraba la práctica analítica en aquella época en diversos círculos de la vida social y muy en particular en el propio mundo médico],  pero luego dejan conocer la sobrestimación de la vida sexual que los domina, y quieren aprisionar al médico con su apasionamiento no domeñado socialmente”.

 

En oportunidad de la presentación de Oscar a que hice referencia,  releyendo las intervenciones, encuentro que Mariana plantea lo siguiente:

“Hay una cantidad fenómenos que van ocurriendo en el consultorio, que no se dejan comprender sin  esfuerzo, ni a favor ni en contra de la neutralidad, ni de la ley de abstinencia, ni son conceptualizables, y que tienen que ver con cuestiones de nuestra humanidad pura. y que nosotros no podemos incluirlos en alguna teorización posible”.  “Nos pasan,  nos emocionamos- me pasa muchas veces con un paciente cara a cara que se me caen las lágrimas por algo que me está diciendo, y no tengo manera de conceptualizar- llego tarde con la conceptualización, llego tarde a entender qué me pasó, llego tarde. o me pasa a veces que me da miedo algo que me están contando”.

“No me queda muy claro  que sea perjudicial, la verdad que no me queda claro  que tengamos que hacer tanto esfuerzo por contenerlo”.

Yo asemejaría esto con el sentimiento que Oscar descubre que sobreviene en él cuando atendía a un paciente que era un burócrata sindical y por lo tanto estaba en las antípodas de sus concepciones sobre lo político-ético y sin embargo se encuentra conmovido por el padecimiento del otro, que incluso refuerza su elección vocacional por la práctica analítica como opción respecto a la política.

Lo que creo que hay de común son aspectos de la condición humana que desbordan las adscripciones ideológicas, religiosas y creencias de otro orden.

Por eso le atribuía yo a Lacan, no se si correctamente, la noción de implicación existencial del analista.

Mariana dice que llega tarde a la conceptualización de esas reacciones emocionales que encuentran un modo de exteriorización que no puede evitar.   Creo que también se podría decir que el yo llega siempre tarde a estas cosas. No son del orden de una vacilación calculada como modo de intromisión del analista en la sesión, como alguien mencionaba veces pasadas, pero es probable que incidan en el campo de trabajo.

No todo es transferencia, decía Vicente Galli, en nuestra reunión pasada, lo cual no quiere decir que no tenga efectos, incluso benévolos en el proceso analítico, por ende en el paciente y también en el analista. También este se va transformando en la relación con sus pacientes. Y los pacientes perciben muchas cosas correctamente del analista en el transcurso de la relación.

Por lo tanto, creo, que en relación con todo lo precitado se pude dar a la implicación un alcance más amplio. Diferenciarla de la explicación que puede ser concebida como la intervención sobre algo que me es exterior. Puede ser de utilidad al respecto, el ejemplo que da Castoriadis sobre la modernidad que constituye, entre otras cosas, un modo de retomar la antigüedad clásica, reinterpretando ese momento sociocultural pretérito, desde una perspectiva diferente a la que lo había hecho la edad media. Es decir desde una cierta exterioridad porque quienes lo hacen no están inmersos en ese tiempo. La antigüedad como pasado ya está de algún modo perdida. Ergo, esa interpretación dice más de la propia modernidad que de aquello  que se pretende explicar.

En cambio implicación es hablar, sentir y hacer desde adentro de la propia situación, del propio campo en el que estamos inscriptos ocupando una posición que siempre se define en relación a la que tienen los demás.

Por lo tanto no se restringe a las creencias ideológico-políticas-religiosas que el analista y el paciente portan y que pueden adquirir una mayor intensidad en ciertas coyunturas sociales en las que se activan fuertemente. Está determinada por ese fondo multidimensional, del que también forma parte la creencia del prácticante en la eficacia del procedimiento analítico y sus metas, en las teorías que funcionan como referencia, en su afiliación a ese linaje que se inicia con Freud  y sus coetáneos y también a los aspectos de su condición humana que lo ubican como  semejante de quienes analiza, amén de otros rasgos propios de la subjetividad de la época. Con todo este bagaje que portamos hay que arreglárselas para desempeñar la tarea de psicoterapeuta de orientación analítica. 

Creo si, que hay una subjetividad del analista, estamos identificados con esta práctica y con esta subcultura y así nos ven quienes se desempeñan en otros ámbitos del mundo cultural e intelectual, con quienes también interactuamos de diversos modos.

 

Algunas pocas ideas más no muy organizadas.  El modelo a seguir , me parece, para pensar lo que suele llamarse el psicoanálisis en extensión  -que hace a otro modo de la relación de nuestra disciplina con la sociedad y la política- está presente en los desarrollos de Freud en Psicología de las masas, muy especialmente en su conceptualización de la identificación colectiva. Esta plasma como tal, como ustedes ya saben,  cuando en determinada situación social -que involucra un conjunto numeroso de personas que no necesariamente tienen vinculos duraderos entre si- se generan condiciones que posibilitan que un mismo objeto (en general un apersona o eventualmente un pequeño subgrupo) ocupe el lugar o función del ideal en todas las mentes que constituyen esa pluralidad.  Surgimiento de un lider, por ejemplo.

En el mismo texto, Freud hará la salvedad que una idea puede jugar idéntico papel. Creo que cabe suponer se refiere a una constelación discursiva pregnante para el conjunto, porque interpreta de algún modo alguna expectativa presente en sus integrantes, sin que estos hasta el momento hayan encontrado una vía de reconocimiento mutuo que promueva su unificación.

Agregaría, por mi parte, que también el líder puede ser el acierto en formular una tarea compartible, que indudablemente como actividad efectiva comporta un conjunto de significaciones que orientan e invisten ese hacer, sin que necesariamente quede encarnada en una figura concreta.

Significativo bucle o torsión. Un acontecimiento social promueve una alteración importante en una instancia del funcionamiento psíquico de los involucrados en ese suceder y esto a su vez da sustento a un modo de formación social que hasta ese momento no existía. No son reducibles esos órdenes el uno al otro pero ninguno puede afirmarse en su peculiaridad sin el otro.

 

Podemos intentar algunas comparaciones: hay prescripciones, dijimos,  que sostienen la función del analista como elemento esencial a la constitución del campo de la transferencia y la marcha del proceso de cura. Prescripciones que contrainvisten lo que allí [en esa microinstitución que es el dispositivo psicoanalítico]  no debe tener cabida.

En el caso de la identificación colectiva, para que esta se sostenga y a través de lo común se arme comunidad, algo tiene que ser contrarrestado, apartado, reprimido o renegado eventualmente.

Es por eso que Freud considera que la identificación colectiva es al mismo tiempo una formación reactiva.

Hay que tener en cuenta que concibe el sentimiento social como  transformación de un sentimiento primitivamente hostil, neutralizado por la vía del enlace libidinal en que consiste la identificación.  

De manera tal que en ambas situaciones hay en juego una negatividad que también es constitutiva y que probablemente sea extensible a toda formación que articule ciertas particularidades psíquicas y sociales.

En significativo también que en una llamada a pie  agregada en 1923 al cap. 3 del citado libro, Freud, en oposición a una crítica que le habían hecho respecto a las llamadas masas organizadas [instituciones, digamos] , dice: “no puedo admitir que el hecho de dotar al “alma de la masa” con una determinada organización implique hipostasiarla, vale decir, reconocerle una existencia independiente de los procesos anímicos que se despliegan en el individuo”

Lo que a la inversa hace pensar que distintas modalidades de formaciones colectivas deben sustentarse en la activación privilegiada de determinados procesos anímicos y de ese modo  en un reordenamiento de las investiduras.