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Del dolor al sufrimiento


Publicada el 12/02/2009 por Daniel Slucki





“Digamos que un analista que ignora su propio dolor psíquico no tiene ninguna posibilidad de ser analista, así como el que ignora el placer –psíquico y físico- no tiene ninguna posibilidad de restarlo”.
Así concluye Pontalis su libro “Entre el sueño y el dolor” (1978),   en el último capítulo, capítulo en el que se dedica a rastrear en la obra de Freud sus ideas acerca del dolor físico y el dolor psíquico.
 
Hace muchos años ya que me topé con esta frase de Pontalis y frecuentemente la evoco en el trabajo clínico o en un espacio de supervisión. Siempre pienso que esta frase se mantiene vigente y creo también que antes de hacer metapsicología o discutir psicopatología debemos entender que la experiencia psicoanalítica es ante todo el encuentro entre dos sujetos en donde lo que está en juego es que uno de ellos expone su dolor o sufrimiento al otro, y que éste intenta a su vez dar cabida justamente esa experiencia de dolor, para luego sí poder ubicar ese dolor en una serie o secuencia ya sea teórica o interpretativa. Quiero decir que en la base y en el inicio está el dolor, y que esto transforma a la situación analítica en una experiencia peculiar y distinta a otros modos de encuentro.
 
Este trabajo nos trae la mirada de algunos autores acerca del dolor. Autores en cuya escritura me vi reflejado y que además me han permitido ordenar mis pensamientos. Autores que por otra parte todos conocemos y que “ponen en valor” la cuestión del dolor para el psicoanálisis.
 
El dolor siempre concierne al doliente ante un otro, alude a su presencia, su ausencia, su pérdida, dolor que se origina en el eje encuentro-desencuentro, y culmina en un grito que no es grito puro sino llamada, podríamos afirmar que compromete siempre a un otro.
Cuando ese otro es el analista, éste en su tarea intentará transformar el dolor en sufrimiento, a sabiendas de que algo de ese dolor puede exceder su escucha, puede desbordar su capacidad de contención, entendiendo aquí el término “capacidad” casi en un sentido volumétrico.
 Nos concierne también como psicoanalistas una mirada que lejos de universalizar la cuestión del dolor la ubique muy cerca de nosotros, ya que determinado por diversas  circunstancias de nuestra época, asistimos en la actualidad  a fuertes movimientos para acotar el dolor, marginarlo para luego extinguirlo. (Pensemos aquí si esto no puede ser una causa de los fuertes cuestionamientos que sufre el psicoanálisis, “se mete demasiado”, “no quiero ir tan atrás”, “quiero algo más liviano” etc.).
 
Ahora bien, dolor y sufrimiento no son conceptos psicoanalíticos. No obstante muchos psicoanalistas se han acercado al psicoanálisis por su empatía con quien sufre, o por sus altos grados de sensibilidad ante el dolor ajeno.
Es difícil acercarse al dolor, es arduo asirlo, medirlo; los psicoanalistas lo entrevemos a partir de un relato, lo “escuchamos”. Quizás la empatía ante el sufrimiento del otro sea la condición necesaria -aunque no suficiente- de la cura, es decir, cuánto “entiende”, cuanto “recibe” el dolor del otro, le permitirá al analista ir tramitando y transformando la relación de este otro con el dolor que lo aqueja.
A. Green (1990) lo escribe de este modo:
 
Por el recurso de desplazar el acento a las representaciones [Freud] (...) exponía (...) un método objetivo, verificable por cualquiera sin que el analista pudiera ser acusado de guiarse por intuiciones afectivas sujetas a reserva. Sabemos que no logró su objetivo. (...) atrajo a su lado a hombres cuya vocación era responder al sufrimiento psíquico humano (...).(p.172)
 
Y luego agrega:
 
Un lenguaje sin afecto es un lenguaje muerto; y el afecto sin lenguaje es incomunicable. El lenguaje se sitúa entre el grito y el silencio. (p.205).
 
Laplanche (citado por Pontalis, 1978) dirá que en todo sujeto en análisis hay sufrimiento, y plantea que el movimiento de la cura muestra el recorrido de ese sufrimiento.
 
El dolor es afecto, el afecto acompaña a todo o casi todo acto humano, el dolor acompaña al doliente, lo sigue a veces como su sombra, impregna su vida.
Entre el dolor, como puro afecto, y su representación se pone en juego el trabajo del análisis.
 
El Freud del “Proyecto” definió al dolor como variaciones excesivas en la vida psíquica que amenazan su organización. En ese momento de su obra, prima la idea de exceso de afecto, el dolor como afecto disruptivo y exógeno desorganiza al aparato psíquico, (Freud describía allí mas bien al dolor físico).
Le cabe luego al yo, moderar, ligar, cualificar ese quantum de dolor que inunda el aparato.  
Tengamos presente que para Freud el afecto no es nunca el estado emocional puro de la vivencia primitiva u original sino la reproducción o evocación del mismo, y esta idea será fundamental para el avance posterior de la teoría, en tanto se ocupará fundamentalmente del carácter representacional del afecto.
Aunque aparezca descrito específicamente en el “Proyecto” (1895), en “Duelo y melancolía” (1915), y en “Inhibición síntoma y angustia”(1926), en rigor, la temática del dolor está implícita en toda su obra  al desarrollar conceptos como narcisismo, traumatismo, masoquismo, reacción terapéutica negativa, pulsión de muerte.
En el apéndice C del texto de 1926, Freud se referirá al dolor como reacción ante la pérdida del objeto amado, es decir el concepto de dolor ya no se presenta sólo desde el punto de vista de una cantidad ni como irrupción.
Será en “Duelo y melancolía” donde va a hablar del displacer de dolor, el dolor sería el talante del duelo. El carácter doloroso por excelencia según Freud es el duelo.
La concepción del dolor, ya no como puro afecto, sino en su carácter representacional, y sobre todo en relación a una pérdida, será la que predominará en muchos desarrollos psicoanalíticos posteriores.
 
Si, como lo plantea Nasio (1999)…
 
...nuestro inconsciente es el hilo sutil que enlaza las diversas separaciones dolorosas de nuestra existencia (p.22)…
 
…entonces deberemos pensar la relación entre investimiento y dolor. Siempre que hay dolor, es porque hay un trasfondo de amor, y el dolor psíquico se manifiesta como consecuencia de la muerte de la persona amada, abandono súbito, humillación, mutilación.
Pero el dolor (sigue Nasio) no es dolor sólo por la pérdida acaecida, sino por el caos que esta pérdida produjo y que es vivido como un arrancamiento del alma, “grito mudo que emana de las entrañas”.
 El dolor mental no es necesariamente patológico; es el signo del pasaje por una prueba, la prueba de una separación, y de la pérdida de un objeto, este abandono nos perturba. Nasio describe los tres tiempos en los que se genera el dolor.
Un primer tiempo al que llama de ruptura (la pérdida), un segundo tiempo de conmoción psíquica (el caos que esa pérdida produjo), mientras que el tercero corresponde a la reacción defensiva. En esa dirección plantea que el dolor es la última fortaleza defensiva contra la locura, es un puro real, emoción brutal, hostil. El trabajo psicoanalítico consiste en otorgarle un sentido para hacerlo soportable y que se transforme en un dolor simbolizado. Así el psicoanalista es un intermediario que acoge ese dolor puro del paciente al permitir que las palabras lo erosionen. Ubica al dolor como un fenómeno límite entre el cuerpo y la psique, y entre el yo y el otro.
 
Hornstein (1991) utiliza la palabra sufrimiento, y plantea que el sufrimiento concierne al sujeto que todavía inviste y que está enfrentado a la pérdida, al rechazo, a la decepción que le impone un objeto investido. El sufrimiento es tanto una necesidad como un riesgo. Es necesidad porque es aquello que obliga a la psique a reconocer la diferencia entre realidad y fantasía; es riesgo porque la psique ante el exceso de sufrimiento puede desinvestir aquello que lo causa. De allí la idea de la existencia de dos tipos de sufrimiento: uno elaborativo al servicio de Eros y uno no elaborativo al servicio de Tánatos. Como lo diría Aulagnier en el mismo libro, hay un tipo de sufrimiento que está en referencia al investimiento preservado del objeto, se sufre ante la pérdida de este objeto; este sufrimiento es neurótico y es el que se pone a trabajar en transferencia. En cambio el sufrimiento ligado a depresiones graves y psicosis deja un agujero en la vida psíquica. Aquí nos acercamos a la concepción de Tánatos que la autora conceptualizó como deseo de no deseo y que concierne a la totalidad de los objetos investidos. 
El dolor, el sufrimiento, presentan una dimensión de conflicto, de trama y de densidad que se tiende a negar en nuestros días por los paradigmas que imperan en la sociedad.
E. Roudinesco (2000) cuestiona  que el sufrimiento psíquico sea leído hoy  bajo la forma de depresión. Para esta autora las sociedades modernas intentan desterrar de su interior la realidad de la desgracia, de la muerte, y de la violencia. Se pasó...
 
...de la edad del enfrentamiento, a la edad de la evitación y del culto de la gloria a la revalorización de los cobardes. (p.17)
 
Roudinesco agrega luego que se tienden a negar las diferentes formas de exploración del inconsciente ya que al tratarse al conflicto neurótico como una depresión deja de depender de una causalidad psíquica inconsciente. También se ponen entre paréntesis la angustia, la culpabilidad, la idea de subjetividad basada en la confrontación entre lo mismo y lo otro.
En la misma línea, J.Pontalis en su libro “Entre el sueño y el dolor”, plantea que en nuestra cultura...
 
...el derecho a la felicidad se transforma rápido en deber de obtenerla, el derecho a enfermarse y a ser cuidado, en exigencia de estar sano, y la reivindicación del placer en imperativo de gozo (p.254).
 
En nuestra sociedad actual el dolor molesta, incomoda. Ernst Jünger, citado por S. Kovadloff (2003) plantea:

... en la sociedad exitista, el dolor es empujado a la periferia en provecho de un mediano bienestar (...) en nuestro mundo se busca expulsar el dolor y excluirlo de la vida. (pp. 39-40)
 
Excluirlo y expulsarlo, como se excluye y expulsa al intruso.
Así lo plantea S. Kovadloff (2003), quien diferencia dolor de sufrimiento. Si el dolor es afecto, cantidad, se tratará de trasformarlo en sufrimiento.
El dolor es siempre intensidad y denuncia la presencia de algo extraño que llama el Intruso. Por el contrario el sufrimiento, convierte a un sujeto en persona, dejando de ser un doliente.
 
... la desgarrada aceptación de lo ineludible ya no es patología, ya no es dolor; es sufrimiento. No impone, como el dolor, una destitución forzosa; habilita, en cambio, una constitución: la de la persona (p.30)
 
Al sufrimiento, nos plantea con contundencia Kovadloff, se accede, no es él quien nos busca, es la voz de la existencia; en cambio el dolor compromete al ser entero, amenaza al hombre con la aniquilación, “tiene la prepotencia de la fatalidad” (p.30).
Este autor plantea que el dolor habla de la muerte y aclara que no somos como se suele referir “seres para la muerte”, sino que somos “seres ante la muerte”, esto dispara el sufrimiento en el ser humano,  el ”ser para” implica resignación sin cuestionamientos, el “ser ante” en cambio, nos plantea dilemas nunca resueltos del todo.
 
Fernando Bárcena (2001), filósofo y educador, plantea que el problema humano por antonomasia es el del sufrimiento. Para él, el dolor es una interrupción del hábito y de las rutinas de la vida, una fractura del mundo y de la realidad.
Propone hacer de la dolencia una fuente de sentido (como ya vimos), y cita a Nietzsche:
 
Toda la ciencia, todo el saber, vienen del dolor, porque el dolor busca sin tregua las causas de las cosas, en tanto que el bienestar se inclina a la quietud y renuncia a mirar hacia atrás (p.172).
 
Bárcena dice que en el dolor uno busca más, y se hace más sensible, “...es el sufrimiento el que prepara el terreno para que el alma dé sus frutos mejores” (p.172).
 También para este autor en la sociedad actual hay una despersonalización del dolor y de la muerte.
 
Esta tendencia a tecnificar nuestra relación con el dolor, junto con el sueño fantástico de suprimir de forma radical el dolor de nuestras sociedades gracias al avance de la investigación médica, provoca, entre otros efectos, una progresiva pérdida del sentido simbólico del cuerpo y del dolor, una incapacidad para elaborar el sentido del dolor como ingrediente de nuestra condición humana y quizás, lo que es más grave, un deterioro de nuestra sensibilidad, que a menudo se traduce en indiferencia ética, para con el dolor de los demás (Bárcena, 2001,p.174)
 
Podemos encontrar dolor ante una irrupción o pérdida, como vimos en todo nuestro desarrollo, pero también sabemos que estamos condenados a sufrir por amor a nuestros semejantes. Dolor-amor, amor-dolor: pareja que siempre acompañará al sujeto como posibilidad ante todo encuentro.
En tiempos en los que se intenta alejar el dolor, el psicoanálisis se ofrece como instrumento de abordaje. No se trata de desentenderse de él, pero tampoco de exaltarlo, ni de ir a su encuentro innecesariamente.
La recuperación de una alegría alejada de la manía, y el sufrimiento que decanta tras el dolor, son metas que un psicoanalista se propone al atravesar la aventura de un análisis.
El psicoanálisis, en su resistencia ante la banalización del dolor, encuentra allí el motivo que le dio nacimiento, al intentar Freud asignar un sentido al dolor de la histérica: dar sentido al síntoma es dar sentido al dolor y al sufrimiento.
Una sociedad sin dolor, es una sociedad sin matices, en la que tampoco se reconoce el placer.
Después de todo, ¿qué es la vida sino la posibilidad de vincularnos con el otro, sabiendo que con cada encuentro podemos encontrar también un padecer? Por eso nuestra resistencia a banalizar el dolor, o a desterrarlo a la periferia de nuestra cotidianeidad. No se trata de hacer una apología del dolor. Convivir con él, aunque no de un modo estoico, nos permitirá seguir fabricando futuros y nuevos encuentros.
 
Me gustaría terminar esta presentación recuperando un párrafo de “La lengua absuelta” de Elías Canetti. Texto autobiográfico, pienso que muestra mucho de lo que recién expuse. 
 
La maldición
 
Laurica y yo volvimos a tolerarnos lo suficiente como para poder jugar a veces a darnos caza. Una vez, corrimos de un lado a otro, muy cerca de las calderas llenas de agua hirviendo, y cuando Laurica me atrapó al lado mismo de una de ellas, me dio un empujón y caí en el agua caliente. Me escaldé todo el cuerpo menos la cabeza. La tía Sofía, que había escuchado mi aullido espantoso, me sacó fuera y me arrancó la ropa, y toda la piel con ella, se temió por mi vida, y entre terribles dolores tuve que guardar cama muchas semanas.
 
Mi padre estaba en Inglaterra por aquel entonces y esto era lo peor. Estaba convencido de que me moría, le llamaba a voces y sentía que no volvería a verlo, lo cuál para mí era un dolor mayor que el físico. Los dolores no los recuerdo, ya no los siento, sin embargo todavía siento la desesperada nostalgia de mi padre. Pensaba que él nada sabía de lo que me había ocurrido y cuando me aseguraban lo contrario gritaba: “¿Por que no viene? ¡Quiero verle!”. Tal vez se estaba retrasando de verdad, hacía pocos días que había llegado a Manchester, a donde tenía que preparar nuestro traslado, tal vez se pensaba que mi estado iría mejorando por sí mismo y que él no tendría que abandonar sus ocupaciones.
Pero aunque se hubiera enterado inmediatamente y hubiera emprendido el retorno sin demora, el viaje era largo y no podía estar de regreso tan rápidamente.
 
Me consolaban día tras día, y si mi estado empeoraba, hora tras hora. Una noche en que creían que por fin me había dormido, salté de la cama y me desgarré todo.
En lugar de gemir de dolor le llamaba a él: “¿Cuándo viene?, ¿Cuándo viene?”. Mi madre, el médico, todos los que cuidaban de mí me eran indiferentes, ni siquiera los veo, no tengo presente su desvelo, debieron de haberme prestado muchas atenciones, pero yo no me daba cuenta, sólo tenía un pensamiento que era más que un pensamiento, era la herida en la que todo se diluía: mi padre.
Después escuché su voz, se acercó por detrás, yo estaba tumbado boca abajo, pronunció mi nombre en voz baja, dio la vuelta a la cama, le miré, puso suavemente su mano sobre mi cabeza, allí estaba él y yo ya no sentía ningún dolor.
Todo lo que ocurrió a partir de ese momento me lo han contado. Las llagas se me curaron milagrosamente, inicié una notable mejoría, él prometió no marcharse más y permaneció junto a mí durante las semanas siguientes. El médico estaba convencido de que de no ser por su aparición y su presencia continuada yo me hubiera muerto. Me había ya desahuciado, pero en el regreso de mi padre cifró su única, y no muy segura, esperanza. Era el médico que nos había traído al mundo a nosotros tres, y después acostumbraba a decir que de todos los nacimientos que había conocido este renacimiento mío había sido el más difícil 
 
Bibliografía
Bárcena, F. (2001). La esfinge muda. El aprendizaje del dolor después de Auschwitz. Ed. Anthropos, Barcelona. Cap 6: “El aprendizaje del dolor”.
Canetti, E. (1981). La lengua absuelta. Ed. Muchnik Barcelona
Freud, S. (1976). Proyecto de Psicología para neurólogos (1895). Obras Completas. Tomo I, Amorrortu, Bs.As. (1976). Duelo y Melancolía.(1915). Obras Completas, Tomo XIV, Ed. Amorrortu, Bs .As.
(1976). Inhibición, Síntoma y Angustia. (1926).   Obras Completas, Tomo XX. Ed. Amorrortu, Bs, As.
Green, A.(1990). De locuras privadas. Ed Amorrortu, Bs. As, Cap.6: “Concepciones sobre el afecto”.
Hornstein, L. (1991) . Cuerpo, historia, interpretación. Ed Paidós, Bs. As.
Kovadloff, S. (2003). El enigma del sufrimiento, en “La ética ante las víctimas”,J. Mardones y Reyes Mate (eds.). Ed. Anthropos Barcelona.
Nasio, J. (1999). El libro del dolor y del amor Ed. Gedisa Barcelona.
Pontalis, J.(1978). Entre el sueño y el dolor Ed. Sudamericana Cap. “Sobre el dolor psíquico”
Roudinesco, E. (2000). ¿Por qué el psicoanálisis? Ed Paidós. Bs. As.