Alfredo Tagle – Clínica psicoanalítica contemporánea

                     CLÍNICA PSICOANALÍTICA CONTEMORÁNEA

                                                                                                           Alfredo Tagle

                                                                                                            Marzo/2022    

Hablar de psicoanálisis contemporáneo es hacer referencia a un cambio, a una actualidad diferente a la de otros momentos. Desde que se constituye como teoría y como práctica el psicoanálisis no ha dejado nunca de renovarse, en general como respuesta a manifestaciones de la clínica de las que no podía dar cuenta con lo desarrollado hasta el momento, pero también como reflejo del pensamiento epocal y como producto de la particular creatividad de algunos pioneros. Freud es el iniciador de este proceso de permanente revisión y descubrimiento. Lo notable es que de los varios cambios de perspectiva o intentos de teorización divergentes generados por diferentes pensadores del psicoanálisis a través del tiempo, ninguno logró la consistencia y amplitud que le permitiera erigirse como una alternativa al cuerpo teórico freudiano. No se ha creado ningún sistema explicativo más rico y más complejo para dar cuenta de la heterogeneidad, conflictividad y dinamismo del psiquismo humano. Sí han logrado desarrollar o profundizar algún aspecto parcial de la teoría o de la técnica planteada por Freud, pensamiento construido como intento de justificar las neurosis. Por lo que el desafío del psicoanálisis contemporáneo consistiría en pensar freudianamente a los pacientes no freudianos que son los que predominan en la clínica actual (Winnicott). Tema, el de los pacientes que desbordan el dispositivo teórico-clínico heredado de Freud, de larga presencia en la historia del psicoanálisis, con autores como Ferenczi, Winnicott, Bion, Kohut, Searles y muchos más, pero como en nuestro arte-ciencia no existe la posibilidad de falsación, ha crecido arborizándose en diferentes direcciones en el permanente esfuerzo por justificar y dar respuesta a los emergentes de la clínica. Por múltiples razones, solo algunos innovadores han conquistado alternativamente el centro de la atención de sus colegas, consensos provisorios desde ya, y con marcadas diferencias entre grupos de distinta pertenencia y otras geografías.           

 Mucho han cambiado las condiciones que impone el entorno, decisivo condicionante de nuestra práctica. Pero también, y en franco dialogo con ese entorno, hay un proceso que responde a otro dialogo, el que se produce, como decíamos, entre practica y teoría como dinámica interna a la clínica psicoanalítica. Permanente interpelación de la teoría que nunca ha dejado de producir revisiones, cuestionamientos y nuevas miradas. Dentro de esta incesante evolución, y en relación directa con los desafíos e incertidumbres de la clínica actual, me parece de singular importancia el cambio de paradigma destacado por Green[1], al pasar Freud de su primera a su segunda concepción del aparato psíquico.

De la primacía de la representación como dique articulador de la pulsión mediante la fantasía inconsciente que genera el deseo, congruente con la primera tópica, y al que Green identifica como el “modelo del sueño”, donde la repetición está regida por el principio del placer, Freud pasa a describir otra modalidad de funcionamiento psíquico que no se sostiene en la representación, en la que la repetición procura la descarga indiferente al principio del placer, “modelo del acto” para Green, donde el afecto, la fuerza, predomina sobre la representación.

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 El Ello, en su condición de polo pulsional, a diferencia del inconsciente de la primera teoría del aparto psíquico, ya no alberga solo representaciones reprimidas sino que también mociones innatas que tienden a la descarga. El creciente predominio de pacientes cuya demanda se orienta más a la satisfacción de necesidades narcisistas que a develar deseos inconscientes, exige al psicoanálisis tener que dar respuesta a tal requerimiento, en especial desde nuevas modalidades de la práctica. El viraje teórico que Freud inicia en 1920, no ha cesado aún de producir efectos, comenzando por los mencionados pioneros cuyos textos parecen hoy más vigentes que entonces. Cuya recobrada actualidad se debe por un lado, al perfil de los pacientes que produce la época, pero también, a que gracias a estos desarrollos teóricos que hasta el momento no habían logrado hegemonía, ahora se nos hacen visibles cosas que antes no, sabemos de sobra que es imposible ver algo de lo que no se tiene algún previo registro en la cabeza.

Como segunda cuestión, hablar de psicoanálisis contemporáneo apela a una imagen de homogeneidad que no refleja la realidad de la multiplicidad de versiones que se albergan bajo su prestigio. No obstante, desde una perspectiva más panorámica, se pueden apreciar convergencias en algunas líneas conceptuales y modalidades de la práctica.

Una de ellas es el encuadre que, como representante de la realidad, siempre social, nunca ha dejado de producir controversias, y en cuya concepción y uso se condensan y expresan muchas de las diferencias entre distintas orientaciones y escuelas. Sin embargo, es constatable una tendencia general hacia pautas menos rígidas, con mayor flexibilidad para adaptarse a las características y necesidades de cada paciente. También hemos aprendido, y en esto hay pioneros de larga data como Bleger por ejemplo, que con ciertos pacientes o determinados momentos de un análisis, el proceso pasa justamente por conflictos, acuerdos o inferencias que suscita el dispositivo de pautas y normas que enmarcan la relación. También es necesario  destacar que es el encuadre la “via regia” por la que el entorno social, político y económico condiciona las modalidades de la práctica. Si bien es en el núcleo dialogal del método, asociación libre-atención flotante, donde se conserva su genoma, otros factores del marco en que se desarrolla son más plásticos a las condiciones del medio. La incorporación del psicoanálisis a las obras sociales y posteriormente a las empresas de medicina prepaga es un claro ejemplo de la presión del entorno en el ejercicio liberal del psicoanálisis. La definición de frecuencia de sesiones, duración del tratamiento, fijación de honorarios, y otras regulaciones del intercambio incorporaron a los contadores como partícipes necesarios. Una especial atención, fuera del foco del presente texto, merece su destino en los servicios públicos dependientes del Estado.

Y si del encuadre hablamos, un capítulo aparte merece la actual pandemia. Si bien ésta progresión hacia una mayor flexibilidad viene de lejos, con precoces propuestas en ese sentido de algunos pensadores casi desde el inicio, es indudable que la violenta intrusión de la crisis actual en los consultorios, ha conmovido y transformado la práctica de los psicoanalistas de todas las escuelas y geografías. Barridos los encuadres precedentes, el desafío será entonces encontrar la forma de recrear la necesaria terceridad que aloje y preserve el núcleo dialogal del psicoanálisis, la “matriz activa” como la llama Green, dentro de los márgenes que la cambiante realidad impone.

Hoy como siempre, la teoría, el propio análisis, la supervisión y el intercambio entre colegas, conforman la trama en que se sostiene esa necesaria terceridad.

Otra tendencia que me parece común, aunque en grados y formas muy diferentes, es la progresiva mayor implicancia subjetiva del analista. Desde la incorporación de la contratransferencia como intento de utilizar la subjetividad del analista en forma objetiva, asunto polémico de  por sí, no ha cesado de correrse la línea en detrimento de una supuesta neutralidad del analista. En armonía, desde ya, con la epistemología de la época, muy alejada de la de Freud, se extiende, por un lado, el reconocimiento de que es imposible que el analista no incida desde su subjetividad en el rumbo del proceso, y por otro lado, la supuesta objetividad heredada de las ciencias naturales cede su lugar a la idea de que la tarea del psicoanálisis no consiste en la revelación de una previa presencia objetiva, verdad científica, sino en la comprensión de la subjetividad del paciente, cosa que solo es posible hacer desde otra subjetividad. La idea de perspectiva (perspectivismo) y de una verdad a construir (constructivismo), avanza firmemente en detrimento de la búsqueda de “la” verdad, histórica o de estructura, según sea el caso. Ya es patrimonio de la mayoría de las múltiples versiones del psicoanálisis la convicción de que el ser humano está fuera de lo natural, un orden simbólico opera desde el momento cero. Se pierde la cosa en sí. Como sabemos desde Hegel, para reconocerme como conciencia, autoconciencia, necesito de otra conciencia que me reconozca como tal. El otro me funda, la subjetividad del analista forma parte del autoconocimiento del paciente.

En este sentido, en convergencia con el pensamiento de Winnicott, y también de Ferenczi, se ha expandido en forma notable, sobre todo en EEUU y España, pero que no deja de prolongar su influencia hacia el resto de los países en los que nuestra disciplina conserva significativa presencia, una concepción más relacional del psicoanálisis, si bien sobre la base teórica dominante en cada geografía. Quizás uno de los centros de irradiación más importantes de la idea de considerar al analista y su inconsciente como parte del proceso, es el que gira en torno a la Universidad de Nueva York, donde analistas de diferentes concepciones teórico-clínicas identificaron su cauce común en el “paradigma relacional” bajo el que las reunió Stephen Mitchell a fines del siglo pasado.[2]   El considerar al psicoanálisis como una práctica intersubjetiva tiene valiosos precursores, en 1930 Ferenczi  considera el espacio analítico como un campo creado entre dos inconscientes.[3] Mención que nos remite de inmediato a ilustres referentes del psicoanálisis argentino. Madeleine y Willy Baranger con su idea de “campo analítico”, incorporan al analista como ineludible variable a considerar.[4] Ya en un trabajo anterior, W, Baranger entiende al psicoanálisis como ciencia de una “psicología bipersonal”[5] y en su revisión de 1979 como “campo intersubjetivo”.  En la actualidad estas ideas retornan a nosotros enriquecidas con aportes de diversos afluentes, principalmente del feminismo, en la palabra de pensadores como Jesica Benjamin, Lewis Aron, Galit Atlas y muchos otros.

Debido a la mayor atención prestada a la presencia del inconsciente del analista en el proceso, es que un concepto como el de “enactment”, al que los autores ingleses utilizan como sustantivo y como verbo,  a veces demasiado abarcativo y de límites imprecisos, ha ganado presencia en la comunicación entre colegas. Concepto que intenta dar cuenta de ciertas acciones que involucran a paciente y terapeuta, en las que se actualizan mociones inconscientes de uno o de ambos  protagonistas.

Es más, en relación al asunto de las acciones en análisis, ha venido ganando terreno el reconocimiento de que por su intermedio se hacen presentes contenidos inconscientes no accesibles a través de la palabra, que no provienen de lo secundariamente reprimido. El “inconsciente originario” o “memoria procedimental” para Hugo Bleichmar [6], formas, idiomas del yo, trozos de memoria no cognitiva que se hacen presentes en secuencias automáticas de acciones o emociones internalizadas en vínculos tempranos sin pasar por la conciencia. Lo “sabido no pensado” de Christopher Bollas, elementos inconscientes no recuperables para él en forma cognitiva, sino solamente en forma existencial. Este sendero nos conduce de lleno a la repetición, tema tan controvertido como actual.

Como ocurre siempre en psicoanálisis, quizás sea igual en toda disciplina, ante cualquier innovación es posible encontrar antecedentes, incluso desarrollos consistentes que han pasado sin lograr consenso, hasta que se dan las condiciones para su reconocimiento. En “Perspectivas del psicoanálisis” (1924), Ferenczi considera a la repetición como una forma de recordar, y no solo como una resistencia a recordar. En “Aspectos metapsicológicos y clínicos de la regresión dentro del marco psicoanalítico” (1954), Winnicott  describe una particular modalidad de repetición de la que da testimonio en su clínica y que conceptualiza como “regresión a la dependencia”, en la que el paciente logra representar tempranos fracasos de adaptación del medio en los errores del analista. Reedición, que gracias a la mayor fortaleza del yo actual del paciente y a la disponibilidad del analista, le permite a aquel recuperar la ira y el odio objetivos que no se permitió sentir en la escena original.

Formas de la repetición que no se deben al retorno de un deseo previamente reprimido, sino a la insistencia de lo no procesado, como descubre Freud en 1920, lo no ligado, mociones que solo logran expresarse a través de la acción o la angustia, despliegue dramático que al figurarse como tal en la mente del analista, dará origen a la representación. Inaugurando un “experienciar” que requiere del sostén y la disponibilidad del analista en un proceso francamente intersubjetivo. Una verdadera “matriz secundaria de procesamiento y transformación”.

La significativa mayor presencia de tal demanda de sostén, ha devenido en uno de los desafíos de la clínica contemporánea, es decir de la época, ya que es en la clínica donde para nosotros se hace presente la historia colectiva. No veo en esta modalidad de repetición la presencia de una fuerza innata e incondicionada, sino más bien, el retorno en transferencia de una escena traumática, en general muy temprana. Es decir de la historia, como versión individual dentro del contexto de progresivo deterioro del intercambio subjetivo y disgregación de la trama familiar y comunitaria en esta “segunda modernidad”, como la denominó Zygmund Bauman.

                       Presencia del “trauma acumulativo” en la clínica contemporánea

                                                       La transferencia ampliada

Las sensaciones, las percepciones y las emociones como emergentes corporales no son pasibles de asociarse, relacionarse y producir derivaciones o combinaciones de sentido sin el proceso significante mediante el que se figuran y acceden a la representación. Proceso de significación, siempre subjetivo, que no surge inicialmente del funcionamiento de un psiquismo individual concebido como una estructura semicerrada, en la que sobre un conflicto básico entre pulsiones cuyo destino es regulado por defensas, principios y mecanismos, y en la que uno de los factores en juego es la realidad externa. Esta metamorfosis de las emociones como primer desprendimiento de lo somático se dará en el espacio que media entre el cuerpo de la mamá y el del bebé, “entre” en el que se constituye la “matriz primaria de procesamiento y transformación”[7] que dará origen al psiquismo humano. En el sentido bioniano de la palabra transformación, para quien todo enunciado, consciente o inconsciente, yo lo extendería a toda “forma expresiva”[8], implica una transformación de la experiencia emocional a la que se refiere. Procesos primarios que para Bion parten del punto O, un acontecimiento básico del cual solo accedemos a su expresión fenoménica, pues en su esencia es incognoscible; es la cosa en sí kantiana, dentro de la que podríamos adscribir a la Pulsión, primer emergente a transformar en ésta matriz intersubjetiva que funciona dentro de las coordenadas del psiquismo de la madre.

El bebé, como un puro cuerpo que se expresa, se humanizará a través de un complejo trabajo intersubjetivo en el que se irán procesando y significando los emergentes somáticos, formas de expresión y ligadura que darán origen al principio del placer. El deseo humano no es natural, está mediado por la cultura y la palabra, intervenido por lo simbólico, se erige sobre otro deseo humano, es deseo de reconocimiento, deseo del deseo de otro. Primeras representaciones no verbales, imágenes, sonidos o gestos en los que logran expresarse determinadas experiencias, posibilitando una incipiente significación de las mismas. Construcciones previas a la palabra, cuyas limitadas posibilidades de relaciones y combinaciones mutuas dependen del logro de una terceridad que enmarque y regule los intercambios entre la madre y el bebé, dándoles ritmo y sentido, un patrón cocreado y externo a ambos, el “tercero rítmico” del que habla Jesica Benjamin en su libro “Reconocimiento mutuo”. Luego, con el salto cualitativo de la nominación, al incorporarse la palabra, crecerá enormemente la posibilidad de desplazamiento y combinación con otras representaciones pudiendo integrar cadenas significantes, adquiriendo la capacidad de crear nuevas significaciones abstractas, liberadas del universo concreto de las percepciones y sensaciones. Como emergente somático, la pulsión solo podrá ser procesada o transformada por el psiquismo a través de sus representantes, sin el dique de ésta transformación significante, tenderá compulsivamente a la descarga, la desligazón y el vacío, resistiéndose al entramado y la complejidad. Cuando desborda al yo en su capacidad de procesamiento, cualquiera sea el grado de organización alcanzado por éste, el resultado será la destrucción de ligaduras, generando angustia y empobreciendo la trama representacional. Escenario de lo traumático que al presentarse tempranamente frente a un yo incipiente, incapaz todavía de integrarse detrás del odio, se produce una desorganización que redunda en la emergencia de angustia o/y actuaciones compulsivas carentes de sentido, cuyo destino será función de la mayor o menor capacidad de contención y procesamiento del vínculo primordial en el inicio. En etapas posteriores, con un yo más integrado, dependerá de su capacidad para reorganizar defensas y recuperarse de la conmoción.

Lo no procesado permanecerá disociado, o desmentido, cuando lo que se rehúsa es la percepción de un aspecto de la realidad o su significado traumatizante, constituyéndose en una presencia perturbadora del funcionamiento psíquico, con embates desde la periferia que pueden producir momentos de confusión, emociones incomprensibles o actuaciones sin sentido, disrupciones en la subjetividad que tienden a la desorganización. No se trata de una organización significante alternativa, a modo del síntoma neurótico, su carta de presentación puede ser, como decíamos, angustia y/o actuaciones, que con frecuencia emergen a partir de situaciones actuales que funcionan como detonantes y aparentan justificarlas, aunque la desmesura de la angustia emergente, o lo desapropiado e incontrolable de las reacciones, termina por denunciar la otredad de su origen.

Pero la fuente más habitual de las reediciones traumáticas que emergen en transferencia,  no han tenido origen en episodios puntuales o eventuales deficiencias en el procesamiento pulsional, sino en modalidades más estables de los vínculos primarios, e incluso no tan primarios, que han logrado permanecer a lo largo del tiempo como alteraciones del yo que denuncian la presencia de un “trauma acumulativo”[9]. Fisuras o perturbaciones del funcionamiento de la matriz de procesamiento que permanecen en el tiempo, redundan con frecuencia en un desarrollo prematuro, deformaciones del yo tendientes en ciertos casos a la sobreadaptación o el falso self.

Lo que  recibimos en análisis con creciente frecuencia, es la estructura defensiva organizada como reacción, pacientes neuróticos con permanentes u ocasionales “deformaciones del yo”, como las llamó Freud en 1924[10]. Al preguntarse por qué medios sale el yo airoso, sin enfermar, de los indefectibles conflictos que se le presentan, por un lado lo atribuye a la relativa intensidad de las magnitudes en juego, por otro, a la posibilidad que tiene el yo de evitar rupturas deformándose, dando lugar a las “inconsecuencias, extravagancias y locuras de los hombres”. En los casos en que esta estructura defensiva es el motivo de consulta, es habitual que no sea tan difícil acceder a la escena traumática inicial. Cuando no es así, cuando la defensa es egosintónica, formando parte del caráter, la escena traumática pasada se irá haciendo presente, en general lentamente, a través de indicios que, de no ser decodificados por el analista, seguirán su curso, inmodificados, en el contexto del trabajo sobre lo secundariamente reprimido. En otros casos pueden manifestarse, y hasta imponerse, en un tipo de transferencia a la que Margaret Little llamo “delusional” (delirante), debido a su intensidad y capacidad de distorsión. Puede quedar restringida a la persona del analista, como también actualizarse en una “transferencia ampliada” hacia otras personas significativas para el paciente. Me ha ocurrido, con pacientes sin afectos significativos disponibles, que lograran reproducir algo de la escena original perdida en relación con una mascota. Digo ampliada, porque en los casos en que se constituyen durante el proceso analitico, suelen ser motivadas y estar en función de lo trabajado en análisis. Creo que la cada vez más baja frecuencia de sesiones que se impone en la clínica contemporánea, sumado al forzado predominio actual del trabajo a distancia, con la pregnancia de la imagen en primer plano sobre la voz y la palabra, dificulta seriamente la recolección de éste tipo de transferencia sobre la persona del analista, tal como la encontramos en los relatos clínicos de nuestros maestros, con sus cinco sesiones semanales. 

El tener presentes las situaciones potencialmente traumáticas de la vida del paciente, especialmente las de la infancia, nos permite identificar los indicios de su vigencia en la actual subjetividad del paciente. Suele ocurrir que en el transcurso de un análisis aparezca el relato de situaciones o modalidades de relación en la historia temprana del paciente, en las que nos parece evidente su potencialidad traumática, pero a las que el paciente, si bien las registra y da cuenta de cierto sufrimiento que le ocasionaron, no les adjudica especial importancia ni las relaciona con nada de lo que le pasa en la actualidad, tampoco las trae como algo a trabajar o que requiera ser pensado. La serena presencia en nuestra mente de tales escenas de la vida del paciente, nos permitirá identificar los rastros de su vigencia. Lo desmentido de la escena histórica se hace presente en la actual, cuyos términos y relaciones se homologan a los de la original en la mente del analista. Al superponer las dos escenas se hará visible lo performativo de los términos y relaciones de la escena histórica sobre la actual. Si nuestra hipótesis llega a ser correcta, el trabajo sobre la exégesis  de la estructura que se repite, comenzará a otorgar racionalidad a excesos e inconsecuencias en la conducta actual del paciente, carentes hasta entonces de justificación. Así como en el modelo que parte de la representación, el proceso de significación circula fundamentalmente a través de la palabra, en el que la tiene como meta, en cambio, será la acción dramática la vía privilegiada de acceso al sentido. Dos escenas ajenas entre sí, podrán interactuar y jugar en un tercer espacio potencial, donde el tiempo es reversible y la acción, metáfora.

                                                                 CASO CLINICO

Samuel, un editor joven y con mucho trabajo, me consulta hace algunos años en proceso de separación de su primera mujer. Debido a viajes y compromisos laborales la frecuencia de sesiones fue algo inestable, a los pocos meses, ya superada la crisis, inicia otra relación y suspende el tratamiento.

Me vuelve a llamar al cabo de tres años, acosado por el obsesivo temor a perder protagonismo ante los clientes más importantes debido a la incorporación de un inversor. Teme quedar marginado de las decisiones y que se haga evidente que es prescindible. Preocupación que reconoce como absurda, una idea loca, ya que es él quien decide y coordina el rumbo del proceso con total acuerdo de los clientes, también del nuevo inversor. Se da cuenta de que es un referente ineludible del negocio, pero no obstante, se le impone ese temor irracional.

Al poco tiempo, más tranquilo con el proyecto editorial y en pleno contexto de pandemia, deciden junto a su nueva pareja, con la que convive y tienen una hijita de dos años,  mudarse a una casa con jardín en un country fuera de la capital. La posibilidad de continuar a distancia el trabajo de ambos, ella es correctora en su editorial, y la corta edad de su única hija, que aún no comenzó el jardín, les permite el traslado sin más costo que el de alejarse, tampoco mucho, de familiares y amigos. Ya mudados y disfrutando de la naturaleza, tiene la sensación de haber acertado con la decisión, disfruta de más tiempo para estar con su hijita y hacer cosas que le gustan, como andar en bicicleta o correr.

A los pocos meses su mujer se junta con otras madres para que jueguen los chicos, un incipiente entorno social al que se incorpora algún padre y también Samuel. Consiguen una mujer de confianza para que se quede con la hijita cuando los dos trabajan o tienen otra cosa que hacer. Adquisición que le permite a ella comenzar cerámica y yoga, hacer algunas amigas en el barrio y salir de vez en cuando a tomar algo. Cada tanto los dos o alguno de ellos se quedan por comodidad en el departamento de capital. Samuel continúa su terapia con dos sesiones remotas por semana, por primera vez habla mucho de sus padres, también de su hermana, con quien tuvo desde siempre una relación muy conflictiva, la ve torpe y molesta, le despierta agresión ante pavadas, que no siempre le es posible controlar. Recién ahora puede soportarla un poco más. Debido a la edad parecida de sus hijos y a la insistencia de su mujer, de vez en cuando comparten algún programa.   

En una ocasión en que su mujer está en Bs As, encuentra entre sus cosas la servilleta de una confitería del pueblo cercano al que recurren con frecuencia. El hallazgo lo intranquiliza, qué tenía que hacer su mujer en ese lugar. Últimamente la nota con una seguridad y autonomía que no eran habituales en ella, ya no está tan pendiente de él y de sus opiniones como antes. No resiste la tentación y se va a conocer la confitería,  confirmando su sospecha, le parece un lugar apropiado para citas y se le instala la idea de que su mujer lo engaña con otro. Se queda muy angustiado, no puede pensar en otra cosa, la llama varias veces para ver qué está haciendo en Bs As. Nunca le había pasado algo así, casi no puede hacer nada, le cuesta trabajar, si él no era celoso, la de los celos había sido siempre ella.

Cuando su mujer regresa la acosa con preguntas, la respuesta de que fue después de yoga a tomar algo con las compañeras lo tranquiliza en el momento, pero pronto vuelve la desconfianza y la sospecha. El temor a ser engañado se extiende a lo que estuvo haciendo en Bs As, e incluso a algunos hechos del pasado reciente.

A partir de ese momento su actitud inquisidora y algo agresiva comienza a producir discusiones y problemas en la relación. En las sesiones solo habla de esa obsesión que, aunque a él mismo le parece excesiva y medio loca, no puede controlar. La tortura de la desconfianza, producto del temor obsesivo a ser engañado y no darse cuenta, se instaló en su vida, por lo que siente rabia hacia su mujer. En relación a ella perdió la seguridad y autosuficiencia que lo caracterizaba hasta entonces. Si bien ella se esmeró durante un tiempo en darle certezas con paciencia, luego se hartó de tantos interrogatorios, a los que sentía como injusto maltrato. Como se daba cuenta de que él no estaba en sus cabales me llamó por teléfono con anuencia de Samuel, al confirmar que era un proceso que no tenía que ver solo  con ella, se dispuso a acompañarlo.

En su permanente estar pendiente de a dónde va su mujer, si tarda mucho o a qué hora va a volver, comienzo a escuchar el apego ansioso de un nene chiquito con su mamá. Se lo relaciono con su relato de estar pendiente de la cara de su madre, de si lo iba a venir a buscar al colegio o se iba a olvidar otra vez, cosa que parecía haber pasado más veces de las que recordaba al principio. Cuando él tenía dos años nace su hermana menor con una afección cardíaca que mantuvo pendiente y angustiada a su madre hasta que pudieron operarla años después. Se recordaba en su casa como un chico retraído, que miraba desde afuera como su hermana, alegre y divertida, ocupaba siempre el centro de la vida familiar. Sus padres y tíos decían de él que era arisco y parecía estar siempre  enojado. Solo le interesaba ir a jugar con sus amigos a la vereda.

Paulatinamente va pudiendo reconocer la intensa necesidad que se esconde detrás de sus acusaciones, se pone más demandante que agresivo, también más sensible y, extrañamente, un poco llorón. Su mujer, que realmente parece quererlo mucho e intenta comprender la situación, se mantiene disponible soportando la ambivalencia. No se puede dormir hasta que ella no se acuesta y lo hace abrazado. Las ausencias de su mujer se le hacen casi insoportables, a veces lo asalta el miedo irracional de que no vuelva, sobre todo cuando ella viene a Bs As. El lento trabajo de relacionar la actual sensación de angustia y orfandad con escenas dolorosas de su infancia, disipa la certeza del engaño actual. Algunos recuerdos, hasta entonces anodinos, adquieren inusitada carga emocional. Una escena que él no había recordado hasta entonces, emergió como símbolo de toda esta etapa, fue cuando observando a su mamá darle la teta a su hermana, ya bastante crecidita, lo había hecho hasta pasados los dos años, metió el bazo en la estufa. No fue un accidente, luego recordó, o creyó recordar, haberse preguntado por qué lo hizo, durante la dolorosa curación en el hospital.

                                                                                      alfredotagle@hotmail.com


[1] Green André y Fernando Urribarri (2015) Del pensamiento clínico al paradigma contemporáneo

[2] Mitchel Stephen  (1988) Relational Concepts in Psychoanalysis: An Integration

[3] Ferenczi Sándor  (1930) Principio de relajación y neocatarsis

[4] Baranger Melanie y Willy (1961-62) La situación analítica como campo dinámico

[5] Baranger Willy (1959) Métodos de objetivación en la investigación psicoanalítica

[6] Bleichmar Hugo (1997) Avances en psicoterapia sicoanalítica

[7] Tagle Alfredo (2020) Necesidad de  repetición o repetición de la necesidad Texto presentado en el Centro Guatemala

[8] Langer Susanne (1966) Los problemas del arte. Denomina “forma expresiva” a: La creación de una figuración externa para expresar un estado emocional subjetivo.

[9] Masud Khan (1974) El concepto de trauma acumulativo En “La intimidad del sí mismo” Cap.III

[10] Freud S. (1924) Neurosis y psicosis (pág.158) T XIX OC Amorrortu Ed.

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